jueves, 30 de julio de 2009

Crítica: GRIEGAS. MALDITAS. GRIEGAS.


Los problemas de la auto-definición  

Todo espectáculo teatral debe primero definirse así mismo para poder salir a escena, antes de ser apreciado por el público. Es una regla de oro que todo grupo, director o creador debe tomar en cuenta. En el caso de “Griegas. Malditas. Griegas.” presentada actualmente en el Teatro Mocha Graña, esta indefinición le cuesta caro al director del proyecto Emilio Montero, quien en el blog oficial de su obra (de impecable presentación, por cierto) escribe sus variados puntos de vista, que lejos de echar luces sobre su creación, la torna difusa e incoherente.

Vayamos por partes: en su primera entrada, el 14 de mayo, Montero presenta su creación como un Taller Montaje, en el que realiza una invitación abierta a todas aquellas actrices que deseen explorar los personajes femeninos de la mitología griega, haciendo énfasis en sus características de víctimas y victimarias por las circunstancias en las que les tocó vivir. Como todo Taller, la muestra final será el resultado del trabajo de exploración por parte de los participantes, que debe ser apreciado y, por qué no, evaluado como lo que es: un Taller. Es decir, que tanto pudo conseguir el profesor (ojo, no director) con sus alumnos durante el proceso, para poder así medir los avances de cada uno. ¿Será entonces ”Griegas…” la muestra final de este Taller? ¿O entender Taller como un Laboratorio?

Por otro lado, la definición que acompaña al título del Blog reza así: “Espectáculo teatral en proceso de experimentación”. Pero, ¿acaso no es cierto que todas las obras teatrales se encuentran en un proceso constante? La evolución y el crecimiento de una puesta en escena siempre estarán presentes a lo largo de las funciones y es casi seguro, que aun habiendo terminado la temporada, su techo aún no habría sido alcanzado. Por último, (y este es el detalle más saltante y preocupante) en la entrada del 15 de junio, Montero afirma que el estreno OFICIAL de su obra será en OCTUBRE. Entonces, ¿cómo definir el presente “Griegas…”? ¿Una temporada de pre-estreno? ¿Ensayos pagados con público? Sea como fuere, el dato del futuro estreno OFICIAL no figura en el programa de mano que se le entrega al público, sólo en el blog. Y en la invitación para la presente temporada se le menciona como un “estreno”. En resumen: “Griegas…” se encuentra en un nebuloso (y peligroso) limbo, que necesita con urgencia que su creador adopte una postura firme, que le da la definición que tanto le urge al montaje.

Al no saber con precisión la naturaleza del espectáculo, se hace difícil ensayar una reseña: “Griegas…” combina monólogos de seis actrices, quienes interpretan a personajes mitológicos, con secuencias de danza que unifican las historias. En términos generales, al espectáculo le falta aún mucho camino por recorrer. Como todo estreno, los nervios hacen mella en la ejecución escénica de las participantes. La que mejor supo hacerle frente fue Jazmín Londoño como Medusa, quien logró emocionar con sus líneas llenas de fuerza y matices. Le sigue Yasmin Loayza, quien asumió con bastante energía su monólogo, aunque dicha energía disminuyó al interactuar con sus compañeras. Paola Ubillus muestra seguridad en su participación, pero la falta de matices la vuelve muy lineal y monótona. El vestuario favorece a algunas, como a la guapísima y muy bien conservada Gabriella Billotti; pero le arruinó el monólogo a la veterana Mariella Trejos, quien tenía que hacer malabares para no tropezarse con su vestido. Sobre la participación de Susan León, quien entró a reemplazar a Paula Marijuán días antes del estreno, hay que destacar su constancia y profesionalismo en estos últimos años. Pero debe decirse que para la Reina Helena, Susan era la menos indicada para interpretarlo, tomando en cuenta su voz y físico, sumados a un vestuario que rozaba la vulgar, especialmente en la coreografía inicial. Sobre las secuencias de danza, éstas lucen muy pobres, poco estéticas y para nada sincronizadas. Las repeticiones constantes de los mismos pasos hacen más evidente esta situación, que debe ser remediada prontamente por el coreógrafo y el director.

