martes, 22 de enero de 2019

Crítica: CONSTELACIONES


La acción constante en escena

Una posibilidad, una probabilidad y una gran oportunidad serían los factores clave para concretar las diversas circunstancias de los seres humanos y convertirlas en hechos. Precisamente, este imaginario se propone en el texto del dramaturgo y guionista británico Nick Payne, titulado Constelaciones. La obra se ha estrenado recientemente en el Teatro de Lucía, bajo la dirección de Rodrigo Falla Brousset y cuenta con las notables actuaciones de Gisela Ponce de León y Jesús Neyra.

Un escenario simple y minimalista, acompañado por una araña de la cual se desprendían pequeños focos, cuya intermitencia marcaría las intensas escenas que componen la puesta, aunado al efecto de sonido. Respecto a los personajes, ella (Marianne) es una maestra de física cuántica; él (Roland), un esforzado apicultor. Sin nada, o tal vez con mucho en común, se conocen en una fiesta y a partir de ahí, surgen estas infinitas posibilidades de unirse, separarse, volver a verse, no verse más, construir una vida juntos a pesar de los problemas o tomar rumbos totalmente distintos. Sin duda, una narrativa compleja y retadora, sobre todo a nivel interpretativo, pues los cambios ocurren al instante y casi sin salir de escena.

Los roles fueron asumidos correctamente por esta dupla actoral, que tuvo la gran responsabilidad de sostener cambios drásticos de emociones y acciones a lo largo de los casi noventa minutos de duración de la obra sin intermedio. Importantes también la química y el entendimiento en escena, los cuales se lograron de forma natural. Debido a la rítmica de la propuesta (variantes y repeticiones en los hechos), fue un acierto hacer que los actores utilicen el espacio fuera del escenario también, situación que redondea la conexión con el público y aporta al juego escénico. Aunque hubiera podido arriesgarse más en cuanto al diseño de luces y el acompañamiento musical para crear una atmósfera aún más íntima, que de hecho se logró crear.

Con una incansable potencia interpretativa, la siempre versátil Gisela Ponce de León se complementa con un afiatado Jesús Neyra, y juntos transitan por este universo de momentos, oportunidades y desencuentros, humanizando a estos personajes, que hacia el final nos revelan lo efímero del tiempo y la importancia de vivir sin dejar nada al azar, asumiendo el control de nuestro destino. ¡Que así lo permitan las estrellas!

Maria Cristina Mory Cárdenas
22 de enero de 2019

sábado, 19 de enero de 2019

Crítica: OJALÁ


Ojalá sea teatro circense

“Ojalá” bajo la dirección de Yuriko Tanaka, es una obra ganadora del XIV Festival de Teatro Peruano de Teatro Norteamericano del ICPNA.

En un escenario convertido en una caja negra al estilo grotowskiano y con una desnudez de elementos y escenografía, este espectáculo circense se presenta en auditorio del ICPNA de Miraflores.

Un espectáculo circense que pretende mostrar una historia que no existe en escena, pero poéticamente está descrito en el programa de mano.

Imágenes maravillosas de los artistas de circo, felices como peces en el agua, que son sacados de su contexto circense para tratar de contar una historia con sus acciones corporales, pero que no logran comunicar actancialmente lo que Tanaka escribe.

Este lenguaje visual, tan riesgoso y bello que ellos crean, se va desvaneciendo en la repetición, cayendo en el tedio.

Nos deleitan con secuencias donde muestran lo bien que sus cuerpos están preparados para el circo, pero al usar la escasa palabra para complementar lo que sus cuerpos tratan de decir, estas se ahogan en su objetivo, textos sin sentido, inorgánicos y de escasa técnica vocal.

La escena tan mágica de rueda CYR como puro acto circense es muy buena, ya de por sí inunda el espacio con una multiplicidad de imágenes y sonidos propios de ese instrumento al contacto con el piso, pero se queda solo en imágenes repetitivas y eso hace que no trascienda; al incluir el texto, este acto mágico se corta bruscamente.

El trabajo del circo requiere mucha precisión en el uso de la aparatología circense, porque está en juego la vida del artista, pues justamente estos protocolos de seguridad son los que también hacen lenta la propuesta escénica; en cada cambio de escena, la demora por poner los arneses a las artistas no contribuye a sostener los actos circenses.

El problema de este espectáculo contemporáneo es que no se ha encontrado el puente que usa el puro acto circense al pretender que los artistas circenses actúen, he allí uno de los problemas.

Las nuevas formas de hacer teatro o espectáculos de artes escénicas y visuales nos dan nuevas propuestas estéticas que van a contribuir al desarrollo del teatro. Se debe ser muy estricto al tratar de construir un espectáculo no solo dirigiendo a los actores/artistas/performances/actantes y es la responsabilidad del director de crear y desarrollar capacidades que contribuyan al trabajo actoral y la creación en paralelo de la estética del montaje.

La directora presenta este trabajo como “ESPECTÁCULO DE CIRCO CONTEMPORÁNEO”En “Ojalá” se tuvo como base la estética de la acrobacia circense en el uso de la aparatología del circo moderno, pero al incluir el texto también se decodifica como espectáculo teatral.

