martes, 13 de junio de 2017

Crítica: CURANDERO

Teatro con identidad

Somos testigos de una solvente plasticidad en “Curandero”; una transformación agresiva del escenario y un viaje dramático inusual, que nos posibilita el silencio de “La Parada”, sus dolores y enigmas entre el caos y el trabajo.

Angeldemonio Colectivo Escénico, a sus 16 años, es coherente en formas y conceptos. Además del carácter ontológico de la puesta, esta adquiere un poderío extra, al mostrarnos la esencia de una Lima nuestra, dispuesta allí para quienes la conocen y caminan. 

La metáfora se hace táctil en cada paso, nos llueve la suerte en forma de baraja, se nos da la maldición dentro de un huevo brujo o nos inunda el color vivo de un “tico tico”; y a pesar de la sutileza, la dirección de Ricardo Delgado y su conjunta dramaturgia con Daniel Dillon, han enfrentado al espectador con una parte fundamental, nuestras creencias populares, nuestro ritual casero, nuestra medicina ancestral.

“Curandero”, opta por una experiencia escasa en diálogo para dar paso a la imagen y el sonido, Augusto Montero, es el actor que sostiene y elabora en unión con Abel Castro (Composición Sonora) e Igor Moreno (Luces), esta serie de intervenciones espaciales, a las cuales se les suma una variante de objetos, brillantemente escogidos en utilidad y significado.

Montero, lleva consigo el ritmo de las escenas en una entrega física plausible y arriesga en cada momento de su performance, colocándose en situaciones de inestabilidad permanente, lo que invita al espectador entregado, a respirar junto con él, como quien observa a un trapecista soltarse del manubrio. Por otro lado, al ser “Curandero” una obra que casi no verbaliza, la contundencia de los pocos diálogos se disipa en la gestión del actor.

La expresividad lumínica y sonora, nos adentra en una historia que se oscurece. Iniciando con el tono tenue de una luz cenital sobre el personaje enmascarado, de ojos ennegrecidos, que se sostiene sobre una música popular y estrepitosa. Continuando con los fuertes contrastes de las luces laterales que denotan un ser humano dividido, tanto en su expresión como en sus sombras duras sobre  la pared. Y finalmente, mencionar la sensación de los colores que se mezclan en “Curandero”, la elección de ese amarillo que parece un sepia sobre el personaje o del rojo que trabaja en contraste.

El final es poderoso como lo merece la historia. “Curandero” aprovecha los recursos del teatro para generar significado y emoción, no se encasilla en la interacción interpersonal, sino que explora, es un trabajo sensible y artesanal, con el profesionalismo de teatristas con identidad.

Bryan Urrunaga
13 de junio de 2017

Crítica: LA PÍCARA SUERTE

La fortuna no es casualidad

Cuántos no hemos evocado a la fortuna, al azar o a los buenos augurios alguna vez (o casi siempre) para enfrentar distintas situaciones de la vida. Lo cierto es que la puesta en escena “La pícara suerte”, escrita por el recordado poeta, dramaturgo y periodista peruano Leonidas Yerovi en 1914 y dirigida con genial habilidad por Mateo Chiarella, nos presenta la historia de Felipe -interpretado con destreza y naturalidad por José Dammert- quien ha perdido todo, está a punto de ser desalojado y tiene fama de ser un Don Juan.

Es allí que interviene su inseparable amigo Ortiz –interpretado con  por el actor Pold Gastello- para ofrecerle una solución que remediará su ingrata situación: apostar lo poco que le queda en la ruleta; suscitando los líos más inesperados, que irán tejiendo una hilarante trama de principio a fin.