En la entrada titulada "A quién complacer", el director Emilio Montero afirma no tener ni la astucia ni el arte para asumir el riesgo de “mostrarse en público”. Y admira a quienes lo hacen. ¿Pero quiénes son los que enfrentan las opiniones de los demás al salir a escena? PUES TODOS AQUELLOS QUE HACEMOS TEATRO. Y Emilio Montero, así diga lo contrario, no es la excepción. ¿Acaso pretende que sus montajes sean intocables e inobjetables, sin estar sujetos a juicios de valor por parte del público y gente de teatro? Apenas suena la tercera llamada, el espectáculo pasa a ser del dominio público, le guste o no. Y obviamente no obtendrá las mismas apreciaciones de personas que hayan visto, inclusive, la misma función. Porque de eso es lo que se trata el ARTE. El arte es polémica. Siempre lo ha sido y lo será.

Y el que Montero se muestre reacio a las críticas (sugiriendo que aquellos a los que no les guste su obra son "sombras inconformes y frustradas, que miran desde la acera de enfrente", según el blog) no le ayudará a mejorar sus continuos intentos de dirigir espectáculos teatrales. No tuvieron suerte ni su propia versión de “Bernarda Alba” (con un incomprensible cambio de género en las hijas de Bernarda) ni la puesta en escena de “Algún día trabajaremos juntas” (sin conseguir que tres veteranas actrices se escucharan en escena). Pero sí acertó con su adaptación de “El enfermo imaginario”, gracias a que él mismo asumió el papel principal: recordemos que Emilio Montero es, ante todo, un extraordinario actor. Y su emblemática actuación en “Tiernísimo animal” aún permanece en nuestra memoria, a pesar de los años transcurridos. ¿Se imaginan si Emilio hubiera utilizado el tiempo invertido en “Griegas…” para ensayar su tan esperado regreso a los escenarios?

Ningún artista puede pretender el complacer a todos. Pero tampoco, a nadie más que él mismo. El público está ahí, como último juez de todo el proceso creativo. Todos trabajamos para él. Siempre es positivo escuchar las opiniones de los demás, nunca temerles. Y debe entenderse la crítica como el único camino para mejorar el producto que tenemos en nuestras manos.

Sergio Velarde
30 de julio de 2009

sábado, 18 de julio de 2009

Crítica: MORIR


Un año caótico para Sergi Belbel  

Terminó hace poco la temporada de “Móvil” en el Teatro El Olivar de San Isidro y ya se anuncia el inminente estreno de “Caricias” en la Alianza Francesa. Ambas piezas le pertenecen al autor y director español Sergi Belbel, al igual que "Morir", estrenada en las AAA en su 71º aniversario y dirigida por la suiza Marianne de Pury. Debemos reconocer lo interesante que es la dramaturgia de Belbel (no por nada se volvió un autor recurrente en este año), tan inspirado para retratar con sarcasmo e ironía las relaciones humanas; como también la agilidad otorgada por la directora a una obra de dilatada duración (14 escenas en 2 actos), a pesar de un evidente desorden en su ejecución escénica.

“Morir” nos describe como la Muerte se hace presente de manera aleatoria en la vida de 14 personajes y como un pequeño aunque significativo giro argumental, la vuelve errante y en reversa, hasta encontrar su víctima final en aquel que inició la racha. De Pury, quien también es responsable de la adaptación del texto, cambia las reglas propuestas por el autor para convertir esta versión de “Morir” en una comedia negra muy entretenida, con un repetitivo lamento muy celebrado por el público, cada vez que un personaje muere, pero que banaliza finalmente a la Muerte, restándole el peso dramático que el autor buscaba. Y este aspecto se nota claramente en las escenas que dan inicio y final a la obra (en la que se discute la importancia que tiene la Muerte en nuestras vidas), pues parecen no encajar con el resto de la puesta en escena.

“Morir” inicia con un guionista de cine, quien le cuenta a su mujer su última idea para una película. El tema es evidentemente la Muerte, que se convierte en su destino final a raíz de un paro cardiaco. Aparentemente. Pues la imagen del guionista hace apariciones constantes durante el resto del montaje, mientras deambulan los demás personajes: un heroinómano y su hermana, una niña y su madre, un paciente y su enfermera, una alcohólica, un motociclista y dos policías, una víctima y su asesino. Esta omnipresencia del guionista hace suponer que el resto de la historia es sólo ficción, convirtiéndola en un divertido juego escénico, pero nada más que eso.