En “El cruce sobre el Niágara” del maestro Alonso Alegría, se ha incluido magistralmente el acto circense clásico al servicio del teatro. Pero una cosa es una obra donde ya existe una dramaturgia bien hecha, con otra donde la dramaturgia del cuerpo y la línea dramática está ausente.

Este espectáculo dura aproximadamente 35 minutos y ha sido la ganadora del concurso del ICPNA 2018. Saludo las nuevas formas de enfocar nuevos conceptos dentro de lo que ellos denominan “Festival de Teatro Peruano Norteamericano” y donde la directora denomina su trabajo: “ESPECTÁCULO DE CIRCO CONTEMPORÁNEO”.

Dra. Fer Flores
19 de enero de 2019

viernes, 18 de enero de 2019

Crítica: MÁXIMA, PROTECTORA DEL AGUA


El maravilloso mundo del títere

La Asociación de Artistas Aficionados ha estrenado un nuevo horario familiar (6:30 p.m.) con el espectáculo titulado Máxima, Protectora del Agua, el cual se estructura combinando la destreza de los títeres corporales, las máscaras, la narración oral, la música y el teatro. Dirigida y representada por la actriz y titiritera Ana Santa Cruz, quien con vasta experiencia en este campo, conduce con gran habilidad y entusiasmo esta propuesta.

Basada en la historia de la agricultora y defensora ambiental peruana Máxima Acuña, quien enfrentó a una empresa minera para defender el agua y ecosistema de su pueblo (Cajamarca) y como si se tratase de un pequeño cuento representado en vivo, este show para toda la familia transita por la diversidad de la cosmovisión y costumbres andinas, resaltando temas tan importantes como la responsabilidad social y ambiental.

A nivel visual, los detalles del escenario en miniatura ideado y construido por la propia Ana Santa Cruz, daban un toque íntimo y propio para el manejo de los títeres; sin embargo, en un teatro con una sala tan amplia como el de la AAA, en caso de un lleno total, sería difícil de apreciar desde las últimas butacas. De otro lado, los detalles como el vestuario, la musicalización e iluminación fueron acertados y pulcros. Acompañados de una narración clara y bien matizada por parte de la actriz, sumado a una contundente ejecución en el manejo del títere y las máscaras; cambiando –el personaje-  con mucha sutileza y precisión los diversos pasajes de la historia.

Máxima, Protectora de Agua es una representación que amalgama correctamente la teatralidad, la metáfora y el claro mensaje que encierra su narrativa: el cuidado y protección de los recursos ambientales, teniendo en la figura de esta mujer (Máxima) a una valerosa representante del activismo y la lucha por una justa causa. Un relato breve pero concreto en su estructura escénica; en cuanto a la edad de los asistentes, se recomienda que sea a partir de los 10 o 12 años, debido a los efectos de sonido y luces, que podrían resultar muy potentes para niños más pequeños.

Maria Cristina Mory Cárdenas
 18 de enero de 2019

miércoles, 16 de enero de 2019

Entrevista: JUAN CARLOS ADRIANZÉN

“Hacer producción no es el premio consuelo”

La reunificación de las dos Coreas del dramaturgo francés Joel Pommerat fue, sin duda, una de las puestas en escena más destacadas del año pasado y recibió la mención del jurado de Oficio Crítico como el mejor montaje en la categoría Drama del 2018. Conversamos con Juan Carlos Adrianzén, productor de Escena Contemporánea, que es un destacado colectivo peruano conformado por Alberto Isola, Magali Bolívar y el propio Juan Carlos, además de contar con diversos profesionales colaboradores como Ana Celia Salazar en la producción ejecutiva, y que viene ofreciendo notables espectáculos de manera ininterrumpida desde su fundación hace seis años. “Me interesó el arte desde la inquietud que te inculcan en casa por llevarte al teatro, al incorporar la vida cultural dentro de tu ejercicio natural”, recuerda Juan Carlos. “En mi casa no había artistas, pero siempre se leyó, siempre se fue al teatro, se fue al cine, se consumió arte; tenía la inquietud en el colegio de estar en el grupo de teatro, en el de cultura; la estimulación vino de los dos lados: de la casa y de la escuela”.

Los inicios en la producción

Si bien Juan Carlos pensó ser periodista cultural en algún momento, por casualidades de la vida terminó colaborando con los amigos que hacía en el mundo del teatro. “Creo que la vocación estaba ahí”, reflexiona. “La de ser organizador, el relacionarse con la cultura, y todo terminó en la producción, para luego migrar a la gestión; más allá de la producción de eventos, se debe entender la gestión cultural como esa gran mirada macro que está detrás de un trabajo constante de ejercicio cultural”. Además, desde pequeño tuvo profesores que lo fueron encaminando hacia las artes en general. “Jorge Sarmiento (actual director de la ENSAD) fue mi profesor en el colegio, me enseñó teatro, psicología y filosofía, te estimulaba mucho la curiosidad por la escritura, por el teatro”. Fue así que Juan Carlos, entre otros proyectos, editó una revista universitaria llamada Vórtice (1996-1997), dedicada específicamente a la literatura;  y se convirtió en el director del Centro Cultural Casa Abierta (1998-2003), en el que se presentaron montajes teatrales, exposiciones y talleres. “También trabajé en el Centro Cultural de la Católica por varios años haciendo producción de teatro, cuando este llevaba el liderazgo de la producción teatral, cuando eran muy pocos los espacios de promoción institucional y antes del crecimiento de toda la escena alternativa”.

