sábado, 17 de abril de 2010

Crítica: PARAÍSO


Mujeres lejos del Edén  

“Paraíso” de Walter Ventosilla es una de las tres piezas comprendidas en el libro “Obras de teatro sobre mujer”, publicado en 1986 por el Movimiento Manuela Ramos. Así como Camino de Rosas de José Enrique Mavila o cualquier otro texto con contenido feminista, el peligro que implica llevar a escena una obra de esta naturaleza radica en convertirlo en un folletín torpe y manipulador, redundante en un mensaje visto hasta la saciedad. Todos sabemos a estas alturas la dura crisis que enfrentan las mujeres actualmente, y por supuesto, de los notables avances que poco a poco van consiguiendo, dejando en el olvido aquel errado término del “sexo débil”. Por ello, se hace indispensable que los responsables del proyecto sean lo suficientemente creativos para no caer en el facilismo de contarnos la misma historia de siempre, sin ninguna propuesta novedosa que explore la problemática femenina, sin convertir a sus personajes en falsas heroínas, mártires y víctimas.

En “Paraíso”, tres mujeres deben pasar la noche en vela en medio de un arenal para defender un pedazo de suelo y así poder comenzar una nueva vida. Cada una, con su respectiva personalidad y pasado, irá retratando a una sociedad opresora e indiferente hacia problemas tan básicos como la falta de educación, la discriminación y la violencia. La dirección del actor Gustavo Cerrón se limita a colocar a las tres actrices en un espacio predeterminado, con escasos y forzados desplazamientos, y rodearlas de unas cuantas esteras en el escenario del Centro Cultural Ricardo Palma (simulando una invasión en el arenal), luces estáticas a la largo del 95% de la puesta en escena y una tenue cortina musical cada vez que alguna revela su pasado. Ser minimalista no puede ser de ninguna manera una justificación para que el director se limite a seguir las acotaciones del texto. Los cuerpos de las actrices, el espacio, el sonido, las luces y cada elemento en escena deben ser utilizados para darle profundidad y vida al montaje. “Paraíso” carece de vuelo creativo, a pesar de tener contados aciertos, como el trabajo interpretativo.

A destacar la actuación de Jacqueline Chuquillanqui, una actriz que no pasa desapercibida en los montajes que participa actualmente, así sea en roles secundarios, como en el caso de "Tereza" de Martín Abrisqueta. Bien también Kukuli Morante, quien logra sostener sus escenas dramáticas, a pesar de la débil réplica que le ofrece Mayra Couto. “Paraíso” de Walter Ventosilla vale como testimonio de la mujer peruana en nuestros días, pero como espectáculo teatral no ofrece nada particularmente atractivo ni novedoso.

Sergio Velarde
17 de abril de 2010

jueves, 25 de marzo de 2010

Crítica: SÍRVASE UN PAYASO


Uno no actúa un claun, uno lo es  

Esta sencilla, y a la vez tremendamente certera frase del célebre actor francés Jacques Lecoq, es acaso la mejor introducción para reseñar “Sírvase un payaso”, un espectáculo claun estrenado con la producción de las compañías Teatro del Disfuerzo y Pateando la lata, bajo la dirección de Walter Chullo, y que se presenta actualmente en el Satchmo de Miraflores. Y es que a pesar de toda la exposición mediática que este tipo de espectáculos tuvo (y tiene ahora en menor medida), el oficio de ser claun es quizás, desde siempre, uno de los más riesgosos y difíciles de ejercer. No cualquiera tiene ese carisma para enfrentar al respetable, ese ángel imprescindible para poder hacer reír y reírse de uno mismo en el intento. “Sírvase un payaso” y su elenco lo consiguen con creces.

Se abre el telón y se nos presenta el planteamiento de la puesta en escena: unas mesas y unas sillas nos dan la apariencia de un bar. Luego aparecen los personajes: el díscolo dueño del local, dos mozos con personalidades totalmente opuestas: el romántico y el patán, y finalmente, el ingenuo encargado de limpieza; todos ellos con sus respectivas narices rojas, que esconden tan poco pero a la vez que revelan tanto, le dan vida a una serie de escenas, cada cual más cómica que la otra. Apelando al más grueso slapstick y rayando apenas la delgada línea que separa el doble sentido de la grosería, estos payasos bailan, cantan, se golpean, se enamoran, se vacilan e interactúan con el público, servidos por un sintetizador que acompaña sus movimientos en escena.

