lunes, 27 de julio de 2026

Crítica: ¿CUÁL ES TU CAU CAU?


Risa que invita a la reflexión

Nos sucede a todos. En algún punto de nuestras vidas simplemente dejamos de jugar. Quizá porque eso es lo que la sociedad nos ha forzado a creer: que cuando uno crece, el juego ya no es aceptable. Como si la actitud lúdica hacia la vida que tienen los niños tuviera una fecha de caducidad y paulatinamente debiera ir saliendo de nuestros sistemas hasta irse por completo ya que pasada cierta edad, jugar ya no es sinónimo de inocencia, sino de inmadurez. ¿El resultado? Una repentina y excesivamente seria actitud ante la vida que, en gran medida es entendible, ya que crecer ciertamente nos abre los ojos a la muchas veces cruda realidad del mundo que nos rodea, pero que por otro lado nos hace experimentar la vida desde un estado mental tedioso y muchas veces pesimista. Llegar a la adultez implica entender que la vida no es puro juego, y que para ganárnosla tenemos que “ponernos serios”, nos dicen. Y aunque es cierto que parte de madurar es absorber la magnitud de las dificultades que nos puede presentar la vida, es igualmente importante (precisamente por dicha magnitud), que no perdamos del todo aquel espíritu libre y juguetón tan puro que nos impulsó durante nuestra niñez y adolescencia. Afortunadamente, existen muchas formas de mantener dicho impulso vivo, y la improvisación es una de las más accesibles.

¿Cuál es tu Cau Cau?, dirigida por Juan Velazco, no es una obra teatral propiamente dicha; de hecho, ni siquiera hay un libreto fijo por función. Es más una propuesta teatral que integra diversas disciplinas como el uso de máscaras, el teatro físico y, por supuesto, la improvisación. Mirsa Arauco, Vanessa Becerra, Rodrigo Camacho y Miau Flores son los artistas escénicos que, durante aproximadamente una hora, se apropian del acogedor espacio de Teatro del Juego (ubicado en Lince), y abordan la pregunta que da título a esta experiencia a través de diferentes momentos y dinámicas improvisadas que combinan las disciplinas ya mencionadas. El público es invitado a participar también llenando unos papeles que recibimos previa función en los que se nos pregunta qué es lo que más nos incomoda del Perú, y son nuestras respuestas las catalizadoras de todo lo que pasa en escena, factor que hace que cada función, aunque anclada por la misma interrogante, cobre matices distintos y sea totalmente única.

Un espectáculo de este tipo es exitoso principalmente, a mi parecer, gracias a su elenco. Porque basta que uno no esté compaginado con el resto para que la ilusión se desbarate. Afortunadamente, el cuarteto conformado por Arauco, Becerra, Camacho y Flores tiene un muy buen desempeño escénico. Cada uno de los cuatro tiene una chispa muy particular y propia; todos se abandonan plenamente al juego e interactúan entre sí y con el público de manera espontánea, jocosa y siempre presente. Destaco en especial a Mirsa, quien valiéndose de una divertida máscara logra crear el personaje del político “salvador” arquetípicamente criollo y corrupto, dándole matices verdaderamente cómicos, evidenciando un timing para la comedia impecable, y demostrando una rapidez mental que le permite integrar la participación del público al montaje de forma astuta e inmediata, todo esto enraizado en una corporalidad y manejo de voz específicos y apropiadamente exagerados. Más allá del elenco, se nota la buena mano del director para darle coherencia y orden al caos, cerrando y abriendo cada acápite de manera correcta y en el momento indicado, para pautear desplazamientos dinámicos por el escenario, y sobre todo para darle la confianza necesaria a su elenco de jugar abiertamente y sin prejuicios. Esto último, para mí, es el principal logro de la dirección; un factor muchas veces pasado por alto, pero sumamente necesario sobre todo en una performance que discutiblemente implica incluso más vulnerabilidad que el teatro dramático, ya que en este caso los artistas no están amparados bajo un texto predeterminado, sino que se usan a sí mismos para hacer la más loable de las acciones: entretener. 

Hay algo que aún no he mencionado, pero que creo clave resaltar. Incluso los gags cómicos más efectivos pueden llegar a saturar si es que no tienen mayor trasfondo. Lo que destaca de esta puesta es que, por más que no haya diálogos, sí existe una línea argumentativa que la atraviesa de inicio a fin que podría ser resumida en una frase que invita a la risa y al llanto en igual medida: el Perú no tiene solución. Esta idea es el núcleo y moldea cada segmento del espectáculo. Gracias a esta, la obra se permite momentos de denuncia pública, de introspección, de manifestación externa de una lucha interna; y lo hace, increíblemente, manteniendo intacto su sentido del humor. ¿Cuál es tu Cau Cau? postula que, por más que la risa en sí no solucione nuestros problemas, esta sí puede colocarnos en el estado mental correcto para hacerlo, o por lo menos servir como canalizador de nuestras penas, ya que como un sabio una vez dijo: “A veces solo nos queda reír”. Les quedan dos funciones más, el viernes 31 de julio y el sábado 1ero de agosto. Vayan. Se las recomiendo.

Sergio Lescano

27 de julio de 2026

sábado, 25 de julio de 2026

Crítica: EL HOMBRE QUE RÍE


Cuando el sufrimiento humano es rentable

Escrita en 1869, algunos años después de Los Miserables, El Hombre que ríe es una novela que confirma el estilo, pero también el compromiso político de la literatura de Víctor Hugo, que en esta novela denuncia las diferencias sociales en la Inglaterra del siglo XVII.

En la versión fílmica muda de 1928 del cineasta expresionista Paul Leni, la historia se resume en que un noble orgulloso que se niega a besar la mano del despótico rey Jacobo II de Inglaterra, es ejecutado y su hijo quirúrgicamente desfigurado es vendido a los “comprachicos”. Así nace la sonrisa burlona, inevitable y triste de Gwynplaine, que en 1940 aparece como rasgo principal del villano archienemigo de Batman, el Guasón o Joker en los comics.

La adaptación teatral de la novela de Víctor Hugo nos llega gracias a la dramaturgia y dirección de Francisco Cabrera. El autor advierte que se trata de una versión libre (no hay otra adaptación al teatro). La puesta recoge lo esencial de la historia, el ambiente y las circunstancias. La novela original se caracteriza por su lenguaje barroco, la minuciosa descripción de los espacios y de las características de cada uno de sus personajes y resulta un enorme desafío llevarla a escena.

Cabrera logra representar esas descripciones, con un escenario casi minimalista. Nos muestra un circo, pero no hay carpas coloridas ni otros adornos luminosos sino un tono oscuro, propio de un drama. Quien conduce ese circo ambulante es Ursus, un hombre extraño, mezcla de vago y sabio, que viaja con un lobo domesticado; Dea, una joven ciega; y Gwynplaine, el joven que sufre esa rara característica que atrae la curiosidad morbosa del público en las ferias, pero también la de los nobles. Es una sociedad que convierte el sufrimiento humano en espectáculo rentable.

En esta versión, Ursus (Beto Benites) es el narrador y por su mayor presencia, pareciera el personaje principal, pero quien carga el estigma es Gwynplaine (Santiago Magill). Él es el miserable que ríe y la historia gira en torno a su desgracia.

Una novela extensa y riquísima en monólogos y descripciones en sus varios capítulos era imposible de trasladar a escena. Por ello, Cabrera toma lo esencial y reconstruye los personajes, dotándoles de sus características. El drama es enfocado con una mirada muy lúdica (lo hizo con Metamorfosis y Dr. Jekill & Mr Hyde). El lenguaje barroco se simplifica, sin perder la atmósfera de época. La puesta de desarrolla a través de cuadros ligeros. Sin embargo, hacia el último tercio de la obra, el ritmo decae por el exceso de cortes entre uno y otro cuadro, sin usar nuevos elementos de luz o sonido, lo que impide alcanzar la intensidad necesaria, especialmente para el final, cuando por fin el bufón descubre la verdadera identidad de Gwynplaine, su origen noble y se frustra el matrimonio de la duquesa Josiana (hija del rey Jacobo II) y lord David, y en el afán de capturar o eliminar a Gwynplaine, son muertos Ursus y Dea. 

Al final, queda claro el mensaje: los pobres siempre son los que pagan con sus vidas los desarreglos de los ricos.

David Cárdenas (Pepedavid)

25 de julio de 2026

Crítica: EL ENFERMO IMAGINARIO


La medicina del engaño y la comedia de la verdad

La puesta en escena de El enfermo imaginario, esta icónica sátira escrita por Molière en 1673, gira en torno a Argán, un burgués adinerado profundamente hipocondríaco. Obsesionado con sus supuestas dolencias y manipulado por un séquito de médicos charlatanes, el protagonista urde un plan para casar a su hija Angélica con un doctor, asegurándose así la atención médica gratuita y permanente durante el resto de sus días.