En cuanto a las actuaciones se debe destacar a los jóvenes Mariananda Schempp y Rodrigo Palacios, quienes logran ser muy creíbles cada uno en su doble papel. Especialmente la primera, quien les da la justa réplica a actores tan consumados como Enrique Victoria y María Laura Vélez. Sorprende la poca energía y falta de matices en una actriz de enorme potencial como Gabriela Velásquez. Haysen Percovich y Ximena Arroyo aportan toda la dignidad que pueden en sus roles y en esas escenas claves tan discursivas y narrativas.

La puesta en escena es ágil, entretenida y amena, pero caótica por algunos pequeños detalles que a la larga se vuelven descomunales:

El color rojo, presente en las medias del guionista y en la ropa interior del heroinómano hacía suponer que dicho color sería el característico de las víctimas, sin embargo ¿por qué no se utilizó este simbolismo para el resto?

Si en algunas escenas se utilizaban ciertos elementos como vasos, botellas, jeringas, etc., ¿por qué en otras se trabajaba con elementos imaginarios y de manera tan primaria?

La inversión horizontal, como si fuera el reflejo del espejo, resulta notable en el séptimo cuadro, ¿pero entonces por qué no se hizo lo mismo en la escena del hospital?

Los actores deambulan de manera visible por el foro antes de iniciar su escena, o al terminarla, sin ningún orden u objetivo particular. Entonces, ¿por qué la madre de la niña caminaba de espaldas antes de iniciar la suya?

“Morir”, en medio del desorden que su directora no pudo controlar, se convierte en un entretenido espectáculo, pero sin la contundencia que el tema ameritaba.

Sergio Velarde
18 de julio de 2009

lunes, 6 de julio de 2009

Crítica: COPENHAGUE


Drama intenso sobre mecánica cuántica y física atómica 

“A todos les digo que, antes de entrar a ver esta obra, deben tomarse un buen café. Hay que verla descansado. Es una obra que reivindica el placer que hay en lo intelectual”, nos dijo la directora Marian Gubbins en una entrevista realizada por El Comercio, unos días antes de estrenar el premiado drama “COPENHAGUE” de Michael Frayn en La Plaza Isil. ¿Cómo habrían interpretado los virtuales asistentes a este espectáculo estos necesarios requisitos que exponía la propia directora? Quizá los menos reflexivos habrían optado por “perderse” una obra en la que no comprenderían nada y quedarse a dormir en casa. Lo cierto es que, sin prejuicios de por medio, esta pieza dramática ganadora del Premio Tony en la que tres personajes dialogan sobre la bomba nuclear en un escenario con sólo tres sillas durante 1 hora y 45 minutos, logra finalmente envolvernos en su atmósfera, siempre y cuando se hayan seguido estrictamente las instrucciones de la directora.

“COPENHAGUE” expone la compleja relación entre dos hombres de ciencia, una relación que puede ser ya sea fraternal, entre padre e hijo o entre maestro y pupilo, en medio de la Segunda Guerra Mundial. Y si bien es cierto, la política los divide y el lenguaje científico que emplean les sirve de salvavidas para continuar la charla, el tema central es el encuentro de dos seres humanos llenos de memorias, afectos y rechazos. Además, estos hombres no son dos científicos ordinarios: son el físico danés Niels Bohr (Alfonso Santistevan) y el matemático y físico alemán Werner Heisenberg (Gerardo García Frkovich) , cuyo trabajo fue fundamental para la creación de la bomba nuclear, estando ambos en diferentes bandos durante la guerra. Este encuentro se realizó en Copenhague y la conversación de la que somos testigos es sólo una especulación de lo que en realidad pudo suceder. En medio de ellos, la esposa de Bohr, Margrethe (Bertha Pancorvo) es el necesario nexo entre estos dos hombres muy competitivos entre sí, pero que en el fondo se admiran y quieren.

