lunes, 22 de junio de 2026

Crítica: MENTIROSOS


Enredos

Una madre intolerante y llena de prejuicios, un padre sometido a la voluntad de su esposa, una joven novia, un esposo que guarda demasiados secretos y una pareja de empleados domésticos tan irreverentes como entrometidos serán los responsables de una serie de situaciones tan inesperadas como divertidas. Esta es la puesta en escena de Mentirosos, una propuesta que apuesta por el humor, los enredos y las situaciones disparatadas para mantener al público atento de principio a fin.

Desde los primeros minutos, podemos ver personajes muy bien definidos que logran conectar rápidamente con el espectador. Cada uno aporta elementos particulares a la historia y contribuye al crecimiento de los conflictos. A medida que avanza la trama, también crecen las mentiras, los malentendidos y los enredos, generando situaciones cada vez más absurdas y divertidas. Con un ritmo ágil y personajes extravagantes, la obra construye una comedia de equívocos en la que cada mentira alimenta una nueva confusión, llevando al público a disfrutar de una sucesión de momentos hilarantes que provocan constantes risas.

El elenco de Mentirosos, conformado por Paco Varela, Ale Carrasco, Leito Monteverde, Pau Simons, Betto Gómez y Caroll Chiara, nos regala una comedia muy entretenida y llena de energía. Sobre el escenario puede percibirse la confianza entre los actores, así como la naturalidad con la que interpretan a sus personajes. Cada uno encuentra su espacio dentro de la historia y aporta al desarrollo de una dinámica que funciona muy bien en conjunto. La química entre ellos es evidente y se convierte en uno de los puntos fuertes de la puesta en escena.

Sin duda, la escenografía, las luces, los efectos y el vestuario han sido elementos importantes dentro de la propuesta. Cada detalle contribuye a construir el entorno adecuado para el desarrollo de la historia y ayuda a que el espectador se sumerja en el universo planteado por la obra. Aunque la comedia se sostiene principalmente por el trabajo actoral, los aspectos técnicos complementan acertadamente la experiencia teatral.

Asimismo, no cabe duda de que la dirección ha sabido guiar al elenco con una propuesta dinámica, entretenida y bien estructurada. El ritmo de la obra se mantiene constante, permitiendo que los momentos de humor fluyan con naturalidad y que los enredos se desarrollen de manera efectiva.

Mentirosos es una puesta en escena recomendada de principio a fin. Más allá de las diferentes interpretaciones que cada espectador pueda darle al mensaje de la obra, hay algo que todos se llevarán al salir de la sala: diversión. Una comedia ligera, ágil y muy entretenida, que vale la pena ver. 

Javier Gutiérrez

22 de junio de 2026

Crítica: PERROS (AL FINAL DE LA CARRETERA)


En el olvido

Un encuentro cara a cara con la indiferencia, pero al mismo tiempo con la realidad de nuestra sociedad. La puesta en escena de Perros (Al final de la carretera) nos muestra, desde el ingreso, una escenografía que nos envuelve en el contexto donde se desarrolla la obra. La historia sigue a Raphael, un hombre que dedica sus días a recoger y dar sepultura a perros atropellados en los alrededores de la Panamericana. A su alrededor se encuentran Pedro, Jorge, Lucía y Lolo, personajes marcados por la exclusión, la precariedad y la constante sensación de no pertenecer a ningún lugar.

A través de los diálogos y las acciones de cada actor, quienes cargan las escenas de memoria, humor y melancolía, la puesta en escena construye un retrato de vidas invisibilizadas que luchan por conservar su dignidad en medio del abandono. Más que centrarse en la marginalidad como un problema social, la obra explora la necesidad universal de ser reconocidos, recordados y aceptados.

Sin duda, los actores muestran una energía increíble, llevando a sus personajes por distintos estados emocionales de manera clara y convincente. Si bien existen algunos momentos de menor intensidad, en conjunto la obra mantiene el interés del espectador y permite disfrutar plenamente de la experiencia teatral.