Para este montaje, la dirección de Rodrigo Vargas le imprime un ritmo ágil y un sello cómico sumamente particular. Vargas logra estructurar una atmósfera en donde la ironía y el humor ácido del texto original no solo se respetan con rigor, sino que se potencian en el escenario. El trabajo de dirección permite que el choque entre la ridiculez de las obsesiones humanas y la crítica social fluya de forma orgánica de principio a fin.

Por su parte, el elenco sostiene la propuesta con un desempeño notable. Cada intérprete logra construir y habitar con precisión los arquetipos planteados por Molière: figuras exageradas, obsesivas y de una vanidad desmedida que retratan lo más absurdo de la burguesía de la época. A esta labor actoral se le suma un diseño técnico impecable. La iluminación y el sonido operan en perfecta sincronía para delimitar con claridad los espacios donde transcurre cada pasaje, mientras que la musicalización acentúa la intención dramática de los momentos clave. Asimismo, el vestuario destaca no solo por su fidelidad temática y de época, sino por lograr una armonía visual estilizada con la ambientación general.

En definitiva, se trata de un montaje sólido y sumamente entretenido que logra un equilibrio afortunado entre la comedia directa y la vigencia del clásico. Una propuesta accesible para todo espectador que no solo garantiza carcajadas en la sala, sino que deja abierta una lúcida reflexión sobre nuestras propias obsesiones humanas. Sin duda, un espectáculo imperdible.

Javier Gutiérrez

25 de julio de 2026

Crítica: UNA HISTORIA ORIGINAL


El poder sanador de la narración de historias

Ganadora del V Concurso de Dramaturgia Peruana "Ponemos tu obra en escena 2014, la pieza Una historia original de Vanessa Vizcarra explora una interesante temática: la narración de historias como una importante herramienta sanadora. El poder expresar emociones, reconstruir experiencias difíciles y darle real sentido a los acontecimientos de la vida suelen ser los puntos más positivos de esta práctica. Al contar o escuchar relatos, las personas desarrollan empatía, fortalecen su identidad y encuentran nuevas perspectivas para afrontar conflictos y pérdidas.

Pero a su vez, Vizcarra aborda en su texto una problemática vigente, dolorosa y muy latente: la violencia de género en una sociedad tan machista como la nuestra. El protagonista, que busca convertirse en narrador profesional, se involucra sentimentalmente con la mujer que le realiza la audición, quien carga sobre sus hombros un doloroso pasado; posteriormente, él cruza los límites del respeto mutuo que ambos deberían asumir. Con una secuencia de escenas en constante disrupción temporal, y con dos intérpretes adicionales que ayudan a contar esta historia, la puesta escena combina varios niveles entre realidad y ficción.

El elenco, conformado por Ángel Coila Rojas, Diego Nomberto Flores, Lidia Navarro Cárdenas y Melannie MV, se muestra sólido y convincente en sus interpretaciones, bien guiados por la dirección de Josefo Palomino, quien consigue crear esa atmósfera de irrealidad, combinando las luces y los efectos de sonido, que la dramaturgia propone. Esta nueva reposición de Una historia original en el Club de Teatro de Lima, con la producción del colectivo escénico Al borde, resulta en un valioso montaje que, además de acusar la violencia que lamentablemente todavía se mantiene vigente en nuestro ámbito social, señala la narración como una valiosa herramienta de bienestar emocional, aprendizaje y crecimiento personal.

Sergio Velarde

25 de julio de 2026

Crítica: EL MATRIMONIO


AMOR, LOCURA Y UN SÍ, ACEPTO

El matrimonio propone un universo dinámico donde personajes sumamente peculiares irrumpen de diferentes espacios del ambiente para terminar en escena. Cada uno llega cargado de matices únicos y motivaciones particulares, pero todos terminan entrelazados por un mismo hilo conductor: la inocencia y la vulnerabilidad puestas al desnudo mediante el humor.

Lo que en apariencia inicia como una celebración cotidiana se transforma, bajo la mirada irreverente del clown, en un territorio fértil para el exceso, la contradicción y el absurdo. La propuesta realiza una apuesta firme por un lenguaje predominantemente físico y visual, convirtiendo el cuerpo del actor en la herramienta narrativa central. En un montaje de esta naturaleza, la precisión en el tiempo cómico, la complicidad del elenco y la escucha escénica resultan determinantes; apenas un segundo a destiempo basta para marcar la frontera entre una carcajada orgánica y una rutina que pierde impacto.

Si bien existen pasajes donde la comicidad apoya demasiado su peso en el gesto exagerado —un detalle que valdría la pena matizar para no fatigar el ritmo de la función—, el trabajo de caracterización destaca de manera notable. Cada intérprete logra construir una identidad clara y definida, complementada de forma impecable por un diseño sonoro y una ambientación que potencian la atmósfera del espectáculo.

En definitiva, se trata de una pieza atractiva y disfrutable que consigue conectar con la puesta desde la sensibilidad. El verdadero valor de la obra no reside únicamente en provocar la risa inmediata del público, sino en su capacidad para ofrecer una perspectiva distinta y honesta sobre El matrimonio; sin duda, una propuesta que vale la pena ver.

Javier Gutiérrez

25 de julio de 2026 

lunes, 20 de julio de 2026

Crítica: EL FANTASMA DE LA ÓPERA


La belleza de lo diferente: el triunfo de El Fantasma de la Ópera en La Plaza

Este fin de semana tuve la oportunidad de ir al teatro La Plaza para ver El fantasma de la ópera. La obra, basada en la novela de Gastón Leroux, contó con la adaptación de Els Vandell, quien también la dirigió conjuntamente con Rod Díaz. El elenco estuvo integrado por Paul Martin, Gabriel Iglesias, Anaí Padilla, Nicolás Ostolaza y Avril Gil.

Tenía muchas ganas de ver esta obra desde hace tiempo y, honestamente, creo que La Plaza acertó por completo al adaptar una historia tan grande a un espacio tan íntimo. La dirección de Els Vandell y Rod Díaz no solo brilla por su impecable nivel técnico, sino que logra transformar lo visual en un profundo mensaje sobre la empatía y la redención.

Creo que los directores lograron una transición fluida entre el misterio, el humor y la profunda vulnerabilidad de los personajes. En lugar de apoyarse en el terror efectista, la dirección decide poner el foco en el aislamiento emocional del Fantasma, transformando el suspenso en una lección sobre la inclusión y el miedo al rechazo.

Es sabido que La Plaza destaca por la proximidad que ofrece con el espectador y esta puesta en escena exprime esa intimidad al máximo. La recreación de los laberintos de la Ópera de París y sus catacumbas no depende de una escenografía hiperrealista o monumental, sino de un diseño inteligente del espacio. La puesta en escena es dinámica y sumamente lúdica: el escenario muta con rapidez cinematográfica ante nuestros ojos, envolviendo a niños y adultos en una atmósfera envolvente de fantasía puramente artesanal.

El manejo de actores es impecable, permitiendo un balance perfecto entre la comedia ligera y la carga dramática. Martin, quien interpreta al fantasma, entrega una gran interpretación y nos entrega a un ser atormentado, cuya gestualidad y voz transpiran una profunda necesidad de afecto. Por su parte, la Christine de Gil brilla con luz propia, mostrando una evolución orgánica desde la inocencia hasta la valentía de la compasión. El ensamble compuesto por figuras como Padilla, Iglesias y Ostolaza dota a la obra de un ritmo cómico y un soporte escénico brillante.

En torno al diseño del vestuario, necesita una mención aparte. Funciona como el puente estético definitivo entre la época original de la historia y el lenguaje visual contemporáneo de una obra familiar. Es una propuesta rica en colores, texturas y detalles que no solo embellecen la visualidad del escenario, sino que definen la psicología de los personajes. El contraste entre los trajes estructurados del personal de la ópera y la capa andrajosa pero imponente del Fantasma refuerza visualmente la narrativa de la exclusión.

La adaptación a cargo de Vandell es, en última instancia, el mayor acierto de la producción. Reducir las más de dos horas de la composición tradicional a un formato dinámico, sin perder la columna vertebral del relato, ha sido un gran reto. Esta es una puesta conmovedora, estéticamente impecable y éticamente necesaria la cual espero puedan disfrutar mientras se encuentra en temporada.

Javier Bendezú

20 de julio de 2026

Crítica: CARIÑO MALO


Un desafío a los prejuicios desde el humor y la música criolla

Llegamos al centro comercial a la hora en que los clientes salen y las tiendas cierran. La penumbra de la antesala del teatro nos recibe. Parece que estamos convocados en secreto para algo fuera de las normas, acaso prohibido. Ese es el ambiente en el que se desarrolla Cariño Malo.

Nos instalamos frente al estudio de una radio de mediados del siglo pasado. Dos mesas separadas parecen enfrentar el pasado con el presente. En una, los clásicos recursos sonoros de las radionovelas; en la otra, una laptop y otros recursos modernos. Dos micrófonos de pie y tres personajes estrafalarios completan este cuadro.

