domingo, 26 de abril de 2026

Crítica: BAJA EN LA ESQUINA


Universos quebrados en escena

La propuesta escénica Baja en la esquina, compuesta por cuatro monólogos escritos por César de María y dirigida por Herbert Corimanya, bajo la producción de ARES Teatro, construye un recorrido por subjetividades atravesadas por la marginalidad, la locura y la necesidad urgente de ser escuchadas.

Desde su disposición espacial en forma de “U”, la puesta genera una experiencia íntima que aproxima al espectador a los intérpretes, aunque también deja entrever cierta distancia emocional coherente con los universos fragmentados que habitan los personajes. El diseño lumínico, con un inicio en predominancia de tonos ámbar y rojo, no solo configura una atmósfera cálida e inquietante, sino que, al variar en cada monólogo, sugiere con claridad que cada personaje existe en su propio mundo, en un universo emocional y existencial independiente.

El trabajo actoral, con los intérpretes Milton Guillén, Christian Ramírez, Héctor Rodríguez y Cori Cáceda, evidencia compromiso físico y una búsqueda expresiva sostenida. En cada monólogo, los intérpretes logran construir personajes intensos, apoyados en una gestualidad clara y en una presencia escénica que, por momentos, resulta altamente efectiva para generar conexión con el público. Destaca la capacidad de los pasajes para provocar empatía y sostener la atención a partir de una marcada urgencia emocional.

No obstante, se percibe una tendencia hacia el uso del grito como recurso expresivo, lo cual, en ciertos momentos, limita la riqueza de matices vocales y puede diluir la potencia dramática de las escenas. Aun así, la propuesta logra mantener un nivel de interés constante gracias a la diversidad de energías y a la construcción de atmósferas diferenciadas.

El montaje encuentra coherencia en su conjunto, especialmente en un cierre que refuerza la idea de que múltiples realidades coexisten sin llegar a tocarse del todo. Los personajes aparecen así como figuras atrapadas en sus propios discursos, consolidando un mosaico de mundos aislados pero profundamente humanos dentro del contexto peruano.

Más allá de sus aciertos y aspectos por afinar, Baja en la esquina pone en valor la importancia de espacios independientes como ARES Teatro, que apuestan por la creación y difusión de propuestas escénicas contemporáneas. Resulta fundamental visibilizar y apoyar este tipo de iniciativas, ya que contribuyen activamente al desarrollo del panorama teatral local y a la generación de nuevos públicos.

Tammy Alfaro

26 de abril de 2026

Crítica: CANTA Y NO LLORES


Karaoke, amistad y despecho: una fiesta escénica con momentos de goce

En Canta y no llores, dirigida por Marco Palomino, la propuesta se instala en un espacio poco convencional: una discoteca amplia que busca convertirse en el escenario de una noche entre amigas. La premisa es clara y atractiva: celebrar un cumpleaños atravesado por una ruptura amorosa, donde el karaoke y la complicidad femenina deberían sostener tanto el relato como la experiencia del público.

Sin embargo, uno de los principales desafíos del montaje aparece desde lo más básico: la escucha. Las condiciones acústicas del espacio, sumadas al uso de micrófonos, la reverberación del lugar y una vocalización poco precisa dificultan considerablemente la comprensión de los diálogos. Esto no es un detalle menor. La obra propone una dramaturgia basada en la palabra y la anécdota, pero esa misma palabra se diluye, dejando al espectador más cerca del concierto que de la escena.

En ese vacío, la música emerge como el elemento más sólido. Las interpretaciones vocales evidencian preparación, disfrute y capacidad técnica por parte de las actrices. Hay momentos donde la armonización y la elección de canciones logran sostener la atención, generando una conexión más directa con el público. Aun así, esta fortaleza también deja en evidencia un desbalance: lo musical funciona mejor que lo dramático.

La estructura de la obra se apoya en una dinámica repetitiva que alterna recuerdo, anécdota y canción. Si bien este recurso puede ser efectivo en ciertos momentos, su uso constante termina por aplanar el desarrollo. No hay una progresión clara hacia un punto de quiebre o transformación, lo que genera la sensación de estar frente a una sucesión de momentos más que a una construcción dramática sostenida.

En cuanto a los vínculos, la relación entre las tres amigas plantea una intención de apoyo y contención, pero no siempre logra materializarse con organicidad. Los intercambios tienden por momentos a una energía desbalanceada, donde una presencia escénica sobresale mientras las otras quedan más contenidas. Esto no construye contraste de personajes, sino cierta desconexión en el ritmo grupal. A ello se suma una forma de interacción que, en lugar de sostener desde la escucha, se acerca más al reclamo reiterado, lo que debilita la empatía hacia el conflicto central.

El uso del espacio y la relación con el público también presenta tensiones. La circulación entre espectadores y la intención de generar una atmósfera de fiesta no terminan de sentirse necesarias ni orgánicas. Más que integrar, estas acciones aparecen como intervenciones externas al flujo de la obra. La altura del escenario, sumada a ciertos desplazamientos como el uso de escaleras, refuerza una distancia que contradice la cercanía que la propuesta busca construir.

A nivel de recursos, algunos elementos escénicos se introducen sin un desarrollo claro, como objetos que aparecen y desaparecen sin consolidar un código o una función dentro del relato. Esto contribuye a una sensación general de fragmentación, donde varias ideas coexisten sin terminar de articularse.

La premisa, sin embargo, tiene potencial. La idea de convertir el despecho en un espacio compartido entre amigas, atravesado por la música y la catarsis colectiva, conecta con una experiencia reconocible y vigente. En ese sentido, la obra encuentra momentos de disfrute, especialmente cuando el público se permite habitarla desde el código del karaoke más que desde la narrativa teatral.

Canta y no llores plantea una experiencia que oscila entre el show musical y la escena dramática. En ese tránsito, lo que aparece con mayor claridad es la necesidad de afinar su eje: decidir desde dónde quiere ser leída. Cuando la fiesta logra sostenerse, el público responde. Cuando la historia intenta aparecer, la falta de claridad la debilita.

La propuesta deja entrever un camino posible: uno donde la cercanía, la escucha y la construcción del vínculo puedan sostener tanto la celebración como el conflicto. Porque en una noche de amigas, no solo se canta. También se escucha, se contiene y se comparte lo que duele.

Naomi Noblecilla

26 de abril de 2026

Crítica: CENIZAS


Memoria, bolero y un teatro que convierte la nostalgia en experiencia escénica

En el Teatro Británico se presenta Cenizas, espectáculo musical íntimo dirigido por Alberto Ísola y escrito por Eduardo Adrianzén. La obra propone un viaje escénico donde el bolero, la memoria y la nostalgia se entrelazan en un espacio cargado de evocación: un antiguo bar abandonado en el que un pianista revive amores, pérdidas y canciones que persisten en el tiempo.

Desde el ingreso a la sala, el espectador es recibido por un ambiente de silencio y expectación. La escenografía —aparentemente vacía— construye un espacio simbólico donde cada elemento adquiere valor narrativo. El piso de madera, el piano y los micrófonos no solo configuran un lugar físico, sino también un territorio emocional donde la realidad y la memoria dialogan constantemente. La iluminación se convierte en uno de los principales motores del relato. A través de una partitura precisa, el diseño lumínico delimita tiempos, espacios y estados emocionales. Los tonos cálidos evocan cercanía, deseo y recuerdo, mientras que los fríos introducen distancia, pérdida o ruptura. El uso del contraluz permite ocultar y/o revelar identidades, generando una atmósfera que oscila entre lo íntimo y lo fantasmal. Esta transición constante entre presente, pasado y ensoñación refuerza la dimensión poética de la propuesta. En diálogo con ello, la utilería y el vestuario aportan capas de significado. Los cambios de vestuario de la actriz no solo acompañan la acción dramática, sino que marcan desplazamientos temporales y emocionales. Las texturas, colores y formas dialogan con la iluminación, consolidando una composición escénica coherente. En este sentido, desde la dirección del montaje, se articula con precisión los distintos signos del lenguaje escénico, integrando texto literario dramático y el texto espectacular en una experiencia armoniosa y bien integrada con todos sus elementos. 

La dirección musical articula con precisión el repertorio de boleros con la dramaturgia, generando una experiencia que trasciende el formato de teatro musical convencional. Aquí, la música no interrumpe la acción: la construye. Cada interpretación se convierte en un acto de memoria, en un puente entre los personajes y el espectador. La elección del bolero no es casual; su carga histórica y emocional lo posiciona como un lenguaje capaz de hablar sobre el amor, la pérdida y el paso del tiempo con una intensidad particular.

En el plano actoral, Irene Eyzaguirre, Pepe Bárcenas y Álvaro Pajares sostienen un código interpretativo que transita entre lo realista y lo simbólico. La construcción de sus personajes se apoya en signos claros, donde la voz —hablada y cantada— articula con coherencia los distintos niveles de la ficción. La tensión entre memoria y presente introduce un conflicto que atraviesa toda la obra. La dramaturgia articula con cuidado estos elementos, proponiendo un relato que se despliega en el transcurso de una noche. El final propone un giro que reconfigura lo visto, abriendo posibilidades a la interpretación del público.