La obra, que se presenta en el teatro Ricardo Blume, nos conecta con esa parte expectante e ilusoria que todo ser humano ha experimentado en algún momento, dejándose llevar por el destino; muchas veces evadiendo la realidad y la responsabilidad de tomar decisiones que den solución a los problemas. Otro punto notable es la picardía y viveza con la que ciertas personas suelen conducirse, utilizando una serie de artimañas para salirse con la suya. Hechos que debe juzgar el propio espectador, sin perder la sonrisa garantizada con cada actuación.

Particularmente, queda la impresión de un elenco que calza perfectamente con lo que se está contando, como si los personajes hubieran sido pensados para ser interpretados solo por ellos; un armonioso engranaje completado por el experimentado Ramón García, Lilian Nieto, Mayella Lloclla, Anneliese Fiedler, Marco Miguel Ravines, Chipi Proaño, Danitza de Bona y Olga Acosta.

Una comedia que no tiene pierde si de reír se trata; cada movimiento, gestualidad e interacción permite captar la atención del público. Que a su vez, lleva un claro mensaje que invita a reflexionar sobre los vaivenes que esa pícara y a veces esquiva suerte desencadena en nuestras vidas, para bien o para mal. La misma que nos recuerda que así como se pierde, también se gana, y que a pesar de pretender que la casualidad nos ofrezca las respuestas, estas se encuentran en nuestro interior, solo hay que prestar atención y será fácil reconocerlas.

Y finalmente, más que pedirle a los astros que confabulen a nuestro favor para obtener cosas materiales… “La pícara  suerte” puede hacer un mejor trabajo, permitiéndonos conocer el amor verdadero.

Maria Cristina Mory Cárdenas
13 de junio de 2017

domingo, 11 de junio de 2017

Crítica: ESPERANDO A GODOT

Por fin, llegó

Sin contar la brevísima muestra orquestada por Roberto Ángeles y elenco en marzo de este año, todos tuvimos que esperar pacientemente a Godot por dos décadas para tener una nueva reinvención formal (y acaso la definitiva para esta década) de una de las obras cumbre del teatro del absurdo: la tragicomedia Esperando a Godot del irlandés Samuel Beckett. Estrenada en 1997 en el Centro Cultural de la Católica, con la dirección del experimentado  Edgar Saba y la extraordinaria dupla de Alberto Isola y Ana Cecilia Natteri, las peripecias existenciales de los vagabundos Vladimir y Estragón brillaron bajo la sombra de un solitario árbol en una temporada que hasta el día de hoy nadie olvida. Por su parte y con su propio estilo, el joven director Omar Del Águila, quien ya había llevado a escena acertadamente otra puesta con árbol incluido llamada En el jardín de Mónica (2015), se sirve de un par de consumados actores, como lo son Manuel Calderón y Ximena Arroyo, para lograr convertir no solo en entretenida, sino también en entrañable, esta nueva espera en dos actos e intermedio ahora en la Asociación de Artistas Aficionados (AAA).

Mucho se ha escrito (y probablemente se seguirá escribiendo) sobre este clásico y célebre texto, desde las severas críticas que recibió durante su estreno en los años cincuenta ("¡Nada ocurre, nadie viene, nadie va, es terrible!"), hasta la supuesta inspiración que tuvo Beckett para retratar a sus protagonistas, como Charles Chaplin y Buster Keaton, o Stan Laurel y Oliver Hardy. Y aunque algunos puedan ubicar esta obra más cerca al existencialismo de Sartre que al absurdo de Ionesco; lo cierto es que sí reflexiona oportunamente sobre el valor de la amistad, la tolerancia y especialmente la libertad, con la aparición de Pozzo y Lucky, el infame amo y el esclavo con poca suerte, respectivamente. Por otro lado, a pesar de que el mismo Beckett lo haya negado, la teoría que el nombre de Godot tenga un matiz religioso (“God” es Dios en inglés) le agrega interesantes matices al resultado final. Lo absurdo de toda la situación, incluido el notorio cambio de Pozzo y Lucky en el segundo acto, se remata con las últimas líneas de Vladimir y Estragón: "- ¿Qué, nos vamos?  - Vamos", y quedan inmóviles.