Muy al estilo de “A puerta cerrada” de Sartre, de entrada caemos en la cuenta que estamos ante una reunión de espectros, que teatralizarán esta conversación en varias oportunidades para encontrar respuestas a las interrogantes planteadas. Es cierto que la dilatada duración de la puesta en escena puede cansar al espectador poco acostumbrado a este estilo de teatro. Pero es en el fondo, buen teatro. Y una dramaturgia de alto nivel. “COPENHAGUE” es un drama intenso, denso y bien interpretado. Especialmente la notable Pancorvo, quien asume con gran solvencia y dignidad el rol que le llevó a Blair Brown ganar el Premio Tony 2000 a la mejor interpretación secundaria femenina. Sin duda, un buen espectáculo en cartelera.

Sergio Velarde
06 de julio de 2009

lunes, 29 de junio de 2009

Crítica: LA ZAPATERA PRODIGIOSA


Rescatando el espíritu lorquiano  

El grupo Eureka Teatro viene desarrollando una interesante e ininterrumpida labor artística desde hace once años, siempre bajo la batuta de los incansables Juan Carlos Díaz y Ruth Vásquez, con frecuencia en dirección y dramaturgia, respectivamente. Su nueva propuesta teatral para este año es la adaptación de un texto clásico de Federico García Lorca titulado “La Zapatera Prodigiosa”. La historia gira en torno a un zapatero cincuentón y su aburrida esposa, casados por conveniencia. Las interminables discusiones provocan que el marido huya, para volver luego disfrazado de titiritero y por medio de un ingenioso ardid recuperar el amor de su amada.

La puesta en escena, como de costumbre dirigida por Juan Carlos Díaz, logra un buen aprovechamiento del espacio escénico que brinda el Auditorio del CAFAE-SE, y es a la vez sencilla y funcional. Unos cuantos elementos escénicos, acompañados por un juego de luces que puede aprovecharse aún más, sirven de marco para una obra en la que el peso recae en su totalidad en los personajes. La Zapatera (Ruth Vásquez) es tosca y engreída con sus pretendientes, entre ellos el Alcalde (Juan Carlos Díaz), pero encuentra momentos de ternura cuando interactúa con el Niño del pueblo (Kariuska Yucra en lograda caracterización). Mientras que el Zapatero (notable Ismael Contrareas) pasa de una inicial pasividad, a tomar la decisión de recuperar a su mujer, tomando la personalidad de un titiritero, logrando un divertido y conmovedor remate para el drama.

Las actuaciones de los cuatro intérpretes son bastante acertadas. Ruth Vásquez le confiere una fuerte y ruda personalidad a su zapatera, no carente de sensualidad. Kariuska Yucra y el propio director Juan Carlos Díaz interpretan diversos personajes dentro de la pieza con bastante aplomo y precisión. Pero es Ismael Contreras quien se roba cada escena en la que aparece como el Zapatero, teniendo su punto más alto al escenificar la función de títeres. Se agradece al grupo Eureka Teatro por acercarnos al espíritu lorquiano auténtico y verdadero, respetando casi en su totalidad la riqueza del texto, que extrañábamos luego de tantas Bodas y Bernardas, tan empecinadas en encontrar nuevas e inútiles personalidades o en lucrar con el nombre de su autor. No perderse por ningún motivo esta “Zapatera Prodigiosa”.

Sergio Velarde

29 de junio 2009

domingo, 21 de junio de 2009

Crítica: EL LIBRO DE LA SELVA


Original y divertida propuesta  

Desde hace varios años el teatro infantil está muy enfermo. ¿Qué duda cabe? Algunos productores no tienen mayor creatividad que la de presentar Caperucitas, Cenicientas, Chanchitos, Hadas, Brujas, Ogros y demás, en enésimas repeticiones sin aportar absolutamente nada nuevo. Y en los últimos años, para agravar esta crónica condición, nos llegan los “originales” cruces de universos paralelos: “Los Backyardigans presentan a los Tres Chanchitos”, “Los Hi5 presentan al Mago de Oz”, “Spiderman y los Teletubies”, entre otras increíbles combinaciones, dependiendo de la coyuntura actual. Pero contar una historia clásica no es necesariamente malo, siempre y cuando sus creadores logren imprimirle nuevos aires, innovando los personajes y la historia en general. Este último caso sucede en la última puesta en escena de “El Libro de la Selva”, que se presenta todos los domingos en el Teatrín de la ENSAD, con la producción de La Cometa de Tomasa.

