viernes, 18 de diciembre de 2020

Crítica: JUSTICIA LÍQUIDA


Las puertas del deseo

“Uno no sabe en qué momento ni por qué, si por obra del azar o por designios del destino, el deseo despierta y abre puertas que tal vez nunca más se puedan cerrar, puertas hasta entonces ignoradas, misteriosamente tapiadas, por el olvido, el miedo, o ambos.” Romina, de Fortunata Barrios.

En Vivo Producciones 20 20 es una agrupación que, como muchas otras en nuestro medio, ha surgido a raíz de la crisis sanitaria y posterior confinamiento, buscando alternativas de difusión escénica a través de la virtualidad. Liderada por Jefferson Cornejo y Andrea Vanesa, esta agrupación no escatimó en entusiasmo o en riesgos al llevar a la pantalla Justicia Líquida, su primer montaje. Este texto, de autoría de Desly Angulo, ya ha tenido una versión auditiva bajo el título de Justicias Líquidas en el ciclo de relatos eróticos denominado Erotiqué (puede leer la crítica aquí). La versión que nos compete en estas líneas estuvo a cargo de Cornejo y Vanesa en la producción y dirección, de Michi Vallejos en la dirección de movimiento (o simulaciones) y de Ilda Polo y Christian Mora en la actuación.

La historia de Angulo es particular: Ulises, un escritor, llega a la casa de un amigo en busca de tranquilidad para escribir, y sin esperarlo encuentra a Sofía, una mujer cautivadora (hermana del amigo) que no solo lo atrae poderosamente, sino que desatará a los personajes que Ulises ha creado, llevándolos hasta límites no tan insospechados. Así, no sólo asistimos a la historia del encuentro de Ulises y Sofía, sino también a la de los personajes de Ulises, liberados de las riendas de su autor, a través de lo que la sinopsis de la obra denomina como “seis simulaciones y una explosión final”.

Así, ambas historias se confunden por momentos, y la realidad con la ficción se funden en un abrasador juego erótico. Este texto está lleno de imágenes tan poéticas como encendidas, y despliega el erotismo de su historia con sutileza y buen gusto. Enhorabuena por Desly Angulo.

Como se dijo en un inicio, este montaje no ha escatimado en riesgos. Ello queda claro en dos factores fundamentales para entender su mérito: el trabajo audiovisual y el trabajo corporal de los actores. Este montaje cuenta con cinco cámaras en vivo con cambios de iluminación, que permiten al espectador distinguir claramente cada momento de la obra, brindando perspectivas distintas a cada uno. El mérito es doble, teniendo en cuenta que son los mismos actores quienes deben encargarse también de manejar las cámaras en cada cambio de escena. En cuanto al trabajo corporal, quizás sea esta componente la de mayor calidad en todo el montaje. El trabajo de Michi Vallejos, en la dirección de las llamadas simulaciones, es tan notable como el de Ilda Polo y Christian Mora en su ejecución. La dramaturgia poética de Angulo discurre en una voz en off, mientras vemos a Polo y a Mora ejecutar múltiples coreografías de regular complejidad. Así, la historia transcurre en sus cuerpos. Es una experiencia de particular disfrute, que por momentos nos hace olvidar lo insípido que puede resultar el escenario virtual.

Quizás el punto bajo de este montaje sea la componente actoral. El trabajo de Polo y Mora parece estar basado en estereotipos: el escritor exhibe una timidez obvia, casi en código de farsa. Lo mismo sucede con la mujer sensual de Polo, que no parece saber que hay mil y un formas de seducir. Si ya resulta más que “conveniente” que en medio de la sala del amigo de Ulises haya un tubo de pole dance en donde Sofía (vestida con lencería roja) está ensayando una rutina de baile, el juego de la bata que se abre, se cierra y se cae, así como las poses sugerentes y el tono de voz cadencioso no son especialmente novedosos. Así, la escena inicial es un cliché del binomio erótico del tipo tímido avasallado por la femme fatale. Nos llama la atención que los directores de este montaje hayan planteado esta relación en esos términos. Ambos personajes parecen adquirir algo de realidad en la última escena, cuando ambos ya están relajados y las barreras han caído. Por fin parecen personas normales (y felices) que se conducen con naturalidad.

En suma, los múltiples méritos de esta versión de Justicia Líquida son evidentes y destacables, y no sufren merma por las falencias descritas líneas arriba. Esperamos, pues, que En Vivo Producciones 20 20, o sus promotores, nos ofrezcan más montajes como este el próximo año. Creemos firmemente que su trabajo dedicado ha abierto puertas que ya no deben cerrarse y que, por el contrario, deben ser una invitación al espectador ávido de más productos de calidad como este.

David Huamán

18 de diciembre de 2020

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