martes, 29 de septiembre de 2015

Crítica: LO QUE NOS FALTABA

Tribulaciones en el estreno   

Acaso podría afirmarse que este 2015 es el año de quiebre de David Carrillo: no solo nos sorprendió gratamente en marzo con una puesta en escena atípica dentro del repertorio de Plan 9 llamada Chico encuentra chica (thriller con todas las de la ley y adaptada por Carrillo, como nunca, a nuestra realidad peruana), sino que ahora nos entrega su primera comedia escrita, dirigida y protagonizada por él mismo, titulada Lo que nos faltaba. Y esto era, justamente, lo que nos faltaba ver en teatro para constatar, a plenitud, la feliz vocación de Carrillo como artista escénico. Esta última obra representa una suerte de compendio de todo su aprendizaje como director y ocasional actor de las muy estimables comedias de las que se hizo cargo, algunas con mayor fortuna que otras, y que recoge hábilmente lo mejor de cada una de estas puestas, en beneficio de un producto teatral logrado y altamente recomendable.

Lo que nos faltaba, estrenada como siempre en el Teatro Larco, sigue el camino trazado por otra notable pieza llamada Azul resplandor, en el sentido de retratar las complicadas e insólitas etapas que sigue un ecléctico grupo de artistas para llevar a escena un montaje teatral. Pero si en la citada obra de Eduardo Adrianzén los personajes, hasta los de caricatura más gruesa, aparecían rodeados por una finísima capa de lirismo, en Lo que nos faltaba aparecen desprovistos de cualquier indicio de glamour. Los ensayos de la obra que volverán progresivamente loco al director Manolo Saldívar (Carrillo), resultan agobiantes, estresantes y por momentos, delirantes. Su crisis nerviosa, que va peligrosamente in crescendo, afecta no solo la dirección de la última escena de su obra, sino también a su esposa Andrea Fernández, a sus actores Carol Hernández y Claudio Calmet, al productor José Antonio Buendía y a su asistente Fito Bouroncle. Cada uno de ellos, con personalidades y angustias propias muy bien bosquejadas, acompaña las vicisitudes de Manolo en su carrera contra el tiempo para su estreno.

Se pueden reconocer en la puesta en escena, atisbos de prácticamente todo el repertorio de Carrillo con Plan 9 que enriquecen la pieza, siendo el más memorable de ellos el paralelo entre la última escena de la obra dentro de la obra con la sentida conversación final entre el director y su esposa, que remite a uno de los puntos más altos conseguidos en sincronía actoral dentro de la notable Demasiado poco tiempo. Carrillo enfrenta con valentía su propia crisis de los 40 con esta pieza, consiguiendo una de sus mejores actuaciones a la fecha, bien secundado por su competente elenco, que tiene por separado auténticos momentos de lucimiento. Lo que nos faltaba es una sólida comedia dramática, divertidísima y reflexiva a la vez, con oportunos tintes meta-teatrales que confirma a David Carrillo como uno de los artífices más interesantes de nuestro panorama teatral local y que cerrará, sin duda, uno de los mejores años de la  Asociación Cultural Plan 9.

Sergio Velarde
29 de setiembre de 2015 

domingo, 27 de septiembre de 2015

Crítica: HAMLET

Shakespeare se abre paso con Cuatrotablas   

William Shakespeare y toda su producción dramática constituyen una fuente inagotable para el buen teatro. Desde las puestas en escena más clásicas, como el Hamlet (2013) presentado por Aranwa Teatro para la inauguración de su actual espacio; las irreverentes, como el Recontrahamlet (2008), espectáculo con obras cortas de dramaturgos como Christopher Durang o Tom Stoppard; las de-construidas, como la Máquina Hamlet (2012) de Heiner Müller; hasta las aficionadas, como la paródica Ser o no ser (2014). Pues bien, ahora es el turno del consagrado colectivo Cuatrotablas y de su director Mario Delgado, para apropiarse del texto del Príncipe de Dinamarca y estrenar una puesta en escena atípica, contestataria y provocadora, muy fiel a su ya conocido estilo, adueñándose de espacios como la Casa de la Literatura o los auditorios satélites del Centro Cultural Británico.