Cenizas se consolida así como una experiencia escénica que integra lenguaje musical, composición visual e interpretaciones bien logradas. Más que contar una historia, construye un espacio que invita y evoca emociones y sensaciones. Y al salir de la sala, queda una inquietud latente: ¿Qué recuerdos siguen habitando en nosotros cuando la música deja de sonar y la memoria se niega a soltarlos?

Rubén Aquije

26 de abril de 2026

jueves, 23 de abril de 2026

Crítica: LAS COSAS QUE SÉ QUE SON VERDAD


Verdades que crecen en silencio

El teatro, el escenario y un árbol se convierten en más que una verdad dentro del Teatro La Plaza. Kintu Galiano nos introduce a un espacio familiar, bajo el texto de Andrew Bowell, con un árbol genealógico encantador encabezado por la matriarca Mónica Sánchez, Carlos Mesta, Sebastián Ramos, Karina Jordan, Pedro Ibáñez y Verónica Infantes.

Galiano propone una dirección contemporánea con personajes que habitan en el realismo, y qué interesante que el texto se preste para evidenciar las cuestiones, asertividades y lagunas mentales que tiene cada personaje dentro de la obra. A través de ello, la obra nos invita a viajar junto a ella por medio de conflictos que parecen ser verdades que no se asimilan dentro de una familia, mientras un árbol se deshoja y pasa a una temporada de clima que recuerda y renace.

Dentro de nuestro crecimiento, nos han impuesto un árbol genealógico para ubicar los estatus a los que pertenece cada familiar dentro de un hogar, estatus que generan poder autoritario, así como lugares donde el silencio habla. Esta obra responde a ello: cada familiar es parte de un árbol que está a punto de ser fragmentado. Una matriarca que intenta sostener una familia. Un padre que escucha y acompaña. Hijos que exploran sus decisiones.

En ese sentido, ¿qué pasa cuando quienes amamos dejan de hacer lo que queremos o no llegan a cumplir las expectativas que esperamos? El texto de Bowell es pertinente y llega al formato de “El poder de estar presentes” en un momento oportuno, puesto que permite comprender cómo los lazos familiares, a lo largo del tiempo, han sido una idealización y han colocado a los integrantes de cada familia en una postura que parece ser inquebrantable.

En cuanto al armado estético, es pertinente observar cómo esta familia habita una hacienda particular; es decir, cada objeto dentro de la casa posee una memoria y un recuerdo. Al pasar las estaciones pude observar que los objetos están en un estatismo particular, y es que es así como esta obra responde al crecimiento y la transformación. Mediante la dirección de arte, puedo comprender cómo esta casa posee cotidianidad y alberga confrontaciones que no se han dicho.

Las cosas que sé que son verdad llega a La Plaza no solo para presentar una puesta en escena más; el teatro se convierte en un espacio sugerente para cuestionar patrones familiares y tradiciones que pueden parecer incómodas. Cada personaje tiene una verdad, una identidad y un propósito. En el máximo sentido de la palabra, es fabuloso observar cómo cada uno tiene una verdad que se transforma en silencio, sin embargo, siempre quiso salir a devorar.

Juan Pablo Rueda

23 de abril de 2026

Crítica: TRES DESCONOCIDAS QUE SE CONOCEN MUY BIEN


Nadia, yo y mi otro yo

La Eme Colectivo, productora con nada menos que ocho años de trayectoria, trae a la cartelera teatral local la obra inédita de Mónica Villamonte Tres desconocidas que se conocen muy bien. Con las actuaciones de Alexandra Garcés, Mellanie Elguera y de la misma Mónica, y bajo la dirección de Joan Manuel Girón, esta obra retrata el inesperado encuentro que tiene la protagonista con dos de sus versiones pasadas durante la noche previa a cumplir los aterradores treinta años. La premisa es curiosa, llamativa, y nos invita casi de arranque a suspender nuestra incredulidad y entregarnos plenamente a la peculiar convención de ver en tres actrices distintas al mismo personaje, solo que en edades diferentes. La premisa va más allá incluso, dándole a dos miembros de su elenco la tarea de interpretar a la versión infantil y adolescente de la protagonista, cuando su apariencia física dista claramente de esa realidad. Es, sin duda alguna, una propuesta teatral arriesgada. ¿El resultado final del montaje vale la pena el riesgo, o es la entreverada naturaleza del mismo demasiado complicada para el paladar de un espectador promedio?

Creo que el primer gran acierto de este montaje lo constituye la dramaturgia. No solo porque Mónica tiene, evidentemente, muy buen oído para los diálogos (estos fluyen de manera orgánica, coherente y ligera), sino que el texto está estructurado de tal forma que el espectador va descubriendo poco a poco el universo que se va hilando entre las tres versiones de Nadia. El montaje no está compuesto por una sucesión de escenas, sino que consta de una gran y larga escena que transcurre de inicio a fin en el mismo espacio. Esto resulta ser una experiencia muy interesante, porque en vez de ver escenas distintas retratando interacciones puntuales con objetivos y acciones definidas entre los personajes, lo que vemos es la cadenciosa aparición de una trama que va revelándose momento a momento, incluso para los mismos personajes. Es muy gratificante observar cómo cada pieza narrativa va encontrando su lugar hasta descubrir la imagen final del rompecabezas con la que nos quedamos al término de la obra. 

Más allá del texto en sí, la dirección está bastante equilibrada, aprovechando al máximo el espacio, utilizando las luces de forma sutil, pero efectiva, y, sobre todo, dirigiendo a las actrices de forma sensible. Joan Manuel cuida mucho los momentos no verbales del montaje. De hecho, me atrevería a decir que los silencios aquí pesan tanto o más que las palabras, y el director es plenamente consciente de esto. A nivel actoral, las tres actrices tienen un buen desempeño, sutil, pero contundente cada una en la creación de la versión de Nadia que les toca. Garcés, quien interpreta a la Nadia-niña, acierta con la que es la versión más cómica de la protagonista. Sus inflexiones vocales realmente evocan las de una niña; su lenguaje corporal también aporta mucho y se mantiene con rigor de inicio a fin. Elguera, quien interpreta a la Nadia-adolescente, es más seria, hasta irritable podríamos decir. Sus textos cargan mucha ironía, a veces desdén, pero son cálidos también cuando deben serlo. Villamonte, quien interpreta a la versión actual (¿real?) de Nadia, lo hace con la típica pesadez de alguien que se percibe como una decepción; alguien insatisfecho con su vida. Sus textos son los que pesan más, los que más carga emocional tienen. Hay innegable química entre las tres actrices. Y más importante aún, hay escucha verdadera y, sobre todo, particularidad dentro de la construcción de sus personajes. Estoy convencido de que uno como espectador podría cerrar los ojos durante toda la obra y aun así reconocer exactamente cuándo está hablando cada una de ellas. Y no solamente por la voz, sino por la especificidad de cada una, que por supuesto inicia desde el texto, pero que es cimentada y aterrizada en las actuaciones. 

No puedo dejar de destacar, finalmente, la dirección de arte a cargo de Luisa Caldas. Me sorprendió cómo decisiones tan aparentemente sencillas, en lo que respecta a la disposición de elementos y sobre todo a la ingeniosa forma en la que delimitó el escenario, pueden convertir un espacio inerte y estéril en uno plenamente vivo y con personalidad propia. 

Mi única crítica hacia esta obra es, irónicamente, también un halago. Hubiera querido ver más. Creo que tranquilamente esta obra soportaría una extensión. Digo esto porque siento que hay mucho pan por rebanar entre estas tres versiones de Nadia, y sería muy interesante ver qué tan más profundo puede cavar la dramaturga dentro de este pequeño pozo de autoconocimiento y autoaceptación que ha creado con este montaje. Después de todo, el potencial que tiene la idea de encontrarse con versiones pasadas de uno mismo es infinito, y se presta para muchísimos enredos, reflexiones, disculpas, y verdades. 

Lastimosamente la función que vi fue la última de su temporada, pero confío en que esta obra regresará pronto en una reposición. Cuando lo haga, no duden en asegurar sus entradas. Les aseguro que no se arrepentirán de hacerlo.

Sergio Lescano

23 de abril de 2026

Crítica: VARGAS LLOSA EN ESCENA


El teatro y la literatura en perfecta amalgama

Evocar la narrativa de Mario Vargas Llosa casi siempre nos lleva a pensar en su vasta producción literaria; sin embargo, su incursión en la dramaturgia ha explorado desde la adaptación de clásicos, hasta una particular mirada de la realidad de su tiempo.    

