lunes, 4 de agosto de 2025

Crítica: KORTAS - MARTES DE JULIO


Shots teatrales

El Teatro Barranco nos ofreció una entretenida propuesta de obras cortas, que pudimos disfrutar en las noches de los martes de julio. Cada una dura alrededor de quince minutos, y tenemos intervalos de tiempo entre ellas. Cabe resaltar que el teatro cuenta con una barra y también ofrece snacks, que se pueden consumir igual durante las funciones. En ese sentido, el ambiente es bastante relajado y algo distinto del modo en que normalmente vemos teatro, en sus formas más clásicas. 

Las obras que nos presentaron fueron cuatro, todas muy particulares y con temas diferentes. La velada inició con Veneno, una especie de reinterpretación de Romeo y Julieta, con las vibrantes y graciosas actuaciones de Vivi Neves y Renato Pantigozo. Luego, ¿Y si mejor… me caso contigo?, igualmente cómica, nos presenta la relación de dos amigos que se gustan y cómo se va rompiendo la tensión. La noche de las promesas, igual trata sobre el amor romántico, pero lo aborda desde una situación incómoda: cuando hay algo de qué hablar, pero también temor por decir una verdad dolorosa. Finalmente, Bello Cabello es el retrato de un desencuentro tragicómico entre dos personas que recién se conocen, pero que pronto van descubriendo un secreto que las vincula. 

Queremos recomendar este formato para el público que disfruta de historias cortas y ligeras. Si bien las obras que mencionamos no serán representadas el próximo mes, igual les invitamos a estar pendientes de la cartelera del Teatro Barranco; siempre cuentan con obras y actividades culturales para todos los gustos.

Jimena Muñoz

4 de agosto de 2025 

Crítica: WAWA: DE NIÑOS A SOLDADOS


Teatro con memoria: Una mirada desde la infancia

La obra Wawa: de niños a soldados, producida por Saturna Producciones y presentada en el Teatro de la Asociación de Artistas Aficionados (AAA), propone una visión del conflicto armado interno en el Perú a través de los ojos de un niño. La puesta en escena busca sensibilizar al público sobre las heridas de una de las épocas más violentas del país desde una perspectiva íntima e inocente.

Desde el inicio, la propuesta artística presenta una escenografía sugerente y metafórica que introduce al espectador en la atmósfera del montaje. Acompañada por música envolvente y una secuencia inicial de movimientos intensos, la obra promete una experiencia sensorial potente. Sin embargo, este impacto inicial se diluye conforme avanza la acción debido al uso excesivo de repeticiones físicas y narrativas que vuelven la estructura redundante.

La dirección escenográfica plantea con acierto el "dónde" sin recurrir al realismo. El espacio se configura como una metáfora, invitando a la imaginación del público. No obstante, esta propuesta pierde fuerza por la falta de precisión y claridad en el uso de la utilería, que parece decorativa antes que funcional. Los elementos escénicos carecen de unidad y no refuerzan el relato, dando lugar a momentos confusos y vacíos de contenido.

El diseño sonoro acompaña de manera interesante, creando atmósferas que aportan al desarrollo de la obra. Sin embargo, ciertos fragmentos con sonido tecno-experimental interrumpen bruscamente la convención escénica, generando una ruptura estética que desconecta de la historia. Estas decisiones, al no guardar relación entre la convención creada con el espectador y la obra, afectan la coherencia general del montaje.

En cuanto al trabajo actoral, los intérpretes demuestran compromiso físico, dada la exigencia del montaje. No obstante, presentan debilidades técnicas tanto en el manejo de la voz como en la ejecución de movimientos, lo que impacta en la claridad de la acción dramática. Las secuencias, aunque bien ejecutadas en forma, carecen de contenido que respalde el subtexto, haciendo que el impacto del relato se diluya.

La dramaturgia, por su parte, no logra sostener con firmeza un conflicto central. La progresión de los personajes resulta imprecisa, especialmente en el caso del protagonista infantil, donde no se percibe con claridad su transformación a lo largo de la historia. Las relaciones entre los personajes son cambiantes, pero poco claras, sin una lógica de causa-efecto que las respalde, lo que resta verosimilitud a las acciones. El lenguaje del niño es reiterativo y la dinámica con su madre carece de un conflicto que potencie la transformación del personaje.

En síntesis, Wawa ofrece una temática potente y necesaria, con momentos escénicos dinámicos que intentan acercarnos al dolor de una generación marcada por la violencia. Sin embargo, la falta de cohesión entre sus elementos artísticos impide que el mensaje alcance el impacto emocional que la historia exige. A pesar de sus propuestas desde la dirección artística, la obra no logra consolidarse como una experiencia teatral contundente.

