Dramaturgia alemana en su mejor momento
El talentoso Jorge Villanueva es el encargado de dirigir actualmente tres montajes en paralelo, hecho que además de ser curioso e inusual para nuestro medio teatral, resulta todo un reto para este joven director el conseguir la misma calidad artística lograda con El Dragón de Oro, montaje nombrado por El Oficio Crítico como el mejor del 2011. Justamente, el autor de la obra en cuestión, Roland Schimmelpfennig, es el encargado de escribir el inteligente drama Los cuatro puntos cardinales, llevado a escena por los alumnos de octavo ciclo de la Escuela de Teatro del TUC en el Centro Cultural El Olivar.
Así como en la ya mencionada El Dragón de oro, el notable escritor alemán Schimmelpfennig nos presenta escenas aparentemente aisladas, sin rumbo fijo, de cuatro personajes que se entrecruzarán al final del drama: el Hombre del Norte, que pierde la carga de su camión, consistente en globos moldeables de colores; el Hombre del Sur, que encuentra dicha carga y decide venderla disfrazándose de un insólito payaso con dos lenguas; la Camarera del Oeste, con rizos en forma de serpientes, como Medusa; y madame Oiseau, la Adivina del Este, que predice la tragedia al encontrarse estos personajes. Los textos se repiten una y otra vez, añadiendo cada vez muchos detalles sugerentes, que vuelven rica y compleja la puesta en escena.
Con un impecable trabajo de todo el elenco y una cuidada producción, precisa en cada detalle, Los cuatro puntos cardinales es un excelente montaje por sus cuatro costados; puede confundir en un inicio, pero no tarda en atrapar al espectador con sus impactantes imágenes (como la progresiva transformación del payaso de Carlos Casella) y sus diálogos y monólogos, llenos de poesía y misterio, recitados por el limpio y parejo coro de actrices. Confiamos que las otras dos obras con Villanueva como director y con textos de dramaturgos alemanes (El Feo y Parásitos de Marius von Mayenburg, en la ENSAD; y El Último Fuego de Dea Loher, en el Goethe), tengan la misma excelencia antes mencionada, consolidando el gran momento que atraviesa nuestro teatro independiente limeño, con una gran calidad en varios de sus montajes, y que dificultan la tarea de este servidor para elegir a lo mejor del 2012, en la Premiación que ya se avecina en el mes de diciembre.
Sergio Velarde
12 de noviembre de 2012
lunes, 12 de noviembre de 2012
domingo, 11 de noviembre de 2012
Crítica: MEDIAS NARANJAS
Discreto montaje acerca del amor y del desamor
Las relaciones de pareja siempre serán materia prima para contar mil y una historias, acerca de lo cómico o lo dramático que pueda resultar. Encontrar a esa “media naranja”, tan inubicable para muchos, provoca situaciones de todo calibre: en Medias Naranjas, del dramaturgo español Carlos García Ruiz, son siete historias cortas que hurgan en el siempre complicado terreno del amor. Teniendo como títulos Declaración, Cita, Terapia, Tentación, Conferencia, Sorpresa y Despedida, el autor propone que cada cuadro se mueva entre el drama y la comedia, con algunas sorpresas, pero sin ofrecer nada realmente nuevo y que no hayamos visto mil veces en otras producciones.
El director Rafael Mora comprende la mecánica del montaje y las tribulaciones de los personajes, consiguiendo un rendimiento parejo en su elenco del Taller Estudio de Formación Actoral ETEFA: Ernesto Ayala, Jessika Galarreta, Marieli Llerena, Claudia Mendoza, José Omar Paz, Palestina Salazar, Gustavo Seclén y el mismo Mora, a pesar de un texto poco novedoso. Tratándose de siete escenas independientes, era necesario no demorar los cambios de escena para que el ritmo no decaiga; para ello el director tiene a varios actores que podrían mover los cubos, así como apresurar las luces y el sonido. Y el humor, producto de las palabras soeces, el doble sentido y la sexualidad de algunas situaciones y personajes, podría haber sido más estilizado.
Acaso la mejor escena sea la última, en la que la misma pareja del prólogo, repite prácticamente el mismo diálogo, pero intercambiando las personalidades, destacando el trabajo de Seclén. Medias Naranjas es un discreto montaje, que bien podría replantear algunos aspectos en su producción y dirección, para ganar una personalidad propia y convertirse en una opción destacable en medio de todas las comedias románticas que aparecen en nuestra cartelera.
Sergio Velarde
11 de noviembre de 2012
Las relaciones de pareja siempre serán materia prima para contar mil y una historias, acerca de lo cómico o lo dramático que pueda resultar. Encontrar a esa “media naranja”, tan inubicable para muchos, provoca situaciones de todo calibre: en Medias Naranjas, del dramaturgo español Carlos García Ruiz, son siete historias cortas que hurgan en el siempre complicado terreno del amor. Teniendo como títulos Declaración, Cita, Terapia, Tentación, Conferencia, Sorpresa y Despedida, el autor propone que cada cuadro se mueva entre el drama y la comedia, con algunas sorpresas, pero sin ofrecer nada realmente nuevo y que no hayamos visto mil veces en otras producciones.
El director Rafael Mora comprende la mecánica del montaje y las tribulaciones de los personajes, consiguiendo un rendimiento parejo en su elenco del Taller Estudio de Formación Actoral ETEFA: Ernesto Ayala, Jessika Galarreta, Marieli Llerena, Claudia Mendoza, José Omar Paz, Palestina Salazar, Gustavo Seclén y el mismo Mora, a pesar de un texto poco novedoso. Tratándose de siete escenas independientes, era necesario no demorar los cambios de escena para que el ritmo no decaiga; para ello el director tiene a varios actores que podrían mover los cubos, así como apresurar las luces y el sonido. Y el humor, producto de las palabras soeces, el doble sentido y la sexualidad de algunas situaciones y personajes, podría haber sido más estilizado.