Una frustrada celebración de cumpleaños, un irreverente acto de magia, una entrañable escena romántica y una bravucona conversación en el bar, son sólo algunos de los sketches que este muy recomendable espectáculo nos ofrece. Tal vez demore algo en arrancar motores, pero el resultado final es altamente positivo, rematado por un musical tan logrado como esperpéntico. Y por ello, hilarante. Los actores Germán Ramírez, César García, Rodolfo Reaño y Miguel Vargas no podrían ser catalogados como tales, según la célebre frase de Jacques Lecoq. Son clauns en todo el riguroso sentido de la palabra. Total, un payaso no es necesariamente un actor, un payaso es un payaso. Y punto.

Sergio Velarde25 de marzo de 2010

martes, 23 de marzo de 2010

Crítica: FRANCISCO


Las muy agradecidas locuras forzadas de Cristian Lévano   

Luego de algunos años de estrenadas “¿Qué hiciste Diego Díaz?” y “Dana”, su joven autor y director Cristian Lévano, consigue (finalmente) luego de numerosos cambios en el elenco, estrenar su tercera obra con la producción de su grupo Winaray Rumbos Paralelos, titulada sencillamente “Francisco”. Y al igual que los personajes de Diego Díaz y Dana, este Francisco no es un ser normal (tal vez sean todos bipolares en el fondo), pues o son interpretados por más de un actor (como en “Dana”) o tienen múltiples personalidades (como en “¿Qué hiciste Diego Díaz?”). Lo cierto es que toda la trilogía Lévano (¡vaya con el nombrecito!) tiene ya características bastante reconocibles, que apuntan a una nueva personalidad dentro de nuestro medio teatral, que necesita ser desarrollada y afinada.

“FRANCISCO” no es un espectáculo sencillo de clasificar, pues no busca contar una historia o reflexionar sobre la conducta humana. Al menos es lo que aparenta con los continuos quiebres o guiños al público por parte de los actores al recitar sus líneas. No podemos compararla con precisión, inclusive con los anteriores montajes de Lévano. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta dónde sucede la acción (según las propias palabras del director en el afiche): podría ser en la calle, dentro de un manicomio, en una cárcel, en un juzgado o bien podría ser sobre un escenario, en el que tres actores estrenan la obra “Francisco”. Los cinco o seis supuestos “personajes” (incluido un muñeco algo desaprovechado escénicamente) sufren a consecuencia de un ser llamado Francisco, que es interpretado por los mismos actores al colocarse unos lentes para piscina. El estrafalario vestuario y el recargado maquillaje supuestamente deberían darnos pistas para comprender las tribulaciones de estas víctimas de Francisco, pero al final resultan forzados dentro de la supuesta locura, que se ve forzada también en escena.

“FRANCISCO” sí funciona (y muy bien) como un solvente juego escénico producto de un logrado laboratorio experimental, gracias al trabajo en conjunto de sus tres intérpretes. Excelente labor de Gabriela Chero como Pamela, el personaje central del montaje y víctima consumada de Francisco, muy bien secundada por Eduardo Ramos y Karen Pérez, quienes interpretan con mucho aplomo el resto de personajes-víctimas, logrando los tres una total armonía, plena en ritmo y energía, común denominador de los montajes de Lévano. Algo más cercana a “Dana” que a “¿Qué hiciste Diego Díaz?”, la puesta en escena de “Francisco” confirma a Lévano como uno de los jóvenes dramaturgos-directores más interesantes del medio, lleno de locuras a veces espontáneas y a veces forzadas pero siempre agradecidas, destacando más que en la producción o en la dramaturgia, en una muy precisa dirección de actores, que saca el mejor provecho de cada intérprete.

