martes, 9 de junio de 2026

Crítica: TRADICIONES EN SALSA VERDE


Historias con mucho ají

Con un escenario minimalista y apenas una silla en medio del espacio, aparece Ricardo Palma para invitarnos a recorrer aquellas historias ocultas, pícaras y sensuales que durante años permanecieron al margen de sus célebres Tradiciones peruanas. Desde el inicio, la propuesta de Tradiciones en Salsa Verde deja claro que no busca el escándalo fácil ni la vulgaridad gratuita, sino rescatar el humor, el doble sentido y el erotismo popular presentes en la escritura palmista.

Bajo la dirección de Rafael Sánchez Mena, quien además interpreta al propio Palma, la obra construye un recorrido teatral dinámico a través de diversos cuadros escénicos donde el deseo, la picardía y la criollada peruana se convierten en el centro de la acción dramática. Acompañado por Carlos Victoria, Lucía Brozovich, Malena Rospigliosi y Gian Marco Valle, el elenco despliega una versatilidad constante al asumir múltiples personajes y registros actorales a lo largo de la puesta.

La obra inicia con una canción que introduce el tono festivo del montaje. A partir de allí, se desarrollan distintos momentos dramáticos inspirados en textos como La pinga del Libertador, La consigna de Lara, Un calambur del ciego de La Merced, La cosa de la mujer, El lechero del convento, Pato con arroz y La cena del capitán, entre otros relatos donde Palma explora las debilidades humanas desde el humor y la insinuación.

Uno de los mayores aciertos del montaje radica en el trabajo actoral. Los intérpretes transitan constantemente entre el melodrama, la sátira y la comedia popular, construyendo personajes dominados por la lujuria, el deseo y los impulsos carnales. Sin embargo, lejos de convertirlos en caricaturas vacías, la puesta consigue otorgarles humanidad y cercanía. Allí aparece también una lectura interesante sobre las costumbres de la Lima colonial y republicana: una sociedad atravesada por el conservadurismo oficial, pero profundamente marcada por el placer clandestino, la doble moral y la picardía cotidiana.

El ritmo de la obra se sostiene gracias a una puesta en escena siempre activa. Los actores no abandonan el movimiento: hay coreografías, desplazamientos corporales y cambios constantes de energía que mantienen viva la atención del público. A esto se suman las canciones compuestas por el propio Sánchez Mena, las cuales funcionan como puentes narrativos y refuerzan el carácter festivo de la propuesta.

El público responde con carcajadas permanentes. Y no es para menos: el léxico de Palma, cargado de insinuaciones, juegos verbales y dobles sentidos, continúa teniendo una sorprendente vigencia humorística. La obra entiende muy bien que el verdadero valor de estos textos no está únicamente en lo “prohibido” o “picante”, sino en la posibilidad de observar cómo el humor popular peruano ha dialogado históricamente con el deseo, la religión y el poder.

Tradiciones en Salsa Verde logra así algo valioso: acercar al espectador contemporáneo a una faceta menos conocida de Ricardo Palma mediante una puesta entretenida, ágil y bien interpretada. Más allá de la risa, el montaje permite reconocer que detrás de aquellas tradiciones “verdes” existía también una radiografía social del Perú de otros tiempos, donde el humor funcionaba como una forma de resistencia frente a las rigideces morales de la época.

Edu Gutiérrez

9 de junio de 2026

Crítica: LOS CUATRO LETRAS


En pocas muchas palabras

El Teatro Racional, renovado espacio teatral ubicado en Barranco actualmente gestionado por el reconocido dramaturgo, actor, director y maestro David Carrillo, es sede de Los Cuatro Letras, obra inédita escrita, dirigida y actuada por él mismo. El elenco está además compuesto por Anneliese Fiedler, Omar García, Marijú Núñez, José Spigno, y cuenta con la participación especial de Almudena Carrillo. La obra se autodefine como una comedia dramática, está ambientada en la era actual, y sigue las vicisitudes de cuatro amigos de antaño que se reúnen una noche a recordar viejos tiempos. Lo que tendría que haber sido una noche entrañable y llena de nostalgia se torna en un viaje emocional intenso que obliga a sus personajes a reevaluar sus decisiones pasadas, sus mentalidades actuales, y descubrir si la férrea amistad que alguna vez los unió se ha mantenido intacta o si sus cimientos han perdido estabilidad con el tiempo. ¿Logra Carrillo ofrecer una mirada nueva al tema recurrente de las amistades perdidas, o es que la obra pierde su rumbo entre la enorme cantidad de palabras (¡letras!) que utilizan sus personajes?

Hablar de esta obra implica, principalmente, hablar de su dramaturgia. De hecho, lo primero que pensé después -e incluso durante- la obra, fue lo mucho que su estilo de diálogos me recordaba al del reconocido guionista y director norteamericano Woody Allen, quien se caracteriza por sus guiones ágiles, sofisticados e hiperverbales. Los personajes de Allen, y los de la obra de Carrillo, hablan hasta por los codos, y es a través de sus palabras (¡letras!), que nos hacen testigos de su mundo interno. Son ellas las que construyen y definen sus personalidades. El cine, sin embargo, es mucho más amable que el teatro con los diálogos de esta índole. Porque para que un texto funcione en el teatro, este debe estar alineado al objetivo individual del personaje que lo dice. Y aquí es donde creo que radica el principal desacierto del texto de Carrillo, el cual, por su mera abundancia, y por el carácter muchas veces gratuito, decorativo y expositivo de sus líneas, termina resultando algo autoindulgente y cayendo finalmente en la saturación. Debo ser sumamente claro en algo, no obstante: David Carrillo construye diálogos más que eficientes. Eso no está en discusión. Su manera de intercalar textos es aguda, ingeniosa, y muy placentera al oído, reminiscente a series cómicas anglosajonas populares como Sex and the City y Modern Family. El tema aquí es que, sobre todo cuando todos los personajes se encuentran en un mismo espacio e interactúan a la vez, el dramaturgo los pone a conversar de cosas totalmente ajenas a la acción dramática de la obra y a lo que está ocurriendo en el aquí y el ahora, propiciando prolongados debates acerca de temas tan universales como el amor, el sexo y la política. Y no es que lo que dicen los personajes no sea interesante o que los textos no estén ordenados de forma sagaz y elegante (lo es y lo están), es solo que muchos de los diálogos no ayudan a que los personajes cumplan sus objetivos ni mueven la trama en un sentido definido, lo que finalmente los hace descartables.

De manera similar, hablar de las actuaciones también me hace regresar al texto, ya que este tipo de diálogos requiere un código actoral unificado, una naturalidad forzada que debe percibirse como orgánica, y nociones casi quirúrgicas del ritmo cómico. A este respecto, los actores hacen lo que pueden. La tarea es tremenda considerando que, además de lo mencionado, la cantidad de líneas por aprender es enorme. Es interesante señalar que este tipo de diálogo tan exuberantemente copioso funciona muy bien en el cine del mencionado Allen en gran medida porque la filmación de una película abarca varias semanas, lo que significa que los actores pueden concentrarse en porciones dosificadas del texto cada día de filmación. En el teatro, por supuesto, todo el diálogo debe ser dicho en una sola función, de lo cual se desprende su dificultad. De hecho, la impresión general que me dejó el trabajo actoral de esta obra es la de haber sido uno excesivamente laborioso. No hay nada más bonito que ver a un actor disfrutar de sus textos en escena; divertirse y jugar con ellos. Lo que vi en Los Cuatro Letras muchas veces fue lo contrario. Vi la lucha; vi el esfuerzo por recordar los textos, la ansiedad por que la memoria no falle y la presión para que la lengua no se trabe. Hay un momento en particular en el que uno de los personajes tiene un monólogo realmente extenso dicho de forma deliberadamente robótica que debería resultar chistoso, o al menos ocurrente, pero que termina resultando agotador (tanto para el actor encargado del mismo como para el público). Si tuviera que destacar a uno o más miembros del elenco, mencionaría sin duda a Anneliese Fiedler y a Marijú Núñez, ya que en mi opinión ellas son quienes mejor supieron manejar el texto con todas las implicancias y dificultades que este presenta. El propio Carrillo está bastante acertado también en su personaje, aunque cabe resaltar que el de él tiene el habla restringida por razones médicas, lo cual en gran medida simplifica su complejidad.

Más allá del texto y del componente actoral de la obra, la propuesta de dirección de Carrillo es minimalista, autosuficiente y plenamente funcional. Los seis actores siempre están en el espacio -aunque no siempre están en escena-, y son ellos mismos quienes se encargan de montar y desmontar la acertadamente escasa utilería que tienen. La iluminación, por su parte, ayuda sobre todo a enfatizar las interacciones que ocurren cuando se rompe la cuarta pared, cuando interactúan menor cantidad de personajes, o cuando se nos muestra algún flashback. 