¿Qué tan importante es para un grupo de teatro el tener un productor? “Todos podemos hacer la declaración de la renta final del año en una calculadora, pero es mejor tener un contador”, refiere Juan Carlos. “Se creía que la producción (hace tiempo, ahora pienso que menos) era esta cosa que podemos hacer todos, la de dedicar un poco de nuestro tiempo en apoyar”. Y si bien este accionar se convierte en algo mágico para los colectivos más jóvenes, en los que todos quieren hacer todo juntos, Juan Carlos cree que hasta para los más independientes ya les queda claro que es mejor que haya una figura central encargada de esa responsabilidad. “Porque si todos hacemos todo, nadie tiene una responsabilidad clara de lo que hace, y así como designamos a alguien que sea director, pues sobre los hombros del productor va a pesar una gran responsabilidad, ya que se encarga de que la gestión de todos los elementos funcione de manera organizada”.

Juan Carlos afirma que cuando regresó a Perú de estudiar la Maestría en la Universidad Complutense de Madrid en España y de vivir casi diez años trabajando en gestión cultural, en los talleres de Gestión y Producción que dictaba, sentía que había jóvenes que estaban seguros de que su lugar era ese. “Ya no era el puesto reciclado como se pensaba antes, es decir, como cuando uno no es muy bueno, entonces que haga producción; como no hay papel en esta obra para ti, te toca organizar”. Asegura además, que sí existe en la actualidad gente que reconoce que la producción es un trabajo apasionante, divertido, satisfactorio e importante. “Hay mucho artista autogestionado que lo hace todo por necesidad, se entiende que sea así, pero hay que tener habilidades. Hacerlo a disgusto es lo peor”. En varias oportunidades, Juan Carlos se ha topado con jóvenes que acudían a él aduciendo que querían hacer producción. “¿Cuál es tu proyección?, les preguntaba. “Quiero ser actor, pero mientras espero que me llamen, quiero hacer producción”. ¡Ser productor no es un premio consuelo! Vas a estar frustrado haciéndolo; al contrario, hay gente que sabe cómo gestionar y organizar un proyecto”.

Mientras que para Juan Carlos la Producción implica la gestión de un evento o producto específico, la Gestión tiene una visión mucho más macro. “Un gestor cultural puede ser un productor, porque tiene una mirada más de empaque, de qué forma parte, más allá del evento en sí”, reflexiona. “No todo productor es un gestor, ya que él tiene una mirada mucho más profunda, de una gran fotografía de adónde conduce todo esto”. Es por ello que así como se puede reconocer a una agrupación que tiene “gestión” (acaso sin saberlo, pero existe una coherencia en su propuesta o programación), también hay producciones en las que se hace por hacer, en otras palabras, se hacen productos muy efectivos, correctos y buenos, pero sin una mirada global. “Hay mucho productor que migra a la gestión, pero la formación es otra: el  amueblamiento de un gestor implica más cosas que habilidades de gestión y producción específicas”.

Teatros y revistas

Como Coordinador y Programador de nuestro Gran Teatro Nacional desde junio del 2012, Juan Carlos se hizo responsable de su gestión integral y puesta en marcha durante cinco años. “Pienso que uno de nuestros logros fue la búsqueda de la institucionalidad, es decir, el generar una organización que respondiera a unos lineamientos y que tuvieran una coherencia con lo que se iba a hacer después”, menciona. “En cinco años se quiso darle esa mirada al espacio de diálogo y acercamiento con el público, tanto en su oferta de espectáculos, como en el Programa de Formación de Públicos”.

Juan Carlos se alegra de que a dos años desde su salida, el Teatro Nacional sigue caminando. “Nada se perdió, se sigue creciendo, se puede haber virado hacia un lado u otro, pero se mantiene a pesar del paso de las personas”. Evidentemente, en varios sectores, los proyectos terminan siendo muy personales, quedándose las personas quince o veinte años al mando de una institución. “Una institución sólida es la que se permite tener liderazgos que marquen pautas, pero si estos cambian, la institución debe seguir y responder a lineamientos lógicos y que nadie pueda venir y borrarlos de un plumazo”. Juan Carlos afirma estar conforme con el aprovechamiento de sus años al mando del Teatro Nacional; sin embargo, admite que pudo haberse hecho mucho más. “Acaso se debió encontrar una fórmula administrativa más ágil a la que te ofrece un ministerio, en otras palabras, quedó pendiente el cómo darle una figura ágil a una institución viva y constante”.

Uno de los mayores aciertos de la labor teatral de Juan Carlos fue la creación de la revista “La Lupe. Puro teatro, pura danza” junto a Guillermo Cortés y Juan Sánchez, publicación especializada en artes escénicas dedicada a la crítica y al acercamiento con nuevos públicos en Lima, que viera la luz en el 2012 y se mantuviera por seis números. “Se terminó por razones exclusivamente económicas, porque no hubo interés en financiarla; si nos convertíamos en una revista de variedades, seguro se acercaba a los intereses de alguna casa de publicidad , pero no era lo que queríamos hacer”. Fue entonces que Juan Carlos y equipo tocaron a las puertas de instituciones que deberían tener cierto “feeling” en apostar por la vida cultural. “Algunas instituciones respondieron bien, pero otras no le dieron el valor debido, ojalá en algún momento alguien se anime a retomarla”. Justamente, Juan Carlos estuvo presente en el recordado Velorio de la Revista Muestra (2014), organizado por la destacada dramaturga y crítica Sara Joffré. “Ella es de esas personas que se quedan, porque son referentes de necedad (en el buen sentido) y de apasionamiento, que han decidido que “este es mi lugar y voy a insistir desde mi trinchera”. Ella refleja la tozudez, pues en aquella época en la que nadie insistía con concursos de dramaturgia y publicaciones, había esfuerzos individuales como los de ella, eso es muy valioso de recordar”.