Delgado realiza una muy particular intervención al texto del Bardo Inglés, en todo el sentido de la palabra. Narrada en forma de elipsis (la pieza arranca con los cómicos recitando el “ser o no ser”, para terminar con la aparición del Espectro), los actores aparecen ataviados con trajes negros, blandiendo escobas y trapeadores, como desempolvando los diálogos del Bardo que aparecen cada cierto tiempo en nuestros escenarios, así como también sacándole lustre a una de las tramas más inquietantes y notables de la dramaturgia universal. Para Delgado, todo Teatro o Arte debe ser político, sino no lo es; y es que las miserias y desgracias que provoca la ambición por el poder, es retratada en su Hamlet de una manera contundente y legítimamente pertinente, dada nuestra reciente (y de siempre) historia como nación. Y es que algo se viene pudriendo en nuestro país, tal como ocurrió en la distante Dinamarca.

La puesta en escena, que el mismo Delgado dirige discretamente desde el público que se mueve de un espacio a otro, es el resultado de un exhaustivo trabajo de laboratorio con su elenco. Y este luce muy sólido y comprometido con su labor: Edith Palomino, Wendy Chávez, Alfredo Gutiérrez, Julio Matos, Luz Marina Rojas, Ruth Castillo, Guillermo Injoque, y especialmente Jonathan Pittman, joven intérprete que consigue una interesante aproximación, muy visceral, al personaje protagónico. Por su parte, Delgado ya anuncia futuros proyectos con los textos de Macbeth y El Rey Lear, los cuales esperamos, desde luego, con gran expectativa. Y es que el Hamlet de Shakespeare supo abrirse paso a través de esta particular intervención de Cuatrotablas, logrando uno de los montajes más interesantes y oportunos del año.

Sergio Velarde
27 de setiembre de 2015

sábado, 26 de septiembre de 2015

Crítica: HOMBRE MIRANDO AL SUDESTE

Correcto drama reflexivo   

Eliseo Subiela es un director argentino, que llevó a la pantalla grande Hombre mirando al sudeste (1986), drama intimista que enfrenta a Rantés, pacífico paciente de un psiquiátrico que afirma venir de otro mundo para investigar la raza humana, con el doctor Julio Denis, un psiquiatra aburrido de su profesión. Alejándose por completo de cualquier parafernalia cinematográfica extraterrestre, el drama resultó ser más reflexivo que otra cosa, especialmente en las conversaciones entre el doctor y su paciente, que revelaba la inmadura naturaleza humana y lo mucho que tiene que aprender cuando se enfrenta a lo que no puede entender ni controlar. El mismo Subiela adaptó su cinta para el teatro en el 2012 y actualmente, en el Museo de Arte de Lima (MALI) con el apoyo institucional de la Embajada de Argentina, se viene presentando esta puesta en escena dirigida por Nadine Vallejo.

Entre los aciertos del montaje se encuentran la escenografía de Juan Sebastián Domínguez, que les permite a los actores aprovechar los diferentes niveles que esta ofrece; y el uso de la multimedia que propone la directora (con cámara de video en las butacas, por ejemplo) contribuye a darle un interesante aspecto documental a la historia. Por otro lado, los internos del centro psiquiátrico también podrían trabajar más su locura, en favor del montaje. Pero acaso el mayor traspiés de la pieza sea el de la adaptación a nuestra realidad, lugar común en el que caen muchos estrenos recientes que afirman en escena suceder, supuestamente, en nuestro país, como en Lima Laberinto XXI. La mención de lugares específicos de nuestra geografía (como el primer lugar donde aparece Rantés) le resta veracidad al montaje. Mantener la ubicación gaucha pudo haber sido la mejor opción, como sucedió por ejemplo, en La Fiaca.

