domingo, 4 de mayo de 2025

Crítica: MANCO


Historia cantada de una rebelión y muchas traiciones

Manco es una propuesta teatral que, con el formato de concierto escénico, nos conduce entre canción y canción, por un momento clave de nuestra historia: la rebelión de Manco Inca.

Cuatro actores y cuatro actrices alineados en sus respectivas sillas esperan el inicio de la función. Luego, de pie, cada uno frente a un micrófono y dando cara al público con su energía, la narración alcanza altos niveles de emoción. La dirección musical se hace sentir desde el primer momento, logrando una equilibrada armonía. Varios de los actores tienen experiencia en el teatro musical y aprovechan esa experiencia y sus buenas voces, pero esta vez con la fuerza dramática necesaria para el contexto.

El escenario y vestuarios negros, así como la discreción de los elementos que identifican a los personajes hace que la atención esté absolutamente centrada en los temas cantados y la carga emotiva de las interpretaciones. 

Cómo no felicitar a Gerson Borja, autor, actor y director de Manco, por el bien logrado trabajo, compuesto por varias canciones que desarrollan el tema de manera articulada, sin decaer en ningún momento. Los coros, dúos, tríos y solos se alternan con eficacia con los relatos, con un fondo musical de tonos andinos, técnicamente bien administrado.

A mitad del primer tema y viendo cómo se ajustaban los micrófonos, imaginé una escenificación en formato de teatro musical, con grandes desplazamientos y muchos recursos escenográficos, pero una vez planteada la propuesta escénica confirmo que eligieron el mejor formato y los casi setenta minutos se llevan bien de cara al público, como una clase cantada en coro y casi una interpelación a nuestro conocimiento de la historia.

En cuanto al texto, sin vano chauvinismo ni exagerado academicismo, el relato nos pone frente a una realidad inocultable: el principal factor de éxito de la conquista fue la tremenda división y profundos resentimientos en el imperio incaico. La vieja máxima - de autor desconocido - según la cual los enemigos de mis enemigos son mis amigos se aplicó una y otra vez: Atahualpa para vencer a Huáscar se apoyó en las etnias resentidas con los cusqueños y luego confió en los españoles; Manco Inca, para evitar a sus enemigos internos, se alió con los españoles y estos consiguieron luego diversas alianzas con pueblos indígenas para derrotarlo. Demasiado tarde se dio cuenta del engaño de los castellanos. Solo la puñalada final es una escena confusa y ante la imprecisión histórica nos quedamos con el símbolo de la traición. Pero no se trata de una clase de historia, sino, en palabras del autor-director, este concierto es "un viaje de emociones a través de los miedos del personaje y su camino a enfrentarlos". Un viaje de aproximadamente setenta minutos que nos deja lo que el teatro debe dejar al espectador: emociones y reflexiones sobre lo que somos a partir de nuestros antepasados.

David Cárdenas (Pepedavid)

4 de mayo de 2025

Crítica: ROCOLA HURACÁN


Un musical nostálgico

El director Mario Gaviria nos trae nuevamente una obra musical interdisciplinaria, escrita por Loko Pérez, y que promete mantener al público entretenido, al mismo tiempo que conmovido por cada acontecimiento que sucede sobre el escenario. 

Un restobar que se cae a pedazos; el dueño del local es un joven con salud frágil y problemas familiares; trabajadores que como empleados son buenos cantantes... a grandes rasgos estos son algunos de los elementos que le dan forma a la historia: un musical ambientado en una época de posguerra, cuando todo parece que está perdido, de alguna manera, el arte y la creatividad terminan triunfando, y no de la típica forma cliché.

La obra se desarrolló en la Sala Quilla, un ambiente bastante innovador que permitió a los nueve actores estar aún más cerca del público, lo cual, por tratarse de un musical, es bastante útil, pues conectas aún más con el momento.  Esto, sumado a la evidente preparación de todos los actores y actrices, que supieron llevar el ánimo del espectador, desde momentos tristes o de tensión hasta risas y carcajadas. Daba la sensación de que realmente se tratase de un concierto. 

