Risa que invita a la reflexión
Nos sucede a todos. En algún punto de nuestras vidas simplemente dejamos de jugar. Quizá porque eso es lo que la sociedad nos ha forzado a creer: que cuando uno crece, el juego ya no es aceptable. Como si la actitud lúdica hacia la vida que tienen los niños tuviera una fecha de caducidad y paulatinamente debiera ir saliendo de nuestros sistemas hasta irse por completo ya que pasada cierta edad, jugar ya no es sinónimo de inocencia, sino de inmadurez. ¿El resultado? Una repentina y excesivamente seria actitud ante la vida que, en gran medida es entendible, ya que crecer ciertamente nos abre los ojos a la muchas veces cruda realidad del mundo que nos rodea, pero que por otro lado nos hace experimentar la vida desde un estado mental tedioso y muchas veces pesimista. Llegar a la adultez implica entender que la vida no es puro juego, y que para ganárnosla tenemos que “ponernos serios”, nos dicen. Y aunque es cierto que parte de madurar es absorber la magnitud de las dificultades que nos puede presentar la vida, es igualmente importante (precisamente por dicha magnitud), que no perdamos del todo aquel espíritu libre y juguetón tan puro que nos impulsó durante nuestra niñez y adolescencia. Afortunadamente, existen muchas formas de mantener dicho impulso vivo, y la improvisación es una de las más accesibles.
¿Cuál es tu Cau Cau?, dirigida por Juan Velazco, no es una obra teatral propiamente dicha; de hecho, ni siquiera hay un libreto fijo por función. Es más una propuesta teatral que integra diversas disciplinas como el uso de máscaras, el teatro físico y, por supuesto, la improvisación. Mirsa Arauco, Vanessa Becerra, Rodrigo Camacho y Miau Flores son los artistas escénicos que, durante aproximadamente una hora, se apropian del acogedor espacio de Teatro del Juego (ubicado en Lince), y abordan la pregunta que da título a esta experiencia a través de diferentes momentos y dinámicas improvisadas que combinan las disciplinas ya mencionadas. El público es invitado a participar también llenando unos papeles que recibimos previa función en los que se nos pregunta qué es lo que más nos incomoda del Perú, y son nuestras respuestas las catalizadoras de todo lo que pasa en escena, factor que hace que cada función, aunque anclada por la misma interrogante, cobre matices distintos y sea totalmente única.
Un espectáculo de este tipo es exitoso principalmente, a mi parecer, gracias a su elenco. Porque basta que uno no esté compaginado con el resto para que la ilusión se desbarate. Afortunadamente, el cuarteto conformado por Arauco, Becerra, Camacho y Flores tiene un muy buen desempeño escénico. Cada uno de los cuatro tiene una chispa muy particular y propia; todos se abandonan plenamente al juego e interactúan entre sí y con el público de manera espontánea, jocosa y siempre presente. Destaco en especial a Mirsa, quien valiéndose de una divertida máscara logra crear el personaje del político “salvador” arquetípicamente criollo y corrupto, dándole matices verdaderamente cómicos, evidenciando un timing para la comedia impecable, y demostrando una rapidez mental que le permite integrar la participación del público al montaje de forma astuta e inmediata, todo esto enraizado en una corporalidad y manejo de voz específicos y apropiadamente exagerados. Más allá del elenco, se nota la buena mano del director para darle coherencia y orden al caos, cerrando y abriendo cada acápite de manera correcta y en el momento indicado, para pautear desplazamientos dinámicos por el escenario, y sobre todo para darle la confianza necesaria a su elenco de jugar abiertamente y sin prejuicios. Esto último, para mí, es el principal logro de la dirección; un factor muchas veces pasado por alto, pero sumamente necesario sobre todo en una performance que discutiblemente implica incluso más vulnerabilidad que el teatro dramático, ya que en este caso los artistas no están amparados bajo un texto predeterminado, sino que se usan a sí mismos para hacer la más loable de las acciones: entretener.
Hay algo que aún no he mencionado, pero que creo clave resaltar. Incluso los gags cómicos más efectivos pueden llegar a saturar si es que no tienen mayor trasfondo. Lo que destaca de esta puesta es que, por más que no haya diálogos, sí existe una línea argumentativa que la atraviesa de inicio a fin que podría ser resumida en una frase que invita a la risa y al llanto en igual medida: el Perú no tiene solución. Esta idea es el núcleo y moldea cada segmento del espectáculo. Gracias a esta, la obra se permite momentos de denuncia pública, de introspección, de manifestación externa de una lucha interna; y lo hace, increíblemente, manteniendo intacto su sentido del humor. ¿Cuál es tu Cau Cau? postula que, por más que la risa en sí no solucione nuestros problemas, esta sí puede colocarnos en el estado mental correcto para hacerlo, o por lo menos servir como canalizador de nuestras penas, ya que como un sabio una vez dijo: “A veces solo nos queda reír”. Les quedan dos funciones más, el viernes 31 de julio y el sábado 1ero de agosto. Vayan. Se las recomiendo.
Sergio Lescano
27 de julio de 2026


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