Vigencia después de medio siglo
Escrita y estrenada en 1961 en el Club de Teatro de Lima con
la presencia de las actrices Aurora Colina y Alicia Saco, “En el jardín de
Mónica” fue la primera obra de la incansable dramaturga y crítica peruana
Sara Joffré. A pesar del casi medio siglo transcurrido desde su creación, la
pieza no ha perdido vigencia, tal como lo demuestra su último reestreno a cargo
del grupo Rosa de Fuego con la dirección de Gustavo Cabrera en el Teatro
Auditorio Miraflores.
La sencilla anécdota de “En el jardín de Mónica” nos recuerda la delgada línea que separa la realidad de la fantasía en los niños. En un jardín abandonado y sucio, dominado por un árbol triste y seco, habita Mónica, una mujer de edad indescifrable con múltiples personalidades, quien juega incansablemente con hojas secas y pájaros muertos, e imagina que la niña y el niño que aparecen en dicho lugar son una ratita y un príncipe, respectivamente. La terca y convenida imaginación de Mónica contagia pronto a la perspicaz niña. Y luego ésta al niño, cuando Mónica es retirada abruptamente de sus dominios.
El director Gustavo Cabrera plantea un espacio de tonos ocres, desordenado y algo recargado pero funcional, y prefiere estilizar a sus personajes, como esa Mónica bien peinada y con su vestido planchado. El texto es interpretado correctamente y enriquecido con divertidos momentos, gracias al inspirado elenco. Buen trabajo actoral de Daisy Sánchez en el papel principal (quien regresa a las tablas luego de un prolongado periodo de tiempo), logrando destacar en mayor medida en sus diálogos con sus compañeros de escena, que en su monólogo inicial, debido a una saturada propuesta de luces y sonido que por poco boicotean la poesía del texto. Ruth Vásquez y el mismo Cabrera resultan intachables como los niños, aportando la cuota de ingenuidad y ternura necesaria.
Tal vez el mayor acierto de la presente puesta sea el haber respetado el texto original, sin traicionarlo en su pase al escenario. Y es que Sara Joffré no sólo transmite sensaciones en los diálogos, sino también en las acotaciones de su texto, como en la lograda presentación de Mónica. “Es una niña que podría tener hasta ochenta años, que es la máxima edad que puede tenerse. Ella no sabría decirnos tampoco cuántos años hace que está aquí. Es ágil. Delgadita. Nerviosa. Con una lamparita encendida dentro de cada ojo. Ahora está jugando. Juega incansablemente. No se detiene nunca. No puede detenerse. Ah, pero es la voz de Mónica lo importante. Eso es lo que realmente es Mónica: una voz. Envejece. Crece. Se hace pequeñita. Es agria y cortante. Es dulce. Es amarga. Retiene. Aleja. Nos acompaña, o nos deja terriblemente solos. Y luego están sus manos y su risa: la risa de Mónica no puede escucharse sin que produzca desazón, desconsuelo o el sentimiento de sentirnos abandonados en un lugar donde todos hablan un idioma que no entendemos y nos rodean miradas hostiles, impúdicas; las manos de Mónica no pueden olvidarse si se las ha visto mintiendo alguna vez. Nada más.”
“En el jardín de Mónica” continuará presentándose en diversos espacios y bien vale la pena apreciar este buen montaje y revisitar un texto muy vigente a pesar del tiempo transcurrido.
Sergio Velarde
10 de octubre de 2009
Nuestro divertido espectáculo ecológico
Sumándose a la necesaria campaña ecológica para preservar
nuestro medio ambiente, se viene presentando en el Centro Cultural CAFAE-SE, la
obra infantil Achikée, la tierra seca, escrita y dirigida por Ismael
Contreras y producida por el grupo Palosanto. El espectáculo es una adaptación
de la conocida tradición oral andina rescatada por José María Arguedas, que
busca incentivar en los pequeños la defensa y el cuidado del medio ambiente,
teniendo como principal atractivo las canciones y bailes en vivo, a cargo de la
troupé de actores.
