jueves, 24 de julio de 2014

Crítica: VLADIMIR


La vigencia de Santistevan

A Alfonso Santistevan lo vimos actuando recientemente en el apreciable montaje de El Camino a la Meca, dirigido por Mikhail Page. Santistevan no solo es un buen actor, sino que además es un dramaturgo de evidente talento. Su primera obra, El caballo del Libertador (1986), tuvo un considerable éxito en el momento de su estreno; y la última, La puerta del cielo (2010), fue una de las pocas obras peruanas estrenadas en el Teatro La Plaza. Una pieza clave dentro de su dramaturgia es Vladimir (1994), que se mantuvo sin re-estrenar durante años. Page le rindió un merecido homenaje a Santistevan y puso en escena Vladimir, por una corta temporada en el Teatro Auditorio Miraflores. ¿Mantiene su vigencia esta historia con fuerte contenido político, escrita en plena década de los noventas, para funcionar de la misma manera en la actualidad?

Vladimir nos cuenta los últimos días de una mujer (Magali Bolívar) en el Perú, antes de viajar contra su voluntad a los Estados Unidos a buscar un futuro mejor, viéndose  obligada a dejar a su hijo adolescente Vladimir (Jorge Bardales) al cuidado de su tía. Y el nombre que eligió para su hijo, delata inequívocamente el pasado y presente socialista de la mujer, que pasa sus últimas horas en medio de los recuerdos del padre de su hijo y del fantasma del Che Guevara (ambos interpretados por un sobrio Alonso Cano). El subtexto político funciona y es creíble gracias a la cuidada dirección de Page y al competente elenco, en el que también habría que destacar el trabajo de Giovanni Arce, como el divertido amigo de Vladimir. Acaso en estos días, para los más jóvenes, los discursos revolucionarios pueden sonar anacrónicos, pero reflejan con contundencia una época específica difícil de olvidar para quienes la vivimos.

Pero Vladimir funciona, y muy bien, cuando explora también la compleja relación entre una angustiada madre y su hijo adolescente: tal como lo escribió Carlos Vargas en su crónica, Magali Bolívar y Jorge Bardales están extraordinarios. También es una rara ocasión de retroceder en el tiempo, como lo hiciera la notable La eternidad en sus ojos de Eduardo Adrianzén, de ver en escena los cassettes, los walk-mans, los teléfonos con rin; es decir, aquellos recuerdos de una época que ahora puede resultar hasta cavernaria para los más jóvenes, que les toca hoy por hoy vivir una vida a mil por hora. Vladimir, que llegó gracias a Munay Producciones y Bunbury Teatro, es la agradecida reposición de una obra antológica y vigente de Alfonso Santistevan.

Sergio Velarde
24 de julio de 2014

lunes, 14 de julio de 2014

Crítica: DESDE AFUERA

Ninguna persona debería tener miedo

Inicia la función en el Centro Cultural de España y aparecen cinco personas en escena. Ellos no son actores, son personas de carne y hueso como nosotros y responden a los nombres de Mary Ann Eyzaguirre, Enrique Leguía, Yefri Peña, Marco Pérez y Malú Machuca. Ellos forman parte de la comunidad TLGB, que integran lesbianas, gays, trans y bisexuales, y se disponen a contarnos sus experiencias viviendo en una de las ciudades más pacatas e hipócritas, como es la nuestra. Desde Afuera es una creación escénica, que se inscribe dentro del llamado teatro testimonial, valiéndose de fotografías, videos, proyecciones multimedia, cartas, canciones, coreografías, pensamientos y especialmente, los mismos cuerpos de los participantes, que nos revelan sus dificultades (algunas muy serias) para sobrevivir en nuestra tan ingrata sociedad.

