Discreto estreno de dramaturga peruana
Siempre es grato apreciar una obra de autor nacional, especialmente si es del sexo femenino: la actriz María del Carmen Sirvas (a quien vimos en Madrugada) escribe y actúa en Jardín de colores, puesta en escena estrenada en el Teatro Auditorio Miraflores, bajo la dirección de Francisco Echeandía (de quien vimos su particular visión de Electra el año pasado). El tema elegido por Sirvas es la difícil relación entre una madre castrante y una hija sumisa, presa de una frustración que adivinamos no traerá consecuencias agradables. La llegada de un joven inquilino a la casa brindará una luz de esperanza a la hija para escapar de este asfixiante mundo y encontrar la libertad.
La primera escena nos deja ver claramente el conflicto inicial: la madre no deja levantarse de la mesa a la hija que no ha terminado de comer y tampoco le permite cambiarse de ropa ante la inminente llegada del inquilino. Cuando éste llega, la hija se refugia debajo de la mesa para terminar de comer, llena de vergüenza. A partir de ese momento y debido a algunos vacíos en la dramaturgia, sólo quedan algunas inspiradas secuencias como el primer encuentro entre los jóvenes, el enfrentamiento final entre madre e hija y las escenas surrealistas en ese jardín de colores, que le sirve de refugio a la hija cuando duerme. Muchas interrogantes quedan en el aire y algunas motivaciones de los personajes no son exploradas debidamente: las razones de la sumisión de la hija, la atracción que siente la madre hacia el inquilino, el olvido del boleto de la hija, entre otras.
Por otro lado, las actuaciones del elenco son eficientes: Cynthia Urrunaga compone una madre asfixiante y creíble, en el límite de la sobreactuación. Ernesto Ballardo también cumple como el “Salvador” de la joven. María del Carmen Sirvas está impecable como la muchacha llena de culpa y miedo y logra una buena química con Ballardo. La dirección de Francisco Echeandía es pulcra, austera y funcional; y tal como lo hizo en Electra, prefiere enfatizar la caracterización de los personajes, quienes finalmente hacen de este Jardín de colores, un discreto montaje de que se deja ver.
Sergio Velarde
15 de julio de 2012
domingo, 15 de julio de 2012
sábado, 14 de julio de 2012
Crítica: DÚIK MÚUN, CUENTOS Y SONIDOS DE LA SELVA
Mágico espectáculo amazónico
Nuestra hermosa Amazonía ha sido considerada desde siempre como una inagotable fuente de belleza y misterio, que ha alimentado nuestro imaginario popular con cuentos, mitos y leyendas que han pasado de generación en generación. Es por ello que, cumpliendo 30 años de actividad artística ininterrumpida, el Grupo de Teatro Maguey viene reponiendo su entretenido espectáculo titulado DÚIK MÚUN, Cuentos y sonidos de la selva, siempre en su acogedor centro cultural en Magdalena. La narración y ejecución musical están a cargo de los experimentados María Luisa De Zela y Wili Pinto, este último director del montaje. Se trata de una puesta en escena estructurada no sólo en base al trabajo de los actores narradores, sino en los cánticos, la música en vivo y las imágenes en sombras, a cargo de Liz Espinoza.
Para generar la atmósfera necesaria para la narración de estos cuentos y transportarnos a nuestra Amazonía, Pinto se vale de todos los recursos disponibles, exceptuando al uso multimedia, que acaso sería la salida más fácil. El éxito de la propuesta radica no sólo en la precisión actoral que logra Pinto con De Zela, sino también en el virtuoso acompañamiento musical de los actores narradores. Las imágenes proyectadas en sombras, acompañadas por una acertada iluminación, contribuyen a enriquecer los relatos, dinámicos y fluidos, de autoría de la oralidad popular Aguaruna, así como a Eduardo Galeano, César Calvo y el mismo director Wili Pinto.
Impecables De Zela y Pinto, quienes acompañan su narración con varios instrumentos musicales de la región para generar los ambientes de cada cuento, entre ellos, tambor, manguaré, maichiles, palos de lluvia, cuica, huiro, maracas, vibrador, antaras, silbatos de aves, flautas, ocarina y kalimba. Los cuentos que integran el espectáculo son: las Palabras, la Araña, el Origen de la Selva, el Murciélago Vanidoso, el Mono Machín y el Gigante Iwa, El Aguaruna que se casó con una estrella, encerrando cada uno mensajes positivos y afianzando nuestras raíces culturales. DÚIK MÚUN, Cuentos y sonidos de la selva es un recomendable montaje para grandes y chicos, cuyo objetivo es el revalorar la riqueza de nuestra selva y resaltarla como una inagotable fuente de leyendas populares.
Sergio Velarde
14 de julio de 2012
Nuestra hermosa Amazonía ha sido considerada desde siempre como una inagotable fuente de belleza y misterio, que ha alimentado nuestro imaginario popular con cuentos, mitos y leyendas que han pasado de generación en generación. Es por ello que, cumpliendo 30 años de actividad artística ininterrumpida, el Grupo de Teatro Maguey viene reponiendo su entretenido espectáculo titulado DÚIK MÚUN, Cuentos y sonidos de la selva, siempre en su acogedor centro cultural en Magdalena. La narración y ejecución musical están a cargo de los experimentados María Luisa De Zela y Wili Pinto, este último director del montaje. Se trata de una puesta en escena estructurada no sólo en base al trabajo de los actores narradores, sino en los cánticos, la música en vivo y las imágenes en sombras, a cargo de Liz Espinoza.
Para generar la atmósfera necesaria para la narración de estos cuentos y transportarnos a nuestra Amazonía, Pinto se vale de todos los recursos disponibles, exceptuando al uso multimedia, que acaso sería la salida más fácil. El éxito de la propuesta radica no sólo en la precisión actoral que logra Pinto con De Zela, sino también en el virtuoso acompañamiento musical de los actores narradores. Las imágenes proyectadas en sombras, acompañadas por una acertada iluminación, contribuyen a enriquecer los relatos, dinámicos y fluidos, de autoría de la oralidad popular Aguaruna, así como a Eduardo Galeano, César Calvo y el mismo director Wili Pinto.