Empieza la historia. Cariño Malo trata de Silvio, un cuarentón que vive con su mamá y quiere independizarse, trabajar y dejar de ser virgen. Él es homosexual, pero debe ocultarlo para ser seleccionado en la radio de una organización moralista contra el homosexualismo. Lo logra por su voz, fingida y exageradamente varonil. 

Por su parte, Olga, su madre, dominante y posesiva al extremo, lo acusa de ser maricón. Ella, como la radio, representan el poder homofóbico por el cual Silvio vive reprimido.

En la radio conoce a Maxton, falsamente varonil como Silvio y pronto se verán envueltos en una relación en la que Silvio encuentra el placer y la libertad que siempre había deseado. Paralelamente aparece Ernesto, un personaje misterioso que acude a cuidar a la madre en las horas en que Silvio debe estar ausente, pero luego devela una historia que revuelve todo.

Todos estos datos son insuficientes para describir el excelente planteamiento de la obra. Lo farsesco y lo obsceno son elementos fundamentales. Los grandes trajes oscuros e iguales, con hombreras exageradas representan la masculinidad exorbitada. Las descripciones minuciosas pero divertidas de los encuentros sexuales de Silvio con su pareja o de su madre con su cuidador nos conducen a lo obsceno, pero fiel al lenguaje de radioteatro, esas escenas se escuchan y se describen, reiterando que la mente puede construir más que la vista. Para que ese efecto sea posible, el sonido tiene una gran presencia. El apoyo en efectos de sala (Foley) es extraordinario para hacernos “vivir” el relato y lograr un contacto ambiguo entre la historia contada y la realidad. 

Con un maravilloso juego de voces, los tres actores interpretan temas criollos de época (valses y boleros) reinterpretados desde una mirada queer: “Este secreto que tienes conmigo nadie lo sabrá”.

Cariño Malo es provocadora y arriesgada tanto por el tema, que invita a reflexionar sobre los conflictos que enfrenta la comunidad LGTB para vivir el amor, así como por la propuesta escénica y los recursos utilizados. Con esos elementos, el dramaturgo Alejandro Clavier ha logrado una gran radionovela para ser vista y aplaudida por su excelente calidad. Clavier es también uno de actores y lo acompañan Sebastián Stimman y Diego Salinas, con excelentes interpretaciones.

Está en el teatro La Plaza, en funciones de trasnoche (10:30 PM) solo los viernes y sábados de julio.

David Cárdenas (Pepedavid)

20 de julio de 2026

Crítica: ESPASMOS DESPUÉS DEL ADIÓS


Tema interesante que pudo estar mejor desarrollado

Este fin de semana estuve en el Teatro Esencia de Barranco viendo la obra Espasmos después del adiós. La pieza fue escrita por Piere Lugo y dirigida por Marilyn Molina Hijar, y cuenta con las actuaciones del propio Lugo junto a Shari.

Si hablamos del texto, la temática de la obra me pareció bastante interesante, sobre todo el hecho de cerrar ciclos en momentos clave de nuestra vida para poder avanzar con una nueva actitud. Sin embargo, considero que los diálogos presentados representan más una catarsis personal que una estructura dramática sólida. Lo que sí pude ver mientras la obra transcurría es que un par de personas se sintieron tocadas por el texto y es por eso que derramaron varias lágrimas durante la función.

La temática que aquí se presenta, en torno al conflicto del adiós y el duelo amoroso, es un terreno sumamente transitado en la actualidad. Lamentablemente, sentí que le faltaba ese "plus" que hubiera convertido la propuesta en algo más intrigante. Al carecer de giros o picos de intensidad, el montaje cae por momentos en una melancolía plana que estanca el ritmo y termina por desconectar al espectador del drama.

En torno a la dirección, me hubiera gustado que Molina Hijar se involucrara más en su labor. Me habría encantado que motivara a los intérpretes a fluir más con sus emociones y a trabajar la química de la pareja, ya que por momentos se percibían distanciados; a pesar de habitar el mismo espacio físico, daba la impresión de que operaban en galaxias actorales completamente opuestas.

Sobre las actuaciones, puedo decir que, al confundir la contención dramática con la apatía, la rígida e inexpresiva interpretación de Lugo le resta empatía con el espectador. Asimismo, al no encontrar un estímulo real en su compañero, el gran esfuerzo emocioncolal de Shari se vuelve mecánico, transformando su dolor en una afectación forzada por el libreto.

Al hablar de la puesta en escena, la disposición de los actores en un espacio tan pequeño como el del Teatro Esencia se siente forzada y tan fríamente calculada que pareciera buscar una fotografía antes que un tránsito dramático vivo.

Finalmente, con todo lo mencionado, puedo decir que Espasmos después del adiós subestima el drama psicológico al reducirlo a una estampa melancólica, pulcra y superficial. Si me preguntan si la recomendaría, diría que no; aunque la temática de la obra es interesante, uno asiste al teatro esperando preguntas que lo conmuevan o lo incomoden, algo que lamentablemente no se encuentra aquí.

Javier Bendezú

20 de julio de 2026

sábado, 18 de julio de 2026

Crítica: LOS CHISMES DE LAS MUJERES


Donde el chisme también es arte

Hay funciones que recuerdan por qué seguimos yendo al teatro. No únicamente porque cuentan una buena historia, sino porque consiguen que todos sus elementos trabajen en una misma dirección. Los chismes de las mujeres, dirigida por Martín Velásquez y producida por Alumbra, es uno de esos montajes donde resulta evidente que el escenario no se sostiene solo sobre el talento del elenco, sino sobre un trabajo colectivo que entiende que el teatro siempre es un esfuerzo compartido.

Desde el inicio, la producción deja ver un cuidado poco habitual. Aunque la escenografía física es relativamente sencilla, dialoga constantemente con las proyecciones y los escenarios digitales construidos mediante inteligencia artificial. Lejos de sentirse como un recurso accesorio, estas imágenes amplían el espacio escénico y construyen con claridad los distintos ambientes de la obra. La iluminación acompaña esa propuesta con precisión, reforzando la secuencialidad de las escenas y permitiendo que el espectador identifique con naturalidad los cambios de espacio y de tiempo. El resultado es una experiencia visual que invita a permanecer dentro del universo de la obra y facilita una inmersión constante en aquello que ocurre sobre el escenario.

Ese cuidado estético encuentra un aliado en el vestuario. Quienes disfrutamos especialmente de la dirección de arte sabemos que una buena caracterización puede convertirse en una herramienta narrativa tan importante como el propio texto. Aquí sucede exactamente eso. Cada decisión visual contribuye a transportar al público hacia la Italia de Carlo Goldoni sin necesidad de recurrir a explicaciones. La propuesta comprende que ambientar una época no consiste únicamente en vestir a los personajes con trajes antiguos, sino en construir una atmósfera capaz de hacer creíble ese mundo.

Y es precisamente esa atmósfera la que permite que la dramaturgia despliegue toda su fuerza. Goldoni, uno de los grandes representantes de la comedia de costumbres, construye una historia que mantiene viva la acción dramática de principio a fin gracias a un conflicto que nunca deja de avanzar. La adaptación respeta esa esencia y consigue que un texto escrito hace siglos continúe siendo cercano y comprensible para un público contemporáneo. Nunca existe la sensación de estar frente a un clásico inaccesible; por el contrario, la dirección encuentra el equilibrio entre conservar su contexto histórico y hacer que sus personajes sigan resultando profundamente humanos.

El elenco sostiene esa tarea con un nivel interpretativo que merece ser destacado. Más allá de la energía escénica, lo que aparece sobre el escenario es un trabajo actoral sólido, construido desde la escucha, la transformación y el compromiso con los personajes. Se percibe oficio. Se percibe entrenamiento. Y, sobre todo, se percibe una comprensión del ritmo que exige la comedia, donde cada acción y cada réplica necesitan una precisión particular para sostener el humor sin perder la verdad escénica.

Naturalmente, existen pequeños momentos donde algunos intérpretes dejan escapar gestos o respuestas más cercanas a códigos contemporáneos y muy reconocibles dentro de nuestra cotidianidad peruana. En ciertos instantes aparece un movimiento, una inflexión o una actitud que rompe brevemente con la época propuesta. Sin embargo, son detalles mínimos dentro de un trabajo colectivo que, en términos generales, mantiene una notable coherencia y un alto nivel interpretativo.

Hay un aspecto que pocas veces recibe el reconocimiento que merece y que esta producción vuelve imposible ignorar: el trabajo de producción. Con frecuencia se habla del director o del elenco, pero pocas veces se piensa en la producción como una presencia activa dentro del resultado artístico. En Los chismes de las mujeres esa diferencia se siente desde antes de que comience la función. Existe una cercanía, una organización y un cuidado que atraviesan toda la experiencia. No se percibe una división entre quienes producen y quienes actúan; por el contrario, da la impresión de que ambos equipos trabajan como una sola unidad, compartiendo una misma convicción sobre el espectáculo que están ofreciendo. Esa cohesión termina reflejándose inevitablemente en escena.

