sábado, 7 de marzo de 2026

Crítica: LAS VECES QUE NO (TE) DIJE TE QUIERO


Silencio heredado

Las veces que no (te) dije te quiero, escrita por Mario Zanatta y dirigida por Renato Piaggio, es una obra que habla de algo muy sencillo y muy difícil a la vez: decir “te quiero”. Así, sin adornos, sin vueltas. Habla de todo lo que pasa después, cuando no se sabe decir a tiempo.

La historia reúne a tres generaciones: abuelo, padre e hijo. Lo interesante no es solo lo que se dice, sino cómo la obra juega con el tiempo. No avanza en línea recta. Va al pasado y vuelve al presente casi sin avisar. Los personajes cambian de edad y con eso, de actitud y forma frente a nosotros y entendemos que lo que vemos ahora tiene raíces muy atrás. Ese juego de tiempos hace que la historia no se sienta pesada, sino viva. Nos permite ver cómo los mismos silencios se repiten, y cómo lo que no se resolvió antes aparece después, como eco. Hay un círculo invisible en la vida familiar de estos tres personajes.

El recurso funciona porque no es complicado ni forzado. Los cambios son fluidos. El pasado no está lejos: está ahí, respirando en el mismo espacio. Y eso duele un poco, porque deja claro que las heridas familiares no desaparecen solas. Se heredan. Y duele también porque es casi imposible no ver un reflejo de la vida misma, de la nuestra.

En escena destaca con mucha fuerza Carlos Victoria, primer actor peruano, cuya presencia se siente desde que pisa ingresa al escenario. No necesita exagerar nada. Trabaja desde la pausa, desde la mirada, desde el silencio. Hay algo muy honesto en su actuación. Logra que entendamos a su personaje incluso cuando no habla, o cuando pasa de una emoción a otra con naturalidad. Su experiencia se nota, pero no pesa: suma. Es un punto de equilibrio para la obra.

Junto a él están David Carrillo y Sergio Armasgo. Carrillo sostiene con firmeza el rol intermedio, ese padre que está atrapado entre lo que recibió y lo que no sabe cómo dar. Y Armasgo, el menor del elenco, aporta una energía distinta: más vulnerable, más directa. Su personaje carga con la frustración de querer romper el ciclo y no saber cómo hacerlo. De ser adulto cuando aún no lo es tanto. Tiene una presencia sensible, contenida, que conecta rápido con el público. Se siente genuino, y eso le da frescura al montaje.

Además, verla en el Teatro de Lucía es un acierto. Es un espacio pequeño, acogedor, cercano. No hay distancia entre el público y los actores. Eso hace que cada silencio se sienta más fuerte y cada palabra tenga más peso. Es el tipo de teatro perfecto para una historia íntima, donde lo importante está en los detalles.

En esta obra todo sucede como debe suceder, por lo que no se dijo, pero también por lo que no se supo decir bien. No busca solucionar nada, pero sí, quizás, que pensemos en lo que podríamos decir a tiempo. Y tal vez, después de verla, tengamos un poco más de ganas o de valor para decirlo. O quizás también, para pedir que nos digan. 

Cristina Soto Arce

8 de marzo de 2026

Crítica: NOCHE DE CREADORAS


Distintas disciplinas artísticas convergen en un solo lugar

Todos los miércoles, Casa Bulbo, ubicada en pleno corazón de Barranco, es sede de la Noche de creadoras, plataforma artística multidisciplinaria iniciada por Jennifer Aguirre Woytkowski, gestora cultural formada en Buenos Aires, quien apuesta por juntar distintos espectáculos artísticos, todos en formato breve, en un recorrido ágil y dinámico que mezcla música en vivo, teatro, performance, poesía, etc., todo en un ambiente de fiesta bohemio típicamente barranquino. El lugar y la atmósfera prometen mucho, y de arranque se percibe la buena vibra desde que uno entra al espacio. Pero, ¿son las microobras de este mes opciones realmente recomendables, o actúan más que nada como telón de fondo de una experiencia más de vida nocturna en Barranco? 

Es muy grato constatar cómo, en las manos de artistas consolidados, el material teatral de formato breve puede alcanzar estándares de calidad tan altos. Mi madre y el mar, escrita y dirigida por la misma Aguirre, es un unipersonal en el que una mujer, interpretada por Mar Balarezo, nos lleva a través de una especie de crónica interpretativa en la que nos cuenta la historia del origen de su madre. En un lenguaje cotidiano, pero profundo a la vez, la mujer nos brinda detalles sobre la vida de su madre, de su abuela, y de ella misma. El texto es muy confesional, sumamente íntimo, y siempre interesante. Pero no basta un texto bien escrito para hacer que un espectáculo sea memorable. Afortunadamente, en Mar, el texto encuentra una actriz en completo control de su técnica. Fue fascinante ver el aplomo y sobre todo la sensibilidad con la que la intérprete llevó a cabo toda la obra. Aquí el texto estaba plenamente interiorizado, y más allá de eso, la actriz aprovechó cada palabra del mismo para transmitir algo distinto. Y cuando no había texto, usaba el silencio para seguir contándonos la historia de una mujer que estuvo siempre en búsqueda de su libertad. Una mujer que, como el mar, es inestable e impredecible, y cuya influencia en su hija es inmensurable. No sé si la autora ha leído o visto Tres historias del mar, obra de la reconocida dramaturga peruana Mariana de Althaus, pero sea cual sea el caso, es cautivante ver cómo ambos textos se reflejan y se conectan muchísimo entre sí, evidenciando que los artistas estamos siendo constantemente influenciados los unos por los otros, ya sea directa o indirectamente. 

La pared, escrita y dirigida por Daniel Riglos, tiene un tono totalmente distinto al de Mi madre y el mar. Mientras que esta última puesta en mención es una contemplación romántica de la vida e influencia de una madre sobre una hija, La pared apuesta por un texto mucho más cómico, absurdo, y autorreferencial. Esta vez tenemos a dos personajes (dos amigas de antaño) interpretados por Lía Camilo y Anaí Padilla, quienes se encuentran ante una obra de arte muy polarizante que las obliga a enfrentar sus visiones del mundo. Lejos de ser un texto aleccionador y elitista que busca realzar el valor del arte conceptual, Riglos logra encontrar el humor precisamente en lo controversial de este tipo de obras (piénsese en el plátano colgado con cinta adhesiva del artista italiano Maurizio Cattelan que terminó siendo vendido por nada menos que $ 120.000 USD). Pero no contento con esto, Riglos va más allá y propone una convención en la que uno de los personajes se da cuenta de que está en una obra de teatro. Es justamente aquí donde el montaje encuentra su mayor virtud: la autorreferencialidad. Las amigas hablan de conflictos teatrales irresolutos, hacen mención del espacio y quehacer teatral, se burlan de las características propias del microteatro, todo en un tono sardónico hilarante e inteligente. La obra encuentra en Anaí y Lía, dos pilares muy sólidos en los que los textos brillan, los chistes aterrizan, y las reflexiones calan. Esta microobra comprueba que el llamado “humor meta” no es exclusivo del cine y que puede funcionar tranquilamente también en las tablas. 

Finalmente, Escuchamos, pero no juzgamos, escrita y dirigida por Alberick García, es probablemente el momento más denso de la noche, sin que esto signifique algo negativo. Más bien, todo lo contrario. El reconocido artista nos propone una situación a límite en la que cuatro amigos se disponen a jugar a contarse lo peor que han hecho en la vida, bajo la prerrogativa de que se escucharán mas no se juzgarán. El concepto es simple, pero prueba ser más turbio de lo que nadie espera cuando las confesiones saltan de lo bizarro a lo letal. ¿De qué somos capaces los seres humanos? ¿Qué es aquello que hemos hecho que no podríamos contar a nadie? ¿Nuestros amigos seguirían siendo nuestros amigos si se enteraran de lo que fueron nuestros peores momentos? El montaje transita a través de estas preguntas, y conforme las situaciones contadas por los protagonistas van escalando en intensidad y dramatismo, el desenlace nos cae como un baldazo de agua fría, duro y chocante. Además de la dramaturgia, que está llena de tensión, es también notable aquí el trabajo de dirección de actores. No solo a nivel de movimiento (es la única de las obras que apuesta por el formato 360°), sino a nivel de manejo de texto. Hay plena interiorización de las circunstancias dadas, mucha convicción en todos los actores, particularmente en Ray Apaza, quien tiene un monólogo visceral logradísimo, y, sobre todo, existe verosimilitud, que es clave para que el teatro contemporáneo funcione. 

Salí sumamente contento de la Noche de creadoras. El ambiente es un gran plus, pero fue la calidad de los productos artísticos que tiene su cartelera lo que realmente terminó por hacerme la noche. Tres microobras abismalmente distintas entre sí. Tres textos contemporáneos impactantes y que invitan a la reflexión. Siete actores cuya técnica nos recuerda el verdadero poder que tiene la actuación cuando realizada de forma correcta y profesional. Un bar con carta variada, buena música, y un ambiente en el que se respira arte. Más no se le puede pedir a una noche barranquina. Altamente recomendado. Vayan. No se arrepentirán.