Vargas Llosa en escena, una coproducción de la Asociación Iberoamericana de Artes y Letras (AIBAL) y la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), auspiciada por la Cátedra Vargas Llosa y la Biblioteca Nacional del Perú, estrenó su breve temporada, recopilando fragmentos y personajes de obras como Las Mil y una noches, La Chunga, Ojos bonitos, cuadros feos, entre otras. Bajo la dramaturgia y dirección de Percy Encinas, quien hiló bastante fino junto a Maureen Llewellyn – Jones (directora adjunta) los textos del Nobel peruano, estructurando un abanico de escenas que van in crescendo. Por su parte, el competente reparto lo conforma Willy Gutiérrez, Luis Baca, Liz Navarro y Yasmine Incháustegui, quienes dan vida a los diversos personajes vargallosianos e interpretan las composiciones en vivo, a cargo de Rafael Arenas y Estéfano Encinas. Aunque no se trata de un musical, los diálogos se ensamblan con fluidez a las partes cantadas, destacando el trabajo vocal de Navarro.  

La escenografía de Arturo Vargas es funcional y permite que los cambios de vestuario y elementos estén al servicio de las acciones de los personajes. Sin duda, las escenas entre Josefino (Baca) y La Chunga (Incháustegui); así como la escena entre Rubén Zeballos (Baca) y Eduardo Zanelli (Gutiérrez), alcanzan los puntos más intensos de la puesta.

Como no podía ser de otra manera, Vargas Llosa en escena se presenta en el Teatro Auditorio Mario Vargas Llosa – BNP. Y supone un merecido homenaje no solo a la memoria, sino también a la dramaturgia del laureado escritor arequipeño, que dejó un legado importante, y así lo han evidenciado los estudiantes de la Facultad de Letras sanmarquinos, cuyas ideas fecundaron lo que hoy es una realidad hecha teatro.     

Maria Cristina Mory Cárdenas

23 de abril de 2026

martes, 21 de abril de 2026

Crítica: CHICAS MALVADAS


Los miércoles usamos rosa

Musicales. O los amas o los odias. Los detractores dirán que no hay absolutamente nada natural o real sobre espontáneamente ponerse a entonar melodías cada vez que la vida nos pone una encrucijada en frente. Aquellos a favor, sin embargo, aprecian dicho artificio por lo que es: una fantasía; una versión de la vida tan grande y poderosa que trasciende y necesita más que solo palabras. En mi caso, me alineo definitivamente hacia el segundo grupo de personas, y valoro los musicales como formas espectaculares, vistosas e ingeniosas de contar historias. Habiendo dicho eso, es importante destacar que esta rama del teatro es probablemente una de las más complejas, ya que los artistas escénicos, sobre todo aquellos que conforman el elenco principal de una obra musical, deben no solo ser convincentes en sus actuaciones, sino que deben además poder cantar y bailar a la vez. El reto es inmenso, sobre todo considerando que muchos artistas se pasan toda una vida desarrollando solamente una de estas tres disciplinas. Por eso mismo, exigirle a niños y adolescentes que dominen las tres a su corta edad sería muy injusto, especialmente si comprendemos que el espectáculo mostrado se trata de la muestra final de un taller-montaje, y no de una producción de carácter profesional con actores y actrices de trayectoria. Teniendo todo este contexto en cuenta, entonces, ¿logran estas Chicas malvadas estar a la altura de las exigencias de una de las obras de teatro musical más icónicas de los últimos tiempos, o es que esta puesta quedará olvidada más rápido de lo que alguien pueda decir “fetch”?

Muchas personas inmediatamente reconocerán que el título de la obra es el mismo de la película del 2004 (ahora un clásico moderno) estelarizada por Lindsay Lohan y Rachel McAdams. Lo que quizá no muchos sepan, es que esta obra es precisamente la adaptación teatral de dicha película, realizada por la misma persona que escribió el guión cinematográfico (la popular comediante americana Tina Fey), en colaboración con Jeff Richmond y Nell Benjamin, quienes se encargaron de la música y las letras respectivamente. Tal como la película, el musical sigue la historia de Cady Heron, una muchacha adolescente ligeramente inadaptada socialmente debido a que ha pasado toda su vida recibiendo su educación por parte de sus padres, un par de zoólogos, en África. Cuando su familia debe viajar de vuelta a Estados Unidos, Cady se ve obligada a ingresar a una escuela pública americana. La secundaria es difícil para cualquier adolescente, pero es especialmente dura para Cady, quien nunca ha tenido mayor interacción con otras chicas o chicos de su edad. Lo que ella encuentra en North Shore High School (así se llama la escuela a la que ingresa), es un terreno tan o más salvaje que el mismo África, con las “plásticas” indiscutiblemente posicionadas a la cabeza de la cadena alimenticia. A lo largo del musical, Cady no solo se enfrentará a las plásticas (letal trío conformado por Regina George, Gretchen Wieners y Karen Smith, las chicas más populares de la escuela), sino que terminará convirtiéndose en una de ellas, evidenciando que el mundo adolescente es realmente complejo; que nada ni nadie es lo que aparenta ser; y que sobrevivir a la secundaria a veces puede sentirse más difícil que escapar del ataque de un leopardo africano, sobre todo para una chica que no ha podido aún desarrollar su propia identidad.

Los ingredientes, a nivel dramatúrgico, están ahí, lo cual me lleva a lamentar que la producción se haya tomado tantas libertades en la adaptación del texto. Hay un esfuerzo considerable por aterrizar la historia a una realidad peruana, incluso haciendo que a la antagonista la atropelle una combi en vez de un bus escolar, lo cual no es tan verosímil cuando hemos establecido que la secundaria se llama North Shore. Hay palabras y frases empleadas en la adaptación con el claro objetivo de generar familiaridad, pero que terminan trivializando el texto, o peor aún, haciéndolo confuso, ya que mezcla un tipo de humor cien por ciento americano con jergas y vocablos latinos y/o peruanos. Mucho del humor se pierde por esto y, debe decirse, por una dirección de actores que no logró del todo instalar el ritmo cómico que necesita este material. Por otro lado, hubo bastantes fallas a nivel técnico que impedían el desarrollo fluido de la obra, principalmente con los micrófonos (o fallaban, o se quedaban prendidos cuando deberían estar apagados). Finalmente, al ser este un montaje extenso y bastante dinámico a nivel de utilería, el traslado de la misma a veces resultaba un poco atropellado, lo cual ensuciaba las transiciones y, en consecuencia, el producto en sí. 

Lo que sí es destacable y la razón por la que el montaje logra disfrutarse, es la entrega y el potencial de los artistas en escena. Todos los pequeños que conforman el elenco principal tienen momentos en los que brillan con luz propia, y aunque es evidente que la mayoría de ellos tiene una disciplina (por lo general, el canto) mucho más desarrollada que las otras dos, su carisma, entrega y actitud los sostienen, y los hacen entretenidos de ver. “Prefiero ser yo” fue un momento cumbre, por ejemplo, en la voz de Sofía Fátima Huaynas; Ximena Pastor realmente hizo que el mundo arda con su imponente presencia escénica; tanto Isabella Gálvez como Anabella Valentina tuvieron solos potentes y graciosos y, sobre todo, daban la impresión de estarse divirtiendo muchísimo interpretando a las secuaces de Regina. Andrea Minerva, como Cady Heron, capturó la esencia del personaje, y aunque percibí ciertos nervios iniciales (totalmente entendibles ya que la obra recae en gran parte sobre sus hombros), su performance se fue afianzando rápidamente, hasta terminar por convencer y anclar la puesta con aplomo y encanto. Y finalmente, nadie brilló tanto en escena como Yunaikel RW, quien devoró el papel de Damian y no dejó ni las migajas. Yunaikel destacó particularmente por ser el miembro del elenco que más equilibrado tenía el manejo actoral, vocal y dancístico, haciendo que cada una de sus apariciones en el escenario sea memorable.

Chicas malvadas no es un montaje sencillo. La obra implica un manejo avanzado de la comedia, demanda un trabajo fuerte y coordinado del ensamble, tiene muchos cambios (de vestuario y utilería), y las canciones y las coreografías son altamente demandantes e intensas. La impresión que me deja esta puesta en particular es de haber pecado de ser demasiado ambiciosa. Como si a la producción le hubiera quedado demasiado grande el reto y no hubiera logrado llevar a todos los aspectos del montaje a un triunfo absoluto. Aun así, la música es espectacular, los detalles e imperfectos técnicos pueden corregirse antes de su segunda función, y la confianza del elenco, que de por sí ya es alta, solo tendría que verse más afianzada en una segunda función ya que los nervios de hacer todo por primera vez ya no estarán. Quizá esta versión de la obra producida por la Agrupación Irae no sea tan malvada o “feroz” como debería, pero tampoco está completamente exenta de malicia.

Sergio Lescano

21 de abril de 2026

lunes, 20 de abril de 2026

Crítica: ESPERANDO A BALTAZAR


Esperemos a Baltazar mientras reímos

Esperando a Baltazar nos recuerda inmediatamente a Esperando a Godot de Samuel Beckett; pero no es una versión actualizada, sino una obra con contenido propio, tan absurda como aquella, cuya idea (la espera de quien nunca llega) sirve de pretexto para reunir a dos personajes completamente diferentes y crear situaciones hilarantes.