Acaso la mejor escena sea la última, en la que la misma pareja del prólogo, repite prácticamente el mismo diálogo, pero intercambiando las personalidades, destacando el trabajo de Seclén. Medias Naranjas es un discreto montaje, que bien podría replantear algunos aspectos en su producción y dirección, para ganar una personalidad propia y convertirse en una opción destacable en medio de todas las comedias románticas que aparecen en nuestra cartelera.
Sergio Velarde
11 de noviembre de 2012
viernes, 26 de octubre de 2012
Crítica: PERVERTIMENTO Y OTROS GESTOS PARA NADA
Abajo la cuarta pared
Una verdadera sorpresa resultó el estreno de la obra Pervertimento y otros gestos para nada del director y dramaturgo español José Sanchis Sinisterra, en el Teatro El Olivar. Y es que por el título podíamos suponer cierto estilo enfermizo o chirriante, pero nada más ajeno de la verdad: la puesta tiene que ver más bien con la perturbación del estado natural de los elementos teatrales, proponiéndonos una serie de viñetas en las que los creadores de un espectáculo de teatro se ven enfrentados a su propia existencia. Doce escenas que tiran abajo la cuarta pared, que semejan demasiado a ejercicios propuestos para el entrenamiento de los actores y para el lucimiento del autor, y que alteran con gran estilo la clásica estructura de una puesta teatral.
El límite que separa a los actores de carne y hueso con sus respectivos personajes se encuentra bastante difuso, pues al inicio no sabemos a ciencia cierta quién es el que aparece en escena para contarnos su conflicto: ¿es el actor hablando del personaje o de sí mismo, o es acaso el personaje hablando del actor o de sí mismo? He ahí la verdadera atracción del drama, pues todo resulta clarísimo en escena, a pesar de su aparente complejidad: esta realidad meta-teatral resulta entendible y fresca, con algunas bizarras secuencias como en Al lado, en la que adrede se nos niega la apreciación del supuesto conflicto principal; o en Discronía, en la que las realidades paralelas se aproximan peligrosamente.
Con algunas escenas más conseguidas que otras, pero todas muy fluidas y entretenidas, el elenco resulta bastante competente y se desenvuelve con mucha naturalidad: Laura Aramburú, Michella Chale, Alexia Brazzini, Pietro Sibille y especialmente, Carlos Victoria, en su monólogo final, La puerta; todo un regalo para el experimentado actor, quien declama con absoluta veracidad (y con la ayuda del prompter, como lo comentó él mismo) los últimos minutos de existencia de su personaje, antes de salir por la puerta y acabarse la función. Pervertimento y otros gestos para nada, primer y auspicioso montaje del actor Alejandro Córdova, es otro interesante estreno independiente, insólito, perturbador y muy recomendable.
Sergio Velarde
26 de octubre de 2012
Una verdadera sorpresa resultó el estreno de la obra Pervertimento y otros gestos para nada del director y dramaturgo español José Sanchis Sinisterra, en el Teatro El Olivar. Y es que por el título podíamos suponer cierto estilo enfermizo o chirriante, pero nada más ajeno de la verdad: la puesta tiene que ver más bien con la perturbación del estado natural de los elementos teatrales, proponiéndonos una serie de viñetas en las que los creadores de un espectáculo de teatro se ven enfrentados a su propia existencia. Doce escenas que tiran abajo la cuarta pared, que semejan demasiado a ejercicios propuestos para el entrenamiento de los actores y para el lucimiento del autor, y que alteran con gran estilo la clásica estructura de una puesta teatral.
El límite que separa a los actores de carne y hueso con sus respectivos personajes se encuentra bastante difuso, pues al inicio no sabemos a ciencia cierta quién es el que aparece en escena para contarnos su conflicto: ¿es el actor hablando del personaje o de sí mismo, o es acaso el personaje hablando del actor o de sí mismo? He ahí la verdadera atracción del drama, pues todo resulta clarísimo en escena, a pesar de su aparente complejidad: esta realidad meta-teatral resulta entendible y fresca, con algunas bizarras secuencias como en Al lado, en la que adrede se nos niega la apreciación del supuesto conflicto principal; o en Discronía, en la que las realidades paralelas se aproximan peligrosamente.
Con algunas escenas más conseguidas que otras, pero todas muy fluidas y entretenidas, el elenco resulta bastante competente y se desenvuelve con mucha naturalidad: Laura Aramburú, Michella Chale, Alexia Brazzini, Pietro Sibille y especialmente, Carlos Victoria, en su monólogo final, La puerta; todo un regalo para el experimentado actor, quien declama con absoluta veracidad (y con la ayuda del prompter, como lo comentó él mismo) los últimos minutos de existencia de su personaje, antes de salir por la puerta y acabarse la función. Pervertimento y otros gestos para nada, primer y auspicioso montaje del actor Alejandro Córdova, es otro interesante estreno independiente, insólito, perturbador y muy recomendable.
Sergio Velarde
26 de octubre de 2012
jueves, 25 de octubre de 2012
Crítica: NUESTRO PUEBLO
Conmovedora historia de amor
El Oficio Crítico se ha caracterizado en los últimos años por comentar obras de teatro independiente o alternativo, con el único propósito de convertirse en una de las poquísimas ventanas que tienen dichos espectáculos para darse a conocer. Pero ello no implica, por cierto, que este servidor tenga alguna animadversión hacia aquellos espectáculos comerciales con precios superiores a los 30 soles, que simplemente no necesitan más ventanas, como la de este humilde blog, para promocionarse. Es por ello que, haciendo honor a mi anterior afirmación, puedo afirmar, con cierta discreción, que la nueva puesta en escena del Teatro La Plaza Isil, Nuestro pueblo de Thorton Wilder, dirigida por la experimentada Chela De Ferrari, es un espectáculo completo, conmovedor y muy disfrutable.