Sergio Lescano

7 de marzo de 2026

Crítica: ¿QUIÉN ES EL PRESIDENTE?


Un presidente, un doble y muchos hilos de poder

En el Centro Cultural CAFAE-SE se presentó la obra ¿Quién es el presidente?, escrita y dirigida por Paco Varela, quien también actúa junto a Caroll Chiara, Carlos Thornton, Luciana Vidaurre, Pau Simons y Betto Gómez.

Considerada una sátira política vinculada al contexto peruano actual, la obra expone la lucha por el poder y los conflictos familiares y humanos que se esconden detrás del escenario político. La historia presenta a un presidente que es reemplazado por un doble que supuestamente puede ser controlado; sin embargo, los verdaderos hilos del poder son manejados por otras personas, convirtiendo la situación en un juego realmente peligroso.

Si bien se utiliza el humor ácido para exponer todo lo que se encuentra en el ambiente político, lo más relevante fue ver al público pasar de la risa al nerviosismo o a la tensión frente a las diversas situaciones que se desarrollan en la obra.

Resalta, además, la química del elenco al momento de interpretar a cada uno de los personajes y el ritmo que logran para mantener activa la puesta en escena. La historia se entiende con facilidad, en parte porque está cargada de referencias a la política actual y porque varios de los personajes recuerdan bastante a figuras que hoy vemos en el escenario político. Se percibe la energía de los actores; sin embargo, algunos de ellos terminan sintiéndose más como caricaturas que como construcciones sólidas.

El texto funciona porque presenta situaciones fácilmente reconocibles. No obstante, varias de las bromas resultan previsibles, ya que apelan a recursos bastante comunes dentro de este tipo de sátira. Se nota que no se trata de una puesta especialmente ambiciosa: cumple con lo que se propone, pero sin mayores riesgos. La dirección parece concentrarse principalmente en las actuaciones y en el ritmo que el elenco imprime a la obra.

Aun así, al abordar temas actuales, la propuesta consigue entretener gracias al cuestionamiento que plantea. El público termina riendo, pero también reflexionando sobre quién es realmente la persona que gobierna, ya sea dentro de la ficción o en el propio país. En ese sentido, la obra invita a pensar en las redes de poder que operan detrás del sistema político.

Javier Bendezú

7 de marzo de 2026

miércoles, 4 de marzo de 2026

Crítica: RAYUELA


El teatro y la vida como una rayuela 

El camino para comprender a Cortázar puede parecer un poco intrincado, pero el grupo “La cuarta pared” se ha propuesto ofrecer una guía teatral por la famosa novela del escritor. Con su proyecto, a lo largo de casi dos horas nos volvemos mitad lectores y mitad espectadores de una de las narraciones más caóticas y poéticas de la literatura argentina. La historia, que podemos adivinar se desarrolla entre París y Buenos Aires, sigue a Horacio Oliveira, nuestro héroe existencialista, que pasea por los lugares donde alguna vez estuvo con su amante. La relación de ambos es apasionada, pero dispar: ella, descrita como emotiva e ingenua, contrasta con la personalidad de él, analítico y distante. Aunque la puesta en escena se centra en su vínculo, se van sumando personajes y situaciones tragicómicas que hacen muy entretenido el espectáculo.

Guillermo Ale y Horacio Rafart son nuestros extraordinarios actores y adaptadores de la novela a la dramaturgia; tal salto, desde la narrativa a la representación teatral, les brinda un espacio para plantear su perspectiva original de la obra literaria. A través de sus ojos, nos enfocamos en aspectos que orbitan la propuesta, a partir de la posibilidad del amor, el influjo de la política, la importancia del capital cultural, el arraigo por la tierra natal y una melancolía que lo atraviesa todo. Por medio de estos temas, la conexión con el público se entabla de una u otra manera, vinculándonos emocionalmente al encontrar experiencias comunes aún en lo que parece literatura elevada y compleja; esta es una de las mayores virtudes que encuentro en su obra. 

Finalmente, quiero resaltar el trabajo de escenografía, con su mobiliario inspirado en el arte de la palabra. El uso de elementos como la escalera o maleta se cargan igual de símbolos y nos llevan a pensar en las posibilidades de cambio y la libertad. En cuanto al vestuario, este también está marcado por el oficio del escritor y su contexto. Además, el trabajo con los tonos de luces y proyecciones generan un ambiente onírico, en cuya sombra se asoman los recuerdos y sentimientos. En conjunto, la producción es de una gran calidad y evidencia un profundo aprecio por la fuente de la que parte. Por ello, nos complace recomendar esta obra a nuestros lectores, esperando que puedan asistir a sus funciones, además de otros proyectos de “La cuarta pared”. Quedamos atentos de sus futuras presentaciones, contentos de ver que igual tienen bastante acogida y pensando que ello permitirá más adaptaciones, muy valiosas, desde los libros al teatro. 

La emblemática obra de Cortázar se ve reflejada en la puesta con un espíritu literario y en una estética que nos acerca al mundo particular de uno de los máximos escritores del siglo XX.

Jimena Muñoz

4 de marzo de 2026

lunes, 2 de marzo de 2026

Crítica: OJOS BONITOS, CUADROS FEOS


Puente entre el recuerdo y el ahora

La tensión se mantiene de inicio a fin: el desarrollo del personaje del joven enamorado es llamativo, la presencia y la ausencia de la joven juega con nuestra imaginación y su energía deambulando por el espacio es poética. Los textos encuentran solvencia al ser expuestos, los tres personajes se complementan, la música apoya. Me llamó mucho la atención los trazos, mientras los artistas van interpretando, el personaje mujer va realizando algunos trazos como si nombrará lo que sucede en el lugar. El juego de luces y la música ha sido elegida adecuadamente.

Dibuja como si la música flotara en el aire, una mujer realiza trazos en un lienzo, el sonido invade la habitación, al parecer hay algo extraño en su presencia, es largo el momento de espera. Hasta que por fin ingresan los otros dos personajes, resulta que ella parece no existir o parece estar presente desde otra naturaleza. Se va desarrollando una conversación, es fría aún, la cadencia adormece mis sentidos, la conversación empieza en un ritmo cero, hay algo medio forzado, hasta que vamos entendiendo cuál es la naturaleza del hilo conductor. 

La mujer no está, funciona como un recuerdo, su cuerpo es etéreo se conecta con el pasado y con el presente, es un puente entre el recuerdo y el ahora; sin embargo el hecho de que no abandone el espacio aporta una sensación muy particular. Aparte ella es bella, sutil en su presencia, retadora en la mirada. “Un recuerdo fuerte no me deja avanzar”, presagia el joven nervioso; “ella no me abandona ni siquiera al pensar, pero ahora te enfrento, porque esto puedo acabar”, el joven ha buscado al otro personaje por alguna razón, “mis palabras como un dardo a tu cien voy a apuntar.”

Los dos hombres que están en la sala van avanzando en tensión, las insinuaciones primeras parecen algo al azar, hasta que los hilos se van conectando. Resulta que uno de ellos es crítico de arte y el más joven al parecer es un desamparado, alguien que busca algo, que ha ennegrecido su mirada por un acontecimiento fortuito. Los artistas van creciendo en intención, se genera una atmósfera, el diálogo aumenta en interés, hasta que por fin hay un salto temporal. Los cuerpos ocupan el mismo espacio, pero la energía permite que viajemos hacia otros lados, nadie sale del lugar, todos comparten el mismo lugar; el joven es el nexo, como un médium, como un ente sobrenatural, mira hacia un lado y mira hacia el otro, nos explica desde el retorno por qué está ahí. Su corazón le duele, algo que amó con mucha fuerza lo ha dejado y él busca un culpable, su entendimiento trastornado apunta hacia el crítico, pero es el verdadero culpable o solo es el delirio lo que lo lleva hasta ahí.

Por fin se logra dilucidar qué es lo que está pasando: el joven busca una venganza, porque cree que el crítico de arte ha sido muy cruel con su novia y es por eso que ella se ha suicidado. Los momentos se van aclarando y descubrimos que ella admiraba al crítico, que por cierto había caído en la astucia del joven desesperado a través de insinuaciones y miradas seductoras. Le parecía atractivo, le gustaba y por eso permitió que ingresara a su casa, pero no sabía que ese muchacho tenía otra intención, algo descabellada y quizá sin sentido, pero así es la vida y el teatro intenta parecerse a ella. 

Entonces, los dos hombres que aparecen en escena y dialogan se enfrentan sin que uno sepa lo que le depara, uno es crítico de arte y el otro es un desamparado, se encontraron en una exposición se hicieron miradas y el crítico accedió a salir fuera del local, rumbo a su casa con el joven desamparado. Finalmente, cuando ya estamos entendiendo lo que pasa y vamos comprendiendo las interacciones, la mujer cobra prevalencia y su presencia hasta ese momento etérea e ilustrativa, empieza a disipar la niebla para mostrarnos que en un momento fue novia del desdichado, pero al final terminó separándose de él. Sin embargo, antes de que esto sucediera estuvieron juntos cuando ella realizó una exposición de sus cuadros y el tan anhelado crítico la calificó como ojos bonitos y cuadros feos, generando un desmoronamiento interno dentro de ella.

