Silencio heredado
Las veces que no (te) dije te quiero, escrita por Mario Zanatta y dirigida por Renato Piaggio, es una obra que habla de algo muy sencillo y muy difícil a la vez: decir “te quiero”. Así, sin adornos, sin vueltas. Habla de todo lo que pasa después, cuando no se sabe decir a tiempo.
La historia reúne a tres generaciones: abuelo, padre e hijo. Lo interesante no es solo lo que se dice, sino cómo la obra juega con el tiempo. No avanza en línea recta. Va al pasado y vuelve al presente casi sin avisar. Los personajes cambian de edad y con eso, de actitud y forma frente a nosotros y entendemos que lo que vemos ahora tiene raíces muy atrás. Ese juego de tiempos hace que la historia no se sienta pesada, sino viva. Nos permite ver cómo los mismos silencios se repiten, y cómo lo que no se resolvió antes aparece después, como eco. Hay un círculo invisible en la vida familiar de estos tres personajes.
El recurso funciona porque no es complicado ni forzado. Los cambios son fluidos. El pasado no está lejos: está ahí, respirando en el mismo espacio. Y eso duele un poco, porque deja claro que las heridas familiares no desaparecen solas. Se heredan. Y duele también porque es casi imposible no ver un reflejo de la vida misma, de la nuestra.
En escena destaca con mucha fuerza Carlos Victoria, primer actor peruano, cuya presencia se siente desde que pisa ingresa al escenario. No necesita exagerar nada. Trabaja desde la pausa, desde la mirada, desde el silencio. Hay algo muy honesto en su actuación. Logra que entendamos a su personaje incluso cuando no habla, o cuando pasa de una emoción a otra con naturalidad. Su experiencia se nota, pero no pesa: suma. Es un punto de equilibrio para la obra.
Junto a él están David Carrillo y Sergio Armasgo. Carrillo sostiene con firmeza el rol intermedio, ese padre que está atrapado entre lo que recibió y lo que no sabe cómo dar. Y Armasgo, el menor del elenco, aporta una energía distinta: más vulnerable, más directa. Su personaje carga con la frustración de querer romper el ciclo y no saber cómo hacerlo. De ser adulto cuando aún no lo es tanto. Tiene una presencia sensible, contenida, que conecta rápido con el público. Se siente genuino, y eso le da frescura al montaje.
Además, verla en el Teatro de Lucía es un acierto. Es un espacio pequeño, acogedor, cercano. No hay distancia entre el público y los actores. Eso hace que cada silencio se sienta más fuerte y cada palabra tenga más peso. Es el tipo de teatro perfecto para una historia íntima, donde lo importante está en los detalles.
En esta obra todo sucede como debe suceder, por lo que no se dijo, pero también por lo que no se supo decir bien. No busca solucionar nada, pero sí, quizás, que pensemos en lo que podríamos decir a tiempo. Y tal vez, después de verla, tengamos un poco más de ganas o de valor para decirlo. O quizás también, para pedir que nos digan.
Cristina Soto Arce
8 de marzo de 2026

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