Ganadora del Premio Pulitzer en 1983, la obra nos muestra, con la más demoledora sencillez, la vida cotidiana de una pequeña y apacible ciudad del estado de New Hampshire en los Estados Unidos, entre los años 1901 a 1913. Un director de escena nos presenta, en tres actos, la historia de amor entre dos jovencitos de familias vecinas. Utilizando únicamente la mímica de los actores, así como el preciso manejo de luces y sonido, todo el pueblo se nos muestra con absoluta veracidad ante nuestros ojos, ahora desde los extremos del escenario, en una interesante propuesta por parte de la directora. La anécdota en sí puede parecer sencilla, pero encierra un gran contenido, en el que la fe juega un papel fundamental en los actores y el público, para comprender así el esperanzador mensaje del autor.
Un notable e intachable elenco le da vida a los entrañables personajes que pueblan esta apacible ciudad; gran pareja protagónica formada por Gisela Ponce de León y Rómulo Assereto, con secundarios de lujo como lo son Sofía Rocha y Gabriela Velásquez; todos ellos dirigidos en el mismo escenario por Paul Vega. Nuestro pueblo sostiene su dilatada duración con algunas memorables escenas, en las que los sencillos diálogos esconden tantas emociones juntas, como el primer acercamiento de los protagonistas en la fuente de soda o aquel abrazo entre madre e hijo antes de la boda. El Oficio Crítico recomienda que Nuestro pueblo debería ser visitado por todos aquellos que apreciamos y disfrutamos del buen teatro, cueste lo que cueste.
Sergio Velarde
25 de octubre de 2012
El Oficio Crítico se ha caracterizado en los últimos años por comentar obras de teatro independiente o alternativo, con el único propósito de convertirse en una de las poquísimas ventanas que tienen dichos espectáculos para darse a conocer. Pero ello no implica, por cierto, que este servidor tenga alguna animadversión hacia aquellos espectáculos comerciales con precios superiores a los 30 soles, que simplemente no necesitan más ventanas, como la de este humilde blog, para promocionarse. Es por ello que, haciendo honor a mi anterior afirmación, puedo afirmar, con cierta discreción, que la nueva puesta en escena del Teatro La Plaza Isil, Nuestro pueblo de Thorton Wilder, dirigida por la experimentada Chela De Ferrari, es un espectáculo completo, conmovedor y muy disfrutable.
Ganadora del Premio Pulitzer en 1983, la obra nos muestra, con la más demoledora sencillez, la vida cotidiana de una pequeña y apacible ciudad del estado de New Hampshire en los Estados Unidos, entre los años 1901 a 1913. Un director de escena nos presenta, en tres actos, la historia de amor entre dos jovencitos de familias vecinas. Utilizando únicamente la mímica de los actores, así como el preciso manejo de luces y sonido, todo el pueblo se nos muestra con absoluta veracidad ante nuestros ojos, ahora desde los extremos del escenario, en una interesante propuesta por parte de la directora. La anécdota en sí puede parecer sencilla, pero encierra un gran contenido, en el que la fe juega un papel fundamental en los actores y el público, para comprender así el esperanzador mensaje del autor.
Un notable e intachable elenco le da vida a los entrañables personajes que pueblan esta apacible ciudad; gran pareja protagónica formada por Gisela Ponce de León y Rómulo Assereto, con secundarios de lujo como lo son Sofía Rocha y Gabriela Velásquez; todos ellos dirigidos en el mismo escenario por Paul Vega. Nuestro pueblo sostiene su dilatada duración con algunas memorables escenas, en las que los sencillos diálogos esconden tantas emociones juntas, como el primer acercamiento de los protagonistas en la fuente de soda o aquel abrazo entre madre e hijo antes de la boda. El Oficio Crítico recomienda que Nuestro pueblo debería ser visitado por todos aquellos que apreciamos y disfrutamos del buen teatro, cueste lo que cueste.
Sergio Velarde
25 de octubre de 2012
sábado, 20 de octubre de 2012
Crítica: TE ODIO Y TE QUIERO
Bosquejo del teatro del absurdo
Podemos definir al Teatro de lo Absurdo como aquella tendencia en la literatura dramática (surgida entre los años cuarenta y cincuenta) en la que el tratamiento de la realidad buscaba ser extravagante y contrario a la razón, con algunos geniales autores al frente como Fernando Arrabal, Samuel Beckett, Jean Genet o Eugene Ionesco. Sus imágenes y diálogos asumen por completo su calidad de fantástica y surreal, sin importar cualquier viso de realidad objetiva; podemos afirmar entonces, que esta necesaria auto-identificación onírica para cualquier obra que se diga afín a esa tendencia, debe tener historias que aparenten no tener sentido, diálogos absurdos sin secuencia dramática, así como mucha incoherencia y disparate en el vestuario, la escenografía y en toda la producción en general.
El estreno de Te odio y te quiero, a cargo del grupo TAP Teatro Arte Peruano, dirigido por Yvonne Dávalos de Saettone y estrenado en el Club de Teatro de Lima, se queda corto en el intento de ser una verdadera comedia del absurdo, quedándose en el bosquejo. Basada en El cepillo de dientes de Jorge Díaz, esta adaptación peca precisamente de no entrar de lleno en la convención del género, “naturalizando” la acción y toda la puesta en escena en general, y por ello, negando su propia condición. Un aparente matrimonio no se soporta, ambos hablan y discuten naderías aparecidas en revistas y diarios, mientras ella le confiesa al público que envenenó el desayuno de su pareja; el disparate estaba servido, pero la escasa escenografía realista, así como los vestuarios y el estilo de las actuaciones no terminan de envolver al público con lo absurdo de la situación.
Por su parte, la adaptación de Dávalos de Saettone sobre la obra original, sólo abarca el primer acto de ésta, lo cual también desconcierta, ya que precisamente el verdadero “absurdo” de la trama se encuentra en ese tramo final. Resulta inexplicable el hecho de no haberlo trabajado para este montaje. Te odio y te quiero sí tiene a favor las canciones en vivo, el carisma de sus intérpretes (la misma directora y Sydney Estacio) y toda la secuencia del cepillo de dientes de Él, usado por ella para echarle betún a sus zapatos, para luego Él estallar en ira, diciendo que su sagrado objeto personal ha sido profanado y posteriormente estrangularla. Una divertida secuencia que bien vale la pena su visionado.