Rubén Aquije

4 de agosto de 2025

sábado, 2 de agosto de 2025

Crítica: LA CAÍDA


La vida se observa mejor sobre el escenario

En esta obra, Italo Panfichi y Mónica Vergara apuestan por una experiencia escénica interdisciplinaria. Una obra que combina teatro, danza, performance y música. Todo con el objetivo de hacer que el espectador reflexione sobre el mundo que habitamos, pero no solo a través de historias o de alguna narración oral, sino a través de lo sensorial y poético.

Con un elenco conformado por Robert Julca, Mauricio Coronado, Flavia Santillán y Mónica Vergara sobre el escenario, La caída nos propone replantear nuestra propia existencia en este mundo, sobre todo en estos tiempos en los que todo se siente tan inestable y efímero. Si bien no cuenta con una estructura clásica de contar una historia, nos propone una narrativa disruptiva que se va más por lo experimental: vemos a los artistas haciendo cosas totalmente diferentes, desde comer una sandía hasta hacer ejercicio, todo muy sensorial y bastante parecido a la vida cotidiana de cualquier espectador. 

Esta puesta en escena nos plantea cuestionarnos a nosotros mismos sobre nuestra propia existencia, pero no con un objetivo moralista, tampoco te plantea una solución en sí, simplemente es representar y experimentar; cada persona del público puede percibir cosas totalmente distintas, no hay una guía o una pauta sobre qué sentir o ver, todo es libre, y es ahí donde radica su rareza e innovación.

Un espectáculo bastante refrescante que nos permite seguir presenciando cómo las artes escénicas van cambiando y evolucionando, fusionándose y encontrando nuevos espacios en los cuales coincidir para poder seguir transmitiendo no solo mensajes, sino también sensaciones al resto de las personas.

Barbara Rios

2 de agosto de 2025

Crítica: LA SEMILLA DE AURORA


Recordando a Túpac Amaru

En esta ocasión, Pukio Teatro nos trae de regreso a Reynaldo Arenas, legendario actor conocido por interpretar a Túpac Amaru en varias representaciones. En esta puesta en escena, basada en una obra inédita del dramaturgo peruano Carlos Tosí y dirigida por Claudine Duarte, vemos a un Túpac Amaru II más decidido que nunca y sin temor de enfrentarse a quienes representen una amenaza tanto para él como para los suyos.

Con una escenografía modesta pero precisa, la obra sumerge al espectador en un ambiente lúgubre y de conflicto, tensión e impotencia por las injusticias cometidas contra Amaru II y su comunidad. Acompañado de un talentoso elenco conformado por Renzo Morales, Lando Bartac, Fernando López, Cinthya Carbonell y Fernando Mena, la historia nos remite a los días previos a la ejecución de Amaru II, cómo se enfrenta a sus carceleros y es víctima de maltratos constantes contra él.

Ver esta obra nos recuerda que aún hay heridas sin sanar, heridas del pasado que siguen abiertas y cada tanto vuelven a sangrar, pese a que se creían ya suturadas. Vemos en el personaje de Arenas a todo peruano que, pese a las adversidades, no se rinde, que aunque por fuera esté vencido, por dentro sigue con el espíritu inquebrantable. Cada personaje aporta lo suyo a la obra, cada interpretación despierta distintos sentimientos en el público y diversas opiniones, pero de alguna manera todos coincidimos y nos unimos en la imagen de Túpac Amaru II.

Es un espectáculo que nos invita a imaginarnos un futuro diferente, quizás muy utópico, un final de cuento de hadas de Disney, pero para eso están las historias, el teatro, para imaginar lo imposible, hablar al respecto, salir de la sala con una nueva mirada.

Barbara Rios

2 de agosto de 2025

martes, 29 de julio de 2025

Crítica: LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO


La importancia de hacer reír sin perder el mensaje

Llegamos a La Vaca Multicolor a ver la última función de La importancia de llamarse Ernesto. Esta adaptación de la famosa comedia de Oscar Wilde, que se estrenó en 1895, tres meses antes de ser condenado a prisión por indecencia grave, debido a su homosexualidad, prescinde de los fastuosos escenarios de producciones mayores (como la adaptación cinematográfica) para ubicarnos en una sala discreta, pero con elementos típicamente británicos, como la vajilla del té, los postres infaltables a media tarde y elementos de vestuario sencillos, pero fácilmente identificables para el contexto. Prescinde también de personajes como el criado o el mayordomo y recurre al diálogo con personaje ausente para la breve participación del reverendo Casulla. Así, nos concentramos en dos muchachos, dos muchachas, la tía de uno de ellos y además madre de una de ellas y una extraña institutriz, para disfrutar una clásica comedia de enredos. 

