domingo, 1 de mayo de 2011

Crítica: ELECTRA

Discreto homenaje al teatro griego

Electra vive presa del dolor y la angustia por el asesinato de su padre Agamenón y planea, luego de reencontrarse con su hermano Orestes, vengarse de los asesinos: su propia madre Clitemnestra y Egisto. Presentada por el grupo Aqualuna y dirigida por Francisco Echeandia, esta discreta nueva versión de la inmortal tragedia de Sófocles llega sin sorpresas, despojada de todo artificio y fanfarria, centrando la atención en esta heroína trágica por excelencia y su permanente afán de venganza en medio del sufrimiento. Y esta simplicidad en la puesta en escena por parte del director, que inclusive cuenta con actores doblando personajes, puede que haga fruncir el ceño a los académicos o puristas del teatro, pero es en sí una virtud, en el sentido de acercar esta obra a un público que todavía desconoce el valor de los trágicos griegos y que se aproxima por primera vez a este tipo de dramaturgia clásica.

Sólo una actriz enérgica y de carácter podría interpretar adecuadamente el papel principal. Katiuska Valencia resulta una buena elección, convence en su agónica espera, en sus careos con su madre y hermana, y es especialmente conmovedora cuando se reencuentra con su hermano perdido. Acaso la dirección debería pulir algunos excesos en los llantos y gritos, para conseguir una actuación más contenida por parte de la actriz, para evitar algunos innecesarios desbordes. La decisión de contar con actores que interpreten dos papeles de importancia resulta arriesgada, principalmente porque los personajes del Ayo y Orestes también disfrazan sus identidades en la obra. Tanto Gabriela Billotti (Clitemnestra y Crisótemis, hermana de Electra) como Ricardo Morante (el Ayo y Egisto) cumplen correctamente su doble papel, pero el director podría afinar más las caracterizaciones, especialmente en la composición vocal. Raúl Durand y Jimena Ballén como Orestes y el Coro respectivamente, tienen buenas participaciones.

Tratándose de un montaje minimalista y discreto, en caja negra y con un solitario banco en un extremo, las luces y la música cumplen irremediablemente un papel primordial, las cuales deben ser ajustadas, ya que frecuentemente lucen y se escuchan erráticas. El vestuario no ayuda a definir un lugar y tiempo específico para la acción, por lo que se puede deducir que ese detalle no es primordial para el director. Los actores resultan entonces, el único soporte para esta tragedia, que logra llegar a buen puerto, pero sin explorar otros tantos matices que cada personaje podría desarrollar, como por ejemplo, las causas y consecuencias del matricidio por parte del personaje principal. Electra de Aqualuna constituye, más allá de los reparos que se le puedan hacer al montaje, un auténtico acierto, al revisitar un clásico de importancia capital, que mantiene su vigencia a pesar de los años y que es al final de cuentas, el origen de todo el teatro existente en la actualidad.

Sergio Velarde
01 de mayo de 2011



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