jueves, 11 de junio de 2020

Crítica: PAUSA (O EL ELEFANTE SOBRE LA PELOTA)

Recoger nuestros pedazos

Y, de pronto, el COVID-19 estaba ahí. En esta obra observamos a Paula, una mujer que había encontrado un equilibrio cuando de repente, llega la pandemia. Entonces, recurre a su psicóloga y al TAROT.  Es aquí donde nos encontramos con nosotros mismos, contando nuestros problemas únicamente por una pantalla. Observando a nuestros doctores, psicólogos, consejeros, a través de nuestras cámaras.

Y así va a ser por un tiempo más.

Esta obra nos confronta con esa realidad. Con una Paula, interpretada por Melissa Lindley, confundida, harta, hastiada, preocupada y con el remolino de emociones de una chica que no está segura cuál será el futuro y si es necesario seguir dando pasos hacia adelante ante tanta incertidumbre.

Nadie lo sabe.

La plataforma en la que hemos observado esta obra fue muy acertada. Todxs lxs afortunadxs de tener un trabajo, hoy en día, utilizamos zoom para laborar, para reunirnos, para continuar con nuestras vidas como si allá afuera no hubiese nada. Ver una conversación en esta plataforma fue parte de esa rutina diaria que ahora nos envuelve. Un acierto muy interesante.

Sobre el texto, me da la impresión que la trama se diluye mucho entre conversaciones no tan relevantes para la acción dramática y, por momentos, las actrices no están teniendo una conversación real, presente, tanto como la podemos tener en estos momentos por los medios digitales. Esto quizás es debido a que toda la obra se presenta en conversaciones sobre emociones y tarda en llegar a los picos dramáticos. Vale la pena explorar el por qué de cada texto, cada palabra y cada emoción que quiere comunicar Paula. Es ahí donde encontramos el verdadero drama en el que estamos envueltos como un barco en naufragio.

Por último, es importante seguir comunicando a través de estos medios. Seguir tomando los medios audiovisuales que no cambian nada, ya que los actores siempre están preparados para performar frente a una cámara. La televisión y el cine nos dan eso. Nadie está inventando la pólvora, por lo que debemos enfocarnos en cómo crear historias cada vez más potentes, reales y conmovedoras. Pausa (o el elefante sobre la pelota) es un buen comienzo para la productora “Tubo de ensayo”.

María Fernanda Gonzales
11 de junio de 2020

miércoles, 10 de junio de 2020

Crítica: ÚLTIMA LLAMADA


Salto de fe

“De modo que no eran las ideas las que salvaban al mundo, no era el intelecto ni la razón, sino todo lo contrario: aquellas insensatas esperanzas de los hombres, su furia persistente para sobrevivir, su anhelo de respirar mientras sea posible, su pequeño, testarudo y grotesco heroísmo de todos los días frente al infortunio.”
Ernesto Sábato, Sobre héroes y tumbas

En el contexto de la actual crisis sanitaria, una de las primeras propuestas audiovisuales que la escena local nos ofreció fue la de “Odisea 2020”. De la mano de Samoa Producciones, este proyecto agrupa obras de formato corto, interpretadas en vivo a través de una plataforma digital y en distintos horarios a lo largo de un día, siempre bajo la dirección de Nella Samoa Álvarez. Este medio se ha encargado ya de criticar algunas de las obras que comprendieron su primera y breve temporada en mayo, tales como Asunto de tres y Empanada parisina. La que nos ocupa en esta oportunidad es Última llamada de Álvaro Pajares, interpretada por Julian Falconi, Ángela Mesa y Natalia Mejía.

La historia que nos relata Última llamada es sencilla y directa: la pesadilla de cualquier actor o actriz se hace realidad cuando, a pocos minutos de salir a escena en la función de estreno, el protagonista no logra llegar al teatro y uno de sus compañeros (el más novel) tiene que interpretar su papel sin estar realmente preparado para ello. En medio de la incertidumbre, dos voces atribulan al actor sobre el que ha caído tan pesada carga. Por un lado, la directora del montaje, que “enyuca” al actor (¿existe mejor expresión?) con la exigencia de interpretar, sí o sí, al personaje del colega ausente;  y por otro, la actriz ambiciosa que, buscando para sí el rol protagónico, socava la tranquilidad y poca confianza del actor, augurándole el más rotundo fracaso si acepta el encargo. Esta es, pues, una analogía escénica del conflicto entre el sentido del deber a regañadientes y el cúmulo de miedos que embargan al ser humano ante una situación absolutamente sorpresiva y adversa. Por supuesto, todo lo anterior sumado a las historias y conflictos de cada uno de los personajes. Muy en sintonía con lo que nos toca vivir hoy.

La plataforma digital elegida para esta obra fue YouTube, ideal para evitar cualquier interrupción ocasionada por el ingreso de los espectadores a la sala virtual (cosa que suele suceder vía Zoom). La presentación a la que asistimos no sufrió percances o interrupciones en cuanto a la transmisión de la obra: la imagen y el audio fueron lo suficientemente nítidos como para no perder detalle alguno. Por supuesto, esto es más producto del azar (léase “estado de la infraestructura de telecomunicaciones existente entre los actores y los espectadores”) y escapa al esfuerzo que la producción suele invertir para evitar sobresaltos en vivo.

El planteamiento escénico resulta interesante. La acción se realiza en dos espacios contiguos: un camerino en el que se desarrolla el grueso de la historia, y un pasillo en el que transcurren algunas escenas y contraescenas sutiles. Para lograr este efecto, la obra propone el uso de dos cámaras, una en cada ambiente, y dispone sus imágenes de forma contigua en la pantalla del espectador, con lo cual se genera la ilusión de que ambos espacios están, efectivamente, uno al lado del otro. La ubicación de las cámaras permite, además, generar un mayor nivel de intimidad con los personajes, quienes se colocan en primer término e, incluso, “mirando” directamente al espectador, en momentos particulares de la obra.