Ubicada en el espectro teatral limeño, en las antípodas de, por ejemplo, La Jaula de las Locas, una espectacular ficción que busca sensibilizar al espectador sobre la necesidad de un trato justo para aquellos a los que la sociedad condena por ser diferentes, Desde Afuera logra el mismo efecto, pero más contundente, pues la ficción es inexistente. Los directores Gabriel De la Cruz y Sebastián Rubio sí se valen de los recursos teatrales de siempre, para darle cohesión y ritmo a su creación, ordenando los testimonios de estas cinco personas que armadas de mucho valor y sentimiento, se animaron a contarnos en escena sus vidas. Un apreciable espectáculo, que llega a escena gracias al colectivo No Tengo Miedo, que tiene como único propósito el de crear conciencia sobre los derechos de esta comunidad.

Conmovedora, agresiva, frustrante y divertidísima por partes iguales, Desde Afuera aparece en un momento histórico preciso, en el que la sociedad se ve enfrentada a una gran encrucijada: mantenerse circunscrita dentro de aquellos supuestos valores morales y tradicionales que rigen las buenas conductas, o acomodarse ante una palpable realidad que ha permanecido demasiado tiempo escondida dentro del clóset. Como la chica que combatió contra su gusto por las mujeres, sin éxito; como el señor que habiendo sido esposo y padre, se siente atraído por otros hombres; como la muchacha bisexual, que ahora es especialista en temas de género; como el chico que antes fue chica; o como la sensual mujer que antes fue un chico. Termina la función y comprendemos que Desde Afuera nos ayudó a ver, comprender y sentir, desde dentro, a aquellas personas que siendo seres humanos como nosotros los espectadores, deberían gozar de nuestros mismos derechos y ya no deberían tener miedo. De visión obligatoria.

Sergio Velarde
14 de julio de 2014

martes, 8 de julio de 2014

Crítica: METAMORFOSIS

Clásico literario en extraordinaria puesta teatral. 

Escribir sobre La metamorfosis del checo Franz Kafka, un relato de importancia capital del siglo XX y cumbre absoluta del existencialismo literario, sería inútil a estas alturas. Por no lo es el hacerlo sobre el gran acierto que ocurrió en la Casa Yuyachkani, en donde Gabriel González y Rodrigo Chávez, actor y director de Metamorfosis, lograron llevar a escena, respetando con gran fidelidad al autor, la trágica historia de Gregor Samsa, convertido en un gigantesco insecto ante la aterrada mirada de su familia. Este proyecto final de Artes Escénicas de la PUCP, en versión libre de la adaptación teatral de Steven Berkoff y traducida por Daniel Amaru Silva, constituye una de las más gratas sorpresas del año, tomando en cuenta la envergadura del proyecto.

“Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.” Toda la angustia, la frustración y el pesimismo que destila el relato de Kafka se percibe desde la primera escena, con los actores recitando dichas líneas profusamente maquillados, delante del público y detrás de una estructura metálica con rejas, que hace las veces de la habitación de Gregor. Ya en el 2010 y en la misma Casa Yuyachkani, la directora Rebeca Ráez y el actor y bailarín José Ruiz Subauste crearon su propia versión, basándose principalmente en el movimiento. En la versión de Chávez, la palabra toma un mayor protagonismo, mientras la historia fluye sin tropiezos, creando atmósferas y delineando a los personajes.

A destacar en el elenco a Gabriel González, joven actor a quien vimos en Rockstars y en El malentendido (también dirigido por Chávez). Su caracterización física y vocal es brillante, convirtiéndose ante nuestros ojos, sin necesidad de prótesis o maquillaje, en un insecto. Su trabajo podría ser comparado con el de Sebastián Reátegui y su logrado personaje en El Hombre Elefante. Lo secunda un efectivo grupo de actores: Roberto Ruiz, Juan José Espinoza (de Laberinto de monstruos), Vanessa Geldres (de El malentendido) y una inspirada Mónica Rossi (de Tu Ternura Molotov). Metamorfosis es un contundente logro escénico, dirigido con mucha creatividad y escasa artificialidad, que le hace una sólida reverencia a su fuente literaria. Como lo menciona Sara Joffré en su comentario: “Sinceramente mis más entusiastas felicitaciones, no puedo decir más, ustedes lo han dicho todo con su puesta en escena. Es una entrega total. Gracias.”