Impecables De Zela y Pinto, quienes acompañan su narración con varios instrumentos musicales de la región para generar los ambientes de cada cuento, entre ellos, tambor, manguaré, maichiles, palos de lluvia, cuica, huiro, maracas, vibrador, antaras, silbatos de aves, flautas, ocarina y kalimba. Los cuentos que integran el espectáculo son: las Palabras, la Araña, el Origen de la Selva, el Murciélago Vanidoso, el Mono Machín y el Gigante Iwa, El Aguaruna que se casó con una estrella, encerrando cada uno mensajes positivos y afianzando nuestras raíces culturales. DÚIK MÚUN, Cuentos y sonidos de la selva es un recomendable montaje para grandes y chicos, cuyo objetivo es el revalorar la riqueza de nuestra selva y resaltarla como una inagotable fuente de leyendas populares.
Sergio Velarde
14 de julio de 2012
Crítica: EL DESEO MÁS CANALLA
Una trangresión estilizada y grotesca a la vez
Panparamayo Teatro es un colectivo artístico en constante actividad y evolución. Sus artífices siguen en la brega de analizar la identidad del ser humano dentro de una sociedad aplastante e inmisericorde, siempre dentro de los parámetros del surrealismo, el absurdo y el gran campo que ofrece la performance, en la que absolutamente todo está permitido. Comer en el 2010 fue una polémica experiencia culinaria que dividió opiniones; y La Razón Blindada en el 2011 (primera aproximación escénica a Arístides Vargas), un relato de dos presos que escapaban del encierro a través de la imaginación. Justamente, en la puesta en escena de El deseo más canalla, escrita por el mismo autor y estrenada en versión libre en la Alianza Francesa de Miraflores, los personajes huyen de la realidad (una ciudad cubierta de cenizas) a través de un sórdido juego en el que cumplen sus fantasías más profundas y oscuras.
Se trata de una versión libérrima del original, sobre todo al observar aquí fragmentos de la puesta dirigida por el mismo autor. Los personajes y el espacio en donde se desarrolla la acción han sido cambiados: ahora tienen números en vez de nombres, y un teatro en vez de una biblioteca, respectivamente. Las razones de estos cambios pueden ser variadas y discutibles, pero es ya sello propio del grupo alterar sin miedo las convenciones propias de una puesta en escena, en favor de las imágenes y sensaciones que produce cada uno de sus montajes, descartando cualquier atisbo de lógica. El escenario es asaltado por este grupo de personajes, cada uno en un espacio determinado, utilizando diversos elementos como fuego, cartas, lienzos, muñecos de trapo, que funcionan dentro del desenvolvimiento de los intérpretes. Las luces, la música y la caracterización de estos ocho cuerpos en escena cautivan, generan emociones y se regodean dentro de un ambiente lúdico y de pesadilla.
Los directores Mario Ballón y Pamela Santana consiguen momentos de teatro puro (Jely Reátegui declamando sus textos en el foro rodeada de fuego, la grotesca cena de bienvenida a Jorge Armas y las tentaciones carnales a las que es sometido Marco Otoya), transgrediendo el texto original y aprovechando al máximo la calidad interpretativa de sus actores. Especialmente Ballón (quien interviene como actor en la puesta), un joven actor y director de teatro que viene creando inteligentes y sentidos montajes de calidad, como lo fueron en su momento Generación en liquidación y N. A. Ninguna de las anteriores, en complicidad con Carolina Barrantes, presente también en el elenco de El deseo más canalla. Completan el reparto la sensual Michella Challe, la siempre bienvenida Sheillah Gutiérrez y un enérgico Sandro La Torre. Panparamayo logra un montaje generoso y abrumador, estilizado y chocante a la vez, de visión obligatoria.
Sergio Velarde
14 de julio de 2012
Panparamayo Teatro es un colectivo artístico en constante actividad y evolución. Sus artífices siguen en la brega de analizar la identidad del ser humano dentro de una sociedad aplastante e inmisericorde, siempre dentro de los parámetros del surrealismo, el absurdo y el gran campo que ofrece la performance, en la que absolutamente todo está permitido. Comer en el 2010 fue una polémica experiencia culinaria que dividió opiniones; y La Razón Blindada en el 2011 (primera aproximación escénica a Arístides Vargas), un relato de dos presos que escapaban del encierro a través de la imaginación. Justamente, en la puesta en escena de El deseo más canalla, escrita por el mismo autor y estrenada en versión libre en la Alianza Francesa de Miraflores, los personajes huyen de la realidad (una ciudad cubierta de cenizas) a través de un sórdido juego en el que cumplen sus fantasías más profundas y oscuras.
Se trata de una versión libérrima del original, sobre todo al observar aquí fragmentos de la puesta dirigida por el mismo autor. Los personajes y el espacio en donde se desarrolla la acción han sido cambiados: ahora tienen números en vez de nombres, y un teatro en vez de una biblioteca, respectivamente. Las razones de estos cambios pueden ser variadas y discutibles, pero es ya sello propio del grupo alterar sin miedo las convenciones propias de una puesta en escena, en favor de las imágenes y sensaciones que produce cada uno de sus montajes, descartando cualquier atisbo de lógica. El escenario es asaltado por este grupo de personajes, cada uno en un espacio determinado, utilizando diversos elementos como fuego, cartas, lienzos, muñecos de trapo, que funcionan dentro del desenvolvimiento de los intérpretes. Las luces, la música y la caracterización de estos ocho cuerpos en escena cautivan, generan emociones y se regodean dentro de un ambiente lúdico y de pesadilla.
Los directores Mario Ballón y Pamela Santana consiguen momentos de teatro puro (Jely Reátegui declamando sus textos en el foro rodeada de fuego, la grotesca cena de bienvenida a Jorge Armas y las tentaciones carnales a las que es sometido Marco Otoya), transgrediendo el texto original y aprovechando al máximo la calidad interpretativa de sus actores. Especialmente Ballón (quien interviene como actor en la puesta), un joven actor y director de teatro que viene creando inteligentes y sentidos montajes de calidad, como lo fueron en su momento Generación en liquidación y N. A. Ninguna de las anteriores, en complicidad con Carolina Barrantes, presente también en el elenco de El deseo más canalla. Completan el reparto la sensual Michella Challe, la siempre bienvenida Sheillah Gutiérrez y un enérgico Sandro La Torre. Panparamayo logra un montaje generoso y abrumador, estilizado y chocante a la vez, de visión obligatoria.