Los aspectos técnicos de la puesta en escena, como la iluminación, la música y la escenografía, contribuyen a crear la atmósfera adecuada. Cada uno de estos elementos ayuda a construir el espacio dramático y a sumergirnos en el universo donde transcurre la historia.

Sin duda, Perros (Al final de la carretera) nos presenta una narrativa íntima y emotiva que invita al espectador a reflexionar sobre quienes permanecen al margen de la sociedad y sobre el valor de la empatía frente a la indiferencia. Su mayor acierto radica en convertir historias aparentemente pequeñas en una poderosa reflexión sobre la identidad, la memoria y la búsqueda de un lugar al que pertenecer. Una obra que, sin duda, vale la pena ver.

Javier Gutiérrez

22 de junio de 2026

Crítica: EL RÍO EN MÍ


El lado salvaje de la humanidad

El río en mí es más que un drama. Es un thriller que conecta la vulnerabilidad de la humanidad con su lado salvaje.

Dos mujeres, madre e hija (Grapa Paola y Alejandra Guerra) viven solas en un hospedaje de un lugar apartado de la selva que casi no recibe visitantes; cerca de un río cuya contaminación, por la actividad de una empresa, ha modificado la vida de las personas. Algunos visitantes, huéspedes del hostal, han fallecido en circunstancias extrañas y un monstruo extraño las acecha.

La soledad de estas mujeres no es pacífica sino cargada de reproches mutuos y desesperanza compartida. La crisis estalla con la llegada de un nuevo huésped (Alfonso Dibos) que trae recuerdos, cuestionamientos y evidencias de las oscuras relaciones de los personajes que las ponen en riesgo.

Como en las antiguas tragedias, una joven ajena canta desde un rincón y con las notas de su guitarra establece un ambiente de desventura y soledad. Luego, ella (Karla Quispe) se incorpora como un personaje más del conflicto, para evidenciar con su dramatismo la violencia de esas vidas, consumidas por la venganza como objetivo vital.

El río en mí nos introduce, con un lenguaje descarnado, al misterio y la tragedia. Al mismo tiempo, revela y denuncia los daños de la contaminación ambiental en las personas. Más allá de los signos evidentes de deterioro  en la  naturaleza,el daño está en la conciencia y las personas están envenenadas por su odio. Así como el río está enfermo, las personas están física y moralmente perturbadas. Frente a los dos visitantes, relacionados con las víctimas de los asesinados, ellas parecen dos monstruos. El katupirí (animal fantástico creado por el dramaturgo) amenaza devorarlas, pero Marta (la hija) parece convertirse, con muecas cómicas, en ese monstruo. Ella también necesita devorarlo todo para que esa realidad desaparezca. Su maquinación es la materialización de ese objetivo y su madre no puede controlarla.

A partir de la obra trágica El malentendido de Albert Camus, el dramaturgo argentino Francisco Lumerman construye un thriller que toca fibras y temas profundos y nos atrapa desde el primer momento. Como director, aprovecha la disposición circular para lograr un contacto más directo con el público y así la atmósfera se "contamina" totalmente con la amenaza y sufrimiento de los personajes, sin que podamos escapar a sus miradas.

Para lograr la potencia de esta puesta, Lumerman reúne a dos maestras del teatro peruano: Grapa Paola y Alejandra Guerra, que cargan con personajes de gran intensidad. Junto a ellas, Alfonso Dibos y Kiara Quispe aportan el equilibrio de las víctimas desconcertadas que buscan respuestas.

Muy buena puesta,solo hasta el 6 de julio, en el auditorio del Británico de Miraflores.