En este mundo tan fragmentado es necesario hacer algo por nosotros, es importante la empatía y el respeto hacia el otro; pero la luz es como una vela que tú la prendes por tu cuenta y de la misma manera cuidas que la mecha no se apague por los soplidos mirones de los demás, así permaneces cuidando tu vela, tu luz, y lo demás deja de existir porque todo es mediático. Todo se “basuriza”, todo se anula, menos el sentimiento personal de trascendencia.

Moisés Aurazo

2 de marzo de 2026

Crítica: LA NIÑITA QUERIDA


Una sátira de las falsas expectativas 

Los alumnos del octavo ciclo de la Especialidad de Teatro de la Facultad de Artes Escénicas de la PUCP, presentaron una breve temporada de la obra La niñita querida, del dramaturgo cubano Virgilio Piñera, bajo la dirección de Alfonso Santistevan, en el Teatro Ricardo Blume. 

Es la primera vez que la narrativa de Piñera se realiza en el Perú, la misma que sitúa su conflicto en el ritual simbólico de los quince años, un momento transitorio que se convierte en un espacio de confrontación. La protagonista, una adolescente a puertas de celebrar su cumpleaños, decide rebelarse contra un destino diseñado por su familia, donde la figura materna es implacable en cuanto a sus deseos para la “niñita querida”.  El novel elenco conformado por Ariadna Callihuanca, Dayjhan Trujillo, María Rubio, Miluscka Coronado, Munaytica Dávila, Christine Lemus, Mick Jack Gónzales, Ximena Villacorta, Kelly Neira, Camila Barrantes, Daritza Guerovich, Luis Jaime Cisneros y Ariana Valdivia, destacó por su sostenida interpretación tanto a nivel individual como colectivo. Con una partitura física y vocal exigente –cargada de ironía e ingenuidad aparente- aunada a la caracterización y el vestuario, que reforzó la dimensión del absurdo que propone el autor, en el que las normas sociales son una herencia alimentada por la costumbre y el miedo al qué dirán. Así, los intérpretes trabajaron sobre la exageración y la repetición como recursos propios de la farsa. Esta elección no solo generó momentos de humor incisivo, sino que permitió revelar el trasfondo opresivo que sostiene la dinámica familiar.

Por otro lado, la escenografía en tonos rosas, con adornos y utilería que recrea la atmósfera de un quinceañero clásico, además de otros elementos como los instrumentos musicales, favorecieron el desarrollo del conflicto y permitieron que la atención se centrara en la interacción de los personajes. Sin duda, la mirada de Santistevan, evidenció un acompañamiento pedagógico, junto a la asistencia de Daniela Trucíos, logrando unir la crítica a las convenciones establecidas sin perder la vitalidad lúdica de la puesta.   

La niñita querida es una obra que reafirma la potencia de la narrativa de Piñera, como herramienta de cuestionamiento social. Asumiendo con claridad los códigos de la farsa y del teatro del absurdo, resaltando la vigencia crítica de la historia y su punzante cuestionamiento a la autoridad familiar y los mandatos sociales. Finalmente, este montaje no solo reveló el proceso de formación de los estudiantes, sino también su capacidad para afrontar un repertorio complejo y ágil, poniendo en la palestra una reflexión acerca de las falsas expectativas familiares y la rebeldía como un gesto de identidad. 

Maria Cristina Mory Cárdenas

2 de marzo de 2026

Crítica: REALISMO REAL


Metateatralidad para reflexionar

Jugar a lo real dentro y fuera del teatro, interceptar la ficción con elementos de la realidad, es una interesante perspectiva. La obra se confunde con lo real y con lo imaginario, se incluye al público de forma espontánea, hay una metateatralidad que nos permite entender y reflexionar muchas cosas. El juego rítmico a través del humor también es peculiar; siempre he sido de los que prefieren el humor para hacer pensar, me gusta cómo lo que da risa puede ser cruel o lo que se está mostrando es una manifestación complicada. Pero el humor permite que la mente disocie y la capacidad cognitiva y específicamente la de reflexión se encuentre en aprietos, es como si se bajara la guardia desde la risa y ¡pum! ingresa lo complicado… el drama. 

Realismo real me parece una buena obra por lo impredecible de su narrativa y por la participación constante del público; mantenernos en alerta es un buen anclaje y el desarrollo de los personajes va tomando poder a medida que la historia se cuenta. Las interpretaciones son buenas, hay peso escénico, naturalidad y una chispa adecuada que permite conectividad con los espectadores.

La obra trascurre de forma directa, no hay momentos de pausa, se genera incomodidad cuando se rompe la cuarta pared y estos momentos son geniales desde un punto de vista artístico. El arte no solo como comodidad espectacular, sino también como un momento donde no sabes qué pasa y no solo se vive la historia también se vive la experiencia de sentir, de estar preocupado por lo que sucede; tal vez nada es nuevo bajo el sol, pero la forma que presentas las cosas siempre le dará un toque de originalidad a tus propuestas.

El personaje principal desarrolla su carácter paulatinamente, se siente una carga emocional profunda y los saltos de tiempo y de composición que realiza están bien manejados, la forma en que dice el diálogo es directa, envuelta en gracia, pero ataca directamente apunta un problema, descubres que hay algo malo, algo que no cuadra. Los compañeros de escena, si bien es cierto no mantienen un espacio tenso o dramático, permiten que la sensación sea diferente porque como mencione en un momento lo gracioso es original al presentar el drama. En ese sentido, el grupo funcionó adecuadamente, son buenos momentos, buenos tiempos y muchos aspectos que reflexionar sobre la salud mental.

Moises Aurazo

2 de marzo de 2026

domingo, 1 de marzo de 2026

Crítica: FE DE RATAS


El tiempo, a veces, pasa factura

Resulta evidente que muchos de los problemas que deben enfrentar los jóvenes y adolescentes han cambiado a lo largo de los años, de manera muy significativa, por ejemplo, entre la década del 2000 y la presente del 2020. Momentos justos en los que se llevaron a cabo el estreno (2009) y además, la última reposición en el presente año de la pieza Fe de ratas de Diego La Hoz, retrato urbano de la violenta realidad que experimenta un trío de jóvenes en una azotea. En estos casi veinte años que separan ambas puestas en escena, estreno y reposición, las evoluciones son evidentes y enormes: los cuadros de ansiedad y depresión no solo siguen siendo experimentados, sino que ahora también son detectados y asumidos como tales por los mismos jóvenes; el acceso a las redes sociales, con el uso masivo de celulares e internet, ha cambiado profundamente la interacción de esta población vulnerable y cómo se (de)forman sus identidades sociales; y por supuesto, la pandemia de COVID-19 que afectó para siempre nuestras vidas y especialmente las de ellos con sus familias, generando aislamiento, ataques de pánico y estrés.

Esta breve introducción viene a colación debido al impacto tan distinto que percibió quien escribe, al comparar otro reciente montaje del colectivo Espacio Libre y escrito por el mismo La Hoz, Cuando el día viene mudo (2024), con la última temporada de Fe de ratas. La primera en mención, estrenada por primera vez en 2006 (antes incluso que Fe de ratas), mantuvo todavía su encanto y su relevancia, debido en buena parte a la atemporalidad y universalidad de las relaciones sentimentales y los amores no correspondidos, así se presenten en medio de un espacio "vintage" repleto de libros en físico. No puedo afirmar haber sentido lo mismo con Fe de ratas en el Teatro Esencia: acaso el tiempo, que avanza de manera tan despiadada en los últimos años, le juegue en contra a la siempre disfrutable dramaturgia de La Hoz, específicamente para la obra en cuestión, cuando aborda historias de jóvenes desencantados con la vida y que planean huir de sus duras realidades. Sus motivaciones, sus acciones y sus destinos no parecen pertenecer ya a esta época, sino a una muy lejana o hasta ubicada en el campo de lo surreal o utópico. 

Pero estos son solo detalles muy subjetivos que nadie tiene por qué compartir, pues el siempre interesante La Hoz nunca decepciona con sus puestas en escena: pulcras, precisas en su ejecución y con ese toque de lirismo que le impregna a todas sus exploraciones teatrales. El íntimo espacio de Barranco es acondicionado con mínimos elementos y la carga dramática es encomendada al trío de jóvenes actores, integrado por Diego Gallese, Mauno Hurtado y Lucciano Murúa, quienes defienden sus personajes con entrega y carisma. Esta visión de una sociedad enferma, ahogada en violencia, desesperanza y sin visos de cambio, encuentra un coherente final simbólico, con los jóvenes absorbidos por el sistema represor.

El universo masculino que propone ahora La Hoz en Fe de ratas, uno partido en desilusiones, agobiado por problemas familiares y roto por desconfianzas y recelos, se hace creíble. Lejano en estos tiempos, pero creíble.