Sergio Velarde
20 de octubre de 2012
Podemos definir al Teatro de lo Absurdo como aquella tendencia en la literatura dramática (surgida entre los años cuarenta y cincuenta) en la que el tratamiento de la realidad buscaba ser extravagante y contrario a la razón, con algunos geniales autores al frente como Fernando Arrabal, Samuel Beckett, Jean Genet o Eugene Ionesco. Sus imágenes y diálogos asumen por completo su calidad de fantástica y surreal, sin importar cualquier viso de realidad objetiva; podemos afirmar entonces, que esta necesaria auto-identificación onírica para cualquier obra que se diga afín a esa tendencia, debe tener historias que aparenten no tener sentido, diálogos absurdos sin secuencia dramática, así como mucha incoherencia y disparate en el vestuario, la escenografía y en toda la producción en general.
El estreno de Te odio y te quiero, a cargo del grupo TAP Teatro Arte Peruano, dirigido por Yvonne Dávalos de Saettone y estrenado en el Club de Teatro de Lima, se queda corto en el intento de ser una verdadera comedia del absurdo, quedándose en el bosquejo. Basada en El cepillo de dientes de Jorge Díaz, esta adaptación peca precisamente de no entrar de lleno en la convención del género, “naturalizando” la acción y toda la puesta en escena en general, y por ello, negando su propia condición. Un aparente matrimonio no se soporta, ambos hablan y discuten naderías aparecidas en revistas y diarios, mientras ella le confiesa al público que envenenó el desayuno de su pareja; el disparate estaba servido, pero la escasa escenografía realista, así como los vestuarios y el estilo de las actuaciones no terminan de envolver al público con lo absurdo de la situación.
Por su parte, la adaptación de Dávalos de Saettone sobre la obra original, sólo abarca el primer acto de ésta, lo cual también desconcierta, ya que precisamente el verdadero “absurdo” de la trama se encuentra en ese tramo final. Resulta inexplicable el hecho de no haberlo trabajado para este montaje. Te odio y te quiero sí tiene a favor las canciones en vivo, el carisma de sus intérpretes (la misma directora y Sydney Estacio) y toda la secuencia del cepillo de dientes de Él, usado por ella para echarle betún a sus zapatos, para luego Él estallar en ira, diciendo que su sagrado objeto personal ha sido profanado y posteriormente estrangularla. Una divertida secuencia que bien vale la pena su visionado.
Sergio Velarde
20 de octubre de 2012
lunes, 8 de octubre de 2012
Crítica: BUENAS NOCHES, MAMÁ
Las inexorables decisiones de una suicida
Arrancó el XI Festival de Teatro Peruano Norteamericano ICPNA 2012 con muy buen pie, con el estreno de Buenas noches, mamá, de la dramaturga norteamericana Marsha Norman y dirigida por Pablo Luna. Se trata de una pieza galardonada en 1983 con el Premio Pulitzer a la mejor obra de teatro, nada menos, y que aborda la conflictiva relación entre una madre y su hija. Estrenada en Broadway un año después, contó con las actuaciones de Kathy Bates y Anne Pitoniak; tanto la producción en general como ambas actrices recibieron sendas nominaciones en los premios Tony. En el 2005 la obra fue reestrenada, esta vez con las no menos notables Edie Falco y Brenda Blethyn. También pudimos ver su adaptación cinematográfica en 1986, escrita por la misma autora, con otro par de extraordinarias actrices: Sissy Spacek y Anne Bancroft. La versión nacional sale airosa gracias a una correcta dirección de actores, que saca provecho de las inspiradas actrices Ana Rosa Liendo y Lilly Urbina.
Lo que parece ser una apacible tarde para Thelma, madre de Jessie, se convierte en una verdadera pesadilla cuando esta última le anuncia que piensa terminar con su vida. La fatal decisión que ha tomado Jessie, saca a relucir los secretos y las tragedias en la vida de ambas, no carentes de ironía y humor. El director, por su parte, recarga el escenario del ICPNA con demasiados elementos de color blanco y marca la ubicación de los muebles con cinta del mismo color; el efecto es logrado con creces, ya que se muestra a una Jessie completamente cuadriculada en un espacio aséptico, organizándolo todo ante la atónita mirada de su madre. El reloj en el escenario marca el paso inexorable del tiempo que le resta a Jessie y el apremio de la madre por detenerla, lo que genera el angustiante suspenso que termina en un desgarrador clímax.
Muy buenas actuaciones de las intérpretes: Liendo convence como la impávida suicida, con una inquietante seguridad de lo que quiere hacer; por su parte, Urbina logra construir otra madre en aprietos, muy diferente a la de Un verso pasajero, sorteando toda una serie de emociones con gran soltura y oficio. La fluidez del montaje se mantiene todo el tiempo y los picos dramáticos se ejecutan sin desbordes. ¿Por qué Jessie le revela a su madre de sus intenciones, sabiendo las consecuencias que acarrearía? ¿No pudo hacerlo simplemente y dejar una nota? Acaso se trate de una verdadera historia de venganza, en la que la hija desea castigar a su progenitora de la peor manera. Buenas noches, mamá es un excelente montaje que aprovecha al máximo el drama familiar que ofrece este premiado texto; y también es un serio candidato a convertirse en el ganador del Festival del ICPNA del presente año.