Con el dominio de escena que lo caracteriza, Renzo Schuller nos conduce al quinto sótano de un centro comercial, hasta donde llega otro personaje. Ellos y quien está por venir serán los Tres Reyes Magos que divertirán a los niños en víspera de Navidad. Pero estos tipos, que deben hacer de Melchor y Gaspar, son demasiado diferentes. Uno es el típico mil oficios, muy sociable, muy vivo, ignorante pero divertido, y el otro (Oscar López Arias) es absolutamente distante, arisco, hasta maniático respecto al contacto con otras personas, pero además es muy crítico de los cosas de este mundo y tiene claro que todo (el centro comercial, ese trabajo eventual y la vida cotidiana) se mueve por un sistema consumista y rechaza cada expresión racista, sexista o xenófoba de su accidental compañero de equipo, que siempre tiene una explicación simple y lógica, aunque sea políticamente incorrecta. Total, no le importa o ni cuenta se da. Pero nosotros sí y esa es la cuota de reflexión que una comedia puede dar, sin prescindir ni un momento del humor.

El texto del dramaturgo uruguayo Fernando Schmidt (autor de la divertida comedia La suite, que vimos a comienzo de año) se desenvuelve entre discusiones sin final, mientras buscan una alternativa ante la ausencia de Baltazar, un interminable diálogo de sordos por incompatibilidad cultural y un final inesperado que trasciende los límites de los desencuentros personales. Las buenas actuaciones de Schuller y López Arias, que resaltan perfectamente las características de sus respectivos personajes, así como la dirección de Giovanni Ciccia permiten que una sucesión incesante de frases, gestos y situaciones disparatadas mantengan en permanente hilaridad al público, que espera la siguiente bobada para reír más y estalla, literalmente, en el tragicómico final.

Se estrenó el 17 de abril en el amplio y bello Teatro Municipal de Surco.

David Cárdenas (Pepedavid)

20 de abril de 2026

domingo, 19 de abril de 2026

Crítica: RESPIRAR


Lo que duele cuando nadie habla

El último fin de semana estuve en Sala Quilla viendo Respirar, obra escrita por Martín Tufró y dirigida por Sofía Humala, protagonizada por Santiago Magill y Anneliese Fiedler.

La pieza nos sumerge en la historia de Luciana y Darío, dos hermanos que vuelven a verse tras años de distancia. Es en este reencuentro donde la fragilidad de ambos se hace evidente, permitiendo que secretos y cuentas pendientes emerjan finalmente a la superficie.

Un aspecto destacable de la puesta es que, aunque la acción se desarrolla en un espacio abierto, la transformación de la sala en un entorno íntimo es un acierto total, logrando que el espectador se involucre por completo en la historia. Al ser un montaje de solo dos actores, el peso dramático recae equitativamente sobre ambos. El conflicto, que se mantiene firme desde el inicio, se apoya en diálogos naturales que facilitan la comprensión de la trama sin perder tensión.

Bajo la premisa de que 'menos es más', la sobriedad escenográfica resulta un acierto que comunica tanto como las palabras, facilitando la narrativa de la obra. En cuanto al ritmo, aunque está bien conducido, por momentos la atmósfera se torna densa: la revelación de los secretos ocurre de forma paulatina, exigiendo un público atento y dispuesto a transitar por silencios prolongados.

Se percibe un compromiso profundo de los actores con el texto; por momentos, la dupla se permite jugar con la escena, mientras que en otros mantienen la contención necesaria que la historia exige. Fue gratificante volver a ver a Magill sobre las tablas, especialmente acompañado por Fiedler; ambos logran un complemento escénico impecable.

En conclusión, Respirar es una pieza que funciona como un espejo de nuestras propias huidas y silencios, invitándonos a observar la fragilidad y complejidad de los lazos familiares.

Javier Bendezú

19 de abril de 2026

Crítica: HEGEMÓN SIN PODER


Una danza dicotómica

A veces, el cuerpo se convierte en el medio para explorar conflictos que la palabra no siempre logra nombrar; la danza nos abre la puerta, precisamente, a ese territorio. Esa exploración toma forma en Hegemón sin poder (título que plantea un oxímoron tan intrigante como divertido), pieza dirigida por Alessandra Lopez y Dáigoro Ventura que surge como una propuesta de danza contemporánea que, desde su inicio, se percibe potente. 

La obra, interpretada por Miranda Delgado, Vania Prado, y la propia Alessandra Lopez, ofrece una propuesta estética interesante que se apoya en gran medida en el dominio corporal de sus intérpretes y la música en vivo. Al fondo del escenario, se proyecta una imagen que, aunque vibrante y cargada de energía, se mantiene inamovible durante toda la función, funcionando a modo de tótem que ofrece un tono visual que enmarca la presencia de las tres mujeres en escena.

El dominio técnico de Lopez, Delgado y Prado es innegable. Cada una maneja un registro particular que define la naturaleza de sus personajes desde sus solos iniciales. Prado (Nativa) encarna la fuerza y la libertad de la selva mediante un lenguaje orgánico, más cercano al contemporáneo. En contraste, Delgado (Hegemonía) proyecta elegancia y cinismo a través de sus movimientos; su manejo de líneas y su rigor técnico, más cercano a la técnica clásica, remiten a esa “civilización” cargada de grandeza y artificio. Por su parte, Lopez (Río), transmite dulzura, inocencia y curiosidad. Considero que este contraste entre la libertad del movimiento de la selva, frente a la rigidez de lo “citadino” es un acierto interesante, es un discurso visual que remite directamente a la dicotomía entre lo salvaje y lo supuestamente civilizado.

La atmósfera se ve notablemente enriquecida por la música en vivo, compuesta por Dáigoro Ventura. Pude captar el uso de instrumentos de cuerda, flauta y percusión, el cual construye un ambiente etéreo y envolvente que sostiene la tensión de la obra de principio a fin. Sin duda, este despliegue sonoro es vital para mantener la emoción y el pulso de la pieza. Asimismo, cabe destacar el trabajo en vestuario de Camila Bustamante y Andrea Imasumac, el cual logra definir a los personajes incluso antes de que estos ejecuten sus primeros movimientos. Realmente, fue un aspecto de gran calidad que vale la pena rescatar.

Sin embargo, a pesar de este buen despliegue técnico y de cuadros bien definidos, donde se perciben momentos de normalidad, descubrimiento y disputa, la obra presenta dificultades en su evolución. Si bien la premisa es clara, la narrativa carece de una progresión que permita profundizar en el conflicto.Este parece estancarse debido a una falta de afectación física. Al no percibirse una transformación interna en las intérpretes tras el clímax de la disputa, el relato se vuelve lineal. Esta ausencia de evolución emocional hace que la narrativa se sienta plana por momentos, provocando que algunas secuencias se perciban innecesariamente largas.

Finalmente, factores externos como un diseño de luces fijo y las limitaciones del espacio escénico parecen haber contenido una propuesta que requiere de mayor dinamismo para respirar. Hay una sustancia valiosa en Hegemón sin poder que permite que la obra funcione; una historia que aún puede continuar escribiéndose, pero que requiere de una composición dramatúrgica más rigurosa para explotar realmente el potencial de las bailarinas y lograr un impacto más profundo en el espectador. Queda la sensación de haber presenciado un trabajo de gran factura técnica que aún tiene margen para madurar su narrativa.

Daniela Ortega

19 de abril de 2026

Crítica: ANA MARÍA, LA BELLA


Ana María y la dulzura de sus sueños

Cuando Ana María (Attilia Boschetti) ingresa al escenario, empujando un antiguo baúl y lo abre, parece que de él extrae los recuerdos más profundos que marcaron su vida y los exhibe con la inocencia de quien no tiene que pedir permiso para hablar.

El escenario dispuesto en semicírculo hacia nosotros, nos envuelve y nos sentimos dentro de la sala de una vieja casona parisina en la que vive, sola, Ana María. Durante poco más de una hora, que ojalá se extendiera, ella repasa sus orígenes, sus primeros años y sus recuerdos de actriz joven y bella. Nos cuenta, desde la admiración resignada, de otra actriz (Gigí) que sí fue famosa, de quien se hizo amiga, confidente y rival. Nos lo cuenta a nosotros, que estamos en esa modesta sala de su casa, con ese humor e ironía que se aprenden con los años.

Una dulce melodía invade a ratos el ambiente, como parte del aire que respiramos, para compartir la nostalgia con la que Ana María describe los momentos que vivió y los que no pasaron nunca. Así, toda la obra es un canto a la vida que no fue, pero sin amargura. Lo íntimo no provoca pena o vergüenza sino admiración y ternura, gracias a la poesía de sus palabras, su gesto y su voz, madura y firme

Con la acertada dirección de Alberto Isola, nuevamente Boschetti encarna, con una notable actuación que transmite emoción, intensidad y honestidad, a una actriz mayor que nos hace partícipes de su historia, como lo hiciera en agosto del año pasado con un texto propio, en la inolvidable Después de ti, azul infinito. Esta vez nos trae a un personaje creado en el hermoso texto de Yazmina Reza y que recuerda su vida, con la aceptación de que ya pasó y no pudo ser. Quién mejor para interpretarlo que Attilia Boschetti.