Respecto al libreto, bastante contemporáneo y original, aborda un tema que nunca pasa de moda: el arte no muere, se transforma, muta, pasa por todo, pero no muere. Cada línea dicha por cada actor y actriz fue adecuada, nada se sintió que sobrara o faltara.

La escenografía fue también precisa, nada elaborada, con solo algunos elementos que le permitían al público ambientarse aún más en el contexto. Aprovecharon cada espacio del local, lo cual es bastante conveniente para ayudar al público a mantenerse atento a lo que pasaba, no sabías de qué parte del teatro podría aparecer el personaje.

Es una historia que apuesta por la igualdad en el mundo del arte; es decir, ninguna expresión artística es superior a la otra, no hay jerarquías, un sketch de clown o un concierto de rock son tan importantes como un concierto de música clásica.  Al final, arte es arte, y de alguna manera logran complementarse para llegar a algo aún más grande e innovador.  Nos demuestra que de eso se trata, de seguir transformándose y adaptándose, ser resilientes.

Barbara Rios

4 de mayo de 2025

sábado, 3 de mayo de 2025

Crítica: GREASE, EL MUSICAL


Talento iqueño sobre el escenario con aciertos y desafíos

El último sábado, Oficio Crítico asistió a la ciudad de Ica para presenciar la puesta en escena de Grease, el musical, a cargo de Chaplin Grupo Cultural. La propuesta, presentada en el auditorio del Colegio de Ingenieros, destacó por el talento local, el esfuerzo colectivo de su equipo y una puesta en escena ambiciosa. La dirección del proyecto estuvo a cargo de Yerson Luján Gonzales, mientras que Harold López asumió la dirección adjunta del montaje.

La obra apostó por una narrativa ágil y dinámica, con momentos bien definidos de comedia y drama. El musical captó la atención del público gracias a una historia conocida y un elenco comprometido. Desde el primer número, la música transportó a los espectadores a los años 50 con una propuesta basada en el rock and roll, el pop y otros géneros de la época, generando una atmósfera cargada de nostalgia. Sin embargo, la puesta en escena enfrentó algunos tropiezos técnicos. El diseño visual careció de una línea estética unificada, lo que dificultó la coherencia entre el diseño de la estética visual y la propuesta musical. Además, el uso irregular de herramientas tecnológicas —como proyecciones audiovisuales— generó interrupciones en lugar de enriquecer la experiencia. La iluminación, poco coordinada, no logró construir atmósferas definidas, y restó fuerza a varios momentos clave. El vestuario, en términos generales, fue adecuado al contexto temporal de la obra. No obstante, la inclusión de algunas piezas contemporáneas rompió con la convención establecida, afectando la verosimilitud del conjunto. Por su parte, las estructuras escenográficas cumplieron su función al ambientar el espacio, pero resultaron difíciles de movilizar. Los cambios entre escenas no tuvieron una fluidez constante, lo que evidenció una falta de preparación del equipo de tramoyistas. Asimismo, tuvieron ingresos a escena en momentos inadecuados que interfirieron con la acción dramática de los intérpretes. 

Desde el aspecto musical, la dirección estuvo a cargo del artista iqueño Andre Bonifaz, quien aportó solidez a la propuesta general. Sin embargo, el uso del playback restó espontaneidad a las interpretaciones y provocó una desconexión con la acción de las escenas. En varios momentos, la ejecución vocal no coincidía con lo que ocurría en el escenario, lo que afectó la credibilidad del montaje. La dirección coreográfica, a cargo de Kevin Juaze, mantuvo fidelidad al estilo del musical original. Pese a ello, algunas secuencias coreográficas se vieron limitadas por el reducido espacio escénico, lo que dificultó la fluidez y precisión de los movimientos. En este sentido, la dirección del montaje no logró adaptar las secuencias de movimiento a las necesidades del espacio escénico para lograr un óptimo desarrollo de la danza. El elenco artístico realizó interpretaciones sólidas, construyendo personajes con consistencia y presencia escénica. No obstante, el uso de estereotipos terminó por restarle profundidad al trabajo actoral y al desarrollo dramático, priorizando la forma sobre el contenido. Esto debilitó la intención de los textos y restó intensidad y coherencia a la acción dramática en momentos clave. A pesar de estas debilidades, el elenco logró establecer una conexión efectiva con el público, transmitiendo con frescura el espíritu festivo y juvenil que propone la obra.