Del Águila elige un pertinente momento histórico en nuestro país para vernos reflejados en el par de vagabundos, pues literalmente la población parece conformarse con esperar cruzada de brazos que aparezca la solución a nuestros problemas, sin hacer mucho por conseguirla por méritos propios, por cierto. Visualmente, la puesta en escena luce impecable con los colores y las luces utilizadas, aunque el sonido sí podría ajustarse. Por su parte, las actuaciones brillan por su dedicación y entrega: los inmejorables Calderón y Arroyo, en los mismos personajes de Isola y Natteri, componen sus personalidades, rutina y química propias; los intachables Percy Velarde como Pozzo y Juan José Oviedo como Lucky también destacan por su lograda y absurda caracterización de tiranía y sumisión, bien acompañados por Omar Rosales como el joven enviado por Godot. Esperando Godot sí que se hizo esperar y esta feliz llegada no pudo ser más memorable.

Sergio Velarde
11 de junio de 2017

viernes, 9 de junio de 2017

Crítica: UN OBÚS EN EL CORAZÓN

El obús que todos tenemos en el corazón

El público limeño tuvo la oportunidad de ver una de las obras españolas más reconocidas de los últimos años. Con el motivo de “Europa Móvil”, un evento organizado por diferentes entidades europeas instaladas en nuestra ciudad, la Alianza Francesa tuvo en sus tablas “Un obús en el corazón”, impactante historia encarnada por el actor Hovik Keuchkerian, escrita por Wajsi Mouawad, bajo la adaptación y dirección de Santiago Sánchez.

“Un obús en el corazón” nos cuenta la historia de Wahab, un hombre que en medio de la noche recibe una llamada telefónica.  Alguien al otro le dice “ven”, hay una mala noticia de por medio. El protagonista sale inmediatamente de su casa hacia el hospital donde su madre está gravemente enferma.  A lo largo de la obra y en el trayecto hacia el hospital, se nos muestra un viaje donde el público actúa como testigo omnisciente, haciéndonos testigos del mundo interno de Wahab que lo lleva desde la incomprensión hasta la más sincera necesidad de perdonar. Durante el camino hacia el hospital, el personaje principal empieza a recordar sucesos de su vida, invitándolo así a hacer un balance de su vida. De ese modo nos hace partícipes de un episodio que marcó su infancia para siempre: siendo muy pequeño, Wahab vio un bus lleno de palestinos refugiados ser incendiado y acribillado a inicios de la guerra civil libanesa.

La obra es un durísimo relato de la vida de una persona marcada por la guerra desde su infancia. ¿Qué pasa si nacemos en el mismo año que comienza una guerra? La sensación de ser hermano de la guerra es uno de sucesos que marca a Wahab para siempre: él no olvida, no puede vivir como si nada hubiese pasado, no tolera que el resto de su familia sí lo pueda hacer.

La obra está llena de códigos teatrales minimalistas, donde elementos tan cotidianos como una silla bastan para poder recrear cada uno de los recuerdos y sucesos que el actor va mostrando, acompañado de melodías puestas como pinceladas precisas durante la obra. Cada uno de los relatos del personaje se ven acompañados de una atmósfera donde el actor es quien se encarga de transportarnos en este viaje de reconocimiento personal hacia el hecho de perdonarse a sí mismo, a la guerra, a su madre. Nunca se hace mención de alguna guerra específica, por lo que al  público nos da carta abierta para relacionarlo con nuestro propio contexto. Me queda la sensación personal de que esta obra, así como muestra el viaje del personaje hacia un perdón absoluto y una suerte de “cierre” de aquella etapa de su vida, el público ha podido acompañar este viaje como un personaje más, a veces siendo la memoria de Wahab, a veces siendo su inconsciente, su mejor amigo, etcétera, de modo que facilita conectar con este crudo relato, nos permite entender ese lado humano que se resquebraja en un contexto de violencia, un llamado a la memoria como elemento de reconciliación.