Sergio Velarde

1º de marzo de 2026

sábado, 28 de febrero de 2026

Crítica: UNA OBRA PARA QUIENES VIVEN EN TIEMPOS DE EXTINCIÓN


Antes que nos extingamos

Una obra para quienes viven en tiempos de extinción es una pieza teatral que sorprende, en primer lugar, por el alocado discurso del personaje que se presenta como dramaturga, pero se desempeña como una entretenida y locuaz expositora que realiza una minuciosa explicación (aunque en realidad es un apretado resumen) sobre las cinco extinciones masivas que ha sufrido este planeta y sobre la que vivimos actualmente (¿por nuestra culpa?) como habitantes del mundo.

El incidente que motiva el monólogo (ante la inasistencia de las dos actrices, la dramaturga tiene que hacerse cargo de la función) es solo un pretexto - que rápidamente olvidamos - para introducirnos en una propuesta escénica que combina el relato con la performance, en la que la “maestra-dramaturga” hace intervenir activamente al público, como cuando asistimos a una fiesta infantil y la animadora introduce a los asistentes a algún concurso que parece inventar en ese mismo momento. La potencia de este recurso se manifiesta en la manera sutil en que estas traviesas intervenciones se convierten en reflexiones conforme nos acercamos al presente y mencionamos por su nombre algunos efectos de la nueva extinción, que solo conocíamos como “cambio climático” y parecía lejano y así nos hacemos responsables de los resultados.

Para lograr ese eficaz ejercicio reflexivo hace falta un personaje muy humano y vital, como es la “dramaturga/maestra” que interpreta Fiorella Pennano, en una de sus más radiantes trabajos actorales y, por supuesto, la dirección de Norma Martínez, que se la juega entera por poner en escena obras que reflejen su mirada del mundo actual. En este caso, la obra es una adaptación del texto de la dramaturga estadounidense Miranda Rose Hall. Esta dramaturga presentó el año 2025 Una obra para los vivos en tiempos de extinción, que trata de un dramaturgo improvisado que intenta contar una historia sobre la vida en la Tierra en una era de extinción provocada por el hombre. En la versión adaptada por Norma Martínez, el personaje toma un texto como fuente principal para su exposición: La sexta extinción, de Elizabeth Kolbert - periodista y escritora estadounidense especializada en temas científicos que recibió el Premio Pulitzer el 2015 por este libro - quien advierte que los humanos somos testigos de un acontecimiento dramático: la extinción en masa de un gran número de especies.  Se conocen cinco extinciones masivas anteriores, que el personaje explica con micrófono, pizarra y utilería didáctica, en una muy dinámica clase sobre la materia. Así, la puesta en escena combina reflexión y humor, conducidos por Pennano, quien no pone el dedo acusador sobre nuestra frente, sino que “como jugando” nos invita a pensar en el lugar que ocupamos como humanidad en una crisis ecológica global.

Con esta obra, el Teatro La Plaza cierra el ciclo Presencias que transforman (la última función es el domingo 1 de marzo).

David Cárdenas (Pepedavid)

28 de febrero de 2026

jueves, 26 de febrero de 2026

Crítica: TRAS CUERNOS… POSTRES


Una comedia de enredos que puede causar más risas

Los viernes y sábados a las 8:00 p. m. se presenta en el Centro Cultural Jesús María la obra Tras cuernos… Postres, bajo la dirección de Fernando Romero. La puesta cuenta con las actuaciones de Beto Sánchez, Jeffrie Fuster, Paul Ramírez, Adriana Polack, Patricia Moncada, André Mesta y Sergio Morán.

Esta obra aborda el tema de las infidelidades a través de personajes atrapados en sus propios enredos y, dado que se trata de una comedia, uno imaginaría que la puesta provocaría risas de principio a fin; sin embargo, esto solo ocurre en algunas ocasiones.

Al tratarse de una comedia de enredos, es necesario resaltar que el ritmo de la obra es, probablemente, su mayor acierto. Se nota que el elenco ha trabajado de buena manera para lograr un timing preciso; además, utilizaron el lenguaje corporal muy a su favor, haciendo que muchas de las situaciones resulten divertidas. Sin embargo, algunas de las bromas resultan predecibles y varios de los personajes no destacan tanto como el protagonista, lo cual impide una mayor conexión con el público.

En cuanto a la dirección, se percibe un trabajo funcional que logra sostener el ritmo de la comedia, especialmente en lo referido al timing y al uso del lenguaje corporal previamente mencionados. El director consigue que el elenco se mantenga en una dinámica constante, aunque sin arriesgar demasiado en la propuesta escénica. Por su parte, la escenografía apuesta por la sencillez: es básica, incluso predecible, pero cumple con su objetivo práctico al facilitar el desplazamiento de los actores y no entorpecer la acción.

En resumen, no estamos ante una comedia particularmente memorable ni innovadora; sin embargo, la puesta asume con claridad su propósito: ofrecer entretenimiento ligero sin mayores pretensiones. Difícilmente dejará una huella más allá de la experiencia inmediata, pero funciona para quienes quieran desconectarse un rato y pasar un momento agradable.

Javier Bendezú

26 de febrero de 2026

Crítica: ME ENCANTAN LOS CUENTOS


Volver a escuchar

El Teatro Municipal de Surco se apaga. En un instante, la atmósfera es mágica; el público acompaña. Se escucha un instrumento desde lo más lejano, lleno de memorias. Me EnCantan los Cuentos es un espectáculo escénico del narrador François Vallaeys, con la música rock/electrónica de Edu Arana.

Me EnCantan los cuentos es un regalo hacia el corazón para todas las edades y para el niño interior que cada espectador lleva dentro de sí. Vallaeys utiliza su magistral carrera de narrador escénico para, sobre las tablas, convertirse en un artista voraz, genuino y valiente. Me parece necesario mencionar que, para estar al frente sosteniendo a un público, es indispensable poseer una gran sensibilidad artística, y eso es lo que posee este cuentacuentos.

En la actualidad, en nuestra cotidianidad, vivimos en un mundo donde crecer es casi invisible; avanzar, cumplir años, es un acto que pasa desapercibido. Al alcanzar la mayoría de edad, pareciera que ya no merecemos que nos cuenten un cuento. Y eso es lo que Vallaeys se esfuerza por transformar: qué importante es entonces dejarnos envolver por las narraciones populares y tradicionales, por esas historias que, más que respuestas, proponen preguntas.

El espectáculo propone escuchar diversas cápsulas sonoras desde el inicio hasta el final. Arana no es solo un acompañante dentro de la performance que realiza Vallaeys; propone atmosferizar las distintas narraciones que se escuchan en la obra. A través de la guitarra y múltiples instrumentos, estas historias logran un impacto mágico en el espectador.

En ese sentido, el trabajo performativo que realiza el narrador no se limita a utilizar la voz como principal componente escénico. Mientras emplea su cuerpo como archivo vivo de cada historia, encontramos un cuerpo lúdico y onírico que confronta cada narración desde una mirada poética. 

Al finalizar me preguntaba: ¿y cómo sé que estoy conectando con mi niño interior? ¿El quedarme en la butaca permite eso? ¿Acaso el estar observando detenidamente significa que estoy conectando con mi niño interior? Y descubrí que el teatro, en un instante, se vuelve mágico. No yendo muy lejos, cada espectador, al ir a una obra, tiene la suerte de escuchar y observar. Y eso es, es así como Me EnCantan los cuentos se vuelve: emotiva, valiente y simbólica, porque para sentir un cuento no solo está el acto de nuestra presencia, sino que, como infantes, está nuestro flujo de escucha, observación y corazonada.

Juan Pablo Rueda

26 de febrero de 2026

miércoles, 25 de febrero de 2026

Crítica: UBÚ MI REY


El retrato de un país en decadencia

La Real Compañía Estólida, conformada por Dánitza Montero, Gabriela Gutiérrez, José Miguel Herrera, Paulina Bazán y Ricardo Bromley nos trae una comedia escrita y dirigida por Alfonso Santistevan, y basada en Ubú rey de Alfred Jarry. En esta adaptación, vemos y experimentamos cómo un espacio tan pequeño y a primera vista no muy cómodo como lo es Paya Casa se transforma en un lugar donde las coincidencias no existen, como bien lo anticipa el afiche de la obra; un lugar donde la realidad y la ficción se entremezclan de tal manera que  hasta lo más imposible resulta ser lo verdadero.

La primera impresión es de un escenario modesto, solo con un mueble, un pequeño comedor y una pared de fondo que podría describirse como un personaje más o el elemento más poderoso que complementa la obra, pues a medida que pasan los acontecimientos y el tiempo, vemos cómo van cambiando los cuadros, cómo funciona para situarnos en distintas regiones del país sin necesidad de utilizar grandes escenografías, lo cual habla muy bien de la capacidad actoral de los artistas, pues con esos pocos elementos logran transportar a toda la audiencia a los distintos lugares.

Además del buen uso del espacio, se destacan otros elementos que posiblemente pasarán a ser característicos de la obra, como son las máscaras de animales hechas especialmente para la ocasión y de manera artesanal por La Contra Máscara. Estas máscaras y demás elementos hechos como manualidades suman bastante a la obra y su carácter minimalista. No se descuidó ningún aspecto, cada detalle se notó sumamente planificado y hecho con mucha dedicación.

