viernes, 3 de abril de 2026

Crítica: NiÑAS & NIÑOS


Cuando lo cotidiano se vuelve perturbador

Hace poco se estrenó la obra Niñas & niños, un monólogo escrito por el dramaturgo británico Dennis Kelly. Este se presenta en el Teatro de Lucía, bajo la dirección de Jorge Robinet y Nae Hanashiro, y con la actuación de Vanessa Vizcarra.

En Niñas & niños conocemos la historia de una mujer que reconstruye su vida a partir del momento en que conoce a su esposo, la formación de su familia y su renacimiento profesional. Aunque el relato parte de lo cotidiano, a medida que avanza va revelando capas cada vez más complejas, vinculadas a temas como el amor, la violencia y las relaciones, por ejemplo.

Bajo una narración que aparenta sencillez, la protagonista reconstruye su historia con humor, ironía y una crudeza que se filtra de a pocos, abordando su vida amorosa, sus aspiraciones profesionales y su experiencia como madre, mientras desliza una reflexión sobre la sociedad y los vínculos humanos. Sin embargo, a medida que sus recuerdos —íntimos y familiares— toman forma, afloran tensiones soterradas, quiebres emocionales y contradicciones en la pareja, insinuando cómo una relación que parecía sólida puede derivar, casi sin aviso, hacia un desenlace oscuro y perturbador.

Al tratarse de un monólogo de casi dos horas de duración, todo el peso de la obra recae sobre Vizcarra, quien lo sostiene con solidez y seguridad. Su interpretación destaca por la variedad de matices que construye en función de lo que el personaje va revelando, así como por sus precisos cambios de tono y una progresión emocional bien trabajada. Además, el formato íntimo del Teatro de Lucía potencia la cercanía con el público, reforzando la conexión directa con la historia.

En cuanto a la dirección, Robinet y Hanashiro apuestan por el minimalismo, una decisión acertada que permite que la actuación tome el protagonismo. En general, la puesta es sobria y funcional: cuenta con elementos que refuerzan la manera en que se narra la historia, como la iluminación y el sonido, este último especialmente en el uso de las pausas.

Si bien el ritmo de la obra puede resultar lento por momentos, destacan la sólida interpretación de la actriz, la progresión con la que se desarrolla el texto y su capacidad para incomodar al espectador. En ese sentido, Niñas & niños se presenta como una obra necesaria, de esas que vale la pena ver hasta el final, ya que deja múltiples preguntas abiertas e invita a la reflexión a partir del diálogo.

Javier Bendezú

3 de abril de 2026

miércoles, 1 de abril de 2026

Crítica: Bodas de sangre


Un destino anunciado que aún busca cuerpo

Esta adaptación de Bodas de sangre, realizada por Marco Paulo Méndez y dirigida por Omar del Águila, asume el desafío de trasladar a escena una de las tragedias más intensas del repertorio. El universo lorquiano, donde el destino, la violencia y el deseo se entrelazan en una poética profundamente encarnada, exige una articulación precisa entre cuerpo, palabra y espacio. La propuesta evidencia una intención de búsqueda en esa dirección, aunque su desarrollo aún no logra consolidar un lenguaje escénico plenamente integrado.

Desde lo visual, la puesta construye una atmósfera sugerente. La escenografía plantea un bosque blanco, seco, atravesado por velos que remiten a la figura de la novia. Bajo la luz ultravioleta, estos elementos revelan manchas que evocan sangre, anticipando simbólicamente el desenlace. Se trata de una imagen valiosa que instala, desde el inicio, un tono lúgubre coherente con el universo de la obra.

Sin embargo, esta potencia inicial se diluye en el desarrollo lumínico. La elección de colores, por momentos estridente y poco articulada, interfiere con la lectura del espacio y debilita la atmósfera construida. Lo que se propone desde la escenografía no encuentra un correlato sostenido en la iluminación.

En el plano interpretativo, el inicio no logra establecer con claridad el vínculo entre los personajes, particularmente en la relación entre la madre y el hijo. La escena se percibe desarticulada, con intérpretes que en varios momentos parecen concentrados en decir el texto más que en sostener la situación. Esta cualidad se extiende a lo largo de la obra, donde la palabra no siempre se traduce en acción ni afecta al cuerpo de manera visible.

En particular, uno de los roles principales presenta un trabajo limitado en términos de inflexión, presencia corporal y variación energética. La interpretación se mantiene en un registro uniforme que reduce la tensión dramática y debilita la progresión del conflicto. A ello se suma, en distintos pasajes, una proyección vocal insuficiente que resta fuerza a escenas que requieren mayor sostén.