Sergio Velarde
08 de julio de 2014

viernes, 4 de julio de 2014

Crítica: ALMENDRITA

Teatro infantil como tiene que ser. 

La presencia de la dramaturga y crítica Sara Joffré ha sido, es y será fundamental dentro de nuestro medio teatral. Entre sus múltiples intereses se cuentan su gran admiración por Bertolt Brecht, y su tenaz lucha por darle calidad al teatro para niños. En 1963 crea el grupo Homero - Teatro de Grillos, para desarrollar cuidados montajes para toda la familia con un particular toque “brechtiano”. Los últimos trabajos de Sara como autora infantil, vistos en escena recientemente, fueron Las nuevas ropas del rey (2007), a cargo del grupo Teatro de la Resistencia; y La leyenda de Sleepy Hollow (2012), a cargo de Vodevil Producciones. El año pasado llegó a escena Almendrita, una nueva pieza escrita por Sara, producida por Molinos de Viento, que se re-estrenó el mes pasado en el Centro Cultural El Olivar.

Conocida también como Pulgarcita y basada en el cuento original de Hans Christian Andersen, Almendrita inicia con la llegada de un grupo de actores que se preparan para dar una función teatral; cada uno adopta un personaje, luego de apropiarse de un elemento. La historia se centra en una pequeña niña que nace de una semilla, que a través de engaños es llevada al reino de los ratones, para casarse con su príncipe. Los diferentes obstáculos que debe enfrentar la niña para volver a casa serán sorteados por la pequeña Almendrita con mucho ingenio.

Miguel Torres, a quien vimos en Tres, dirige con solvencia y precisión el montaje, contando en el elenco con los jóvenes Erika Najarro García, Juan Daniel Gonzales, Pol Vega, Marisol Mamani, Danny Sánchez y Alejandra Sánchez, todos ellos jugando en escena con mucho entusiasmo. Con pocos elementos escenográficos, un sencillo vestuario y mucha creatividad, la historia avanza sin tropiezos, hasta un tramo final que hubiera podido tener un remate más sólido. Almendrita es una de esas obras para toda la familia, que permanece ajena a cualquier tipo de convencionalismo facilón (como remedos de la película animada de moda o mezcolanzas de universos imposibles), gracias a la sabia pluma de la incombustible Sara Joffré.

Sergio Velarde
04 de julio de 2014

domingo, 29 de junio de 2014

Crítica: LA JAULA DE LAS LOCAS

Pertinente historia de amor y tolerancia. 

No pudo re-estrenarse en mejor momento. Actualmente vivimos cruciales momentos en los que nuestra sociedad (y por supuesto, incluidos nuestros gobernantes) debe demostrar si está lo suficientemente dispuesta como para abrazar las nuevas corrientes de respeto y tolerancia que recorren nuestro mundo, o si prefiere mantener el status quo, afincándose en los supuestos valores tradicionales. Lo cierto es que si hace siglos se tenía una percepción acerca de los negros (condenados a ser esclavos); hace décadas, otra acerca de las mujeres (negadas para estudiar o votar); ¿acaso no estamos viviendo un nuevo y normal paso adelante dentro la sana evolución de la humanidad? En tiempos en los que una pareja homosexual debe sobrevivir sin contar con beneficios legales, mientras que asesinos confesos sí pueden contraer matrimonio para evadir el castigo de la justicia, la puesta en escena de La Jaula de las Locas, como menciona en el programa de mano su director Juan Carlos Fisher, aporta su grano de arena para lograr ese cambio en base a su mensaje de amor e igualdad.