Sergio Velarde
08 de octubre de 2012
Arrancó el XI Festival de Teatro Peruano Norteamericano ICPNA 2012 con muy buen pie, con el estreno de Buenas noches, mamá, de la dramaturga norteamericana Marsha Norman y dirigida por Pablo Luna. Se trata de una pieza galardonada en 1983 con el Premio Pulitzer a la mejor obra de teatro, nada menos, y que aborda la conflictiva relación entre una madre y su hija. Estrenada en Broadway un año después, contó con las actuaciones de Kathy Bates y Anne Pitoniak; tanto la producción en general como ambas actrices recibieron sendas nominaciones en los premios Tony. En el 2005 la obra fue reestrenada, esta vez con las no menos notables Edie Falco y Brenda Blethyn. También pudimos ver su adaptación cinematográfica en 1986, escrita por la misma autora, con otro par de extraordinarias actrices: Sissy Spacek y Anne Bancroft. La versión nacional sale airosa gracias a una correcta dirección de actores, que saca provecho de las inspiradas actrices Ana Rosa Liendo y Lilly Urbina.
Lo que parece ser una apacible tarde para Thelma, madre de Jessie, se convierte en una verdadera pesadilla cuando esta última le anuncia que piensa terminar con su vida. La fatal decisión que ha tomado Jessie, saca a relucir los secretos y las tragedias en la vida de ambas, no carentes de ironía y humor. El director, por su parte, recarga el escenario del ICPNA con demasiados elementos de color blanco y marca la ubicación de los muebles con cinta del mismo color; el efecto es logrado con creces, ya que se muestra a una Jessie completamente cuadriculada en un espacio aséptico, organizándolo todo ante la atónita mirada de su madre. El reloj en el escenario marca el paso inexorable del tiempo que le resta a Jessie y el apremio de la madre por detenerla, lo que genera el angustiante suspenso que termina en un desgarrador clímax.
Muy buenas actuaciones de las intérpretes: Liendo convence como la impávida suicida, con una inquietante seguridad de lo que quiere hacer; por su parte, Urbina logra construir otra madre en aprietos, muy diferente a la de Un verso pasajero, sorteando toda una serie de emociones con gran soltura y oficio. La fluidez del montaje se mantiene todo el tiempo y los picos dramáticos se ejecutan sin desbordes. ¿Por qué Jessie le revela a su madre de sus intenciones, sabiendo las consecuencias que acarrearía? ¿No pudo hacerlo simplemente y dejar una nota? Acaso se trate de una verdadera historia de venganza, en la que la hija desea castigar a su progenitora de la peor manera. Buenas noches, mamá es un excelente montaje que aprovecha al máximo el drama familiar que ofrece este premiado texto; y también es un serio candidato a convertirse en el ganador del Festival del ICPNA del presente año.
Sergio Velarde
08 de octubre de 2012
domingo, 30 de septiembre de 2012
Crítica: A VER, UN APLAUSO
Magistral lección de teatro
El dramaturgo César De María está de plácemes. Hace algunos meses su Laberinto de monstruos tuvo una admirable reposición, a cargo del director Roberto Ángeles, en el Auditorio de la Biblioteca Nacional; y actualmente viene presentándose en el Auditorio del MALI otra de sus obras capitales, A ver, un aplauso, con el mismo director y acaso con resultados aún más notables. Escrita en 1989 y ambientada en nuestro país, el autor nos presenta a dos payasos callejeros, que responden a los nombres de Tripaloca y Tartaloro, y que ejecutan su acostumbrado espectáculo callejero en el Centro de Lima, cuando de pronto aparece la Muerte (en la forma de dos payasitos que pasaron a mejor vida) para llevarse a uno de ellos a causa de la tuberculosis. Teniendo como excusa el escribir un libro sobre la vida del moribundo, los payasitos buscarán la manera de engañar a la Muerte, teatralizando dichos recuerdos y dándole al espectador una genuina lección de vida.
Cada secuencia de la obra encierra un mensaje y una reflexión, especialmente acerca de la profunda crisis económica que afectó (o sigue afectando) a nuestro país y que motivó a que los más humildes hagan gala de su creatividad para sobrevivir. La imagen de la Muerte, omnipresente durante todo el montaje, es opresiva y constante. Momentos notables como la muerte del payaso Fosforito, que engrana el drama y la comedia a la perfección, o historias como la relación de Tripaloca con la bailarina Jelvi resultan entrañables, gracias a la efectiva mano del director que aprovecha cada gesto y cada silencio de los actores para transmitir muchas emociones, desde la desolación más apabullante hasta la alegría más contagiante. Y es que, así como en la vida real, la gran sonrisa pintada del payaso esconde acaso el drama más terrible.
A destacar la presencia del excelente actor Manuel Gold, quien resulta conmovedor y divertido a la vez, aprovechando su timbre de voz y su apariencia física para la creación de su personaje. Ya lo habíamos visto descollar en otras producciones como Karaoke, Los número seis o Demasiado poco tiempo, pero en el presente montaje alcanza niveles de brillantez difíciles de igualar en el papel de Tripaloca, eficientemente secundado por Nicolás Galindo como Tartaloro. Daniela Baertl y Gabriel Iglesias tienen a su cargo el resto de personajes, que acompañan los recuerdos y que ejecutan con gran soltura y precisión. El acompañamiento musical de Carlos Casella y Eduardo Ramos se integra de manera solvente en la puesta en escena. A ver, un aplauso de César De María resulta de visión imprescindible, es un espectáculo completo y compacto, que entretiene y busca la oportuna reflexión del público, tan insensible en los últimos años.
Sergio Velarde
30 de setiembre de 2012
El dramaturgo César De María está de plácemes. Hace algunos meses su Laberinto de monstruos tuvo una admirable reposición, a cargo del director Roberto Ángeles, en el Auditorio de la Biblioteca Nacional; y actualmente viene presentándose en el Auditorio del MALI otra de sus obras capitales, A ver, un aplauso, con el mismo director y acaso con resultados aún más notables. Escrita en 1989 y ambientada en nuestro país, el autor nos presenta a dos payasos callejeros, que responden a los nombres de Tripaloca y Tartaloro, y que ejecutan su acostumbrado espectáculo callejero en el Centro de Lima, cuando de pronto aparece la Muerte (en la forma de dos payasitos que pasaron a mejor vida) para llevarse a uno de ellos a causa de la tuberculosis. Teniendo como excusa el escribir un libro sobre la vida del moribundo, los payasitos buscarán la manera de engañar a la Muerte, teatralizando dichos recuerdos y dándole al espectador una genuina lección de vida.