En suma, el montaje representó un esfuerzo destacable por parte de Chaplin Grupo Cultural, que visibiliza el creciente talento artístico de Ica en el ámbito teatral. En escena estuvieron Álvaro Alarcón, Roma Campos, Cesar Guevara, Karina Felix, Alexander Galindo, Emely Lengua, Franco Bendezú, Esther Garavito, Kleber Martinez, Daniela Lengua, entre otros intérpretes.

Rubén Aquije
Ica, 4 de mayo de 2025 


Crítica: NÚMEROS


El peso de la espera 

Cada vez surgen nuevas formas de contar teatralmente cómo nuestra sociedad actual está en peligro y, sobre todo, cómo las injusticias que atraviesa nuestro país recaen directamente en los ciudadanos. Hace una semana tuve la oportunidad de ver Números, escrita y dirigida por Omar Leonardo, con actuaciones profundamente conmovedoras que atraviesan y confrontan al espectador. El elenco, conformado por Luciana León, Lucía D’Arrigo, Renée Cabrera y Daniel Barboza, da vida a una propuesta que estuvo presente en el Club Teatro de Lima.

Desde el inicio, el título le hace justicia al montaje. Potencia la propuesta de dirección y representa con fuerza lo que se ve en escena. En un primer momento, uno podría creer que se trata de un solo caso el que enfrenta la protagonista; sin embargo, con el paso de los minutos, emergen distintos “números” de casos, como una multiplicación de realidades que afectan al ser humano. Así se pone en evidencia cómo nuestras propias instituciones burocráticas terminan dándonos la espalda.

Nuestra sociedad, de por sí, ha incorporado la espera como parte de su rutina diaria, y eso se refleja de forma contundente en la obra. Es interesante cómo la dirección de Leonardo dialoga directamente con su texto, cuestionando la noción del tiempo y el acto de esperar frente a problemáticas que se viven de forma simultánea y constante.

Un punto de partida escénico muy logrado es el juego de miradas entre los actores. Esta elección genera una tensión palpable, casi silenciosa, que envuelve al público y lo obliga también a sostener la mirada.

Otro acierto es que los intérpretes se presenten como ellos mismos en escena. Esta decisión aporta una capa de realismo al drama que refuerza su impacto emocional. A ello se suma la convención escénica del cuadrado marcado en el suelo, dentro del cual se desarrollan las acciones: un símbolo potente que refleja monotonía, agotamiento y el sinsentido ante las injusticias sociales que parecen no tener salida.

En conjunto, Números es un montaje profundamente certero, que habla desde la verdad y con una propuesta escénica que, sin ser pretenciosa, golpea con fuerza. Es teatro que interpela, que incomoda y que deja huella.

Juan Pablo Rueda

4 de mayo de 2025

jueves, 1 de mayo de 2025

Crítica: HABÍA UNA VEZ… ¿CAPERUCITA?


Una aventura musical inolvidable 

Se estrena la temporada de la obra infantil Había una vez… ¿Caperucita?, escrita y dirigida por Gerardo Fernández, en el Teatro Esencia de Barranco. Esta vibrante puesta en escena, que deslumbró a grandes y pequeños en abril, continuará en cartelera todos los domingos de mayo y junio. Con irreverencia, fantasía y un poderoso mensaje final, la obra reinventa un clásico infantil al ritmo del rock.

La historia gira en torno a Caperucita, una niña curiosa, soñadora y amante del rock, quien entra en conflicto con su madre sobreprotectora y temerosa, que por prejuicio le impide seguir sus sueños. Con la complicidad de su abuela, y la compañía de personajes entrañables como un lobo que no come carne y solo quiere rockear, y un niño cazador que solo desea ser visto y escuchado, la obra desmonta los estereotipos del cuento original. Aquí, cada personaje revela su verdadera esencia y enfrenta los prejuicios que los limitan, en una comunidad que se transforma a través de la música y la empatía. El relato es ágil y entretenido, con un texto dinámico y comprensible para los más pequeños, sin perder profundidad ni sensibilidad.