Escrita en 1973 por el dramaturgo francés Jean Poiret, y convertida en musical por el compositor Jerry Herman y el notable actor y escritor Harvey Fierstein, La Jaula de las Locas (La Cage aux folles) narra las peripecias que debe pasar la pareja conformada por Georges (Diego Bertie) y Albin (Carlos Carlín), cuando el hijo del primero, Jean-Michel (Bruno Ascenzo) anuncia que se casará con Anne (María Grazia Gamarra), nada menos que la hija del conservador político Eduard Dindon (un Carlos Cano en gran forma), cuyo lema es “Familia, Progreso y Moral”. Obviamente, el local que administran Georges y Albin en Saint-Tropez, un famoso cabaret de travestis llamado La Jaula de las Locas, no será del agrado de la familia Dindon, por lo que  se tramará una farsa, a pedido de Jean-Michel, para “maquillar” la situación y así concretar la boda. La fuerte personalidad de Albin y los enredos que no tardan en aparecer, convierten a esta obra en una de las más divertidas a nivel mundial, ganadora de varias premios, entre ellos, el prestigioso Tony.

Estrenada en el Teatro Peruano Japonés, La Jaula de las Locas cumple las expectativas y como era de esperarse, sus valores de producción lucen impecables, a cargo de Los Productores. Bertie y Carlín componen una creíble pareja homosexual, éste último demostrando un gran dominio sobre el público. Ambos son acompañados por un eficiente elenco compuesto por Rómulo Assereto, Gianella Neyra, Andrés Salas y Elena Romero; y por un enérgico y feliz cuerpo de baile, que ejecuta destacables coreografías a cargo de Vania Masías. La orquesta en vivo y las voces de los actores no desentonan, salvo acaso en la canción “Contrapunto del coctel” en el segundo acto, en donde la audición de la letra se resiente en cierta medida. La Jaula de las Locas es un pertinente espectáculo comercial, que contribuye a su manera a cambiar la visión tradicional de todos aquellos que insisten en apoyar la política “Dindon”.

Sergio Velarde
29 de junio de 2014

martes, 24 de junio de 2014

Crítica: LA TERCERA PERSONA

Incursión en la mente de un escritor. 

Los últimos montajes de Daniel Dillon, escritos y dirigidos por él mismo, han generado nuevas e innovadores maneras de hacer teatro. Desde una dramaturgia completamente ajena a cualquier remanente tradicional, hasta una dirección escénica que explora las inimaginables maneras de “dirigir”. Por ejemplo, Estudio de escena (2007), en co-dirección con Antonio Tarnawiecki y estrenado en el Festival del Instituto Cultural Peruano Norteamericano, nos presentó una puesta en escena sin inicio ni final aparente, en la que los espectadores eran partícipes y testigos activos de la de-construcción de una obra de teatro. En Historia de un hombre (2011), la anécdota era la simple excusa para presentar inquietantes imágenes de tres personajes en desgracia. Y en La traición (2013), en co-dirección con Ricardo Delgado, una sencilla historia de despecho entre el galán y la diva de una telenovela mantuvo en vilo al público con variadas acciones escénicas absolutamente creíbles.

Para La Tercera Persona, Dillon urde nuevamente una línea de dirección atípica para desarrollar su “historia”. Y es que aparentemente el drama de los personajes no es lo verdaderamente interesante del montaje, sino la forma tan surrealista de plantearlo en escena. Con un escenario y elementos completamente blancos y asépticos, a cargo de Ricardo Delgado, entramos en el inconsciente de un dramaturgo, como lo es el mismo director, que ha sufrido un accidente, está inconsciente y se encuentra en pleno proceso, “en vivo”, de la creación de una nueva obra de teatro, que recrea justamente, su propia vida. Las hojas de papel van cayendo al suelo conforme la historia avanza. Comparten el espacio otros tres personajes relacionados con el joven escritor: su tía, su prima y su profesor de literatura, quienes aparecen y desaparecen a través de las separaciones de las blancas paredes.