Respecto a la narrativa que maneja, es bastante crítica con la situación actual nacional. Sin llegar a ser explícitos ni mencionar nombres en concreto, todos en el público pueden identificar las personalidades y patrones de comportamiento que se repiten. Es un espacio de catarsis mutua, pues en un contexto  en el cual uno no puede más que sentirse impotente ante la cantidad de malas noticias que se ven a diarIo y la nulidad de acción por parte de las autoridades, así como la corrupción que sigue siendo la plaga que cada vez nos va consumiendo como país, tener una obra como esta, una sátira que puede hacernos reír y reflexionar al mismo tiempo sobre eso que dolió y sigue doliendo, convierte una localidad cualquiera en un espacio donde tanto artistas como espectadores pueden reírse de su propia decadencia. En esa carcajada común hay algo que une a todo un auditorio cansado y agobiado pero que aún resiste desde sus propias trincheras.

Tanto la puesta en escena como la compañía de teatro se destacan por poner sobre la mesa nuevos temas y tener un elenco lleno de frescura, con actores dispuestos a transmitir nuevas historias que se acercan más al ciudadano de a pie que simplemente repetir los mismos cuentos de siempre.

Barbara Rios

25 de febrero de 2026

domingo, 22 de febrero de 2026

Crítica: MICRO BUTACA - FEBRERO


Sobra potencial, falta claridad

Tres salas. Tres obras cortas ocurriendo al mismo tiempo. Tres elencos que hacen tres funciones por noche. Esa es la propuesta de Micro Butaca. Con intervalos de aproximadamente diez minutos, en los que el público puede disfrutar de alguna bebida o de algún snack, el acogedor espacio barranquino, sede también de Butaca Film, productora teatral y audiovisual, se convierte en el escenario de tres microobras, todas de dramaturgos y dramaturgas peruanas, que se suceden una a la otra. La experiencia tiene potencial, ya que el tener que migrar de sala en sala con la promesa de una nueva y cautivante historia esperándonos del otro lado de la puerta es atractiva. Pero más allá de la novedosa propuesta, ¿qué tiene por ofrecer esta temporada teatral? 

El teatro de formato breve, como ya he mencionado anteriormente, es complejo. El tiempo limitado presenta el reto dramatúrgico inmediato de tener que comprimir en solo quince minutos un arco dramático verosímil. Por otro lado, las dimensiones de las salas de Butaca Film, al no ser tan amplias, también ofrecen un limitante considerable, ya que de no ser correcto el uso del espacio, este puede jugar en contra del montaje. Finalmente, los actores y actrices deben adecuarse a un ritmo exigente y trepidante, ya que hacen tres funciones al hilo, con escasos minutos entre una u otra. Lamentablemente, creo que todos estos factores terminan afectando, en mayor o menor medida, a todos los montajes. 

¡Ah, qué terapia!, escrita por Mario Soldevilla y dirigida por Diana Veliz, no logra utilizar el espacio de forma adecuada, rellenándolo de elementos que finalmente terminan estorbando y entorpeciendo el trabajo actoral. Más preocupante aún es la ausencia de claridad en cuanto a la resolución de la historia. La propuesta de dirección no deja que el texto, que a pesar de recurrir a clichés tiene el potencial de ser ameno, termine de entenderse, y la transición entre distintos códigos (clown, naturalismo, farsa) hace que la historia de un paciente enamorado de su psicóloga se vea y se sienta desordenada y confusa. Los actores hacen lo que pueden, pero bajo una visión un tanto difusa, sus esfuerzos no los llevan a buen puerto. 

Locos de remate, escrita por Jorge Bardales y dirigida por Diego La Hoz, es más clara en su concepción y ejecución. El espacio está mejor utilizado, así como las dinámicas de movimiento entre los actores. El texto tiene chispa, y el intercambio de palabra entre los actores funciona. Podría haberse cuidado más el enfoque cómico, ya que, al tratarse de una farsa, esta da licencia para ser llevada al extremo, cosa que el montaje no hace. Del mismo modo, la comedia, presente en la dramaturgia, necesita de un ritmo, una cadencia, y una precisión específica, que el montaje solo algunas veces logra, dejando que varios chistes no lleguen a “aterrizar” del todo. El giro argumental final funciona, sin embargo, y eleva la propuesta, dándole un cierre lógico y divertido a la escena.

Nuestro último vals es la única de las tres microobras que apuesta por el drama, mostrándonos la despedida de dos mejores amigos, uno de los cuales está en la víspera de un viaje en el que abandonará su país y también al posible amor de su vida. Al ser de corte naturalista, el montaje requiere de un trabajo de dirección actoral adecuado, que dé espacio a los silencios, que juegue con las miradas y la complicidad de los actores, que permita que ellos y ellas vivan la circunstancia que nos muestran en vez de simplemente decir textos uno después del otro. Desafortunadamente, en este caso esto no se cumple del todo, y el texto, que tiene potencial, termina pasando muy por agua tibia. De la misma manera, las actuaciones se sienten externas e impuestas, en lugar de orgánicas y vividas. 

Cabe destacar que considero que los tres actores y actrices que protagonizan estas tres obras tienen mucho potencial. De hecho, la sensación que me llevo de ellos es que merecen más y mejores cosas. Propuestas escénicas más claras, dirección más minuciosa, textos más desafiantes. Creo que solo de esta forma es que podremos ver su verdadero rango actoral. 

Siempre es mejor formar una opinión propia, así que te invito a ver su trabajo por ti mismo. Tienen sus últimas funciones este sábado 28 de febrero a las 8 p. m. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

22 de febrero de 2026

Crítica: LA COMUNIDAD DE LAS NARANJAS


El derecho a ser fruta en el mundo correcto

¿Qué sucede cuando, de pronto, la verdad más profunda de nuestro ser resulta ser algo tan absurdo para el resto que raya en la locura? Patricia Romero escribe y dirige La Comunidad de la Naranja, una pieza que, bajo una premisa surrealista, esconde una conmovedora y necesaria reflexión sobre la autenticidad y la libertad personal.

La historia nos presenta a Manolo (Omar García), un hombre de éxito que decide patear el tablero de su vida por una razón que desafía toda lógica: se siente una naranja. Lo que podría quedarse en un chiste superficial, se convierte en un drama conyugal de alta intensidad cuando su esposa Charo (Fiorella Díaz) intenta, desde la desesperación y el amor, entender lo incomprensible.

La puesta en escena en la Sala Tovar aprovecha un formato 360° que elimina cualquier distancia de seguridad entre el público y el conflicto. Estamos ahí, en medio de la habitación de esta pareja, siendo testigos de una confrontación que se siente tan íntima como invasiva. Esta atmósfera se ve potenciada por la presencia de Adelaida Mañuico, quien no solo ejecuta el violín de forma magistral, sino que habita el espacio como una suerte de “musa de las naranjas”. Su música no es un fondo, sino un personaje más que dicta el ritmo emocional y añade esa capa de irrealidad poética que la obra requiere.

En el apartado actoral, el duelo es brillante. García realiza un trabajo extraordinario al dotar a Manolo de una urgencia y una desesperación genuinas. Es difícil hacer que el público crea en alguien que se siente un cítrico, pero García lo logra gracias a una convicción absoluta en la defensa de su identidad. Por otro lado, Díaz brilla al encarnar la confusión humana. Su Charo transita con una naturalidad asombrosa entre la empatía, el resentimiento y el esfuerzo sobrehumano por no dejar caer el mundo que por tantos años construyó junto a su esposo.

La obra es, en el fondo, una crítica mordaz a una sociedad que nos exige ser moldes perfectos. Hubo un detalle final de repartir naranjas entre los asistentes como un regalo juguetón, que funcionó bastante bien y dejó a la audiencia con una sensación de conexión profunda con el elenco. Fue un guiño que rompió la tensión del drama y nos invita a llevarnos un pedazo de ese absurdo a casa. Es el cierre de una experiencia sensorial que nos deja con una pregunta latente, ¿qué parte de nosotros mismos estamos sacrificando para seguir encajando?

La Comunidad de la Naranja es teatro que se siente, se escucha y se huele. Una propuesta valiente que nos recuerda que, a veces, hay que abrazar lo absurdo para poder ser, finalmente, nosotros mismos. Altamente recomendable. Espero, sinceramente, que se pueda lograr una pronta reposición.

Daniela Ortega

22 de febrero de 2026

Crítica: ¿REALMENTE ES FICCIÓN?


Denuncia y reflexión

La obra ¿Realmente es ficción?, escrita por Ricardo Robles, se presenta en el Centro Cultural CAFAE de San Isidro como una propuesta que conmueve y confronta al espectador. Producida por Muralla Films, la puesta en escena aborda una problemática sensible del ámbito artístico y la expone con claridad y firmeza, articulando denuncia y reflexión desde el lenguaje teatral.