Visualmente, la obra cautiva por su cuidada estética: el vestuario está lleno de detalles que refuerzan el universo de cada personaje. La escenografía, sobria pero precisa, permite una fluida transición entre escenas. Destaca especialmente el diseño de luces a cargo de Camila Battistolo, quien logra, con sensibilidad y precisión, que cada momento clave se intensifique con transiciones de color y efectos lumínicos que acompañan tanto la música como las emociones. 

El talentoso elenco, conformado por Pilar Rivera, Gessy Cochachi, Jorge Sánchez y Lucciano Murua, brilla en conjunto, con energía y entrega, bajo una unidad escénica que evidencia una dirección bien cuidada. Cada uno mantiene un registro vocal sólido y una presencia escénica constante. Las coreografías, bien integradas, se destacan por su energía y conexión con las pegajosas canciones, generando momentos de alto impacto y diversión en el público.

Había una vez… ¿Caperucita? es un viaje musical y visual encantador, pero sobre todo, una invitación a validar y luchar por nuestros sueños. Conecta a niños y adultos a través del humor, la música y la emoción, y es ideal para pasar un domingo diferente en familia. Aún quedan muchas funciones en esta temporada, así que no pierdas la oportunidad de dejarte sorprender por esta original y poderosa versión de un cuento que, esta vez, se canta y se transforma al ritmo del rock.

Abigail Salvador Jaime 

1º de mayo de 2025

Crítica: MI MADRE SE COMIÓ MI CORAZÓN


Un rito de sangre, memoria y sanación

En Mi madre se comió mi corazón, Kintu Galiano nos hace viajar a un espacio donde la maternidad, el deseo, el trauma y la herencia emocional se entrelazan como una danza ritual. La obra escarba en lo más íntimo con un lenguaje corporal cargado de símbolos, donde todo se transforma en metáfora y el cuerpo es un campo de batalla y de altar, de reclamos y perdones, de hacer honor a la que nos da la vida pero también dolor. 

La propuesta escénica es austera pero profundamente simbólica, lo que permite que toda la tensión recaiga en la actuación. Una silla, un chal tejido de heridas, un escenario con maskin tape blanco. Y es precisamente ahí donde brilla con intensidad Vania Accinelli, en una de sus interpretaciones más conmovedoras y complejas. Su entrega es absoluta: la fisicalidad que logra en escena no solo impresiona, sino que estremece. Cada gesto suyo parece dictado por una memoria corporal ancestral. Accinelli transita con maestría por estados extremos —la furia, la vulnerabilidad, la ternura más cruda— sin caer en el exceso ni la caricatura. Su cuerpo, a ratos animal y a ratos herida abierta, sostiene la dramaturgia como una columna viva. 

Galiano propone una dramaturgia donde más que contar una historia, la invoca. Los tiempos no son lineales, los vínculos no son seguros, y la palabra está expuesta a ser desgarrada. La dirección apuesta por una experiencia sensorial y emocional antes que narrativa, lo cual puede desafiar al espectador acostumbrado a estructuras más convencionales. Pero quien se deje llevar por ese trance teatral encontrará en esta obra una catarsis oscura y luminosa a la vez. Eventualmente, el texto puede dar la sensación de caer en algunas repeticiones, pero la actuación luminosa y visceral de Acchinelli logra que ese detalle se desvanezca. Su presencia sostiene, renueva y da capas a cada palabra, haciendo que incluso lo reiterativo cobre nuevos matices. 

El trabajo conjunto entre dramaturgia y actuación encuentra su punto más alto en una escena de confrontación directa con el pasado, donde la maternidad se revela tanto como potencia creadora como amenaza devoradora. Allí, el título de la obra cobra un sentido desgarrador.