Los Cuatro Letras me deja un sabor extraño en los labios y muchos sentimientos encontrados. Por un lado, aprecio y admiro muchísimo el magistral manejo del idioma de Carrillo, la voluntad e inteligencia que demanda escribir y montar una obra con un lenguaje tan articulado y a la vez divertido, y el esfuerzo actoral coral que demanda habitar un universo de personajes que se comunican con frases lingüísticamente complejas e intelectualmente desafiantes dichas en velocidad 2X. Pero por el otro, hubiera deseado que todo este esfuerzo y talento se haya visto reflejado en una obra más económica, sucinta, focalizada y contundente a nivel narrativo. Aun así, sí recomiendo verla. Porque incluso un Woody Allen un tanto disperso sigue siendo Woody Allen. Y el trabajo volcado aquí, tal como el de las películas del norteamericano, merece verse y discutirse. Después de todo, no es muy usual que el público limeño esté expuesto a interacciones idiomáticas del calibre que se encuentran en esta obra. Véanla. Y luego me cuentan qué les pareció. 

Sergio Lescano

9 de junio de 2026

domingo, 7 de junio de 2026

Crítica: EUREKA DAY


Cuando el consenso se vuelve ridículo

Hace unos días estuve en el teatro La Plaza para el pre estreno de Eureka Day, obra del estadounidense Jonathan Spector bajo la dirección de Vanessa Vizcarra y con las actuaciones de Stephany Orúe, Manuel Gold, Anaí Padilla, Fiorella De Ferrari, Diego Pérez y Sebastián Valdez.

Esta pieza arranca como una sátira nacida del propio absurdo cotidiano. Cuando un brote de paperas invade un colegio abiertamente progresista, la armonía comunitaria se desmorona. El debate sobre la vacunación obligatoria desata una espiral de discusiones entre directivos, profesores y padres de familia, dejando en evidencia que el verdadero virus de la sociedad actual es la absoluta incapacidad de llegar a un acuerdo.

Como directora, Vanessa Vizcarra comprendió a la perfección el ritmo de la obra: supo cuándo sostener las pausas para hacer que la incomodidad se sintiera en toda la sala. A lo largo de la puesta, ella no busca bloquear nuestra empatía hacia los personajes, sino hacer que nos reconozcamos en la ridiculez del sesgo.

El elenco no se queda atrás: funciona como un engranaje perfecto que sostiene con firmeza el pulso satírico de la historia. Manuel Gold destaca notablemente al encarnar al director escolar; su desesperación por mantener a todos contentos mientras la situación se viene abajo resulta tan hilarante como patética.

Mientras tanto, los personajes de Fiorella De Ferrari y Stephany Orúe encarnan el choque ideológico, mientras que aquellos interpretados por Anaí Padilla, Diego Pérez y Sebastián Valdez nos demuestran que el subtexto y las miradas pesan tanto como los diálogos.

En cuanto a la escenografía, el diseño refleja a la perfección la estética de la pedagogía alternativa y del bienestar. Este espacio funciona como una trampa visual a través del contraste: mientras los personajes se despedazan ideológicamente, el entorno se mantiene limpio y “perfecto”, resaltando lo ridículo de la situación. Asimismo, la puesta en escena integra con acierto el uso de pantallas, herramientas clave para sostener el clímax de la obra.

Finalmente, puedo decir que Eureka Day no es una obra cómoda porque quien la vea se terminará riendo de sí mismo al verse descubierto y nos hace tomar en cuenta que la polarización no es un mal exclusivo de los demás ya que habita en esos espacios que se jactan de haberla superado.

Javier Bendezú

7 de junio de 2026

sábado, 6 de junio de 2026

Crítica: WANTED


Cuestionando con humor

Con todos los cambios sociales acelerados y contundentes que estamos experimentando en los últimos años, en prácticamente todos los ámbitos y a ritmo galopante, conviene revisar qué tanto se sostienen muchos de los clásicos teatrales y si todavía resisten el paso inexorable del tiempo, con actitudes, conductas, razonamientos y estilos de vida que en la actualidad lucirían completamente anacrónicos. En el caso de Shakespeare, el contexto histórico del siglo XVII se encuentra a años luz de los valores y susceptibilidades del espectador promedio del siglo XXI, con múltiples aspectos que pueden ser considerados inadecuados y hasta peligrosos en nuestros días. Tal parece ser la consigna de Wanted, temporada a cargo de JDS Producciones y que fue presentada en el Club de Teatro de Lima.

Si bien ciertas decisiones como abrazar la venganza o provocar la muerte de otros como solución de conflictos podrían ser todavía consideradas como una fuente dramática de inspiración, a pesar de los avances en justicia institucional y de derechos humanos, la representación de la salud mental sí luciría muy facilista tomando en cuenta los conocimientos médicos actuales. Sin embargo, Wanted alcanza sus mejores momentos cuando representa y deconstruye, por su propio formato, la sociedad patriarcal de aquel entonces, en la que personajes femeninos como Ofelia y Gertrudis vivían sometidas y juzgadas socialmente.  

La propuesta metateatral escrita por Juan José Oviedo, dirigida y adaptada libremente por Jimena Del Sante, involucra a un grupo de cinco actores a pocos minutos de estrenar Hamlet y que además, deciden contrastar las situaciones que propone el clásico de Shakespeare con la coyuntura de nuestra propia actualidad. Tratándose de una comedia, es de esperarse que todo salga mal para el espectador purista de Hamlet, pero genial para el que acuda a ver Wanted. Y es allí en donde radica el mayor acierto del espectáculo, pues texto, dirección y actores se encuentran bien direccionados en echarlo todo a perder adrede, pero sin evidenciar “demasiado”, en favor del humor que se desprende del entuerto. Los vicios y prejuicios varios que persiguen a los actores de teatro son conjurados a la par que el espíritu de  Shakespeare, el que estaría orgulloso del resultado final.     

Gabriel Poémape, Jesús Oro, Jose Miguel Herrera y especialmente, Rocío Olivera y Paola Vera, entran en la dinámica teatral con oficio y energía, manteniendo el ritmo que marca la comedia, incluso cuando se detienen a esperar un minuto cronometrado que se hace eterno. Wanted desestructura Hamlet desde el respeto, con ingenio y conocimiento de la fuente original, logrando un espectáculo tan divertido como entrañable.

Sergio Velarde

6 de junio de 2026

miércoles, 3 de junio de 2026

Crítica: HÁBLAME DE AMOR


Historias que encuentran eco en el público

¿Qué significa amar? Esa es la pregunta que atraviesa la obra Háblame de amor, propuesta dirigida por Araceli Campos que reúne a nueve intérpretes en un recorrido por distintas formas de afecto: el amor hacia una madre, un padre, un hijo, una pareja, un hermano e incluso hacia uno mismo.

La obra apuesta por una estructura de testimonios personales que dialogan con la música, las proyecciones y el movimiento escénico. Sobre el escenario, Gastón Ciganda, Víctor A. Wilson, Franco Arévalo, Paolo Teevin, Miguel Seminario, Deni'al Rojas, Jean Pierre Carrión, Víctor Jhon Domínguez y Alken Miquelena construyen un mosaico de experiencias íntimas que conectan rápidamente con el público gracias a la honestidad de sus interpretaciones.

Algunos relatos destacan especialmente por su sensibilidad, como aquellos que abordan la migración, la paternidad o las huellas que dejan los vínculos familiares en la vida adulta. El trabajo coral del elenco, junto con unas transiciones bien resueltas y el aporte de las proyecciones audiovisuales, permite que las escenas fluyan con naturalidad y mantengan un ritmo dinámico durante gran parte de la función.

En ciertos momentos, la puesta se detiene con mayor calma en algunos recursos escénicos y narrativos, una elección que abre espacio para la contemplación y distintas interpretaciones. Sin embargo, el corazón de la propuesta permanece siempre claro: compartir historias reales que hablan de aquello que nos une como seres humanos.

Más que intentar definir el amor, Háblame de amor lo presenta en toda su complejidad: como compañía, ausencia, memoria, aprendizaje y transformación. El resultado es una obra cercana, emotiva y humana, que encuentra su mayor fortaleza en la generosidad con la que sus intérpretes ponen sus experiencias al servicio de la escena. Una propuesta que confirma que las historias más personales suelen ser también las más universales.

Les queda una última función este jueves 4 de junio en el Teatro Barranco. ¡No se la pierdan!

Tammy Alfaro

3 de junio de 2026

lunes, 1 de junio de 2026

Crítica: LA GOLONDRINA


Intimidad a flor de piel

Hace unos días se estrenó la obra La golondrina en Campo Abierto, en Miraflores. El texto es del autor español Guillem Clua, bajo la dirección de Rodrigo Torres y con las actuaciones de Attilia Boschetti y Eduardo Camino.