Los varios niveles que le ofrecen la escenografía y las luces le ofrecen al director la oportunidad de generar interesantes imágenes (como la de la foto), que bien pudieron ser en mayor cantidad. Los muebles transparentes, como de cristal, simbolizan la fragilidad del escritor luego del accidente. En el montaje, participan como actores, viejos conocidos del director: los jóvenes Fito Valles (protagonista de Historia de un hombre) y Gisella Estrada (de Solo dime la verdad, 2008) son acompañados por los experimentados María Laura Vélez (de Extraños, 1997) y Marco Miguel Ravines (de Estudio de Escena); todos ellos completamente comprometidos con su labor. La Tercera Persona, que vendría a ser cada uno de los espectadores que entra en este onírico universo del escritor, es el nuevo drama surrealista de Dillon, que seguramente no será un montaje destinado para toda clase de público, por encontrarse en las antípodas de, por ejemplo, Tus amigos nunca te harían daño, anterior montaje presentado en la Sala ENSAD. Sin embargo, su propuesta artística es lo suficientemente coherente e interesante, como para que valga la pena su visionado.

Sergio Velarde
24 de junio de 2014

domingo, 22 de junio de 2014

Crítica: MALANOCHE

Entre la memoria y el olvido.

Arístides Vargas es uno de nuestros dramaturgos latinoamericanos preferidos. Sus obras tienen un fuerte sello autobiográfico, con temas evocativos y marginales, escritos de forma poética, a ratos con toques de amargura, y a ratos, con un fino humor. Así vimos en el 2012, dos adaptaciones de su autoría: La razón blindada y El deseo más canalla; y este año, la notable La República Análoga, dirigida por él mismo. Le toca el turno ahora a la agrupación Espalda de Bogo, responsable de Nunca estaremos en Broadway (2012) en el ICPNA de Miraflores, hacerse cargo de una nueva pieza de Arístides: Malanoche, que además forma parte de un Proyecto final de Artes Escénicas de la PUCP. Estrenada en El Galpón Espacio, con la dirección de Tirso Causillas, la puesta en escena tiene indudables méritos, pero también ciertos aspectos que podrían corregirse.

Carlitos (Daniel Cano) y Mifasol (Alejandro Larco, también responsable del proyecto) interpretan a dos parroquianos en una cantina, que beben cerveza mientras juegan billar. Ellos son atendidos por un hombre travestido que responde al nombre de Chepandolfo (Sebastián Eddowes), mientras una misteriosa mujer (Gabriela Olivera), que solo Chepandolfo puede ver, aparece y desaparece relatando cómo fue torturada y asesinada. Arístides propone aquí un juego de memoria y olvido entre los hombres: ellos pueden ser culpables o inocentes, de acuerdo a los recuerdos que poco a poco van articulando, entrampándose en sus propios diálogos. El tratamiento del texto es interesante, pero algunas fallas en el montaje podrían subsanarse para obtener un producto más acabado.

El director Causillas convierte el espacio de El Galpón en una cantina y coloca a los espectadores en mesas y sillas, simulando estar actores y público en el mismo ambiente, pero la cuarta pared pocas veces es rota. Tratándose de una versión libre, se podría trabajar más la participación activa del espectador en la historia. También los personajes limpian y apilan las cajas de cerveza sin ningún motivo aparente, acaso solo para tumbarlas y obtener así, los efectos sonoros necesarios para los momentos tensos. Con algunas deficiencias por pulir en su dicción, los actores en general logran sacar adelante sus respectivos personajes, especialmente Eddowes. Malanoche, como proyecto final del curso de Artes Escénicas, es una interesante propuesta teatral, que no traiciona el espíritu de Arístides, pero que todavía nos debe una evolución.

Sergio Velarde
22 de junio de 2014 

sábado, 21 de junio de 2014

Crítica: QUERIDO MENTIROSO

Reencuentro teatral lleno de nostalgia. 

Osvaldo Cattone ya es un clásico de nuestro teatro local. Desde 1976, año en el que inauguró el Teatro Marsano con la obra Aleluya, Aleluya, en la que participaba una joven Regina Alcóver, el director y actor argentino no ha parado de estrenar obras, entre dramas y comedias con mayor o menor fortuna, logrando convertirse en un referente ineludible de nuestras artes escénicas. Con 81 años a cuestas, Cattone regresa a las tablas con la pieza cómica Querido mentiroso del dramaturgo norteamericano Norman Krasna, en la que interpreta a un financista que finge estar casado para evitar así comprometerse con una famosa actriz de la que se encuentra profundamente enamorado. Como todo espectáculo en el Marsano (acaso uno de los últimos en el emblemático local, previo a su anunciada demolición), las risas están aseguradas, pero también la nostalgia, pues volvemos a ver en escena a la autodenominada “pareja real” del teatro: Alcóver y Cattone, nuevamente juntos en escena.