David Cárdenas (Pepedavid)

22 de junio de 2026

Crítica: REFUGIO


Sanar aquello que no sabías que requería cura

Refugio es el nombre elegido para denominar una peculiar y casi inclasificable propuesta artística interdisciplinaria dirigida por Analucía Rodríguez y Jimena Acuña, y protagonizada por la actriz bordadora Diana Chávez. La Sala Quilla, ubicada en Barranco, es el telón de fondo de una experiencia teatral que combina, entre otras cosas, bordado en vivo, música inédita original y realización audiovisual. El montaje, de poco más de una hora de duración, no tiene nada de diálogo; más bien apuesta por comunicar sus ideas de forma netamente sensorial. ¿Logran las realizadoras hacer que todas las disciplinas artísticas que conforman esta obra converjan armoniosamente en un mismo escenario, o es que la abundancia de estímulos e ideas hacen que el producto final termine siendo uno demasiado disperso y confuso como para realmente funcionar? 

Diana Chávez ocupa el centro del escenario y borda apaciblemente mientras el barullo del público va haciéndose cada vez más bajo. A su derecha, una gran tela rectangular muestra proyectado en primer plano lo que una pequeña cámara ubicada a la altura del hombro de la actriz está registrando en tiempo real: el bordado de Diana visto desde un ángulo semi picado que nos permite ver el proceso a gran detalle. El efecto es inmediato y cautivador. No solo vemos a la artista realizando su labor, sino que vemos el arte que está siendo creado por ella momento a momento magnificado gracias al poder de la cámara. La imagen la completa otra gran tela (ubicada a la izquierda de la actriz), de cuyo centro se desprenden varios hilos que van conectando distintos retratos (momentos) de la vida de la actriz. Este es solo el inicio de Refugio, pero lo describo para evidenciar el cuidado, la meticulosidad y el amor con que indudablemente fue realizado este montaje. Lo que ocurre a partir de aquí no lo describiré con tanta precisión; basta con decir que la actriz empieza a interactuar con todos los elementos que la rodean, y es precisamente la naturaleza de estas interacciones lo que revela el mayor acierto de Refugio: su habilidad para conmocionar al público, sin el uso de las palabras, evocando sensaciones y emociones concretas a partir de momentos y acciones abstractas. 

¿Por qué ver una obra como Refugio? Tres razones se me vienen inmediatamente a la mente. Primero, porque es un portal de emociones mutable, cuyo efecto dependerá de nuestra propia interpretación, lo cual lo hace sumamente interesante y único. Segundo, porque vivimos en un mundo tan sobre estimulado, tan bullicioso, inmediato y urgente que a veces nos olvidamos del poder del silencio. El hecho de que este montaje elija no usar palabras, en el contexto en el que vivimos, es muy valiente y arriesgado, ya que nos obliga a hacer eso que a veces parece habérsenos olvidado: ver y escuchar de verdad; prestar toda nuestra atención a una sola cosa; conectar con otra persona y dejarnos afectar por sus experiencias, lo cual en consecuencia nos hace conectar con nosotros mismos. Y finalmente, porque creo que más que nunca, el mundo necesita más empatía. Y esto no es algo que aparezca mágicamente en nosotros. La empatía -y la sensibilidad-, se entrenan, se desarrollan. Y ver obras de este tipo es una gran forma de hacerlo, ya que, al carecer de texto, el impacto de sus mensajes es mucho más directo, primitivo en el mejor sentido de la palabra, y altamente emocional.

Salí muy conmovido después de ver Refugio. Pero no solo eso. Salí con mil ideas revoloteando en mi cabeza; metáforas de vida y simbolismos que me regaló el montaje y que no menciono porque creo que será mucho más valioso que cada persona reciba de esta puesta escénica lo que necesita en ese momento. Tienen solo una función más, el 26 de junio. No la dejen pasar. Vayan con la mente y el corazón abiertos y regálense un momento de paz y de introspección. Ya saben. Esos que en el mundo actual son lamentablemente cada vez más escasos. 

Sergio Lescano

22 de junio de 2026

Crítica: AMANTES TEMPORALES


Cuando un buen texto promete, pero la puesta en escena se queda corta

Este fin de semana fui a ver la obra Amantes Temporales en la Casa de la Juventud, en Surquillo. La dramaturgia estuvo a cargo de Flavio Giribaldi, la dirección fue de Moisés Vera, y contó con las actuaciones de Diego Zavala-Molina, María Angélica Sotomayor, Alejandra Villavicencio, Fátima Matheus y Camila Málaga.