A destacar la actuación de un recuperado Santiago Magill, físicamente creíble como el ser de otro planeta que dice ser, frente a un introspectivo Ricky Tosso, empecinado en convencernos que puede interpretar personajes con mayor carga dramática que cómica (que ya inició con su competente participación en Chico encuentra chica). A destacar algunas escenas muy logradas como el trágico y conmovedor final de protagonista al lado de Anneliese Fiedler, así como el inolvidable concierto al aire libre, acompañado de la Sinfonía n.º 9 Op. 125 de Beethoven. Esta versión nacional del Hombre mirando al sudeste del interesante Subiela es un correcto drama psicológico que no traiciona el espíritu de su autor y que nos hace reflexionar sobre la condición humana y hasta qué punto vivimos reprimidos por nuestros propios miedos y frustraciones.

Sergio Velarde
26 de setiembre de 2015  

domingo, 23 de agosto de 2015

Crítica: CRUZAR LA CALLE

Notable drama urbano   

Ya era hora. El Ministerio de Cultura se animó (por fin) a materializar un proyecto de artes escénicas y producir así, su primer montaje teatral en el Teatro Mario Vargas Llosa de la Biblioteca Nacional con entrada gratuita. Dirigida por el experimentado Carlos Tolentino, la obra en cuestión es Cruzar la calle de Daniel Amaru Silva, pieza ganadora del Concurso Nacional de Nueva Dramaturgia Peruana 2014. Es de esperar que las expectativas hayan sido altas, tratándose de un director capaz de realizar obras maestras como Azul resplandor, como también puestas en escena tan transgresoras como Jardín de colores; de un joven escritor responsable de textos con estilos tan diferentes como Power Off, Presunto culpable o ¿Eres tú, pequeño?; o de un organismo del mismísimo aparato estatal, detrás de un proyecto artístico. Y podemos afirmar, con la mayor discreción, que los resultados sobrepasan cualquier expectativa.

La historia comienza cuando un perro es atropellado por una motocicleta, hecho que Amaru Silva presenció en la vida real y que lo motivó a escribir la historia de cinco limeños comunes y corrientes, presos no solo de una caótica ciudad, sino también por sus propias frustraciones. El dueño del perro (Julián Legaspi) vive recluido y atormentado por la muerte de su esposa, situación que será agravada por la pérdida de su mascota. Hasta su casa llega una señora de limpieza (Elsa Olivero), que no solo genera en él un sentimiento especial, sino que ella es además, la esposa del motociclista (un conmovedor Rolando Reaño), un repartidor a domicilio de pollos a la brasa venido a menos, que atropelló al can. Un joven que presenció el accidente (un Alaín Salinas en pleno ascenso) queda tan impactado con el hecho que decide buscar al motociclista, quedando prendado, sin saberlo, de su atípica hija (Stephanie Enríquez, feliz descubrimiento). Amaru Silva consigue darle coherencia y verdad a sus cinco personajes, en una historia urbana llena de matices que aborda temas tan complicados como la soledad, la discriminación, la violencia familiar y las disfuncionales relaciones entre padres e hijos, bien orquestada por Tolentino, que no permite que el melodrama cunda hacia el final del montaje.

Pues bien, el director consigue aquí un sano equilibrio entre su particular lenguaje escénico y los diálogos que el autor plantea. Y es que todos los símbolos en el escenario quedan plenamente justificados, sin caer en la saturación que el mismo director les diera en Japón; ni el arbitrario exceso, en Jardín de colores. Todo, desde las estructuras huecas para cada personaje, hasta los panes dentro de los delantales y las chalinas destejidas, se encuentra justificado y contenido, sin estorbar el desarrollo de la historia. Y viniendo de Tolentino, hasta el molesto ruido de las estructuras al moverse, pareciera representar a la desesperante bulla que nos acompaña a diario en nuestra capital. Cruzar la calle (“drama de enredos por un perro atropellado”, según el autor) representa un triunfo en varios aspectos: consolida a Amaru Silva como uno de los mejores dramaturgos jóvenes del momento; muestra a una entidad estatal genuinamente interesada en propiciar un espectáculo de Arte; y nos devuelve a un Tolentino en su mejor forma, prudente de no caer en las tentaciones del exceso.