La golondrina, obra inspirada en el ataque terrorista al bar Pulse de Orlando, es un drama de alto voltaje emocional que confronta directamente al espectador con las heridas del duelo, la homofobia e incapacidad de comunicarnos. La historia sigue a Ramón (Eduardo Camino), quien acude a la casa de Amelia (Attilia Boschetti) para recibir clases de canto y preparar un homenaje a su madre fallecida y lo que comienza como un encuentro fortuito se va convirtiendo en un juego donde las verdades a medias de desarman de manera desgarradora.

En esta ocasión resalto el trabajo del director Torres, quien supo controlar la intensidad de la historia sin exagerar; si se hubiera dejado llevar por el drama fácil, habría arruinado por completo la sorpresa. Por ello, comenzó la obra con calma, permitiendo que el público sintiera la tensión y la incomodidad inicial de los personajes: con mano firme, Torres manejó la evolución de ambos, demostrando que en este montaje los silencios dicen tanto como las palabras.

Sin embargo, el corazón del montaje late gracias al trabajo de los actores. Boschetti maneja la severidad de su personaje con maestría, haciendo que las grietas de su vulnerabilidad aparezcan sutilmente antes de un devastador colapso final. Asimismo, Camino ofrece una actuación conmovedora al interpretar a un Ramón que contrasta el nerviosismo de una urgencia contenida con la profunda necesidad de ser escuchado. Definitivamente, la química y la complicidad entre ambos se sienten sobre el escenario.

Es necesario mencionar que el espacio, Campo Abierto, juega a favor de la intimidad exigida por la obra. La escenografía logra que la puesta en escena se sienta viva, mientras que la iluminación está diseñada para acentuar el paso del tiempo y el aislamiento de los personajes. Por su parte, el uso del sonido y los fragmentos cantados se convierten en el vehículo principal de la catarsis, demostrando que la música funciona como un lenguaje capaz de unir lo que la intolerancia y el orgullo han separado.

En conclusión, La golondrina es una obra necesaria que confronta al espectador con la empatía y la redención. El montaje de Torres se concentra en la belleza de la reconciliación a través del arte y el dolor compartido, mientras que Boschetti y Camino entregan actuaciones profundamente conmovedoras.

Javier Bendezú

1° de junio de 2026

Crítica: DOS CALCULADORES


La antítesis del teatro comercial

Arte ConSentido, grupo escénico fundado en el 2023, trajo por dos únicas funciones Dos Calculadores, peculiar puesta que combina danza y teatro en un solo viaje sensorial altamente impactante. Yadhira Chaney y Giacomo Ossio son los artistas escénicos que asumen la ardua tarea de sostener un montaje que desafía toda estructura narrativa clásica, apelando al movimiento como principal herramienta de comunicación, y asumiendo el absurdo como parte central de su identidad. ¿Cumple esta pieza con su objetivo de sumergirnos en un mar de emociones, o es que el carácter abstracto y complejo de la misma es tan extremo que termina por alienar a su audiencia? 

Dos Calculadores no tiene una historia propiamente dicha. Ni siquiera tiene mucho texto, de hecho, y el poco que tiene (escrito por José Manuel Lázaro) es absurdo en su naturaleza. Los personajes tampoco tienen nombre. Simplemente son seres (¿entes?) que, vestidos de forma etérea, ocupan el espacio y se contorsionan en movimientos erráticos individuales y en conjunto mientras van soltando frases sueltas, muchas veces repetitivas, que van construyendo un sendero narrativo que nosotros como audiencia tenemos potestad de llenar con lo que sintamos y queramos. En otras palabras, a pesar de que probablemente podría llegarse a un consenso acerca de los temas centrales del montaje (la rutina, el tedio, la infelicidad, la incapacidad de aceptar una realidad que no es la que queríamos para nosotros, etc.), los detalles más específicos de la trama quedan enteramente a interpretación del público. 

La propuesta de dirección de Fabián Moschietti, secundado por el mismo Ossio, apuesta por el minimalismo, despojando al escenario de cualquier elemento y en su lugar otorgándole al actor y a la actriz un terreno libre en el cual moverse, explayarse, existir y afectarse el uno al otro. La dirección coreográfica encuentra en Yadhira y Giacomo dos cuerpos aptos, entregados, y completamente rendidos a los requerimientos del montaje. El manejo corporal de ambos es aplaudible, e igual de efectivo es su manejo de texto, el cual suena siempre habitado, lleno de intención, y con una carga emocional fuerte. La música juega un rol crucial y nos transporta a otro universo. Lejos de ser placentera, es agresiva, tensa, y utiliza los in crescendos para interpelarnos, para sacudirnos, para estremecernos. La iluminación, finalmente, define momentos, los realza; los hace brillar de tal forma que todas las acciones cobran niveles artísticos muy superiores al que tendrían con un manejo de iluminación más rudimentario. 

Quizá tras haber dicho todo esto resulte un tanto contradictorio que no recomiende esta pieza a todo el mundo, pero en realidad creo que es lo más adecuado en este caso. Después de todo, no todos van a estar satisfechos con un texto que en gran medida está constituido por frases absurdas y/o sueltas repetidas hasta el cansancio. No todos van a apreciar la dedicación que toma y la intención que existe detrás de la repetición de un mismo movimiento durante varios minutos para enfatizar el estancamiento de los personajes. No todos tendrán la paciencia necesaria para adecuarse al cadencioso, pesado y muchas veces perturbador ritmo que tiene el montaje. Finalmente, no todos tendrán la voluntad de llenar de color el lienzo a blanco y negro que nos propone esta obra. 

Pero para los que estén del otro lado del espectro, creo que Dos Calculadores será la experiencia que busca ser y que particularmente yo aprecié, sobre todo, por ser lo suficientemente valiente para apostar por un producto que requiere de tiempo para revelarse, de voluntad para entenderse, y de mucha inteligencia emocional para digerirse. En un mundo que va tan rápido que si un video no captura nuestra atención en tres segundos lo pasamos, Dos Calculadores es un verdadero y necesario acto de rebeldía. Uno que nos recuerda que hay productos artísticos que escapan categorización, necesitan de nuestra concentración plena, y nos retan intelectual y emocionalmente. Por último, solo diré que fue muy refrescante ver una obra que no solo se ríe del cliché de lo muchas veces absurdo que puede ser el teatro independiente, sino que lo abraza, y, más importante aún, le da significado y trasfondo al aparente sin sentido, redimiendo así uno de los tipos de teatro más polarizantes y controversiales que existen.

Sergio Lescano

1° de junio de 2026

Crítica: LOVE - LA OBRA


Un amor diferente

Una historia de amor diferente, eso es sin duda Love - La obra, escrita por Jesús Oro y dirigida por Germán Díaz. Es una propuesta que aborda una historia de amor desde una perspectiva "diferente". En un contexto y momento donde se construyen muchas narrativas sobre diversidad sexual que, en su mayoría, suelen centrarse en la tragedia, la discriminación o la pérdida, esta obra apuesta por un final feliz.

La historia gira en torno a Norman y Sebas, dos jóvenes que se conocen por casualidad en un bus de Lima y que, a partir de ese encuentro, inician un recorrido por su descubrimiento personal, el miedo al rechazo y las dificultades de asumir públicamente su identidad. La elección de escenarios y situaciones cotidianas permite que el relato conecte fácilmente con el público, acercando una experiencia universal de enamoramiento a una realidad social local.

La interpretación de Jesús Oro, Augusto Gutiérrez y Gretha Bazán aporta frescura y sensibilidad al desarrollo de la trama. El elenco logra transmitir con mucha naturalidad la vulnerabilidad, la ilusión y los temores propios de quienes enfrentan el desafío de aceptarse y ser aceptados. La química entre los personajes principales favorece la construcción de una historia cercana y emocionalmente efectiva; el histrionismo que cada actor aporta es, sin duda, clave para que el público conecte con la obra.

Asimismo, la parte técnica, las luces y el sonido, sin duda complementan cada escena, logrando que cada una nos brinde el entorno adecuado y permitiendo que el espectador conecte con mayor intensidad con la historia.

En general, Love - La obra es una propuesta valiente y necesaria dentro del panorama teatral actual. Su principal mérito radica en ofrecer una representación positiva del amor LGTBIQ+ sin caer en estereotipos ni en relatos marcados exclusivamente por el sufrimiento. Aunque algunos conflictos podrían profundizarse para fortalecer la construcción dramática, la obra cumple con su objetivo de emocionar, generar reflexión y abrir espacios de diálogo sobre la diversidad, consolidándose como una experiencia escénica significativa para el público contemporáneo.

