domingo, 23 de junio de 2019

Crítica: LA SONRISA DEL NIÑO ARAÑA


Sencillos conflictos, grandes historias

Siempre es grato encontrar una pieza teatral que, partiendo de una simple anécdota, consigue resultados contundentes y hasta épicos. Y sobre todo, cuando se hayan involucradas las simpáticas especies animales, con sus particulares valores y defectos establecidos desde siempre, para protagonizar así metafóricas historias con mensaje incluido. Pero no solo en teatro para la infancia, como lo fueron, por citar un par de ejemplos, las muy interesantes La zorra vanidosa (2010) de Palosanto, con las nefastas consecuencias que traen el ocio y la soberbia; o Caracolito (2017) de Winaray, promoviendo perseverancia por sobre el abuso de confianza; sino también las dirigidas al público adulto, como la notable RaTsodia (2015) de Espacio Libre, en la que dos roedores desnudaron toda la podredumbre política y social que nos rodea. A este grupo de puestas en escena habría que añadirle, sin dudarlo, La sonrisa del niño araña, inspiradísimo texto, escrito y dirigido por la joven Desly Angulo, que convirtió una sencilla fábula arácnida en una historia con un profundo contenido social.

Angulo nos presenta en escena un conflicto muy sencillo, que involucra a un niño que está acabando con toda la población arácnida de su casa y solo le resta encontrar a las últimas tres. La historia es narrada hábilmente desde el punto de vista de las arañas: la histriónica Avelina (Tania López) busca la pierna desmembrada de una de sus hijas; la inconsciente Belisa (Gianiré Rosalino) se encuentra desesperada por conseguir alimento; y la sensata Casia (Ethel Requejo) pretende llegar a un acuerdo con su verdugo. El trío acciona sin tacha en el escenario, siendo interrumpido solo por los ruidos que anuncian la cercanía del mencionado niño, que nunca vemos pero presentimos. Servida entonces, la metáfora sobre los abusos de poder y el caos generado entre las inocentes víctimas que habitan en un espacio violento y salvaje. El juego dramático funciona, ya que los paralelismos con nuestros vergonzosos hechos históricos y taras sociales se hacen reconocibles.   

La puesta en escena es llamativa, con un vestuario funcional, detalles y guiños bien trabajados por parte de las tres actrices, y un interesante diseño escenográfico, que en el íntimo espacio que ofrece la Casa Winaray juega con telas, luces y sombras para generar así una atmósfera de perdición, acompañada por la música de Rafo Ráez. Con el apoyo de Samoa Producciones y Cuarta Maraña, la joven Angulo confirma que sí se puede realizar contundentes espectáculos teatrales, partiendo de triviales conflictos, solo con creatividad e ingenio. La sonrisa del niño araña, de sugestivo y simbólico título, es una trágica aventura arácnida convertida en una profunda reflexión humana.

Sergio Velarde
23 de junio de 2019

domingo, 16 de junio de 2019

Crítica: AÑOS LUZ


Misteriosas conexiones

Por una corta temporada, volvió a las tablas “Años Luz”, pieza escrita por Federico Abrill (quien ocupó el segundo lugar en el Concurso  Nacional de Dramaturgia Teatro Lab 2016) y dirigida por Ernesto Barraza Eléspuru, esta vez con algunos cambios en el elenco y en un escenario distinto (el acogedor Teatro de Lucía).

En un intento por desafiar lo improbable, siete personajes cruzan sus destinos de forma inesperada y coinciden en un pequeño universo, donde la distancia y las barreras idiomáticas (español, inglés y danés) no son impedimento para encontrarse. Marit (interpretada por Malu Gil Lohmann), desde Dinamarca, tira al mar una botella con un mensaje justo antes de intentar suicidarse, pero la detiene el flash de la cámara de un muchacho inglés Mark (Nicolás Villalonga), quien luego se encuentra en el aeropuerto con Rafael (Claudio Calmet) e intenta seducirlo, sin saber que está casado con Luisa (Natalia Cárdenas), que atraviesa por una enfermedad que pronto la dejará postrada; entonces recurre al terapeuta danés Karl (Francisco Cabrera), hermano de Marit. Como si fuera poco, la botella llega a manos de un humilde niño llamado Pedro (Sergio Armasgo), quien conoce al inglés Mark en una playa limeña y lo invita a su casa, donde conoce a su madre Sully (Rocío Limo/Julia Thays), quien es muda, pero increíblemente logra hablar en inglés con el fotógrafo para aconsejarlo.