La historia sigue a Cristina, una actriz que ensaya una obra mientras enfrenta una experiencia personal devastadora. La tensión entre ficción y realidad se convierte en el eje dramático del montaje: las escenas de ensayo se entrelazan con recuerdos que la atormentan, generando un progresivo deterioro emocional. Esta estructura fragmentada permite revelar su mundo interior y construir un relato que oscila entre lo íntimo y lo público, esto nos da una pista de lo que verá el público en escena. 

La escenografía es funcional y precisa. Los elementos elegidos para ser utilizados en el espacio delimitan con claridad los distintos planos y momentos de la acción, facilitando la comprensión de los lugares donde transcurre la historia. El planteamiento espacial contribuye a un ritmo ágil y dinámico, estableciendo desde el inicio una convención clara que el montaje respeta. En este sentido, la iluminación cumple un papel determinante: diferencia los momentos en que ingresamos a la mente de la protagonista de aquellos que se sitúan en la realidad. Además, potencia las escenas de mayor violencia y tensión, otorgando fuerza a la acción y subrayando los clímax emocionales. 

La propuesta musical acompaña con coherencia cada transición y se integra de manera armónica al diseño sonoro general. El vestuario, por su parte, mantiene una textura y formas coherentes a sus personajes y tiene una paleta cromática acorde con la escenografía. También distingue a los personajes mediante detalles plásticos bien definidos. Un recurso interesante es el ingreso de un personaje en específico desde la parte posterior de la sala, atravesando el espacio del público, demostrando que el público está dentro de la cabeza de la protagonista y ese peligro también es cercano al público. Esta decisión escénica rompe la frontalidad e involucra al espectador con los eventos de la historia, generando impacto y cercanía. 

En cuanto a las interpretaciones, el elenco sostiene un ritmo adecuado y una conexión evidente en los momentos de mayor intensidad. Sin embargo, conforme avanza la obra, se perciben pasajes de literalidad en la proyección del texto y cierta pérdida del subtexto, lo que reduce la propuesta dramática. Asimismo, en escenas donde algunos personajes no tienen parlamento, se advierte una leve desconexión corporal que debilita la atención. No obstante, en los puntos de mayor tensión, los actores recuperan cohesión y construyen con sensibilidad los contrastes entre crisis y respiro, avanzando en conjunto para recuperar el ritmo y tempo de la acción dramática.

La dirección revela un concepto claro y una intención coherente con la estructura que presenta el texto. Aunque en ciertos tramos el ritmo pierde armonía, la articulación entre plástica escénica, actuación y discurso logra un impacto efectivo en el público.

En síntesis, ¿Realmente es ficción? ofrece una mirada profunda sobre una problemática vigente en el ámbito artístico. A través de una propuesta cuidadosamente estructurada, la obra invita a reflexionar y deja abierta una pregunta incómoda que trasciende la sala, confirmando la potencia del teatro como espacio de diálogo y conciencia crítica.

Rubén Aquije

22 de febrero de 2026

Crítica: DAÑO


El eco digital de la envidia

A veces, el daño más profundo no es el que recibimos de los demás, sino el que nos autoinfligimos al comparar nuestra intimidad más cruda con la fachada resplandeciente de un desconocido. 

Daño, propuesta dirigida por Mikhail Page y protagonizada por Karina Jordán, se presenta como un extenso y laberíntico relato de una agente inmobiliaria de 39 años que ha quedado atrapada en la órbita de Alicia, una carismática influencer que parece tenerlo todo. Lo interesante y remarcable de la propuesta es que Alicia nunca aparece. Es un fantasma digital, una construcción narrativa que cobra vida únicamente a través de las palabras, los gestos y la creciente obsesión de la protagonista. Esta ausencia física de la antagonista refuerza la sensación de aislamiento y paranoia, pues estamos ante el testimonio de alguien que ha dejado de vivir su realidad para habitar la de otra a través de una pantalla.

La escenografía de la habitación, con una cama central y un par de mesitas de noche, se aleja de cualquier artificio tecnológico. No hay pantallas gigantes ni juegos de luces futuristas. Es un espacio cotidiano, casi austero, que acentúa el contraste entre la vida gris de la agente y el mundo perfecto que ella relata. Este entorno analógico vuelve la historia mucho más asfixiante, pues nos recuerda que la alienación digital ocurre, precisamente, en la soledad de nuestros espacios más básicos.

El trabajo de Jordán es, sin duda, el motor que sostiene la propuesta. Interpretar un relato tan largo y cargado de humor ácido requiere una precisión técnica que Jordán domina, transitando de la apatía cotidiana a estallidos de locura cómica que sacuden al espectador. Son esos momentos de quiebre, donde el absurdo se apodera del cuerpo de la actriz, los que mejor retratan el desequilibrio de una mujer que ha perdido el norte.

Si bien el ritmo de la obra puede sentirse por momentos esquivo, como si el espectador fuera un intruso en una confesión que no termina de aterrizar, es precisamente esa estructura fragmentada y un tanto errática la que refleja el estado mental de la protagonista. No es una historia fácil de atrapar porque el personaje mismo está desenfocado, perdido en una espiral de comedia negra y resentimiento.

Daño es una pieza que nos obliga a mirar hacia adentro. A través de la risa incómoda y el absurdo, Page y Jordán nos entregan una radiografía punzante sobre cómo el deseo de ser alguien más termina por erosionar lo poco que nos queda de nosotros mismos. Una apuesta arriesgada que se sostiene en la potencia de su actriz y en la honestidad de su planteamiento sobre el aislamiento moderno.

Daniela Ortega

22 de febrero de 2026

Crítica: SI ME AMAS, ¿POR QUÉ NO TE MATAS?


Comedia con dimensión fantasmagórica

El equipo de Oficio Crítico asistió al Teatro Julieta para presenciar Si me amas, ¿por qué no te matas?, escrita por Fitho Cantú y dirigida por Germán Díaz. La obra se presenta como una tragicomedia íntima que explora el duelo, el deseo y una dimensión fantasmagórica que irrumpe en la cotidianidad de sus personajes. Desde su concepción, la propuesta apuesta por un diálogo entre el humor, romance y reflexión. 

La pieza gráfica promocional ya anticipa ese tono: sugiere una comedia romántica que, sin embargo, promete profundizar en los temas relacionados a la pérdida, el amor y las relaciones humanas. Al ingresar a la sala, el espectador se encuentra con un espacio escénico poco delimitado, donde distintos ambientes conviven en un mismo plano. Esta decisión, de carácter disruptivo, aporta dinamismo y acompaña el ritmo ágil de la obra. La iluminación cumple un rol clave al diferenciar los espacios y dirigir la mirada del público, especialmente en una puesta que superpone acciones en diferentes espacios, pero dentro de un mismo plano. Uno de los recursos más efectivos es la ruptura de la cuarta pared. Los actores interactúan con el público, generando cercanía y complicidad. Las risas y reacciones en la sala confirman la eficacia de este vínculo directo. Además, las referencias explícitas a lugares del Perú anclan la ficción en un contexto reconocible, fortaleciendo la identificación del espectador. 

En el plano actoral, el elenco demuestra soltura y una clara comprensión del código tragicómico. Se percibe libertad en el juego escénico y una conexión fluida entre intérpretes, lo que sostiene el ritmo incluso cuando el texto pierde densidad y el subtexto se diluye. No obstante, en algunos momentos de la obra emerge cierta rigidez corporal y vocal en los actores, lo que evidencia tensión y resta naturalidad. También aparecen momentos de literalidad y clichés que debilitan la construcción de personajes; sin embargo, esto no es en todo momento de la obra. Por otro lado, se percibe que hay recursos que dialogan con referentes audiovisuales cercanos a la sitcom, perceptible en el ritmo y la ejecución.

La obra construye un progresivo aumento de tensión que mantiene la atención del público. El momento de anagnórisis (reencuentro de personajes a los que el tiempo y las circunstancias han separado), tanto para el mismo personaje como para los espectadores, genera murmullos de sorpresa y confirma la efectividad del giro dramático. Este plot twist se convierte en uno de los puntos más sólidos del montaje. Sin embargo, la delimitación espacial presenta inconsistencias. La coexistencia de personajes vivos y una figura fantasmagórica que transita entre planos no siempre queda clara en la ejecución física, lo que genera confusión en algunos desplazamientos. Asimismo, la intervención de un momento de canto para la transición de tiempo y espacio no termina de integrarse orgánicamente al conjunto. En la parte final, la escena marcada por la tensión previa al disparo, es un momento donde la obra sintetiza el viaje emocional del protagonista y logra un cierre impactante.

En conjunto, Si me amas, ¿por qué no te matas? ofrece una propuesta entretenida y reflexiva sobre el amor, la pérdida y la transformación de los personajes a lo largo de la historia, apoyada en la comedia y la interacción directa con el público, que responde con entusiasmo a la experiencia escénica.

Rubén Aquije

22 de febrero de 2026

Crítica: EN ALTAMAR


La democracia del hambre

¿Qué sucede cuando la civilización se reduce a un trozo de madera flotando en el vacío? ¿Qué tan rápido se desmoronan los discursos éticos cuando el estómago empieza a rugir? Sławomir Mrożek, maestro del teatro del absurdo, escribió En Altamar como una metáfora mordaz sobre el poder, y la versión dirigida por Rodrigo Vargas rescata esa esencia para lanzárnosla al rostro con una energía frenética y una estética que no tiene miedo de incomodar visualmente.