Javier Gutiérrez

1° de junio de 2026

martes, 26 de mayo de 2026

Crítica: DON DIMAS Y EL DIABLO


Entre la yunza y el exceso

Don Dimas y el Diablo, de La Máquina Producciones, parte de una premisa atractiva: una comedia popular que mezcla imaginario religioso, tradición andina, música, yunza y sátira. La obra tiene energía, intención festiva y momentos donde el cuerpo y el juego escénico funcionan bien. Se percibe un deseo claro de conectar con una raíz popular andina desde el humor y lo sobrenatural.

El punto más fuerte del montaje está en Don Dimas: el actor que lo interpreta (Gunter Torres) sostiene buena parte de la obra con carisma, presencia física y una buena energía escénica. Su manejo corporal, especialmente en el baile, le da vida al personaje y permite ver una evolución más clara que en el resto.

Sin embargo, la obra confunde por momentos sátira con exceso. El humor recurre demasiado al insulto como mecanismo cómico. El problema no es el uso de ese lenguaje, sino en el abuso de repetición, que lo vuelve predecible y poco trabajado. Algo similar ocurre con ciertos arquetipos andinos: la intención parece ser jugar con la tradición popular, pero algunas exageraciones pueden sentirse más como burla que como humor.

El inicio resulta caótico. Hay música, baile, movimiento y todo al mismo tiempo, pero no siempre se entiende qué ocurre ni qué dicen los actores. La falta de proyección vocal, especialmente en varias actrices, hace que parte del texto se pierda entre el alboroto y la música. En una comedia de este tipo, el ritmo es clave, pero también que se entienda lo que se dice.

Dramatúrgicamente, la obra es sencilla y bastante previsible. Varios personajes secundarios funcionan más como tipos cómicos que como personajes con objetivos claros. Esto se nota en Santa Rosa, Jesucristo y La Muerte. Santa Rosa no parece aportar a la historia; Jesucristo carece del peso escénico que su figura exige; y La Muerte queda desaprovechada como presencia simbólica.

El Diablo tiene mayor claridad como antagonista y algunos recursos efectivos, sobre todo desde lo musical. Aun así, su construcción resulta cliché y le faltan matices. Su energía pasa muchas veces de lo suave al golpe sin una progresión más fina, lo que debilita el conflicto con Don Dimas.

Uno de los problemas más importantes del montaje es la dicción, vocalización y proyección. Hay momentos claves, incluido el enfrentamiento final con el Diablo, que no se entienden del todo. Si el público no logra escuchar cómo se resuelve la acción principal, la obra pierde fuerza.

También hay detalles de control escénico por corregir. La bolsa de monedas, por ejemplo, se desparrama en escena y los actores continúan como si nada hubiera pasado. En una obra que permite juego e improvisación, ese tipo de accidente debería incorporarse, no ignorarse. A nivel técnico, el humo es excesivo, más aún en una sala pequeña invade al público, tapa la acción, incomoda y distrae. En varios momentos bastaría con un cambio de luz para generar atmósfera.

En conjunto, Don Dimas y el Diablo no es una obra fallida. Tiene energía, humor, música y una búsqueda popular interesante. Necesita más precisión. Hay una comedia potente ahí, pero todavía necesita limpieza, foco y mayor rigor actoral y dramatúrgico.

Milagros Guevara

26 de mayo de 2026

Crítica: MARIPOSAS ENJAULADAS


Adolescencia rota entre el exceso y el deseo de ser escuchados

En Mariposas enjauladas, dirigida por Kenyer Gudiño, un elenco de trece actores construye una ficción atravesada por la salud mental, las adicciones y el vacío afectivo adolescente. La obra abre con una imagen potente: varios cuerpos congelados en escena frente a telas suspendidas que recuerdan capullos ya abiertos. Luego aparece un personaje vestido de negro que inyecta un cerebro, como si activara un sistema dañado desde el inicio. Desde esa primera acción, la propuesta deja claro que busca ingresar a un territorio psicológico, simbólico y oscuro.

La dramaturgia plantea múltiples historias que se cruzan dentro de un mismo entorno juvenil. Hay relaciones prohibidas, prostitución adolescente, abuso, ideación suicida y vínculos familiares profundamente fracturados. El problema no radica en abordar estos temas, sino en la acumulación constante de conflictos sin el suficiente desarrollo individual. Al existir tantos personajes y tantas líneas narrativas simultáneas, gran parte de la historia termina resultando confusa. Muchas veces los propios personajes deben explicar explícitamente quiénes son o qué ocurre, rompiendo la naturalidad de la escena y dificultando la conexión emocional con lo que viven.

Aun así, detrás del caos hay una idea dramatúrgica genuinamente interesante. La figura de las mariposas funciona como el eje simbólico más sólido de la obra. No solo aparecen como representación de transformación adolescente, sino también como parte activa del universo ficcional: los capullos se convierten en una especie de droga capaz de llenar carencias emocionales profundas. Allí aparece el hallazgo más valioso del montaje. La obra comprende algo importante sobre la adolescencia: el deseo desesperado de sentirse amado, entendido o visto. Esa sensación de pérdida, de no reconocerse todavía en el propio cuerpo ni en la propia vida, atraviesa silenciosamente toda la propuesta.

Por momentos, la obra parece querer denunciar cómo ciertos contextos arrastran a los jóvenes hacia situaciones límite. Sin embargo, al insistir tanto en mostrar perversión y exceso, corre el riesgo de saturar el discurso y desdibujar el problema de fondo. Lo que podría convertirse en una reflexión compleja sobre la vulnerabilidad adolescente termina acercándose más a una acumulación de impactos constantes. La intención se percibe más profunda que el resultado final, y justamente por eso quedan visibles sus posibilidades de crecimiento.

También se percibe que una estructura más reducida podría haber fortalecido la experiencia. Menos personajes habrían permitido profundizar mejor los conflictos y construir vínculos más claros. La obra posee material suficiente para sostener un universo intenso sin necesidad de dispersarse tanto. Hay ideas poderosas que merecen más tiempo de respiración y desarrollo.

A nivel actoral existe una diferencia muy marcada entre interpretaciones. Algunos actores sostienen con mayor presencia y compromiso físico sus escenas, mientras otros todavía evidencian dificultades técnicas importantes: problemas de proyección, pronunciación, corporalidad y manejo emocional. En varios momentos las emociones parecen imitadas más que atravesadas, especialmente en escenas de llanto, enojo o confrontación. Las secuencias de intimidad física también habrían necesitado una construcción coreográfica más clara para integrarse mejor al código escénico y proteger la organicidad de los actores.

Sin embargo, incluso dentro de esas irregularidades, el elenco logra sostener una energía colectiva constante. Y eso también tiene valor. Hay una entrega evidente, una disposición a exponerse y habitar personajes emocionalmente complejos que exige valentía. La obra nunca se abandona a sí misma. Continúa avanzando aun en medio de sus tropiezos, sostenida por un impulso grupal que revela acompañamiento y contención dentro del proceso creativo.

Mariposas enjauladas todavía parece una obra en construcción, pero una construcción con una inquietud real detrás. Entre excesos, confusiones y desbalances, aparecen preguntas honestas sobre la adolescencia contemporánea, la necesidad de afecto y las formas en que el dolor juvenil busca escapar de sí mismo. Ahí, justamente ahí, es donde la obra encuentra sus momentos más íntimos y más verdaderos.

Naomi Noblecilla

26 de mayo de 2026

lunes, 25 de mayo de 2026

Crítica: KORTAS MAYO - MIÉRCOLES


A disfrutar la noche en Barranco

Un formato breve, irreverente y dinámico que permite encontrarse con distintas miradas del teatro contemporáneo peruano desde el humor, el absurdo y las tensiones humanas.

Inicia la noche 10 minutos, escrita por Mateo Durán Londero y dirigida por Gerardo Fernández. Esta comedia de enredos permite vislumbrar la versatilidad artística que poseen los actores que se encuentran en las tablas: Arom Cortez y Gessy Cochachi. Ambos crean una complicidad escénica interesante que permite disfrutar los conflictos y secretos que esconden Máximo y su madre. La propuesta encuentra en lo grotesco y en las acciones desdibujadas un mecanismo oportuno para sostener el humor y el ritmo de la pieza, construyendo una experiencia entretenida y ágil para el espectador.

La siguiente pieza es Agachaditos y Bistró, escrita por Juan José Oviedo y dirigida por Diego La Hoz. En esta historia de formato breve conocemos a John y Carla, una pareja marcada por las diferencias de clases sociales. Lo que debía ser una noche clave para iniciar un compromiso sentimental termina volviéndose una velada cargada de tensiones inesperadas. La dirección resulta interesante al incluir el rap como una suerte de mecanismo lúdico y didáctico que conecta rápidamente con el público. A ello se suma el trabajo escénico de Ilda Polo y Fabián Calle, quienes logran envolver al espectador de inicio a fin con los conflictos amorosos y sociales que atraviesan sus personajes.