La historia es ya conocida: Mogwli es un niño criado por lobos en plena jungla y que no quiere volver a la civilización, mientras su mortal enemigo, el tigre Shere Khan, planea su venganza. El director Sergio Ota prefiere alejarse de la notable cinta animada de Walt Disney para presentarnos su propia versión de la clásica historia de Joseph Rudyard Kipling, pero mantiene algunas canciones de contagiante ritmo para acompañar ciertas escenas. Sin embargo, se nota un cierto abuso en el playback (lo ideal sería que los propios actores interpretaran las canciones sobre la pista) y más aún, en algunos diálogos grabados en los que los actores debieron utilizar la fonomímica, que pudieron fácilmente ser retirados, bajando el volumen en ese momento.

A destacar ese personaje bala llamado Mowgli, interpretado con carisma y agilidad por Ricardo Ota, joven actor de tan sólo 10 años, acompañado por un efectivo grupo de actores de la ENSAD, quienes con gran dominio de escena y plasticidad interpretan a los variopintos personajes de la historia. Ellos son: Dante Marchino, Herlinda Collazos, Natalyd Altamirano, Onasis Toro y Rossana Torres. Buen diseño escenográfico y original vestuario (trampa en la que muchos grupos infantiles caen al utilizar “disfraces” para sus obras). “El Libro de la Selva” se convierte en un verdadero y sano divertimento para toda la familia.

Sergio Velarde

21 de junio de 2009

Crítica: HISTORIETAS


Historias paralelas en primera velocidad


Escrita hace ya algunos años por Paco Caparó, “Historietas” fue llevada a escena por el grupo Eureka Teatro con la dirección de Juan Carlos Díaz, consiguiendo excelentes resultados con esta obra que aborda el tema de la violencia a través de tres historias paralelas: las dos hermanitas encerradas en una habitación teniendo como única compañía a un televisor; unas jóvenes pandilleras que buscan enfrentarse a grupos más fuertes; y una mujer llamada Mercedes, quien debe convivir con su sobrina, mientras espera al hombre ideal. Se trata de un texto dramático bien escrito, pero que bajo la dirección de Richard Romero, no logra ser resuelto adecuadamente en la reciente temporada presentada en el Centro Cultural CAFAE-SE.

El estilo expresionista que Romero eligió para su puesta en escena no fue precisamente el más acertado. Presentar a sus actores vestidos de blanco al inicio, moviendo los elementos escénicos y creando la convención que estamos frente a un ejercicio actoral, no es una mala idea de por sí. Pero sí lo es cuando atenta contra el ritmo de la obra: los cambios de escena resultan largos, tediosos y totalmente prescindibles. Bastaba sólo una correcta disposición de las luces para delimitar los espacios y unos cuantos practicables que hicieran las veces de sillas, mesas y bancas. Las entradas y salidas por los telones debieron ser más limpias y ordenadas. Y los niveles de los ambientes (las escenas ocurren en azoteas y patios de un mismo edificio) tampoco estuvieron del todo definidos.

Existieron también deficiencias para redondear las historias de los personajes: el juego escénico de las niñas encerradas se pudo aprovechar más, incidiendo en la importancia del televisor como único escape para su aburrimiento. Las pandilleras no lograron transmitir incomodidad ni sorpresa, salvo en la última escena en la que finalmente se consiguió una atmósfera de desesperación y tragedia. La relación de Mercedes con el locutor de radio resultó desdibujada, pues no se sabía a ciencia cierta cuando este último personaje aparecía de verdad, y cuando era sólo una fantasía provocada por las drogas que consumía la mujer. Si “Historietas” logró tener finalmente algunos aciertos, se debió sin lugar a dudas al elenco, que logró un buen desempeño en líneas generales y que debió ser mejor aprovechado por la dirección de actores. Siempre es grato volver a ver en escena a una actriz tan competente como Viviana Andrade. Y acompañada de nuevos talentos, como en el caso de Miluska Morillo. No basta tener un buen texto y buenos actores para lograr una obra teatral aceptable, también se necesita a un director que tenga como objetivo principal insuflarle vida, energía y ritmo a la puesta en escena.