Quizá esa sea la mayor virtud del montaje. No depende únicamente de un buen texto, ni exclusivamente de un elenco talentoso o de una propuesta visual atractiva. Funciona porque todas esas piezas encuentran un equilibrio poco frecuente. Cada departamento parece comprender cuál es su lugar dentro del conjunto y ninguno intenta imponerse sobre el otro. Esa armonía permite que el espectador haga exactamente lo que espera cuando entra a un teatro: olvidarse por un momento de la realidad y dejarse llevar por la ficción.

Después de asistir a varias producciones donde las buenas intenciones no siempre consiguen traducirse en un resultado escénico sólido, Los chismes de las mujeres devuelve la confianza en el enorme nivel profesional que existe dentro del teatro peruano. Es una obra que merece una temporada extensa, nuevos públicos y, por qué no, un recorrido mucho más amplio por distintos escenarios de la ciudad. Sobre todo, recuerda algo que nunca debería perderse de vista: el teatro alcanza su mejor versión cuando el talento del elenco y el compromiso de la producción dejan de competir para convertirse en un mismo lenguaje.

Naomi Noblecilla

18 de julio de 2026

Crítica: CARMILLA


Una mirada íntima al deseo y la libertad de amar

En su última función en el Club de Teatro de Lima, Carmilla se despidió del escenario con una propuesta que apuesta por la intimidad de los vínculos y por una lectura sensible del amor, el deseo y la identidad. Bajo la dramaturgia y dirección de Susan Pinedo Calderón, la puesta construye un universo donde el conflicto nace de las decisiones afectivas de sus personajes y del encuentro entre aquello que se conoce y aquello que despierta una nueva forma de habitar el mundo.

Uno de los mayores aciertos del montaje es el trabajo interpretativo: Pinedo, Mayte Montalva y Gabriela Artieda sostienen la obra con actuaciones comprometidas y honestas, logrando que las relaciones entre Anna, Laura y Carmilla se desarrollen con naturalidad y profundidad. Cada una encuentra un registro propio sin perder la escucha escénica, permitiendo que los vínculos evolucionen de manera orgánica y que el espectador conecte con los conflictos emocionales de la historia. La propuesta incorpora un lenguaje corporal trabajado por la coreógrafa de movimiento y asistente de arte, María Suárez, cuya intención se percibe como un recurso para expandir el universo emocional de la puesta. Aunque por momentos este lenguaje podría adquirir una mayor definición dentro de la narrativa, aporta imágenes que dialogan con el carácter poético de la obra y la enriquecen.

El ritmo constituye otro de los puntos fuertes de la dirección. La historia avanza con dinamismo y mantiene el interés del público durante toda la función. Si bien algunos cambios de escena resultan breves y podrían beneficiarse de transiciones más pausadas, el flujo general de la puesta consigue sostener la tensión dramática sin perder continuidad.

La propuesta visual funciona con coherencia. La escenografía acompaña el desarrollo de la acción sin sobrecargar el espacio y permite que la atención permanezca en las intérpretes y en las relaciones que construyen. La música, aunque recurre a algunos motivos de manera reiterativa, termina integrándose adecuadamente a la atmósfera del montaje y contribuye a reforzar su identidad.

También es importante reconocer la labor de Valerie Arias, como productora de campo y de Maggie Junco, como asistente de producción, se refleja en una función que transcurre con fluidez y orden, mientras que la asistencia de dirección de Daniela Ortega acompaña la propuesta manteniendo la cohesión entre las distintas áreas del montaje.

Carmilla propone una reflexión sobre la libertad de amar y sobre el proceso de reconocerse a una misma. El desenlace ofrece una sensación de cierre coherente, dejando al espectador con la impresión de haber acompañado un viaje emocional que encuentra una resolución justa para sus personajes. En tiempos en los que el teatro continúa siendo un espacio para abrir preguntas y generar encuentros, Carmilla concluye su temporada como una propuesta construida desde el compromiso de un equipo que entiende la escena como un trabajo colectivo. Su mayor fortaleza reside en el equilibrio entre dirección, interpretación y producción, recordándonos que son precisamente esos esfuerzos compartidos los que permiten que una historia cobre vida frente al público.

Tammy Alfaro

18 de julio de 2026

Crítica: ANTES DE IRNOS PARA SIEMPRE


Decir adiós diciendo hasta pronto

La obra Antes de irnos para siempre, del reconocido grupo teatral Yuyachkani, es una invitación a recorrer la vida artística de grandes creadores que hicieron del teatro una forma de existencia desde su juventud hasta la vejez. Es una reivindicación de la vida del artista cuando el tiempo deja sus huellas: cuando el cuerpo comienza a deteriorarse, los huesos se vuelven más frágiles y las enfermedades empiezan a limitar el movimiento.

Sin embargo, frente a esas adversidades, Yuyachkani encuentra en la vejez una nueva materia de creación. Los artistas vuelven a crear como en sus primeros años, como cuando podían hacer saltimbanquis, desplazarse con libertad y entregar toda la energía del cuerpo al escenario. Porque es justamente ahí donde el teatro encuentra su sentido: en desafiar los límites, en hacerle una pequeña trampa a la muerte, en demostrar que la creación puede mantenerse viva incluso cuando el cuerpo cambia.

La obra nos invita a preguntarnos si todo aquello que hace un artista tiene sentido sabiendo que, al final, llegará la muerte. Y la respuesta que propone Yuyachkani es que sí: el arte encuentra su valor precisamente porque es efímero, porque existe en ese instante compartido con otros y porque permite dejar una huella más allá de la propia existencia.

Antes de irnos para siempre también abre las puertas al universo creativo de sus integrantes. A través de distintos momentos y búsquedas personales, cada artista revela parte de su propio camino, sus lenguajes y sus experiencias, para luego encontrarse en una creación colectiva. Son confesiones de creadores que comparten cómo una obra muchas veces nace desde el caos, desde materiales dispersos y preguntas sin respuestas, hasta que poco a poco ese desorden encuentra una estructura y se convierte en una pieza viva.

El humor aparece como una herramienta fundamental para enfrentar las tragedias de la edad adulta. Yuyachkani se ríe de sus propias limitaciones, transforma las dificultades en juego escénico y reafirma la dimensión social y política que ha acompañado su trayectoria teatral. La música, los instrumentos que forman parte de su identidad, la incorporación de sonidos psicodélicos, los proyectores y los recursos tecnológicos dialogan con su historia y con los nuevos lenguajes del presente. Sobre todo la poética imagen del cementerio en donde todos danzan y se mueven como entes libres. 

Sin duda, Antes de irnos para siempre es una manera de contemplar el arte sin miedo a la muerte. Es recordar que el artista no deja de crear porque el cuerpo ya no sea el mismo; al contrario, encuentra en esas transformaciones nuevas razones para seguir. Porque despedirse no siempre significa terminar: a veces significa decir hasta pronto.

Edu Gutiérrez

18 de julio de 2026

domingo, 12 de julio de 2026

Crítica: LA FELICIDAD DE LAS TÓRTOLAS


La melancolía del desencuentro y el abismo de la incomunicación

El Club de Teatro de Lima, en coproducción institucional con la Universidad Científica del Sur, presenta La felicidad de las tórtolas, una propuesta dramática donde priman la introspección y el conflicto psicológico. Escrita por Ximena Carrera y dirigida por Jorge Gálvez, la obra se configura como un drama que desmitifica los lazos del amor romántico a través del crudo e inevitable desencuentro de una pareja.

La puesta en escena cuenta con las actuaciones de César Rengifo y Carolay Rodríguez. Mientras que el personaje interpretado por Rengifo se configura desde el distanciamiento, como alguien esquivo y no del todo presente en el aquí y el ahora, la interpretación de Rodríguez se convierte en el ancla dramática de la obra, representando la crudeza, el resentimiento acumulado y la necesidad imperiosa de respuestas.

El gran acierto de la dirección radica en haber sabido explotar con maestría la asimetría entre ambos intérpretes. En lugar de jugar a la clásica complementariedad romántica, Rengifo y Rodríguez sostienen un pulso basado en el desencuentro sistemático, donde la fijeza de uno y la evasión del otro tensan la atmósfera de principio a fin.

En el ámbito de la dirección, Gálvez entrega una propuesta madura, conceptualmente coherente y arriesgada. Su visión busca deliberadamente que el conflicto central no se resuelva a través de la acción física, sino mediante la tensión estática, el peso de los silencios y la construcción de una atmósfera psicológica asfixiante.

Tomando en cuenta esta línea artística, la escenografía abandona cualquier pretensión de realismo doméstico para convertirse en un territorio puramente mental y simbólico. De este modo, el espacio escénico se transforma en el reflejo material del deterioro, el aislamiento y la desintegración invisible de los personajes.