Sergio Velarde
14 de julio de 2012
Crítica: EL EXAMEN FINAL
Teatro educativo con nota aprobatoria
Mostrar “teatro dentro del teatro” puede resultar una buena idea, siempre y cuando se disponga de una dramaturgia inspirada y dispuesta a llevar al extremo todo los avatares que rodean la creación y puesta en escena de una obra. Por citar dos ejemplos recientes, Eduardo Adrianzén con Azul resplandor y Aldo Miyashiro con Función Velorio, revelaron sin tapujos, cada uno en su particular visión, las génesis de una obra de teatro de “los de arriba”, en el primer caso; y una “de los de abajo”, en el último. Ambos consiguieron excelentes resultados con sus puestas en escena; sin embargo, los objetivos de El examen final son mucho más modestos, informativos y educativos (no por ello, despreciables), ya que su director César Salas prefiere, primero, no darles personalidad definida a sus actores en escena; y segundo, centrar todo el interés en los fragmentos que estos supuestos alumnos de la Escuela Nacional de Teatro han elegido para preparar su última y dilatada evaluación antes de graduarse.
El público espectador de este examen final, que consta de cuadros de Tragedia, Comedia y Farsa, llega a conclusiones, a juzgar por sus aplausos y risas, muy diferentes a las del profesor calificador. Si algunos opinan que el género dramático más difícil de llevar a escena es la Tragedia, pues este montaje lo comprueba a plenitud, ya que el último tramo de la tragedia Otelo de Shakespeare debe pulirse urgentemente: actuar con fuerza y convicción en unos, cuidar la sobreactuación en otros. Mejor resultan los dos cuadros de la amable comedia Cosas de papá y mamá de Alfonso Paso, interpretada con naturalidad y mucho carisma por parte de los actores. Eso sí, la Farsa, tal como lo mencionan los propios alumnos intérpretes durante el montaje, debía traer exageración y carnaval a la escena; sin embargo, los fragmentos escenificados de Cornudo, apaleado y contento de Alejandro Casona lucen muy contenidos y planos, demasiado parecidos a las escenas de comedia, presentados anteriormente. Si funcionan finalmente, es porque el texto en sí es entretenido y los actores hacen su mejor esfuerzo.
Podríamos afirmar que Onasis Toro, Francine Larrea, Sydney Estacio, Zadith Prada, Romualdo Travezaño y Roberto Cuba sí hacen creíbles sus papeles de estudiantes de teatro aprobados (en promedio) en su curso de actuación. Se nota el evidente y esperado desnivel histriónico (como en todo grupo de estudiantes), pero cada uno de ellos destaca en, al menos, uno de los personajes que le toca interpretar en la puesta. El profesor evaluador de este examen sí merece un jalón de orejas: ¿cómo puede disculpar tan fácilmente a una estudiante de actuación que llega tarde y mascando chicle a su examen final? Con esta secuencia, el director César Salas anula cualquier suspenso a la puesta en escena, ya que con semejante jurado, resulta obvio que todos los alumnos aprobarán. De todos modos, El examen final del grupo Telón Abierto, estrenado en el Teatro Auditorio Miraflores, aprueba su paso por los escenarios, pero en el ámbito estrictamente educativo, que es finalmente, la razón de su origen.
Sergio Velarde
14 de julio de 2012
Mostrar “teatro dentro del teatro” puede resultar una buena idea, siempre y cuando se disponga de una dramaturgia inspirada y dispuesta a llevar al extremo todo los avatares que rodean la creación y puesta en escena de una obra. Por citar dos ejemplos recientes, Eduardo Adrianzén con Azul resplandor y Aldo Miyashiro con Función Velorio, revelaron sin tapujos, cada uno en su particular visión, las génesis de una obra de teatro de “los de arriba”, en el primer caso; y una “de los de abajo”, en el último. Ambos consiguieron excelentes resultados con sus puestas en escena; sin embargo, los objetivos de El examen final son mucho más modestos, informativos y educativos (no por ello, despreciables), ya que su director César Salas prefiere, primero, no darles personalidad definida a sus actores en escena; y segundo, centrar todo el interés en los fragmentos que estos supuestos alumnos de la Escuela Nacional de Teatro han elegido para preparar su última y dilatada evaluación antes de graduarse.
El público espectador de este examen final, que consta de cuadros de Tragedia, Comedia y Farsa, llega a conclusiones, a juzgar por sus aplausos y risas, muy diferentes a las del profesor calificador. Si algunos opinan que el género dramático más difícil de llevar a escena es la Tragedia, pues este montaje lo comprueba a plenitud, ya que el último tramo de la tragedia Otelo de Shakespeare debe pulirse urgentemente: actuar con fuerza y convicción en unos, cuidar la sobreactuación en otros. Mejor resultan los dos cuadros de la amable comedia Cosas de papá y mamá de Alfonso Paso, interpretada con naturalidad y mucho carisma por parte de los actores. Eso sí, la Farsa, tal como lo mencionan los propios alumnos intérpretes durante el montaje, debía traer exageración y carnaval a la escena; sin embargo, los fragmentos escenificados de Cornudo, apaleado y contento de Alejandro Casona lucen muy contenidos y planos, demasiado parecidos a las escenas de comedia, presentados anteriormente. Si funcionan finalmente, es porque el texto en sí es entretenido y los actores hacen su mejor esfuerzo.
Podríamos afirmar que Onasis Toro, Francine Larrea, Sydney Estacio, Zadith Prada, Romualdo Travezaño y Roberto Cuba sí hacen creíbles sus papeles de estudiantes de teatro aprobados (en promedio) en su curso de actuación. Se nota el evidente y esperado desnivel histriónico (como en todo grupo de estudiantes), pero cada uno de ellos destaca en, al menos, uno de los personajes que le toca interpretar en la puesta. El profesor evaluador de este examen sí merece un jalón de orejas: ¿cómo puede disculpar tan fácilmente a una estudiante de actuación que llega tarde y mascando chicle a su examen final? Con esta secuencia, el director César Salas anula cualquier suspenso a la puesta en escena, ya que con semejante jurado, resulta obvio que todos los alumnos aprobarán. De todos modos, El examen final del grupo Telón Abierto, estrenado en el Teatro Auditorio Miraflores, aprueba su paso por los escenarios, pero en el ámbito estrictamente educativo, que es finalmente, la razón de su origen.