Como tercera pieza tenemos Hamlet en 15 minutos, versión libre de Tom Stoppard, dirigida y adaptada por Christian Paredes. Resulta interesante que Kortas se permite incluir una propuesta basada en un texto clásico dentro de su programación, sobre todo desde una adaptación que es afrontada a través del recurso de la improvisación en escena. Daniela Paskavan y Gonzalo Candela construyen una complicidad oportuna al momento de asumir el gran reto de hacer Hamlet en quince minutos. La dirección le hace honor al texto desde una propuesta contemporánea, ágil y atrevida, donde el humor y la velocidad escénica permiten acercarse al clásico desde un lugar fresco y accesible para el público.

Y para cerrar la noche con karaoke tenemos Canta y Sana, escrita por Nancy Aguinaga y dirigida por Giancarlo Ian Mori, una propuesta que utiliza el karaoke como un espacio para sanar heridas y decir aquello que, muchas veces, ni la terapia logra resolver. El inicio resulta interesante porque vemos a los personajes habitar el espacio de una forma orgánica y lúdica, generando rápidamente cercanía con el espectador. Sin embargo, la propuesta no termina de quedar del todo clara en cuanto al formato dramatúrgico, especialmente a nivel de conflicto y acción. Aun así, vale mencionar que el uso del karaoke permite que la pieza mantenga una energía ágil y entretenida que conecta fácilmente con el público.

Kortas se consolida así como un espacio para disfrutar de lo nuevo, lo breve y lo irreverente dentro del teatro peruano contemporáneo. No se trata necesariamente de un formato para intelectualizar las propuestas, sino de una plataforma donde lo dinámico y lo inmediato encuentran un lugar frente al espectador. Un encuentro teatral que reúne historias breves para entretener, experimentar y acercar nuevas voces a la audiencia desde distintos lenguajes escénicos.

Juan Pablo Rueda

25 de mayo de 2026

Crítica: LOS HÉROES DE MI PATRIA


Un Hamlet frente al polvo del olvido

Dentro del Centro Cultural Inca Garcilaso, se encuentra un héroe guerrillero, muy cerca a un Hamlet que recibe el llamado de su padre para iniciar un viaje. Este guerrero se desnuda frente al espectador para contar sobre lo dicho y lo no dicho a través de una historia que indaga sobre el tiempo y la memoria. Se trata de Los Héroes de mi patria, primera producción de la compañía escénica Archivo Nacional Teatro (2024), con Ernesto Barraza Elespuru, escritor de dicha obra, bajo la dirección de Rocia Limo y la producción de Monserrat Gomez de la Torre Barrera.

Barraza, mediante una investigación que remueve y recapitula un viaje de descubrimiento hacia su pasado nos muestra lo que ha heredado y qué lugar tiene como peruano en la historia de nuestro país. Es interesante, cómo a través de una mirada personal esta historia trasciende hacia lo colectivo, puesto a que mientras confronta a los fantasmas de su propio pasado se desencadenan archivos y memorias que restauran una noción de patria.

En cuanto a la propuesta de montaje, el espacio del Centro Inca Garcilaso de la Vega funciona de forma efectiva y oportuna, mediante la instalación de un circuito cerrado, se instaura un espacio de intimidad. A través de archivos fotográficos, documentos y objetos museicos nace una revisión sobre lo que no está terminado de contar, sobre ese polvo de estrellas que pertenece a generaciones del pasado.

Mientras observaba a Barraza me preguntaba: ¿qué pasa cuando comenzamos a excavar y desenterrar sobre ese polvo del pasado?, ¿qué cambia? Y más aún: ¿qué pasa cuando ese pasado es lo único que tengo para entender qué rol tengo como artista hoy en día? Estas cuestiones emergen tras escuchar el relato testimonial de dicho autor.

De esta manera, quisiera hacer énfasis sobre la semioticidad de los recursos utilizados: el polvo, como una suerte de limpiar el ritual; el vestuario, para enfrentar la historicidad de una patria y documento para poner en tela de juicio las figuras que son parte de la historia; el uso de las cajas como el traslado, el viajar hacia fuera de la patria para también volver a quedarse, esa resignificación de un teatro de objetos que nos permite entender esos fantasmas que no duermen.

Asimismo, la obra consigue instalar una pregunta profundamente política sobre la memoria: ¿cómo habitamos aquello que heredamos? No desde el heroísmo monumental ni desde la construcción oficial de la patria, sino desde la fragilidad de un cuerpo que recuerda, duda y reconstruye. Allí, Barraza convierte el archivo en un acto vivo, en una herida abierta que dialoga con el presente.

Los Héroes de mi Patria no busca ofrecer respuestas definitivas, sino abrir fisuras. En esas grietas aparece el espectador, convocado también a revisar sus propios restos, sus propios héroes y silencios. La obra se convierte entonces en una excavación sensible sobre la identidad, donde el teatro deja de ser únicamente representación para transformarse en un espacio ritual de memoria, resistencia y permanencia.

Juan Carlos Rueda

25 de mayo de 2026

domingo, 24 de mayo de 2026

Crítica: LAS POLÍTICAMENTE INCORRECTAS - LAS BREVES DE JUANITA


Cuatro microobras para pensar

No es un secreto, a estas alturas, que más de la mitad de la comunidad teatral limeña viene (o lo hizo en algún momento) explorando el formato de teatro breve. Y seguramente, lo seguirá haciendo, ya que hasta el momento, al menos para quien escribe, no se hace notorio todavía el agotamiento de este modelo escénico. Sin embargo, la distancia y el tráfico juegan ahora mucho más en contra para aquellos espectadores que viven lejos del espacio de representación y lo piensan dos veces antes de salir a ver un solo espectáculo de quince minutos. Las alianzas entre artistas individuales o colectivos teatrales compartiendo el mismo escenario se convirtieron entonces en una de las opciones más factibles, para públicos y creadores. Es así que ahora se le suma a la reciente oferta de teatro breve, el ciclo titulado Las políticamente incorrectas - Las breves de Juanita, en el Teatro Juanita Tarnawiecki, ex-Mocha Graña de Barranco.

Acaso uno de los aspectos más interesantes a debatir sea el de la necesaria (o quizás no) selección de microespectáculos por temáticas, géneros o hasta autores. Para algunos, este detalle no afecta en lo absoluto ni la visualización ni el disfrute de obras de corta duración de estilos y ejecuciones distintas; mientras que otros, por el contrario, se sentirán agradecidos de que las microobras presenten, por lo menos, un hilo conductor. Sea pertinente o no este comentario, la antología presentada por el autor y director Alexander Pacheco opta por cuatro historias orientadas hacia situaciones y actitudes que atentan, en mayor o menor medida, contra el status quo o la “normalidad de las cosas” que impone nuestra sociedad. En ese sentido, se agradece este punto en común entre las piezas ofrecidas.      

En No me llames Espíritu, Luciana Vidaurre y Leito Monteverde manejan con buen timing un  diálogo acerca de los improbables e imposibles nombres para ponerles a los hijos; en Pastillas de fe, la doctora Cecilia Tosso y el paciente Pacheco protagonizan una divertida consulta urológica en la que nada es lo que parece; en Queer, Vidaurre y Mirella Ibáñez se encuentran próximas a concretar su tan anhelado deseo, que aparece materializado al final de la manera más surrealista posible; y en Ya es mi turno, Ibáñez (autora además del texto) es la simpática encargada de recibir en las puertas del cielo al recién llegado Pacheco, quien le parece extrañamente familiar. Todas las historias mantienen su particular encanto y resultan entretenidas, especialmente la última.

Quizás los únicos reparos que se le podrían hacer al montaje sean los de encontrar la manera de estilizarlo aun más, con algunos de sus elementos y utilería más cuidados y funcionales; así como el de resolver los cambios de escena de manera más sobria y solapada. Por lo demás, se trata de una apuesta valiosa por presentar interesantes obras cortas que nos hacen reflexionar sobre los mil y un prejuicios y las tan nocivas actitudes que tanto daño le hacen a la sociedad.

Sergio Velarde

24 de mayo de 2026

viernes, 22 de mayo de 2026

Crítica: RITUALES PARA DESPEDIRSE


Rituales de un país en duelo

Ver Rituales para despedirse es enfrentarse a una herida que, a pesar de los años, sigue abierta. Como ese duelo reciente, o incluso aquel que lleva años acompañándonos, que vuelve a removerse cuando se habla de pérdidas, despedidas y cielos prometidos. Así se siente esta obra: como un recordatorio de la incertidumbre, el pánico y la vulnerabilidad que atravesaron nuestras vidas durante la pandemia, pero también de lo peor de la humanidad que fuimos capaces de ver —y ser— en esos momentos.