Stefany Olivos Saavedra
10 de junio de 2017

Crítica: EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIANOCHE

Entender para ser entendidos

Cómo describir en una obra de teatro una determinada condición de vida, sin caer en extremos como el ridículo, la victimización o la propia insensibilidad. Tal parece que “El Curioso Incidente del Perro a Medianoche” ha logrado hacerlo con sutileza, abordando un tema que toca a un nutrido grupo de personas que viven con esta condición: el Autismo.

Nishme Súmar (la directora) ha planteado la historia con una visión humanista y real de la sociedad en la que vivimos. Esta pieza teatral adaptada por Simon Stephens, basada en la novela de Mark Haddon, gira en torno al mundo de Cristóbal (Emanuel Soriano), quien al descubrir el asesinato del perro de su vecina y ser el principal sospechoso, buscará encontrar la verdad iniciando una particular investigación, que lo llevará a descubrir algo más que al culpable.

La interacción de Cristóbal -interpretado con osada honestidad por Soriano- con los personajes de la obra se desenvuelve en su peculiar modo de ver percibir las cosas, la brillantez y lógica de la mente de este adolescente, le permite realizar cálculos y operaciones abstractas de forma natural; sin embargo, las situaciones más simples y cotidianas del día a día pueden tornarse complicadas para él, rechaza el contacto físico y tiene una rutina casi militar. La relación con sus padres (interpretados por Gianella Neyra y Gonzalo Molina) es otro factor que refleja lo difícil que resulta conectar a nivel emocional con personas autistas o con síndrome de Asperger. En la puesta, se ponen a prueba la paciencia, aceptación y amor incondicional.

No obstante, Cristóbal debe enfrentar otros retos que lo ponen al límite en respecto a su relación con la sociedad y cómo ésta –en el caso de Lima- carece de herramientas y conocimiento para adaptarse a personas que tienen el mismo derecho convivir y desarrollarse, sin importar su condición de vida. En ese camino, el personaje principal desarrolla habilidades que le permiten conseguir determinados objetivos, haciendo frente a un entorno agresivo y acostumbrado a no detenerse a observar, a comprender, a tener empatía.

Una obra que se atreve a poner en vitrina una realidad que no todos estamos preparados para entender; con personajes convertidos en piezas que Cristóbal maneja en su mente de forma distinta. Acotando en este punto, lo curioso de los efectos y juegos entre los personajes, que traducían cómo ve el mundo este personaje; enviando, en principio un mensaje confuso al espectador, pero que termina justificado por la calidez y verdad de la obra.

Invitando a reflexionar sobre cuánto estamos dispuestos a hacer para integrar y no juzgar, para aceptar a quienes están ahí y deben ser parte de una sociedad más permisiva y sobre todo HUMANA.

Maria Cristina Mory Cárdenas
10 de junio de 2017

lunes, 5 de junio de 2017

Crítica: PROMOCIÓN

Mi último año

Terminar el quinto de secundaria puede ser para algunos gratificante, pero para otros puede ser la etapa más aterradora de sus vidas. Quizás muchos recuerdan estas típicas frases de colegial que siempre decimos: “No quiero que se termine'' o “No sé si estoy preparado para lo que se viene”, pero ¿por un momento alguien se pone a pensar en el daño que podemos hacerles a otros cuando los humillamos?

“Promoción” es una obra escrita por el dramaturgo peruano Aldo Miyashiro, que pertenece a “El club de la muerte”. Es presentada por Vodevil Producciones, bajo la dirección de Kathy Serrano. La obra inicia con la formación en el primer día de clases y el encuentro emotivo de todos los chicos al hablar de lo que hicieron en las vacaciones. En el transcurso de las escenas iremos viendo lo que estos jóvenes estudiantes hacen y de cómo algunos buscarán soluciones, que en vez de ayudarlos los marcarán para toda la vida. La puesta en escena busca que el espectador vea el abuso escolar que pasan algunos de los personajes, dándonos así un ejemplo de lo que puede suceder si no tomamos cartas en el asunto.