Sergio Velarde
14 de julio de 2012
domingo, 8 de julio de 2012
Crítica: 8 MUJERES
Al borde un ataque de nervios
Nadie como Osvaldo Cattone para llevar a las tablas su particular visión del universo femenino: deliciosas y portentosas mujeres de carácter explosivo gritan a las cuatro vientos su independencia, superioridad y poderío frente al género masculino, para luego ser finalmente desenmascaradas como las eternas tontas, frágiles e ingenuas que son, especialmente cuando el mismo Cattone, en calidad de actor, termina la obra con su inapelable broche de oro machista. La última puesta estrenada en su Teatro Marsano no es la excepción: en 8 mujeres, una adaptación del texto original de Robert Thomas, Cattone no actúa, pero el único personaje masculino de la historia (que no aparece en ningún momento en escena) es la víctima de estas ocho arpías, que no encuentran mejor manera que hacerle la vida imposible, cada una en su estilo.
Con indudables guiños a aquella maravillosa película francesa del mismo título estrenada en el 2002, dirigida por François Ozon y protagonizada por un puñado de las mejores actrices galas, estas 8 mujeres de Cattone se encuentran en los años cincuenta, dentro de una casa abandonada en el medio de la nada y aisladas junto a un cadáver. Cualquiera puede ser la asesina y cada una de ellas tiene varios secretos que revelar. Inspirada en las novelas policiacas de Agatha Christie, la pieza funciona como un gratísimo entretenimiento, pues en cada escena aparecen pistas sobre la posible culpable del crimen. Mentiras, infidelidades, embarazos no planificados, lesbianismo, rencor, lujuria y avaricia, todo junto y revuelto, que hacen las delicias de los espectadores, que ven caer a sus heroínas una a una, desnudando sus oscuras motivaciones a lo largo del desarrollo de la trama.
El elenco es muy parejo, desde la recuperada Sylvia Gálvez hasta la debutante Alicia Mercado. Gran actuación de Ofelia Lazo como la ama de llaves, quien logra conmovernos en medio del alboroto, con sólo expresar el profundo amor que siente hacia las hijas de la señora de la casa. Masha Chávarri, Amparo Brambilla y Marisol Aguirre asumen con dignidad sus papeles. Elvira de la Puente regresa al Marsano en buena forma y Sandra Bernasconi se roba las mejores secuencias como la díscola tía de la familia. 8 mujeres, como todo espectáculo en el Marsano no defrauda y Cattone puede sentirse orgulloso de haber redimido a estas fieras (como él mismo las llama) para hacernos cómplices de su sabio parecer: quedar abandonado en una casa con ocho féminas puede traer graves consecuencias.
Lo que Cattone no logra, es hacer cómplice al público sobre el respeto que se le debe tener al actor: antes de iniciar la función escuchamos el sincero pedido en off de Regina Alcóver, quien invita cortésmente al espectador a apagar sus celulares, por una cuestión de educación elemental. Y a pesar de todas las recomendaciones, durante la función del domingo 01 de julio sonaron dos celulares. Aplaudimos la iniciativa de Cattone y repudiamos duramente a quienes aún creen que el teatro es un cine o la sala de su casa.
Sergio Velarde
08 de julio de 2012
Nadie como Osvaldo Cattone para llevar a las tablas su particular visión del universo femenino: deliciosas y portentosas mujeres de carácter explosivo gritan a las cuatro vientos su independencia, superioridad y poderío frente al género masculino, para luego ser finalmente desenmascaradas como las eternas tontas, frágiles e ingenuas que son, especialmente cuando el mismo Cattone, en calidad de actor, termina la obra con su inapelable broche de oro machista. La última puesta estrenada en su Teatro Marsano no es la excepción: en 8 mujeres, una adaptación del texto original de Robert Thomas, Cattone no actúa, pero el único personaje masculino de la historia (que no aparece en ningún momento en escena) es la víctima de estas ocho arpías, que no encuentran mejor manera que hacerle la vida imposible, cada una en su estilo.
Con indudables guiños a aquella maravillosa película francesa del mismo título estrenada en el 2002, dirigida por François Ozon y protagonizada por un puñado de las mejores actrices galas, estas 8 mujeres de Cattone se encuentran en los años cincuenta, dentro de una casa abandonada en el medio de la nada y aisladas junto a un cadáver. Cualquiera puede ser la asesina y cada una de ellas tiene varios secretos que revelar. Inspirada en las novelas policiacas de Agatha Christie, la pieza funciona como un gratísimo entretenimiento, pues en cada escena aparecen pistas sobre la posible culpable del crimen. Mentiras, infidelidades, embarazos no planificados, lesbianismo, rencor, lujuria y avaricia, todo junto y revuelto, que hacen las delicias de los espectadores, que ven caer a sus heroínas una a una, desnudando sus oscuras motivaciones a lo largo del desarrollo de la trama.
El elenco es muy parejo, desde la recuperada Sylvia Gálvez hasta la debutante Alicia Mercado. Gran actuación de Ofelia Lazo como la ama de llaves, quien logra conmovernos en medio del alboroto, con sólo expresar el profundo amor que siente hacia las hijas de la señora de la casa. Masha Chávarri, Amparo Brambilla y Marisol Aguirre asumen con dignidad sus papeles. Elvira de la Puente regresa al Marsano en buena forma y Sandra Bernasconi se roba las mejores secuencias como la díscola tía de la familia. 8 mujeres, como todo espectáculo en el Marsano no defrauda y Cattone puede sentirse orgulloso de haber redimido a estas fieras (como él mismo las llama) para hacernos cómplices de su sabio parecer: quedar abandonado en una casa con ocho féminas puede traer graves consecuencias.
Lo que Cattone no logra, es hacer cómplice al público sobre el respeto que se le debe tener al actor: antes de iniciar la función escuchamos el sincero pedido en off de Regina Alcóver, quien invita cortésmente al espectador a apagar sus celulares, por una cuestión de educación elemental. Y a pesar de todas las recomendaciones, durante la función del domingo 01 de julio sonaron dos celulares. Aplaudimos la iniciativa de Cattone y repudiamos duramente a quienes aún creen que el teatro es un cine o la sala de su casa.