Sí, la obra parte de lo que fue toda la experiencia del COVID-19; pero va más allá para hablar de la necesidad profundamente humana de buscar explicaciones y despedidas, aun sin saber exactamente dónde ni cómo hacerlo. Aquí es donde las interpretaciones de todo el elenco construyen personajes cercanos, repletos de emociones contenidas por las circunstancias. Personajes que viven el dolor desde lugares distintos, logrando que el público se identifique con esas múltiples maneras de lidiar con la ausencia, más aún en un contexto tan macabro.

No existe una dramatización exagerada de la pérdida ni una moraleja que intente explicarlo todo. Por el contrario, la obra muestra emociones honestas: la mezcla de miedo, confusión y desesperación reflejada en reacciones y pequeños gestos muy humanos —y muy peruanos—.

Esos tiempos nos dejaron muy en claro que la enfermedad no distingue color de piel, cuentas bancarias ni grandes títulos. La puesta en escena nos lo vuelve a poner enfrente, por si se nos ha olvidado que, para la muerte, todos somos iguales. Por eso, la obra no solo relata historias individuales, sino que también retrata la realidad de nuestro país en tiempos de pandemia y, por qué no, parte de su propia idiosincrasia.

Uno de los aspectos más interesantes del montaje es cómo utiliza la idea de los rituales. Después de la pandemia, muchas personas no pudieron despedirse de sus familiares como hubieran querido debido a las prohibiciones que ya conocemos. No hubo abrazos, velorios ni una última conversación para decirlo todo. Frente a eso, la obra muestra cómo los seres humanos terminamos creando nuevas maneras de recordar, honrar y seguir adelante. Buscamos señales en todas partes y formas de comunicarnos con quienes ya no están. Los rituales aparecen entonces como una forma de resistencia emocional, como intentos de darle sentido a aquello que parece imposible de aceptar.

Más que hablar de la muerte o de pandemias, Rituales para despedirse habla de quienes permanecen en este mundo. De las personas que, aun cargando ausencias, intentan reconstruirse y encontrar una forma de seguir viviendo —o sobreviviendo— sin olvidar.

Cristina Soto Arce

22 de mayo de 2026

Crítica: LA CASA DE BERNARDA ALBA


El hogar como jaula: el factor del deseo y la resistencia de la heroína trágica

La puesta en escena de La casa de Bernarda Alba, propuesta por La vaca multicolor, ha sido quizá la mejor que he visto en cuanto a representaciones de clásicos de Federico García Lorca en nuestra ciudad. Entre varios aspectos a resaltar, las excelentes interpretaciones de las actrices destacan sobre todo lo demás: la fuerza del personaje de Bernarda Alba se impone a través de Gabriela Gaspar, quien demuestra un férreo control sobre sus hijas, pero que encuentra un contrapunto en La Poncia (encarnada por Maria Fernanda Misajel); ella, jefa de servicio de la casa, intuye los pensamientos de las jóvenes, pero igual comprende las complejas dinámicas sociales. Entre ambos pilares del hogar, encuentran cobijo y rigor la ingenua Magdalena (Jimena Uribe), una delicada Angustias (Maria Celeste Farfán), la astuta Martirio (Rafaela Vittet) y una apasionada Adela (Sharon Olivares). Así, se desarrolla frente a nosotros, espectadores del drama, la historia de estas mujeres que viven reprimidas, tanto desde casa como por la sociedad. 

Nos complace recomendar una obra como esta, donde un clásico texto teatral es enriquecido por las técnicas y aportes del presente. De este modo, los juegos de luces nos sumergen en perspectivas filtradas por tonos distintos y colores que evocan las emociones de nuestras protagonistas. Sobre el uso del humo y la sensación de elevación de la temperatura, tales acompañan la situación desoladora que atraviesan las jóvenes y representan, en todo sentido, lo asfixiante de su destino. A la par, el vestuario fue bellamente cuidado y proyectaba las particularidades de cada hermana, como la sencillez en la ropa de quien se encuentra más enferma, o por ejemplo lo sombrío en aquella que guarda gran resentimiento. Junto con ello, el uso de la utilería y los muebles nos inserta en un ambiente de largo luto y de reglas religiosas, donde los elementos frágiles son metáforas del vulnerable equilibrio en el hogar. La movilización de nuestros personajes entre dos ambientes, donde uno es el espacio que comparte con los espectadores y otro un poco más alejado de ellos, reflejan y profundizan las dicotomías que se nos presentan: el mundo doméstico de la mujer (en contraste con lo público y masculino); el ansia de libertad sentimental y sexual ante la represión de los afectos; el cariño entre las hermanas, suspendido por sus rivalidades; así como el deseo de una vida cargada de sensaciones, truncada por el mandato materno de preservación del honor. 

Finalmente, queremos mencionar lo valioso que encontramos en este tipo de propuestas de teatro, y donde bajo la dirección de Fernando Luque y la asociación de La vaca multicolor, nos vemos partícipes de un arte que se despliega con pura virtud y sensibilidad. Esperamos que el público que disfruta de los clásicos de la literatura se anime a asistir a próximas funciones, y que en este proyecto encuentre también la esencia que define a nuestras heroínas trágicas: lo que se nos ofrece es una experiencia profundamente identificada con el sufrimiento femenino de la época, pero que no deja de interpelarnos sobre el lugar que ocupamos las mujeres en el presente.  

Jimena Muñoz

22 de mayo de 2026

Crítica: EL ALCALDE DE ZALAMEA


¡Voto a Dios!

La acogedora Sala Alzedo, ubicada en pleno corazón del Centro de Lima, es sede de El Alcalde de Zalamea, obra icónica del dramaturgo, poeta y sacerdote español Pedro Calderón de la Barca, que regresa a la cartelera local después de más de cuarenta años bajo la dirección de José A. Rodríguez Garrido. Un numeroso elenco compuesto por nada menos que catorce actores y actrices, y un ensamble musical conformado por cuatro músicos, unen sus fuerzas para traer de vuelta a las tablas los versos del renombrado autor y darles nueva vida; tarea monumental si consideramos que han pasado ya varios siglos desde la primera representación que tuvo esta obra allá por los años mil seiscientos. Se aplaude el esfuerzo y el trabajo que la producción de un montaje como este implica, pero ¿vale realmente la pena desempolvar y montar una obra de tal antigüedad, o es que la poesía del madrileño encontraría mayor valor como objeto de estudio académico y registro histórico?

No sé si se me olvidó tomar mis pastillas para la inteligencia esa mañana, o si mi cerebro estaba demasiado agotado al término de una semana intensa como para descifrar el lenguaje poético de la obra (el cual fue deliberadamente mantenido de forma íntegra por el director), o si la propuesta tan purista del montaje impidió que el texto realmente llegue a mí de forma comprensible, o si mi falta de conocimiento sobre el contexto durante el cual se desarrollaron la obra y su autor influyeron en mi visionado, (probablemente haya sido una combinación de todas estas cosas), pero la verdad del asunto es que no entendí prácticamente nada de lo que vi las dos horas que estuve sentado en la primera fila del teatro. Y lo que es aún más desalentador, no sentí mayor cosa aparte de tedio durante la duración de esta puesta. 

Todo empezó así: un enorme retablo ayacuchano yace cerrado en el escenario. Dos soldados ingresan desde lados opuestos y lo abren, revelando al interior sus dos pisos y sus seis viñetas (tres por piso) dentro de las cuales están posicionados todos los personajes de la obra en poses estoicas y dramáticas. Visualmente impactante y muy prometedor inicio, sobre todo porque la música en vivo que acompaña este momento -y todo el montaje- es sublime. El problema inició cuando los personajes empezaron a hablar. Es hasta chistoso cuando lo recuerdo, porque tal como le dije a mis acompañantes después de función -quienes eran nada menos que una bibliotecóloga y un historiador de arte-, tenía la sensación de que ni siquiera era castellano lo que estaba escuchando, sino sánscrito. El texto de Calderón de La Barca, además de antiguo, es también poético (en el sentido estricto de la palabra), lo cual añade a la dificultad de su comprensión. Los versos empezaron a retumbar en mi cabeza, pero no de forma paródica o satírica, como muchas veces se abordan los textos clásicos, sino de forma solemne, realista, fiel al estilo de comunicación -y de teatro- de aquella época. Hice un intento valiente por conectarme con lo que los actores decían y hacían. Esperé pacientemente el momento en el que me acostumbraría al lenguaje empleado y todo cobraría sentido. Quise encontrar alguna especie de divertimento dentro de lo que mis ojos veían. Lamentablemente, nada de esto pasó.