La propuesta arranca con una declaración de intenciones. La penumbra se llena de frases conocidas de nuestra fauna política, recordándonos que, aunque estemos ante una ficción surrealista, el puerto de origen es nuestra propia realidad nacional. Tres náufragos, interpretados por Dan Fernández, Alexander Ugalde y Rafael Ruiz, se ven enfrentados al dilema definitivo: tienen hambre y la única solución es que uno de ellos sea el banquete de los otros dos. Lo que sigue es una parodia brillante y cruel sobre los mecanismos de elección y la justicia.

La dirección de Vargas apuesta por un escenario 360° que no solo integra al público, sino que acentúa la sensación de encierro. No existe una cuarta pared que nos proteja de la locura que sucede en el centro. Los actores están expuestos en todo momento, y esa exposición se traduce en un despliegue físico notable. El uso de la corporalidad y las voces modificadas eleva la obra hacia lo grotesco, alejándola del realismo convencional para convertir a los personajes en caricaturas trágicas de la ambición y la sumisión.

El trío actoral mantiene una energía alta de principio a fin. Es fascinante (y aterrador) observar cómo utilizan la retórica para justificar lo injustificable. Por ejemplo, la dinámica de las “votaciones” para elegir a un nuevo presidente, que convenientemente será también la cena, es una burla directa a cómo el poder manipula el lenguaje para que la víctima acepte su destino con una sonrisa. Se destaca el trabajo de Fernández (quien aparece semidesnudo, reforzando esa vulnerabilidad animal), junto a la complicidad escénica de Ugalde y Ruiz, quienes logran coreografías físicas que son tan divertidas como inquietantes.

El juego de luces y la falta de elementos escenográficos pesados permiten que el foco esté donde debe estar: en el cuerpo y en la palabra degradada. Esta versión de En Altamar se autodenomina surrealista, pero en el fondo es un espejo muy nítido de cómo los políticos se burlan de nosotros, convenciéndonos de que el sacrificio de unos pocos es necesario para el bien común de quienes tienen el sartén por el mango.

En conclusión, la puesta de Vargas es una farsa oscura y necesaria. Logra que el espectador ría ante lo absurdo del montaje, solo para estremecerse segundos después al notar que esa balsa a la deriva se parece demasiado al país en el que vivimos. Una pieza de teatro físico y político que demuestra que el hambre de poder es, a menudo, más voraz que el hambre misma.

Daniela Ortega

22 de febrero de 2026

Crítica: WAÑUY NISQA: MUERTE DE OVARIOS / MUERTE DE ORIGEN / MUERTE DE VIENTRE


Grito de protesta

En el Centro Cultural Juan Parra del Riego se presentó Wañuy Nisqa: Muerte de Ovarios / Muerte de Origen / Muerte de Vientre, un montaje concebido desde la dramaturgia, la estética y la dirección general por Bruno Ortiz. La propuesta cuenta con la actuación de Flor Castillo y la presencia de la Asociación para la Investigación Actoral CUATROTABLAS Perú. El equipo creativo lo completan Luz Marina Rojas en la dirección audiovisual, Mary Soto en la investigación y Américo Peñafiel en la composición musical.

La obra se erige como un grito de protesta frente a los casos de genocidio y crímenes de lesa humanidad, en un contexto social que aún niega responsabilidades. El montaje alude, además, a la indiferencia institucional: un juez que cierra un caso alegando no comprender quechua, aimara ni lenguas amazónicas. Desde esa premisa, la escena se convierte en espacio de memoria, denuncia y ritual. El dispositivo escénico se despliega en un amplio espacio de madera delimitado por piedras que marcan la frontera simbólica entre público y espacio escénico. La disposición no es decorativa: establece un territorio ceremonial. A un costado, el músico rodeado de instrumentos anticipa un diálogo constante entre acción y sonido. La música no ilustra, sino que construye atmósferas y tensiona el relato, mediante su propia dramaturgia y partitura, como, por ejemplo, a través de cuerdas que expanden la vibración emocional de cada pasaje. 

El componente audiovisual cumple un rol decisivo. La edición alterna imágenes realistas —vinculadas a la historia de la protagonista— con secuencias de carácter metafórico y conceptual. Esta oposición, lejos de fragmentar, genera una “contradicción coherente” que potencia la experiencia: lo racional y lo simbólico operan simultáneamente, invitando a una lectura intelectual y, al mismo tiempo, a un impacto emocional profundo. La entrada de  Castillo marca el tono performativo del montaje. La intérprete empuja un carrito lleno de objetos que condensan los signos esenciales de la propuesta. En un espacio casi vacío, ese elemento transforma el escenario según la interacción y el significado que la actriz le otorga. Su voz —que transita entre narración, canto y sonido— nos conduce por episodios de violencia, resistencia y memoria. La interpretación combina fuerza, sutileza y una presencia que interpela sin caer en el subrayado. Hay identificación con el dolor, pero también distancia crítica que permite reflexionar sobre la crudeza de nuestra realidad. La iluminación refuerza esta dimensión conceptual: captura la esencia del dolor y la lucha mediante variaciones constantes que dialogan con el ritmo escénico y las proyecciones. A ello se suma un sistema de significación potente: el olfativo. En un momento ritual, el aroma activa otra capa sensorial que sumerge al espectador en una experiencia integral y coherente con la propuesta.

En síntesis, Wañuy Nisqa... articula con solidez texto, actuación y plástica escénica. La dirección logra una unidad estética que conjuga lo teatral y lo audiovisual, lo racional y lo sensorial. El resultado es un montaje de potente carga política y emocional, que interpela al presente y confirma al teatro como espacio de memoria activa y reflexión urgente.

Rubén Aquije

22 de febrero de 2026

Crítica: MAYBE BABY


El mercado de los afectos

Podría decirse que, actualmente, vivimos en una era donde la tecnología y el capital nos han hecho creer que todo puede ser tercerizado, incluso… los procesos más íntimos de la biología humana. Pareciera que, si se tiene el dinero suficiente, pudiera comprarse el tiempo, evitar el dolor, y delegar la espera. Sin embargo, ¿qué sucede con ese residuo emocional que no figura en ningún contrato? Esta es la punzante interrogante que plantea Maybe Baby, obra escrita por Cinthia Delgado Ramos y dirigida por Norma Martínez, que se presenta como una de las propuestas más necesarias y reflexivas de la cartelera actual.

La historia nos presenta a Elisa (Fiorella Pennano) y Alonso (Jordi Sousa), una pareja radicada en Madrid cuya estabilidad se ve sacudida por un embarazo inesperado. Mientras Alonso se ve movido por una urgencia biológica de ser padre lo antes posible, Elisa se resiste a que su cuerpo sea el territorio de ese proceso. Dentro de ese conflicto, entra en escena Clara (Claudia Pascal), quien, impulsada por la necesidad económica, acepta convertirse en el “recipiente” de un embrión ajeno. Lo que inicia como una transacción racional y aséptica, pronto se desborda hacia un terreno ético y emocional de donde nadie saldrá ileso.

La dirección de Norma Martínez es un ejercicio de sobriedad y agudeza. La decisión de prescindir de escenografía y apostar por un minimalismo absoluto es un acierto rotundo. Al utilizar la totalidad del espacio vacío, Martínez expone a los personajes (y a los actores) a una vulnerabilidad constante. En ese escenario desnudo, no hay donde esconderse; los cuerpos están en vitrina, subrayando la atmósfera de tensión y el control obsesivo que los protagonistas intentan ejercer sobre la vida de Clara.

En el plano actoral, Pennano logra transmitir con sutileza la fractura interna de una mujer que busca defender su autonomía, apoyada por breves y poéticas secuencias físicas que nos permiten asomarnos a su desasosiego sin necesidad de palabras. Pascal sostiene el peso de la obra con una interpretación orgánica y conmovedora; su Clara no es una víctima pasiva, sino un ser humano lidiando con el cansancio y la invasión de su propio cuerpo.

Por su parte, Sousa construye un Alonso humano y complejo. No es un villano, sino un hombre desesperado cuya ceguera ética lo lleva a ignorar las consecuencias de sus actos. Brian Cano aporta una nota de tensión necesaria como Héctor, cuyo enojo —más egoísta que solidario— añade una capa de realismo sobre cómo el entorno también intenta sacar provecho de la situación. Finalmente, la gran Montserrat Brugué refresca la puesta con su ingreso, aunque su personaje de madre llega para recordarnos que el juicio social y familiar sigue siendo una sombra pesada sobre las decisiones reproductivas.

Maybe Baby, obra ganadora de Iberescena y de los Estímulos del Ministerio de Cultura, es una pieza que incomoda porque nos confronta con la mercantilización de la vida. Es teatro que no busca dar respuestas masticadas, sino que utiliza el vacío escénico para llenarlo con preguntas urgentes sobre la maternidad, el privilegio y la fuerza indomable de la naturaleza frente al dinero. Una experiencia imprescindible que se sostiene en la verdad de sus interpretaciones y en la inteligencia de su puesta. Altamente recomendable.