Sergio Velarde
08 de julio de 2012
sábado, 23 de junio de 2012
Crítica: EL BANQUETE DE MARIÁTEGUI
Cuatrotablas en tiempos modernos
Un verdadero riesgo significa la última apuesta del longevo grupo Cuatrotablas, en su afán por llevar al teatro la vida y obra de algunos de nuestros compatriotas más ilustres, para rescatar nuestra identidad nacional. Luego de exponer su particular visión sobre Garcilaso de la Vega, César Vallejo y José María Arguedas, se viene presentando en el Museo Metropolitano de Lima la autodenominada intervención, performance de la vida y acción escrita del Amauta José Carlos Mariátegui, llamada oportunamente El banquete de Mariátegui, siempre bajo la dirección de Mario Delgado. Con la asesoría en dramaturgia de Alfonso Santisteban y Fernando Olea, el grupo pretende rescatar las ideas originales de este escritor y periodista de importancia capital en nuestra historia, cuyo pensamiento marxista socialista inspiró su obra más destacada, Los Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana. Imposible y descabellado no considerar a este espectáculo como de fuerte carga política; sin embargo, la acción escénica tiende a estilizar este aspecto y a resaltar el pensamiento social y crítico hacia la injusticia, con la urgencia de respetar los derechos de las minorías y lograr un clima de igualdad y derecho.
La creación del espectáculo toma como pretexto la fantástica invitación que hace José Carlos Mariátegui (José Miguel de Zela) y su esposa Ana (Zitha Elías) a algunos notables amigos; entre ellos, César Vallejo (Luigi Acosta) y su esposa Georgette (Helena Huambos), la poetisa y activista aprista Magda Portal (Flor Castillo), la periodista y defensora de los derechos de la mujer Ángela Ramos (Antonieta Pari), el fundador del partido aprista Víctor Raúl Haya de la Torre (Bruno Ortiz León), el ensayista y pensador Manuel Gonzales Prada (José Infante) y los poetas José María Eguren (Ruth Castillo) y Abraham Valdelomar (Miguel Gutti). Con semejante grupo reunido, y como lo expone contundentemente el personaje de Georgette, este banquete no necesita de bebidas ni bocaditos: es un festín de ideas políticas y sociales que cada personaje postula y defiende sin tapujos. En medio de todos ellos, un grupo de estudiantes y la música en vivo de Felipe Pinglo Alva.
Resulta todo un espectáculo apreciar en escena a la actual troupe de Cuatrotablas, encabezada por la señera Huambos, acompañada con acierto y aplomo por Elías, Castillo y Pari. Exagerada por momentos, eso sí, la actuación de Ortiz León, aunque convence cuando se convierte en el personaje antagónico de la puesta. Desconcierta la escena en donde existe un acercamiento sexual entre Haya de la Torre y Portal, pues si bien ella fue en un inicio fundadora de su partido, es bien sabida su separación del partido de la Estrella, debido a que en ese tiempo se consideraban a las mujeres como simples simpatizantes. Por su parte, De Zela toma la posta dejada por el entrañable José Carlos Urteaga, para interpretar con dignidad a un lánguido y expectante Mariátegui. El vestuario de la enérgica Ruth Castillo resulta incongruente con su participación en escena y merece una revisión. Curiosa la presencia del mismo director Mario Delgado en escena, dirigiendo en vivo con libreto en mano, buscando así la fluidez escénica en tiempo real, siguiendo su instinto para generar las emociones, que serán irrepetibles entre función y función. El espacio del Museo Metropolitano es explotado al máximo, con los actores deambulando por el lugar seguidos por luces de linternas. El grupo Cuatrotablas se reinventa en cada montaje, y El banquete de Mariátegui es una prueba fehaciente de ello, buscando así (según palabras del mismo director) nuevas técnicas teatrales para seguir vigentes y vitales frente a una competencia, acaso con mayor producción, pero sin la garra, estilo y sello característicos que Cuatrotablas no deja de ofrecer.
Sergio Velarde
23 de junio de 2012
Un verdadero riesgo significa la última apuesta del longevo grupo Cuatrotablas, en su afán por llevar al teatro la vida y obra de algunos de nuestros compatriotas más ilustres, para rescatar nuestra identidad nacional. Luego de exponer su particular visión sobre Garcilaso de la Vega, César Vallejo y José María Arguedas, se viene presentando en el Museo Metropolitano de Lima la autodenominada intervención, performance de la vida y acción escrita del Amauta José Carlos Mariátegui, llamada oportunamente El banquete de Mariátegui, siempre bajo la dirección de Mario Delgado. Con la asesoría en dramaturgia de Alfonso Santisteban y Fernando Olea, el grupo pretende rescatar las ideas originales de este escritor y periodista de importancia capital en nuestra historia, cuyo pensamiento marxista socialista inspiró su obra más destacada, Los Siete Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana. Imposible y descabellado no considerar a este espectáculo como de fuerte carga política; sin embargo, la acción escénica tiende a estilizar este aspecto y a resaltar el pensamiento social y crítico hacia la injusticia, con la urgencia de respetar los derechos de las minorías y lograr un clima de igualdad y derecho.
La creación del espectáculo toma como pretexto la fantástica invitación que hace José Carlos Mariátegui (José Miguel de Zela) y su esposa Ana (Zitha Elías) a algunos notables amigos; entre ellos, César Vallejo (Luigi Acosta) y su esposa Georgette (Helena Huambos), la poetisa y activista aprista Magda Portal (Flor Castillo), la periodista y defensora de los derechos de la mujer Ángela Ramos (Antonieta Pari), el fundador del partido aprista Víctor Raúl Haya de la Torre (Bruno Ortiz León), el ensayista y pensador Manuel Gonzales Prada (José Infante) y los poetas José María Eguren (Ruth Castillo) y Abraham Valdelomar (Miguel Gutti). Con semejante grupo reunido, y como lo expone contundentemente el personaje de Georgette, este banquete no necesita de bebidas ni bocaditos: es un festín de ideas políticas y sociales que cada personaje postula y defiende sin tapujos. En medio de todos ellos, un grupo de estudiantes y la música en vivo de Felipe Pinglo Alva.