Por lo mencionado anteriormente, La felicidad de las tórtolas es una propuesta que, sin duda, recomendaría ver. A lo largo del montaje se evidencia cómo un aparente drama de pareja se transforma en un agudo thriller psicológico y existencial sobre el control, la creación artística y el desamor. La dirección no busca complacer al público, sino incomodarlo y confrontarlo a través de una atmósfera densa y asfixiante, que sumerge al espectador en un viaje sin concesiones comerciales. Es una cita imprescindible para quienes buscan un teatro inteligente, simbólico y de cámara que resuene en la mente mucho después de que se apagan las luces.

Javier Bendezú

12 de julio de 2026

Crítica: CHA CHA CHA


El clown como un puente entre el miedo y la complicidad del público

En Casa Luna Azul, un nuevo espacio teatral dedicado a las artes escénicas en la ciudad de Ica, se presenta Cha Cha Cha, un unipersonal interpretado por Santiago Giraldo y dirigido por Omar del Águila. La obra nos sitúa en un instante tan cotidiano como universal para cualquier artista: los segundos previos a salir al escenario. Mientras la tercera llamada se aproxima, Santi permanece en su camerino enfrentándose a una pregunta que trasciende el teatro: ¿está realmente preparado para salir a escena?

Desde esa premisa, la propuesta construye una experiencia escénica donde el humor, el lenguaje del clown, el uso de la máscara, malabares y la participación activa del público convierten la vulnerabilidad del personaje en el eje dramático del espectáculo.

La puesta en escena se construye por una escenografía minimalista que sitúa al espectador en un camerino, donde se sugiere un espacio elaborado con utilería concreta, más que representado y realista. Cada objeto posee una función dramática concreta y deja de ser únicamente un elemento decorativo para convertirse en extensión del pensamiento y del mundo interno del protagonista. El espacio permite que la atención recaiga sobre el actor y sobre las acciones que construyen su conflicto interno.

La iluminación contribuye a delimitar los distintos estados emocionales del personaje. Aunque algunas transiciones podrían alcanzar una mayor precisión, la propuesta desarrolla atmósferas reconocibles que dialogan con el recorrido emocional y la progresión de los eventos del relato. Destacan especialmente los cambios cromáticos hacia tonalidades rojas, que intensifican los momentos de mayor tensión antes de la salida a escena y ayudan a construir un espacio evocativo, psicológico, emocional concreto. La música acompaña con eficacia el ritmo del espectáculo y se integra orgánicamente al desarrollo de las acciones, reforzando la progresión dramática sin imponerse sobre ella. Sin embargo, el verdadero corazón del montaje reside en la interpretación de Giraldo. Su trabajo parte de los principios del clown: asumir el error, exponerse al ridículo y convertir la fragilidad en una oportunidad de encuentro con el espectador. La ruptura constante de la cuarta pared no aparece como un recurso aislado, sino como la convención que sostiene toda la propuesta. El público deja de ser observador para transformarse en cómplice junto al personaje, acompañándolo en sus dudas, celebrando sus hallazgos e incluso participando activamente en juegos, dinámicas, pequeñas rutinas de magia y momentos de la historia. Esta interacción permanente permite que la realidad y los momentos de ficción dialoguen de manera natural. Cada intervención del público modifica el ritmo de la función y confirma el carácter vivo e irrepetible del acontecimiento teatral. En consecuencia, el conflicto deja de pertenecer únicamente al personaje: también interpela al espectador. 

La dramaturgia mantiene una progresión clara que conduce, paso a paso, hacia el momento decisivo de la tercera llamada. En ese recorrido aparecen el miedo, la inseguridad, la necesidad de aprobación y el deseo de comunicar, emociones que cualquier persona puede reconocer más allá del ámbito artístico.

Por otro lado, la función pone en valor las actividades escénicas de Casa Luna Azul como un nuevo espacio para la creación teatral en Ica. Su objetivo por acoger propuestas artísticas fortalece el sector cultural de la ciudad y abre nuevas posibilidades de encuentro entre artistas y espectadores.

Cha Cha Cha demuestra que el teatro puede surgir de la sencillez cuando la acción, el juego y la honestidad del intérprete sostienen la experiencia escénica. Más que narrar la historia de un actor antes de salir a escena, invita a reconocer los miedos que todos enfrentamos antes de dar un paso importante. Al terminar la función, una pregunta permanece abierta: ¿Qué cambia cuando dejamos de esconder nuestros miedos y nos permitimos habitar nuestra vulnerabilidad? 

Rubén Aquije

12 de julio de 2026

Crítica: LA VIDA EXTRAORDINARIA


La literatura y la amistad como símbolos de lo extraordinario

La exitosa puesta en escena La vida extraordinaria, del dramaturgo argentino Mariano Tenconi Blanco, se estrenó por primera vez en nuestro país, en el Teatro de la Universidad del Pacífico, bajo la dirección y adaptación de Malcolm Malca Vargas. 

En Talara, al norte del Perú, Blanca y Aurora comparten una amistad desde la infancia. A pesar de la distancia, su vínculo inquebrantable se nutre por sus experiencias en el amor, la maternidad, los sueños, las pérdidas y la esperanza de recomenzar. Por medio de cartas, diarios, poemas y memorias, se construye una atmósfera que une la simpleza y complejidad en la vida de dos mujeres, que atraviesan desafíos y experiencias a su manera. Con las solventes actuaciones de Liliana Trujillo y Mónica Sánchez, quienes dotan a sus personajes de matices, y a través de sus intervenciones y los distintos vestuarios, permiten al espectador identificarse con sus alegrías y desventuras. Desenvolviéndose una historia cotidiana, sin grandes acertijos, que apertura el diálogo acerca de lo misterioso del origen de la existencia.

La escenografía combina las proyecciones digitales, una voz en off y construcciones de papel que se tiñen de constelaciones, de cielos, gracias al juego de luces bien integrado al desarrollo de la puesta. Un detalle interesante es la adaptación del lugar donde se sitúa la historia, el norte del Perú, caluroso casi todo el año; en contraposición con el texto original representado en Ushuaia (Argentina), con un clima frío. La música en vivo de Favio Rojas y Raciel Salas aportó el toque de calidez a la propuesta de Malca. 

La vida extraordinaria rescata la plenitud de lo ordinario, encarnado en una amistad, que por medio de la literatura y las experiencias se fortalece, convirtiendo el simple hecho de estar vivo en algo extraordinario, frágil y efímero. Recordándonos el valor de lo que somos capaces de dar, y también lo necesario que es recibir la compañía de una amistad inquebrantable.       

Maria Cristina Mory Cárdenas

12 de julio de 2026

Crítica: ¿LOS HOMBRES SON ESTÚPIDOS?


Cuando el humor desnuda las formas en que aprendimos a amar 

En el Club de Teatro de Lima se presenta ¿Los hombres son estúpidos?, dirigida por Kelly Esquerre y Carlo Mario Pacheco, con producción general de Vianca Campos. A través de tres piezas breves escritas por distintos autores, el montaje explora diversas formas de entender el amor, las relaciones y las contradicciones masculinas y femeninas desde la comedia, el absurdo y el homoerotismo. El resultado es una experiencia dinámica que utiliza el humor para cuestionar aquello que, muchas veces, asumimos como natural dentro de nuestros vínculos.

La primera historia, Qué difícil resulta hablar de amor, escrita por Pacheco, establece desde el inicio una convención clara mediante el uso de la narraturgia. Los propios personajes conducen al espectador por la historia, alternando narración y acción sin ocultar el artificio teatral. La escenografía minimalista, la iluminación cálida y un vestuario que diferencia con claridad las personalidades permiten concentrar la atención en el conflicto y la acción dramática de los protagonistas. En el plano interpretativo, la escucha y la complicidad entre los actores sostienen buena parte del relato. Aunque algunos pasajes presentan dificultades de dicción y ciertos momentos pierden intensidad debido a pausas prolongadas, la obra recupera su fuerza hacia el desenlace gracias a una mejor progresión dramática y a una secuencia final que incrementa eficazmente el conflicto.

La segunda pieza, El Tarot se confunde (¿o tal vez nosotras?), escrita por Esquerre, desarrolla con mayor consistencia su universo escénico. Desde los primeros minutos plantea una crisis clara para sus personajes y construye un ritmo sostenido apoyado por un diseño de iluminación dinámico, efectos sonoros precisos y referencias a la cultura pop que enriquecen el humor sin romper la coherencia de la ficción. Las actuaciones destacan por la escucha permanente y por una construcción orgánica del vínculo entre ambas intérpretes. Aunque algunos pasajes dramatúrgicos podrían fortalecer la progresión del conflicto, la claridad de las acciones y el ritmo escénico permiten que la historia mantenga su eficacia hasta el cierre.