La puesta en escena cobra vida con una antesala en la que se observa a algunos actores realizando ejercicios de calentamiento (elongaciones, saltos, yoga, gesticulando y aclarando la voz); poco a poco, el resto del reparto se une a esta dinámica. Sin embargo, este preámbulo no es trascendental ni determinante. Tal vez si lo entendemos como una apertura (metafórica) al encuentro inminente de estas personas. Acompañan las escenas, proyecciones en el fondo de pantalla, con títulos y referencias que complementaban las acciones. Con utilería esencial y un ritmo pausado y repetitivo que se sostiene en todo momento, el montaje reta al espectador, no solo por la cantidad de información, sino también por el estilo y el lenguaje escénico que se propone.

Aunque el origen (remoto) de estos encuentros es un misterio, “Años luz” –con audacia e ingenio- aborda la importancia de aprender a comunicarnos más allá de las diferencias y el idioma, nos muestra también la solidaridad y empatía hacia el otro. Por medio de ‘explosiones’ que atraviesan grandes distancias, la conexión entre los personajes (seres humanos, al fin y al cabo) supera en gran medida sus marcadas individualidades.

Maria Cristina Mory Cárdenas
16 de junio de 2019

Crítica: LA HABITACIÓN AZUL


Los tiempos del sexo

Antes de La habitación azul (The blue room, 1998) fue creada La ronda (Reigen, 1897). Tremenda polémica causó en su tiempo no solo la publicación de este último texto dramático escrito por el alemán Arthur Schnitzler, sino también su controvertido y tardío estreno varios años después, el cual fue objeto, por ejemplo, de peticiones del Ministerio de Cultura de Prusia para prohibir su representación, aderezadas con amenazas de prisión efectiva para sus responsables artísticos; así como indignadas reacciones públicas y punzantes críticas que calificaron a su autor de pornógrafo; y nada menos que sillas y bombas fétidas arrojadas al escenario en medio de una de las funciones. Y es que eran otros tiempos. Casi dos décadas después, la corte de Berlín le retiró los cargos de inmoralidad, pero la “fama” ganada por La ronda persiste hasta el día de hoy: su trama involucra los intermitentes encuentros sexuales de una serie de personajes, siempre en parejas, que llamaron poderosamente la atención en su momento, debido a ser estos de diversas condiciones socioeconómicas y además, por poner sobre el tapete los peligros de las enfermedades de transmisión sexual.

Pues bien, La habitación azul, adaptación del texto de Schnitzler por el laureado dramaturgo inglés David Hare a petición del director Sam Mendes, se convirtió no solo en el vehículo teatral perfecto para una ascendente Nicole Kidman y su éxito rotundo en el escenario británico de aquel entonces, sino también en el estreno de una versión más edulcorada y menos controvertida en los aspectos más sórdidos del material original y que se centró en todo caso, en la profundidad psicológica de este puñado de personajes solitarios y frustrados que buscan el amor (o tan solo sexo), muchas veces de las maneras más disparatadas. Pero La ronda y La habitación azul sí guardan, por lo menos, una estructura similar: diez escenas protagonizadas siempre por un hombre y una mujer, antes y después de tener relaciones; desde la primera, con la Mujer 1 y el Hombre 1; pasando por la segunda, con el Hombre 1 y la Mujer 2; y así, hasta la última, con el Hombre 5 y de nuevo la Mujer 1. Y como los tiempos cambian, algunos personajes originales como el soldado, la criada y el poeta, ahora son un taxista, una niñera y un dramaturgo. Todos ellos interpretados por solo dos actores.