Cada secuencia de la obra encierra un mensaje y una reflexión, especialmente acerca de la profunda crisis económica que afectó (o sigue afectando) a nuestro país y que motivó a que los más humildes hagan gala de su creatividad para sobrevivir. La imagen de la Muerte, omnipresente durante todo el montaje, es opresiva y constante. Momentos notables como la muerte del payaso Fosforito, que engrana el drama y la comedia a la perfección, o historias como la relación de Tripaloca con la bailarina Jelvi resultan entrañables, gracias a la efectiva mano del director que aprovecha cada gesto y cada silencio de los actores para transmitir muchas emociones, desde la desolación más apabullante hasta la alegría más contagiante. Y es que, así como en la vida real, la gran sonrisa pintada del payaso esconde acaso el drama más terrible.
A destacar la presencia del excelente actor Manuel Gold, quien resulta conmovedor y divertido a la vez, aprovechando su timbre de voz y su apariencia física para la creación de su personaje. Ya lo habíamos visto descollar en otras producciones como Karaoke, Los número seis o Demasiado poco tiempo, pero en el presente montaje alcanza niveles de brillantez difíciles de igualar en el papel de Tripaloca, eficientemente secundado por Nicolás Galindo como Tartaloro. Daniela Baertl y Gabriel Iglesias tienen a su cargo el resto de personajes, que acompañan los recuerdos y que ejecutan con gran soltura y precisión. El acompañamiento musical de Carlos Casella y Eduardo Ramos se integra de manera solvente en la puesta en escena. A ver, un aplauso de César De María resulta de visión imprescindible, es un espectáculo completo y compacto, que entretiene y busca la oportuna reflexión del público, tan insensible en los últimos años.
Sergio Velarde
30 de setiembre de 2012
sábado, 29 de septiembre de 2012
Crítica: EL MARQUÉS DE MANGOMARCA
La vigencia de Sergio Arrau
Luego de tres años, regresa a las tablas la divertida obra de Sergio Arrau, El Marqués de Mangomarca, siempre con la dirección de Carlos Rubín y con la actuación protagónica de Reynaldo Arenas. Podemos afirmar que luego del tiempo transcurrido, la obra ha ganado puntos a favor en este nuevo reestreno, pero aún se encuentra en camino de alcanzar los brillos que el descabellado texto promete. El volumen de voz y la dicción de algunos intérpretes todavía dificultan el total entendimiento de las acciones y perdemos gran parte del riquísimo texto de Arrau, quien combina fragmentos de obras clásicas dentro de la historia principal.
La trama involucra a dos parejas: por un lado, el Marqués Abelardo (Arenas), castrado por un perro, y su eterna musa Eloísa (Titi Plaza), quien vive en un convento; y por el otro, don Juan Casanova (Jorge Luis Rivera), un conde de pueblo joven, y su esposa Margarita (Cristina Urueta), quien lleva puesto un cinturón de castidad. Una apuesta entre los varones en cuestión sobre quién seduce a la amada del otro desencadena el drama, que incluye además a personajes secundarios, que queriéndolo o no, se roban cada escena en la que intervienen: la criada celestinesca (Mirta Urbina, quien retoma su papel en gran forma), la disparatada madre superiora y la enfermiza madre de don Juan (ambas interpretadas por la actriz cómica Zelma Gálvez), y un demonio amanerado (Alexander Pacheco).
El teatro Julieta le permite ahora al director tener la caja negra necesaria para definir con precisión los espacios, así como mejorar la estética de toda la puesta en escena en general. El sólido acompañamiento al piano de Jairo Betancourt marca el ritmo de la obra. Difícil olvidar a los notables y enérgicos Jeffrie Fuster y Úrsula Kellenberger, quienes opacaban al resto del elenco en el montaje anterior; en cierta forma, Pacheco y Gálvez se las ingenian para salir airosos de la prueba, además de mantener la homogeneidad de las actuaciones en la presente oportunidad. El Marqués de Mangomarca es un divertido espectáculo que mantiene vigente a un dramaturgo tan especial como Sergio Arrau.
Sergio Velarde
29 de setiembre de 2012
Luego de tres años, regresa a las tablas la divertida obra de Sergio Arrau, El Marqués de Mangomarca, siempre con la dirección de Carlos Rubín y con la actuación protagónica de Reynaldo Arenas. Podemos afirmar que luego del tiempo transcurrido, la obra ha ganado puntos a favor en este nuevo reestreno, pero aún se encuentra en camino de alcanzar los brillos que el descabellado texto promete. El volumen de voz y la dicción de algunos intérpretes todavía dificultan el total entendimiento de las acciones y perdemos gran parte del riquísimo texto de Arrau, quien combina fragmentos de obras clásicas dentro de la historia principal.
La trama involucra a dos parejas: por un lado, el Marqués Abelardo (Arenas), castrado por un perro, y su eterna musa Eloísa (Titi Plaza), quien vive en un convento; y por el otro, don Juan Casanova (Jorge Luis Rivera), un conde de pueblo joven, y su esposa Margarita (Cristina Urueta), quien lleva puesto un cinturón de castidad. Una apuesta entre los varones en cuestión sobre quién seduce a la amada del otro desencadena el drama, que incluye además a personajes secundarios, que queriéndolo o no, se roban cada escena en la que intervienen: la criada celestinesca (Mirta Urbina, quien retoma su papel en gran forma), la disparatada madre superiora y la enfermiza madre de don Juan (ambas interpretadas por la actriz cómica Zelma Gálvez), y un demonio amanerado (Alexander Pacheco).