En cuanto al trabajo actoral, hay que decir que es notoria la disparidad entre los ejecutantes. Ángela Mesa brilló con luz propia. Su ejecución fue impecable y fluyó sin tropiezos a lo largo de la historia. Nos queda claro que conoce a cabalidad el rol que le tocó interpretar: además de actriz, Mesa es directora, como su personaje. Además, su ir y venir frenético a lo largo del pasillo añadieron una simpática dosis de humor en contraescena, sin llegar a distraernos de lo que sucede en la obra. En contraste, el trabajo de Julian Falconi adolecía de urgencia, algo que resulta inexplicable, considerando las circunstancias extraordinariamente complejas de su personaje. No es que se esperara una actuación “grande”, como para que el espectador de la fila “k” lo alcance a ver. De hecho, eso hubiera sido contraproducente. Lo que se esperaba era algo más de particularización en el trabajo con el texto. Esta carencia fue patente en su monólogo hacia la cámara. Si bien hubo destellos de conmoción, nuestra percepción fue que gran parte del texto -escrito desde la verdad de quien se dedica a las artes escénicas y se estrella contra la decepción y el desaliento- fue ejecutado por mero trámite, sin más acción que el de culminarlo. Quizás haya que revisar con detenimiento el subibaja emocional por el que su personaje transita para entender cómo y por qué llega a donde llega, y buscar estrategias que mantengan ese estado a flor de piel, durante toda la obra. El caso de Natalia Mejía es muy especial. Ella no es actriz de profesión. De hecho, esta es la primera vez que participa en una obra de teatro. Lanzarse al ruedo actoral sin más, y en circunstancias tan particulares, es un acto de absoluta osadía…y desde aquí lo celebramos. Dicho esto, si Mejía ha tenido el coraje de participar en una obra profesional, lo menos que podemos hacer es comentar su trabajo como lo hemos hecho con el de sus compañeros. Lo primero que hay que decir es que la actriz parecía divertirse en escena, y eso es muy agradable de ver. Encarnó con corrección la base de lo que su personaje es (o aparenta ser) y discurrió con relativa verdad, aunque con algunas notas de exageración que, por otro lado, también son atribuibles al disfuerzo del mismo personaje. Sin embargo, el proceso de su personaje (o arco) fue difuso: no queda claro qué es lo que va sucediendo en su interior y cómo se refleja esto en su comportamiento. Era como si evolucionara hacia algo por momentos, para luego regresar al punto de partida, una y otra vez. Por ejemplo, la secuencia de la llamada telefónica a su madre fue clave para entender el conflicto que el personaje vivía con su familia. Después de ello, la vida en el camerino siguió como si esa llamada nunca hubiera sucedido (lo cual es perfectamente plausible) hasta que, en un diálogo acalorado, el personaje de Mejía debería sangrar por la herida abierta que esa llamada dejó. Decimos debería, porque eso no fue lo que sucedió. En su lugar, hubo un atisbo de tibia amargura que se confundía con el trance de querer soltar el texto para deshacerse de él. Y, de allí, siguió siendo el personaje del inicio. En cuanto al trabajo físico, su desplazamiento en el espacio es un tanto errático, con una evidente preocupación por no querer dar la espalda a la cámara (o sea, al público). Nada que la experiencia en la cancha actoral no pueda pulir en el tiempo.

Última llamada es una parábola de nuestros días: nos habla de la resolución heroica ante la incertidumbre, sin dejarnos ver el destino que aguarda a sus personajes, que se aprestan a saltar a escena, ya sea para triunfar o para fracasar. En el fondo, no es importante saberlo. Porque, así como en estos días de pandemia, salir a escena (o la calle o la vida) en circunstancias tan extremas requiere de un salto de fe. Ese pequeño, pero tan necesario salto que encierra una historia digna de ser contada. Lo que de ella sigue no es el final. Es, apenas, el comienzo de algo mayor.

David Huamán
10 de junio de 2020

lunes, 8 de junio de 2020

Crítica: “DE TAL PALO” MINO


Seis personajes para una función especial  

Las propuestas virtuales continúan en ascenso debido a los momentos difíciles que estamos atravesando; son cada vez más producciones, directores y actores del medio teatral los que están apostando por mostrar su trabajo a través de distintos canales digitales. No obstante, considero que es aventurado decir que hablamos de ‘teatro’ propiamente dicho; en todo caso, será muy interesante ver cómo evoluciona esta nueva forma de mantener el contacto entre el público y los artistas escénicos.

En esta ocasión, el actor y autogestor teatral Cristhian Palomino reúne a seis de los personajes más entrañables de su carrera artística, en una función virtual a través de la plataforma ‘Zoom’, en beneficio de la salud de su padre. La presentación se compone básicamente de monólogos, todos interpretados por Palomino y presentados por Carolina Silva Santisteban (activista y youtuber), quien realiza una pequeña introducción acerca de las obras y los personajes, entre cada presentación, lo cual funciona para darle tiempo al actor de cambiar su vestuario y algunos elementos que diferencian una escena de otra.

Tito, inspirado en el Azul Resplandor de Eduardo Adrianzén es el primer personaje que vemos, un anciano que recuerda sus épocas de juventud y le envía un mensaje a través de video a su amada; aquí cabe resaltar la variación en el monólogo, relacionándolo con el tema virtual. El siguiente personaje es Pacheco, de la obra Promoción escrita por Aldo Miyashiro, un adolescente que sufre de acoso escolar y piensa en el suicidio; en esta intervención el actor logra conmover y representar la vulnerabilidad del colegial de manera natural. La tercera representación trae a Zenobio, de la obra Muertos que aún respiran, un joven que pierde a su familia por causa del conflicto interno, narrando con profundo dolor –que traspasa la pantalla- el horror que vivió el día que perdió a su madre y hermana. El cuarto monólogo corresponde a la obra “Y ahora… ¿Qué hacemos con Jacinto?, aquí el actor interpreta a un muchacho con habilidades diferentes que logra superarse y se convierte en un reconocido cocinero. Luego llega Emil, de la obra El último verano, quien le confiesa a su compañera de colegio que le han diagnosticado esquizofrenia y que oye siempre la voz de un famoso pianista. Para cerrar con broche de oro, una obra de Microteatro: Todo por los 15 mil presenta a Roxy, una llamativa Dragqueen, quien pone la nota festiva con su performance de baile, pero termina confesando parte de su historia con tristeza; en este punto, menciono la habilidad del actor para transformarse rápidamente en este personaje con pocos elementos como el vestuario, peluca y accesorios, resolviendo la ausencia del característico maquillaje ‘drag’ con un par de lentes oscuros. Además, resaltar el sobrado dominio del baile, la voz y movimientos por parte del actor.

Sin duda, esta propuesta resulta satisfactoria debido al cuidado en los diferentes vestuarios, el juego de luces  (desde una tenue luz blanca hasta las divertidas luces de discoteca), la música, las proyecciones en el fondo, que acompañaron al actor y complementaron su esforzado trabajo para sacar adelante a seis personajes, los cuales representan obras en su mayoría escritas por él. Visiblemente emocionado al final de esta función especial en favor de su padre, Cristhian Palomino contagió esa emoción a un nutrido público virtual que cambió los aplausos en vivo, por mensajes en el chat de la plataforma expresándole sus felicitaciones.