Finalmente se presentó Amore Di Mafia, escrita por Susana Mercado. Desde la iluminación, el vestuario y la composición corporal construye un código claro que dialoga constantemente con el humor. Las variaciones de la gama cromática —especialmente el uso del rojo, azul y morado— acompañan las transiciones y potencian el juego entre violencia, romance y absurdo. El trabajo actoral evidencia un dominio del ritmo, una escucha constante y una construcción física que permite comprender con claridad los vínculos y objetivos de cada personaje. Aunque existen momentos donde algunas intenciones podrían definirse con mayor precisión, la coherencia del código actoral sostiene la propuesta de principio a fin.

En conjunto, el montaje demuestra que el formato breve puede convertirse en un espacio potente para experimentar con distintos lenguajes teatrales sin perder comunicación con el público. La dirección logra articular tres universos independientes bajo una misma mirada: utilizar el humor como herramienta para observar críticamente las relaciones humanas y las decisiones que tomamos en el ámbito amoroso.

Rubén Aquije

12 de julio de 2026

Crítica: NIÑOS SOLDADOS


Dos palabras que jamás deberían ir juntas

Niños Soldados es el apto título del unipersonal protagonizado por Godo Lozano y dirigido por Jorge Villanueva, que recopila testimonios de ex integrantes de la milicia y los teatraliza en un montaje que integra música en vivo, recursos audiovisuales, y el uso intermitente del idioma quechua para dar vida y voz a historias a las que muy pocas veces se les ha dado la relevancia y el peso que merecen. El proyecto, que tiene funciones todos los miércoles en el Teatro Ricardo Blume en Jesús María, cuenta también con el apoyo dramatúrgico de Carla Valdivia, quien con sus palabras ayuda a enlazar estas vivencias y a darles concordancia, coherencia y contexto. Son muchas las mentes creativas detrás de esta propuesta, pero ¿logran realmente unificarse estos testimonios en una pieza teatral conmovedora y cohesiva, o es que su innegable potencia se ve mitigada por la abundancia de ideas y la sobreestimulación a la que somete a su público?

El principal acierto de Niños Soldados es el diálogo que nos invita a tener después de que la función haya terminado. Uno que involucra un tema del que no se habla suficiente, y que está viéndose reflejado en la atormentada salud mental de cientos (¿miles?) de peruanos y peruanas cuyas vidas han sido marcadas por la guerra, por la vida militar, y por la cruel inserción de niños y niñas al ejército. Esta conversación solo surge debido a que este montaje tiene una tesis clara, de la que no se asusta ni por la cual se amilana, y que en líneas generales postula que es una terrible injusticia la que estas personas cuyos testimonios conforman la columna vertebral de la obra han vivido. Y es que, ¿qué podría ser más cruel que arrebatarle por completo la infancia a un niño? ¿Qué podría ser más deleznable que colocar un rifle en sus manos en lugar de un juguete? ¿Qué clase de futuro le espera a alguien forzado a separarse de sus padres y a vivir en medio de conflictos terroristas? Estas son preguntas en las que muchos de nosotros no pensamos jamás ya que no representan nuestra realidad, pero que permean la obra de inicio a fin, apareciendo orgánicamente en nuestros subconscientes conforme esta avanza, y demandando respuestas y explicaciones mucho después de que termina.

El texto en sí representa otro gran acierto, ya que aborda temas controversiales y difíciles como lo castrante, miserable y penosa que puede ser la vida militar de forma frontal y sin tapujos, exponiendo los abusos, discriminación y maltrato que reciben diariamente los cadetes. La obra tampoco es tímida en cuanto a explorar los rezagos y traumas que vivir en carne propia la realidad de la guerra desatan en una persona. Más allá de la dramaturgia, el unipersonal se ve también elevado de sobremanera por un elemento que, bien utilizado, puede tener efectos hiper efectivos: la música. Magali Luque hace más que acompañar el montaje con piezas musicales inéditas. A través de su voz y de sus instrumentos, la talentosa artista construye atmósfera, cala emociones, invita a la reflexión e hilvana momentos de forma hermosa y taciturna. Godo Lozano también aporta desde su trinchera y nos conduce eficientemente a lo largo de toda la pieza con aplomo, entrega y convicción. El montaje no es corto, y es un gran mérito del actor que nunca se vuelva aburrido verlo en escena. Siempre nos está dando algo. Siempre está en acción. Y siempre nos interpela a seguir viendo, por más difícil y duro que sea procesar lo que vemos.

¿Existen aspectos que creo que podrían mejorarse? Sí. Considero, por ejemplo, que el involucramiento del público (hay momentos en los que se rompe la cuarta pared), es innecesario y por momentos ralentiza o entorpece el flujo del montaje. Creo, además, que el manejo de la cámara que registra elementos en vivo que son proyectados en pantalla gigante podría ser más prolijo y su uso más puntual. Siento finalmente que la dirección actoral de Godo podría ir más allá y exigir más de su actor, quien sin duda cumple su labor de forma competente, pero que podría terminar de explotar en escena y de hacernos testigos de su explosión. Más allá de cualquier falencia, sin embargo, recomiendo totalmente ver esta obra. No solo porque los testimonios desplegados aquí son importantes y deben conocerse, sino porque Villanueva ha encontrado una forma muy interesante y altamente sensible de traerlos a la luz, no dejando que el rencor y frustración que suscita oírlos se asienten del todo en nosotros, sino ofreciendo un rayo de luz de esperanza al final del montaje. Ese es para mí el mayor logro de esta puesta teatral. Que a pesar de que hay mucho por denunciar, mucha carga negativa que corroe estos testimonios, también está el valor de la resiliencia, la posibilidad del autodescubrimiento y reconstrucción de uno mismo después del trauma, y la llama de la inocencia perdida, que sorprendentemente sigue alumbrando después de todo. Les quedan dos funciones más, los miércoles 15 y 22 de julio. Vayan. No se arrepentirán. 

Sergio Lescano

12 de julio de 2026

Crítica: HEATHERS, EL MUSICAL


Cuando el teatro confronta la violencia que aprendimos a normalizar

En el auditorio del Colegio de Ingenieros ubicado en Ica, Chaplin - Grupo Cultural presenta Heathers, el Musical, adaptación del reconocido musical inspirado en la película homónima de finales de los años ochenta. El montaje traslada al escenario una historia donde el bullying, la salud mental, las relaciones tóxicas y la necesidad de pertenecer se entrecruzan bajo una estética pop que combina humor negro, música y una mirada crítica sobre las dinámicas sociales que aún persisten en la actualidad.

Desde el inicio, la propuesta construye una composición visual específica y convención clara. La escenografía utiliza plataformas y diferentes niveles para sugerir los múltiples espacios de la historia y estatus, mientras que el vestuario remite con claridad al universo estético de finales de los años ochenta, con la elección de una gama de colores determinada para cada personaje. La composición coreográfica aporta dinamismo y permite organizar los cuerpos en escena con precisión, especialmente en los números grupales, donde el movimiento fortalece la narrativa y acompaña el desarrollo dramático.

El diseño sonoro constituye uno de los pilares del montaje. La partitura musical sostiene el ritmo general de la obra y contribuye a la construcción de las distintas atmósferas emocionales. Aunque se presentan algunos inconvenientes técnicos y, en determinados momentos, la dicción dificulta comprender el texto cantado, estas dificultades no llegan a quebrar la continuidad narrativa. El compromiso vocal del elenco, particularmente en los personajes protagónicos, evidencia un proceso de preparación que permite sostener la intensidad musical durante gran parte de la función.

En contraste, el diseño de iluminación no alcanza la misma consistencia. Existen escenas donde la composición de iluminación está relacionada eficazmente con la dramaturgia y potencia momentos de gran impacto; sin embargo, la construcción narrativa de la luz pierde continuidad a lo largo del espectáculo y no se sostiene con firmeza. Algunas transiciones resultan imprecisas y ciertos cambios cromáticos no terminan de reforzar la evolución de cada momento de la historia, de las escenas ni la progresión dramática del relato.

En el trabajo actoral se percibe un elenco comprometido con la propuesta de dirección. La escucha, el trabajo coral y la energía colectiva sostienen buena parte del montaje, especialmente durante las escenas musicales y las secuencias de humor físico. No obstante, en algunos pasajes las interpretaciones permanecen en registros cercanos al cliché y privilegian la forma sobre la verdad escénica. Esto repercute en la claridad de las acciones y en la construcción de los vínculos entre los personajes, cuya transformación no siempre encuentra un desarrollo suficientemente sólido.

La dramaturgia conserva la relevancia en los temas que hicieron de Heathers un referente del teatro musical contemporáneo. El conflicto principal mantiene vigencia al abordar problemáticas que siguen atravesando la experiencia adolescente: la violencia escolar, la manipulación afectiva, la presión por encajar y las consecuencias del silencio en la colectividad. Sin embargo, la adaptación no siempre consigue que la progresión de los acontecimientos y la evolución de algunos personajes alcancen la profundidad que la historia demanda.

