domingo, 19 de abril de 2026

Crítica: ANA MARÍA, LA BELLA


Ana María y la dulzura de sus sueños

Cuando Ana María (Attilia Boschetti) ingresa al escenario, empujando un antiguo baúl y lo abre, parece que de él extrae los recuerdos más profundos que marcaron su vida y los exhibe con la inocencia de quien no tiene que pedir permiso para hablar.

El escenario dispuesto en semicírculo hacia nosotros, nos envuelve y nos sentimos dentro de la sala de una vieja casona parisina en la que vive, sola, Ana María. Durante poco más de una hora, que ojalá se extendiera, ella repasa sus orígenes, sus primeros años y sus recuerdos de actriz joven y bella. Nos cuenta, desde la admiración resignada, de otra actriz (Gigí) que sí fue famosa, de quien se hizo amiga, confidente y rival. Nos lo cuenta a nosotros, que estamos en esa modesta sala de su casa, con ese humor e ironía que se aprenden con los años.

Una dulce melodía invade a ratos el ambiente, como parte del aire que respiramos, para compartir la nostalgia con la que Ana María describe los momentos que vivió y los que no pasaron nunca. Así, toda la obra es un canto a la vida que no fue, pero sin amargura. Lo íntimo no provoca pena o vergüenza sino admiración y ternura, gracias a la poesía de sus palabras, su gesto y su voz, madura y firme

Con la acertada dirección de Alberto Isola, nuevamente Boschetti encarna, con una notable actuación que transmite emoción, intensidad y honestidad, a una actriz mayor que nos hace partícipes de su historia, como lo hiciera en agosto del año pasado con un texto propio, en la inolvidable Después de ti, azul infinito. Esta vez nos trae a un personaje creado en el hermoso texto de Yazmina Reza y que recuerda su vida, con la aceptación de que ya pasó y no pudo ser. Quién mejor para interpretarlo que Attilia Boschetti.

Ana María, la Bella estará solo hasta el 6 de mayo (martes y miércoles) en la Alianza Francesa.

David Cárdenas (Pepedavid)

19 de abril de 2026

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