Sergio Velarde
21 de junio del 2009

martes, 2 de junio de 2009

Crítica: PALINTRÓPOLIS


La ciudad del palo o del pecado  

Asistir al Centro Cultural El Averno para ver la obra “Palintrópolis”, a cargo del grupo de teatro Cuer2 con la dirección y dramaturgia de Roberto Sánchez Piérola, puede tener una doble lectura: la obra transita en medio del caos y la violencia de nuestra querida y maltratada ciudad, con personajes conflictivos y conflictuados en medio de la asfixiante contaminación que nos embarga. Y es así como lucen los alrededores del Averno en horas de la noche, con prostitutas, fumones, locos y mendigos pululando por la zona, que supongo de alguna manera determina la escasa concurrencia a una de las obras más logradas e interesantes en lo que va del año. Y ojo que asistí a la última función de una corta temporada con pasada de sombrero.

“Palintrópolis”, descrita como una oda a la ciudad donde se pierde el logos (la razón, el conocimiento), nos presenta la historia de Francisco (homónimo del fundador de Lima) y su terrible vida, pasión y muerte en una ciudad tan apocalíptica como reconocible. Desde su nacimiento hasta su muerte y a lo largo de quince escenas, el grupo nos propone una oscura visión de una sociedad en la que reina el caos, el miedo y el desconcierto, de la mano de Francisco y de dos grotescos personajes enmascarados (dos figuras masculina y femenina), que representan los estereotipos clásicos que deambulan por las calles. Armados con una teatralidad poética o poesía teatral, tal como el grupo describe su propuesta, los cuadros se suceden con energía y ritmo, elaborando una interesante metáfora sobre la contaminación, representada por bolsas de plástico blancas o negras (según sea el caso) y que le dan un respiro a Francisco y a la contundencia de algunas escenas bastante chocantes.

Tratándose de una creación colectiva del director junto con los actores, es justo resaltar la excelente performance de los tres intérpretes: José Luis Urteaga, Rosa Jiménez y Roly Dávila, quienes convincentemente alternan las tres figuras que intervienen en la puesta en escena (Francisco, el hombre y la vieja). Las escenas tienen un nivel bastante parejo, destacando “Plato de perro” y “El micro”, que confrontan al espectador con sus deseos e instintos más básicos y primarios. El escenario del Averno es por cierto, uno de los más incómodos y marginales del medio, pero el grupo logra adaptarse y aprovechar cada recoveco del espacio, pero sin lograr acallar la bulla pachanguera dentro del mismo local, que merecería una llamada de atención a la administración.

“Palintrópolis” o “La ciudad del Palo” es un montaje salvaje, directo y brutal, que no hace concesiones con el espectador y lo confronta con sus miedos y temores más comunes. Acaso la contundencia de la puesta en escena sea la razón por la cual sólo asistieron once personas (incluyéndome) a la última función de su temporada en “El Averno”. O tal vez sea la zona, que por cierto, cada vez luce más peligrosa en el trayecto por Jr. Quilca hacia la Av. Wilson. Sea la razón que fuera, no es excusa para dejar de ver uno de los montajes más interesantes y polémicos del año. Y que ciertamente no merece “palo”, sino hartas palmas. “Palintrópolis” se presentará todo el mes de abril en el Centro Cultural Apu Teatro en Las Calezas 275 Urb. El Manzano Rímac, alt. Cdra. 6 de la Av. Alcázar, Parque del Avión. Imposible perderse esta siniestra mirada a la “Ciudad del Palo o del Pecado”.

Sergio Velarde
Marzo del 2006

sábado, 16 de mayo de 2009

Crítica: CAUSA COMÚN


Un montaje a destiempo   

Se viene presentando en el Auditorio de la AAA, una obra bastante particular titulada “Causa común”, escrita y dirigida por el novel dramaturgo y director Omar Honores. Y es particular, pues la génesis del proyecto se remonta a la década de los noventa, en tiempos de la dictadura mediática de Fujimori, época en la cual su posible estreno habría adquirido otra significación. “Causa común” fue (es) un llamado de alerta ante el autoritarismo y el abuso de poder, por parte de los dirigentes de turno frente a cualquiera que oponga resistencia y haga valer sus derechos. O por lo menos, pretende serlo. Debemos señalar que, en términos generales, la obra estrenada no aporta nada verdaderamente novedoso a la larga lista de espectáculos de denuncia social, pero al menos sí le hace recordar tiempos pasados a un público que, como en el caso del limeño, es tan propenso al olvido.