Mi madre se comió mi corazón no es una obra cómoda, pero sí profundamente necesaria. Es teatro que no pide permiso, que incomoda para despertar, que exige una entrega tanto del escenario como del público. Y en el centro de ese huracán emocional está Accinelli, en estado de gracia, recordándonos que la actuación también puede ser un exorcismo. 

Porque sanar hacia atrás es también un acto de amor hacia adelante.

Una obra para el Perú, pero también para el mundo. Porque la herida es común, y la sanación, necesaria.

Alejandra Sierralta

1º de mayo de 2025

Crítica: SECRETOS


Confesiones en familia

Acaso podríamos enumerar algunas “reglas” que deberían seguir aquellos directores que se propongan llevar a la escena limeña divertidas comedias de salón, acerca de confusiones o secretos dentro de parejas o familias, y escritas por autores extranjeros: aprovechar por completo las virtudes que ofrece el texto, cuidar detalles de una posible “peruanización” de la puesta (o, mejor aun, no hacerlo), contar con actores carismáticos y versátiles, y especialmente, hacer la comedia elegida muy en serio. Muchos puntos mencionados los conoce de sobra el joven pero experimentado director Rodrigo Falla Brousset, que consigue un favorable resultado con su última puesta en escena, Secretos, estrenada en el siempre acogedor Teatro de Lucía.

Escrita por el dramaturgo franco-tunecino Éric Assous, la pieza nos presenta a una madura pareja conformada por Florencia (Sandra Bernasconi) y Gustavo (Sergio Paris), quienes reciben el encargo de cuidar a su nieto, mientras su hijo Lucas (Diego Salinas) y su esposa Macarena (Vera Pérez-Luna) se van de vacaciones. Sin embargo, un secreto revelado de manera inesperada (el primero de muchos) cambiará drásticamente la situación antes del viaje, afectando principalmente la relación de muchos años de Florencia y Gustavo. Se trata, ciertamente, de un texto que aborda nuevamente las infidelidades dentro de una pareja, pero que se las ingenia para ofrecer momentos muy divertidos, que la dirección sabe aprovechar muy bien. Quizás los muy pocos reparos lleguen con la adaptación a nuestra realidad nacional (¡esos guantes!, ¡ese reloj de cucú!, ¡la buena vida de un periodista jubilado!), pero que no perturban en demasía una divertida trama llena de revelaciones.

En cuanto al elenco, lucen intachables Salinas y Pérez-Luna, quienes no desentonan al lado de unos excelentes Bernasconi y Paris, ambos ya curtidos en estas lides: ella, como la aplicada discípula de Cattone en sus últimos años, manejando la comedia con destreza y sin desbordes; y él, viviendo cada momento de la historia como si fuera la primera vez, con una pericia que solo ostentan los maestros en improvisación. Con una escenografía funcional, y las luces y sonidos justos, Secretos cumple su objetivo de convertirse en una agradable comedia que funciona, porque sí que se toma en serio.

Sergio Velarde

1º de mayo de 2025

martes, 29 de abril de 2025

Crítica: BODAS DE SANGRE


Pasión, tragedia y el talento emergente de una nueva promoción de actores y actrices

Se estrena la obra cumbre de Federico García Lorca, Bodas de sangre, en el Centro Cultural ‘La Vaca Multicolor’, dirigida por Fernando Luque y con un talentoso elenco de jóvenes actores y actrices. El montaje nos ofrece una interpretación sensible y visceral de este clásico drama, en el que el deseo, la pasión y el honor son los protagonistas principales. La obra lleva al espectador a un viaje emocional lorquiano memorable, que mantiene la esencia de la tragedia original pero con una visión fresca y contemporánea. La temporada, que va del 5 de abril al 4 de mayo, ha sido todo un éxito, y las entradas ya se agotaron rápidamente en pre -venta.  