El teatro Julieta le permite ahora al director tener la caja negra necesaria para definir con precisión los espacios, así como mejorar la estética de toda la puesta en escena en general. El sólido acompañamiento al piano de Jairo Betancourt marca el ritmo de la obra. Difícil olvidar a los notables y enérgicos Jeffrie Fuster y Úrsula Kellenberger, quienes opacaban al resto del elenco en el montaje anterior; en cierta forma, Pacheco y Gálvez se las ingenian para salir airosos de la prueba, además de mantener la homogeneidad de las actuaciones en la presente oportunidad. El Marqués de Mangomarca es un divertido espectáculo que mantiene vigente a un dramaturgo tan especial como Sergio Arrau.
Sergio Velarde
29 de setiembre de 2012
domingo, 16 de septiembre de 2012
Crítica: LA RAZÓN BLINDADA
Escapando a través del teatro
El grupo ecuatoriano Malayerba, uno de los más representativos de Latinoamérica, fue fundado por el actor y dramaturgo argentino Arístides Vargas, quien se vio obligado a exiliarse debido a la dictadura militar. Es por ello que la mayoría de su producción dramática habla del exilio, la soledad y la nostalgia; pero también sus obras tienen un espacio para el humor, como lo pudimos apreciar hace poco en El deseo más canalla y ahora, en la segunda temporada de La razón blindada, ambas a cargo del grupo Panparamayo; esta última obra, dirigida por Marco Otoya y presentada en elgalpón.espacio. Basada en El Quijote de Cervantes, en la historia del hermano preso del autor y en el relato breve La verdadera historia de Sancho Panza de Franz Kafka, La razón blindada nos presenta a dos presos políticos, quienes se juntan todos los domingos al atardecer para contarse la historia de Don Quijote y Sancho Panza.
Vargas nos plantea que la imaginación es el escape para todas nuestras desgracias; el encierro y la continua vigilancia (representada de manera soberbia en video por esos infinitos ojos que lo observan todo) a la que son sometidos Panza (Sandro La Torre) y De la Mancha (Jorge Bardales), son el pretexto perfecto que recrear muy a su estilo, las aventuras del Caballero de la Triste Figura. Y es que aquí nadie le hace daño a nadie; al igual que Cervantes, quien estando preso escribió esta obra capital de la literatura universal, o como lo plantea Kafka, que Sancho Panza es el verdadero autor de las aventuras del hidalgo caballero, que lo utiliza para hacer volar sus fantasía y conseguir así la libertad, fuera de toda razón.
La dramaturgia de La razón blindada es extraordinaria: los pasajes del clásico son deconstruidos a través de geniales vueltas de tuerca, generando delirantes secuencias en la que se lucen los actores Bardales y La Torre, en quienes recae todo el peso del espectáculo. Quedarán para el recuerdo el testimonio de Panza al convertirse en el perro Toribio, maltratado por los humanos; cuando Panza es nombrado gobernador de un país africano e interroga a varios personajes, todos ellos interpretados por De la Mancha; y las divertidísimas pedidas de mano entre el caballero andante y su fiel escudero.
La dirección de Marco Otoya (quien afirma en el programa no sentirse formalmente un director) resulta magistral e intachable. El amplio espacio de elgalpón.espacio es aprovechado del todo, con los actores sentados en sillas móviles en constante movimiento, excepto cuando aparecen los ojos vigilantes. Los diálogos son recitados con total convicción y fluidez, buscando siempre la reflexión con una gran cuota de humor. La razón blindada de Arístides Vargas y presentada por el colectivo Panparamayo nos demuestra, en conclusión, que el Teatro (y su ejercicio) es y será siempre, un recurso natural para huir de nuestros problemas y salvar finalmente nuestras vidas, a través de nuestra imaginación. De visión obligatoria.
Sergio Velarde
16 de setiembre de 2012
El grupo ecuatoriano Malayerba, uno de los más representativos de Latinoamérica, fue fundado por el actor y dramaturgo argentino Arístides Vargas, quien se vio obligado a exiliarse debido a la dictadura militar. Es por ello que la mayoría de su producción dramática habla del exilio, la soledad y la nostalgia; pero también sus obras tienen un espacio para el humor, como lo pudimos apreciar hace poco en El deseo más canalla y ahora, en la segunda temporada de La razón blindada, ambas a cargo del grupo Panparamayo; esta última obra, dirigida por Marco Otoya y presentada en elgalpón.espacio. Basada en El Quijote de Cervantes, en la historia del hermano preso del autor y en el relato breve La verdadera historia de Sancho Panza de Franz Kafka, La razón blindada nos presenta a dos presos políticos, quienes se juntan todos los domingos al atardecer para contarse la historia de Don Quijote y Sancho Panza.
Vargas nos plantea que la imaginación es el escape para todas nuestras desgracias; el encierro y la continua vigilancia (representada de manera soberbia en video por esos infinitos ojos que lo observan todo) a la que son sometidos Panza (Sandro La Torre) y De la Mancha (Jorge Bardales), son el pretexto perfecto que recrear muy a su estilo, las aventuras del Caballero de la Triste Figura. Y es que aquí nadie le hace daño a nadie; al igual que Cervantes, quien estando preso escribió esta obra capital de la literatura universal, o como lo plantea Kafka, que Sancho Panza es el verdadero autor de las aventuras del hidalgo caballero, que lo utiliza para hacer volar sus fantasía y conseguir así la libertad, fuera de toda razón.
La dramaturgia de La razón blindada es extraordinaria: los pasajes del clásico son deconstruidos a través de geniales vueltas de tuerca, generando delirantes secuencias en la que se lucen los actores Bardales y La Torre, en quienes recae todo el peso del espectáculo. Quedarán para el recuerdo el testimonio de Panza al convertirse en el perro Toribio, maltratado por los humanos; cuando Panza es nombrado gobernador de un país africano e interroga a varios personajes, todos ellos interpretados por De la Mancha; y las divertidísimas pedidas de mano entre el caballero andante y su fiel escudero.