Resulta todo un espectáculo apreciar en escena a la actual troupe de Cuatrotablas, encabezada por la señera Huambos, acompañada con acierto y aplomo por Elías, Castillo y Pari. Exagerada por momentos, eso sí, la actuación de Ortiz León, aunque convence cuando se convierte en el personaje antagónico de la puesta. Desconcierta la escena en donde existe un acercamiento sexual entre Haya de la Torre y Portal, pues si bien ella fue en un inicio fundadora de su partido, es bien sabida su separación del partido de la Estrella, debido a que en ese tiempo se consideraban a las mujeres como simples simpatizantes. Por su parte, De Zela toma la posta dejada por el entrañable José Carlos Urteaga, para interpretar con dignidad a un lánguido y expectante Mariátegui. El vestuario de la enérgica Ruth Castillo resulta incongruente con su participación en escena y merece una revisión. Curiosa la presencia del mismo director Mario Delgado en escena, dirigiendo en vivo con libreto en mano, buscando así la fluidez escénica en tiempo real, siguiendo su instinto para generar las emociones, que serán irrepetibles entre función y función. El espacio del Museo Metropolitano es explotado al máximo, con los actores deambulando por el lugar seguidos por luces de linternas. El grupo Cuatrotablas se reinventa en cada montaje, y El banquete de Mariátegui es una prueba fehaciente de ello, buscando así (según palabras del mismo director) nuevas técnicas teatrales para seguir vigentes y vitales frente a una competencia, acaso con mayor producción, pero sin la garra, estilo y sello característicos que Cuatrotablas no deja de ofrecer.
Sergio Velarde
23 de junio de 2012
Crítica: EN ALGÚN LUGAR DEL CORAZÓN
Los
dramas contemporáneos del adulto mayor
El injusto olvido al que son sometidos los adultos mayores en
estas épocas de modernidad e individualismo, es el tema central de la puesta en
escena de En algún lugar del corazón, drama estrenado en diciembre del 2011 en el
auditorio de la Asociación de Artistas Aficionados y dirigido por María Elena
Mayurí, con la participación de los integrantes del Taller de Teatro del Club
del Adulto Mayor Sabiduría y Experiencia (SAEX). Justamente, el presente
montaje es el fruto de un taller a cargo de la directora, con el objetivo de mejorar
la autoestima de los participantes y demostrar que son ellos la base de sabiduría
y experiencia en nuestra sociedad. La sencilla trama ubica la historia en la
casa albergue Villa Navidad, en donde sus ocupantes están a punto de ser
desalojados para construir en ese lugar un edificio de departamentos. Sin
embargo, en medio de la tristeza que invade a los ancianos internos, una luz de
esperanza se presenta cuando don Cristóbal (Ramón García) descubre que el
arquitecto responsable del proyecto es su propio hijo (Martín Abrisqueta) y es
entonces que decide convencerlo apelando a su sensibilidad, que permanece escondida en algún lugar de su corazón. La obra es fluida y
cuidada, con un correcto manejo de luces y sonido, así como de una sencilla y
funcional escenografía. Evidentemente el mayor logro de la obra es el de
apreciar el trabajo en conjunto de los alumnos del taller, el cual es
bien aprovechado por la directora. Además de García y Abrisqueta, acompañan a los debutantes de la
tercera edad, los actores Claudia Burga, Alicia Avelino, Benjamín Villagómez y la participación del grupo Escena
Verde. En un lugar del corazón es un
claro ejemplo de cómo integrar a personas de la tercera edad en un proyecto
teatral con dignidad y creatividad. La obra espera ser presentada en otros
países para compartir esta agradable experiencia.
Sergio Velarde
23 de junio de 2012
sábado, 16 de junio de 2012
Crítica: EL PÓRTICO DEL CIELO
A un paso del paraíso
La recién fundada organización cultural La Fuente de Castalia, luego de su tibio debut con la obra Secretos, presenta ahora en el Teatro Julieta su segunda producción titulada El Pórtico del Cielo, escrita por el autor argentino Román Sarmentero y dirigida por Manuel Trujillo. Se trata de una reposición, estrenada el año pasado en el mismo teatro, dirigida por José Luis Ruíz y en la que intervinieron Carlos Grados (ahora productor ejecutivo) y las actrices Paola Vera y Rocío Huamán (quienes repiten sus papeles en el presente montaje). Se trata de una obra con moraleja, muy sencilla en su desarrollo, pero ejecutada con limpieza y precisión.
Cuatro mujeres, una niña y un misterioso hombre vestido de blanco, que es tratado como un loco, aparecen en una habitación sin saber cómo llegaron ahí. Pronto aparecerá otro hombre, pero vestido de negro, quien les informa que es la Muerte, que todos han fallecido y que tienen sólo 24 horas para elegir a uno de ellos para volver a vivir. Ante esta revelación, el desarrollo de las discusiones e intentos por determinar al elegido servirán para desenmascarar las verdaderas personalidades de todos los personajes. Es ahí donde radica el interés de un montaje con dramaturgia sencilla, ya que el suspenso es nulo, pues resulta fácil adivinar quién será el afortunado que será salvado, y el misterio del “loco” vestido de blanco se adivina a leguas. Por otro lado, el aprovechamiento del espacio, de las luces y el sonido son óptimos y la dirección de Trujillo aprovecha el talento de los actores.
Las actuaciones son muy solventes, destacando el contrapunto entre las actrices Laura Brain y Eileen Céspedes. Especialmente Brain, quien no cae en el fácil estereotipo de la malvada pituca, dotando a su personaje de humanidad y hasta algo de simpatía. El personaje de Rocío Huamán luce algo desdibujado, debido principalmente a vacíos en la dramaturgia. El papel de la niña pudo haber sido interpretado por una de verdad, aunque Carolina Álvarez hace su mejor esfuerzo. La Fuente de Castalia logra con El Pórtico del Cielo, un montaje sencillo y con mensaje claro, así como lo propuso el autor. Esperamos, acaso, para su próxima aventura teatral, una obra más compleja y que signifique un verdadero reto para todos sus integrantes.