Es necesario comenzar destacando que el texto fue galardonado en el Concurso de Dramaturgia de la ENSAD. Se trata de una historia estructurada en cuatro monólogos que hablan sobre los vínculos que nos transforman, las personas que dejamos atrás y aquellas que se quedan a vivir en la mente de los demás para siempre.

Personalmente, el texto me pareció bastante bueno, lo cual resulta evidente al tratarse de una obra premiada. Lamentablemente, la dirección no estuvo a la altura. Entiendo que es una propuesta independiente y que los monólogos deben captar la atención del espectador por sí mismos, sin embargo, me hubiera encantado ver una escenografía transversal a las cuatro historias presentadas, en lugar de un espacio vacío con una mesa y cuatro focos que solo se encendían conforme terminaba cada relato.

Si bien la decisión de que todos los actores usaran un vestuario uniforme me pareció acertada, el uso de pelucas doradas resultó un elemento bastante distractor que, por momentos, me alejaba de lo que cada uno de ellos intentaba transmitir.

A pesar de lo mencionado, considero importante resaltar el compromiso de los actores al dar vida a sus monólogos. Entiendo que la experiencia brinda más herramientas para desenvolverse en escena; sin embargo, pese a su entrega, sentí que faltó un poco más de soltura en el escenario para evitar la rigidez que asomaba por momentos.

En conclusión, la obra Amantes Temporales presenta un evidente desbalance entre un texto resaltante, poderoso y que merece ser contado, y la puesta en escena en sí. Me hubiera encantado ver un mayor desarrollo en la propuesta escenográfica, menos elementos distractores y un elenco más relajado sobre el escenario.

Javier Bendezú

22 de junio de 2026

viernes, 19 de junio de 2026

Crítica: MM* (MARÍA MARICÓN)


Un valiente testimonio de vida

En enero del 2025, la cucufatería limeña presionó a la PUCP para cancelar el estreno de María Maricón, porque su afiche presentaba a un homosexual ataviado como una santa católica. No conocían el contenido de la obra. La censuraron por el afiche.

Poco tiempo después, con otro nombre y otro afiche, por fin se estrenó. Grupos religiosos ofendidos rezaron en las afueras del centro cultural.

Han pasado dos años y MM* (María Maricón) ha madurado, como ha madurado Gabriel Cárdenas, su autor, director e intérprete.

Su obra es un testimonio de la vida de ese joven que ama las danzas folklóricas y cree en Dios, pero que ha sido víctima de la violencia homofóbica desde la adolescencia. La obra nos introduce a la simbología de la misa, que es una adoración al cuerpo del hijo de Dios, representado también en las danzas folclóricas, y nos convoca a un rito singular. Creyentes o no, somos parte de ese acto solemne, colorido y potente.

El amor de Gabriel por la danza está presente en toda la obra. Él afirma el concepto del folklore como manifestación andrógina. En diversas danzas peruanas los roles femeninos son representados por hombres.

El simbolismo abre paso a la denuncia como víctima de agresiones por su identidad sexual. Entre ritos y danzas, MM* invita a la reflexión sobre los miedos y los sueños de un artista, pero que corresponden a toda la comunidad LGBT y por ello nos compromete como sociedad.

El protagonista se interroga: “¿Qué podemos esperar de quienes protestan por un afiche pero son capaces de ocultar delitos?” Así visibiliza los ataques, el acoso y la violencia, casi normalizados, que sufren las personas homosexuales con un relato profundamente humano, sin caer en el discurso o la explicación, impropios para la escena.

Lo político no es ajeno a la obra, pues las agresiones son respaldadas por autoridades públicas y privadas que revelan los valores decadentes de una derecha conservadora. La farsa, como antiguo recurso teatral, permite ponerlos en escena para condenarlos con nuestra burla. No obstante, la reiteración de este recurso hace decaer por un momento el buen ritmo de la obra rozando con el panfleto. Felizmente solo es un instante y no afecta al mensaje ni estructura.