Valga la dilatada introducción para entender los valores de La habitación azul estrenada en el Teatro Ricardo Blume de Aranwa, bajo la dirección de Mateo Chiarella. Acaso hubiera sido interesante indagar más en algunos de estos encuentros sexuales (nada menos que diez en casi cien minutos de espectáculo), en estos tiempos difíciles de empoderamientos femeninos, discriminación sexual y transmisiones de ETS. Pero el relativismo y hasta la trivialidad actual con respecto a la sexualidad funciona perfectamente; atrás quedaron polémicas o controversias, incluidas las generadas por su afiche promocional: la falta de compromiso y lo efímero de las relaciones sentimentales (cuando existen sentimientos de por medio) resultan coherentes con la ambientación de la puesta, que luce oscura, fría, con tonalidades azules que contrastan con las luces de neón rojas que delimitan la mencionada habitación. Bien Sebastián Stimman, representando con precisión y efectividad cada uno de sus personajes; y muy bien Andrea Luna, hilarante, dramática y sensual en cada rol asumido, superándose a sí misma luego de Música (2018). Inmejorable el escenario escogido: el teatro circular de Aranwa se encuentra en total concordancia con la estructura cíclica de la obra. Notable el guiño del video que nos informa de la duración de cada uno de los diez coitos. Lejos del escándalo de Schnitzler, Chiarella utiliza los cuerpos e histrionismos de Luna y Stimman para ofrecer en La habitación azul, un pertinente análisis sobre la sexualidad en nuestra época, tan acelerada, insustancial y cínica.

Sergio Velarde
16 de junio de 2019

sábado, 15 de junio de 2019

Crítica: CINCO


Solo cinco minutos de teatralidad

Función 13/06/2019
“Si el buen teatro depende de un buen público, entonces todo público tiene el teatro que se merece…” Peter Brook

La ENSAD acoge esta obra ganadora del “Concurso Nacional de Dramaturgia Jóvenes Talentos”, escrita y dirigida por Jorge Bazalar, en su reposición.

Un espacio negro grotowskiano, con cinco sillas y como fondo una pizarra llena de grafitis hechas con tizas, recibe al público y avizoran un buen trabajo.

El escribir y dirigir a la vez una pieza teatral trae como consecuencia que el rol de director se vea limitado (más aun si recién se empieza) en la propuesta estética y el manejo de actores y eso ocurre en este montaje. Actores desbordados, especialmente Juan Gerardo Delgado, que hacen del grito y la sobreactuación una forma de “actuar”; los demás actores caen por momentos o arrastran lo que han hecho en anteriores montajes, como es el caso de Henry Sotomayor (con su personaje de “Los charcos sucios de la ciudad”). Este espacio escénico tiene graves problemas de acústica y la mala dicción por muchos momentos de los actores y su exacerbación vocal, no permiten entender la historia.

Cinco adolescentes cuentan las penurias propias de una escuela pública agresiva en todos los aspectos, pero lastimosamente no logran componer la energía adolescente (por momentos, Luis Miguel Yovera y Christian Ruiz sí lo logran), ya que no es suficiente ponerse uniforme para convertirse en escolar de secundaria. Lo que alivia el constante griterío son las escenas familiares de los estudiantes, especialmente las de Yovera, quien logra un gran trabajo al asumir el rol de padre y se le cree; lo opuesto ocurre cuando Delgado pretende asumir el mismo rol y no lo logra; como tampoco se encuentra muy definida la escena de Ruiz con sus espectros.

Cuando un actor asume un rol femenino, se convierte en un gran reto el componer al personaje, porque se tiende a caer en el facilismo y este montaje no escapa de esto: es una oda al mal travestismo de diversión propia del teatro burlesque victoriano del siglo XIX. Cuando Johan Allpas asume su rol femenino, no está definido si su personaje es un travesti o mujer. Una oda a la mariconada propia de los cómicos ambulantes o de los malos programas “cómicos” de la televisión que deben ser erradicados.

El doble final es muy interesante, ya que los actores asumen su rol actancial y al mismo tiempo se convierten en narradores, creando una propuesta interesante, en donde la teatralidad inexistente en toda la obra, solo se presenta al final.