Maria Cristina Mory Cárdenas
8 de junio de 2020

domingo, 7 de junio de 2020

Crítica: CONEXIÓN

De lo convencional a lo no convencional

El aislamiento obligatorio, por motivos de la pandemia, no solo ha ocasionado cambios de estados emocionales en las personas, sino también experiencias nuevas, como la manera de buscar y utilizar distintas plataformas para hacer videollamadas con nuestros amigos, adaptarnos a la migración de las clases presenciales a las virtuales, la falta de sueño por las noches, llantos involuntarios a mitad de la madrugada, entre otros. Asimismo, nos ha hecho valorar más a las personas que nos rodean y extrañar a aquellos familiares que no tenemos cerca, deseando con todas las fuerzas poder darles ese abrazo afectuoso, de los cuales nos hemos vistos privados desde que inició esta cuarentena. Precisamente es la historia que nos cuentan Isabel y Gonzalo en la obra Conexión, quienes al igual que todos nosotros se enfrentan a una realidad que jamás habían experimentado.

Bajo la dirección de Sebastián Eddowes y Lorenzo Zumaeta, Isabel Martínez y Gonzalo Castro escribieron estas historias y son ellos mismos los actores que protagonizan esta nueva forma de hacer teatro, a través de plataformas virtuales, en este caso Zoom. Ambos personajes lograron sumergir a los televidentes, logrando identificarnos con alguna de sus vivencias narradas, a lo largo de estos 25 minutos que duró la transmisión, usando un lenguaje ligero, fresco y sencillo, sintiéndolos no solo compenetrados con lo que iban narrando, sino también conectados y sincronizados. Aunque por momentos, a Isabel no se le entendió algunas palabras.

La propuesta de estos dos jóvenes no solo fue buscar que sea un texto honesto y natural, seguramente proveniente de vivencia propias; también sumó a la obra los momentos de música. Fue muy interesante ver y escuchar a Gonzalo cantar mientras tocaba un charanguito, que al igual que el personaje, en la realidad, buscamos estrategias para lograr levantar el ánimo de alguna persona (en este caso, de su amiga Isabel), especialmente en las circunstancias actuales. Los cambios de ropa y la proyección de los días en la pantalla fueron de gran ayuda, dando entender que pasa el tiempo y aún seguimos protegiéndonos en nuestros hogares de este virus invisible.

Cabe resaltar la buena dirección de Eddowes para lograr transformar una historia convencional en algo no convencional. Sin embargo, si bien es cierto nadie estaba preparado para una pandemia y menos aún para empezar a hacer teatro desde casa, debemos tomar en cuenta pequeños detalles que puede aportar a mejorar esta nueva forma de mostrar contenidos teatrales. Al iniciar Conexión, vemos a Isabel en un espacio, pero detrás de ella se observa una pared con afiches de bandas de K-POP, aunque distraía la vista, supuse que era parte de la obra, pero mientras fue avanzando, empezó a hablar que escuchaba música del género “reggaetón”, entonces ¿qué hacían estos posters detrás de ella?

Pero, en definitiva, una comedia dramática fresca, que te engancha de principio a fin, dejando la sensación de querer seguir escuchando sus experiencias, especialmente en estos días en que no podemos ser indiferentes a la realidad, donde aún no terminamos de adaptarnos a esta nueva forma de vida temporal y estamos constantemente buscando respuestas de qué hacer y cómo sobrellevar mejor estos tiempos de encierro obligatorio. Aprovechen para verla, solo quedan dos funciones (jueves 11 y sábado 13 de junio a las 8.00 p. m.) y son gratuitas.

Milagros Guevara
7 de junio de 2020

miércoles, 3 de junio de 2020

Crítica: FANTASMA


Ensayo de una crítica a un teatro fantasma

El teatro como parte de muchas actividades culturales restringidas por la pandemia detuvo sus proyectos. Esta recesión conflictuó a todos los artistas, no solo a nivel económico, sino a nivel artístico. Sobre todo, a los escénicos que nunca habríamos imaginado, el año pasado, el preguntarnos por la existencia de un “teatro virtual” Ante todo ello y en medio de miles de preguntas que aún no terminan de responderse, empiezan a aparecer los primeros “prototipos” de propuestas teatrales vía web. Luego de unos meses de para creative, los artistas escénicos decidieron resolver algunas cosas. Como siempre, sin ayuda del Estado, que los últimos días está ocupado descubriendo algunos recientes enigmas del Ministerio de Cultura.  

Luego de este pequeño context, solo me queda decir que “ensayaré también cómo criticar una obra virtual”; pues sí, ninguno de nosotros está tan preparado para estas propuestas. Sin más, centrémonos en la obra:

Fantasma es una obra de Mariana de Althaus, proveniente de un texto suyo, escrito para micro teatro que fue adaptado y actualizado consiguiendo esta “performance virtual”. La sinopsis de la obra es muy sencilla: una actriz (reconocida en la televisión) y su directora de teatro ensayan el pronto estreno de su obra, todo por vía virtual dada la cuarentena establecida por la emergencia sanitaria. En el transcurso del desafortunado ensayo, nos vamos chocando con fragmentos de sus propias experiencias durante la cuarentena, dejándonos ver un poco más sobre la psicología de estos personajes. 

La obra tuvo su trasmisión a través de la plataforma virtual de Joinnus, teniendo lugar los días viernes 29 y sábado 30 de mayo del presente año, a las 9.00 p.m. y cuya duración fue de 20 min.  En las actuaciones estuvieron Denise Arregui y Jely Reátegui.

La propuesta busca darnos la sensación de observar un ensayo teatral virtual, con todas las dificultades que esto acarrea. La simplicidad de una cámara frontal colocada en sus respectivos espacios establecidos para trabajar por ambos personajes desde sus casas no permite mayor sorpresa ni recursos para contar. Pero sí consigue acercarnos a la carga emotiva de la psicología de estos dos personajes.  En gran parte de la performance, observamos el rostro de las actrices, con excepción de dos momentos en donde ellas se alejan de las computadoras. La obra nos invita a un juego con “meta-teatralidades” si podemos decirlo así. Como parte del ensayo teatral del personaje de la actriz, observamos intentos fallidos de una representación teatral, con convenciones de actuación “más exageradas” o a un registro de actuación teatral, a manera de adaptarse a los nuevos medios.
Sin embargo, lo que mejor funcionó fueron los momentos emotivos, donde los personajes se conectaron con la realidad de hoy en día, a la que nadie puede ser indiferente; es decir, el juego con la “hiperrealidad” es lo que causó mayor impacto.