El espacio del teatro nos acerca a la historia, pero también a su dinamismo. Todo fluye ágilmente en las dos salas, una en la ciudad y la otra en el campo, en donde se consuman los enredos provocados por dos muchachos que juegan a la doble identidad, como falsos “Ernestos” en ambos casos, sin advertir lo que llamarse Ernesto podría significar para sus pretendidas. Pero, más allá de la confusión, el enredo devela la hipocresía de esos personajes y con ello, la decadencia de la clase social a la cual pretenden ascender. El juego de palabras con las que Wilde tituló su obra, ha llevado a traducirla como “serio” u “honesto”, por el sonido de Ernest en inglés, aludiendo, por oposición, a las mentiras de sus personajes, como la base de toda la trama.

Ni la comicidad continua de la puesta ni las exageraciones farsescas nos distraen del mensaje del autor; por el contrario, lo afirman, manteniendo una eficaz congruencia entre el objetivo y los recursos. En una entrevista, Isabel del Castillo, directora de la obra, hizo referencia al “desafío de intentar mantener la comicidad inherente a la obra, pero sin perder esa esencial profundidad humana”. Y lo logra. Como también consigue “crear una atmósfera especial para el público y redefinir, juntos, la idea del teatro clásico como algo cercano y vital”, según manifestó en esa misma entrevista. Esa cercanía no solo es física, por tener a los actores a centímetros de distancia, sino profundamente sensorial y reflexiva.

El público se divierte de principio a fin y eso tiene como fundamento las buenas actuaciones del elenco, compuesto por la experimentada y talentosa Pilar Núñez (del colectivo Cuatrotablas), Sandra Melgarejo, Oscar Aguirre, Hanks Sarmiento, Andrea Andrade y Hebe Sánchez.

David Cárdenas (Pepedavid)

29 de julio de 2025

Crítica: SE NACE DOS VECES


Testimonios

No cabe duda de que hay historias que dejan huella, historias que podemos escuchar una y mil veces y siempre nos van a dejar impactados. Pero ver un testimonio plasmado en escena con ese toque mágico que tiene el teatro, hace que sea aún más impactante y admirable.

Se nace dos veces nos lleva a recorrer historias distintas y muy distantes, que quizás lo único que las une en ese momento es el escenario y las ganas de cada actor y actriz de contar su experiencia. Ver en escena a estos personajes con esas ganas de contar, no solo con la palabra, sino también con el cuerpo, con sus acciones y con toda esa energía que se necesita para poder hacer una buena puesta en escena, resulta muy impactante y conmovedor; uno puede conmoverse hasta las lágrimas. Podemos ver cómo las historias se van tejiendo escena a escena, logrando que uno quede atrapado por la narrativa visual.

La obra no posee muchos elementos, pero sin duda ello permite que, como espectadores, podamos sentir con mayor intensidad la energía y el compromiso de cada uno de los actores y actrices, y ver cómo convierten cada elemento en un medio para narrar, para hacerlo parte de su historia.

Esta puesta en escena está dirigida de manera magistral por Mariana de Althaus, quien también se encargó de la dramaturgia. Ella logra que el elenco tenga una gran química, una que se siente en cómo cada actor apoya y juega con su compañero en escena.

Se nace dos veces termina siendo una puesta en escena que nos lleva a viajar, entre risas y lágrimas, por experiencias de vidas distintas, pero que nos dejan conmovidos. Un final simplemente sorprendente y lleno de energía hace que uno salga de la sala con esa sensación de haber visto una buena puesta en escena.