Dra. Fer Flores
14 de junio de 2019

martes, 11 de junio de 2019

Crítica: EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR


Del amor y sus adversidades

El amor es un lenguaje universal, ¡qué duda cabe!, a todos nos toca y lo manifestamos desde nuestras relaciones más primarias en el núcleo familiar. Sin embargo, aquella sensación de tener mariposas en el estómago, que se produce al estar atraídos por alguien, es el punto de partida  de la comedia “El amor después del amor”, escrita por Christian Ávalos, quien además la dirige junto a Daniel Chiang.

Ahora bien, la narrativa va más allá del concepto idílico de este sentimiento y nos muestra en tres mini historias, los conflictos amorosos desencadenados por el miedo, la inseguridad, la decepción y la rutina. Incluyendo en cada trama la dosis justa de humor. La primera pieza, titulada “La terapia de tus sueños”, transcurre en medio de un juego escénico entre la realidad y la ensoñación, que narra el fallido intento de un guionista por conquistar a una psicóloga, pues en medio de la cita se queda dormido. Por su parte, la segunda entrega denominada “El ministro, la princesa y yo”, descubre a una pareja que comparte un singular pacto que pondrá a prueba su fidelidad. Finalmente, “Medianoche en la periferia” desvela a una pareja con una hija en común, cuya relación ha caído en la rutina. Un detalle atinado en los cambios de escena es la elección del fondo musical, muy acorde a las situaciones.

Las actuaciones están a cargo de Kelly Estrada y Renato Medina-Vassallo, quienes hacen gala de complicidad, encarnando a todos los personajes con aplomo y naturalidad. Por otro lado, el montaje se apoya con elementos sencillos como muebles, DVD y recursos digitales. En este caso, la fuerza interpretativa de los actores cobra mayor importancia frente a la estética, que está diseñada para facilitar la transición de las historias.

“El amor después del amor” es una propuesta amena y elocuente, que permite al espectador identificarse con alguna o todas las situaciones que se describen. Sus personajes reflejan problemáticas reales de parejas jóvenes, que deberán considerar otros aspectos, además del amor, para crear vínculos sólidos, capaces de resistir el paso del tiempo y la modernidad (sobre todo tecnológica) que nos avasalla cada vez más.

Para finalizar, la puesta se presenta en Espacio Los Únicos, que se inaugura como recinto de actividades artísticas y supone una alternativa más para el público y también para los realizadores teatrales. Solo un pequeño detalle: sería ideal ubicar las sillas con un nivel de altura entre fila y fila, para garantizar así que las personas que se ubiquen en los últimos lugares disfruten de todos los detalles de la función.

Restan solo dos funciones más, el viernes 14 y sábado 15 de junio a las 9:00 p.m., en Ramón Ribeyro 1057, altura de la cuadra 12 y 13 de la, Av. 28 de Julio en Miraflores.

Maria Cristina Mory Cárdenas
11 de junio de 2019

lunes, 10 de junio de 2019

Crítica: ABELARDO Y ELOÍSA EN EL INFIERNO


Una relación tóxica

El grupo de teatro Llaqta trajo una propuesta escénica del género comedia que satiriza un tema universal: el amor en el matrimonio. “Abelardo y Eloísa en el Infierno” fue escrita originalmente por Sergio Arrau, dirigida por Diego La Hoz y que contó con las actuaciones de Noraya Ccoyure (Eloísa), Fernando López (Abelardo) y Joseph Mendoza Andía (El amante).

En primer lugar, se debe mencionar que “Abelardo y Eloísa en el Infierno” se puede catalogar como una propuesta brechtiana, por el uso de elementos que generaron un efecto de distanciamiento muy evidentes durante el espectáculo. Por ejemplo, en un espacio del escenario colgaron sobre las luces, un aro del cual se desprendió una serie de auriculares de teléfonos antiguos, dando a una clara alusión a un lugar donde los personajes se comunican no solo por teléfono, sino que tienen recuerdos de eventos que no han sucedido. Además, al extremo  derecho del escenario estuvo sentado sobre una mesa llena de alcohol y libros, el personaje del amante italiano (Mendoza) escribiendo cartas y tomando en simultáneo, mientras actuaban los otros dos personajes. Este entraba en escena todo el tiempo, pero no estaba “actuando”; sin embargo, sí participó en los recuerdos de Eloísa. Es imposible no dejarse de preguntar qué es lo que exactamente hizo, lo cual dejó en intriga en todo momento.