Sergio Velarde
23 de marzo de 2010

domingo, 21 de marzo de 2010

Crítica: LA ZORRA VANIDOSA


La humildad, el trabajo y el medio ambiente


Nuevamente el grupo PALOSANTO, del buen director y mejor actor Ismael Contreras, estrena una obra para toda la familia en el Centro Cultural CAFAE de San Isidro. Se trata de “La Zorra Vanidosa”, definida por su propio director, quien presenta cada una de las funciones al público y a los niños sentados en colchonetas en primera fila, como un espectáculo basado en relatos de nuestra propia serranía recopilados por José María Arguedas.

Una vanidosa Zorra (Angie Rodríguez) no sólo no se preocupa en trabajar y en engañar a sus vecinos para comer, sino que todo el tiempo se la pasa admirando su espectacular y frondosa cola, en complicidad con el Chivo (Enrico Méndez), con aerosoles y cremas nocivos para el medio ambiente. Pero el Conejo (Julio César Delgado) y el Ratón (María Gracia Mires) le darán una sabia lección, en complicidad con los niños. El montaje cuenta con la misma estructura escenográfica de “Achikeé” (su montaje anterior), muy funcional, que sirve también para que el Narrador (Emilio Benavente) acompañe las acciones con instrumentos musicales. El ritmo de la obra no decae, gracias a las inspiradas actuaciones del elenco, conformado por actores muy efectivos en cuanto a voz, expresión corporal y canto se refiere.

Si bien la anécdota es, quizás, demasiado sencilla, sí hace hincapié en las consecuencias que trae el ocio y la vanidad en la Zorra, dejando en claro este positivo mensaje en los niños. El recurso de arrojar los productos químicos de belleza al suelo por parte de la Zorra, puede resultar forzado en algún momento, pero es válido, pues aporta su granito de arena en la difícil tarea de crear conciencia al público sobre la defensa de la naturaleza. “La Zorra Vanidosa” no supera a “Achikée, la tierra seca”, pero sí es un divertido y muy recomendable espectáculo para toda la familia, que no sólo divertirá a los más pequeños, sino que también les enseñará el valor de la humildad, la dignidad que da el trabajo y cómo cuidar el medio ambiente.

Sergio Velarde
21 de marzo del 2010

domingo, 28 de febrero de 2010

Crítica: MINEROS EN LAS TABLAS


MINEROS EN LAS TABLAS   

La compañía chilena Expedición teatral, interesada en buscar un tipo de teatro vivo, lúdico, con un particular énfasis en el movimiento de los cuerpos como mecanismo para transmitir emociones y contar historias, nos regaló un gratísimo ejercicio actoral titulado MINEROS EN LAS TABLAS, que aborda la relación personal y laboral de dos amigos, Lalo y Toto, trabajadores en una mina del norte chileno. Lo que fue en un inicio un proyecto de investigación específico sobre las condiciones de trabajo en la mina de Chuquicamata, la compañía decidió universalizar el resultado final, motivada por los resultados obtenidos en sus presentaciones. Tal vez la mejor parte de la pieza (la divertida y muy humana relación de Toto con Marion), en la que se luce la dirección escénica con un notable y cuidadoso manejo de los objetos imaginarios, sea la que aleja a la puesta en escena de su verdadero objetivo principal: la de retratar la problemática laboral de los mineros. Sin embargo, Sebastián Bañados, Pía Barraza y Javier Barrera (también director del montaje) son tres versátiles actores, con pleno dominio de cuerpo y voz, que nos entregaron un trabajo en conjunto compacto, con mucha fuerza y energía, que se lucieron en la Ceremonia Teatral del Hain 2010.

Sergio Velarde
28 de febrero de 2010

Crítica: AMANDO A SALLY


AMANDO A SALLY   

¡Vaya, por fin una comedia!

Sí, si revisamos nuestras piezas teatrales, es decir las escritas por autor nacional no es corriente que tengamos comedias, y en este caso una comedia de la cotidianeidad, no farsa, no caricatura.

La pieza AMANDO A SALLY escrita y dirigida por María Elena Mayurí, es pues una agradable sorpresa en nuestro dramático vivir.