Sergio Velarde
16 de junio de 2012
La recién fundada organización cultural La Fuente de Castalia, luego de su tibio debut con la obra Secretos, presenta ahora en el Teatro Julieta su segunda producción titulada El Pórtico del Cielo, escrita por el autor argentino Román Sarmentero y dirigida por Manuel Trujillo. Se trata de una reposición, estrenada el año pasado en el mismo teatro, dirigida por José Luis Ruíz y en la que intervinieron Carlos Grados (ahora productor ejecutivo) y las actrices Paola Vera y Rocío Huamán (quienes repiten sus papeles en el presente montaje). Se trata de una obra con moraleja, muy sencilla en su desarrollo, pero ejecutada con limpieza y precisión.
Cuatro mujeres, una niña y un misterioso hombre vestido de blanco, que es tratado como un loco, aparecen en una habitación sin saber cómo llegaron ahí. Pronto aparecerá otro hombre, pero vestido de negro, quien les informa que es la Muerte, que todos han fallecido y que tienen sólo 24 horas para elegir a uno de ellos para volver a vivir. Ante esta revelación, el desarrollo de las discusiones e intentos por determinar al elegido servirán para desenmascarar las verdaderas personalidades de todos los personajes. Es ahí donde radica el interés de un montaje con dramaturgia sencilla, ya que el suspenso es nulo, pues resulta fácil adivinar quién será el afortunado que será salvado, y el misterio del “loco” vestido de blanco se adivina a leguas. Por otro lado, el aprovechamiento del espacio, de las luces y el sonido son óptimos y la dirección de Trujillo aprovecha el talento de los actores.
Las actuaciones son muy solventes, destacando el contrapunto entre las actrices Laura Brain y Eileen Céspedes. Especialmente Brain, quien no cae en el fácil estereotipo de la malvada pituca, dotando a su personaje de humanidad y hasta algo de simpatía. El personaje de Rocío Huamán luce algo desdibujado, debido principalmente a vacíos en la dramaturgia. El papel de la niña pudo haber sido interpretado por una de verdad, aunque Carolina Álvarez hace su mejor esfuerzo. La Fuente de Castalia logra con El Pórtico del Cielo, un montaje sencillo y con mensaje claro, así como lo propuso el autor. Esperamos, acaso, para su próxima aventura teatral, una obra más compleja y que signifique un verdadero reto para todos sus integrantes.
Sergio Velarde
16 de junio de 2012
sábado, 2 de junio de 2012
Crítica: LABERINTO DE MONSTRUOS
Notable revisión setentera
En medio de los Hairsprays, Cocinas y Dráculas de la cartelera teatral, que nos hacen reflexionar oportunamente sobre nuestro teatro más “visible” y que escrito sea de paso, sucede de igual manera en Broadway en donde ya “disfrutan” de la versión teatral de “Spiderman” (¿?), da gusto ver un montaje netamente nacional (escrito por César De María, dirigido por Roberto Ángeles y ambientado en nuestro país), que alcanza esa brillantez escénica que le es tan esquiva a algunas propuestas realizadas con las mejores intenciones, gracias a una sencilla y entrañable historia, a una precisa dirección de actores y a un grupo de jóvenes intérpretes que brillan con luz propia, alcanzando genuinos momentos de teatro. Laberinto de Monstruos, estrenada en la Biblioteca Nacional del Perú, es una lección que todo artista debería aprender, apreciar y disfrutar.
Ambientada en las vacaciones de Fiestas Patrias de la Lima de 1975, la historia nos presenta a cuatro jovencitos que entrarán a trabajar en el Laberinto de Monstruos de una feria itinerante. Las deudas que los adolescentes generan al comprar cosas en la feria, los motivan a urdir un plan: robar dentro del laberinto un maletín, supuestamente lleno de dinero, perteneciente al “Loco James”, un orate que merodea la zona, a quien atraerían con la ayuda de una amiga. Obviamente, el resultado no es el esperado, y a través de sentidos monólogos de los protagonistas, convertidos ahora en “monstruos” de verdad, nos enteramos de los estragos producidos por este hecho.
Los momentos de comedia y drama están muy bien resueltos: la pérdida de la inocencia y la imposibilidad de ser felices luego del atroz hecho cometido, contrasta con la alegría y vitalidad de los jóvenes, al espiar a la vecina desnuda o al bailar en el quinceañero de su amiga Jenny. La escenografía, que incluyen cajas con imágenes publicitarias de la época y la elección de la música, contribuyen a generar la revisión nostálgica. Fernando Luque, Juan José Espinoza, Carlos Casella y Nicolás Valdés resultan conmovedores y creíbles en cada uno de sus personajes. Buen trabajo de apoyo de la fresca Jely Reátegui y de Gabriel Iglesias como el estricto dueño de la feria.
Impecables actuaciones del elenco en pleno, gran trabajo en conjunto de los cuatro protagonistas y a destacar la presencia escénica de Luque, quien presenta y despide la puesta. Laberinto de Monstruos merece una reposición en un horario más asequible que los miércoles en la noche, pues es un espectáculo compacto, dinámico, estilizado, bien escrito y dirigido, que alcanza los brillos de otra obra del mismo autor, la notable Super Popper del año pasado, y que se convierte, por derecho propio, en el mejor estreno de teatro independiente hasta la fecha. La obra se presentará en Arequipa y Trujillo y esperamos la ansiada reposición a su regreso.
Sergio Velarde
02 de junio de 2012
En medio de los Hairsprays, Cocinas y Dráculas de la cartelera teatral, que nos hacen reflexionar oportunamente sobre nuestro teatro más “visible” y que escrito sea de paso, sucede de igual manera en Broadway en donde ya “disfrutan” de la versión teatral de “Spiderman” (¿?), da gusto ver un montaje netamente nacional (escrito por César De María, dirigido por Roberto Ángeles y ambientado en nuestro país), que alcanza esa brillantez escénica que le es tan esquiva a algunas propuestas realizadas con las mejores intenciones, gracias a una sencilla y entrañable historia, a una precisa dirección de actores y a un grupo de jóvenes intérpretes que brillan con luz propia, alcanzando genuinos momentos de teatro. Laberinto de Monstruos, estrenada en la Biblioteca Nacional del Perú, es una lección que todo artista debería aprender, apreciar y disfrutar.
