Teatro con identidad
Somos testigos de una solvente plasticidad
en “Curandero”; una transformación agresiva del escenario y un viaje dramático
inusual, que nos posibilita el silencio de “La Parada”, sus dolores y enigmas
entre el caos y el trabajo.
Angeldemonio Colectivo Escénico, a sus 16
años, es coherente en formas y conceptos. Además del carácter ontológico de la
puesta, esta adquiere un poderío extra, al mostrarnos la esencia de una Lima
nuestra, dispuesta allí para quienes la conocen y caminan.
La metáfora se hace táctil en cada paso,
nos llueve la suerte en forma de baraja, se nos da la maldición dentro de un
huevo brujo o nos inunda el color vivo de un “tico tico”; y a pesar de la
sutileza, la dirección de Ricardo Delgado y su conjunta dramaturgia con Daniel
Dillon, han enfrentado al espectador con una parte fundamental, nuestras
creencias populares, nuestro ritual casero, nuestra medicina ancestral.
“Curandero”, opta por una experiencia
escasa en diálogo para dar paso a la imagen y el sonido, Augusto Montero, es el
actor que sostiene y elabora en unión con Abel Castro (Composición Sonora) e
Igor Moreno (Luces), esta serie de intervenciones espaciales, a las cuales se
les suma una variante de objetos, brillantemente escogidos en utilidad y
significado.
Montero, lleva consigo el ritmo de las
escenas en una entrega física plausible y arriesga en cada momento de su
performance, colocándose en situaciones de inestabilidad permanente, lo que
invita al espectador entregado, a respirar junto con él, como quien observa a
un trapecista soltarse del manubrio. Por otro lado, al ser “Curandero” una obra
que casi no verbaliza, la contundencia de los pocos diálogos se disipa en la
gestión del actor.
La expresividad lumínica y sonora, nos
adentra en una historia que se oscurece. Iniciando con el tono tenue de una luz
cenital sobre el personaje enmascarado, de ojos ennegrecidos, que se sostiene
sobre una música popular y estrepitosa. Continuando con los fuertes contrastes
de las luces laterales que denotan un ser humano dividido, tanto en su
expresión como en sus sombras duras sobre
la pared. Y finalmente, mencionar la sensación de los colores que se
mezclan en “Curandero”, la elección de ese amarillo que parece un sepia sobre
el personaje o del rojo que trabaja en contraste.
El final es poderoso como lo merece la
historia. “Curandero” aprovecha los recursos del teatro para generar
significado y emoción, no se encasilla en la interacción interpersonal, sino
que explora, es un trabajo sensible y artesanal, con el profesionalismo de teatristas
con identidad.
Bryan Urrunaga
13 de junio de 2017