Se celebra en ella a una autora, bastante nueva en mi corto entender, y que trata el diario desarrollo de nuestras vidas con desenfado y cariño. Muy bien encargada la parte actoral a Sergio Velarde, a quien hemos ido viendo progresar puesta a puesta, y a una novel y dulce jovencita que pone todo su entusiasmo a prueba para representar a esta conmovedora y recién casada fémina haciéndole honor a su nombre: María Gracia Cavero.

Dentro de una simpleza escenográfica que cuida especialmente lo funcional, pasamos en el CAFAE de la Av. Arequipa cuadra 29, unos gratos minutos que riendo, además nos sirven para reflexionar y recordar o prepararnos a vivir - según nuestra edad- cómo se tienen que tomar las decisiones más serias de nuestra vida: así de pronto y a veces en forma muy diferente a lo que venimos planeando y programando durante mucho tiempo.

Amando a Sally, un buen momento de teatro.

Sara Joffré

sábado, 5 de diciembre de 2009

Crítica: EL SARGENTO CANUTO EN TIEMPO DE MARINERA LIMEÑA


A ajustar el paso  

Manuel Ascencio Segura (1805 – 1871) es considerado el creador del teatro nacional peruano, el padre de la comedia peruana, por ser uno de los representantes más importantes del costumbrismo del siglo XIX (junto a Felipe Pardo y Aliaga), escribiendo una de las más logradas comedias teatrales latinoamericanas: “Ña Catita”, que narra las peripecias de aquella vieja celestina, armando enredos amorosos para su propio beneficio. En sus piezas, Segura mostraba con acierto a la nueva sociedad limeña, enriqueciendo sus versos con todo el sabor criollo de dichos y refranes de la época, y retratando personajes amables y simpáticos, criticando las costumbres de su tiempo.

“El Sargento Canuto” ridiculiza las maniobras del militar fanfarrón que le da nombre a la obra, quien busca casarse a la fuerza con Jacoba, hija de don Sempronio, para su beneficio personal. También nos muestra la tosca autoridad del simpático viejo, quien cree que al casar a su hija Jacoba con el militar, logrará escalar de posición social. Los matrimonios por conveniencia (lugar común de las comedias de aquella época, incluida “Ña Catita”), los amores a escondidas (Jacoba ama en secreto a Pulido) y la crítica hacia el militarismo, convierten a “El Sargento Canuto” en una de las piezas más representativas de su autor.

Actualmente, se viene presentando esta clásica pieza en el Teatro Auditorio Miraflores con el grupo Aqualuna, pero ésta vez, en una adaptación a ritmo de marinera limeña. El director Ricardo Morante acierta en incluir algunos números de este baile para enriquecer la puesta en escena, pero dilata demasiado la duración del montaje (con el texto adaptado, éste no puede exceder la hora de duración). Y esto se debe principalmente a la falta de ritmo con la que se desarrollan algunos cuadros (como en la primera escena de Jacoba y Nicolasa, a cargo de Analía Laos y Sofía Rebata) y a un manejo del verso pausado y afectado (como en el simpático personaje de Pulido a cargo de Jonathan Oliveros). Si “El Sargento Canuto” es considerado clásico, se le debe más a aquellos notables textos que reflejan las costumbres e idiosincrasia de aquella época, que a su sencillo y predecible argumento. Los versos son muchas veces opacados por innecesarias contraescenas, que impiden gozar de todo el ingenio de su autor. Sin embargo, Paco Varela y Daniel Zarauz logran una buena dupla como Sempronio y Canuto, valorando sus diálogos y ejecutándolos con energía y dinamismo. “El Sargento Canuto” lograría un mejor resultado si todo su elenco ajustara el paso, disminuyendo así su duración.

Sergio Velarde
05 de diciembre de 2009

sábado, 28 de noviembre de 2009

Crítica: UN BUSTO AL CUERPO


Siliconas en el tapete  

¿Una hora escuchando a tres mujeres discutiendo sobre si deben ponerse siliconas o no? ¿Podría un tema tan trillado como éste sostener la acción dramática de una puesta en escena? Pues el estreno de “Un busto al cuerpo” en la acogedora sala de Teatro Racional parece confirmarlo. A pesar de los problemas con la dirección artística del montaje (comenzó el proceso Ina Mayushin y lo completó Sergio Paris), el texto del español Ernesto Caballero tiene el suficiente interés como para convertirlo en un vehículo de lucimiento para las tres actrices participantes: Ana Pfeiffer, Angelita Velásquez y Mónica Madueño, en logradas actuaciones, cada una en su estilo.