Lo que sí pasó fue la amena cháchara posterior a la función en la que mi amiga la bibliotecóloga, su amigo el historiador de arte y yo, conversamos abiertamente y sin tapujos (como debe ser) acerca de lo que habíamos visto. Grata fue mi sorpresa cuando al contarles de mi experiencia viendo la obra, esta fue recibida de forma amable, y hasta empática. Interesante fue también para mí descubrir que la experiencia de ellos fue totalmente distinta. En su caso, sí hubo una conexión, una comprensión y un disfrute de la obra, lo cual me lleva a dos conclusiones importantísimas. Primero, que al momento de enfrentarse a una obra, sobre todo a una obra clásica, uno lleva consigo todo su bagaje y conocimiento cultural. En otras palabras, es mucho más probable que una persona versada en el contexto histórico, artístico y sociopolítico de una obra la disfrute más que alguien que llega sin mayor conocimiento previo sobre la misma. Asimismo, todas las obras ya vistas aportan muchísimo a la percepción de la obra que está viéndose por primera vez. Mejor dicho, todo lo anterior suma a nuestra comprensión y por ende al goce de lo actual. Habiendo dicho esto, sin embargo, mi segunda conclusión es sencilla, pero totalmente clave: el arte es, y siempre va a ser, subjetivo. Sí, siempre pueden aislarse aspectos específicos y técnicos de una producción y evaluarse de forma objetiva. Pero al final de cuentas, cada persona, dentro de su cosmovisión y experiencia única en y con el mundo, será quien finalmente determine si algo es de su gusto o no, independientemente de la excelencia técnica que pueda tener un producto artístico. 

Hablando de excelencia técnica, a nivel de producción, El Alcalde de Zalamea cumple con creces lo que promete. De hecho, ver esta obra fue casi como ingresar en un túnel del tiempo; no solo porque los vestuarios y caracterización de los personajes han sido minuciosamente construidos y son, según entiendo, históricamente correctos, sino porque como ya mencioné, el texto original (lleno de vocablos hoy en día obsoletos), fue intencionalmente mantenido de forma íntegra. Musicalmente, las piezas que acompañan las distintas escenas fluyen de manera orgánica dentro de la atmósfera creada por el director, y ciertamente aportan al drama del montaje. A nivel de utilería, esta aporta al realismo buscado ayudando a representar las escenas de forma fidedigna. Hay un importante logro también en lo que respecta al manejo de la lucha escénica y la dirección de actores en general, que hace que al menos visualmente la obra siempre sea dinámica. Actoralmente, el trabajo coral es en líneas generales competente, comprometiéndose el elenco con sus personajes y explotando sus rasgos arquetípicos, manejando sus textos de forma convincente, y aportándole peso a sus palabras, acciones y objetivos. Aunque claro, al tratarse de un lenguaje y un estilo de diálogo así de arcaico, el reto es tan grande que, por momentos, los textos suenan más declamados que sentidos, más actuados que vividos, más superficiales que internalizados, pero esto lejos de hablar de la capacidad actoral de los artistas en escena, puede sin duda atribuírsele enteramente a la complejidad del texto de Calderón de La Barca.

¿Recomendaría entonces El Alcalde de Zalamea? Depende de a quién. Si tienes un perfil académico, artístico y literario, gustas de textos históricos y con lenguaje poético antiguo, y disfrutas de relatos melodramáticos de honor, poder y justicia, diría que esta obra es para ti. Si no es así, es probable que tengas una reacción bastante similar a la mía y te sientas más perdido que… ya ustedes me entienden. Respondiendo a la pregunta que yo mismo formulé al término del primer párrafo de esta crítica, considero que sí tiene valor montar obras como esta, solo que dicho valor será distinto para cada persona. Para mí, por ejemplo, fue valioso encontrarme con el teatro del pasado, que inevitablemente ha influido en el teatro contemporáneo. Por otro lado, y no menos importante, siempre es bonito recordar que hay muchas más cosas por conocer, aprender y descubrir acerca de la industria de la que formas parte. ¿Qué esperas entonces para descubrir si tu voto por este alcalde es a favor o en contra? Tienen dos últimas funciones este 23 y 24 de mayo. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

22 de mayo de 2026 

Crítica: LA MELANCOLÍA DE LAS PLANTAS


Sobre la naturaleza y la tristeza

La obra La melancolía de las plantas de Gabriela Paredes es mucho más que una puesta en escena sobre naturaleza, o tristeza. Es una reflexión profundamente humana sobre la vida, la fragilidad emocional y nuestra relación con otros seres vivos. A través de un relato íntimo y sensible, Gabriela muestra cómo las plantas se convierten en refugio, compañía y hasta salvación para una persona que atraviesa un momento límite, marcado por el dolor, por las ganas de no estar, pero aferrarse al tiempo.

Nos muestra también una realidad. Un tema del que se habla bajito porque no se entiende, como si el resto de los mortales necesitáramos las pautas exactas de la decisión del otro, para no juzgarlo. Un tema que es urgente poner sobre la mesa, los escenarios, y las plataformas políticas: salud mental, y todo lo que eso arrastra.

Uno de los aspectos más valiosos de la obra, además, es la manera en que demuestra lo poderoso que puede ser hablar de aquello que nos apasiona. Y ojo, de lo importante que es saber de lo que hablamos. Cuando la protagonista habla de plantas, no lo hace solo desde el conocimiento, sino desde el amor y la necesidad de encontrar sentido. Esa pasión vuelve el discurso cercano, honesto y profundamente conmovedor. La obra transmite que los intereses personales también pueden ser una forma de resistir, sanar y reconectarse con el mundo.

Además, la obra no se queda únicamente en lo individual o emocional. Gabriela logra ampliar la mirada e incorporar temas sociales y políticos que atraviesan nuestra realidad actual, como los incendios forestales, la destrucción de los ecosistemas y la muerte progresiva de la naturaleza. Esto enriquece la propuesta, la convierte en una experiencia personal y en una reflexión colectiva sobre cómo tratamos al planeta y cómo el deterioro ambiental también refleja ciertas crisis humanas. La imagen de la bandera peruana entre el verde de las plantas, el olor a tierra que emana desde el escenario es poderosa y dolorosa. Porque, así como nosotras andamos sobreviviendo, aferrándonos al tiempo, nuestro país sufre del mismo mal.

Las plantas aparecen entonces como seres vivos con memoria, sensibilidad y presencia, no como simples adornos. La obra invita a pensar en la conexión entre el ser humano y la naturaleza, y en cómo muchas veces olvidamos que dependemos emocional y físicamente de ella. La melancolía de las plantas deja una sensación de sensibilidad y conciencia, recordándonos que incluso en los momentos más oscuros puede existir algo vivo capaz de sostenernos.

Cristina Soto Arce

22 de mayo de 2026

Crítica: DÍA 4 DE LA XIX MUESTRA MACROREGIONAL DE TEATRO LIMA – ICA – CALLAO, BRUNO LUERA


El teatro continúa…

Volvimos a Lima Norte. La Casa Cultural Haciendo Pueblo nos sigue acogiendo entre sus telones… que se abra la sala, que jueguen las luces, ¡que viva el teatro! 

La faena empezó con Historias Cotidianas de la agrupación teatral Los Punteños, una puesta escénica trabajada con personas especiales. El rótulo del director fue claro: al finalizar el espectáculo dijo que había trabajado con personas con habilidades impresionantes y extraordinarias. Pues fue así: el escenario se convirtió en un espacio donde lo magnífico es posible. Desde la ternura y lo simple se construyeron cosas hermosas a partir de un ritmo constante que marcaba la obra, una tonada parecida a un vals o referente a la música criolla. El gesto fue fundamental, acciones cotidianas fueron reconocidas y estructuradas desde su sistema social, por ejemplo, hubo escenas donde los vendedores fueron los protagonistas y su eterno enfrentamiento con los serenos; también hubo momentos de diversión con acciones precisas que iban repetidas de ritmo y parlamentos pequeños, caídas y recuperaciones, gestos humorísticos que alegraban el transcurso. Al finalizar, cada uno de los participantes realizó un solo de baile, donde la improvisación y el carisma se llevaron los aplausos del público.

Después de haber encendido el espacio con tal capacidad de encanto, pasamos a una puesta de la old school, donde personalidades fueron apareciendo desde las sombras. Lima 4 am del colectivo Cirqueando inició con música, dos intérpretes (uno con guitarra y el otro solo con su voz), que fueron tejiendo una historia que respiraba a madrugada y sonoridad divertida. La narración musicalizada y teatralizada se sostuvo desde la interacción de los artistas y su constante provocación al público. Durante la performatividad, se fue sintiendo la incomodidad de la calle y la invasión del personaje, un ex convicto que busca otra oportunidad. Los pasajes sonoros de la composición estuvieron guiados por un arpegio que era la columna vertebral para cada situación, la música iba de un lado a otro, con matices de distintos géneros, pero conectada por una sonoridad que retornaba a la situación, que funcionaba como pluma que escribe un texto. Los elementos fueron muy bien utilizados y las relaciones que se producen a partir de ello, entre el intérprete y su compañero y también con el público. Se reflexionó sobre el concepto de basura social, y cómo sería posible la reinserción de un exconvicto a la sociedad; un tema bastante cuestionable, muchas son las miradas, pero estamos dispuestos a dar segundas oportunidades, o de qué depende para estar prestos a una aceptación y a una reinserción. Los nervios se quedaron algo temblorosos después de esta puesta, ya que en varias ocasiones, debido a mi ubicación en las butacas, fui embestido por la energía del actor que hacía de exconvicto y por sus acciones.