Cattone adora a sus actrices y le entusiasma verlas en escena, interpretando bellos e histéricos personajes, como lo hizo recientemente en 8 mujeres (2012). Pero pocas actrices pueden darle la talla compartiendo con él el escenario. Sin duda, Alcóver es una de ellas y la magia se crea en el escenario. Acompañados por un solvente elenco, con la recurrente Marisol Aguirre (¿la nueva musa de Cattone?), Walter Taiman, el divertido Nicolás Fantinato y una muy inspirada María José Zaldívar, la “dupla teatral por excelencia del teatro peruano” tiene el carisma necesario como para hacer creíbles y tiernos su primer encuentro casual, su romance, su posterior desencuentro y su reconciliación. Predecible a más no poder, todo se le disculpa al montaje, pues estamos ante un acontecimiento teatral que tiene una significación que sobrepasa cualquier ejercicio crítico.

Eso sí, acaso lo único que podríamos reclamarle a Cattone (si es que vale el término), es que desde hace décadas, la gran mayoría de los personajes que interpreta sigue teniendo el mismo patrón del machista empedernido y mujeriego, y por supuesto, reacio tercamente al compromiso. Así lo vimos en En la cama (2008) y en Un Don Juan en el infierno (2011), por citar solo los más recientes montajes que vio El Oficio Crítico en el Marsano. En todo caso, la dilatada trayectoria de Cattone le sirve para moverse a sus anchas en el escenario y el haber conseguido una fiel legión de seguidores, así como también un gran número de detractores, muchos de ellos que critican sus trabajos, aún sin ver sus espectáculos. Querido mentiroso es entonces, un reencuentro teatral lleno de nostalgia, así como también una divertida comedia, impecablemente producida que bien vale la pena apreciar.

Sergio Velarde
21 de junio de 2014

domingo, 8 de junio de 2014

Crítica: LA TIENDITA DEL HORROR

Notable comedia musical a lo serie B.

La Asociación Cultural Plan 9, a cargo de David Carrillo y Giovanni Ciccia, siempre se ha caracterizado por su total independencia para elegir sus proyectos teatrales. Virtualmente todo es posible en el Teatro Larco. Siguiendo esta línea de trabajo, su nueva apuesta para este 2014, luego del discreto estreno de Lo raro (un inteligente homenaje al cine de terror), llega la comedia La Tiendita del Horror, premiado musical escrito por Howard Ashman y Alan Menken en 1982, y basado a su vez en The Little Shop of Horrors (1960), típica película serie B de Roger Corman. Para el director Carrillo se trata de un verdadero sueño hecho realidad, ya que tenía en mente estrenar la obra desde hace más de 20 años. Por fin las condiciones fueron las adecuadas, y después del muy estimable estreno del musical El Vigilante Enmascarado (2013), se abrieron las puertas de La Tiendita del Horror.

Seymour (Giovanni Ciccia) es un ingenuo trabajador en la florería del irritable Sr. Mushnik (Ricky Tosso), en un barrio marginal de Nueva York y además, se encuentra enamorado de su bella compañera de trabajo, llamada Audrey (Gisela Ponce de León). Luego de un extraño eclipse, Seymour descubre una extraña planta carnívora, a la que le pone de nombre Audrey II, y tras ponerla en exhibición, las ventas de la tienda aumentan. Pero hay un precio a pagar: Audrey II se alimenta de sangre humana y conforme crece, exigirá a Seymour presas vivas. A la manera de Fausto, el pobre de Seymour deberá tomar una difícil decisión: si vale la pena convertirse en criminal para alcanzar el auge económico y obtener así el favor de su patrón y el amor de su amada. La traducción de Ciccia y Carrillo, en la que también colaboró Rafo Ráez, es impecable y mantiene al público en vilo. El montaje consigue crear una atmósfera propia, logrando el difícil equilibrio entre el suspenso y la comedia.