Una conductora de radio que aspira a entrar en la televisión (Pfeiffer), decide operarse los pechos para mejorar su figura. Su mejor amiga, una profesora universitaria (Velásquez) no aprueba semejante acción, pero sí lo hace su hija (Madueño) quien finalmente cae rendida ante el placer existente en modelar su cuerpo a su antojo. Si bien la acción demora un poco en arrancar, las primeras escenas sirven para presentarnos a los personajes y plantear los objetivos que busca el montaje: satirizar sobre la obsesión de las mujeres por su aspecto físico, llegando incluso a la transgresión de sus propios cuerpos y la “aparente” facilidad de lograrlo, gracias a los avances en la cirugía estética.

La puesta en escena es limpia, ordenada y funcional, con una escenografía compuesta por cajas de madera, que hacen las veces de sillas y mesas, y que contienen los elementos que utilizan las actrices. Las escenas avanzan con ritmo seguro y la repetitiva música nunca llega a cansar. Se percibe un gran trabajo y esfuerzo por parte de las actrices, especialmente Velásquez, quien se luce en la escena del comedor con algunos tragos de más. “Un busto al cuerpo” funciona como una hilarante comedia, aparentemente frívola y ligera, pero no carente de reflexión sobre los peligros físicos y sicológicos que implica la transformación de nuestra propia imagen.

Sergio Velarde

28 de noviembre de 2009

viernes, 20 de noviembre de 2009

Crítica: LA CHUNGA


Atractivo homenaje a Vargas Llosa  

Luego de la notable puesta en escena de "Los cachorros" (adaptación de la novela corta de Mario Vargas Llosa) se estrena, esta vez, en el teatro que lleva su nombre, una pieza dramática de su autoría titulada “La Chunga”. El multifacético Giovanni Ciccia le rinde así homenaje a Vargas Llosa, dirigiendo la obra con su productora Plan 9. Escrita en 1986, la pieza tuvo su estreno de la mano del grupo Ensayo, dirigido por Luis Peirano y con la actuación de la gran Delfina Paredes en el rol principal. Y si bien su dramaturgia es sencilla (predecible para algunos), ésta logra retratar con bastante acierto y fidelidad las costumbres de la época en la que se desarrolla la acción.

En una taberna ubicada en las afueras de la ciudad de Piura en 1945, de propiedad de la Chunga, una dura y hosca mujer no desprovista de atractivo y con inclinaciones homosexuales, se reúnen con regularidad cuatro hombres a tomar licor y jugar a los dados. Pronto surge la interrogante sobre qué le sucedió a Meche, una hermosa joven que trajo un día uno de ellos, un rufián llamado Josefino. Al perder en el juego de dados, Josefino pide dinero a la Chunga, a cambio de pasar ésta una noche con Meche. Ciccia sabe sortear lo escabroso del tema para entregarnos un sólido cuadro del comportamiento humano (peruano), en el que el machismo, la desidia y la frustración hacen mella en los personajes, impidiendo su realización personal. Saltando de la realidad a la fantasía (cada parroquiano tiene su propia historia sobre el encuentro de ambas mujeres), el montaje es ágil, entretenido y muy veraz, a pesar del desnivel actoral presente.

Porque quizás para el complejo rol de la Chunga no había otra opción que llamar a Mónica Sánchez, pero finalmente resultó ser ella misma la peor intérprete que la Chunga pudo tener. Con una caracterización superficial y pobre para una actriz de su calibre (acompañada por su perenne y molesto seseo), la Sánchez mastica sus líneas sin convicción, gritando y llorando como en sus peores momentos en “Eva del Edén”. Y si su personaje finalmente se redime en la puesta en escena, es por su oficio y recorrido en estas lides. Y es que Sánchez es buena actriz (qué duda cabe), pero por ello no podemos celebrar cada vez que interpreta a un personaje en piloto automático. A su lado, el resto de actores brilla con luz propia: las palmas para Oscar López Arias (joven actor que viene destacando últimamente), quien compone un Josefino absolutamente creíble, un seductor caficho, machista y sinvergüenza. Alberick García y Carlos Solano están intachables, especialmente el primero, quien tiene una escena bastante lograda, al declararle su amor a Mechita. Emilram Cossío, en una arriesgada caracterización como el Mono, logra convencernos en las primeras escenas.