La obra gira en torno a una historia de amor y tragedia, marcada por el deseo reprimido entre dos amantes que se ven atrapados por las inevitables consecuencias de sus pasiones. La dirección de Luque apuesta por estructurar imágenes potentes desde el inicio de cada pasaje, logrando una conexión visual y simbólica entre los personajes y sus emociones más profundas. Las escenas se desarrollan con una intensidad que lleva a los personajes desde su fragilidad inicial hasta una solidez dramática que deja al público en la expectativa constante. El uso de luminaria roja es un recurso acertado, pues refleja la pasión y el deseo reprimido de los personajes principales, Leonardo y la Novia, los amantes. A su vez, el trabajo en vestuario y escenografía, minimalista pero efectivo, acompaña la atmósfera, complementando la tensión del relato con una estética sobria que permite a la historia y los personajes brillar por sí mismos.

A pesar de la complejidad poética de esta obra, las interpretaciones fueron precisas y profundamente conectadas con la esencia de cada escena. Se percibió en el elenco un disfrute genuino de la prosa de Lorca, lo que se reflejó en la energía vocal y el lenguaje corporal de cada actor-actriz. En este sentido, destacó con notable presencia el personaje de la Madre, interpretado por Sandra Melgarejo. Su actuación fue de una profundidad y potencia admirables, fusionando orgullo y fragilidad en cada momento crucial de la obra, lo que aportó una carga emocional invaluable a la historia. Melgarejo capturó perfectamente la dualidad del personaje, mostrando tanto su fortaleza como su vulnerabilidad, y dejando una huella indeleble en el espectador.

En definitiva, Bodas de sangre no solo nos ofrece una revisión del celebrado clásico de Lorca, sino también una dirección sensible y aguda que consigue captar la esencia de la obra original mientras le imprime una visión contemporánea. El elenco, conformado por Óscar Aguirre, Hebe Sánchez, Christine Lemus, Isabel Del Castillo, Camila Gómez, Katia Uriol,  Melgarejo, Gian Ausejo y Sebastián Manyari, entregó una actuación comprometida y vibrante que hizo de esta puesta en escena una experiencia teatral única. Cada uno de los intérpretes logró dar vida a personajes complejos, con una autenticidad que resonó en el público de principio a fin. Esta producción es un homenaje al teatro de Lorca y una muestra del talento emergente que sigue dando grandes promesas para el futuro del teatro local.

Abigail Salvador Jaime 

29 de abril de 2025

domingo, 27 de abril de 2025

Crítica: MÁQUINA HAMLET


Mirar a Hamlet con otros ojos

La compañía de teatro Impulso Nómada, conformada por un grupo de jóvenes actores, nos trajo en esta ocasión la obra Máquina Hamlet, una propuesta diferente y refrescante que busca acercar a Hamlet a nuevos públicos, al romper el esquema tradicional de una obra de teatro; es decir, se separa de la estructura aristotélica de cómo contar una historia: rompe con esta norma preestablecida de los actores en el escenario y el público en las butacas para mezclarlo todo, el espectador interactúa con el actor y la historia se mezcla con la realidad.

Casa Rama, el espacio cultural donde se lleva a cabo la obra, es una acogedora casa cuyo segundo piso fue acondicionado para que cada rincón, incluidos los cuartos, sean espacios inmersivos para el público. En cada habitación tenía lugar un acontecimiento distinto, una performance diferente, cada una con lo suyo y con una manera singular de conectar con el público, ya sea recreando una especie de asamblea popular en la que a cada participante se le pide su firma de asistencia, o ver el drama de Hamlet y su padre como si se tratase de un show televisivo; es decir, hay un fuerte intento por encajar al tradicional Hamlet en el mundo actual, pero sin que se sienta forzado, por el contrario, lo hace bastante llamativo.

Si bien no es una obra que deje muy en claro la historia que se quiere contar en sí, al menos no de la manera tradicional como ya se mencionó, creemos que es más un espectáculo sensorial, transmite más por las acciones y emociones que transmiten los actores que por las palabras en sí, es como una fuerte sacudida para el espectador que está acostumbrado a adoptar una actitud más pasiva de ir de frente a sentarse en su asiento. Y de hecho ese es uno de los fuertes de la obra: las buenas interpretaciones de cada uno de los actores, pues se notó mucho el trabajo detrás del montaje; además, ya de por sí por sí se trata de diálogos complejos de memorizar y más aún lograr que un público joven como el que fue en aquella función se interesase o lograse conectar. Esto también se logró gracias a la dirección original de Jared Portocarrero y la producción bastante ingeniosa de Milagros Flores. Sin duda es del tipo de obras con un nuevo formato que te hacen pensar que es precisamente por esta constante renovación que el arte sigue vivo y lo seguirá estando.