Como todo montaje de Plan 9, el cuidado por los mínimos detalles (vestuario, escenografía) supera los poquísimos problemas técnicos de sonido y de iluminación, que se irán puliendo con el transcurso de la temporada. El elenco también es inspirado, encabezado por los notables Ciccia y Ponce de León, bien secundados por Tosso y por Sergio Galliani, quien se luce interpretando múltiples personajes, entre ellos, al extravagante dentista novio de Audrey. Por su parte, Shantall Young, Miluska Eskenazi y Rocío Montesinos demuestran su talento vocal como el coro de vecinas. Pero el personaje que se roba el show es definitivamente, la planta carnívora: si bien es cierto aún falta precisar la coordinación entre su voz y sus movimientos, Audrey II es estéticamente inquietante y conforme aumenta de tamaño, aumenta también el peligro para los personajes. La imagen final es de antología. La Tiendita del Horror es un auténtico triunfo para Carrillo y Ciccia, tanto personal como profesional, y deja la valla muy alta para los futuros proyectos de Plan 9. Altamente recomendable.

Sergio Velarde
08 de junio de 2014

sábado, 7 de junio de 2014

Crítica: CALÍGULA

Notable revisión de lo absurdo del poder.

El extraordinario escritor y dramaturgo francés Albert Camus desarrolló como pocos en su obra, la conciencia del absurdo que habita en los seres humanos, siéndole concedido el Premio Nobel de Literatura (1957). Ya lo disfrutamos hace algunos meses en El malentendido, historia en la que un hombre, en la búsqueda de sus orígenes, acaba sus días de la manera más descabellada. En la reciente puesta en escena de Calígula, a cargo del grupo Ópalo y estrenada en el Centro Cultural ICPNA, el concepto del absurdo nace de la decisión del emperador romano del mismo nombre, en tramar su propio asesinato, tras perder la cordura luego de la muerte de su hermana y amante Drusila. El personaje de Calígula representa entonces, la quintaesencia de la incoherencia humana y el montaje que nos regala Jorge Villanueva, 12 años después de su recordado estreno en la AAA, es una prueba contundente de su madurez como director.

Marcello Rivera tiene la chance de retomar un personaje que consolidó su carrera en el 2002 pues su Calígula se nos muestra completamente amoral y henchido de desprecio hacia sus semejantes, capaz de los mayores horrores perpetrados hacia sus más allegados. Rivera le aporta nuevos matices a su Calígula, como también lo hace la notable Sofía Rocha, que retoma el papel de la trágica Cesonia. El resto del elenco mantiene un excelente nivel, destacando momentos puntuales de los personajes de los patricios José Miguel Arbulú e Ismael Contreras, cuando son terriblemente humillados por el emperador. También los actores Miguel Álvarez y Carlos Victoria tienen muy buenas intervenciones.

El montaje de Jorge Villanueva cambia radicalmente la estética presentada en su anterior Calígula. Desde que el público ingresa a la sala nos encontramos en medio de un ritual teatral, con los actores terminando de maquillarse y calentando su cuerpo a los lados. Los vestuarios contemporáneos y la escenografía dura y fría crean la atmósfera adecuada para este mundo de locura, con la presencia del fantasma de Drusila (Fiorella Díaz) derramando líquidos de colores sobre las paredes, y un chorro agua pura sobre el cuerpo de Escipión (Juan Carlos Pastor), en la escena final, que bien podrían limpiar simbólicamente todas las heridas recibidas. El grupo Ópalo, en coproducción con Puckllay Asociación Cultural, logra hacernos ver lo ridículo que es el poder mal administrado; además, le hace justicia a Camus, trayéndonos con Calígula la imposible y contundente historia de un absurdo suicidio consensuado. De visión obligatoria.

Sergio Velarde
08 de junio de 2014