Javier Gutiérrez

29 de julio de 2025

Crítica: YO SOLO QUERÍA UN ABRAZO


Una triste fiesta y el deseo de un único regalo

En Yo solo quería un abrazo, Sebastian Alva hace su debut como director, junto a un elenco de actores y asistentes muy comprometidos con el proyecto. Su propuesta es dinámica, tanto por la búsqueda de interacción con el público, como por el juego entre sus personajes, quienes dan vueltas en una ruleta emocional en la que también terminan por incluirnos. Los temas que presenta, a pesar de su complejidad, son abordados de forma lograda; esto lo podemos atribuir igualmente a la escritura de Fabrizio Saavedra y la labor de adaptación de Christopher Cruzado. Queremos llamar la atención sobre este punto, ya que puede ser difícil tratar temas de salud mental y afectiva sin caer en reflexiones ligeras: a nuestro parecer, no hay mayor condescendencia con sus personajes, ni consecuencias que no merezcan; se los reconoce como jóvenes con fuertes problemas emocionales y con poco cuidado de los adultos que los rodean, quienes además nunca aparecen en escena. Así, envueltos en una comedia trágica, generan vínculos poco sanos entre ellos; esto les da la ilusión de estar acompañados, pero que, por lo mismo, no les libra de experimentar más carencias, traiciones, presión y sufrimiento.

Un detalle importante que nos gustaría destacar de la obra es el de sus actuaciones. En primer lugar, a Maria Paula Arana como Alba, quien nos ofrece un personaje con gran sensibilidad, a pesar de las expectativas sociales que parecen, a primera vista, encasillarla y coincidir con la idea de una chica superflua. Por su parte, Moisés Vera y Daniela Ríos nos muestran la relación de los hermanos Nelton y Andrea, donde se mantienen en conflicto cierta competencia por el favor de los padres y los demás, pero también el cariño por el otro. Además, los tres amigos, interpretados por Jairo Díaz, Gonzalo Candela y Gustavo Ipa, igual en apariencia se ven burlones y machistas; la dramaturgia no intenta para nada excusar sus actitudes, pero sí echa luz, inteligentemente, sobre motivos a los que responderían tales conductas. De esta manera, asistimos a una infeliz celebración de cumpleaños, donde el regalo más esperado es la compañía de la persona en quien se vuelcan todas las expectativas de amor. Así, atravesados por la falta, Nelton y Alba se ven envueltos en una relación tóxica que solo les genera más vacío. 

Aunque ya se terminaron las funciones de Yo solo quería un abrazo, esperamos que el público pueda disfrutar nuevamente de la obra. Con bastante expectativa, seguiremos pendientes de los futuros papeles de sus actores, así como de próximos proyectos de Alva. Asimismo, nos alegra que el Teatro de Lucía apoye propuestas tan atrevidas, teniendo en cuenta los temas abordados y la restricción de edad; de este modo, también permite fomentar el interés por el teatro entre un público más joven y que busca constantemente nuevos relatos.

Jimena Muñoz

29 de julio de 2025

Crítica: AMORES DE PEÑA


Historias compartidas

Nos encontramos, sin duda, con una puesta en escena que cuenta con las brillantes actuaciones de Ericka Villalobos, Hugo Salazar y Francisco Luna, quienes dejan ver su experiencia y su calidad actoral, titulada Amores de peña. Una propuesta que combina el teatro y la música, ofreciéndonos una experiencia inolvidable para cada espectador, con una trama que nos mantendrá atrapados de principio a fin.


Podremos ver cómo la música peruana y la esencia de parte de su cultura se confunden en un escenario, donde tres almas desoladas y decepcionadas del amor se encuentran sin tener conciencia, que comparten algo más que una mesa. Quizás comparten no solo experiencias de desamor parecidas, sino también unas ganas inmensas de amar y ser amados.


Indudablemente, la música hace que podamos vivir la historia con mayor intensidad. Las risas no faltan, ya que la puesta en escena tiene esa comedia natural que hace que el espectador se descubra riéndose a carcajadas.


Producida por Scenika y dirigida muy acertadamente por Tommy Párraga, y con letra escrita por Francisco Luna, la obra resulta en una ecuación perfecta, que nos lleva a gozar del espíritu de la peña: ese lugar de reunión, reflexión y celebración.


Ideal para estas fechas, cuando el patriotismo brota a borbotones, esta puesta en escena nos hace sentir la alegría, los buenos momentos, la calidez y, al mismo tiempo, lo frustrante de esa peña llamada Perú. Sin duda, Amores de peña es una gran puesta en escena que, más allá de la risa y el buen momento, nos lleva a reflexionar sobre nuestro Perú y esa historia que amamos, con desamor, esperando levantarnos y celebrar.


Javier Gutiérrez

29 de julio de 2025

domingo, 27 de julio de 2025

Crítica: DISTORSIONADA


Dramaturgias jóvenes, conflictos urgentes

En el marco de la actualidad y la inserción teatral de nuestro país, surgen distintas propuestas artísticas que responden a las percepciones de la sociedad. Una vez más, esto ocurre en el Teatro Esencia de Barranco, esta vez bajo la mirada de alumnos escénicos que están a punto de egresar. Presentan una propuesta que no le es ajena al medio audiovisual; al contrario, dialoga con él de forma oportuna y concreta, planteando la importancia del amor propio en la adolescencia. Distorsionada es un proyecto final de carrera dirigido por Patrick Quevedo y Aoki Delgado, escrito por Renato Guerra y Joanne Roman.