Ana María, la Bella estará solo hasta el 6 de mayo (martes y miércoles) en la Alianza Francesa.

David Cárdenas (Pepedavid)

19 de abril de 2026

sábado, 18 de abril de 2026

Crítica: LA COIMA


Reír para no llorar

Pensar en nuestra situación política es suficiente motivo para deprimirse o montarse en cólera. La sátira política nos permite asumirla de otro modo: reír para no llorar. Dejar de ser víctimas para convertirnos en acusadores y señalar con el dedo burlón a quienes contradicen los conceptos de integridad y capacidad en la función pública.

Esa fue la idea que inspiró al dramaturgo y novelista ruso de origen ucraniano Nikolái Gógol para escribir El Inspector General en 1836, en la que satiriza la corrupción política, mezclada con torpeza, de las autoridades rusas en época de los zares, con una célebre comedia de equivocaciones que giran en torno al personaje principal, a quien confunden con un importante funcionario.

Martín Velásquez Marvelat recogió esta vieja idea en diciembre de 2017, luego del primer intento de vacancia a PPK y fue estrenada en julio de 2018; y la repuso, con más elementos de actualidad, el 2019. Estamos en el año 2026 y la crisis que inspiró la obra no ha concluido. En todo caso, enfrentamos un proceso electoral especialmente confuso y poco esperanzador.

Todo esto sirve para enriquecer la obra, a partir de la historia central: las torpes y corruptas autoridades del país confunden a un don nadie con un inspector secreto de la Corte Internacional Anticorrupción que hace peligrar sus intereses y, en medio del pánico por su presencia, cometen uno y otro error. Quienes no se equivocan son las actrices y actores, con su buen desempeño, gracias a la acertada dirección de Marvelat.

El Inspector de Marvelat, traducida a la contemporaneidad como La coima, constituye una sátira política directa y sin tapujos. Como en la versión original los personajes más ridiculizados resultan encantadores, aún con su torpe perversidad. A la comicidad de los textos dramáticos, el director le ha añadido música peruana, de modo que se convierte en una comedia musical, con letras hilarantes y sabor nacional. Aunque solo los principales personajes superan la valla de una regular interpretación musical, a los demás se les perdona todo, porque se trata de una farsa y cualquier desafino parece ser deliberado, aunque no lo sea, y no le resta comicidad.

La abundancia de referencias a conocidos personajes de la política nacional, pero de distintos momentos, podría confundirnos, pero esa amalgama se traduce en un mensaje brutal: cambian los nombres y las anécdotas, pero en el fondo son lo mismo; es decir, una clase política de ineptos y corruptos. Su repetición en el tiempo nos advierte que no se trata de una anécdota, sino de un problema estructural. La suma de nuevas referencias políticas no incrementa el texto y duración de la obra; y seguramente ese mismo cuidado lo tendrá en el futuro, con la cuarta versión que obliga el impredecible mundo político peruano. 

David Cárdenas (Pepedavid)

18 de abril de 2026

Crítica: VÍVELO CONMIGO


Un encuentro de culturas que se abrazan danzando

La puesta en escena inicia con la aparición de un kusillo, personaje andino que da la bienvenida al público. A su lado, una serie de objetos simbólicos anticipa las danzas que se desplegarán a lo largo del espectáculo. Con su presencia lúdica y ceremonial, el kusillo marca el inicio de la obra.

De pronto, irrumpen en escena cerca de cincuenta bailarines con sus respectivos vestuarios. Saltan, juegan y danzan en una coreografía potente y envolvente que atrapa al espectador desde el primer momento. En medio de este torbellino aparece la protagonista, Emilia Drago, quien baila intentando abrirse paso entre los cuerpos en movimiento, como si buscara escapar de esa marea escénica.

A partir de allí, la obra se convierte en un viaje íntimo. El personaje de Emilia rememora sus inicios como bailarina, reconstruyendo su historia personal: desde su infancia hasta la decisión de convertirse en artista. Este tránsito se materializa en una sucesión de danzas que atraviesan distintas etapas de su vida, acompañada siempre por el kusillo, quien funciona como guía y cómplice.

Uno de los momentos más sensibles se da cuando su infancia es representada por una niña vestida de bailarina de marinera, evocando los primeros pasos en la danza. La obra también aborda las dificultades del camino: las lesiones, el cansancio y los dolores del cuerpo, que forman parte de la experiencia del bailarín.

La puesta se enriquece con música en vivo a cargo de Sandra Muente y Mónica Dueñas, quienes aportan una atmósfera emotiva desde la tradición criolla. Así, se va tejiendo un diálogo entre diversas expresiones culturales del país, generando un encuentro de regiones, identidades y memorias.

El espectáculo culmina con una enérgica danza de caporales, donde se evidencia un trabajo coreográfico exigente bajo la dirección de Adrián Uribe. En este tramo final, la protagonista juega con el límite entre personaje y realidad, incorporando momentos de humor al mostrar el cansancio propio del esfuerzo físico, lo que conecta de manera cercana con el público.

Acompañada en todo momento por músicos en vivo, la obra cierra de la misma manera en que comenzó: con un desborde de movimiento, energía y encuentro colectivo. Un gran cuerpo de bailarines toma el escenario, celebrando las tradiciones, el folclor y la diversidad cultural del Perú.

Edu Gutiérrez

18 de abril de 2026

Crítica: HÁBITAT


Hacia un hábitat que siempre nos refugie

La idea de abandonar nuestra “zona de confort” está instalada en la conciencia general desde hace buen tiempo, pero es menos usual tener en mente los grandes sacrificios que implica luchar por lo que queremos; la obra Hábitat, escrita por y dirigida por Sergio Lescano, nos habla de tal situación y sus complejidades. 

El protagonista de la historia es Manuel, interpretado por Sebastián Manyari, quien sueña con ser cineasta y decide dejar su pueblo para lograrlo; pero este cambio no es sencillo, y genera sentimientos muy fuertes entre quienes lo rodean. Por ello, algunos reaccionan con gran tristeza y otros con mucha alegría, aunque también se producen emociones y gestos de envidia y resentimiento, a los que se oponen aquellos de amor y bondad. Junto a ellos, reflexionamos sobre la fuerza de los sueños y cómo estos nos invaden, moldeando la vida. Sin embargo, no se ignoran los problemas que impiden seguir las propias pasiones, aunque se plantea, con esperanza, la posibilidad de retomarlos o no abandonarlos por completo.

En particular, quisiéramos destacar la dramaturgia, que se nota enriquecida por el esfuerzo e inspirada por la propia experiencia. Cabe destacar que es una obra de larga duración, pero justamente por ello, logra desplegarse la narrativa, sorprendiéndonos de vez en cuando. Su pluma sensible nos ubica en las perspectivas de los personajes encarnados por Katia Uriol, Trilce Cavero y Oscar Aguirre: no los condena por sus celos, sus acciones o su silencio, sino que ve en cada uno sus motivaciones y permite que los comprendamos. 

Por ello, recomendamos a nuestros lectores la obra, que esperamos sea presentada pronto nuevamente, y ver igual a los actores en otros proyectos; nos alegró encontrar aquí a Cavero, a quien reconocimos por Olga, el musical criollo. Ojalá también sigamos disfrutando de historias escritas por Lescano, y que nos inspiren, como en esta ocasión, a pensar sobre nuestro futuro y el cambio.

Jimena Muñoz

18 de abril de 2026

lunes, 13 de abril de 2026

Crítica: EL TÚNEL


De los recuerdos y los cambios

El túnel, una creación de Joanna y Diego Lombardi –quien también dirige-, se estrenó en el Teatro NOS PUCP. Esta comedia musical sumerge al espectador en un viaje al pasado, acompañado de las canciones que marcaron los años 2000.

La narrativa de Alberto Rojas Apel nos sitúa en la acostumbrada reunión mensual de un grupo de amigos de colegio que, esta vez, se transforma en una excavación emocional ocasionada por una cápsula del tiempo que abren después de más de veinte años. Cada diálogo abre grietas por donde se filtran secretos, frustraciones y sueños que nunca llegaron a concretarse. Así, entre recuerdos, música y un slam, intentarán no desmoronarse ni como individuos, ni como grupo. 

El reparto lo conforman Emilia Drago, Gisela Ponce de León, Nicolás Galindo, Patricia Barreto, Rodrigo Sánchez – Patiño, Oscar Meza y Ximena Palomino, quienes construyen personajes que no son solo versiones adultas de quienes fueron, sino individuos atravesados por lo que no dijeron en su momento. Una suerte de “yo del pasado”, que no aparece como recuerdo idealizado, sino como una presencia incómoda que interpela constantemente al presente. La obra logra así una tensión sostenida entre lo que se fue y lo que pudo haber sido, evitando caer en sentimentalismos fáciles.