Barbara Rios

27 de abril de 2025

jueves, 24 de abril de 2025

Crítica: LOS AMANTES DEL IMPERIO


Emperador Nada

La Máquina Producciones de Johan Escalante parece encontrar un punto de fortuna en propuestas que, desde la misma premisa, se sienten controversiales, pero ocultan en ese escándalo potentes interrogantes. Como una interesante pieza de Romano Rodríguez, Los amantes del Imperio aborda los tabúes desde su normalización, y quizás por eso será más escandaloso para nuestros visitantes al teatro.

Es un poco complicado criticar una obra que sientes que se disfruta mejor cuando el público entra sin saber. El material promocional de la obra adelanta un poco sus sorpresas, pero inteligentemente no ahonda en ellas. Contribuyó a mantener las sorpresas solo adelantando lo que ya se ve en el afiche: la obra nos habla sobre Calígula y su hermana Drusilda, y la tumultuosa relación entre ambos, con dos interpretaciones de esta misma relación que no se pelean por tu atención, sino que se complementan para que entiendas cada una con mayor temor de lo que va a suceder a continuación.

Los dos Calígulas son mostrados como hombres patéticos y aniñados que sopesan esta realidad de su crianza a partir de la demostración de la fuerza y la sexualidad. Al ser expuesto, sin embargo, no deja ver un niño pequeño, sino un hombre aún adulto cuya inestabilidad es expuesta. Escalante atraviesa estas caras del personaje sabiéndose, pues, adulto, al principio de manera más contenida y con el tiempo más y más temible. Su coprotagonista, Olga Kozitskaya, no es su contrapeso sino su extensión desde la tierra, ligera y pesada a la vez, y elevándose a sí misma a la misma visceralidad, pero en su caso venida desde la desesperación. En los casos de ambos puedo decir que sus personajes van ganando más forma conforme avanza la puesta, y que si enfatizan el contraste entre sus respectivos personajes al inicio, así como el aspecto natural y conversacional de su relación, el vínculo entre ambos hermanos se hará más perverso.

Notas en los diálogos de los personajes un genuino esfuerzo por crear esta narrativa dual con los dos Calígulas y las dos Drusildas. Se brinda en la interpretación igual atención a ambas, un consciente esfuerzo por manejar acciones y subtexto. Puntos como la escena sexual, su consecuencia o la escena musical quizás quedan sin toda su explicación todavía, y como espectador acabamos atribuyendo al descenso a la locura de los protagonistas. El cambio entre ambas facetas, nuevamente, se vuelve más difusa con el tiempo, lo que vuelve necesario un cambio más notorio en las primeras escenas que nos marque la pauta por romperse. Dicha pauta es, dicho sea de paso, seguida a rajatabla por el diseño de luces, bien pensado y desarrollado para hacerte creer que entiendes en qué plano de la realidad te encuentras, y posteriormente torcer el cuchillo para dejarte preguntando ¿Qué máscara se están poniendo aquí?

Recomiendo encarecidamente revisar las biografías de Calígula y Drusilda después de salir del Club de Teatro de Lima, pues hará el impacto de su nuevo final más profundo y sus simbolismos más trágicos. Tal como en la historia original, será necesario recordar que Calígula no EMPEZÓ siendo un déspota o quizá ni siquiera un depravado, y que el camino al infierno puede estar sembrado en la inocente curiosidad. El teatro nos absorbe no por espíritus que nos posean, sino al sacar las sombras que tenemos dentro, y que alimentan nuestro delirio de grandeza mientras damos un monólogo de grandeza a nuestro imperio de nada.

José Miguel Herrera

24 de abril de 2025