El amor y la escena

En el 2015 en España, Juan Carlos decidió casarse con el amor de su vida: el notable actor, bailarín y coreógrafo Franklin Dávalos. “Es mi cómplice principal, gran compañero de amor y de profesión”. Cada uno de ellos es un apasionado en sus labores dentro del mismo sector, han aprendido a trabajar juntos y sobre todo, a entender mutuamente sus horarios tan particulares. “Cada uno tiene sus propios escenarios de trabajo y además compartimos varios: él, ser pieza creativa en escena; y yo, una buena compañía como gestor de proyectos”. En una sociedad tan machista y pacata como la nuestra, el matrimonio de Juan Carlos pudo haber generado diferentes tipos de reacciones, entre ellas, habérsele cerrado algunas puertas. “Siempre he pensado que todo el mundo sabía de mi opción sexual y en todo caso, nadie me ha informado que haya perdido una oportunidad laboral por eso”. Agrega que alguna vez le llegó un comentario acerca de una institución tan conservadora que definitivamente no lo iba a convocar. “Pero yo me casé, porque queríamos casarnos, porque queríamos celebrarlo con nuestros amigos, y porque era un acto político y un aporte a una lucha que tiene un largo camino por recorrer”. Definitivamente, la sociedad española resulta muy diferente a la nuestra en ese sentido. “La legislación hace mucho, ya que si existe una ley que respalde una realidad, así no te guste o no estés de acuerdo, terminas respetando, porque la ley se respeta así no estés de acuerdo”.

Otra de las grandes pasiones de Juan Carlos es el colectivo Escena Contemporánea, que fundó al lado del director Alberto Isola y la actriz Magali Bolívar y que fue responsable de interesantes y recordadas puestas en escena, como El Cine Edén (2013), Estrella negra (2014), Este hijo (2014), Casi Transilvania (2015), El continente negro (2015), Nunca llueve en Lima (2016), Bárbaro (2017) y El dolor (2017), entre otras. “Fueron años de trabajo constante con más aciertos que tropezones”, reflexiona Juan Carlos. “No ha sido un camino de rosas, tenemos muchas dificultades, pero también mucha necedad en el equipo y logramos sacar varios proyectos adelante”. Fue así que en el 2018, Escena Contemporánea estrenó La piedra oscura de Alberto Conejero y Cintas de seda de Norge Espinosa, ambas dirigidas por Isola; y la ya mencionada La reunificación de las dos Coreas.

“Una clave para el éxito es el de haber medido nuestras fuerzas, que no tienen la misma vehemencia de cuando teníamos 20 años”, asegura Juan Carlos. “Evaluamos cuánto esfuerzo somos capaces de soportar con los avatares; siempre ha sido un ejercicio el de saber cuánto es lo que somos capaces de hacer con mucha conciencia”. Sabiamente para Escena Contemporánea, cualquier emprendimiento que surja pasa por un análisis de posibilidades, el mismo que es necesario para poner en actividad cualquier empresa o negocio. “Es un ejercicio de gestión: reconocer habilidades y suplir deficiencias”.

Los roles del teatro

Para Juan Carlos, un buen actor de teatro “debe ser chancón, pero no de letra, sino de la vida”, añadiendo la importancia de prepararse constantemente, de leer mucho, ver, escuchar y asistir a las funciones de teatro. “Debe haber curiosidad por lo que está pasando en el mundo; es por eso que a veces se ve poca profundidad en algunos montajes y es que de pronto no trabajaron o no vieron lo suficiente”. Por otro lado, un buen director de teatro “tiene que ser muy estudioso, tener la capacidad de superar todas las lecturas posibles de un texto, de saber orientar y escuchar a sus actores, y tener capacidad de riesgo”. Finalmente, para Juan Carlos, un buen productor de teatro debe ser ordenado, curioso, y además debe leer mucho. “No solo es alguien que debe conseguir la silla que quiere el director al lado de la mesa, él debe ser capaz de sentarse con su director, respetando los límites, y aportar”. Y es que resulta inconcebible un productor que ni siquiera haya leído el texto. “Todos debemos aportar desde nuestros lugares, y el productor debe tener sensibilidad artística para conectarse con lo que se está creando entre todos”.