De otro lado, lejos de ser un recurso ornamental, la banda en vivo, bajo la dirección de Awelo Miranda, funciona como un canal alternativo de expresión: hay verdades que los personajes no pueden pronunciar, pero sí cantar. Estas intervenciones musicales, integradas entre los diálogos, amplifican el tono emocional y aportan ritmo a la puesta.

La escenografía —una sala de estar aparentemente cotidiana— opera como una metáfora eficaz del título. Este espacio íntimo se convierte en un “túnel” temporal donde pasado y presente coexisten.

El túnel es una divertida comedia, que destaca por reflejar los inevitables e incómodos cambios que experimentamos como seres humanos con el paso del tiempo. Todos, en algún punto, hemos mirado atrás preguntándonos qué habría pasado si… Aquí, esa pregunta no es retórica: es el motor de un encuentro que, más que reconciliar, expone. Mediante un repertorio musical lleno de nostalgia, nos recuerda que el pasado es una sumatoria de vivencias que nos trajeron a lo que somos hoy.

Maria Cristina Mory Cárdenas

13 de abril de 2026

Crítica: FARSÓPOLIS


El deseo como juego compartido

La propuesta de Farsópolis, dirigida por Alex Ticona y producida por La Tropa del Eclipse, activa su código desde antes de iniciar. En Teatro Ricardo Blume, el espectador no llega a sentarse del todo cuando ya ha sido incorporado a una lógica de juego: un coro que observa, regula y acompaña, un espacio delimitado que exige atención, y una advertencia implícita de que aquí la convención no se oculta, se comparte.

Lo que sigue no es una historia lineal, sino una sucesión de situaciones donde el deseo, el vínculo y el equívoco se despliegan desde un registro abiertamente lúdico. Más que conflictos cerrados, lo que aparece son dinámicas reconocibles llevadas a un punto de exageración que permite observarlas desde otra distancia. Hay algo particularmente sugerente en cómo la obra aborda lo sexual: no desde la provocación directa, sino desde una naturalización que, por momentos, evidencia cuánto de esas libertades siguen siendo aprendidas o incluso negociadas.

Las relaciones que atraviesan la escena no buscan estabilidad; se transforman, se redistribuyen, se desbordan. En ese tránsito, la figura del servicio (la criada, el intermediario) adquiere una presencia activa que reorganiza las reglas del juego. No se trata solo de acompañar la acción, sino de intervenirla, torcerla, encontrar salidas donde aparentemente no las hay. Esa movilidad genera un tipo de humor que no depende del remate, sino de la situación sostenida y de la inteligencia con la que los intérpretes la habitan.

Hay también momentos donde la obra se permite detenerse en zonas más ambiguas. El acercamiento al deseo masculino, por ejemplo, aparece desde un lugar que oscila entre la curiosidad y la contención, sin necesidad de afirmarse en una postura. Lo interesante ahí no es tanto lo que se define, sino lo que queda suspendido: una incomodidad leve, una pregunta que no termina de resolverse y que, sin embargo, no rompe el tono general de la propuesta.

Los intermedios circenses funcionan como una expansión más que como una pausa. La destreza física, la precisión y la concentración de los intérpretes (Joel Candia, Ricardo Cotarate, María Cristina Esteban, Mario de la Riva, Claudia de la Torre y Angie Damacén) sostienen una energía que no decae, sino que se reconfigura constantemente. Hay un goce evidente en el hacer, en el riesgo medido, en la ejecución que se vuelve espectáculo sin necesidad de subrayarse como tal.

Hacia el tramo final, la lógica de la obra se intensifica sin abandonar su código. Las situaciones se vuelven más abruptas, más veloces, casi como si el propio universo que han construido comenzara a desbordarse sobre sí mismo. No hay intención de ordenar ese caos; por el contrario, se permite que avance hasta sus últimas consecuencias, manteniendo siempre ese pacto inicial con el espectador: aquí lo importante no es la resolución, sino el recorrido.

En conjunto, esta gran obra encuentra su mayor acierto en la forma en que articula lo teatral y lo circense desde una misma raíz energética. La comedia no aparece como un mecanismo impuesto, sino como una consecuencia directa de la presencia escénica y del vínculo activo con el público. Hay una sensación de frescura que se sostiene precisamente porque no parece sobrepensada, porque confía en el cuerpo, en el ritmo y en la escucha entre intérpretes. En ese equilibrio, la obra construye una experiencia fluida y disfrutable, donde el artificio no distancia, sino que invita a entrar en el juego.

Naomi Noblecilla

13 de abril de 2026

Crítica: EL APEGO


Cuando cuidar duele

Este fin de semana, El apego se presentó en la Casa Yuyachkani. Es una obra del dramaturgo argentino Emiliano Dionisi, dirigida por Fito Valles e interpretada por Emanuel Soriano.

A través de su desarrollo, exploramos la relación de un hijo con su padre anciano; conforme avanza, se abordan temas como los vínculos (tanto familiares como de pareja), la memoria, el paso del tiempo, el cambio de roles, la dependencia emocional, así como la vejez y la muerte. Es un conjunto de emociones que interpela, involucra y, sobre todo, incomoda.

Definitivamente, esta obra no fue fácil de abordar, sobre todo al tratarse de un monólogo, ya que no es una tarea sencilla. Sin embargo, Soriano le da la vuelta y logra sostenerlo con solvencia. Domina el aspecto físico de la puesta y, sobre todo, el emocional, transitando por distintos estados de ánimo a lo largo de la hora que dura la función.

Al tratarse de una obra bastante personal y emotiva, interpretada con solvencia, considero que Valles acertó al proponer que la actuación de Soriano se desarrolle en un espacio íntimo como la Casa Yuyachkani, donde se logra una conexión muy cercana con el público.

Lo mencionado en el párrafo anterior me lleva a pensar que, dado su carácter íntimo, la obra apuesta por una puesta bastante minimalista, lo que permite centrar la atención en el personaje; aquí, la iluminación juega un papel clave para que esto ocurra.

Con lo dicho hasta ahora, puedo afirmar que se trata de una historia real, intensa y dura, que se mantiene en un punto alto casi sin darnos respiro, algo que por momentos resulta necesario. Conecta con el público de una u otra forma, sobre todo porque aborda temas profundamente personales, como la relación entre un hijo y su padre a lo largo de los años, con honestidad, coherencia y capacidad reflexiva.

En conjunto, El apego funciona al proponer un relato necesario contado con franqueza, que abre un espacio de diálogo a partir de las reflexiones que deja. Ojalá regrese en otra temporada para que más personas puedan acercarse a la obra.

Javier Bendezú

13 de abril de 2026

sábado, 11 de abril de 2026

Crítica: PIENSO


Pensar, de sabios; actuar, de valientes

Puede que muchos de los dichos y refranes populares coloquen en bandos opuestos al pensamiento y a la acción: “Antes de hablar, piensa”; “Quien mucho piensa, poco avanza; o “No basta con pensar, hay que hacer”. En todo caso, los seres humanos podemos acaso clasificarnos (en una de sus tantas y múltiples facetas) en aquellos que anteponen el pensamiento a la acción; y los otros, a la inversa. Lo cierto es que ambos extremos suelen ser perniciosos y lo saludable sería encontrar un término medio, muchas veces ubicado en algún punto de incierta localización. Esta innecesaria reflexión sí considero que viene al caso, ya que cada vez me resulta más difícil encontrar algún detalle que me lleve a la reflexión, luego de apreciar una puesta de teatro en formato breve. Felizmente, en Pienso de Federico Abrill lo encontré.

“El sabio piensa lo que dice; el necio dice lo que piensa”, reza otro refrán. Quizás esta afirmación podría acomodarse a la trama de Pienso, una muy sencilla en su planteamiento, pero profusamente humana y conmovedora en su ejecución. Una librería capitalina, decorada con un inmenso lienzo de papel Kraft repleto de frases clichés sobre ilusiones sentimentales en proceso (y que anticipan en gran parte la historia), es el escenario del encuentro entre Nadia (Erika Loza), la encargada del local, y Fernando (Roy Zevallos), un potencial comprador. En pleno 2026, cuando las redes sociales vienen sistemáticamente vaciando librerías y bibliotecas, ambos jóvenes delatan su inocencia e ingenuidad al intentar trabar alguna relación más allá de la compra de un libro en físico; eso, sin contar con los peligros que enfrentan muchas muchachas laborando solas en los negocios. Aquella voluntad de sincera comunicación, más allá de la formal relación trabajador-cliente y de la terrible sensación de inseguridad que vivimos actualmente, es una de las mayores fortalezas de la microobra que dirige Carlos Posadas Moncada.