En escena vemos a Naydelly Celeste Elías en el rol de Lizbeth, una joven conflictuada por su imagen y su presencia en redes sociales. Elías transmite la inocencia del personaje con naturalidad, aunque en algunos momentos el exceso de gesticulación facial juega en contra, ya que no se alinea con el código escénico de la obra.

También es relevante destacar la construcción del personaje Liz Wiz, a cargo de Joanne Roman. Cuando aparece, podría pensarse que caerá en el cliché del avatar o la inteligencia artificial. No obstante, Roman evita esto con una composición precisa: movimientos pausados, robotizados y justificados. Cuando se trabaja con elementos tan cercanos al público, el actor debe apropiarse del personaje desde su sentido, no solo desde la forma. Y en este caso, lo logra.

La obra se enmarca dentro del teatro contemporáneo, rompiendo con estructuras tradicionales mediante una narrativa fragmentaria y episódica. Esto permite contar la historia de una chica que está a punto de ser distorsionada. En ese sentido, la dramaturgia de Roman y Guerra apuesta por nuevas formas de representación que reflejan conflictos actuales.

En conjunto, se trata de un montaje cuidado, tanto en escenografía como en iluminación. Por momentos, la acción tiende a caer debido al timing de ciertas ejecuciones y diálogos; quedan algunos vacíos escénicos sin resolver. Aun así, la propuesta cumple su objetivo y nos recuerda la importancia de la autoaceptación, utilizando al avatar como una figura de contraste. Un texto accesible, que se alinea con los lenguajes contemporáneos sin dejar de ser reflexivo.

Juan Pablo Rueda

27 de julio de 2025

Crítica: APOFENIA


Pena, ternura y anhelo de unión

Al entrar a la sala, te recibe un escenario ya vivo: dos jóvenes actores se desplazan, calientan, respiran el espacio. No esperan la tercera llamada para aparecer; ya están presentes, como si sus cuerpos recordaran que el pasado nunca termina de llegar. A los costados, una serie de vestuarios —un traje militar, ropa andina, zapatos, ojotas— sugieren múltiples vidas por encarnar. Todo está dispuesto: en el centro, fotografías, documentos y escritos, organizados como una escena de detectives, invitan a reconstruir una historia fragmentada. La historia es dura, conocida y todavía abierta: el conflicto armado interno en el Perú.

Vestidos de negro, como suele hacerlo el estudiante de artes escénicas, los actores comienzan con monólogos que evocan los años 80 y 90. Lo que sigue son escenas entrelazadas: una madre andina busca con desesperación a su hijo desaparecido, enfrentando la frialdad de un militar que le niega respuestas; unos estudiantes se interrogan sobre los desaparecidos de La Cantuta; unos niños armados, atrapados entre promesas rotas y el miedo, sueñan con regresar a casa. En otra escena, una hija conversa con su padre, un militar que participó en el conflicto. La ternura se mezcla con la memoria y el juicio.

Las escenas no son simples representaciones: están atravesadas por pausas reflexivas en las que los actores se preguntan —y nos preguntan— si es posible contar este dolor sin violentarlo. ¿Cómo narrar desde la ética, desde la humanidad, desde la empatía? La obra no busca enseñar ni moralizar, sino compartir, reconstruir y, sobre todo, no olvidar.

La dirección de Ibrahim G. Monrroy permite que cada historia resuene profundamente, tocando no solo al espectador sino al ciudadano. El trabajo corporal —las caídas, los golpes, las tensiones físicas— no solo conmueve, sino que activa el cuerpo como archivo. Los objetos escénicos, usados poéticamente, complementan la carga simbólica de cada escena.

La dramaturgia de Marcelo Farfán transita con sensibilidad entre la pena, la ternura y el anhelo de unión. Cada personaje se manifiesta desde los cuerpos potentes y honestos de Andrea Marquina y Víctor Bullón, que encarnan las memorias con fuerza, pero también con vulnerabilidad. Son cuerpos que recuerdan, que resisten, que preguntan. Y que nos recuerdan que abrir el cofre de nuestro pasado es doloroso, sí, pero también necesario.

Edú Gutiérrez

27 de julio de 2025