Sergio Velarde
23 de agosto de 2015

miércoles, 19 de agosto de 2015

Crítica: MÁLAGA

Irónica e inquietante mirada al mundo moderno   

El dramaturgo suizo Lukas Bärfuss es ampliamente conocido por el público limeño gracias al colectivo Ópalo, que llevó a escena dos de sus obras más celebradas: Las neurosis sexuales de nuestros padres y La prueba, ambas dirigidas con brillo por Jorge Villanueva. No es de sorprender entonces, que los alumnos de los talleres de actuación del colectivo muestren un saludable interés por la escena dramatúrgica europea: Nani Pease y Tirso Causillas (quienes destacaron en la muestra de Ópalo, La niña fría) llevan a escena Málaga, un contundente y perturbador retrato de Bärfuss sobre la paternidad tan egoísta en estos tiempos modernos, con su propia agrupación /Nos/otros en el Teatro Mocha Graña.

Vera (Pease) y Michael (Haysen Percovich) son dos padres separados que deben dejar a su hija un fin de semana, pues ella viajará a Málaga con su nueva pareja, y él, a un importante evento de trabajo. Ante la ausencia de la acostumbrada niñera y la urgencia de sus respectivos viajes, la pareja decide, luego de una acalorada discusión, encomendarle el cuidado de su hija al adolescente Alex (Gabriel Gonzales), un vecino de confianza aficionado al cine y que desea además, grabar una película con la niña durante la ausencia de sus padres. Todo el primer acto está interpretado de una forma absolutamente natural y convincente, con sutiles detalles que anticipan la terrible desgracia. Bärfuss nos presenta una situación estremecedora y difícil de procesar, pero absolutamente plausible gracias a las inspiradas actuaciones del elenco (con una mención especial para el inquietante trabajo de Gonzales) y la mano firme de Causillas como director.

La puesta en escena resulta atractiva, pues echa mano de recursos cinematográficos coherentes con el universo cinéfilo del personaje de Alex. Si bien es cierto, el detalle del panorama de Residencial San Felipe descoloca un tanto al inicio en lo referido a la ubicación geográfica del drama, los recursos multimedia generan la atmósfera de caos total en el segundo acto, cuando la tragedia se desencadena. Bärfuss pone el dedo en la llaga con Málaga, acusando de manera estilizada la despreocupación e insensibilización que afectan al mundo moderno, con los adultos priorizando sus asuntos personales por encima de la enorme responsabilidad de ser padres. Dura, irónica y punzante, Málaga alerta pertinentemente sobre las peligrosas presiones de la vida diaria.

Sergio Velarde
19 de agosto de 2015

domingo, 16 de agosto de 2015

Crítica: FOREVER YOUNG

Un disfrutable musical de antaño   

El musical Ewig Jung (2007), puesta en escena escrita por el suizo Erik Gedeon, se estrenó en Hamburgo en el 2010. Fue entonces que el trío cómico catalán Tricicle, luego de haber visto el citado montaje, decidió realizar la versión española, titulada Forever Young, luego del éxito que obtuvo el colectivo con otro musical, nada menos que el Monty Python's Spamalot. Por su parte, el improvisador y claun Armando Machuca (también competente intérprete, a quien notamos en Hamlet) es el encargado de la versión peruana de Forever Young, consiguiendo un gran éxito de público en su temporada en el Centro Cultural Ricardo Palma, con Diego Bertie a la cabeza. Ahora en el Teatro Julieta (y sin Bertie en el elenco), este musical ambientado en un geriátrico del año 2050,  que tiene como protagonista a un elenco de actores que se interpretan a sí mismos ya ancianos, continúa cosechando elogios, algunos de ellos muy merecidos por cierto.