Pero el interés sentimental viene con un ingrediente aparte, ya antes mencionado: Nadia y Fernando nos comparten lo que dicen y además, lo que piensan, todo en precisa sincronía. La idea no es nueva, es cierto; sin embargo, Loza y Zevallos se las arreglan para atrapar la atención de los espectadores hasta el final, gracias a una química en escena que se logra solo con un trabajo concienzudo, y especialmente, por el texto de Abrill que intercala diálogos y pensamientos en voz alta, consiguiendo un equilibrio entre momentos tiernos y divertidos. Para cuestiones amorosas, es mejor no pensarlo demasiado. Más bien, se tiene que accionar.

Ambos intérpretes, entrañables y nerviosos cada uno en personaje, superan largamente el calor y los ruidos externos de la sala que les tocó en Casa Bulbo, un espacio ya consolidado como uno de los más interesantes para la exploración escénica.

Ignoro si el teatro breve limeño ya alcanzó su pico creativo y viene estirándose o decantándose en estos días; lo cierto es que puestas como Pienso demuestran que, a pesar de la sobresaturada cartelera actual de este formato, todavía hay espacio para propuestas valiosas y disfrutables como esta.

Sergio Velarde

11 de abril de 2026

Crítica: JAQUE MATE


Zugzwang

Tras Telón es la productora encargada de traer a escena Jaque Mate, obra inédita de Álvaro Cáceda dirigida por Gianella Alzamora, que cuenta con las actuaciones de Adrián Aguinaga y Renato Hidalgo. A esta obra, que tal como su título lo indica utiliza el ajedrez como hilo conductor de la narrativa, se le puede encontrar en el Teatro Juanita Tarnawiecki (ex Mocha Graña), en pleno corazón de Barranco. Pero, ¿es esta nueva propuesta de teatro contemporáneo peruano una auténtica jugada maestra, o es más bien un desacierto dentro del panorama teatral local actual? 

Más que presentar una historia lineal, este montaje nos muestra diferentes momentos en la vida de dos hermanos. Estas viñetas, inicialmente dispersas, terminan por ordenarse e interconectarse en nuestras mentes conforme la obra avanza, definiendo así una imagen clara de la dinámica que tienen los dos personajes. Esta forma de presentar la historia constituye un primer acierto del montaje, puesto que le da dinamismo. Como los eventos no ocurren de forma secuencial, existe una sensación de anticipación fuerte, ya que uno como espectador no sabe si lo siguiente que va a ver va a ser un salto al pasado, al futuro, o al presente. Un segundo acierto importante lo constituye el texto en sí. Dentro de su dramaturgia, Álvaro construye diálogos efectivos, coherentes y llenos de emoción, los cuales crean picos dramáticos bastante logrados. Esto es especialmente destacable porque la situación central que muestra la obra, la cual no revelaré porque creo que se apreciará mejor sin conocerla de antemano, es una relativamente común. Pero precisamente por el buen juego de palabras, la adecuada yuxtaposición de textos, y la correcta implementación del ajedrez como columna vertebral de la obra, este texto logra no solo fluir sino resaltar y ser muy específico, lo cual es un atributo muy positivo. Finalmente, el trabajo de Adrián Aguinaga merece también una mención especial. Adrián tiene la difícil tarea de interpretar a un niño de ocho años. Esto, por supuesto, implica un tipo de energía muy específico, una construcción corporal y un manejo de voz marcados, y mucha entrega y compromiso con la propuesta, la cual Adrián sostiene satisfactoriamente de inicio a fin.

Habiendo dicho esto, existen elementos que creo pudieron haberse trabajado mejor, principalmente dentro del ámbito de la dirección de actores. Un texto de este tipo requiere una cadencia precisa y, sobre todo, suficiente espacio para que aparezcan pausas y silencios entre los diálogos y escenas, sin los cuales la obra no solo no alcanza los niveles que podría alcanzar, sino que los textos terminan sonando un poco botados y las escenas resultando un tanto apresuradas. Renato Hidalgo cae un poco víctima de esto, estando algunos de sus diálogos ligeramente declamados y atropellados, como si estuviese en una carrera consigo mismo por decir todos sus textos, cuando sería mucho más interesante y efectivo si se tomara el tiempo de procesar cada frase antes de decirla. Por otro lado, ya a nivel mucho más subjetivo, también considero que algunos elementos físicos utilizados durante el montaje se sienten un tanto fuera de lugar. La propuesta de por sí es minimalista, por lo que creo que una mejor distribución y sobre todo elección de lo dispuesto en el espacio beneficiaría mucho al montaje, liberándolo de estímulos visuales innecesarios. Finalmente, el recurso de romper la cuarta pared es utilizado de tal forma que engancha al espectador y contribuye a la narración, pero durante solo una pequeña fracción de la obra. Creo que hubiera sido mejor prescindir del todo de este recurso, o en todo caso utilizarlo de forma más equilibrada, sobre todo porque cuando se usó, este funcionó bastante bien.

Jaque Mate es, sin duda, una obra que recomendaría ver. Es cierto que no está exenta de errores. Hay, como ya mencioné, aspectos que pueden pulirse. Pero lo que hay debajo de esos aspectos puntuales es una historia tierna, conmovedora y valiosamente honesta. Dirigida con mucha sensibilidad. Actuada con gran entrega y compromiso. Y presentada de una forma emotiva y original. Les queda una última función este lunes 13 de abril. Vayan. No se arrepentirán. 

Sergio Lescano

11 de abril de 2026

miércoles, 8 de abril de 2026

Crítica: MICRO BUTACA ABRIL


Pasos en la dirección correcta

La última vez que asistí a Micro Butaca, formato de microteatro creado por la productora de teatro y audiovisual Butaca Film, salí ligeramente decepcionado. A pesar de que la dinámica que ofrecen me pareció muy novedosa y entretenida, las microobras que vi ese día no lograron capturar del todo mi atención por motivos que expliqué en detalle en la crítica que les hice en aquel momento. Esta vez, sin embargo, mi experiencia fue considerablemente diferente. 

Nadie se queda atrás, dirigida por Karla Reluz, fue la primera obra de la noche. Estrictamente hablando no es una obra en sí, sino una propuesta performática que involucra directamente al público, haciéndolo partícipe de su desarrollo, que aborda temas con los que todo peruano puede identificarse: la falta de empatía en el transporte público, la indiferencia e ineficacia que muchas veces son perennes en nuestro sistema de salud, el descaro y la impunidad que corrompen nuestro sistema gubernamental, etc. Son temas fuertes y amplios que funcionan dentro del montaje porque están hilados de manera inteligente, sensible y dinámica. Victoria Lara es la actriz encargada de guiarnos a través de esta experiencia, y lo hace con la convicción, compromiso y seriedad que los temas demandan, logrando hacernos reflexionar acerca de nuestra realidad y hacer eso a lo que parecemos tenerle tanto miedo: evaluarnos realmente como sociedad y analizar cuál es la verdadera causa de que el país esté como está.

Después de clases, escrita por Omar Leonardo y dirigida por Ramón García, aporta la nota más cómica de la noche al yuxtaponer a dos personajes con visiones totalmente contrarias sobre la educación. El primero, interpretado por Luis Jiménez, es un profesor con más de treinta años en las aulas, aprista enclosetado, y la segunda, interpretada por Celeste Rondón, es una profesora recién egresada de la universidad y por lo tanto aún libre de los prejuicios y el desgaste emocional que implica trabajar en el sistema educativo público peruano. Esta microobra, en apariencia simple, funciona bastante bien, quizá incluso mejor de lo que debería. A nivel de texto, la dramaturgia logra construir un arco dramático verosímil, haciendo que sus personajes, particularmente el de Celeste, atraviesen una transformación lógica (y divertida) en escena, incluso soltando un efectivo giro argumental casi al final de la obra que nos dejó a todos verdaderamente atónitos. A nivel de dirección, el pequeño espacio disponible es aprovechado al máximo, el ritmo cómico está logrado y equilibrado, y el código actoral empleado es el correcto. Finalmente, a nivel actoral, tanto Luis como Celeste tienen un muy buen desempeño. Mucha escucha, mucha conexión, adecuada interiorización de los textos, gran manejo de los matices cómicos y, sobre todo, juego. Luis tiene el reto de interpretar un personaje mucho mayor de lo que es en la vida real, imponiendo una voz y una corporalidad específicas que, aunque disonantes con su apariencia física, terminan por funcionar gracias a su carisma y compromiso con la propuesta. Celeste, por su lado, aterriza y ancla muy bien el montaje, cargando a su personaje del optimismo clásico de aquellos docentes que recién están dando sus primeros pasos y afirman que el cambio que queremos en el mundo empieza en las aulas. Su personaje podría tranquilamente haber sido opacado por el más estrafalario de Jiménez, pero sucede lo contrario. A lo largo de la obra este va cobrando una tridimensionalidad muy interesante e igual de destacable.