Daniela Ortega

22 de febrero de 2026

Crítica: DELIVERY y SOLA


Locura y soledad

A estas alturas, resultaría ya necio seguir negando la relevancia del teatro de formato breve en nuestra capital. Si bien es cierto que quien escribe fue quizás uno de los primeros detractores de esta modalidad de exploración escénica hace ya más de una década, es pertinente mencionar también que la pandemia (al menos, para este servidor) cambió para siempre las reglas del juego, fortaleciendo las virtudes y conveniencias innegables de proponer al público un simpático divertimento de 15 a 20 minutos, con historias y personajes sencillos (difíciles de profundizar en tan corto tiempo), pero que con creatividad y buen oficio bien podrían, incluso, llevar a la necesaria reflexión al espectador. Mea culpa. 

Salvando las distancias, a un nivel literario, sería absurdo reconocerle todos los méritos a los grandes novelistas de todos los tiempos, menospreciando a los brillantes cuentistas universales que han enriquecido nuestra imaginación desde siempre, con historias de pocas páginas pero que encierran enormes conceptos en entrañables tramas de corta duración.

Por supuesto que aquel refrán que reza "De todo tiene la viña del Señor" es (muy) aplicable a este formato de teatro breve, como a cualquier otro de corte artístico, y claramente evidenciado en los últimos años. Menospreciar al teatro de formato breve, justo en estos tiempos en los que más de la mitad de nuestra comunidad teatral limeña se encuentra abocada a estos proyectos, constituye un craso error, sin duda. No es de extrañar que el premio Luces lo haya obviado en sus nominaciones de este año, pero sí sorprende su exclusión, por ejemplo, en los recientes premios Teatro en el Perú.

Si bien perdimos el muy agradable espacio de Piso 1 hace un tiempo, podemos encontrar ahora teatro breve en Teatro Barranco, Butaca Film, Escena Dragón, Casa Kona, Juanita Tarnawiecki y algunos lugares más. Pues bien, el colectivo Las Creadoras viene ofreciendo todos los miércoles de febrero un interesante ciclo de puestas en escena de corta duración en Casa Bulbo de Barranco, acogedor punto de reunión social en el que el público puede acceder además, a diversos aperitivos y una buena charla.

En el caso de Delivery, la obra sorprende por los giros que engrana su ingeniosa trama, escrita por Laura Delgado y dirigida con buen pulso por Lia Camilo. Un ascensor malogrado, en el que permanece atrapado un repartidor de pizza (Roy Zevallos), es la excusa perfecta y “planeada” para un inicial juego de seducción por parte de la dueña del departamento (Isabel Chapell). La conexión entre ambos personajes va desarrollándose, mientras los oscuros descubrimientos en las motivaciones de la mujer aparecen dosificados hábilmente. Bien resuelto el aprovechamiento del espacio y muy bien las actuaciones de ambos intérpretes, especialmente Chapell, totalmente consumida por un personaje desconcertante y enigmático. El final, acaso “demasiado” conveniente y apresurado, no empaña las virtudes de la propuesta.

Por otro lado, Sola, puesta de autoría de Greymar Hernández y dirigida por Igor Olsen, parte con cierta desventaja, específicamente, por la sala en la que se escenifica, cerca al punto de encuentro social de los asistentes al espacio. Sin embargo, la temática de la pieza y el feliz debut de Adri Vainilla compensa esa mínima distracción. La vida del artista siempre será motivo de múltiples exploraciones escénicas, como por ejemplo, el hecho de que los trabajos que deben aceptar para poder sobrevivir no siempre son los más motivadores. Vainilla interpreta a una teleoperadora que sueña con ser actriz (o a una actriz forzada a trabajar en teleoperaciones) y debe, previsiblemente, enviar castings virtuales en medio de su agobiante trabajo. Olsen conduce con eficiencia a la actriz, en este corto lapso en el que debe alternar ambas acciones laborales, ella sola, con el descalabro emocional que ello conlleva, y ejecutado con convicción por la intérprete. Recomendable.

Felicitaciones a Noche de Creadoras por apostar en convertirse en una alternativa cultural para este formato teatral, que todavía tiene por ofrecer múltiples posibilidades para explorar en escena y regalar un tiempo de entretenimiento y reflexión al público.

Sergio Velarde

22 de febrero de 2026

miércoles, 18 de febrero de 2026

Crítica: MIGAJEROS


Cuando aceptar poco se vuelve costumbre

En el Club de Teatro de Lima se presentó la obra Migajeros, muestra final del programa de formación actoral dirigida por Paco Caparó y Josefo Palomino, en la que actúan Alondra Hinostroza, Maggie Junco, Miguel Peña, Adriana Ortiz, Diego López, Mayerika Pérez, Alexandra Rey de Castro y Matías Ramírez, quienes forman parte de la promoción 2025 de la mencionada escuela.

Partiendo de la comedia y desde una propuesta irreverente y absurda, Migajeros presenta a diversos personajes acostumbrados a vivir con “migajas” de amor, reconocimiento o dignidad dentro de relaciones atravesadas por el poder. A través de situaciones exageradas, la obra expone cómo la autoestima se negocia constantemente en contextos de carencia afectiva y presión social.

Sabiendo que se trata de una creación colectiva —en la que el libreto, la propuesta actoral y la construcción escénica fueron desarrollados por todo el equipo—, resulta destacable que se aborden temas situados en un contexto contemporáneo, trabajados además desde un humor bastante ácido. La historia se desarrolla dentro de un esquema narrativo ordenado, lo que permite que la obra sea comprensible de principio a fin. Asimismo, el uso de los recursos escenográficos juega a su favor, y la música contribuye a dotar de mayor dinamismo al desarrollo de la historia.

En conclusión, considero que ha sido una buena experiencia tratándose de la muestra final del último año de estudios del Club de Teatro de Lima. Los nóveles actores siempre tendrán aspectos por mejorar o pulir; sin embargo, estos se fortalecerán con la experiencia, en caso continúen en el mundo de la actuación. Además, han sido bien dirigidos por los responsables de la obra, quienes supieron guiarlos de manera adecuada.

Javier Bendezú

18 de febrero de 2026

martes, 17 de febrero de 2026

Crítica: 3 HISTORIAS BIEN PERUCHAS


Humor frontal en tiempos de elecciones

En el Teatro Municipal de Surco, 3 historias bien peruchas, escrita, protagonizada y dirigida por Javier Valdez y Martín Martínez, lleva al escenario el universo que ya conocemos de Emoliente TV. Lo que nació como sketch digital da el salto al teatro, y ese cambio de formato implica un reto: sostener en vivo lo que en pantalla funciona con cortes rápidos y remates inmediatos.

La propuesta mantiene su sello: personajes reconocibles, situaciones cotidianas y conflictos que giran en torno a tensiones sociales y muy actuales. El público se ríe, porque se ve reflejado. Hay códigos claros, referencias directas y una apuesta por un humor que no busca sutilezas.

La obra opta por la frontalidad. Cuando un personaje se coloca la banda presidencial, no hay duda alguna sobre de quién nos están hablando. La crítica es directa, sin metáforas ni rodeos. Esto puede parecer simple desde cierta mirada más exigente, pero también es una decisión clara: el mensaje debe llegar sin adornos. El humor es accesible y busca que todos entiendan la referencia de inmediato.

Esa elección tiene ventajas, pero también riesgos. Cuando el chiste es muy evidente, puede perder fuerza si se extiende más de lo necesario. En algunos momentos, ciertas escenas podrían ser más precisas o mejor estructuradas para evitar repeticiones. El paso del sketch breve al formato teatral todavía tiene aspectos por afinar, sobre todo en el ritmo y las transiciones.

También hay instantes donde la denuncia no termina de definirse con claridad. Por momentos, la crítica parece apuntar a una especie de “discriminación inversa”, idea que resulta discutible si consideramos que las relaciones de poder no funcionan de la misma manera para todos. Sin embargo, podemos poner el foco en el peligro de los estereotipos, de las etiquetas y de la mirada violenta entre todos los ciudadanos de un país que no aguanta más divisiones. 

Aun así, la obra logra algo importante: poner sobre la mesa un tema que hoy atraviesa a todos los peruanos. En un contexto de elecciones presidenciales y tensión política, el escenario se convierte en un espacio para canalizar esa inquietud colectiva. Nos reímos, sí, pero también recordamos lo que está en juego.

En todo caso, 3 historias bien peruchas cumple con su objetivo: decir lo que quiere decir y hablar del momento que vivimos. El humor funciona como desahogo, pero también como advertencia. Nos permite reírnos de aquello que nos incomoda, mientras señala las consecuencias de decidir desde el privilegio o desde la comodidad de no pensar más allá del gesto inmediato. Entre la risa y la sátira, la obra nos deja una pregunta necesaria: ¿cuestionamos el poder o simplemente lo reducimos a un chiste pasajero? Allí está su mayor fuerza y, al mismo tiempo, su mayor reto.

Cristina Soto Arce

17 de febrero de 2026