A pesar de ser una obra fresca y divertida, esta nos mostrará una realidad que conocemos, pero que muchos desean ignorar. Contiene temas sobre problemas sociales como drogas, sexo, bullying, alcohol, depresión e identidad sexual. Personajes como Pacheco (Cristhian Palomino), Rossi (Oscar Olarte), Bertha (Mariel Espinoza), Nina (Lady Arbildo), Luna (María Alejandra Inofuentes), Rubén (Miguel Dávila) o Mariana (Janina Huamán) son piezas claves para la historia, ya que mucho de ellos nos refleja el maltrato psicológico por la falta de amor propio y la vida desordenada que llevan estos adolescentes. El trabajo colectivo de todo el elenco hace que la historia sea sólida. El mensaje que rescato es el de poder brindar ayuda a quienes lo necesitan, además de poder escuchar y hacer la diferencia con nuestras acciones. Solo me queda mencionar el gran trabajo escénico y agradecer por la función, pero antes quisiera dejar esta reflexión: “La vida te ofrece una nueva oportunidad de ser feliz y que cada derrota, cada pérdida, contiene su propia semilla, su propia lección para ser el mejor”.

"Promoción" se presentó en el Encuentro de Artes Escénicas “Más que ver” en el Teatro Auditorio Miraflores. Participaron Cristhian Palomino, Janina Huamán, Oscar Olarte, Miguel Dávila, Mariel Espinoza, María Alejandra Inofuentes, Franco Silva, Ana Lucía Pérez Cáceres, Sebastián Olivencia, Regiz Tamayo, Daniel Suárez, Clemen Morales, Lady Arbildo, Richard Reyna, Nick Delgado, Alba Leiba y Claudia Trucíos.

María Victoria Pilares
5 de junio de 2017

sábado, 3 de junio de 2017

Crítica: DESPUÉS DE CASADOS

La responsabilidad del creador

Por todos es sabido que el teatro no puede escapar de su condición de importante (por no escribir imprescindible) medio de comunicación social, ya que se trata de un “evento vivo” que narra una historia anclada en un determinado contexto histórico, por más descabellada que la trama pueda ser. Es indudable que existen espectáculos en nuestra cartelera teatral que tienen como único objetivo entretener, pero hasta en esos casos debe (o debería) apreciarse algún propósito de los creadores para realizar la puesta, rogando que no solo sea el mero afán lucrativo. En otras palabras, existe una responsabilidad por parte de los creadores sobre el producto presentado. Pues bien, Mever Producciones viene presentando una serie de puestas en escena, escritas y dirigidas por Gianfranco Mejía y  todas estrenadas en breves temporadas, con algunos temas interesantes y actuales como pueden ser las tribulaciones que pasan los adolescentes y jóvenes adultos, en  Fiesta de Promoción (2016) y Anorexia (2016); o las dificultades para sobrevivir en nuestra caótica ciudad, en Ambiciones (2017).

En Después de casados, el último estreno de Mejía en el Teatro Auditorio Miraflores, el tema vuelve a ser actual y pertinente: se pone en el tapete la problemática de los recién casados, que empiezan a tener una vida en común y el escaso romanticismo que rodea esta unión. Alberto (Edwin Vásquez) y Mariana (Marisela Puicón) deberán enfrentar los típicos problemas de las parejas que inician una vida en común; él, abrumado por las deudas, no puede cargar con todas las responsabilidades trabajando como profesor; y ella, incapaz de encontrar trabajo, reniega de su actual condición. Pero el inofensivo tono de esta primera parte, que hasta incluye algunas secuencias humorísticas a cargo de la revoltosa amiga de Mariana (Ena Luna) se rompe con lo impensable: la agresión física y posterior violación por parte de Alberto (a quien llamaremos a partir de aquí El Agresor) contra Mariana, que cambia por completo el registro de la historia, a pesar de que el autor y director pareciera no haberse percatado.