Sobre los casos más recientes en nuestro medio, de la oposición del dramaturgo (a través de herederos o agencia) hacia algunas propuestas específicas por parte de directores que, por ejemplo, quisieron cambiarles el sexo a los personajes como en Un tranvía llamado Deseo de Tennessee Williams, o una actriz asumiendo un rol masculino como en Esperando a Godot de Samuel Beckett, Juan Carlos nos comenta el convenio realizado con Pommerat para llevar a escena La reunificación de las dos Coreas. “Trabajamos dos veces con Pommerat (autor de Este hijo); la traducción del francés al español la hizo Nadine (Vallejo, codirectora del montaje) con acompañamiento de Alberto; esta viaja a la agencia en Francia, allá la leen y verifican que el texto sea válido”. Es así que los inconvenientes se van resolviendo, como la traducción exacta de los títulos. Por ejemplo, “Cet enfant” no podía traducirse exactamente a “Esta criatura” o “Este infante”, es por eso que quedó “Este hijo”. “Felicitaron mucho la traducción, además nunca propusimos hacer cambios, porque nos interesaba el texto como era desde la dramaturgia”.

Sin embargo, sí hubo una estrecha colaboración con Espinosa en Cintas de seda: la sólida propuesta de Isola hizo que el autor redujera considerablemente el número de personajes y hasta se añadió una escena nueva. “Antes ponían obras de autores a quienes ni les consultaban ni pagaban”, asevera Juan Carlos. “El autor es el primero que ha hecho posible que el proceso de una obra inicie. Si es un autor con el que no puedes negociar, entonces no trabajes con él, hay otras obras o escribe la tuya. Los autores no están en la obligación de concedernos su obra; y si dicen “A mi obra no le mueves nada”, no están equivocados, hay que respetarlos, porque es su visión”.

Muchos proyectos le esperan a Juan Carlos este 2019. Él se encuentra radicando en Colombia, trabajando como Director de programación del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo en Bogotá. “Pero a Escena Contemporánea le esperan muchos viajes: nos vamos de gira con Bárbaro, al norte de Chile por Iquique y Arica; con El dolor estaremos en temporada en La Maldita Vanidad, un espacio muy bonito en Bogotá, y en un festival de teatro unipersonal en Madrid”. Cintas de seda viajará también a un festival en España; e Isola dirigirá, en coproducción con el Celcit de Argentina, una obra de Adriana Genta (autora de Estrella negra), que será traída a Lima y luego se llevará a Uruguay. “Produciremos también un espectáculo de teatro para niños, con texto de Cesar De María y la dirección de Nadine, en coproducción con la Universidad del Pacífico; y nos haremos cargo de un espectáculo de Mirella Carbone estrenado en Buenos Aires, quien vuelve a Lima con Lorna Ortiz, y que presentaremos en temporada de junio y julio”, concluye.

Sergio Velarde
14 de enero de 2019

martes, 15 de enero de 2019

Crítica: REINA POR UN DÍA


La musa de Cattone

Acercándose a sus noventa años, el incansable actor y director argentino Osvaldo Cattone sigue presentando sin desmayo entretenidos espectáculos en su ya clásico teatro Marsano. Mucho se puede hablar y escribir acerca de la experiencia Cattone: desde su propia escogencia de personajes machistas e infieles, que se lucen en escena y se redimen ante la presencia de la protagonista femenina de turno, hasta la abrumadora lealtad de su público cautivo de base cuatro en adelante, que abarrota noche a noche las butacas. Sin embargo, cuando no actúa y solo dirige, suele acertar con mucha frecuencia y dignidad en su exploración del universo femenino. Así lo pueden aseverar sus eternas musas: las inolvidables Amelia Bence o Lola Vilar, las veteranas Yvonne Frayssinet u Ofelia Lazo, las inagotables Pilar Brescia o Sonia Oquendo, las simpáticas Marisol Aguirre o Sandra Bernasconi. Pero nadie como Regina Alcóver. Su más reciente apuesta, Reina por un día, que estrenara en 1981 con Lola, es el vehículo perfecto para el lucimiento de su musa favorita.

Escrita por Alfonso Paso, subestimado autor español de gran popularidad en los años sesenta, la historia se centra en la conflictiva relación de una madre ausente (Alcóver) y su hijo conflictuado (Renato Rossini), en medio de una familia ultraconservadora. Por supuesto, la sorpresiva aparición de la madre, una famosa y archiliberal cantante de rock que busca el perdón de su hijo, pondrá de cabeza a la disfuncional familia, en la que además se viene tramando un delito que involucra al confundido hijo y su esposa (Daniela Sarfati) y a una pareja de vecinos (Mari Pili Barreda y Julián Legaspi). La adaptación de Chalo Gambino, que llena el texto original de referencias actuales, no perturba el desarrollo de la trama; mientras que la producción de Makhy Arana, como siempre, luce impecable. El previsible final, con el toque real-maravilloso de rigor, funciona gracias al carisma y oficio de esa gran actriz y locutora que es Alcóver, quien luce radiante a sus setenta años, en un personaje divertido y conmovedor a la vez.

Un nutrido elenco, con ciertos altibajos en sus actuaciones, se encarga de darle la réplica a la musa por antonomasia de Cattone: desde los primeros actores Elvira de la Puente (viuda del gran Orlando Sacha) y Leonardo Torres Descalzi (viudo de la gran Lola), pasando por los correctos Anabella Flores y Walter Huallpa, los versátiles Patricia de la Fuente y Paco Varela, hasta la extrovertida Miluska Eskenazi, que se roba las escenas en las que aparece como la mucama campechana. Los demás actores cumplen e irán saliendo del acartonamiento en el transcurso de la temporada. Cattone y Alcóver apuestan a lo seguro, por un estilo de teatro clásico y tradicional, pero que no por ello deja de ser sólido y funcional. Reina por un día no decepciona a su público (acaso nada en el Marsano realmente lo haya hecho alguna vez), nos devuelve a la encantadora Alcóver en su mejor escenario y consolida nuevamente a Cattone como un referente ineludible de la resistencia en el teatro peruano.