Y es que si bien la idea resulta atractiva, la dramaturgia peca de nulo desarrollo. Asistimos a una hora y media en la vida de estos envejecidos artistas, mientras escuchamos, en esencia, recuerdos de épocas pasadas (y mejores) salpicados por las consabidas quejas y frustraciones de personas de aquella edad. Todo esto matizado con inolvidables canciones de antaño, tanto extranjeras como peruanas. Y así, la hora y media de espectáculo termina, los ancianos van a dormir y nada pasó en realidad. Los personajes terminaron tal como empezaron. Incluso, la presencia de la enfermera (que pudo ser la gran antagonista de la obra) resultó al final no ser lo que aparentaba. ¿Qué queda entonces? Pues el gran mérito de la puesta en escena: las inspiradas interpretaciones de los actores, que logran un puñado de excelentes momentos, de la mano de los éxitos imperecederos de Marley, Dylan, Queen, Eurythmics, Nirvana, los Stones, los Beatles, y por supuesto, de la mítica Alphaville, con el tema que le da título al montaje.

Los caballeros cumplen con bastante corrección (y discreción) su cometido, incluido el propio Machuca. Manuel Lassús (buen actor y cantante, a quien recordamos de La Chica de la Torre de Marfil) podría lograr aún mejores resultados, si acaso dejara de pensar que es el reemplazo de Bertie. A destacar en todo caso a Miguel Álvarez, que aprovecha cada una de sus intervenciones para burlarse de sí mismo, con mucho estilo. Pero son las damas las que más llaman la atención: desde la calidad vocal de Miluska Eskenazi, hasta la conmovedora pérdida de glamour de Tati Alcántara, pasando por una desternillante Patricia Portocarrero, haciendo de las suyas como ya es costumbre. El elenco debe cuidar, eso sí, el no perder las caracterizaciones al cantar o bailar. El maquillaje, la escenografía y el acompañamiento musical suman al montaje. Forever Young, en su versión nacional a cargo de Machuca, es un disfrutable musical, que bien vale la pena ser apreciado por todos aquellos que pensamos que “todo tiempo pasado fue mejor”.

Sergio Velarde
16 de agosto de 2015

martes, 4 de agosto de 2015

Crítica: TERAPIA (COMEDIA EN TRES SESIONES Y UN DIAGNÓSTICO)

Las locuras del psicoanálisis   

Trabajar una comedia teatral es acaso, uno de los esfuerzos escénicos más difíciles de concretar adecuadamente y de llevar a buen puerto. Especialmente, cuando la comedia en cuestión no solo es dramática, sino que además, coquetea con el teatro del absurdo. Algunos de estos esfuerzos no lograron cristalizarse del todo en el escenario, como en Te odio y te quiero (2012) o en Día de campoo cómo sobrevivir al mundo (2013); pero en otros sí se alcanzaron auspiciosos resultados, como en Fando y Lis (2009) o en La niña se mató, y punto (2014). Todo lo anterior viene a cuento, debido al estreno de la pieza Terapia (comedia en tres sesiones y un diagnóstico) del argentino Martin Giner, un joven dramaturgo que salpica con pinceladas del absurdo a sus comedias. La mencionada puesta en escena se llevó a cabo en la Asociación Cultural Campo Abierto, con la producción del novel colectivo Pusaq Qochas.

Un consultorio psicológico, sin diplomas en las paredes. Un doctor y su supuesto paciente. El primero, muy autosuficiente y confiado, discute a menudo con su esposa muerta; y el segundo, completamente desquiciado por un tormentoso complejo de Edipo, quiere concertar una cita con el doctor para su madre invisible. Las sesiones van sucediéndose con gran agilidad, y especialmente, con mucha hilaridad, gracias a un astuto texto que aprovecha el absurdo de toda la situación. Y las personalidades de ambos protagonistas van trastocándose conforme avanza el montaje, deslucido acaso en parte por un final que explica (innecesariamente) las razones del entuerto. Sin embargo, la dinámica de la pareja es lo suficientemente entretenida como para volver muy disfrutable el espectáculo.

Actuar y dirigir es una tarea complicada, pero afortunadamente logra salir airoso, a pesar de su juventud, Gustavo Seclén, un competente actor que llamó la atención en Medias naranjas y El dolor por tu ausencia (ambos montajes del 2012). Su paciente, a pesar de rozar peligrosamente el estereotipo, resulta carismático en escena, bien complementado por el psicoanalista que interpreta Gerson Borja (a quien vimos en Bare: expuestos). La puesta en escena es funcional, aunque  pudo haberse jugado más con la escenografía y el mismo vestuario, por ejemplo. Esta Terapia (comedia en tres sesiones y un diagnóstico) pasa la prueba con discreta dignidad, y se suma a la lista de las comedias teatrales con buenos resultados.