Por otra parte, el nombre de la obra hace referencia al tema central de esta: “la vulnerabilidad humana ante la (s) ausencia (s)”. Vulnerabilidad a la que nos hemos visto sometidos estos casi ochenta días de cuarentena. El nombre de la performance, Fantasma, es el juego de la actriz que constantemente debe hablar con un fantasma (el otro receptor, público, etc.), pero al mismo tiempo puede hacer referencia a los muertos por el Covid que han empezado a dejar vacíos en la mayoría de las familias.

La ausencia corpórea que generan las tecnologías reclama orgánicamente que se hable sobre las ausencias y presencias. Temas que han estado circulando dentro de las nuevas estéticas que algunos grupos teatrales experimentales han ido abordando ya, en los últimos años anteriores a la pandemia. La virtualidad de los cuerpos, y la ausencia & presencia es centralmente el tema de debate actual entre los teatristas. La pregunta sobre si la aparición de estas propuestas online ¿son teatro o no?, es muy compleja. La complejidad de esta reside, como menciona Koss (2019), en que la virtualidad del cuerpo y desmaterialización de este chocan con una de las características más importantes con las que hemos definido el concepto de teatro: “la presencia”. Este cuerpo virtualizado (ausente) carece de aura y está liberado de su realidad. La pregunta que Koss se realiza es: ¿Podemos seguir llamando “teatro” a eso que acontece sin cuerpo? A pesar de que esta señala la carencia de convivio en ausencia de los cuerpos, y por lo tanto, la dificultad de considerarlo teatro.  Nos habla del intento tecnovivial, término que proviene de una escena neotecnológica que hace referencia al intento de generar un acontecimiento liminal entre la presencia- ausencia del cuerpo diluido (virtual) del artista.  Por el momento, no seguiré ahondando en la búsqueda de respuestas concretas, ya que el fenómeno reciente se encuentra aún en observación, y continuaré analizando algunos detalles sobre la performance virtual Fantasma, que es de nuestro estudio.

Aun cuando esta, una obra sencilla, sin mayor artilugio ni sorpresa, cumple con contarnos las dificultades, miedos y dolencias de los personajes durante la cuarentena. Logra conmover e identificar al espectador con la vulnerabilidad a la que todos estamos expuestos, en circunstancias de emergencia como las que vivimos.

A manera de reflexión, pienso que las exploraciones virtuales deben tener en cuenta que “el espectador” no está comprometido a sentarse a mirarlos como en el teatro, y por ello se debe ver las formas en las que se puede capturar la atención. Por ejemplo: “¿El qué se cuenta? Es decir, la historia.” Una historia simple puede funcionar mejor en teatro, donde se suele jugar mucho más con la estética, pero no tanto en el caso de una pantalla. Y mucho menos, con la elección sencilla de dos simples primeros planos.

Si bien la obra mantiene una estética “hiperrealista”, donde la ficción de los personajes se mezcla con nuestra realidad, lo cual funciona, creo que el medio audiovisual invita a tomar mayores riesgos y a aprender a jugar con otros lenguajes. Por lo que considero que las obras online que continuarán apareciendo tienen mucho por hacer en cuanto a exploración del lenguaje audiovisual. Plantearse el jugar con los planos como con las luces del escenario, o como medio para ampliar los espacios ficticios posibles, etc.  Me es imposible abordar todo lo que genera la aparición de estos intentos, que podrían o no convertirse en una forma liminal proveniente de la performance escénica, performance visual, cine, TV, pero sobre todo, las plataformas virtuales.

Como menciona mi compañera Stefany Olivos en su crítica Empanada parisina: “Todo el gremio artístico está probando herramientas para que el teatro no pare a pesar de la coyuntura.” Ella se pregunta: “¿Podemos decir que estas experiencias son teatro per se? Definitivamente, no.” Y estoy de acuerdo momentáneamente con ello; sin embargo, me mantengo atenta, observando la evolución de esta nueva corriente. Considerando que el teatro contemporáneo había ya ampliado tanto sus posibilidades desde las recientes liminalidades escénicas. Que como diría un maestro hoy en día: No se puede hablar de “Teatro”, sino de teatro(s), puesto que el término está referido a todos los híbridos y exploraciones que se encuentran en los márgenes en mayor o menor medida del concepto teatral.

Asegurar algo sobre esta tan nombrada pregunta es limitar y como crítica, lo que me gustaría es promover e invitar a que se siga explorando y arriesgando. Ya que la respuesta de si es o no teatro se irá construyendo en el proceso de realización durante el tiempo.
Conversar con las formas que exige nuestra nueva realidad es una de las principales tareas del artista, diría que hasta mayor que saber qué está haciendo. Es necesario ser sincero y en hablar desde la vida, esta vida virtual a la que nos ha arrinconado la pandemia.

La respuesta de la posibilidad de hablar o no de “un teatro virtual” dependería, según mi punto de vista, del cumplimiento de dos premisas: la primera, es la persistencia en la búsqueda de un lenguaje o en otras palabras, de sus propias reglas del juego; y la segunda, depende de su duración en el tiempo; es decir, que a pesar de que se regrese a las formas regulares, estas continúen siendo una opción. Solo así, esta podría establecerse como una posibilidad más de hacer presente un teatro liminal. ¿Por qué no? Yo, por mi parte, no cambiaría la experiencia de ir a un teatro; sin embargo, si hay un público que asista a estas propuestas, no veo por qué negar lo que está sucediendo.

El tema es extenso e invita a volver a revisar conceptos tan antiguos y perseguir las etimologías conocidas, contrastándolas con conceptos del teatro contemporáneo, que en esta pequeña crítica no da para la discusión. Podrían o no estar de acuerdo con mi pequeño ensayo de crítica, pero lo que sí propongo es que nos enfrentemos cara a cara a estas propuestas y saquemos nuestras propias conclusiones. Por el momento, estos intentos son aleteos a poder gritar “Hey, el teatro sigue vivo” y sé que está intentando renacer.
Para empezar, Fantasma tendrá dos nuevas funciones, a las cuales invito a asistir: los días viernes 5 y sábado 6 de junio a las 9 pm por Joinnus live. Sigamos asistiendo, por el momento, virtualmente a estas experiencias, para continuar debatiendo sobre el futuro teatral.

Kiara Castro
3 de junio de 2020

martes, 2 de junio de 2020

Crítica: LABERINTO DE MONSTRUOS


Nuevos rumbos para los artistas escénicos

Hace un tiempo, no podía imaginar que mi reencuentro como espectadora de teatro sería distinto a como lo hacía siempre, desde una butaca. La llegada de un virus invisible que aún no tiene cura nos mantiene alejados, evitando cualquier actividad que reúna a un grupo de personas, tal y como se requiere en el rito teatral, donde conviven los actores y el público.