El montaje tuvo una duración de una hora y media y consistió de un solo acto, en donde los tres actores estuvieron en constante movimiento. Lo más resaltante de la producción fue la acción de los personajes, ya que siempre estuvieron haciendo algo y esto, asertivamente, no dejó espacio para perder la concentración del público en averiguar qué es lo que estaba sucediendo. La acción dramática giró en torno a los intentos de Abelardo para conseguir recuperar el amor de su esposa Eloísa, y luego de que se sinceran sus sentimientos, se reveló una serie de episodios de infidelidad que resquebrajaron la ya débil relación de 20 años.

Por otro lado, respecto a aspectos del vestuario, se debe mencionar que este fue casual y poco colorido; no obstante, la utilería, a pesar de ser muy básica, fue realmente muy efectiva para transmitir significados. El elemento del aro con cables de teléfonos colgando fue lo que más llamó la atención y generó interés. Se trató de una clara alegoría a la comunicación, y esto al mismo tiempo se asocia con el significado del montaje: la falta de comunicación como factor destructor de una relación sentimental. La escena final terminó precisamente sobre este aro. Abordando otros aspectos estéticos, la falta de música durante la obra dejó una sensación de que hubiese sido muy necesaria para emocionar aún más; en los momentos de más tensión de los personajes, esta habría sido muy conmovedora.

Respecto a las actuaciones, López destacó por su habilidad para representar la ironía del personaje de Abelardo, además logró transmitir en su lenguaje corporal la poca vergüenza de este frente a situaciones que le encara Eloísa. Por otro lado, la actuacion de Ccoyure, como una esposa indiferente a la infidelidad, fue clara. Finalmente, “Abelardo y Eloísa en el Infierno” se trató de una obra que nos conminó a reflexionar acerca de las posibilidades del amor ante el desgaste del tiempo en este mundo contemporáneo. Estuvo en corta temporada en el Teatro de la Asociación de Artistas Aficionados.

Enrique Pacheco
10 de junio de 2019

Crítica: CLOWNFÓBICOS


Que pasen los clowns

Percy Velarde, actor y profesor formador en la técnica del clown, dirigió “Clownfóbicos” con las actuaciones de Javier Arenaza, Renzo Bravo, Patricia Pachas, Gerson León, Lizbeth Camarena, Juan Vega y Juan Luis Salinas. El montaje fue una parodia de programa televisivo en la que los participantes tienen que mostrar sus más terribles fobias y hacía que el payaso que existe en cada uno de ellos aflore. “Clownfóbicos” solo tuvo seis funciones durante el mes de junio en la Asociación de Artistas Aficionados (AAA).

El espectáculo recibió a los numerosos asistentes con mucho humor y música. Todos empezaron bailando y jugando. Luego, Arenaza, el showman, fue presentando con mucha ironía a cada unos de los actores y a sus respectivas fobias. El clown o el bufón es una técnica teatral que como lo indica el investigador Jacques Lecoq, se puede resumir en el descubrimiento de una debilidad personal en fuerza teatral, esto es lo que él llamaba buscar su propio clown o la búsqueda del propio ridículo. Pocas veces, los seres humanos e incluso muchos actores experimentados están dispuestos a mostrarse en una situación vulnerable y además, exponerla a un público con la herramienta del humor; en ese sentido, estos jóvenes actores, algunos en formación, fueron muy valientes al mostrarse en este montaje.