En el mes del orgullo LGBT una obra como MM* (María Maricón) resulta necesaria y su calidad merece todo el apoyo que se le pueda brindar. Vayan a verla en la Sala Quilla de Barranco.

David Cárdenas (Pepedavid)

19 de junio de 2026

martes, 16 de junio de 2026

Crítica: MM* (MARÍA MARICÓN)


La fiesta patronal del exceso

Hace poco estuve presente en la función de preestreno de María Maricón, actualmente conocida como MM*. La obra se presenta en Sala Quilla con las actuaciones de Jorge Guerra, Paul Lazo, Wedner Velásquez y Santiago Montoya, además de Gabriel Cárdenas, quien también es el director y productor de la puesta en escena.

Era la primera vez que veía MM* y, la verdad, me pareció una propuesta que desafía las normas tradicionales de género y los prejuicios religiosos con los que hemos crecido. Es sabido que se trata de una apuesta arriesgada que camina sobre la cuerda floja, balanceándose entre la genialidad de su protesta y el riesgo de caer en el egocentrismo artístico.

En cuanto a la dirección, Cárdenas demuestra una gran ambición: maneja con fluidez la composición espacial en este formato reducido, utilizando esa cercanía para incomodar y envolver al espectador. Sin embargo, en su afán por mantener la pieza en constante ebullición, satura el montaje con estímulos que por momentos asfixian las transiciones.

Sabemos que Cárdenas asume la responsabilidad de ser el conductor de esta ceremonia de rebeldía: su entrega física es incuestionable, ya que en esta puesta no solo hay actuación, sino también danza y canto. Sin embargo, al ser una creación con un arraigo testimonial tan profundo, el protagonista parece atrapado en su propia catarsis.

Quienes acompañan al protagonista en el escenario demuestran una gran entrega física; sin embargo, cada uno de ellos maneja un código interpretativo distinto en esta puesta. Es necesario mencionar que para esta temporada se incluyó a Guerra en el elenco, quien aporta una fuerza de atracción innegable; no obstante, su tono de realismo psicológico descarnado y su propio peso mediático terminan por eclipsar y quebrar la homogeneidad coral del grupo.

Asimismo, el hecho de que MM* se desarrolle en Sala Quilla juega totalmente a su favor, dado que se genera un espacio íntimo ideal para el encierro que la historia requiere. De hecho, la proximidad del público con el lado más oscuro y descarnado de los personajes transforma la función en una experiencia puramente emocional y física.

Sin duda, el elemento que más destaca en la puesta en escena es el vestuario. La deconstrucción de los trajes folclóricos y los mantos religiosos para revelar la corporalidad y la disidencia de los personajes está lograda con una factura notable.

Finalmente, tomando todo lo mencionado en cuenta, puedo decir que MM* es una propuesta necesaria en nuestra cartelera local. Si bien tiene toda la furia necesaria para transgredir, siento que todavía tienen cosas por mejorar, pero van por buen camino.

Javier Bendezú

16 de junio de 2026

domingo, 14 de junio de 2026

Crítica: LOS CERCADORES


La ternura como acto de resistencia

Los cercadores, obra del dramaturgo peruano Grégor Díaz, dirigida por Sandra Melgarejo, construye una experiencia íntima alrededor de José y Rosa, pareja atravesada por la precariedad, el cansancio y la necesidad de seguir imaginando  formas para alcanzar la felicidad cuando ya no hay nada más.

La puesta nos muestra un universo cotidiano, reconocible y profundamente peruano. Hay en escena una Lima popular, de barrio, pero también aparecen resonancias provincianas y andinas que le dan al montaje una textura particular. Esa mezcla no siempre queda del todo precisa, pero permite que los personajes parezcan habitar una ciudad hecha de recuerdos, pobreza y costumbres heredadas. 

