domingo, 22 de marzo de 2026

Crítica: LA ÚLTIMA PIEZA


Aprendiendo a bailar con el dolor

La Última Pieza es el último esfuerzo de Teatro Diverso, productora y gestora artística integral multidisciplinaria dirigida por Jasmine de Soria, que además apuesta por ser una escuela artística inclusiva y respetuosa de las identidades diversas y neurodiversidades. La Vaca Multicolor, en Lince, es el espacio elegido para ser el telón de fondo de esta novedosa propuesta escénica que cuenta con las actuaciones de Alvaro Becerra, Mario Rengifo, Valery Biton y de la misma Jasmine, cuyo cuento original inédito no publicado es el que da origen a esta creación, escrita para el teatro y dirigida por Linda García. Pero, ¿logra esta “última pieza” dar el salto de la prosa a la dramaturgia de manera efectiva, o es que termina siendo más bien un paso un falso?

La trama es sencilla y directa: Jenny es una bailarina que anhela poder seguir entregándose a su arte, pero cuya enfermedad amenaza con truncar dichos planes. Cuando conocemos a Jenny, lo hacemos en su camerino, durante los minutos previos a su salida a escena, y no tardamos mucho en descubrir que sus miedos y sus recuerdos la tienen prisionera, al punto de que es incierto si es que podrá bailar esta última pieza o no. La premisa que nos plantea la obra, además, es que conforme esta va avanzando, va acortándose también el tiempo de espera para Jenny, siendo cada minuto que pasa uno decisivo que la va llevando cada vez más cerca de su aparición (¿final?) en el escenario.

De forma bastante extraña, el problema con La Última Pieza es también su mayor virtud: la abundancia de ideas, decisiones y propuestas que nos presenta. Entre las acertadas, por ejemplo, está la premisa de ubicar la obra en los últimos cinco minutos antes de la salida a escena de la protagonista, ya que esta cuenta regresiva le aporta urgencia a la puesta escénica de manera orgánica, haciendo que haya mucho en juego y dándole un norte claro a la obra. El recurso de la música en vivo (órgano a cargo de Eduardo Zapata) es uno que también realza mucho la ficción mostrada, generando reacciones emocionales poderosas y convirtiéndose prácticamente en un personaje más de la puesta. Finalmente, la dramaturgia de García, aunque por momentos cae en lugares comunes, representa también un acierto, ya que, al contar con un ritmo interno adecuado, siempre empuja la obra hacia adelante, dándonos más información, ayudándonos a completar de a pocos el rompecabezas de la vida de Jenny, y a conectar con su drama de manera progresiva, pero poderosa.  

Habiendo dicho esto, hay algunas decisiones cuestionables también. Principalmente que, en su afán por querer integrar distintas disciplinas y códigos artísticos en una misma puesta (hay canto, hay baile, hay ruptura de cuarta pared, hay textos dichos de forma coral, hay teatro físico, hay teatro testimonial, hay incluso momentos de carácter y tono más absurdo y vanguardista en los que los actores dan voz a personas externas a la trama con el fin de redimirlas y visibilizarlas, etc.), la obra sufre ya que termina viéndose sobresaturada de estímulos distintos y no siempre congruentes entre sí. Esta misma ambigüedad en torno a qué línea artística realmente quiere seguir la obra se traslada también a la esfera de la dirección de actores. Pudieron haberse definido mejor los personajes de Becerra y de Biton, por ejemplo, los cuales terminan resultando un poco desaprovechados (mucho mejor parados quedan Rengifo y De Soria, quienes brindan actuaciones comprometidas y bastante mejor definidas). Finalmente, el hecho de que la obra trate acerca de una bailarina profesional, promete y requiere una ejecución más prolija e impactante del aspecto dancístico de la obra, el cual también queda, lamentablemente, un tanto relegado. 

¿Vale la pena ver, entonces, La Última Pieza? Creo que la respuesta es un sí categórico. Ya que más allá de cualquier defecto, es una obra que, primero que nada, se atreve a abordar un tema muy difícil de manera directa y sin filtros. Y, en segundo lugar, porque es una obra a la que le sobra un ingrediente clave y muchas veces pasado por alto: el amor. Es evidente cuando un producto artístico se hace con indiferencia, por compromiso y sin pasión alguna. Ese no es el caso aquí. La Última Pieza ha sido hecha con las intenciones y por los motivos correctos, y esa intencionalidad fue lo que finalmente me llevé de esta obra cuando las luces se apagaron y se corrió el telón. Véanla. Tienen tres funciones más. 

Sergio Lescano

22 de marzo de 2026

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