Y es que Después de casados no puede desligarse de su contexto histórico, pues vivimos actualmente una aterradora realidad: Perú es uno de los países con la mayor tasa de agresiones contra las mujeres y feminicidios a nivel mundial. Los esfuerzos de diversos colectivos, que postulan la tolerancia cero frente a los agresores (como El Agresor de esta obra) y la nula responsabilidad de las víctimas, deben fortalecerse en todos los niveles. Entonces, resulta polémico, por decir lo menos, que la puesta en cuestión nos muestre, por ejemplo, a El Agresor demostrando “fidelidad” a su esposa rechazando a su antigua enamorada o los constantes engreimientos y caprichos de Mariana, que acaso podrían sugerir que el ataque pudo haber sido justificado. Dejando de lado su montaje demasiado tradicional y hasta televisivo por ratos, esta nueva obra de Mejía termina con un par de declaraciones que probablemente harían escarapelarles el cuerpo a todos los colectivos y ONGs en contra del maltrato femenino, así como a la mismísima Ministra de la Mujer y Poblaciones Vulnerables: Mariana, la mujer ultrajada, manifiesta que ella tiene un porcentaje de la culpa por la agresión debido a sus actitudes; y El Agresor, sentado arrepentido de cara al público, llorando por no poder ver a su hijo (producto quizás del ultraje) y pidiendo una segunda oportunidad. Afirmábamos anteriormente que los creadores son responsables de sus productos artísticos. ¿Cuál es entonces, la responsabilidad de Después de casados frente a un problema real que viene cobrando numerosas víctimas a nivel nacional? Que cada espectador saque sus propias conclusiones.

Sergio Velarde
3 de junio de 2017

Crítica: VERGÜENZAS: CAJAMARCA, 1953

Los sentimientos ocultos de una mujer

El crítico literario Juan Carlos Ubilluz menciona en su artículo “El teatro del desengaño de Alfredo Bushby”, que el autor de Historia de un gol peruano (2004) “es –o debería ser- conocido por haber demostrado que el teatro experimental no tiene por qué estar reñido con los temas populares o con el gran público”. Su último estreno, Vergüenzas: Cajamarca, 1953, además de ser dirigido por él mismo, no escapa a esta afirmación: basado en sus propios recuerdos de la zona rural de Cajamarca que conoció en su infancia, Bushby nos sumerge en la historia de una solitaria mujer de 40 años llamada Saturna (Daniela Rodríguez León), quien sufre una terrible agresión en una noche de luna llena, por parte de un misterioso extranjero cuyos terrenos colindan con los ella. El siniestro hecho es el disparador para que Saturna revele su conmovedora historia en un monólogo, acompañada por la melodiosa música de guitarra en vivo de Magali Luque, en el escenario del Teatro Mocha Graña.

Ubilluz manifiesta que “Bushby dignifica la cultura popular (…), porque su obra nos ayuda a comprender que, a pesar del cinismo que lo caracteriza, el individuo contemporáneo no ha dejado de creer en la cultura popular”. Si ya en Conrado y Lucrecia (2014), el chisme (nuestro pasatiempo, o mejor dicho, deporte popular) distorsionaba la realidad; en Vergüenzas, Saturna le hace frente al qué dirán, debido a su condición de mujer madura, sola y sin hijos. El texto abarca una variada gama de emociones y problemáticas, incidiendo en los miedos, decisiones y amores de la mujer, así como en las culpas, los deseos reprimidos y las vergüenzas femeninas tan bien dibujadas por el autor. La responsabilidad de la puesta en escena recae en la actriz Daniela Rodríguez León, ganadora del premio Oficio Crítico por su participación en la obra Diario de un ser no querido (2015), en donde curiosamente también interpretaba a una mujer maltratada. Vergüenzas: Cajamarca, 1953 es el paso lógico en su evolución como actriz, demostrando una gran versatilidad y dominio escénico.