Uno de los mayores aciertos del montaje está en el trabajo actoral. Isabel Del Castillo y Eliot Salinas sostienen la obra desde una naturalidad que permite creer en el vínculo. Más allá de algunos momentos iniciales donde la tensión parece algo forzada, ambos intérpretes encuentran pronto un ritmo orgánico. La relación entre ellos se vuelve el centro emocional de la puesta: se miran, se escuchan y se acompañan con una verdad sencilla, humana. Esa humanidad es clave para que el espectador no observe a José y Rosa desde la distancia, sino que termine conviviendo con ellos.

La dirección de Melgarejo apuesta por una escena contenida, sin excesos. La iluminación es básica, pero funcional; no busca imponerse sobre el relato, sino acompañar la intimidad de los personajes. En ese sentido, la puesta entiende que esta obra no necesita grandes artificios para funcionar. Su fuerza está en los silencios, en los gestos mínimos, en la manera en que una pareja intenta sostenerse cuando todo alrededor parece empujarla hacia el desgaste.

La dramaturgia de Grégor Díaz aparece con una escritura casi poética. Las frases cortas construyen una cadencia particular, cercana al habla cotidiana, pero cargada de melancolía. La obra no presenta la pobreza únicamente desde la carencia material, sino también desde sus efectos emocionales: la frustración, la vergüenza, el deseo, la ternura, el amor y esa necesidad casi desesperada de inventar algo que permita seguir. La escenografía, con botellas vacías y objetos que rodean a los personajes, refuerza la sensación de abandono y precariedad.

Los cercadores conmueve, porque no idealiza a sus personajes. Los muestra desde sus contradicciones, desde su fragilidad y desde esa ternura que aparece incluso en medio de la desesperanza. José y Rosa no tienen mucho, pero construyen pequeños refugios imaginarios para sobrevivir. El montaje recupera con sensibilidad una dramaturgia peruana fundamental y la acerca al público desde una escena honesta, cercana y profundamente humana. Una obra pequeña en apariencia, pero habitada por emociones grandes.

Milagros Guevara

14 de junio de 2026

viernes, 12 de junio de 2026

Crítica: VISITA INESPERADA


No es ficción, es vivencia

Lo que podría ser una charla motivadora para pacientes con diagnóstico de cáncer, se convierte, gracias a la emoción de Sofía Bogani y la excelente dirección de Jesús Álvarez Betancourt, en una experiencia teatral que conmueve e invita a la reflexión. Así es Visita inesperada.

El teatro testimonial tiene siempre el reto de lograr la empatía del público con el personaje que es alguien de carne y hueso contando sus asuntos personales. Entonces, no es ficción ni historia, sino vivencia. Sofía nos cuenta su experiencia y todos sabemos que podríamos estar en su lugar (más de uno debe haber pasado por lo mismo), pero no tendríamos la valentía de exponernos y ella lo hace.

Parecería una terapia de grupo, pero el relato adquiere otra dimensión con la aparición de personajes fantásticos que apoyan la narración y adquiere intensidad con los recursos que utiliza el director para darle sentido y sentimiento a cada momento. 

El monólogo no son solo palabras. Desde su ingreso por el pasillo central del Teatro de Lucía, la actriz identifica quién es como personaje, su tono, su ritmo e intensidad están cuidadas para disponernos a entenderla y por eso nos interesamos.

Sofía, a quien vemos fuerte, joven y bella, no se desploma ni debilita; no le huye a las preguntas y reacciones de siempre, sino que las enfrenta para con las respuestas que ella ha descubierto y hecho suyas. Es más, el teatro se vuelve integrador cuando se abre a la intervención del público y deja los límites. Nunca hubo una cuarta pared protegiendo al personaje. Por eso se vive la experiencia teatral como una entrega honesta y bien realizada.

David Cárdenas (Pepedavid)

12 de junio de 2026

Crítica: HOGAR HOGAR HOGAR


Cuando los padres también fueron hijos

Dirigida por Osmar Orihuela e interpretada por Geraldine Rosario, Nicol Vallejos y Miguel Oré, Hogar Hogar Hogar construye una historia sobre la memoria familiar, las heridas heredadas y la posibilidad de pedir perdón incluso cuando parece demasiado tarde.

