miércoles, 22 de julio de 2020

Crítica: ODISEA 2020 – TERCERA TEMPORADA


Experiencias y puntos de vista

A cuatro meses y unos días del inicio de esta cuarentena forzada pero necesaria, gran parte de la comunidad teatral se ha volcado, con mayor o menor suerte, al aprendizaje y experimentación de la técnica audiovisual como consecuencia directa del cierre de los teatros, ya sea por una pragmática necesidad de expresión o por la muy lícita y comprensible necesidad de facturar. Sea como sea el caso, en todos los campos la sociedad ha tenido que adaptarse al mundo virtual. Sin embargo, es oportuno recalcar que si bien varios artistas insisten en definir erradamente a sus actuales propuestas como “teatrales”, sí que se consiguen valiosas experiencias de interpretación, alejadas casi por completo del hecho teatral y abrazando muchas de las posibilidades y puntos de vista que ofrece la virtualidad. Acaso en los tres primeros microespectáculos de la tercera temporada de Odisea 2020 de la incansable Nella Samoa Álvarez se puedan apreciar dichas experiencias y puntos de vista.

En Quemad a la bruja de Enrique Nué asistimos a un interesante ejercicio de “teatralidad” televisada, en el que nos damos cuenta (por fin) de lo anacrónico que resulta seguir defendiendo a las “artes escénicas” en las trasmisiones por YouTube. La historia nos lleva a los tiempos de la Inquisición, en donde se le acusa a una mujer de hechicería. A propósito o no, resulta imposible tomar en serio la ambientación, con las cámaras registrando la supuesta locación virreinal en plenos exteriores de una edificación en plena urbe, teniendo en el horizonte las luces de postes, vehículos y edificios, poniendo a prueba la convención al espectador. Incluso pudo verse la sombra de uno de los trípodes que sostenía una de las cámaras. Los buenos actores Shantall Vera y Fito Bustamante hicieron su mejor esfuerzo para convencernos de su drama, mientras cruzaban “teatralmente en escena” para hablarse a través de las cámaras, permaneciendo ellos espalda con espalda. Como ejercicio teatral grabado resulta valioso; como sutil guiño para los acérrimos defensores del “teatro virtual”, pues mucho mejor.

En todo caso, sí que les fue mejor a las hermanas Trucíos, Claudia y Daniela, en Metamorfosis de Astrid Villavicencio. Con dos cámaras instaladas estratégicamente en su departamento (una, en una esquina superior de la habitación y la otra, detrás de un espejo), la escabrosa historia de estas hermanas, también en la ficción, conmovió y resultó muy verosímil, convirtiendo a los espectadores en invasores fisgones, auscultando de manera malsana la privacidad de las mujeres, las cuales ignoraban la existencia de los dispositivos de grabación. Lamentablemente, no corrió la misma suerte Mefistófeles de Álvaro Pajares, que intentó resolver una crisis marital en medio de la celebración de un rito satánico y con las cámaras visibles para los personajes. La comedia, siempre tan difícil de concretarse en vivo o grabada, se tornó forzada por varios momentos, pero en general se salvó por los pelos, gracias a la energía que le inyectaron los simpáticos Gabriela Jordán y Jorge Armas.

No deja de ser apreciable la tenacidad y constancia de Samoa Producciones por generar variados espectáculos en línea, disculpando por supuesto el hecho de presentarlos como “reinvención de la experiencia teatral” o “teatro cinematográfico online”. Lo cierto es que cada uno de sus proyectos cuenta con una personalidad propia y además, le permite al espectador acercarse desde distintos puntos de vista a experiencias virtuales de toda índole. El trabajo de Álvarez en las temporadas de Odisea 2020 resulta pertinente: la continua práctica y experimentación en línea serán los disparadores de nuevas maneras de narrar historias, las que nos acompañarán los próximos meses de esta (aparentemente interminable) cuarentena.

Sergio Velarde
22 de julio de 2020

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