Sergio Velarde
04 de agosto de 2015

lunes, 3 de agosto de 2015

Crítica. LOS PERROS

El rapto de Perséfone actualizado   

La Escuela Nacional Superior de Arte Dramático viene entregándonos desde hace algún tiempo, un impecable repertorio de propuestas escénicas de diversos géneros y estilos, pero con una envidiable producción que le saca el jugo a su íntima Sala ENSAD: espectáculos tan disímiles como comedias clásicas y contemporáneas (como Los dos hidalgos de Verona o Tus amigos nunca te harían daño), dramas existenciales de autor (como La tercera persona), o entrañables biopics (como Noches de luna). En esta oportunidad, y bajo la dirección de Jorge Sarmiento, viene presentándose Los perros, de la autora mexicana Elena Garro, un contundente texto que denuncia una realidad palpable y actual: la violencia ejercida contra la mujer latinoamericana.

La trama de Los perros es bastante sencilla; es por ello que el tratamiento estético que Sarmiento le otorga a la puesta en escena llama tanto la atención. Una humilde jovencita llamada Úrsula será irremediablemente raptada, ante la sufrida mirada de su madre Manuela, quien pasó por similar trance en su momento. La autora hace entonces, una clara alusión al rapto de Perséfone (con Manuela desgranando angustiosamente las mazorcas de maíz, en clara alusión a la diosa de la agricultura Deméter), pero cambiando la estética griega de otro montaje pasado por una ambientación azteca. Esta vez, el dios Hades está representado por los perros que le dan título al montaje, que literalmente salen de los agujeros a los pies de las protagonistas. El trágico y esperado desenlace no podrá ser cambiado por la ferviente religiosidad de los personajes, que por cierto, exuda el montaje.

A destacar la actuación de Rocío Ántero-Cabrera como la madre, muy precisa en sus emociones, bien secundada por Eric Otero, como el inquietante raptor Jerónimo; y por Marcia Romero, como la ingenua muchacha Úrsula, que poco a poco va descubriendo su sexualidad. El resto del elenco complementa felizmente el montaje, destacando el trabajo corporal en conjunto de los intérpretes de los perros, que generan el caos y la tensión adecuada en cada una de sus intervenciones. Los valores de producción (escenografía, vestuario, maquillaje, luces), como ya se hace costumbre en dicho recinto, se lucen en el escenario. Acaso lo mejor de Los perros, esta nueva propuesta escénica de la ENSAD, sea el de haber conjugado todas las virtudes artísticas que ofrecen los alumnos, egresados y maestros de la misma institución educativa para beneficio de este imperdible montaje.

Sergio Velarde
03 de agosto de 2015

domingo, 28 de junio de 2015

Crítica: COMO CASTIGO POR MIS PECADOS

Nueva estocada contra el amor  

El año pasado se estrenó una comedia que supo diseccionar hábilmente las relaciones sentimentales de una manera tan certera como desenfadada, tomando como punto de partida la tirante relación existente entre madres e hijos: Las crías tienen hambre, escrita y dirigida por Alejandro Clavier, fue un contundente estreno independiente que diseccionó con maestría la agridulce historia de amor de una pareja disfuncional, gracias a la apabullante credibilidad lograda por los actores Nani Pease y Tirso Causillas. Este año, y por el contrario, la pareja protagónica en mención asume diferentes roles escénicos para arremeter nuevamente contra el tradicional concepto del amor. Y si bien es cierto, los resultados no alcanzan los mismos brillos obtenidos anteriormente, el estreno de Como castigo por mis pecados, escrito por Causillas y dirigido por Pease, es una digna y divertida exploración de lo contradictorio de nuestros sentimientos.