Sergio Velarde
15 de enero de 2019

lunes, 14 de enero de 2019

Crítica: PERRA


Empoderamiento de mujeres en escena

"Perra", dirigida por Fernando Castro, es un espectáculo de danza-teatro co-producido por la Compañía de Teatro Físico y La Nave Producciones. Ha tenido una cortísima temporada en el ICPNA del jueves 29 de noviembre al domingo 9 de diciembre en el auditorio del ICPNA de Miraflores, con un elenco de siete bailarinas y un actor, que se encargaban de mostrarnos cuál es actualmente el lugar de la mujer en la sociedad.

Lo que se ve en “Perra” es producto de los estudios de género que realizó la Compañía de Teatro Físico, sumado a la exploración grupal de las intérpretes a través del cuerpo a lo largo de ocho meses. Estamos hablando de un coro de siete mujeres que utilizan su cuerpo como herramienta principal de comunicación. El resultado es una atmósfera hostil y represiva que, a la vez, constituye una denuncia sobre los estigmas que se le atribuyen a la forma de ser de una mujer. Una peculiaridad el espectáculo es el uso de una serie de canciones, que van desde versiones románticas hasta canciones del ayer, de modo que contextualizaba y aportaba a la creación de momentos llenos de especificidad.

En el aspecto técnico, era evidente que algunas coreografías no estaban del todo interiorizadas por el coro de mujeres. Al tratarse de una creación colectiva, podemos decir que este es un producto en proceso. Sin embargo, el ritmo de la obra nunca se desbarató, pues existía una concentración de grupo muy fuerte e impactante para el espectador.

“Perra” te propone un viaje por las muchas situaciones por las que pasa una mujer en la actualidad. Estas incluyen a siete mujeres en una constante competencia por ser mejor que la otra, con la muestra de estereotipos como la delicadeza, la belleza, la cosificación de la mujer y la sensación de que deben comportarse y verse como muñecas perfectas. Por otro lado, se muestran temas como la amistad y la empatía entre mujeres, el reconocimiento de una mujer en otra, y el hecho de que como mujeres es necesario estar unidas en esta lucha constante.

“Perra” es una propuesta de un viaje teatral con recursos que sobrepasan la palabra; es decir, se basa en elementos que estimulan la sensorialidad, como las coreografías, el uso de colores específicos en los elementos escenográficos, las canciones elegidas para el montaje, el uso de agua en escena, etcétera. Este montaje era un conjunto de estímulos sensoriales que permitían llegar al público de una manera menos racional de lo que estamos acostumbrados. Todo este viaje de sensaciones y emociones, en conjunto, termina resumiéndose en una sola idea: la lucha por lograr un verdadero amor propio.

Stefany Olivos
14 de enero de 2019

lunes, 7 de enero de 2019

Crítica: ENTRE OLLAS Y CAÑONES


Cinco historias de poder

Teatro de Cámara del Perú es una organización sin fines de lucro que tiene la finalidad de promover la cultura peruana desde el año 1992, y desde el 2012 escribe teatro sobre la base de los escritos de “Tradiciones Peruanas” de Ricardo Palma, con la dirección del actor y dramaturgo Rafael Sánchez. De hecho, la asociación cultural tiene como sede la Casa Museo Ricardo Palma, lugar de nacimiento del famoso cronista y librero peruano.

La última muestra del colectivo el año pasado fue “Entre ollas y cañones”, escrita y dirigida por Sánchez, que consistió en una serie de cinco historias basadas en las crónicas de Ricardo Palma, que abordaron el tema de las intrigas en torno al poder presidencial en los primeros años de la República Peruana, especialmente durante los gobiernos de Ramón Castilla y Felipe Salaverry. El elenco estuvo conformado por experimentados actores, como el mismo Sánchez interpretando a Ricardo Palma en el rol protagónico, al lado de Walter Huallpa, José Medina, Fernando Petong, Carlos García, Mayra Loaiza y Keibi Kreimer, quienes desempeñaron una variedad de personajes durante la obra.

“Entre Ollas y Cañones” fue presentada como una comedia familiar que abordó, con un humor muy particular e ironías sutiles, la inestabilidad política que caracterizó a los primeros años de nuestra República, así como describir las curiosiosas costumbres del pueblo peruano de aquella época. La función, que constó de cinco tiempos llamados “La historia del cañoncito”, “Al pie de la letra”, “La Carta Canta, “Días y Ollas” y una última sin título, estuvo acompañada por la tutela de “Don Ricardo” (Sánchez), quien las presentó de manera muy jocosa y con un humor muy particular.

A lado de las actuaciones, destacó la música de zamacuecas y afroperuana como trasfondo durante los intermedios. Esto último despiertó mucha emoción entre el público infantil del auditorio. Debe reconocerse que la dramaturgia fue muy bien realizada, pues los diálogos por sí mismos fueron muy divertidos para el público, que no dejó de estar feliz durante toda la presentación. El vestuario fue otro aspecto destacable de la presentación, ya que la producción realizó un gran esfuerzo por recrear presidentes, soldados y el pueblo peruano en el siglo XIX.