Honores, quien ostenta entre sus trabajos previos el haber sido parte del primer “No amarás” (debut teatral de Aldo Miyashiro), pretende AHORA hacernos reflexionar sobre los peligros de otorgarle el poder a las personas equivocadas, a través de una historia urbana, presumiblemente atemporal, bastante sencilla, ingenua y predecible, pero que logra sostener el interés gracias a la puesta en escena, que incluye algunas correctas actuaciones y funcional música en vivo, a cargo del grupo Mortero. Las tribulaciones de un grupo de jóvenes universitarios frente a la dictadura de turno y al secuestro de su líder Tito, pierden parte de su fuerza al descubrirse al traidor demasiado pronto (aparte de ser evidente desde un inicio). Un desliz en la dramaturgia que podría corregirse al presentar las escenas en otro orden. Por otra parte, algunas imágenes resultan acertadas (como la de Tito, encerrado en su celda y arengando contra el gobierno, detrás de tres guardias armados) y otros diálogos aparecen impostados pero divertidos (como la seducción de Rody, uno de los estudiantes, a la novia de Tito).

En términos generales, las actuaciones del elenco, sin ser destacables, cumplen finalmente su cometido. Fernando Montenegro, en el papel protagónico, logra transmitir la opresión y la angustia de verse encerrado y privado de su libertad. Paco Onofre se divierte a sus anchas como el caradura de Rody. Bien Anabella Bellota, sincera y conmovedora como la madre de Tito, así como Roberto Cuba como uno de los dirigentes estudiantiles. “Causa común” puede no ser el montaje perfecto y luce fuera de contexto, pero al menos sirve para recordar a todo aquel que asista a la temporada, sobre una vergonzosa etapa de nuestra historia que de ninguna manera debe quedar en el olvido.

Sergio Velarde

16 de mayo de 2009

jueves, 14 de mayo de 2009

Crítica: PONY


Corrupción política y familiar


Usualmente toda la creación dramatúrgica del premiado escritor venezolano Gustavo Ott, tan entretenida como punzante, utiliza el humor como vehículo para realizar una incisiva denuncia social, pertinente a todo el ámbito latinoamericano. Siguiendo la senda marcada por las divertidas “Bandolero y malasangre”, “Fotomatón”, entre otras notables pruebas de fuego para la versatilidad de los intérpretes, se presentó en la Sala Alzedo dentro del marco del IV Festival UCSUR de Teatro Internacional, la tragicomedia “Pony”, proyecto teatral que venía de ser estrenado en el Festival “Saliendo de la Caja” de la PUCP.

Ott consigue esta vez, un acertado paralelo entre la corrupción dentro de la esfera política (es tiempo de elecciones presidenciales) y dentro del ámbito familiar (una hija es víctima de su padre, su madre y su hermano), todo visto desde la perspectiva de una mujer que pierde emocional y económicamente todo. Excepto la esperanza, representada casi al final por la metáfora del “pony”, tan ingenua como ridícula, que se debe escuchar y procesar con cuidado para entenderla. Mónica (Cecilia Collantes) es la víctima eterna, noble y confiada, que busca desesperadamente ayuda en las personas que (aparentemente) más confía: su familia. Y sus tres integrantes: padre, madre y hermano (todos interpretados por Pold Gastello), cada uno en su particular estilo, no sólo se aprovechan descaradamente de ella, sino que le aseguran que nunca le negarían nada, “ni siquiera una lágrima”. Como lo haría cualquier politiquero en plena campaña electoral.