Una desilusión amorosa, el miedo a las inyecciones, el no poder encontrar un baño en la calle, la mordedura de un perro o el toparse con un insecto se volvieron situaciones cómicas armadas con mucha creatividad, que no paraba de generar risa en el público. Las escenas fueron presentadas una tras otra, pero en cada sketch participaba todo el elenco. En ese sentido, lo más destacable de “Clownfóbicos” fue la predisposición que tienen los jóvenes a trabajar en equipo, esto reflejó las intensas horas de ensayo para poder presentar un producto con mucha coordinación y con momentos musicales muy entretenidos.

Por otro lado, el equipo de producción fue muy asertivo con el juego de luces; y la vestimenta de los personajes fue muy colorida y visualmente atractiva. Respecto a las actuaciones, en general, todo el grupo tuvo una presencia escénica muy buena, pero destacó Salinas por su pantomima natural para el humor y resaltó también la voz graciosa de Arenaza. En algunos momentos del espectáculo, los actores invitaron a ciertas personas del público a participar, pero sin ponerlos en situaciones que los obliguen a actuar; esto fue muy respetuoso por parte del elenco. El montaje fue breve, pero muy prometedor.

“Clownfóbicos” fue una parodia donde el absurdo se transformó en risas y dejó como mensaje, la importancia de interpelarnos sobre nuestros miedos personales o situaciones de vulnerabilidad de las que no siempre somos conscientes.

Enrique Pacheco
10 de junio de 2019

Crítica: GATO DE MERCADO


El Gato de la Sinceridad

La Asociación Cultural Camisa de Fuerza empezó el año con su primera propuesta de comedia para toda la familia, llamada “Gato de Mercado”. Bajo la dirección del actor Willy Gutiérrez y con las actuaciones de Miguel Vergara (Gato de Mercado), Katya Castro (Gata de Casa), Ernesto Ayala (Gato Techero) y Chiabra Brandon (Doña Mercedes, la Niña). El montaje fue escrito por la joven literata Gimena Vartu, ganadora del Concurso Nacional de Dramaturgia en la Categoría Adultos el año 2016.

El escenario escogido fue el Auditorio AFP Integra del MALI y lo primero que se debe mencionar es la positiva recepción que tuvo el público familiar hacia el espectáculo. La asistencia fue bastante numerosa para tratarse de una obra de solo mes y medio de temporada. Esto es un reflejo del esfuerzo que ha emprendido Camisa de Fuerza para posicionarse en el mundo teatral. El montaje recibió al público con una música muy lúdica, que captó la atención de los niños, quienes inmediatamente se conectaron con las actuaciones durante toda la función de tal manera que no hubo interrupciones durante los diálogos. Esto no es muy común de apreciar en los montajes de este género, en donde la interrupción de los niños conmina a los actores a replantear las actuaciones y las conversaciones para no perder la concentración ni la presencia escénica.

Por otro lado, la utilería fue muy bien trabajada en cada una de las escenas, pues los elementos lucieron muy realistas: el mercado, el interior de la habitación de la Gata de Casa y finalmente, en la escena del balcón de la Niña; “Gato de Mercado” hizo una propuesta visual muy interesante, desde la vestimenta de los actores hasta en la iluminación, donde se prioriza los colores vivos, como el rojo, verde y amarillo. Respecto a las actuaciones, los que más destacaron fueron los personajes del Gato de Mercado y la Gata de Casa, que demostraron más presencia en el escenario y capacidad de empatía con el público a través del humor; sin embargo, considero que al personaje del Gato Techero le faltó presentarse con más fuerza durante la función, donde interpretaba al antagónico, pero no reflejaba en sus movimientos las intenciones “negativas” hacia los otros intérpretes en el escenario. La actuación de Chiara Brandon fue breve, pero transmitió la candidez de su personaje con mucha claridad.

Como es común en los montajes infantiles, los personajes tienen su propio musical de acuerdo con su rol en la obra y fue muy rescatable que los actores cantaran en vivo, lo cual generó un ambiente emocionante. En ese sentido, la música fue un elemento muy positivo de la puesta, ya que se trató de música original creada por la Asociación. Finalmente, solo restaría comentar que la acción dramática sobre la que gira la obra fue el intento de Gato de Mercado de demostrar que es un ser honesto y que esto solo quedó claro hacia el final del montaje, donde se pusieron en evidencia las intenciones de los personajes y se reveló la moraleja: la honestidad en la amistad es lo más importante.