Desde entonces, han surgido varias iniciativas que involucran herramientas digitales y audiovisuales para dar vida a los textos teatrales, a través de un código distinto, que llegue al espectador confinado en su casa, haciendo uso de sus ordenadores o teléfonos móviles. En esta oportunidad, Elefanta de Papel & Punto y Coma – Teatro coproducen la obra Laberinto de Monstruos, escrita por el dramaturgo peruano César de María y bajo la dirección de Emmanuel Caffo, dando inicio al I CICLO DE LECTURAS DRAMATIZADAS.

Mediante una transmisión *vía ‘Zoom’, seis actores interpretan esta obra situada en julio de 1975, periodo que sirve como contexto para contar la historia de cinco adolescentes: Leo (Diego Pérez), Danny (Miguel Dávalos), Fernando (Roni Ramírez), Jenny (Muriel García) y Memo (Sergio Armasgo), quienes en medio de los cambios e inquietudes propios de su edad, conocen al dueño de una feria itinerante, el Viejo (Carlos Victoria), quien les propone trabajar en el laberinto de monstruos, una de las atracciones de la feria. Tentados por la posibilidad de ganar dinero, aceptan la oferta; sin embargo, cuando aparece un vagabundo  a quien llaman el Loco James (interpretado también por Victoria), con un misterioso y llamativo maletín, que según creen los muchachos contiene en su interior una gran cantidad dinero, trazarán un calculado plan para arrebatárselo, sin presagiar que todo saldría mal y que las consecuencias de sus actos los marcarán para el resto de sus vidas.

Dadas las circunstancias que atravesamos, es posible afirmar que estamos ante un lenguaje nuevo, con características y funcionalidades muy particulares; siendo el objetivo principal, rescatar las piezas teatrales que hoy no pueden ver la luz en su propio recinto: el Teatro. Aunque nos cueste aceptar que la vida hoy por hoy no es como la conocíamos, es cierto también que a los cambios hay que adaptarse y en este caso, el trabajo en equipo y la sinergia entre los actores ha sido vital para que esta experiencia sea agradable.

El manejo adecuado de los planos de la cámara y las interpretaciones reflejaban naturalmente las personalidades de cada personaje, aunado al apoyo del Acotador, para situarnos en los diferentes momentos de la obra. Además, la dramaturgia compuesta en gran parte de monólogos, es pertinente y aporta en este tipo de transmisiones en tiempo real, las cuales pueden ser falibles, pero hay que comprender que se pueden presentar contratiempos, como la falla en la señal de internet o en los propios dispositivos.  

El día del estreno virtual, hubo un pequeño conversatorio, el cual vi y escuché atentamente, sin poder interactuar con los participantes, precisamente, por una falla en mi equipo. Por ello recomiendo al público que se conecte, tomar sus previsiones.

Solo puedo felicitar a todos los involucrados en este proyecto, destacando la entrega y profesionalismo de los actores, quienes tuvieron a su cargo además de la interpretación, otros roles: manejando las cámaras, la música y en algunos casos el vestuario, lo cual supone un reto adicional que han sabido superar con entusiasmo, disposición y complicidad.  

*Software de videollamadas y reuniones virtuales desde cualquier dispositivo digital.

Funciones restantes:
-Sábado 06 de junio – 10:00 p.m.
-Domingo 07 de junio – 10:00 p.m.

Maria Cristina Mory Cárdenas
2 de junio de 2020 

lunes, 1 de junio de 2020

Crítica: DOS PARA EL CAMINO


Lectura de a dos

“BUTACA Arte & Comunicación” es una agrupación teatral que, en cinco años, ha sacado adelante alrededor de quince proyectos escénicos de distinto tipo y calibre. Empleamos la expresión “sacar adelante” exprofeso para referirnos al inmenso esfuerzo que esta agrupación ha invertido para producir los espectáculos que logra llevar a las tablas. Con audacia y tenacidad parecen haberle entrado a todo: desde obras en formato corto, pasando por teatro para la infancia (incluso musical) concebido por ellos mismos desde la dramaturgia, hasta obras de formato largo, de autores nacionales e internacionales, y de considerable complejidad. Por supuesto, podemos argumentar y discrepar sobre los niveles de calidad alcanzados en los diversos aspectos que componen su producción escénica. Sin embargo, es nuestro parecer que los amigos de “Butaca” se están ganado a pulso un pequeño sitial en la historia del teatro local, por ese indiscutible coraje para fomentar cultura en un medio tan hostil como este.

Siendo tan prolífica como es su producción, no es de extrañar que “Butaca” tuviese algo que aportar en estos tiempos de salas vaciadas por el estado de emergencia sanitaria actual. Al igual que muchos otros colegas artistas, han echado mano de la conectividad que nos procura la banda ancha de la Internet, y se están atreviendo a producir un ciclo de lecturas dramatizadas (es decir, interpretadas) de textos escritos por dramaturgos nacionales. Las lecturas se realizan en vivo y  llegan al público a través de una videoconferencia. En su primera temporada, el texto elegido fue Dos para el camino del dramaturgo nacional César de María. La lectura interpretada de los personajes estuvo a cargo de Manuel Gold y Rocío Olivera, y fueron dirigidos por Martín Velásquez “Marvelat”, quien también tuvo el rol de “acotador” (lector de indicaciones en el texto).

Proponer un ciclo de lecturas dramatizadas como un espectáculo virtual pagado es, por decir lo menos, un proyecto osado. A fin de cuentas, la lectura es apenas uno de los primeros ejercicios que suelen realizarse en el proceso artístico teatral que culminará en una puesta en escena. ¿Por qué, entonces, pagaría el público para asistir a la lectura dramatizada de una obra de teatro? “¿Tú pagarías? Yo no. ¡Ni hablar!”, me decía días atrás un colega actor. Los amigos de “Butaca”, sin embargo, no piensan igual. De hecho, después de haberle dado muchas vueltas a este punto, parecen haber ideado una estrategia de mercadeo sostenida sobre dos pilares principalmente. El primero consiste en elegir una obra tan buena y cautivante en su historia, como sencilla en su ejecución. En este aspecto, la elección de Dos para el camino como obra inaugural de este ciclo es un acierto total. Es una obra entrañable y poderosa, cargada de historias que lo tienen todo, y se preserva tan vigente ahora como en su estreno, en el 2002. En cuanto al cuerpo actoral, solo precisa de una actriz y un actor, que interpretan dos monólogos cada uno, y un diálogo al final. Por su estructura, no requiere de grandes artificios para ser montada.  Quizás por ello su texto casi no tiene acotaciones, lo cual facilita su lectura. El segundo pilar consiste en convocar por lo menos a un actor suficientemente “conocido" como para “jalarle el ojo” al público que asocia la calidad de un espectáculo con la trayectoria mediática de sus ejecutantes. En este caso, Manuel Gold cumple a cabalidad con los requisitos antes descritos. La pauta de difusión en redes sociales ha sido elaborada con muy buen gusto, apelando a la sencillez y efectividad del “menos es más”: información puntual y fotografías en blanco y negro (posteriormente intercaladas con extractos de las presentaciones en línea), acompañadas de una suave pieza musical de fondo. Hay que anotar, sin embargo, que las instrucciones para la compra de las entradas no eran del todo claras, sobre todo al inicio de la campaña de difusión. Este detalle se ha ido corrigiendo posteriormente.