La puesta en escena, divida en cuatro cuadros, en los que Mónica solicita ayuda a cada miembro de su familia, mantiene el interés gracias al ingenioso texto, rico en referencias urbanas bastante reconocibles, a pesar de conocer de antemano el público que cada uno de los personajes se aprovechará de la cándida muchacha. Es entonces la (re)presentación de cada familiar, en donde radica el factor sorpresa del montaje. Gran trabajo del versátil Pold Gastello, en convincente triple papel, marcando con precisión características específicas para el hilarante clan Morales, a pesar de la impostada réplica de Cecilia Collantes. Tratándose de un proyecto teatral de egresados de la PUCP, se debe reconocer el fino acabado de producción por parte de Collantes y Lenybeth Luna Victoria, así como la limpia dirección escénica de Carlos Andrés La Rosa. “Pony” logra ser una digna representante del humor de Ott, que pone sobre el tapete aspectos de la problemática latinoamericana, tan necesarios para la autocrítica y la reflexión.

Sergio Velarde

14 de mayo de 2009

miércoles, 13 de mayo de 2009

Crítica: CUATRO HISTORIAS DE CAMA

Verdades al desnudo

Elásticas, eléctricas, plegables, redondas, turcas, de agua. Las camas, en toda su variedad de presentaciones, cumplen una función crucial en nuestras vidas. Y no sólo por pasarnos en dicho mueble varias horas de nuestro día, sino porque se trata de una superficie, a veces acogedora a veces incomoda, en la que se pueden realizar innumerables actividades, no necesariamente destinadas al ocio. Y una de ellas, quizás la más peligrosa al estar acompañados, es la de revelarnos tal como verdaderamente somos. El dramaturgo Eduardo Adrianzén nos propone algunas de esas situaciones en Cuatro historias de cama, dirigida por Diego La Hoz y presentada en el marco del IV Festival UCSUR de Teatro Internacional, con las actuaciones de Camila Mac Lennan, Nidia Bermejo, Alonso Cano y Juan Carlos Pastor, en la acogedora Sala Alzedo en el Centro de Lima.

En la obra, dividida en cuatro cuadros, la cama se convierte en refugio para un joven traumado, en campo de batalla para dos amantes, en lecho de muerte para una enferma terminal y en escenario de un imprudente secreto. Y son las verdades de estos seres, junto con las de sus acompañantes, las que salen a relucir, originando los diversos conflictos. Tratándose de una obra con cuadros “aparentemente” independientes, no es de sorprender el encontrar un desnivel al momento de llevarla a escena. Y Cuatro historias… no es la excepción. La mejor es la tercera historia: la conversación entre dos hermanas, una sana y otra enferma, sobre su conflictiva vida en común. Bien escrito y resuelto actoralmente con mucho brío, este cuadro vale el completo visionado de la obra. Le siguen de cerca la primera (un singular blogger obsesionado con su engreída ex pareja) y la segunda (una pareja de novios enfrentando sus más grandes temores), provistas ambas de diálogos inteligentes y divertidos. La decepción resulta ser la última, en el que se descubren los nexos, de manera un tanto forzada, entre todos los personajes de la puesta en escena: un joven casado despierta en la cama luego de una borrachera con un homosexual. La situación podría resultar entretenida, pero no lo es, básicamente por las actuaciones sin matices que no logran elevar el cuadro del promedio.

En términos generales, las actrices destacan en mayor medida que los actores. Nidia Bermejo es creíble y sincera en sus dos papeles, pero es Camila Mac Lennan quien logra un desempeño sobresaliente en las escenas que interviene, como la novia histérica y la hermana desahuciada. En el primer personaje, Mac Lennan logra interpretarlo hábilmente sin caer en el trillado estereotipo; pero es sobre todo en el último personaje, complejo y espinoso, en el que logra combinar hábilmente el drama y la comedia. Juan Carlos Pastor cumple sin mayores brillos, pero es Alonso Cano quien decepciona en sus dos interesantes personajes, con bastantes dificultades en volumen y dicción. El desplazamiento escénico de los cuatro intérpretes al cambiar los diferentes ambientes es limpio y preciso. Pero el director debería definir cómo deben esperar los actores que no intervienen en escena, pues algunos permanecen neutrales, pero otros ríen y se mueven, distrayendo la atención. A pesar de estos reparos, la dilatada duración de la puesta en escena no se hace notar. Cuatro historias… cumple las expectativas del público, consolidando a La Hoz como uno de nuestros directores jóvenes con mayor proyección y a Adrianzén como uno de los dramaturgos contemporáneos más importantes del medio.

Sergio Velarde
13 de mayo de 2009