La historia de Saturna cala hondo en el espectador, haciéndonos parte de esta historia de vergüenzas. “Bushby no ha tenido jamás la intención de ser un visionario: es más, estoy seguro que una sonrisa irónica se dibujaría en su rostro ante la idea de que un escritor pueda contribuir a la resolución de los problemas ético-políticos contemporáneos”, reflexiona Ubilluz. Acaso tal aseveración sea cierta; sin embargo, la X Productora sí que consigue una puesta en escena muy estilizada y pertinente con Vergüenzas: Cajamarca, 1953, que busca sensibilizar a la comunidad sobre la extrema violencia, tanto física y psicológica, a la que es sometida la mujer en nuestro país.

Sergio Velarde
3 de junio de 2017

Crónica: PREMIOS AIBAL 2017

Por muchos sueños más

Una noche llena de estrellas hizo brillar el Centro de la Amistad Peruano China de Jesús María. Muchas personalidades del mundo del arte y del espectáculo se hicieron presentes para esta nueva edición de los Premios AIBAL a las Artes Escénicas 2017. Para muchos de los concurrentes no solo fue una noche cualquiera, fue la oportunidad de (re)encontrarse con viejos amigos; para otros, cumplir aquellas promesas que se hicieron cuando empezaron en el mundo del teatro. Hoy es un sueño cumplido. Esta ceremonia de premiación, dirigida con acierto por Percy Encinas, brinda reconocimiento a artistas, actores, directores, productores, diseñadores, bailarines, dramaturgos; así como a las obras e iniciativas más destacadas en Lima y en el interior del país del año 2016.

El evento inició con la participación de INATEM (Instituto Nacional de Teatro Musical) y tuvo como anfitrión al actor y director Renato Fernández. Renombrados artistas dieron a conocer a los ganadores en las 22 categorías, durante las casi dos horas de espectáculo. Alternando el anuncio de los premios, se presentaron números artísticos de puestas en escena como Déjame que te cuente, Fiebre de Sábado por la noche y Zapping, 3 musicales en 1. El maestro Ernesto Ráez entregó el premio a la trayectoria “Sara Joffré” a nuestra primera actriz Delfina Paredes, quien relató anécdotas que conmovieron a más de uno.

Las grandes ganadoras de la noche fueron la obra Curandero, montaje que se llevó el premio de Dramaturgia peruana para su autor Ricardo Delgado, así como el de Iluminación para Igor Moreno y el mismo Delgado; y LA PLAZA, para el Espectáculo teatral del 2016, Mucho ruido por nada. En Teatro para niños, se llevó el galardón La odisea de Els Vandell. En Musicalización ganó Mariana Palau por La muchacha de los libros usados; en Vestuario, María Lucía Carrillo por Noche de reyes; en Maquillaje, Gloria María Solari por El secreto de la sabiduría – Amazonía II; y en Diseño escénico, Beatriz Chung por Aura. Teatrando de Arequipa se llevó el galardón por su labor en Teatro Regional; y Waytay, en Teatro Comunitario por su labor en El Agustino.

En cuanto al género Musical, Zapping, 3 musicales en 1 fue la triunfadora, llevándose tres galardones: para Mario Mendoza, como revelación masculina por su dirección; y para sus intérpretes musicales Natalia Salas y Gabriel Gil. Déjame que te cuente fue galardonada como mejor obra de Teatro Musical a cargo de Mateo Chiarella. Y los mejores intérpretes de baile fueron Verónica Álvarez por En el barrio y Raúl Romero por Déjame que te cuente. En el rubro de actuación, fueron reconocidos Wendy Vásquez por Cielo abierto, Jimena Lindo por La vendedora de fósforos, Oscar Meza por Tu voz persiste y Javier Valdés por Un informe sobre la banalidad del amor; así como MaCla Yamada, como  revelación femenina por su participación en Historia de un amor israelí. Como mejor trabajo de Dirección fue premiado Jorge Chiarella por Moby Dick.