Teniendo en cuenta que el aspecto técnico es esencial para el normal desarrollo del espectáculo, se agradece que “Butaca” haya cuidado este aspecto en general. Desde el mensaje en pantalla previo al espectáculo, en el que se solicita al público apagar micrófonos y vídeo -así como un pequeño instructivo para ver solo a los actores durante la obra- hasta el uso de conexiones cableadas (en lugar del a veces inestable Wi-Fi) para los lectores, es evidente que la agrupación se ha esmerado en procurar una experiencia óptima. Pese a ello, es necesario mencionar que aún hace falta ajustar algunos detalles de tipo técnico. Por ejemplo, el uso de un headset (o auriculares con micrófono incorporado) resulta más conveniente que el de earphones de teléfono celular, pues le permiten al lector moverse con comodidad en su asiento, sin preocuparse por la proximidad del micrófono o el golpeteo del mismo. Esto sin contar la calidad superior de sonido que puede procurar el micrófono de uno sobre el otro. Otro ejemplo es el medio desde el cual se lee. Leer el texto en una pantalla es mucho más conveniente que hacerlo desde una hoja de papel: no hace ruido ni distrae o interrumpe la lectura cuando se pasan las hojas. Existe una tercera observación, aunque esta no depende de la producción o los actores. Nos referimos a la calidad de conexión a Internet de los participantes. La transmisión que nos tocó ver se ralentizaba e incluso congelaba durante las intervenciones de Rocío Olivera. Lamentablemente este es el sambenito que, tarde o temprano, padecerán todos los espectáculos en vivo que se transmitan por Internet en estos días.

En cuanto al trabajo actoral, y como ya se dijo antes, una lectura dramatizada no es comparable con una puesta en escena. Es, en todo caso, la primera etapa de lo que luego será una puesta. Por ello, no se puede evaluar con el mismo rigor. Más aún cuando, como se nos comentó durante el ameno conversatorio que hubo después a la lectura, los actores solo han ensayado entre tres y cuatro veces. Sin embargo, podemos compartir algunas notas. Partamos, pues, de la premisa de que el texto de César de María suele ofrecer una mayor dificultad para la actriz que para el actor. En nuestra opinión, esto sucede debido a que los personajes masculinos son más “asequibles” y sus historias fluyen y pueden ser procesadas por el público con mayor facilidad que las de los personajes femeninos, más crípticos y hasta lejanos. Cualquier actor medianamente eficiente y con algo de experiencia en su oficio recibe un inmenso regalo en este texto. En contraste, el reto para la actriz es mucho mayor, ya que tiene que “ganarse” al público con una interpretación creíble de personajes esencialmente difíciles de entender y, al mismo tiempo, tiene que alcanzar una intensidad tal que lleve al espectador de la mano hacia la conmoción. En el caso de esta lectura dramatizada, y como estaba previsto, el trabajo de Manuel Gold fue lo que se esperaba, y tuvo éxito en atraparnos con su interpretación. No cabe duda de que su propuesta está muy bien encaminada y, de llevarse a un montaje, podría ofrecer una interpretación memorable. El caso de Rocío Olivera es un tanto distinto. Si bien, y en general, su interpretación fue correcta, no sentimos que se aproxime a lo que sus personajes podrían llegar a ser con mucho más trabajo y una dirección que afine sus intenciones. De hecho, nos llamó la atención que Martín Velásquez no haya encaminado con más precisión algunos pasajes en los monólogos. Sobre todo, en el primero. Dicho esto, es justo darle el beneficio de la duda al trabajo de Olivera quien, probablemente, podría llevar mucho más lejos a sus personajes y sus historias. Como ya se ha dicho, su tarea no es nada fácil.  

En conjunto, esta ha sido una experiencia bastante simpática y, a nuestro parecer, este ciclo de lecturas apunta bien a alcanzar el objetivo que el mismo director explica a los asistentes en su saludo de bienvenida: ofrecer un espectáculo que, sin llegar a reemplazar la experiencia escénica teatral, nos ponga en contacto con personajes e historias entrañables que nos acompañen durante la incertidumbre de esta espera. Sea, pues, muy bienvenida esta singular temporada de lecturas de “BUTACA Arte & Comunicación”. Prometen ser una grata compañía en este largo camino que recorremos.

David Huamán
1º de junio de 2020

domingo, 31 de mayo de 2020

Colaboración regional: LA RESISTENCIA DEL ESCENARIO


¡Abre, por favor, Jaime, el telón!

Las tablas del escenario resuenan con la proximidad del espectador, el hombre asiduo de ver el espectáculo se asoma a paso apresurado por los pasillos tenues, que conducen al fondo de ese lugar, una luz baja anuncia que ya todo está listo, es la noche, es el día o es el amanecer, es todo, es el momento que acompaña,  es el instante que será efímero, que solo acompañará a nuestra vida, es ese momento, la emoción, la enseñanza, la sensación, está con nosotros, ya estamos listos, vamos anuncia que ya saldremos, ¡sí, ya saldremos!, ¡llegó el momento compañeros!, ¡vamos, abre el telón!, ¡qué esperas, abre el telón!,…. ¡qué sucede!, ¡abre el telón!… ¡Jaime, revisa, qué pasa, qué sucede!, si algo pasó soluciónalo ¡ahora!, ¡la función ya debe comenzar y no debemos retrasarnos!... ¡Abre, por favor, Jaime, el telón!.. ¡Que tenemos que presentarnos!, ¡estamos listos!, ¡la obra ya está terminada!, ¡el público espera y el telón no debe de estar cerrado!... ¡Ábrelo!... ¡Dónde están!, ¡dónde se fueron todos!, ¡qué pasó!, ¡no me boten del escenario, porque tengo una función!, ¡no me saquen del escenario, porque tengo una función!, por favor, no quiero cubrirme la boca, con ese tapaboca o como tú quieres llamarlo! ¡No me deja trabajar la voz, necesito crear, con mis compañeros!