La dirección de Marco Otoya (quien afirma en el programa no sentirse formalmente un director) resulta magistral e intachable. El amplio espacio de elgalpón.espacio es aprovechado del todo, con los actores sentados en sillas móviles en constante movimiento, excepto cuando aparecen los ojos vigilantes. Los diálogos son recitados con total convicción y fluidez, buscando siempre la reflexión con una gran cuota de humor. La razón blindada de Arístides Vargas y presentada por el colectivo Panparamayo nos demuestra, en conclusión, que el Teatro (y su ejercicio) es y será siempre, un recurso natural para huir de nuestros problemas y salvar finalmente nuestras vidas, a través de nuestra imaginación. De visión obligatoria.
Sergio Velarde
16 de setiembre de 2012
sábado, 15 de septiembre de 2012
Crítica: LA FIACA
Divertidísimo humor gaucho
Varias comedias argentinas alcanzaron desde su estreno gran popularidad en toda América Latina: películas como La nona (1979) y Esperando la carroza (1985) ya son consideradas clásicas en la actualidad y, curiosamente, ambas ya tuvieron su estreno teatral en nuestro país, no hace mucho: Giovanni Ciccia dirigió e interpretó el rol central en La nona (2008) en el Auditorio de la Biblioteca Nacional del Perú; y Alberto Isola dirigió a un magnífico trío de actrices en Esperando la carroza (2009) en el Teatro La Plaza Isil. Y este año se completa la trilogía: La Fiaca (1969), dirigida por Fernando Ayala y basada en la obra escrita por Ricardo Talesnik, con la actuación de Norman Briski y Norma Aleandro, llega a escena de la mano de la virtualmente infalible Asociación Cultural Plan 9, dirigida por Ciccia y estrenada en el Teatro Larco.
Acaso la mayor virtud del montaje sea que el director, sabiamente, no intentó trasladar la acción a nuestra realidad, sino que mantuvo el contexto original: estamos en Buenos Aires de los años 60 y Néstor, un empleado ejemplar, amanece con “fiaca”, es decir, con flojera y dejadez para asistir a su trabajo, lo que desencadena una tensa situación con su esposa (Karina Jordán) y con su madre (Grapa Paola). Esta ausencia provoca una verdadera revolución mediática y laboral, ya que llegan a casa de Néstor, un tímido colega y un representante de la compañía (ambos, Lucho Cáceres), y hasta el mismísimo gerente de la misma (Pedro Olórtegui). La puesta en escena funciona a la perfección, el ritmo no decae en ningún momento y el humor, por momentos bastante cruel, no se siente forzado y el público se identifica con la historia. La obra no sólo busca divertir, ya que también deja clara la postura del autor: ¿somos culpables acaso de querer darnos un respiro ante una sociedad esclavista que no se detiene ni por un momento?
Para que La Fiaca funcione era necesario un actor en estado de gracia, capaz de llenar toda la obra con presencia y carisma, y Óscar López Arias resultó ser la mejor elección. Mención especial para Lucho Cáceres, quien finalmente lograr escapar del repetitivo esquema actoral que le imponen (o se deja imponer), entregándonos dos personajes bien construidos y diferenciados entre sí. La Fiaca es realmente un agradable entretenimiento, le hace justicia a su desternillante versión cinematográfica, la puesta en escena está muy bien realizada e interpretada, como ya es costumbre en todos los espectáculos presentados por la Asociación Cultural Plan 9.
Sergio Velarde
16 de setiembre de 2012
Varias comedias argentinas alcanzaron desde su estreno gran popularidad en toda América Latina: películas como La nona (1979) y Esperando la carroza (1985) ya son consideradas clásicas en la actualidad y, curiosamente, ambas ya tuvieron su estreno teatral en nuestro país, no hace mucho: Giovanni Ciccia dirigió e interpretó el rol central en La nona (2008) en el Auditorio de la Biblioteca Nacional del Perú; y Alberto Isola dirigió a un magnífico trío de actrices en Esperando la carroza (2009) en el Teatro La Plaza Isil. Y este año se completa la trilogía: La Fiaca (1969), dirigida por Fernando Ayala y basada en la obra escrita por Ricardo Talesnik, con la actuación de Norman Briski y Norma Aleandro, llega a escena de la mano de la virtualmente infalible Asociación Cultural Plan 9, dirigida por Ciccia y estrenada en el Teatro Larco.
Acaso la mayor virtud del montaje sea que el director, sabiamente, no intentó trasladar la acción a nuestra realidad, sino que mantuvo el contexto original: estamos en Buenos Aires de los años 60 y Néstor, un empleado ejemplar, amanece con “fiaca”, es decir, con flojera y dejadez para asistir a su trabajo, lo que desencadena una tensa situación con su esposa (Karina Jordán) y con su madre (Grapa Paola). Esta ausencia provoca una verdadera revolución mediática y laboral, ya que llegan a casa de Néstor, un tímido colega y un representante de la compañía (ambos, Lucho Cáceres), y hasta el mismísimo gerente de la misma (Pedro Olórtegui). La puesta en escena funciona a la perfección, el ritmo no decae en ningún momento y el humor, por momentos bastante cruel, no se siente forzado y el público se identifica con la historia. La obra no sólo busca divertir, ya que también deja clara la postura del autor: ¿somos culpables acaso de querer darnos un respiro ante una sociedad esclavista que no se detiene ni por un momento?
Para que La Fiaca funcione era necesario un actor en estado de gracia, capaz de llenar toda la obra con presencia y carisma, y Óscar López Arias resultó ser la mejor elección. Mención especial para Lucho Cáceres, quien finalmente lograr escapar del repetitivo esquema actoral que le imponen (o se deja imponer), entregándonos dos personajes bien construidos y diferenciados entre sí. La Fiaca es realmente un agradable entretenimiento, le hace justicia a su desternillante versión cinematográfica, la puesta en escena está muy bien realizada e interpretada, como ya es costumbre en todos los espectáculos presentados por la Asociación Cultural Plan 9.
Sergio Velarde
16 de setiembre de 2012
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