Ambientada en las vacaciones de Fiestas Patrias de la Lima de 1975, la historia nos presenta a cuatro jovencitos que entrarán a trabajar en el Laberinto de Monstruos de una feria itinerante. Las deudas que los adolescentes generan al comprar cosas en la feria, los motivan a urdir un plan: robar dentro del laberinto un maletín, supuestamente lleno de dinero, perteneciente al “Loco James”, un orate que merodea la zona, a quien atraerían con la ayuda de una amiga. Obviamente, el resultado no es el esperado, y a través de sentidos monólogos de los protagonistas, convertidos ahora en “monstruos” de verdad, nos enteramos de los estragos producidos por este hecho.
Los momentos de comedia y drama están muy bien resueltos: la pérdida de la inocencia y la imposibilidad de ser felices luego del atroz hecho cometido, contrasta con la alegría y vitalidad de los jóvenes, al espiar a la vecina desnuda o al bailar en el quinceañero de su amiga Jenny. La escenografía, que incluyen cajas con imágenes publicitarias de la época y la elección de la música, contribuyen a generar la revisión nostálgica. Fernando Luque, Juan José Espinoza, Carlos Casella y Nicolás Valdés resultan conmovedores y creíbles en cada uno de sus personajes. Buen trabajo de apoyo de la fresca Jely Reátegui y de Gabriel Iglesias como el estricto dueño de la feria.
Impecables actuaciones del elenco en pleno, gran trabajo en conjunto de los cuatro protagonistas y a destacar la presencia escénica de Luque, quien presenta y despide la puesta. Laberinto de Monstruos merece una reposición en un horario más asequible que los miércoles en la noche, pues es un espectáculo compacto, dinámico, estilizado, bien escrito y dirigido, que alcanza los brillos de otra obra del mismo autor, la notable Super Popper del año pasado, y que se convierte, por derecho propio, en el mejor estreno de teatro independiente hasta la fecha. La obra se presentará en Arequipa y Trujillo y esperamos la ansiada reposición a su regreso.
Sergio Velarde
02 de junio de 2012
Crítica: LA HUELLA
Entretenida trama de suspenso
Estrenada en 1972 y dirigida por el laureado director estadounidense Joseph Mankiewicz, La huella (Sleuth) es una entretenida película de suspenso en la que se enfrentan, en un magnífico duelo interpretativo, dos gigantes de la actuación británica: Laurence Olivier y Michael Caine. Basada en la obra teatral del mismo título de Anthony Schaffer, la historia pretende ser una fuerte crítica hacia la aristocracia británica, debido a que el principal conflicto de intereses radica en la clase social de los protagonistas, quienes compiten por el amor de una mujer. Dirigida en nuestro país por Manuel R. Pimentel y producida por Magno Teatro en el Auditorio del ICPNA de Miraflores, La huella centra la atención en la inteligente trama que le depara algunas sorpresas al espectador.
Algo tienen en común el soberbio y afamado escritor de novelas policiales Andrew Wyke (Javier Valdez) y el actor desempleado Milo Tindle (Claudio Calmet); se trata de la mujer del primero. Enterado del asunto, el escritor cita en su sofisticada residencia al amante de su mujer y le propone un negocio que podría traer consecuencias fatales para uno de ellos. Estructurada en dos actos, la trama nos muestra pistas falsas, que poco a poco van quedando al descubierto. La acción es fluida y el suspenso es bien trabajado en escena, hasta la resolución final.
Se puede apreciar un buen aprovechamiento del espacio que ofrece el ICPNA de Miraflores, así como una cuidada propuesta escenográfica. La utilización del multimedia (en el que vemos los exteriores de la casa) y las luces contribuyen a generar un espacio estilizado y frío, acorde con la personalidad de Andrew. El oficio en las tablas que tiene Javier Valdés lo ayuda a no palidecer ante un excelente Claudio Calmet, que resulta muy natural en su actuación y perfectamente creíble en el último acto, siendo vengativo, seductor e inquietante a la vez. Esta versión peruana de La huella no defrauda y se convierte en un espectáculo muy disfrutable e intenso.
Sergio Velarde
02 de junio de 2012
Estrenada en 1972 y dirigida por el laureado director estadounidense Joseph Mankiewicz, La huella (Sleuth) es una entretenida película de suspenso en la que se enfrentan, en un magnífico duelo interpretativo, dos gigantes de la actuación británica: Laurence Olivier y Michael Caine. Basada en la obra teatral del mismo título de Anthony Schaffer, la historia pretende ser una fuerte crítica hacia la aristocracia británica, debido a que el principal conflicto de intereses radica en la clase social de los protagonistas, quienes compiten por el amor de una mujer. Dirigida en nuestro país por Manuel R. Pimentel y producida por Magno Teatro en el Auditorio del ICPNA de Miraflores, La huella centra la atención en la inteligente trama que le depara algunas sorpresas al espectador.
Algo tienen en común el soberbio y afamado escritor de novelas policiales Andrew Wyke (Javier Valdez) y el actor desempleado Milo Tindle (Claudio Calmet); se trata de la mujer del primero. Enterado del asunto, el escritor cita en su sofisticada residencia al amante de su mujer y le propone un negocio que podría traer consecuencias fatales para uno de ellos. Estructurada en dos actos, la trama nos muestra pistas falsas, que poco a poco van quedando al descubierto. La acción es fluida y el suspenso es bien trabajado en escena, hasta la resolución final.
Se puede apreciar un buen aprovechamiento del espacio que ofrece el ICPNA de Miraflores, así como una cuidada propuesta escenográfica. La utilización del multimedia (en el que vemos los exteriores de la casa) y las luces contribuyen a generar un espacio estilizado y frío, acorde con la personalidad de Andrew. El oficio en las tablas que tiene Javier Valdés lo ayuda a no palidecer ante un excelente Claudio Calmet, que resulta muy natural en su actuación y perfectamente creíble en el último acto, siendo vengativo, seductor e inquietante a la vez. Esta versión peruana de La huella no defrauda y se convierte en un espectáculo muy disfrutable e intenso.
Sergio Velarde
02 de junio de 2012
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