Ese silencio de las calles no me deja, el miedo de sus veredas y de sus puertas no me deja salir, no me conformo a esa nada, el tiempo es solo un vacío, que tiene su tiempo violento de voces que estremecen al público y a los compañeros, no hay más… solo el tiempo, porque no se detiene y que su paso se hace cada vez más lento y lento y consume el esperar…

Adaptarse ¡ja! Sí, claro, cómo no, adaptarse tras una pantalla, adaptarse a no estar presente al público, de verlos, de estremecerse cuando te observan, de sonreír cundo te sonríen, de girar en torbellinos cuando te abrazan después de terminar una función, adaptarse a lo que alguna vez fue el sentido pálpito del golpear de palmas de ese fulgurante espacio, adaptarse, adaptarse, el espíritu del teatro, él no puede, lo siento, pero esa alma saltarina y poética del teatro no puede, y yo tampoco, veo las olas de ese viento que arrastra a mis compañeros hacia la desesperanza, no es su culpa, no es de nadie, son cosas del tiempo, es esa tormenta que nos esperaba, es ese telón que no logró abrirse y que demora y demora en levantarse, no me pidas que mantenga cerrado el telón, porque seguiré insistiendo que se abra, una y otra vez, sé que no me cansaré… llámalo fe, llámalo insensatez, llámalo como quieras, pero insistiré hasta que ese telón vuelva a abrirse, porque ya estamos listos, compañeros, el maquillaje aún resiste, las luces están aún bien calibradas, el corazón está latiendo con fuerza como siempre, las emociones están con nosotros, vamos, resiste, compañero, resiste que el telón ya se tendrá que abrir… 

Tercera llamada…

Edgar Palomino Medina
Ayacucho, 31 de mayo de 2020

miércoles, 27 de mayo de 2020

Crítica: CAMERINO VIRTUAL (Parte II)


Reflexiones y sensorialidades desde la virtualidad, parte II

“Camerino Virtual”, además de proponer experiencias escénicas virtuales, ha tenido la iniciativa de ofrecer una variada gama de obras dentro de la misma temporada. En total, son seis representaciones, las cuales se transmiten en dos grupos y días distintos. El segundo listado de obras cuenta con Shakira es más inteligente que nosotres, Cómo ser lesbiana y no morir en el intento y la lectura dramatizada de Bernardo y Valentín.

Shakira es más inteligente que nosotres

Esta propuesta es un monólogo escrito y dirigido por Sebastián Eddowes e interpretado por Gonzalo Whitehead. Se nos presenta un youtuber, haciendo una de sus transmisiones de siempre, esta vez para compartirnos cómo es que Shakira y su música ha estado presente en momentos importantes para el personaje. Desde la dramaturgia se ha hecho el trabajo de buscar conexiones directas entre las letras de ciertas canciones icónicas de la artista, apelando a las etapas por las que Shakira ha pasado en cuanto a su evolución musical. La construcción del personaje estuvo llena de detalles: la corporalidad, la forma de hablar y el manejo de los distintos objetos en la obra denotó un trabajo minucioso por parte de Whitehead. El enfoque de la cámara de transmisión nos permitía ver el interior de una habitación, dividida en dos planos distintos: un primer plano, donde se veía al actor hablando a la cámara, y un segundo, que abarcaba el manejo del resto de la habitación: la cama y una silla extra. Esta división de espacios fue una decisión acertada desde la dirección, pues permitía darle matices a lo que se iba contando: existían momentos extrapolados de la realidad, en los cuales se podía ver al personaje fantaseando con los sucesos que iba contando, reviviendo físicamente experiencias importantes, permitiendo que el espectador sea testigo de ello. Un detalle que es importante tomar  en cuenta es la comodidad del actor con relación a los objetos y vestuarios que utiliza. En el caso de esta obra, era evidente que en el cambio de vestuario final, el vestido era tan incómodo para Whitehead que lo tenía que acomodar casi todo el tiempo; este tipo de altercados se deben evitar, pues distrae al espectador. Finalmente, se da una reflexión a la que se llega después de este paralelo entre la música de Shakira y la actitud del personaje, lo que constituye un buen cierre de todo este mundo creado ante el espectador.

Cómo ser lesbiana y no morir en el intento

El segundo monólogo de esta lista es  interpretado  por Lía Camilo, dirigido por Norma Berrade y con la dramaturgia de Gina Guerrero. Una videollamada con una íntima amiga se convierte en una serie de confesiones personales, donde el espectador es cómplice. La actriz, al no hablar a la cámara, permite al público la sensación de estar “espiando” la conversación, un detalle que capta la atención desde el inicio. El manejo de la información y el ritmo con el que se iba compartiendo fue certero por parte de la actriz, pues se le notaba concentrada y que había interiorizado el texto minuciosamente. La manipulación de una manta para escenificar ciertos momentos narrados por Camilo fue certera, pues permitía al espectador ver más detalles de lo contado. Es así como esta manta podía convertirse en un vestido, una escalera, entre otras imágenes. Esta obra, al igual que el primer monólogo, es un compartir muy franco desde la experiencia de ser homosexual y no ser aceptados como tal: una invitación a la empatía del público. No necesitamos ser de la comunidad LGTBQ+ para lograr cuestionarnos y reflexionar sobre los distintos juicios que se nos impone.

Lectura dramatizada de Bernardo y Valentín

Lectura interpretada por Carlos Victoria y Víctor Prada, escrita por Diana Gómez y Víctor Augusto Mendívil. Esta comedia es definitivamente un buen cierre dentro de esta lista de obras. Este texto propone un juego para confundir al público: hablar de un muerto y entrar en debate sobre quién debe limpiar y quién no. La situación entra en un enredo tal –a propósito, desde luego- que el espectador no sabe con certeza lo que está por pasar. La construcción de los personajes en esta lectura dramatizada fue certera: ambos en ropa de cama, dos hombres que son pareja hace muchos años y  comparten las tareas de su hogar. Es interesante cómo es que tanto Victoria como Prada lograron la apropiación del texto y la  situación, pues mantuvieron el ritmo y las energías necesarias para una obra cómica como esta. Las distintas discusiones que nacían a raíz de este “muerto” van enredándose a tal punto que el espectador oscila entre muchas opciones-desenlace. Este efecto es interesante, porque invita al público a una experiencia más activa: es inevitable preguntarnos sobre qué es lo que han matado. ¿Una persona? ¿Son asesinos? ¿Qué clase de personas son ellos dos? Después de tantas montañas rusas de especulaciones, se logra aclarar lo que realmente pasaba, provocando una sensación de alivio por saber lo que realmente mataron. Definitivamente este tipo de obras están hechas para hacer saltar al espectador de sus butacas/sillones, y en esta ocasión se logró ese efecto.