“Gato de Mercado” fue una obra para toda la familia y estuvo en corta temporada en el Auditorio AFP Integra del Museo de Arte de Lima.

Enrique Pacheco
10 de junio de 2019

lunes, 3 de junio de 2019

Colaboración regional: XVI MUESTRA REGIONAL DE TEATRO SUR ORIENTE AYACUCHO 2019


¡La Muestra continúa!

Tras la convocatoria del grupo encargado de la Muestra Regional de Teatro Sur Oriente Ayacucho 2019, la que abarca las ciudades de Ayacucho, Huancavelica y Apurímac, se realizaron las presentaciones con la participación de tres grupos: Hitana, de la ciudad de Huancavelica; Qatari, de la ciudad de Ayacucho; y Antares, de la misma ciudad.
La convocatoria motivó la preparación previa de los grupos para la participación en la muestra, grupos que debieron sostener los medios necesarios para su viaje y las puestas en escena. Se comenzó de manera organizada con un encuentro previo, el cual consistió con un “demostratorio” o intercambio, llamado también en el idioma quechua, Qunakuy. Allí se da alcances acerca de la metodología del proceso de construcción, el cual ejerce cada grupo; entre ellos están las técnicas utilizadas para la preparación actoral y las pre y post presentación de los trabajos escénicos, de los cuales dos de ellos fueron de creación colectiva y uno de adaptación.

En la primera parte de la Muestra, se obtuvo un intercambio que ayudó a ver cómo se desarrolla el proceso de cada grupo, viéndose la particularidad de cada uno de ellos, nutriendo de esta manera el intercambio de experiencias. Se compartió también entre los compañeros participantes en la repartición de los almuerzos, los desayunos y las cenas en el comedor estudiantil de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga.
Según programación, el primer grupo en presentarse fue Antares, el cual mostró en el escenario la obra del escritor colombiano Jairo Aníbal Niño en una adaptación, “El Monte Calvo”; después se presentó el grupo de teatro de la ciudad de Huancavelica, con la obra “Hatari”, de creación colectiva; y finalmente, Qatari, con la obra teatral de creación colectiva “El Doc”.

Al término de las presentaciones se desarrolló la mesa de críticos, integrado por personas entendidas en el tema teatral de la misma ciudad Ayacucho, las cuales fueron recibidas con agrado por los presentes y cuyos ganadores clasificados fueron, en primer lugar, el grupo de teatro Antares y el segundo lugar, el grupo de teatro Qatari, siendo estos los que representen a la zona sur oriente en la Muestra Nacional de Teatro Sara Joffré, que se realizará en la ciudad de Huaraz, del 2 al a9 de noviembre de este año.

Como final del evento, el organizador de la muestra solicitó a los grupos participantes consultar qué grupo asumiría la siguiente Muestra Regional y el Taller Regional, cargo también conocido como carguyoq (palabra quechua, extraída de la tradición típica de quien ejerce el siguiente cargo de una fiesta patronal), asumiendo dichos cargos el grupo Qatari, con la Muestra Regional Sur Oriente y el Taller Regional, el grupo de teatro Antares.
Con respecto a la observaciones de los trabajos representados en este festival, podemos vislumbrar los siguientes análisis: cada grupo realiza de manera muy particular su trabajo teatral, valiéndose de técnicas y teorías; en algunos de ellos se puede ver aún la falta de asesoría en ciertos segmentos de su puesta en escena, en su producción y por consecuencia, también en la construcción de los personajes. Sin embargo, estas no son de consideración, lo cual se puede subsanar como parte de un proceso creativo que está en desarrollo y puede ser fortalecido con asesorías. Se rescata también, de manera importante, aspectos creativos escénicos y personajes de los grupos, que tienen la solidez de un trabajo tecnificado y sólido. Se observó además, trabajos muy representativos, de propuestas de carácter social y de estética exquisita, los cuales serán más desarrollados.