La función terminó, además de la última alocución de don Ricardo con música criolla, con la invitación del director a seguir asistiendo a sus funciones, agradeciendo al público su gentil asistencia. En resumen, el principal mensaje de “Entre ollas y cañones” fue un homenaje a Ricardo Palma y a sus “Tradiciones Peruanas” y la importancia que tiene esta obra cumbre en la formación de la identidad peruana.

“Entre ollas y cañones” estuvo en temporada corta entre los meses de octubre y noviembre en el Centro Cultural Ricardo Palma.

Enrique Pacheco
7 de enero de 2019

Crítica: EL HERRERO DEL REY


Un herrero muy valiente

Arde Troya, dirigida por la gestora cultural Lily Boza, se caracteriza por su prolífica producción para un público infantile, como “El Duende Crispín”, “Daniel y los Ogros” o “La Cerdita Presumida”. En esta oportunidad, trajo el reestreno de la muestra “El Herrero del Rey”, bajo la dirección del también actor Joel Ezeta, quien interpreta al Mago de la historia. El elenco estuvo conformado por Jhoany Vegas (la Bruja antagonista), Cristian Lévano (el Mecenas), Jeshua Falla (el Enano), Alexandra Barandiarán (la Princesa), Claudio Calmet (el Herrero), Pedro Sánchez (el Árbol Parlante), Juan Carlos Díaz (el Rey) y Nicolás Fantinato (el Príncipe).

Como ya es costumbre en el Teatro de Lucía, la calidad de las luces y el sonido permitieron ofrecer una buena función en el apartado técnico. La producción también empleó el fondo del escenario como un ecran, para describir mediante videos las diferentes ambientaciones en donde se desarrolla la historia, como el bosque o el reino imaginario. Es de destacar además, el esmero de la producción de Arde Troya en el vestuario de sus actores, que destaca por una gran variedad de colores y texturas.

La historia abordó la imposibilidad de un herrero para conseguir el amor de una princesa. Cuando ella es secuestrada por un príncipe malvado, nuestro protagonista debió vivir una serie de divertidas aventuras a través del boque prohibido. A pesar de los valores en producción mencionados, la historia llegó ser lineal por momentos, con personajes, tanto héroes como villanos, cuyas intenciones no evolucionaron con la historia; sin embargo, su público objetivo, formado por los más pequeños, sí llegó a emocionarse con la trama.

Los actores, en muchas ocasiones, emplearon el canto como una forma de entablar un diálogo entre ellos, lo que llamó la atención. De todas las actuaciones, destaca la de Fantinato, que a pesar de tener un rol protagónico, sí destaca por su credibilidad al representar a un príncipe torpe y terco, pero que por momentos llega a ser tierno. En conclusión, “El Herrero del Rey” nos dejó como lección que el valor de la valentía es lo más importante en la vida, a pesar de las dificúltales que se presenten.

“El Herrero del Rey” estuvo en temporada corta los fines de semana durante los meses de octubre y noviembre en el Teatro de Lucía en Miraflores.

Enrique Pacheco
7 de enero de 2018

miércoles, 2 de enero de 2019

Crítica: XAUXA


Lo que ocultan las máscaras

César Golac es un joven actor y director que viene desarrollando una interesante carrera teatral, interviniendo en propuestas comprometidas, reflexivas y consecuentes con sus propias ideas, que buscan retratar, cada una a su particular manera, la difícil situación por la que atraviesa nuestra sociedad. Así lo vimos como actor en N.A. Ninguna de las anteriores (2008-2017) de Mario Ballón, una valiente puesta en escena con tintes performáticos sobre la identidad sexual; en La humilde dinamita (2016), conmovedora historia ambientada en las épocas más oscuras de nuestra lucha interna; y en Sirenas y pesebres (2018), relato con mensaje incluido dirigido a toda la familia, inspirado en un cuento de José Watanabe, utilizando poemas andinos y por el que ganó el premio como mejor actor de Teatro para la infancia por Oficio Crítico. Su última propuesta llegó al Galpón Espacio en diciembre del 2017, titulada simplemente Xauxa, una creación colectiva bajo sus propios concepto y dirección general, que no desentonó con la utilización que viene haciendo de las artes escénicas como un lúcido medio de comunicación.

Declarada como Patrimonio Nacional, nuestra tunantada fue el baile elegido como contexto para el montaje de Golac, una danza de vistosas máscaras satíricas que se luce especialmente cada 20 de enero durante las festividades en Jauja, ciudad conocida también según cronistas como Xauxa, que hace referencia a su vez a un grupo étnico de épocas preincaicas. Pero Xauxa también representó  alegóricamente en la puesta a la dura resistencia de nuestros antepasados frente a la represión y a la conquista por parte de los españoles, traducida en una violencia que nos alcanza hasta nuestros días. Y fue así que, luego de ser recibidos por una enmascarada pareja presidencial, asistimos a una representación del mencionado baile, con bailarines que iniciaron su ritual acompañados por música en vivo y que incluían a la astuta María Pichana, a la mestiza Jaujina, a la fina Huanquita, al curaca Chuto y al chamán Auquish. Mientras las máscaras caían y las falsas identidades se revelaban una a una, los monólogos de cada uno de los actores fueron iniciando, con historias independientes acerca de terribles actos de corrupción, discriminación y violencia que ocurren día a día en nuestro país. En ese sentido, la labor en conjunto de Alana La Madrid, Briscila Degregori, Katya De los Heros, Gonzalo Talavera y Rodrigo Rodríguez fue precisa e impecable.