Uno de los aspectos más valiosos de la producción es su apuesta por fortalecer el movimiento teatral en Ica. La inclusión de artistas emergentes durante el intermedio y la decisión de asumir un musical de gran formato evidencian un interés por ampliar las posibilidades de creación escénica en la región y acercar nuevos lenguajes al público local.

En conjunto, Heathers, el Musical confirma que el teatro musical continúa consolidándose como un espacio pertinente para dialogar con un público específico. Aunque el montaje presenta aspectos técnicos y dramatúrgicos susceptibles de mayor precisión, su mayor virtud reside en asumir el riesgo de poner en escena una historia que invita a revisar las formas de violencia que aún permanecen naturalizadas.

Rubén Aquije

12 de julio de 2026

Nuevo aliado: GEEK CLUB CAFÉ


“La primera cafetería gamer del Perú”

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Muchas gracias a Geek Club Café por apoyar nuestro proyecto de crítica y difusión teatral.

Geek Club Café es la primera cafetería y bar temático gamer de Lima, ubicada en Sevilla 550, Pueblo Libre. Funciona como un espacio de entretenimiento donde los aficionados a los videojuegos, el ánime, los cómics y la cultura pop pueden reunirse a jugar, socializar y comer.

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viernes, 10 de julio de 2026

Crítica: NOCHE DE CREADORAS - JULIO


En Casa Bulbo, tres microobras para pensar

En la primera edición de julio de Noche de Creadoras, pude presenciar tres obras que forman parte de su cartelera: Velorios Tour SAC, Los Irresponsables y Antes de irte (de la temporada de junio, pero que tuvo su última función el pasado 1 de julio). Cada una, en su breve duración, logró levantar un mundo completo y dejar una pregunta suspendida en la sala para cada espectador.

La primera obra, Velorios Tour SAC, escrita por Leticia Arbelo y dirigida por Lia Camilo, parte de una premisa tan insólita como macabra. Gla y Bea, dos profesoras jubiladas, organizan tours a velorios con comida y bebida incluidas. Cuando la crisis aprieta y la temporada viene floja de difuntos, toman una decisión desesperada que las lleva mucho más lejos de lo que imaginaban. Pocas veces me he reído tan genuinamente con una comedia corta. Me dejó con intriga, con ganas de saber cómo resolvían finalmente el conflicto que las atañe en ese momento y ver qué venía después. Es una premisa que parece simple y que sin embargo escala hacia resoluciones casi absurdas, y lo interesante es que, dada la extrañeza del punto de partida, esas salidas absurdas terminan por parecer hasta coherentes. La comedia funciona muy bien, porque sus dos personajes comparten mucho entre sí y a la vez son tan distintas en la forma de resolver las situaciones y en sus prioridades. 

Diana Quijano y Magali Bolívar ofrecen actuaciones frescas y naturales que conectaron de inmediato con el público, que respondió con risas durante toda la función y con aplausos al cierre. Bajo su aparente ligereza, la obra deja una pregunta que incomoda:  ¿qué límites morales está uno dispuesto a cruzar cuando la situación misma ya plantea un dilema ético?

Hay que felicitar a las actrices y también a una dirección fantástica. El espacio estuvo bien distribuido, sin desplazamientos que sobraran, y la dinámica entre ambas transmite una complicidad que sostiene todo el relato. La manera en que llevan el texto hace que el espectador se sumerja por completo en la situación.

Los Irresponsables, con dramaturgia de Luca Reátegui y dirección de Malu Gil, cambia por completo el registro. Ha ocurrido un incendio en un pueblo. Hay dos muertos, un detenido y una gobernadora que cree tenerlo todo bajo control. Su asesor, que también es su amante, no está tan seguro de que tengan al verdadero culpable, y esa noche ambos sostienen una conversación que pone en riesgo todo lo que han construido juntos. Aunque no hay nombres directos, queda muy claro que se trata de una crítica bien construida hacia el contexto peruano y latinoamericano actual, hacia esas redes de corrupción tejidas desde el poder. La obra muestra una lucha entre la lógica de izquierda y derecha y la lógica de quienes habitan el día a día frente a la clase poderosa. Aquí ese conflicto se encarna en un matrimonio donde las dos partes no gozan del mismo privilegio, y donde existe un tercero que nunca aparece pero que conduce toda la narrativa. 

Silvana Picco logra transmitir el sadismo y la deshumanización del poder, mientras que Reátegui construye su contraparte. Con todo, queda flotando una duda. Si el caso planteado no hubiera implicado tanto al personaje de Reátegui, ¿aún habría confrontado la situación o se habría sumado al plan sin más? 

La dirección de Malu Gil es excelente. Se perciben con claridad los juegos de poder y cómo estos fluctúan entre ambos personajes para asentarse finalmente en la gobernadora, y se vislumbran, de cierta forma, las dos dimensiones que atraviesan la relación en ese momento: la profesional y la conyugal. Es un drama cargado de complejidad para el poco tiempo que tiene en escena, y se sostiene de una manera que deja a los espectadores enganchados.

Finalmente, Antes de irte, escrita y dirigida por Micaela Valdés y Daniela Zea, está inspirada en las cartas reales entre Mariette Lydis y Erica Marx, y es una historia sobre arte, deseo y la necesidad de inventar un lugar donde poder existir. Debo confesar que amé esta representación sáfica. Esta es una historia de época contada a través de cartas; y, ese recurso resultó ser una estrategia ingeniosa para narrar desde la perspectiva de ambas mujeres. Las cartas se vuelven una ventana de subjetividad sobre lo que sucedió y le dan al público la posibilidad de rellenar con su imaginación los momentos intermedios. Así, la historia se construye tanto desde la obra como desde quienes la miramos, y eso hace que la conexión sea mucho mayor.

Marianne Carassa y Alexa Centurión reflejan la vulnerabilidad de ser una mujer sáfica, tanto en aquel momento como en la actualidad, junto con la sensibilidad y el deseo. Es una historia romántica, pero con una carga política muy fuerte, y deja una pregunta abierta: ¿cómo luchar por un espacio propio para amar en una sociedad que no te lo permite? La dirección es fenomenal. En escena no hay más que las actrices y las proyecciones, y resulta más que suficiente para contar esta historia. El ir y venir constante, las diferencias de proximidad entre ambas..., el movimiento mismo, junto con las cartas, nos mostraba muchísimo sobre su dinámica. Entendíamos lo que sentían y cómo su relación iba evolucionando. Ojalá haya una próxima reposición.

Vistas juntas, las tres microobras dejan la sensación de una noche en la que las creadoras pusieron a mujeres en el centro de la escena para hacerlas atravesar un dilema. El límite moral de una decisión desesperada, la complicidad con el poder y la búsqueda de un lugar donde amar. Tres registros muy distintos, la comedia, el drama político y el romance epistolar, que terminan compartiendo una misma pregunta por aquello que estamos dispuestas a hacer para sostener lo que queremos.

Daniela Ortega

10 de julio de 2026

martes, 7 de julio de 2026

Crítica: BLACKBIRD


La inocencia nos confronta

Una adolescente en un extremo del escenario ensaya notas en su guitarra. A la tercera llamada escapa, para no ser descubierta en su travesura. Con esa sensación de inocencia, Blackbird nos introduce a una realidad caótica de basura esparcida en el espacio en el que trabaja Peter, quien recibe la visita inesperada de Una.

El tema se plantea desde el inicio: Una ha logrado encontrar a Ray, que ahora se llama Peter, con quien, cuando ella tenía 12 años y él 40, tuvo sexo durante tres meses; hasta que él la abandonó y luego de pasar algo más de tres años en prisión por pederastia, desapareció. 15 años después, ha llegado la hora de enfrentarlo y entonces sus recuerdos se aparecen como pesadillas.

La rudeza del encuentro se instala desde el primer momento, pero la discusión no se reduce a increpar la conducta de Ray, sino que el excelente texto de David Harrower desarrolla un proceso argumentativo en el cual ambos buscan su propia verdad: él intenta justificar sus actos y ella busca comprender sus propios sentimientos frente al abuso, que mezcla odio con restos de amor. La búsqueda es una confrontación cuya intensidad no deja de crecer, con leves respiros, en donde fluyen sentimientos confusos, como el apego de la víctima con su abusador. Cuando parece que todo se ha dicho, la victima pasa a un deseo erótico incontrolable por su victimario. El ambiente de desperdicios y la luz que se debilita completan una atmósfera de miseria humana.

A Una le duele cargar con la niña que fue. La ve en una imagen fantasmal por la ventana y se ve ella misma reflejada en la hija de Ray que llega a buscarlo y le aterroriza lo que puede ser nueva realidad de Peter. La imagen que enfrenta a ambos personajes femeninos es impactante.