Las criticas estuvieron basadas en aspectos de personajes y el desarrollo del mismo, composición escénica, estructura dramática, trasfondo y contenido dramático de la puesta, siendo de satisfacción para los directores y participantes del evento. Este se desarrolló en el Cine Teatro Municipal de la Ciudad de Ayacucho, contando con una asistencia muy nutrida de público, que estuvo presente en las tres obras teatrales, concluyendo el día 31 de mayo al promediar las 11 pm.

Como muchos sabemos, esta muestra teatral fue creada por la recordada maestra Sara Joffré, por lo que dicha muestra de teatro lleva su nombre (establecido por el Congreso Nacional de la Muestra Nacional desarrollado en la ciudad de Tingo Maria el año 2017), por la significancia que tuvo en estas muestras y como una manera de rendirle homenaje a esta obrera del teatro peruano, a quien tuve el gusto de conocer por varios años en estos encuentros teatrales.

Así es, señores: hay un teatro que se realiza en el Perú y no solo es en Lima y se llaman Muestras de Teatro, teatro que existe por la fuerza de los que creen en ella, de su mística y de su entrega; como toda organización pasó y pasará por diferentes altibajos y grandes éxitos y satisfacciones. La muestra sigue, continúa y está más viva que nunca, porque el teatro en el Perú está también en provincias y es trabajo, es esmero, es mística. ¡Palmas y larga vida para la Muestra Nacional de Teatro - Sara Joffré!

Edgar Palomino Medina
Ayacucho, 3 de junio de 2019

sábado, 1 de junio de 2019

Crítica: VIENTO


Dejar ir para volver a vivir

La Casa de la Creatividad presentó por una corta temporada, entre abril y mayo, el montaje “Viento”, bajo la dirección de César Ulloa, también autor del texto, con las actuaciones de Daniela Rodríguez León y Verónica Miranda.

La trama se desarrolla alrededor de dos mujeres: Esperanza y su madre (Rodríguez y Miranda, respectivamente), quienes viven envueltas en lo que podría llamarse un ‘círculo vicioso’, pues a pesar de vivir juntas –y de su vínculo- se evidencia la desconexión que existe entre ellas, sobre todo al comunicarse y exteriorizar sus miedos, sus inseguridades y sus anhelos. Así, con el paso del tiempo, la relación se va deteriorando y se convierte en una letanía casi interminable, que transita entre la esperanza y la fijación de un cambio o no para estas mujeres.

Recibe al público, en la sala de estar, una serie de fotos en blanco y negro que hacen referencia a los personajes. El espacio principal denota intimidad, debido a su extensión no tan amplia; por su parte, el escenario es totalmente blanco y minimalista (las telas que hacen de fondo, la mesa, las sillas, el ovillo de lana, las cartas, los vestuarios y la iluminación), tal vez, como signo de la relación fría y distante entre los personajes. En ese sentido, la elección de este color generó un impacto visual del plano, muy particular.

Las interpretaciones se concretaron con naturalidad, incluso, al romper la cuarta pared se percibió la fuerza de las miradas, logrando una conexión con el espectador. La mímica para aludir a los utensilios y a la comida, funcionaba para matizar las acciones que trascurrieron en un ambiente multiusos (cocina-comedor). Además, el recurso musical aportó un nivel más de emotividad. Sin embargo, algunos detalles hicieron que la energía decayera por momentos: uno de ellos fue la dinámica entre escena y escena, algunos cambios eran muy rápidos o muy lentos, distrayendo la atención del público; otro podría haber sido el manejo de la iluminación, cuando al iniciar una escena no llegó a tiempo.

Dejando a un lado las observaciones, “Viento” es una puesta interesante y arriesgada, que puede desconcertar por sus múltiples lecturas. Pero claramente representa las formas de vida que se quedan atrapadas en el recuerdo y la melancolía; en contraparte, con aquellas que desean reinventar su camino, sin importar que las cartas que esperan, nunca lleguen.

Maria Cristina Mory Cárdenas
1º de junio de 2019