A nivel de conjunto, el elenco evidencia una energía irregular, con momentos donde la intención no termina de definirse y la escena pierde espesor. En una obra donde el conflicto atraviesa constantemente a los personajes, esta falta de implicación corporal genera una distancia que afecta la experiencia.

En cuanto al lenguaje escénico, la propuesta sugiere una aproximación híbrida entre lo clásico y lo performativo. Se incorporan momentos de canto, secuencias físicas y recursos que buscan expandir el código de representación. No obstante, estas decisiones no terminan de articularse en un sistema coherente. Las intervenciones musicales, en particular, aparecen desancladas de la acción dramática y generan cortes en el ritmo más que una continuidad expresiva.

La canción de cuna, elemento central en la dramaturgia de Lorca, no alcanza aquí la carga simbólica que tiene. Su tratamiento no logra concentrar ni organizar las distintas estrategias escénicas, perdiendo una oportunidad clave para consolidar el lenguaje propuesto.

En contraste, el uso del espacio escénico presenta momentos de interés. La exploración de distintos niveles y la proximidad con el público activan, por momentos, una mayor conexión interpretativa. En esas instancias se percibe una presencia más orgánica, que sugiere una línea de trabajo con potencial de desarrollo.

La propuesta no resulta inaccesible, pero sí evidencia una construcción que falta pulir. Hay una intención clara de diálogo con el material original, así como una búsqueda por expandir sus posibilidades escénicas. El desafío radica en afinar la relación entre sus elementos para que la puesta alcance una mayor coherencia.

Bodas de sangre es, en esencia, una obra donde el destino no solo se enuncia, sino que se encarna. Cuando esa encarnación no se sostiene, la tragedia se vuelve visible, pero no termina de suceder.

Naomi Noblecilla

1° de abril de 2026

Crítica: CON-CIERTO OLVIDO


Entre memoria y olvido: una experiencia escénica profundamente bella

La obra Con-cierto olvido del grupo cultural Yuyachkani, presentada los días 28 y 29 de marzo de 2026 en el Gran Teatro Nacional, se manifiesta como una experiencia escénica de notable belleza y profundidad, en el marco de la conmemoración de sus 55 años de trayectoria.

Lejos de una estructura fragmentada o anecdótica, la propuesta se percibe como un tejido orgánico donde música, voz, cuerpo y memoria conviven en perfecta armonía. La escena, construida con una sobriedad rigurosa, alcanza imágenes de gran potencia estética, en las que la luz, el color y la disposición de los intérpretes configuran una poética visual que cautiva sin recurrir al exceso.

Uno de los mayores aciertos de la obra radica en la presencia escénica de sus intérpretes. Cada uno sostiene un peso específico dentro del conjunto, pero es en lo colectivo donde la propuesta alcanza su mayor fuerza: se escuchan, se acompañan y se responden con una precisión que evidencia un trabajo sostenido a lo largo del tiempo. La voz, en particular, se convierte en un vehículo expresivo central, capaz de transitar desde lo íntimo hasta lo expansivo, llenando el espacio con una resonancia clara y conmovedora.

La música no cumple un rol accesorio, sino estructural. A través de ella se construyen atmósferas que evocan memoria, territorio y emoción, dialogando con tradiciones diversas del Perú y reafirmando el compromiso del grupo con la investigación y la transmisión cultural. En este entramado, el público no permanece distante: se ve inevitablemente convocado a recordar, a acompañar y a formar parte de esta experiencia.

Fiel a su identidad, Yuyachkani sostiene una mirada crítica sobre la realidad peruana, abordando de manera directa problemáticas como la corrupción, sin perder por ello la delicadeza poética que atraviesa toda la obra. Esta coexistencia entre denuncia y belleza constituye uno de los rasgos más potentes de la propuesta.

Con-cierto olvido se revela así como una obra profundamente humana, donde la memoria no es solo evocación del pasado, sino un acto vivo que se construye en el presente. Su mayor virtud reside en transformar lo escénico en una experiencia compartida, recordándonos que el teatro, como la vida, no se define por un final, sino por la intensidad de su recorrido.

En escena, seis intérpretes junto a dos músicos construyen una unidad viva, donde la música no acompaña: emerge del propio cuerpo escénico. La capacidad de los ocho artistas para ejecutar diversos instrumentos con notable destreza eleva la propuesta a un nivel de sensibilidad excepcional, consolidando una experiencia orgánica y memorable.

Así, Con-cierto olvido trasciende la representación y se instala en la memoria del espectador, afirmando que entre el olvido y el recuerdo existe un territorio profundamente humano donde el teatro encuentra su sentido.

Tammy Alfaro

1° de abril de 2026