La violencia no son solo los golpes, insultos u otros agravios evidentes. Puede ser el engaño y el abandono. Para Una, el trauma mayor es el desamor. No fue solo una menor abusada, fue una menor descartada y eso duele más, porque aún siente que entonces estaba enamorada y fue traicionada por Ray. El no niega lo reprochable de su conducta. Fue condenado por pederasta y lo acepta, pero reclama que no es un pedófilo: “Yo no soy uno de ellos”, insiste y como una ratificación de la pureza de su errado amor proclama que Una fue “la única”. Estas confesiones revelan los conflictos emocionales de los personajes sin que ello relativice el carácter abusivo de la relación que los unió por corto tiempo y los condenó por siempre.

El acoso y la violación sexual de menores de edad es un tema de mucha gravedad. La obra denuncia, reflexiona, escarba en la conciencia de ambos, pero no asume una neutralidad cómplice: Ray ha rehecho su vida - ahora como Peter - y pretende haber pagado sus culpas, pero Una responde: “Yo cumplí tu sentencia”. Es que finalmente fue a ella a quien juzgó la familia, los amigos y todos los que la rodeaban, como si ella hubiera sido la culpable de su propia agresión y ese hombre de 40, la víctima de su precoz poder de seducción. 

Magníficas actuaciones de Sergio Paris y Tania López haciéndose cargo de las emociones de los personajes y conduciéndonos por 100 minutos de tensión, reflexión y confrontación casi sin respiro, gracias a la experimentada dirección de Mikhail Page, quien tuvo la genialidad de incluir la participación de Lía Lee, como representación de la inocencia violentada.

Blackbird obtuvo el Premio Laurence Olivier en 2007. Si bien se inspiró en un caso real (un exmarine estadounidense que en 2003 se fugó con una colegiala británica de 12 años, a la que había conocido en un chat de internet), la obra no es una referencia a ese hecho, sino una reflexión sobre el grave problema del abuso sexual infantil.

Merece destacar que la producción de esta obra no solo ha cuidado los asuntos artísticos, sino que además ha contado con el apoyo de profesionales vinculados al delicado tema del acoso sexual infantil, cuyas miradas y precisiones se resumen en el programa de mano: “La obra muestra cómo ese hecho sigue vivo en el presente solo para la víctima”, comenta la socióloga Margiori Machi. Por otro lado, el psicólogo Nicolas Chinchilla señala que Blackbird “nos enfrenta a preguntas difíciles y nos obliga a permanecer en un terreno lleno de contradicciones, donde comprender a los personajes no implica justificar sus actos. Y es precisamente en esa complejidad donde reside gran parte de su fuerza dramática”. Y queda claro que, en nuestra realidad, el consentimiento no existe si la víctima de abuso sexual es menor de 14 años y la pena para Ray habría sido la cadena perpetua.

Excelente obra, que se presenta en el cálido espacio del Teatro de Lucía.

David Cárdenas (Pepedavid)

7 de julio de 2026

lunes, 6 de julio de 2026

Crítica: OKUPA!


Una mirada distinta

OKUPA! es una experiencia de teatro distinta titulada Invasión Escénica en Casa, producida por la asociación cultural La Dramática. En ella, el público recorre los distintos ambientes de una vivienda real en Barranco. mientras descubre dos divertidas historias que se van alternando entre sí.

En esta ocasión, el formato nos permite sentir una mayor cercanía con los intérpretes a través de dos obras muy divertidas. La propuesta nos invita a compartir el espacio físico de los actores; a estar, pero casi sin estar. Sin duda, se trata de una experiencia sumamente interesante.

A este viaje se suman las dos piezas cortas ¿Estoy embarazada? y El fantasma de mi ex, escritas por Mónica Villamonte e interpretadas a escasos centímetros de los asistentes. Ambas historias se desarrollan bajo la dinámica de convivencia de unos roomies. Cada relato transita con fluidez entre la comedia y el drama, sostenido por la madurez y naturalidad del elenco. Los actores demuestran oficio al lograr que las ficciones se sientan frescas y orgánicas, impidiendo que la extrema proximidad del espectador afecte el ritmo de las escenas. Además, la interacción con el público ocurre en el momento exacto, despertando reacciones genuinas y honestas en la audiencia.

Con respecto al espacio escénico, la elección es un acierto rotundo para los objetivos de OKUPA! Transformar un entorno común y cotidiano en un escenario vivo —donde creadores y espectadores comparten la misma atmósfera— resulta una decisión impecable.

En conclusión, OKUPA! es una forma distinta de ver y experimentar el teatro; una vivencia alternativa que todos deberíamos transitar debido a su innegable valor como experiencia escénica.

Javier Gutiérrez

6 de julio de 2026

Crítica: EL DESPERTAR DE LA PRIMAVERA


Despertar o seguir soñando

Spring Awakening o El Despertar de la Primavera es el nombre del musical que Segundo Acto Producciones presentó como cierre de su último taller montaje antes de la pausa que tomará la productora -según lo que el director anunció- al final de la función. Basado en la obra homónima de 1891 escrita por el alemán Frank Wedekind, este musical narra las vicisitudes de un grupo de adolescentes que luchan en contra de la represión sexual impuesta por sus padres y el rigor castrante que caracteriza sus clases mientras que empiezan a experimentar sus primeros enamoramientos, descubrir su propia identidad y alcanzar su despertar sexual. El teatro Aforo XI es la sede de esta puesta que tiene la difícil misión de montar uno de los musicales más entrañables y a la vez controversiales de la historia. ¿Logra el elenco traer todo el pathos que esta historia requiere al escenario, o es que la poca experiencia de algunos miembros del elenco en conjunción con las limitaciones propias de un taller termina por hacer que esta primavera no despierte del todo?

El principal inconveniente de esta puesta musical es muy sencillo y representa un patrón que he empezado a notar en las muestras de los talleres montaje. Y este es que los esfuerzos puestos en las canciones y números musicales no es equivalente a aquellos colocados en el aspecto actoral y, en menor medida en este caso ya que no hay tanta necesidad de coreografías complejas, en el dancístico. En otras palabras, aunque el joven elenco logra brillar durante los momentos cantados gracias a su talento natural y carisma, el producto final en sí sufre al no saber realmente hilar dichos momentos con secuencias textuales logradas. Aterrizando más esta noción, a nivel actoral hay muy poca interiorización de los textos (en muchas ocasiones estos suenan impuestos e inorgánicos), no hay uso correcto de matices (el manejo de texto en general es bastante plano y pobre), y por sobre todas las cosas, no hay verdadera noción de los objetivos y solo una asimilación muy elemental de las circunstancias dadas de cada personaje. Básicamente, tenemos aquí a un elenco que ha recibido un texto que se los ha comido, y que no han podido realmente aprovechar. Y es que por supuesto, al no haber un entendimiento claro de la acción dramática que atraviesa toda la obra, esta no despega bien, y cuando llegan los momentos más álgidos y pivotales de la trama, estos resultan injustificados, gratuitos y abruptos. 

Lejos de querer desmerecer el trabajo puesto en este montaje, lo que pretendo es intentar entender el origen de sus falencias. Primero que nada, como ya he mencionado, esta escenificación no es un montaje profesional sino el resultado de un proceso de taller. Esto significa que algunos miembros del elenco son personas sin ninguna experiencia en escena. Más aún, al no haber pasado por un proceso completo de estudio y entrenamiento de una verdadera técnica actoral, su desempeño dista mucho de aquel que tendría uno que sí conoce y ha entrenado su técnica. Finalmente, creo que existe (en este y en muchos elencos de talleres de montaje musicales) un grado particular de fanatismo que no me parece malo en sí, pero que en un nivel tan alto irónicamente puede llegar a ser contraproducente. Desde mi perspectiva, muchos de estos muchachos y muchachas admiran tanto y se sienten tan identificados con la parte vocal de estos musicales que ingresan a estos talleres precisamente para poder interpretar estas canciones que tanto aman, otorgándoles poco o nulo interés a los momentos no musicalizados de estas obras, casi como si estos fueran el relleno, o la excusa para llegar a cada canción. Insisto, gustar de y admirar los musicales no tiene nada de malo en sí mismo, pero es clave darse cuenta de que existe una diferencia muy grande entre mostrar tu fanatismo por algo, y profesionalizarte en un rubro tan complejo y demandante como lo es el teatro musical, que en su nivel más alto implica el dominar no una, sino tres disciplinas artísticas, lo cual únicamente ocurrirá con años de entrenamiento, práctica y experiencia.

Quizá ese sea el verdadero despertar que debe ocurrir en aquellos que deseen continuar en este camino: entender que, aunque los talleres montaje ofrecen un primer acercamiento a este tipo de teatro y permiten experimentar estas piezas musicales desde el escenario, estos no son suficientes para desarrollar y perfeccionar la técnica vocal, actoral y dancística. Es solo comprendiendo esto que estos nuevos artistas podrán, si así lo desean, florecer como intérpretes y pasar de producciones amateur a producciones profesionales. Potencial tienen. Solo les falta despertar.  

Sergio Lescano

6 de julio de 2026