La obra inicia con una imagen dominada por una intensa iluminación azul que envuelve el escenario en una atmósfera fría, casi congelada. Tres personajes aparecen en escena mientras el color parece suspenderlos en un tiempo detenido. La elección visual instala una sensación de nostalgia y distancia emocional, aunque su uso prolongado termina saturando la mirada y resta fuerza a otros momentos que podrían beneficiarse de mayores contrastes.

La historia nos presenta a una pareja de padres ancianos que espera el regreso de su hija, conocida cariñosamente como “la chata”, quien abandonó el hogar siendo muy joven. Mientras aguardan, ambos comienzan a reconstruir sus recuerdos en busca de una explicación. ¿Qué hicieron mal? ¿En qué momento la perdieron? La pregunta los obliga a regresar a sus propias infancias, marcadas por formas de crianza violentas y restrictivas que ellos juraron no repetir.

Sin embargo, la obra encuentra precisamente allí su conflicto más interesante. Los padres no reprodujeron exactamente los mismos errores que sufrieron, pero construyeron nuevas formas de descuido. La madre sobreprotege a su hija hasta infantilizarla, mientras el padre permanece emocionalmente distante, refugiado en el alcohol y en una presencia intermitente. Sin proponérselo, ambos terminan dañando aquello que más desean proteger.

La dramaturgia acierta al evitar personajes completamente buenos o completamente malos. Lo que aparece en escena son seres humanos intentando amar con las herramientas que poseen. La obra recuerda algo que suele olvidarse con facilidad: nuestros padres también fueron jóvenes, también tuvieron sueños, también cargan heridas heredadas y, muchas veces, aprendieron a ser padres mientras nos criaban.

Cuando la hija finalmente reaparece, ya convertida en una mujer adulta marcada por el resentimiento, el encuentro evita caer en la reconciliación fácil. Lo que emerge es algo más sencillo y quizá más honesto: el reconocimiento de los errores, la voluntad de pedir disculpas y la certeza de que el afecto nunca desapareció del todo. Allí la obra encuentra sus momentos más conmovedores.

A nivel escénico, sin embargo, la propuesta presenta dificultades importantes. Las interpretaciones resultan irregulares y en varios momentos las emociones parecen representadas desde la intención de sentir antes que desde una verdadera construcción del personaje. Algunos pasajes de llanto y vulnerabilidad generan una sensación de desborde que termina desplazando la atención de la historia hacia el esfuerzo del intérprete. Del mismo modo, ciertos parlamentos carecen de dirección clara, variedad de inflexiones o presencia física sostenida, debilitando escenas que dramáticamente poseen un potencial considerable.

La puesta también incorpora algunos recursos simbólicos que buscan diferenciar determinados recuerdos del resto de la narración. No obstante, estas intervenciones aparecen de manera aislada dentro de un código predominantemente realista y terminan sintiéndose desconectadas del lenguaje general de la obra. Algo similar ocurre con los cambios de vestuario realizados frente al público. La decisión podría funcionar como parte de una convención escénica visible, pero la duración de las transiciones afecta el ritmo y diluye parte de la tensión construida previamente.

Pese a ello, Hogar Hogar Hogar encuentra su mayor fortaleza en la sensibilidad de su escritura. Hay una comprensión genuina de los vínculos familiares y de las contradicciones que habitan en ellos. Más allá de las limitaciones de la puesta, la historia logra tocar una fibra reconocible para muchos espectadores adultos: la de descubrir que nuestros padres no fueron héroes ni villanos, sino personas aprendiendo a vivir mientras intentaban enseñarnos a hacerlo.

La obra deja una pregunta sencilla pero poderosa: ¿qué ocurre cuando entendemos que quienes nos criaron también estaban improvisando? Tal vez allí se encuentre el verdadero hogar que propone este montaje. No un lugar perfecto ni libre de errores, sino un espacio donde todavía es posible mirar las heridas, nombrarlas y, finalmente, intentar repararlas.

Naomi Noblecilla

12 de junio de 2026