Producida por Andrea Fernández y el grupo cultural La Casa de Tespis, así como dedicada en homenaje a las víctimas recientes de feminicidios, la puesta en escena de Xauxa logró orgánicamente conjugar danza, teatro y música, con una gran riqueza simbólica y una oportuna utilización de video que sumaba a cada secuencia. Acaso el inicio, con falsos arranques que lucían algo reiterativos, pueda afinarse. Acaso el buen apoyo corporal de Darill Silva y David Serván pudo aprovecharse aún más. Acaso en determinados momentos, la misma tunantada perdió un poco de protagonismo durante algunos de los viscerales testimonios de los personajes. Pero todos son reparos muy menores: la ya anunciada reposición de Xauxa para este año promete ser uno de los proyectos teatrales más sentidos, provocadores y contundentes de la temporada, con una impactante carga sensorial y que consolida la sugestiva carrera de Golac como uno de nuestros teatristas más intensos y completos.

Sergio Velarde
3 de enero de 2019

Colaboración regional: LA CAJA


Último montaje del grupo Darte

¿Hago teatro o hago danza? Una pregunta que no me planteo jamás. En todo caso la respuesta puede que esté en la definición de mi compañía: se denomina de teatro y danza. Las dos disciplinas van juntas. Yo lo que trato es de hablar de la vida, de las personas, de nosotros, de las cosas que se mueven... Pina Bausch

Sentado en el suelo sobre un cojín, mis ojos se van acostumbrando a la oscuridad, cuando de pronto una luz tenue alumbra dos cuerpos, dos columnas se delinean vértebra por vértebra, sin sexo, solo dos columnas, que comparten su peso, respiración y equilibrio, no importa más, como dos células bajo el microscopio se mueven y de pronto, la evolución ante los ojos, son protozoarios, peces,  aves, mamíferos y jodidamente humanos que entran en la caja.

Esta caja es un impulso del quehacer cotidiano cuando entre tablas y clavos, mientras arreglaban la antigua “Casa Darte” en enero del 2014, se dan cuenta que deben montar algo nuevo para poder mostrarlo en el “Ukukus”, un centro cultu-bar del centro del Cusco, el cual durante mucho tiempo brindó apoyo a los artistas locales, otorgándoles un espacio de presentación y pagando por ello. Como solo se improvisa dentro de lo conocido, cogieron lo que tenían a mano y armaron una caja como artesanos del oficio, clavaron, pulieron y le dieron forma a su “caja”.

El paseo por lo cotidiano desde cepillarse los dientes, vestirse, caminar, bailar, discutir, gritar, pelear, los revela cada vez más humano, donde lo más importante no viene a ser la danza o la precisión dogmática, sino cuál es el impulso detrás de esto, esas estructuras emocionales, que nos brindan el sentir y el sentido de cada acción bien lograda donde un beso también es danza.

“Y de LA CAJA de los “Dartes” redescubrimos la Caja de Herramientas, de donde salen artefactos, instrumentos de operar los modos de vida que inspiran maneras de pensar, y los modos de pensamiento que crean maneras de vivir. Las obras plasmadas tienen la misión de salir de los lugares comunes. ¡La violencia doméstica de la que somos cómplices, en la escena propuesta por los Darte, nos paraliza; sin embargo, no puede quedar banalizada! Los conflictos deben apuntar soluciones: ¡porque el Arte es el campo de las infinitas herramientas y creativas alternativas! La vida sigue en sus direcciones imprevistas, y aquí está el punto donde LA CAJA me deja un deseo: ver estos dos cuerpos confrontando los peligros, escapando de las grafías estudiadas,  oponiéndose a las formas exhaustivamente visitadas”, nos dice Simone Mello.

Siempre agradezco el sudor y la disciplina en el oficio y esta es palpable en este trabajo donde las líneas en el espacio se dibujan y crean un tejido vivo, existe una lucha constate entre la perfección del movimiento y el sentir, a veces una desdibuja a la otra, he tenido la suerte de ver algunas partes del proceso: desde que era una puesta de 15 minutos hasta el montaje de esta última temporada de casi una hora, y se da a notar una constante evolución desde los sentidos hasta la técnica. Y es bueno ver que no solo se detienen en la forma sino en el fondo, pues esta caja tiene algo que decir; por lo tanto, crea interrogantes sobre la violencia de los seres y la necesidad de volver a lo más esencial, a nuestro primitivo, a nuestro ser más puro, no pretende ser una caja de respuestas si no una de interrogantes.
Y así terminó la temporada 2018 de La Caja; Charlotte Guisti y Mauricio Rueda, directores del grupo Darte, quieren para este 2019 girar con este espectáculo, llevarlo a Lima, Arequipa, Puno, Tacna, Bolivia y Chile. Siendo este un espectáculo de calidad de Cusco, merece ser visto y compartido.

Miguel Gutti
Cusco, 2 de enero de 2018