La bruja Achikée, que nace como resultado de la contaminación de la tierra, busca conseguir el calor que les puede proporcionar dos niños "semillas de maíz", quienes logran huir de ella gracias a los coloridos y simpáticos animales de nuestra sierra. A pesar del espacio alternativo que cuenta el grupo (la sala de cine del CAFAE), la utilización de vistosos vestuarios y cuidadas máscaras consigue aportarle vida propia a los variados personajes, especialmente a la lograda caracterización de la bruja Achikée. Y es en este personaje en donde radica la novedad de la obra: Achikée no es en realidad mala de por sí, sólo existe como consecuencia de los cambios climáticos producidos por la contaminación del hombre. Por lo tanto, la búsqueda del calor perdido se vuelve entendible para el espectador, así ponga en riesgo a los niños protagonistas.
Los actores Emilio Benavente, Julio César Delgado, Enrico Méndez, María Gracia Mires y Angie Rodríguez, todos ellos con estudios en la Escuela Nacional de Arte Dramático, cantan en vivo y bailan las alegres canciones de la puesta en escena acompañados por instrumentos andinos, contagiando su alegría a los más pequeños, quienes se vuelven cómplices de la trama. “Achikée, la tierra seca” es un espectáculo para toda la familia, no sólo ameno y entretenido, sino que contiene un mensaje que todo niño debería apreciar.
Sergio Velarde
4 de octubre de 2009
Excelente adaptación de un clásico literario
¿Quién no leyó alguna vez “Los cachorros” y no se
sintió profundamente conmovido con la historia de Pichula Cuéllar, un
niño miraflorino castrado por un perro allá por los años 50, que debió
adaptarse a vivir en una sociedad conservadora al lado de sus amigos, todos
ellos ávidos de emociones y nuevas experiencias? Pues, luego de algunos años,
el director Miguel Pastor reestrena su versión del clásico literario de Mario
Vargas Llosa en el Centro Español del Perú, logrando un montaje ágil y entretenido,
y sobre todo, respetando en gran medida la riqueza del texto original.
Hace unos días abordé, en el comentario de una puesta en escena, el tema de la trascendencia en el teatro, de si era necesario o no el dejar una huella indeleble en el espectador luego de apreciar un montaje teatral. Y lo cierto es, que cada obra se concibe de diferentes maneras, aborda diversos temas y plantea objetivos variados, por lo que los niveles de trascendencia de un espectáculo teatral pueden variar. En el caso de “Los cachorros” (adaptación de Miguel Pastor y Carmela Izurieta), el público se hace cómplice de la historia de Cuéllar y sus amigos, y esto sabiendo de antemano en qué acabará la historia. Contando sólo con algunos cubos, una mesa, un par de sillas y un notable desempeño actoral, Pastor consigue un montaje limpio, entretenido y conmovedor, sin traicionar el espíritu del original.
Algunos detalles que afinar en la puesta en escena: la voz en off de los padres de Cuéllar podrían ser interpretadas “en vivo” por alguno de los actores fuera de escena, pues la pista grabada crea algunos segundos vacíos durante el diálogo en el ritmo del actor. Los cinco intérpretes protagónicos tienen seguridad y destreza en escena, pero no deben descuidar el hecho de romper los cuadros en neutro al unísono, para buscar así la precisión (sobre todo en el caso de Mañuco, quien parece adelantarse siempre). A destacar la actuación de Juan Carlos Pastor en el difícil papel de Cuéllar, muy creíble y vital desde su timidez y engreimiento inicial, hasta su posterior y descontrolado deterioro. Lo acompaña un sólido grupo de actores: Germán Loero, Diego López, Miguel Torres-Böhl y Luis Alberto Urrutia, quienes relatan y teatralizan la historia al público. Si bien es cierto se trata de una puesta en escena servida para el lucimiento de los caballeros, el grupo de actrices se convierte en algo más que un mero elemento decorativo. Todas destacan en los números musicales y definen bien sus diversos roles, especialmente Giselle Collao como Teresita. “Los cachorros” trasciende, cautiva, alegra y conmueve y, así como su versión literaria, resulta de revisión obligatoria.
Sergio Velarde
26 de septiembre de 2009
Regreso al “Pueblo que no podía dormir”
El veterano grupo Cuatrotablas, con más de 30 años en la
escena local, retoma un montaje estrenado en la convulsionada década de los 90
titulado “El pueblo que no podía dormir”, en el que vivíamos aún bajo
la amenaza terrorista. