viernes, 24 de enero de 2025

Crítica: LAS VECES QUE NO (TE) DIJE TE QUIERO


¿Quiero a mi padre?

¿Cuándo fue la última vez que viste llorar a tu padre? ¿Cuándo fue la última vez que se mostraron afecto? Estas son preguntas que, creciendo como un hombre, nos pueden destapar muchas preguntas incómodas sobre nuestros padres y abuelos. ¿Qué tantos dolores suyos habremos heredado? Todas esas preguntas y conversaciones están presentes en Las veces que no (te) dije te quiero, pero como ausencias y enredos emocionales que la dirección sabe estrujar en sus espectadores, conscientes en cada momento de los temas fuertes que se tocan en escena, pero más aún conscientes de aquellos que se callan. 

La dirección, la dramaturgia y las actuaciones funcionan como relojería durante la propuesta. En esta última en particular, los tres actores, las tres generaciones, se complementan entre sí y con la dirección, prestos a que la historia no lineal de la propuesta se cuente a través de sus cuerpos. Carlos Victoria pasa de un padre colérico a un abuelo con aparente Alzheimer; David Carrillo, de un padre cansado a un joven ansioso; y Sergio Armasgo, de un joven rebelde a un niño temeroso. Todos a la velocidad de un aplauso, sin sentirse apresurados o superficiales en cada uno de estos momentos. Sus energías están siempre en fluctuación, coherentes con lo planteado en sus vidas y de gran complejidad a través de la ambigüedad en sus emociones.

Destaco esta complejidad por lo simplón que pudo haber sido solo sentar a los tres actores a discutir y acusarse entre ellos de sus traumas por sesenta minutos. Obras de traumas generacionales van y vienen. Pero al tener el corazón de esta propuesta sobre las discusiones tenidas y no tenidas con nuestros padres e hijos impulsa a la obra a ser correctamente creativa, en su manera de relatarnos la historia de esta familia. Los momentos se repiten con pequeños o grandes cambios, el orden de los eventos queda claro y a la vez difuso, viajamos en el tiempo y a realidades paralelas donde sí pudimos decirles a nuestros padres el cariño (o el odio) que sentimos por ellos. El diseño de iluminación y de sonido se vuelve guía de estos cambios y también evocadora de imágenes fuertes y nostálgicas.

Renato Piaggio y Mario Zanatta abordan la masculinidad desde una honestidad sensible y humana. En los tres personajes toman al hombre como un ser capaz de experimentar miedo, fracaso, ternura, cólera. Pesan sus arrepentimientos e interrogantes, pero se impiden de mostrarse abiertamente. Dudo hayan tomado como coincidencia vivir en una sociedad con un 70% de suicidios masculinos, fracaso de la salud mental apabullada por ideas patriarcales. Un trabajo menos sincero habría hecho a Carrillo un hombre duro; o a Armasgo, un joven soñador. Pero nuestras realidades ocultan más miedos y preguntas sin respuesta que eso. Es en esas preguntas sin respuesta que la obra quizás encuentra su doloroso final, sabiendo qué frase está esperando el público, y cerrando dicha puerta con cruda honestidad, quizás impulsándonos a dar el final nosotros, y que saliendo del teatro, podamos tener más hombres que no se sientan obligados a llorar solos.

José Miguel Herrera

24 de enero de 2025

Crítica: LA VIDA EN DOS HORAS


Par de logradas puestas en escena peruanas


La vida en dos horas nos presenta dos obras de temática diferente, escritas por dos  reconocidos dramaturgos peruanos, montadas por los alumnos del último año de la Escuela de Teatro de Lima y dirigidas por Jen Aguirrew Wotykoski y Carla Valdivia. Las dos estuvieron bien logradas, destacando cada una en aspectos diferentes. 


La primera, En esta obra nadie llora, escrita por Mariana de Althaus, nos muestra un grupo de  actrices minutos antes de estrenar una obra. La crisis por el estreno, los pensamientos intrusivos de cada personaje y los dramas propios de montar una obra parecieron haber rimado con el retraso propio del estreno de la obra real. Pero, más allá de la anécdota (seamos honestos, estos imprevistos le pueden pasar hasta al más veterano), la obra se mantiene fresca con distintas acciones pasando al mismo tiempo. Las interpretaciones comulgan con la idea principal de la obra, haciéndonos sentir la ansiedad y, a veces el sinsentido, de preocuparse hasta por el más mínimo detalle para alcanzar la perfección, aunque el teatro sea de licencias para no depender de esto. Sin embargo, ¿el tener a las actrices esperando en el escenario no resulta perjudicial para ellas y agotador para los mismos espectadores? 


En Laberinto de monstruos, escrita por César De María, se siente apropiadamente una  juventud lúdica que está obligada a madurar de acuerdo a sus errores. La obra se apropia del texto, moviendo a sus actores para que se sienta esa juventud cambiante, constantemente en movimiento. El texto está correctamente interpretado por sus actores, acercándonos a ellos y haciéndonos partícipes de ese ánimo lúdico e irresponsable de la juventud. Hace que resalte, sobre todo, esa complicidad del grupo de amigos tan desesperados por alcanzar sus metas irreales, que servirá como punto de inflexión para cambiar sus vidas. 


Gabriel Calderón

24 de enero de 2024 

Crítica: JUGUEMOS UNA VEZ MÁS


Juguemos a algo diferente  

Juguemos una vez más es una obra que llega gracias a Navega Producciones, y escrita y dirigida por Piero Moroni, que maneja correctamente tanto los conceptos de lo lúdico de la pubertad con la culpa que siente uno rememorando estos momentos. Nos presenta la historia de Victorio (Francesco Bacilio), un hombre que se rehúsa a madurar, quien llega a un universo onírico. Aquí se encuentra con su mejor amigo de la juventud, Valerio (Inti Carbajal), quien compartió las mismas experiencias en la infancia, pero que viene de un mundo privilegiado en el que él no tuvo la oportunidad de vivir. El juez de este mundo de sueños y pesadillas (interpretado por Walter  Escobar) lo cuestionará por actitudes y eventos que hizo a lo largo de su vida. Acciones que tendrá que reflexionar para saber cómo salir de ese lugar. 

Juguemos una vez más cuenta con una puesta en escena bien construida, con buenos  momentos, en el que nos mantiene constantemente con la pregunta de qué es lo que está ocurriendo exactamente. Nos lleva a un viaje donde los errores de Victorio están presentados en un salón de clases. Decisión acertada para balancear estos momentos dramáticos con los más lúdicos (haciéndonos partícipes de ese mismo juego) que nos dicen que en la infancia no conocemos la historia de todos y que la procesión se lleva por dentro. Las actuaciones de todos, y especialmente la de Bacilio como Victorio, son de gran nivel, aportando en esta atmósfera agridulce, en el que la juventud se topa con la crudeza que implica crecer en el mundo  real. 

Pero el problema creo que radica un poco más allá: la obra se torna un tanto esquemática al apelar a lugares comunes de otras que tratan esta temática. ¿Cuántas veces hemos visto el viaje de la introspección y figuras creadas en sueño, a manera de conciencia para salvar la culpa? Juguemos una vez más está bien contada y es un gran espectáculo poder verla, pero no logra escapar del cliché de este tipo de historias. Victorio nos resulta predecible, por ciertos momentos, esperando una redención de sus culpas, buscando una segunda oportunidad y aceptándose en un avisado monólogo final. 

Gabriel Calderón

24 de enero de 2025

miércoles, 22 de enero de 2025

Crítica: TE ATRACÓ MI VIEJA


Cuando la convivencia se torna caótica y nada es lo que parece ser

En esta ocasión, la productora Butaca Roja apostó por una comedia que atrae a todo tipo de público y promete más de una carcajada. El autor y director César Carrión, fiel a la premisa de retratar las costumbres de la sociedad limeña, pone en escena a un elenco de trece actores, cada uno con determinadas características y formas de actuar que bien podríamos relacionarlas con cualquier persona que conozcamos, y los pone en una situación que poco a poco los irá desenmascarando, pero sin generar un ambiente tenso u hostil, sino todo lo contrario.

Toda la historia se desarrolla en la recepción de un edificio, con una escenografía que juega bien con el espacio y no necesita de numerosos elementos para funcionar. En este ambiente, cada residente del edificio, incluidos el portero, el administrador y, posteriormente, los policías, se muestran ante el público y el resto de personajes de una manera que no necesariamente es la real, hasta que finalmente son desenmascarados uno a uno para poder resolver un crimen.

Si bien dentro de lo que implica ser una comedia está el hecho de hacer chistes o elaborar momentos y situaciones que generen la risa entre el público, es cierto que la obra cuenta con un humor un tanto machista en el caso de ciertos personajes, como Pedro y César, pero es precisamente para comprenderlos como las acciones y actitudes aún recurrentes en la sociedad actual y que deben ser criticadas, deben ser puestas en escena para poder analizarlas. Es así como una comedia también puede ayudar a reflejar y poner en cuestionamiento ciertas costumbres, sin necesidad de recurrir a complejidades o dramas.

Finalmente, otro aspecto interesante de la puesta en escena es la complicidad que se busca con el espectador. El personaje de Honorio, un presentador, rompe la cuarta pared, así como el personaje de Alfonso en un determinado momento, buscan involucrar al público hasta cierto punto, ya sea mediante comentarios sobre la situación que está transcurriendo en el escenario o, en el caso de Honorio, introduciendo a cada personaje y situación mediante rimas, de una manera bastante fluida y juguetona, demostrando su gran capacidad de expresión oral, lo que logra captar la atención del público a la primera, esto también con la ayuda de lo musical, pues cada personaje es introducido, tanto en conjunto como por separado, con canciones de salsa, incluso poniéndose a bailar, lo que incrementa el ambiente de relajo entre los espectadores. Es una obra que, con una trama entretenida y dentro del humor, puede invitar a la reflexión.

Barbara Rios

22 de enero de 2025

Crítica: KORTAS – MARTES ENERO/FEBRERO 2025


Nueva dramaturgia en el Teatro Barranco

Se dio inicio el esperado ciclo de teatro en formato breve Kortas, una singular propuesta que fusiona entretenimiento cultural con la experiencia de bar y fiesta. En esta oportunidad, nos ofrecen cuatro microobras de entre 15 a 20 minutos con intervalos de diez minutos, lo que permite a los asistentes disfrutar no solo de las representaciones, sino también de una variada carta de piqueos y bebidas. Cada una de las microobras expone textos de nueva dramaturgia peruana que, a través del humor, la sátira y la crítica social, abordan temáticas que logran resonar de maneras diversas. Algunas obras se destacan por su sólida ejecución, mientras que otras dejan espacio para reflexionar sobre su desarrollo.

La primera pieza, ¿Dónde está Chabuca?, escrita y producida por José Manuel Benites y dirigida por Christian Paredes, presenta una historia de superación y amistad entre los personajes Antonio y Jacinto, interpretados por José Manuel Benites y José Manuel Castillo. A lo largo de la trama, estos personajes exploran, con humor, los conflictos sociales recurrentes en nuestra sociedad. La interacción entre ambos actores estuvo bastante equilibrada, destacando especialmente la naturalidad de Benites, sobre todo en los monólogos y en su interacción con el público. En cuanto al personaje de Jacinto, un joven proveniente de la sierra, se percibió un esfuerzo notable por parte de Castillo en mantener el acento característico del personaje, lo cual, sin embargo, afectó la fluidez dramática de su interpretación. A pesar de esto, cabe resaltar el acierto del momento musical, en el que la interpretación de Castillo contribuyó a crear un ambiente festivo y reflexivo, transmitiendo de manera emotiva un mensaje de migración, lucha y esperanza.

La segunda obra, ¡Soy inocente!, escrita por Regina Limo, dirigida por Rafael Mora y producida por Darte Arte, nos presenta una historia cargada de sátira política y dobles sentidos. En ella, un cínico congresista, José Espíritu (interpretado por Mario Rengifo), huye de la justicia y se refugia en su gran compinche, el excéntrico padre Marrani (a cargo de Paul Beretta), un cura que, lejos de ser convencional, es un predicador doble moral e hipocresía. La obra despliega un texto mordaz y bien aprovechado, donde el conflicto se establece de inmediato, llevando al público por un camino de tensión y risas. El humor estuvo bien marcado, no solo por la situación límite en la que se encuentran los personajes, sino también por la acción precisa de los actores, lo que permitió al director sacar provecho del espacio escénico. Ambos actores mantuvieron una presencia teatral interesante y energía adecuada para la escena, aunque una mayor utilización de los silencios habría ayudado a intensificar la tensión, especialmente en aquellos momentos en los que la emoción parece desbordar el diálogo. La expectativa del público pudo haberse reforzado con más pausas para otorgar un mayor ritmo dramático en la obra, con el fin de generar una experiencia más impactante.

Por otro lado, La última nota, una comedia fantasiosa llena de sátira y suspenso, escrita y dirigida por Alejandro Alva, producida por La Nave Films, nos presenta la historia de un cronista sin gran relevancia en su medio (interpretado por Claudio Calmet), quien se encuentra con un presunto vampiro (a cargo de Nicolás Fantinato) que le ofrece una oportunidad que cambiará su vida. Desde el inicio, la obra cautiva gracias a su hábil manejo de la iluminación, que utiliza luces tenues para reforzar la personalidad enigmática y tétrica del "Vampiro", al mismo tiempo que acentúa la atmósfera de intriga que se desarrolla entre ambos personajes. En cuanto a las interpretaciones, Fantinato ofrece un trabajo memorable, deslizándose con destreza entre los géneros de comedia y terror mediante recursos gestuales y vocales, manteniendo una constante expectación en el público. Calmet, por su parte, logra transmitir la carga emocional del temor que atraviesa su personaje, conectando eficazmente con el espectador y sumergiéndolo en el conflicto central de la obra. La interacción entre ambos actores se mantiene vibrante durante toda la pieza, logrando que el público se convierta en cómplice del juego interpretativo que presentan, lo que refleja una dirección acertada. En cuanto a la musicalización, aunque se percibe como un elemento clave para dar ritmo a la obra, sería recomendable solucionar las fallas técnicas que surgieron durante la función, ya que interfirieron con la fluidez de la actuación, distrayendo la atención del público en momentos clave.

Finalmente, Socios de la conquista, con dramaturgia de Mario Soldevilla y dirección/producción de Dante del Águila, cierra el ciclo con una divertida comedia de enredos. La historia sigue a Roberto Rivas (Soldevilla), un jefe alterado, que descubre que su audaz empleado Manuel Luque (interpretado por Renato Pantigoso) está enamorado de su esposa. Este descubrimiento desencadena una serie de conflictos cómicos en los que Manuel, con gran destreza, logra mantener al público entretenido mediante diversos recursos humorísticos y gestuales. La interacción entre ambos actores fue generalmente buena, aunque hubo momentos en que uno de los personajes no respondió con la misma receptividad a los estímulos de su compañero, lo que restó algo de dinamismo a la escena. Por un lado, el personaje de Roberto Rivas tiene un acting más natural, mientras que el personaje de Manuel Luque se apoya en un código clownesco más marcado, lo que puede generar cierta disonancia. Para que la escena funcione con mayor fluidez, habría sido más interesante unificar los códigos actorales, o bien, llevar al límite el recurso clownesco de Pantigoso, destacando aún más el contraste entre ambos personajes.

En conclusión, las cuatro obras que conforman este nuevo ciclo de microteatro presentan enfoques originales y diversos en cuanto a dramaturgia e interpretación. Aunque algunas de ellas tienen aspectos técnicos o interpretativos que limitan su potencial, la mayoría destaca por su creatividad y la energía que cada producción aporta a la representación. Cabe destacar especialmente dos obras cuya propuesta dramatúrgica hace guiños a la crítica social a través de la sátira política y el humor, recursos que, aunque breves, resultan siempre pertinentes, especialmente en tiempos de censura y doble moral. En definitiva, el espectáculo cumple con su finalidad principal: entretener, y, a su vez, se presenta como una vitrina para la nueva dramaturgia local. Además, la fusión del teatro con el concepto de bar cultural crea un puente hacia nuevos públicos. Así, este ciclo de Kortas – Martes no solo ofrece una grata invitación a reír y salir de la rutina, sino que también contribuye al fomento y visibilidad de la actividad teatral en la ciudad.

Abigail Salvador Jaime

22 de enero de 2025

martes, 21 de enero de 2025

Crítica: PHATATAY


Un ritual en escena

"Phatatay" en quechua significa palpitar, como el pálpito de un corazón o de muchos corazones que conforman un pueblo, una identidad o una nación. Nuestro Perú, tan diverso y rico, termina siendo dividido por diferencias e intolerancia, que no nos permiten construir ese solo corazón. "Phatatay" es, pues, una forma de reconocer las otras identidades, escuchar sus tradiciones e historias para reconectar con ese sentir. Con esta idea, el colectivo teatral Cuervo Anónimo presenta Phatatay, una creación colectiva con las interpretaciones de Anny Yaranga, Shirley Alva y Jorge Luis Castillo. La puesta en escena es única, inmersiva y multidisciplinaria, que logra envolver al espectador en una experiencia profundamente ritual, combinando teatro, danza, performance y otros elementos escénicos para mostrar historias de diferentes culturas del Perú que se unen en un solo latir.

A través de tres personajes —una joven migrante ayacuchana, una mujer Awajún y un ser ancestral—, la puesta en escena nos lleva en un viaje emocional y místico donde se confrontan las raíces ancestrales y la identidad cultural frente a la indiferencia, la violencia y las dificultades de un país cada vez más dividido. El ser ancestral, caracterizado con una máscara tejida andina, actúa como un nexo entre el mundo terrenal y otra dimensión, guiando el viaje de las dos mujeres. Estas, a través de sus historias nos muestran diferentes aspectos y momentos clave de la realidad social peruana, como el racismo, la migración, la violencia, el Baguazo, entre otros. Así, Phatatay es una performance potente donde los conflictos se presentan no solo como realidades históricas y actuales, sino también como procesos internos que sus personajes deben enfrentar en un ritual de autodescubrimiento.

Phatatay también es una forma de dignificar las tradiciones y revalorizar el origen de las nuevas generaciones que provienen de familias migrantes. Uno de los momentos más potentes de la obra ocurre cuando los intérpretes se presentan enunciándose desde su lugar de origen. Sin embargo, lejos de victimizar a sus personajes, la obra los presenta como figuras resilientes que, a pesar de la violencia sufrida, buscan reconstruir sus vidas desde la fortaleza de sus raíces culturales.

En cuanto a la estética performática, uno de los aspectos más notables de la obra es el uso de diferentes elementos, como danzas típicas, testimonios, símbolos y otros elementos como la comida tradicional, las hojas de coca, las semillas y más para construir una atmósfera cargada de significados propios de cada cultura. Cada elemento contribuye a crear una experiencia inmersiva para el público, que también participa como parte del ritual, al beber y comer lo que nos comparten e, incluso, al bailar en el escenario.

En conclusión, Phatatay es una obra que trasciende lo teatral para convertirse en un ritual de reflexión colectiva. El uso de símbolos y lenguajes escénicos diversos crea una experiencia inmersiva para el espectador en un espacio que busca exponer no solo las problemáticas sociales que afectan al Perú, sino también mostrar la conexión entre identidad, memoria y resistencia. Es un trabajo que nos recuerda el poder del teatro no solo para narrar historias, sino para crear genera un espacio de encuentro y diálogo para todos y todas como peruanos.

Alexandra Valdivieso Chudán

21 de enero de 2025

Crítica: HASTA EL FINAL


La herencia de nuestros padres

Muchas veces las historias de nuestros padres y abuelos pueden ser la única herencia que nos quede de ellos, y cuando el tiempo pasa, esos recuerdos van formando parte de nuestra identidad y de nuestra propia historia. Hasta el final, obra escrita por Franco Luna y dirigida por Julián Vargas, aborda con sensibilidad la compleja relación entre un hijo que cuida a su padre, quien enfrenta los estragos de la demencia senil y el progresivo deterioro de su salud, en un contexto precario al interior del país. En medio de esta situación, los recuerdos y las tradiciones, como la música, son lo que mantienen fuerte su vínculo.

Con las actuaciones del propio Luna y del destacado maestro Reynaldo Arenas, la obra ofrece un retrato honesto y profundo de las dificultades y emociones que atraviesan los lazos familiares frente a una enfermedad devastadora como el Alzheimer. Aún en esta dura lucha, el padre se esfuerza por transmitir su herencia, a través de la música, mientras el hijo, con paciencia y dolor, lo cuida y busca mantener una conexión emocional con su padre. A lo largo de la obra, las escenas entre padre e hijo alternan entre momentos de lucidez y episodios de confusión, reflejando no solo el impacto de la enfermedad en su dinámica, sino también cómo esta redefine su vínculo. Estas interacciones están impregnadas de tensión, compasión, dolor y arrepentimiento, logrando transmitir con fuerza la profundidad emocional de un tema tan humano como la pérdida progresiva de un ser querido.

Un detalle particular de la puesta en escena es que comienza de una manera íntima y directa, con los actores presentándose al público, mencionando su nombre, edad y rol. Este detalle rompe la barrera entre los intérpretes y la audiencia, estableciendo una conexión inmediata y genuina. Si bien la obra no es testimonial, el dramaturgo y actor Luna, menciona que parte de sus vivencias personales con su abuela, por lo que este guiño al teatro testimonial devela el carácter genuino de la puesta en escena.

Por otra parte, un componente destacado de Hasta el final es su capacidad para integrar elementos de la cultura andina, específicamente de Cusco, en diferentes aspectos de la puesta en escena. Desde el momento en que el público ingresa al espacio, la obra crea una atmósfera sensorial envolvente mediante el uso de música y aromas que evocan las raíces cusqueñas y contextualizan la obra. Estos recursos no solo enriquecen la experiencia teatral, sino que también aportan autenticidad y profundidad al relato, vinculando la historia con una identidad cultural que trasciende el escenario.

Un solo detalle para tener en cuenta recae en la producción del espacio. Para mejorar la experiencia del público, es necesario optimizar la disposición de las sillas y la visibilidad del espacio escénico. En algunas zonas, la perspectiva limitada impide apreciar el escenario, y por ende las actuaciones, perdiendo conexión con el relato. No hay que olvidar que el trabajo de todo el equipo, tanto fuera como dentro del escenario, es de suma importancia para ofrecer a los espectadores una buena experiencia teatral.

No hay duda de que Hasta el final es una pieza que aborda temas universales como los lazos familiares, la herencia simbólica y la enfermedad, desde una perspectiva honesta y sensible. El argumento, la dramaturgia y las actuaciones logran una puesta en escena sólida que nos muestra una historia cercana a cualquiera. Felicitamos al equipo y en especial al joven dramaturgo por apostar por esta historia que parte de su propia identidad y experiencia personal.

Alexandra Valdivieso Chudán

21 de enero de 2025

Crítica: BERNARDA ALBA


Reinventando un clásico

Llevar a escena una obra clásica siempre representa un desafío, especialmente cuando se aborda desde una reinterpretación contemporánea. Sin embargo, es precisamente en esta mirada renovada donde reside el valor de una propuesta audaz, y en este caso, INATEM logra ejecutarla ofreciendo una perspectiva fresca y única para el legado de la obra, combinando el teatro y la danza. INATEM Productora, bajo la dirección de Karlo Luyo, presenta una adaptación de uno de los grandes clásicos de García Lorca, retitulada Bernarda Alba, con un elenco compuesto por jóvenes talentos como Celia Ponce, Jilary Huerta, Cynthia Bravo, Diana de la Torre, George O’Brien y Daniela Rodríguez León.

Si bien puede haber opiniones encontradas acerca de la elección de reponer un clásico, me parece más que justificado cuando los temas a abordar son temas que, lamentablemente, siguen vigentes. Así, la obra aborda la opresión hacia las mujeres bajo el autoritarismo de una sociedad patriarcal y las tensiones familiares que surgen dentro de un contexto estricto moralmente. La obra narra la historia de cinco hermanas que viven bajo el mandato de una madre autoritaria, Bernarda, quien impone una estricta disciplina en su hogar y decide por las vidas de sus hijas. Aisladas del mundo exterior, las hermanas viven bajo un ambiente de represión, siguiendo órdenes, pero se verán confrontadas por sus deseos personales.

En esta versión de la obra se apuesta por teatro danza, donde la coreografía es un elemento que no solo acompaña la narrativa, sino que se convierte en un vehículo crucial para expresar el mundo interior y profundizar en las relaciones entre los personajes. Por ejemplo, a través del movimiento corporal se intensifican los momentos de pasión entre los amantes y también se subraya la oposición entre las hermanas y la madre, cuyas interacciones, cargadas de tensión, son manifestadas mediante la expresión corporal.

En cuanto a las actuaciones, una de las interpretaciones más destacadas es la de Daniela Rodríguez León como Bernarda Alba, quien logra darle vida a una figura autoritaria cuya presencia dominó la escena. Asimismo, el joven elenco muestra gran destreza física, así como de interpretación, dejando claro las diferencias entre las personalidades de cada hermana.

En resumen, la adaptación de La Casa de Bernarda Alba a través del teatro danza no solo conserva la esencia de la obra original y sostiene el argumento, sino que además se atreve a combinar las artes expresivas para lograr una propuesta diferente. Los cuerpos de los actores y el uso de la danza permiten que la opresión, el deseo y la rebelión se manifiesten de una manera tangible y única, manteniendo la vigencia de los temas de Lorca.

Alexandra Valdivieso Chudán

21 de enero de 2025

Crítica: BAJO TIERRA


Resistiendo en tiempos de encierro

No fue hace mucho aquella normalidad de máscaras y desinfectante, donde salir a la calle era arriesgarse a una condena a muerte y vivíamos encerrados tratando de preservar lazos por Zoom. Todos recordaremos la pandemia como una de las etapas de mayor soledad y dificultad que nos tocó vivir a todos como humanidad. El Covid-19 fue un enemigo invisible que cambió nuestras vidas, se hablaba de una “nueva normalidad” en la que era casi imposible estar cerca de nuestros seres queridos, cambiando nuestra forma de vivir y de relacionarnos. Es por eso que la obra Bajo Tierra nos puede parecer tan cercana y familiar. La obra protagonizada por Alessa Wichtel y Sebastián Stimman, con la dirección de Francisco Cabrera, nos devuelve a una realidad conocida para muchos: la pandemia.

En esta obra vemos al personaje de Lu, interpretado por Stimman, que ha contraído una grave enfermedad altamente contagiosa y que lo condena a muerte. El gobierno ha impuesto una cuarentena estricta a aquellos que están infectados, aislándolos del resto de la sociedad y prohibiéndoles el contacto con el mundo exterior. En este contexto, su pareja Sky, interpretado por Witchtel, decide arriesgar su salud y exponerse a la represión del gobierno, para ver a Lu y acompañarlo durante el encierro. En ese mundo desgarrado, la joven pareja lucha contra sus propios deseos y las normas impuestas para conseguir estar juntos. Así, la puesta en escena busca mostrar y transmitir los sentimientos de miedo, incertidumbre, desesperanza y desesperación, emociones tan conocidas para todos los que superamos el 2020.

Las actuaciones de Stimman y Witchtel logran transmitir con intensidad el deseo y la pasión de una joven pareja que enfrenta un enemigo invisible. Aunque el núcleo de la obra gira en torno a los sentimientos de estos jóvenes, es el contexto en el que se encuentran el que define y condiciona profundamente su relación. Elementos como el virus, la enfermedad y la represión gubernamental aportan una atmósfera potente, aunque podrían haber sido explorados con mayor profundidad. Destaca especialmente la escena en la que el guardia de seguridad descubre que Sky, una persona sana, ha logrado infiltrarse en la celda de Lu, un paciente enfermo. Sin embargo, esta subtrama queda sin desarrollo, perdiendo la oportunidad de intensificar las emociones vinculadas a la represión y el conflicto. En algunos momentos, la narrativa parece estancarse, girando en torno a la misma discusión entre los personajes, lo que ralentiza el avance de la historia. Cabe destacar que mencionan que es una adaptación, lo que podría justificar ciertas decisiones narrativas que buscan reinterpretar la obra original.

En cuanto a la propuesta escenográfica, el Teatro de Barranco otorga un espacio amplio que fue adaptado para recrear una celda en precarias condiciones. No obstante, la amplitud del lugar contrasta con la atmósfera de claustrofobia, ansiedad y desesperación que busca evocar la experiencia del encierro, restándole efectividad. Por otro lado, destaca el uso creativo de las luces, que logra añadir profundidad y dramatismo a las escenas, compensando en parte la falta de intimidad del espacio.

Si bien Bajo Tierra logra conectar con el espectador al abordar emociones y experiencias universales que resuenan con nuestra memoria reciente de la pandemia, la obra podría enriquecerse con una exploración más profunda de sus subtramas y un mejor equilibrio en su ritmo narrativo.

Alexandra Valdivieso Chudán

21 de enero de 2025

domingo, 19 de enero de 2025

Crítica: Y QUE SIGA LA JARANA


Se sufre pero se goza

El callejón y el bar del barrio fueron los lugares de encuentro de las celebraciones de fines del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. En estos rincones se cultiva la música mestiza urbana de la costa y se arma la fiesta criolla, que llamamos jarana, que luego da origen a la peña criolla, como sitio de resistencia cultural y resguardo de la memoria musical.

Con el telón abierto del nuevo y magnífico Teatro Municipal de Surco, nos recibe un bar tradicional con fotografías de íconos de la canción criolla, como "el zambo" Cavero, Oscar Avilés, Lucha Reyes, Felipe Pinglo. El virtuosismo de la guitarra de Alessandro Gotuzzo y el cajón de César Gabriel crean el ambiente propicio para la llegada de Olga (Trilce Cavero Cáceres), la dueña de "La Peña Claudia", en donde se encuentran los amigos que nos regalan un lindo espectáculo: Y que siga la jarana.

¡Cómo nos gusta sufrir! La jarana empieza con la alegría del Chinchiví, de José Villalobos y luego la trama es una sucesión de penas de amor, pero que se relatan de manera alegre, como un desfogue para no dejarse vencer. Se ríe y se baila y la nostalgia queda atrás y así lo hacen sentir los amigos de esta peña, con la respuesta positiva del público que apoya con palmas durante toda la función el esfuerzo de Olga por animar a dos jóvenes (Mateo y Lucho, interpretados por Fabrizio Juscamaita y Daniel Tapia).

La reina de la fiesta es Olga, no solo por ser la dueña de la peña, sino por la gran capacidad interpretativa, dramática y el carisma de la experimentada actriz y cantante Trilce Cavero Cáceres. Ella domina el escenario, secundada por Guerra (Fernando Pasco), amigo cariñoso de su juventud que representa la sabiduría frente a los dos jóvenes inexpertos.

La voz de Trilce nos estremece con su potencia, por encima del buen actor Pasco y aún más que la de los jóvenes acompañantes. Se deja extrañar otra voz femenina para contrastar con notas altas en los dúos y cuartetos. Además, si bien es gratificante la presencia de dos jóvenes en un concierto criollo, que asumimos como cosa del pasado, hay cierto desequilibrio en la calidad vocal, pues mientras Tapia se luce en las notas suaves, con un excelente control y estilo romántico, Juscamaita, a veces, desafina y le cuesta sostener los finales. Pero el público lo perdona, porque una peña es el lugar en donde los criollos improvisan y los aficionados son bienvenidos, más por el corazón que por las virtudes cantoras. De todos modos, un mérito de la obra es que en cada temporada arriesgue con nuevos artistas en escena. Que quede claro: no es teatro musical, sino un concierto de música criolla teatralizado.

Al terminar el espectáculo, nos saluda su director, Marco Palomino, quien, además de agradecer la masiva presencia de espectadores, nos cuenta que “La Peña Claudia” existió, bajo la administración de su abuelo y que una de las fotos que se exhiben en el telón de fondo es realmente de ese rincón criollo. Qué lindo homenaje a su memoria y qué bien estructurado el concierto, con un micrófono al centro que nos traslada a las trasmisiones de Radio Nacional de los años 30 a 50 del siglo pasado, bajo una luz suave, como la de los focos incandescentes que alumbraron la alegría de nuestros inolvidables músicos criollos.

David Cárdenas (Pepedavid)

19 de enero de 2025