Mención aparte merece la participación de la joven actriz Stephanie Orúe en el papel de Meche. Duramente criticada por un sector de la prensa debido a su inexperiencia, lo cierto es que Orúe no desentona en el montaje. Por el contrario, interpreta a Meche con una frescura e inocencia coherentes con su personaje, nada afectada, bella, sensual y muy natural, opacando incluso a la disforzada Sánchez en sus escenas juntas. El ya famoso encuentro lésbico está resuelto con mucha sobriedad y precisión, así como las escenas con fuerte carga sexual, con una agradecida estilización por parte del director. “La Chunga” de Giovanni Ciccia no supera a “Los cachorros” de Miguel Pastor, pero sí se convierte en una puesta en escena bastante atractiva y que rinde un justo homenaje a nuestro laureado novelista, en el teatro que lleva su nombre.

Sergio Velarde

20 de noviembre de 2009

domingo, 18 de octubre de 2009

Crítica: FANDO Y LIS


Gran texto sin dirección física  

Fando y Lis son dos sufridos seres marginales que habitan un mundo destruido y apocalíptico: él sufre de esquizofrenia, dejando aflorar por momentos su personalidad más salvaje y despiadada; y ella, de parálisis, pero se aferra a la compañía de Fando para no sentirse sola. Ambos buscan infructuosamente llegar a Tar, una inalcanzable (y presuntamente inexistente) ciudad prometida, encontrando en su camino a tres singulares personajes, tan perdidos como ellos. La corrosiva pieza “Fando y Lis”, con fuertes reminiscencias al teatro del absurdo, a Beckett y su Godot, fue escrita por el español Fernando Arrabal en 1955, que incluso llegó a la pantalla grande, en medio de gran escándalo, de la mano del director Alejandro Jorodowsky. El mes pasado se presentó en el Centro Cultural del CAFAE una nueva versión de la obra, a cargo del grupo Contempo Teatro, que nos permitió revisitar esta singular y cautivante historia.

La puesta en escena de “Fando y Lis” logra transmitir la desesperación y sufrimiento en la relación disfuncional entre los dos protagonistas, consiguiendo momentos álgidos y dramáticos, secundados correctamente por el trío de personajes comparsas, que no logran ponerse de acuerdo en una acción determinada a seguir. Algunos momentos notables son el sueño de Lis (que nos anticipa su irremediable destino) y su grotesco final en manos de Fando. La incomunicación, la sordidez y la desidia del ser humano son retratadas con mucha crudeza por el elenco, pero el conjunto se resiente de una sólida dirección que permita engranar las escenas coherentemente (la dirección del montaje fue colectiva) y evitar así algunas fallas elementales, como la de no acompañar los cambios de escena con música de fondo, para evitar escuchar a los actores preparando sus elementos.

Los actores Elizabeth Duarte y Miguel Ángel Malpartida asumen con bastante dignidad y convicción los papeles principales, dotando a sus personajes de humanidad: resistencia al dolor y necesidad de afecto en ella; descontrol e inseguridad en él. Franco Guerra, Beto Miranda y Eric Otero tienen a su cargo los intrigantes personajes secundarios, que cumplen la función de aliviar la tensión generada por la esquizofrenia de Fando. A pesar de las deficiencias propias por la carencia de dirección, “Fando y Lis” vale por su genial dramaturgia y por el trabajo coral de un esforzado y talentoso grupo de jóvenes actores, que de haber contado con un director inspirado, se hubiera convertido sin duda, en uno de los mejores montajes independientes del año.


Sergio Velarde
18 de octubre de 2009