Si en Las crías tienen hambre nos entrometíamos dentro del íntimo departamento de una pareja dispareja, en Como castigo por mis pecados asistimos a una conferencia en la que el exitoso psicólogo especialista en autoayuda, el popular gurú del amor Ezequiel García (el mismo Causillas), presenta su libro en contra, por supuesto, del amor. Es decir, el realismo de la primera puesta en escena, contrasta con el juego artificial y absurdo de la segunda, con dos modelos actores contratados para la conferencia, Ana (Fabiola Coloma) y Juan (Ángel Valdez), dramatizando una suerte de escenas de la vida conyugal. El ritmo de la puesta en escena es sostenida en gran parte de su duración por el elenco, excepto por algunos momentos puntuales, en los que la solemnidad y la redundancia en la dramaturgia afectan la escalada de humor.

Por su parte, Causillas está intachable como el experto conferencista del anti-amor, aunque su presencia va perdiendo fuerza, conforme la pareja conformada por Coloma y Valdez va dejando de lado la sobreactuación de sus roles, para iniciar su propia historia romántica. La presencia del Loko Pérez, que tan bien acompañó los montajes de Vida de miel y El ornitorrinco, como el reemplazo del músico oficial del evento, resulta forzada por ratos fingiendo primero tardanza y luego extrañeza ante el mismo. La directora Pease realiza un encomiable trabajo de dirección, al hacerle creer al público que estamos efectivamente, asistiendo a una conferencia. Como castigo por mis pecados, estrenada en el Teatro Mocha Graña por (Nos)otros teatro, es una divertida puesta en escena que nos muestra con ironía y sarcasmo las entrañables debilidades de estar enamorado.

Sergio Velarde

28 de junio de 2015

sábado, 27 de junio de 2015

Crítica: TODAS SOMOS JULIETA

Conjurando al Bardo de Avon  

Ricardo Morante (actor, dramaturgo y director del grupo Aqualuna) no le tiembla la mano para proponer nuevas versiones de clásicos de la literatura peruana y mundial, así como presentarlos de manera poco convencional. Adaptó nuestro texto costumbrista por excelencia, El Sargento Canuto de Manuel A. Segura, para estrenarlo en tiempo de marinera limeña; y dirigió con un estilo tan “modernista” como irreverente, el drama de Esquilo, Prometeo encadenado, en medio de abundantes efectos visuales y sonoros, cambiando las cadenas por telas. Este año, rinde homenaje a William Shakespeare, con su particular estilo. Todas somos Julieta, presentándose actualmente en el Teatro Auditorio Miraflores, nos muestra la influencia del Bardo en el universo femenino contemporáneo.

La puesta en escena se deja ver por su sencillez y a la vez, por la ingenuidad que destilan sus protagonistas. Cinco amigas se reúnen en casa de una de ellas, luego de cuatro años sin verse. Un inocente juego del Tarot revela que una de ellas quiere terminar con su vida, mientras aparece en las cartas el nombre de Julieta. Este trágico personaje shakespeariano parece ser el punto en común que tienen las chicas. Para averiguar quién sería la posible suicida, cada una tendrá su momento para contar algún difícil momento de su vida sentimental, mientras leen el libreto de “Romeo y Julieta”, que trae una de ellas. Si bien el misterio se resuelve acaso, de una manera un tanto forzada, queda claro el inmenso legado del Bardo en nuestras vidas.

Con una escenografía sencilla, y sacándole el jugo a las luces con las que cuenta el teatro, la figura de Julieta se percibe en el ambiente, así como atisbos de otros personajes de otras obras capitales del autor como Sueño de una noche de verano, El mercader de Venecia, Otelo y La fierecilla domada. Acaso, el mayor mérito de las actrices Katherina Sánchez, Inés Sadovnic, Patricia Moncada, Sofía Muñoz y Zadith Prada sea el de haber logrado conjurar en varios momentos al indispensable espíritu de Shakespeare sobre el escenario. Todas somos Julieta, decimonoveno montaje del colectivo Aqualuna, es un discreto e interesante ejercicio teatral, muy fiel al estilo del experimentado director Ricardo Morante.

Sergio Velarde
27 de junio de 2015