Quizá el momento más desnivelado de la noche llega con La última oportunidad, escrita por Yamil Sacin y dirigida por Daniel Goya. Esta microobra apuesta por el drama, en este caso el de una pareja de esposos que hacen un último viaje juntos con la esperanza de que este los ayude a reparar las brechas que se han ido forjando en su matrimonio a lo largo de los años. La situación cobra dimensiones apocalípticas, literalmente, cuando se revela que un asteroide del tamaño de San Juan de Lurigancho está próximo a estrellarse contra la Tierra. Es así que la pareja descubre que esta es efectivamente su última oportunidad de arreglar sus diferencias y redescubrir el amor que los juntó en un inicio antes de que sea demasiado tarde. Creo que el problema central de este montaje parte a raíz de la magnitud tan grande de los eventos que propone la dramaturgia. El texto en sí no carece totalmente de mérito. A pesar de muchas veces caer en lugares comunes, en este caso, sobre problemas matrimoniales clásicos, este fluye y contiene los ingredientes esenciales para que el teatro funcione (conflicto, objetivos, urgencia, etc.). La dirección tampoco es mala. La primera parte de la obra, de hecho, es prometedora, lográndose imponer una atmósfera y un ritmo específico y cadencioso gracias al correcto uso de las luces, a la distribución eficiente de elementos en el espacio, y a la adecuada dirección de actores. El tema es que una vez que el inminente fin del mundo se anuncia, este desbarata toda la verosimilitud que se había construido, ya que los actores no llegan realmente a interiorizar la dimensión que tendría un evento como este, resultando en que gran parte de la obra se sienta falsa, y carente de auténtico riesgo. Aun así, destaco el trabajo de Rosilu Osorio, quien se compromete con el papel a pesar de las dificultades que presenta el texto. Irónicamente, Yamil Sacin trastabilla un poco, a pesar de ser una obra de su propia autoría, apresurando textos y diciéndolos sin que estos logren tener el impacto que podrían. No dudo de las capacidades de ambos actores, pero creo que en esta microobra los dos están encarcelados en un formato que simplemente no les ayuda. En el 2011, Lars Von Trier dirigió una película llamada Melancolía que trata justamente sobre la posible colisión de un planeta errante con la Tierra. Esta película retrata el lento acercamiento de dicho planeta al nuestro a lo largo de más de dos horas de metraje. Lo menciono porque intuyo que este texto podría crecer y evolucionar mucho si se le da el espacio de hacerlo. Después de todo, contraponer el ocaso de un matrimonio con la potencial destrucción del mundo es una idea innegablemente interesante, que creo merece más que solo quince minutos.

En líneas generales, la pasé bastante bien en esta segunda visita a Micro Butaca. Recomiendo que vayan a alguna de sus funciones restantes (les quedan tres). Garantizo que ninguna de las obras presentadas esta temporada los dejará indiferentes. Y eso de por sí, ya es un logro considerable. ¡Nos vemos en el teatro!

Sergio Lescano

8 de abril de 2026

Crítica: ROMEO Y JULI


Entre sueños y realidades

Casi todas las interpretaciones del clásico Romeo y Julieta centran el conflicto en el romance de los jóvenes frente a la oposición de sus familias. Gary Owen, dramaturgo galés, reconocido por el contenido político de sus obras y críticas, se inspira en la famosa tragedia shakesperiana para contarnos de un romance, que igualmente nace del encuentro casual de dos almas inocentes, pero que enfrentan retos y dificultades diferentes a las de las acomodadas familias del siglo XVII. La música moderna y los haces de luz sobre el escenario nos ubican en el presente, como advirtiendo que no es una versión moderna del viejo drama, sino algo nuevo y distinto.

Juli es una joven muy estudiosa que sueña con ser admitida en Cambridge para ser astrofísica. Proviene de una familia trabajadora en la que nunca nadie ha llegado a pisar una universidad. Si el final feliz de los cuentos de hadas es que la hija - virgen por si acaso - se case con un príncipe (¿azul?), el sueño de los padres de Juli es verla profesional y así salir todos de la situación de las clases bajas.

Romeo es un joven analfabeto que creció en un hogar disfuncional, más pobre que el de Juli. Muy pronto se volvió padre soltero y afronta con dificultad el día a día, sin rendirse y sin sueños. Vive con su madre alcohólica, que poco puede hacer por él, la bebe o por sí misma.

En ese contexto se conocen Romeo y Juli, y la relación que inician enfrenta las condiciones en las que ambos viven.

La obra se desarrolla en dos actos, que separan el drama radicalmente. En la primera, el autor ha querido darle un tono moderno a la fábula, con personajes buenos y malos, donde los buenos (los jóvenes) se enamoran y su amor heroico podrá hacerlos vencedores de todas las dificultades, especialmente cuando descubren que por un "descudio" su proyecto personal –que también es familiar- puede quedar en la disyuntiva. Una polémica solución cruza como alternativa, pero una nueva vida en la nueva familia constituida por ellos es parte de la fantasía. En la segunda parte hay transformaciones, que no puedo comentar para no arruinarles más la sorpresa. Solo puedo decir que la obra opta por sacudirnos totalmente por la forma en que los personajes afrontan la nueva situación, dejando la reflexión al público respecto a la resolución del conflicto. Cada quien es libre de aceptar o cuestionar el camino escogido.

El excelente texto de Gary Owen ha sido genialmente puesto en escena, bajo la precisa y experimentada dirección de Mikhail Page. Excelentes actuaciones de Diego Pérez, interpretando la valentía de Romeo para llevar adelante su paternidad; Merly Morello, en el papel de una Juli algo cándida y soñadora, metida en sus estudios, pero honesta y solidaria; Miguel Iza, el papá de Juli, sacrificado obrero cuyo sueño es que su hija sea profesional; Denise Arregui, la madrastra de Juli que enfrenta las dificultades de una comunicación franca con ella; y en especial, la extraordinaria actuación de Érika Villalobos, mamá de Romeo, alcohólica, grosera, realista hasta la crueldad y por todo ello encantadora.

Y no, no hay un doble suicidio como final. Escapar de la realidad con un veneno no es la solución de Owen, sino enfrentarla.

David Cárdenas (Pepedavid)

8 de abril de 2026

domingo, 5 de abril de 2026

Crítica: LA TELARAÑA


Aquel cuadro en la pared

Muchas veces me pregunto por qué un simple detalle, que podría parecer acaso imperceptible o irrelevante, puede cobrar tanta importancia cuando me enfrento a redactar una crítica de teatro. Y es que ese detalle en escena nos acompaña mientras el público entra a sala y esperamos pacientemente la tercera llamada para dar inicio a la función. Me refiero específicamente al cuadro en la pared de la Sala Ana Loli del Teatro Esencia de Barranco, que acogió la puesta en escena de la simpática comedia de misterio La telaraña, creada originalmente por la Reina del Crimen, la británica Agatha Christie.

¿Qué tiene de especial el cuadro? Pues lo que alcanzamos a ver en él: la mirada hipnótica de un lobo, en la parte superior; a un lado, una persona con las alas de una mariposa a la altura de sus ojos, sobre una especie de duende mágico; en el otro lado, medio rostro de la bellísima Angelina Jolie interpretando a Maléfica; y al centro, la imagen de una mujer con los pechos semidescubiertos, abriendo con sus pies descalzos un libro. En otras palabras, una pieza de arte ciertamente curiosa y atractiva, pero que delata su anacronismo minutos antes de apreciar, supuestamente, una pieza de época, como lo es el texto escrito por Christie en 1954. Y esa sensación, como espectador, de no tener claro el contexto espacio-temporal es con la que se inicia el drama.

Siguiendo la estela dejada por la irregular La ratonera (2025), el experimentado Gerardo Fernández adapta y dirige la puesta en escena, luego de pasearla por los auditorios del Británico, y que involucra también a un grupo cerrado de personajes y un cadáver dentro de una vivienda. A su favor, el montaje de GCR Producciones cuenta con un elenco más que solvente, con la siempre agradable presencia de la actriz y productora Gessy Cochachi; los jóvenes talentos de Camila Battistolo y Lucciano Murúa; los muy creíbles Eduardo Paredes y Arom Cortez, cada uno en doble papel; y el mismo Fernández. Sin embargo, es en el intermedio, cuando se nos pide elucubrar quién es el asesino (igual que en La ratonera), que nos percatamos de que acaso debió haber un mayor desarrollo de los personajes al inicio, algunos apenas bosquejados, y que el ritmo que marca la comedia bien puede confundirse, a veces, con el apuro.

De todas formas, el buen oficio de Fernández se nota, especialmente en el segundo acto, con las sucesivas revelaciones siempre salpicadas por lo cómico de la situación, y también al arreglárselas para aprovechar al máximo el espacio que dispone, para crear así la convención de estar en una sala de época de familia acomodada, con puertas ocultas y cajones secretos. Y ese bendito cuadro dominándolo todo.

Esta versión de La telaraña, con los ajustes necesarios en la composición de los personajes secundarios y una revisión pendiente en el apartado estético, entretuvo en términos generales y el público disfrutó con esta historia que parodia deliberadamente al thriller policíaco, alternando suspense y humor. Con todo y aquel cuadro en la pared.

Sergio Velarde

5 de abril de 2026