Es interesante la selección que "Camerino Virtual" eligió en esta temporada. La estrategia de escoger obras de media hora de duración –o menos- permite captar la atención del espectador de mejor manera: la  concentración frente a una pantalla definitivamente agota más que frente a un escenario. Gracias a plataformas –en este caso, Zoom-, podemos seguir en la búsqueda de nuevas manifestaciones artísticas, a pesar del contexto que estamos viviendo. Las distintas temáticas abordadas en esta temporada tienen un objetivo en común: invitar a la reflexión y la empatía de quienes  acuden virtualmente a verla.

Stefany Olivos
27 de mayo de 2020

Crítica: CAMERINO VIRTUAL (Parte I)


Reflexiones y sensorialidades desde la virtualidad (Volumen I)

Dentro de las propuestas escénicas que se vienen dando durante el aislamiento, un grupo de artistas ha creado “Camerino Virtual”, con la intensión de no dejar de contar historias a pesar de la crisis existente. Distintos dramaturgos, actores, actrices y directores se han sumado al gran riesgo de proponer nuevas experiencias  a través de plataformas virtuales. El espectador tiene la oportunidad de ver tres funciones distintas por día: dos obras y una lectura dramatizada. Las primeras obras en liderar esta temporada fueron Demonios en la piel, 3, 2, 1… Estás ahí y la lectura dramatizada de Cenizas quedan.

Demonios en la piel

Este monólogo, interpretado por Silvia Majo, dirigido por Gabriel Gil y escrito por Eduardo Adrianzén, nos trae un acercamiento sensible al personaje: ¿por qué es actriz? Esta pregunta dispara el desarrollo de la obra. Hay un juego interesante de muchos aspectos que responden a dicha pregunta. Uno de los más interesantes fue el paradójico hecho de encarnar la fantasía (personaje) de alguien más (dramaturgo). Se juega mucho con cómo es que vive y encarga esa conversión actriz – personaje. El monólogo está lleno de estímulos hacia el espectador: desde la dirección, se jugó con recursos como la repetición de frases, matices vocales de distinta intensidad, desplazamientos en el espacio y manipulación de elementos. Estos recursos fueron certeros, pues aportaron a la carga sensorial que la obra poseía. El uso de estas herramientas revistieron el monólogo, de manera que había dos canales de percepción: en primer lugar, la historia contada desde el texto y, en segundo lugar, la historia contada desde el lenguaje visual corporal de la actriz. Majo consiguió apropiarse de aquellos recursos con concentración y precisión, de modo que captaba la atención del espectador en todo momento. El vestuario que utilizó principalmente fue una chaqueta, la cual cumplía la función de una máscara: representaba simbólicamente la transición hacia la encarnación de un personaje; este recurso fue claro desde el principio. Se utilizó una sola cámara que acompañaba a la actriz en todo momento, por lo que se movía casi todo el tiempo. Esto, si bien permitió conectar más de cerca con la performance de la actriz, también provocaba distracción debido a la inestabilidad de las imágenes que captaba el dispositivo. Esto se vio acompañado de una falla técnica, en el que se vio la información de la pantalla del celular por error. Quizá en estos casos sea bueno utilizar un sostén de cámara un poco más estable ya  los celulares son tan sensibles al tacto que pueden jugar una mala pasada. Es importante hacer hincapié en el manejo de las cámaras en este tipo de experiencias, pues son las cámaras las que van a cumplir la función de los ojos del espectador.

3,2,1… Estás ahí

Desde el título de la obra, escrito por Paris Pesantes, se puede intuir una sensación de juego. Cheli Gonzáles y Manu Rodríguez encarnan esta historia –dirigida por Ximena Aguilar-. Todo inicia como un encuentro a través de videollamada, una rutina que parece haber sucedido con frecuencia entre ambos. Sin embargo, hubo recursos que desde el inicio denotaron con especificidad el verdadero contexto de la obra: mientras que a Gonzáles se le ve en su cuarto, en un escenario “real”, a Rodríguez, no. Este último estaba acompañado de una luz muy potente, a lado del enfoque de su rostro solamente. Este recurso fue atinado para denotar que efectivamente pertenecían a dos planos distintos de la realidad: un hermano fallecido, y una hermana que no logra superar su muerte.  En este caso, el uso de la  luz fuerte dentro del encuadre del hermano, fue un recurso simple y correcto. La posición de las cámaras permitía al espectador sentirse cómplice de este encuentro, pues se tenía muy de cerca los rostros de ambos actores. El vínculo que se formó entre los hermanos durante la experiencia fue conseguido gracias a una concentración y conexión que ambos actores lograron: el manejo del texto fue eficiente en ambos. Si bien este fue un encuentro que pasa a la vida o a la muerte como la conocemos, ambos personajes dejan hacia el final una lección muy importante, dentro del contexto que estamos pasando: cada uno, desde su posición, debe continuar la lucha que nos toque vivir; no va a importar la distancia física, pues lo que nos une a nuestros seres queridos va más allá de todo problema o contexto.

Lectura dramatizada de Cenizas quedan

Trilce Cavero y Julio Navarro fueron los actores a cargo de esta obra, dirigida por Silvia La Torre, con la dramaturgia de Diana Gómez. Esta propuesta consistía tanto de narraciones de cada persona como “escenas” del presente de la obra. La caracterización en una lectura dramatizada suele ser un plus, sobre todo si contamos con el hecho de que la cámara puede enfocar partes específicas de quien realiza la lectura. Cavero destacó dentro de la representación debido a que logró una construcción de personaje total: la corporalidad, actitud, caracterización y manejo de objetos que desarrolló fueron impecables. Los elementos que utilizó la actriz eran los necesarios para estimular la imaginación del espectador en cuanto al desarrollo de la historia. En cuanto a Navarro, si bien hubo una construcción de por medio, hubo momentos en los que se notaba cierta desconcentración de su parte. Esto provocaba que en pequeños momentos el texto suene desligado de la interpretación del actor. Este tipo de desconexiones pueden distraer o confundir al espectador. Ambos actores manejaron correctamente los saltos entre momentos de narración y de interpretación de los hechos que iban ocurriendo. Aquel logro le daba dinamismo al desarrollo de la lectura. Es interesante cómo se juega con la imagen de fuego, relacionado tanto a la idea de pasiones como a los desastres que pueden provocar. La pareja supo darle matices a esta imagen, explotándola y estimulando la imaginación del espectador.

Stefany Olivos
27 de mayo de 2020
Foto: Juan Carlos Oganes