En la tercera puesta del día, Casting artifi(I.A)L del colectivo Meleles, el ambiente cambió: se bajaron las revoluciones y los payasitos aparecieron. Esta creación tuvo como referente el cuerpo payaso, el ser payaso; cómo se mueve, cómo habla, cómo hace las cosas, las posibilidades del payasito son inmensas y más aún cuando intentamos generar algún tipo de reflexión en los espectadores. Se trabajó con la música, no solo se la presentó, se la intervino desde la edición, haciendo una buena selección de canciones y mezclándolas inteligentemente, para subir la velocidad, bajar la velocidad y mezclar algunos ritmos. La historia nos hace reflexionar sobre el mundo de la Inteligencia Artificial, cómo ha llegado a posicionarse en nuestra rutina y las causas que puede tener si se apodera rotundamente de nuestros espacios. Hay un monitor que todo lo ve, que todo lo sabe, siempre está dando indicaciones y parece manejar el mundo payaso; la realidad a veces supera a la ficción, pero el arte de la risa y la corporalidad del payaso permite reflexionar desde otra mirada, subraya la vida haciéndola más inverosímil para llegar a comprender en lo que nos estamos sumergiendo día a día. Una de las cosas que más me llamó la atención de esta creación es la voz y el cuerpo del payasito, cómo desde una corporalidad aparentemente descuidada e inocente se construye narrativas muy potentes y cómo desde una voz que en algunos casos solo balbucea se puede construir un hilo narrativo que va hacia lo imaginativo y permite la posibilidad de la creación del público. Porque una cosa es escuchar un parlamento, pero otra cosa es observar gestos, escuchar sonidos y paulatinamente ir construyendo una historia o una expresión.

La noche cerró con Candela, diario de una actriz, un unipersonal de Sonia Franco, que duró más de una hora, pero el tiempo no se sintió. Mantuvimos la atención y nos perdimos en los detalles. El color es lo que vive desde el primer momento, un texto resistente y una conexión con la vida, con los recuerdos. El movimiento era rápido constante y la voz no se apagaba, gran manejo de técnica. Una sensación fue lo que me dejó esta puesta, una sensación que se desmenuzaba en distintas expresiones, tristeza, resistencia, arte, amor, fracaso, dolor. La mirada de la actriz por momentos llegaba a un brillo trascendente, ese estado donde el artista se ha fundido con el escenario y su creación para ser el nuevo mundo que se habita. Gran parte de la composición me aludía a la calle, había pedazos de calle en los desplazamientos, en los textos, en los altibajos, cambios constantes ordenaban una sensación potente que se supo colar entre mis ojos. Hubo magia, burbujas nos acompañaron en la noche, fue un cierre excelente, después de tanto talento asentamos con algo sólido, una remembranza a los muertos, a Mario Delgado y su presencia, su enseñanza, que se sintió, estuvo presente.

Así se dio la cuarta fecha de la Muestra, con muchos aplausos, conversaciones intrincadas, comentarios ajenos subjetivos. Hay una gran alegría en todo lo que nos rodea. Haciendo Pueblo cumple su anfitrionaje con mucha ilusión, los artistas acuden con disciplina, con entereza, para mostrar sus trabajos, para ser vistos, para ver también, y seguir haciendo arte, seguir existiendo dentro del teatro y para el teatro.

Moisés Aurazo

22 de mayo de 2026

jueves, 21 de mayo de 2026

Crítica: AÍDA


La majestuosidad de Verdi conquista el Gran Teatro Nacional

La monumental puesta en escena de la ópera Aída convierte al Gran Teatro Nacional del Perú en el escenario de una experiencia donde el amor, el poder y el deber chocan con intensidad desgarradora. Esta producción del 17.º Festival Internacional de Ópera Alejandro Granda, bajo la dirección artística de Ernesto Palacio, apuesta por la grandiosidad visual y sonora sin perder de vista la dimensión humana del clásico de Giuseppe Verdi.

Desde la avant premiere, la propuesta dejó claro que su mayor fortaleza se encuentra en el impacto del conjunto de todos sus elementos escénicos. La escenografía diseñada por Pepe Sialer construye un Egipto monumental y elegante, capaz de envolver al espectador desde el primer instante, mientras el diseño de luces acompaña cada tensión dramática con precisión y atmósfera. La dirección escénica de Renato Bonajuto encuentra equilibrio entre lo íntimo y lo épico, permitiendo que los conflictos emocionales respiren dentro de una puesta de gran escala.

En el plano musical, la experiencia alcanza momentos verdaderamente memorables gracias a la imponente presencia de la Sinfonía por el Perú, dirigida por el gran maestro Cesare della Sciucca. La orquesta sostiene la intensidad dramática de Verdi con fuerza y sensibilidad, acompañando a un elenco internacional sólido encabezado por Yolanda Auyanet como Aída, Zinaida Tsarenko como Amneris e Ivan Magrì como Radamès. También destacan Marco Caria como Amonasro, Alberto Comes como Ramfis, Xavier Fernández como Il Re d’Egitto, D’Angelo Díaz como Il messaggero y Elizabeth Guerrero como Sacerdotessa. La participación especial del Coro Nacional del Perú aporta una potencia coral que engrandece las escenas colectivas y reafirma el carácter monumental de la obra.

La coreografía de Jimmy Shimizu suma dinamismo y belleza visual, especialmente a través del trabajo de los bailarines adultos, cuya presencia escénica aporta elegancia y energía a la puesta. La incorporación de bailarines infantiles añade sensibilidad y frescura a determinadas escenas. Asimismo, el vestuario diseñado por Susana Torres acompaña adecuadamente la estética monumental del montaje y contribuye a la construcción visual de este Egipto teatralizado.

Más allá de cada detalle técnico, lo que permanece es la experiencia profundamente envolvente de ver Aída en vivo, en la inmensidad del Gran Teatro Nacional del Perú. Una experiencia escénica que conmueve desde lo visual, lo musical y lo emocional, y que confirma por qué esta obra continúa siendo uno de los clásicos más apasionantes del repertorio universal. A esta producción le queda solo una función este 22 de mayo y las entradas se pueden conseguir en Teleticket: una última oportunidad para dejarse arrastrar por la fuerza inmortal de Verdi.

Tammy Alfaro

21 de mayo de 2026

martes, 19 de mayo de 2026

Crítica: ARDE


Una experiencia física y visceral

La danza en Arde no busca complacer: arremete. Desde el inicio, la obra dirigida por Cory Cruz y Lucía Meléndez instala una atmósfera donde el cuerpo parece debatirse entre el deseo, la violencia y la necesidad de contacto. Presentada en el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico, la pieza convierte el escenario en un territorio visceral donde la pulsión humana se manifiesta sin filtros.

El elenco: Brado Díaz, André Garay, Kimiko Guerra, Haziel Gutiérrez, Paul Lazo, Lucía Montenegro, Joselyn Ortiz y Silvana Palomino sostiene una intensidad física admirable. Saltos, cargadas, choques y caídas ocurren casi sin pausa, evidenciando confianza colectiva, resistencia y un sólido dominio técnico.

Uno de los mayores aciertos de Arde es la construcción de imágenes vivas. Los cuerpos aparecen fragmentados, impulsivos, profundamente conectados con la tierra. Hay espirales, rebotes, repetición y una constante pulsión hacia el suelo: se golpea, se arrastra, se salpica arena. El movimiento parece surgir desde impulsos internos más que desde formas rígidas, manteniendo una sensación permanente de búsqueda.

La sexualidad atraviesa toda la pieza. Arde se siente como una sinfonía de seres humanos desatados, guiados por el deseo, la tensión y la necesidad del otro. Los intérpretes no solo ejecutan movimiento: se involucran completamente entre sí, generando momentos de lucha y liberación particularmente potentes.

Visualmente, la obra encuentra fuerza en el uso de la arena, el humo y la iluminación ámbar. Elementos como flores, una bolsa plastificada y cables transparentes crean imágenes sugerentes que expanden la imaginación del espectador. Aunque algunos recursos pudieron explotarse aún más, la puesta mantiene una atmósfera magnética de principio a fin.

Le quedan cuatro funciones en esta temporada en el Centro Cultural de la Universidad del Pacífico, los sábados y domingos del 9 al 31 de mayo. Arde es una experiencia escénica intensa para quienes disfrutan de la danza contemporánea que arriesga y se sumerge en las zonas más instintivas del ser humano.

Tammy Alfaro

19 de mayo de 2026