Acaso el común denominador que tuvo la mayoría de los ganadores al acercarse al escenario, fue mencionar que el premio que ganaron no solo se debe a ellos, sino que detrás de cada puesta existe un trabajo colectivo, en donde se entrega esfuerzo, lágrimas y compromiso. Gracias a ello, todo esto es posible y nos incentivan a seguir apostando por el teatro peruano. Además, nos enseña que todo sueño se puede lograr, sea cual sea el sacrificio; al final, se verán los resultados. Fue una noche llena de sorpresas y en nombre de Oficio Crítico, nuestro agradecimiento a Investigadores AIBAL (Asociación Iberoamericana de Artes y Letras) y sinceras felicitaciones por esta gran iniciativa.

María Victoria Pilares
Sergio Velarde
3 de junio de 2017

miércoles, 31 de mayo de 2017

Crítica: RASTROS

La búsqueda sigue

¿Miedo a la muerte? ¡Uno debe temerle a la vida, no a la muerte!

“Rastros” es un melodrama escénico escrito por Christian Saldívar, dirigido por César Golac y estrenado en el Galpón Espacio. El elenco estuvo conformado por Natalia Bonifaz, Verony Centeno, Bernie Brouyaux, Abel Enríquez y David Huamán. Todo inicia con la música instrumental a cargo de la violinista Mariana Diez Canseco, dando paso así a la historia de Alcides y Gabriela, dos personas que no se conocen, pero que de alguna manera el destino favorecerá, más a una que a la otra. El único vínculo que existe entre ellos será el de sobrellevar el duelo que deja la Muerte. Por un lado, Gabriela le da el último adiós a su padre y por el otro, Alcides encuentra el cuerpo de una mujer tirada en la basura. Ambos, empujados por el dolor y la culpa, recurrirán a indagar en su propio pasado para así poder encontrar las respuestas que estaban buscando.

Tocar temas como la Muerte en el teatro nos entristece, pero es una verdad que no es ajena a nuestra realidad. Pero lo que importa aquí no es el muerto, quienes importan aquí son los vivos, el dolor que causa en los que se quedan, las sensaciones que provoca. Por desgracia debemos de vivir la vida lo mejor que se pueda y cuando al fin nos llegue la hora, debemos de aceptarlo de la mejor manera y con dignidad. Puestas en escenas como la obra “Rastros” te dejan meditando e incluso hace que el ser humano explore dentro de sí y cuestione su existencia sobre la vida.

Es una obra reflexiva, algo dramática y trágica. Hubo una escena en donde sale una de las actrices bailando y de repente hace que nos desconectemos totalmente de la obra, pero al terminar su baile nos vuelve a conectar. Me encantó la propuesta de usar como tema central  la Muerte como despedida y recurrir al Tiempo Ausente: es genial para poder comprender la historia. Se utilizó mucho la proyección de la luz para crear sombras y eso le da el toque místico. La escenografía es agradable y acorde a la temática. El montaje cuenta con música propia y sobre las actuaciones, todos estuvieron geniales. Es una obra que te atrapa e incluso cuenta con un final que no te esperas. Propuestas como estas vale la pena verlas y más aún, el mensaje que nos deja, sobre que la vida es una búsqueda constante, una búsqueda desesperada y desesperanzada: una búsqueda de algo que no sabemos qué es. Hay un deseo profundo de buscar, pero uno no sabe qué busca. Gracias por la función.

María Victoria Pilares
31 de mayo de 2017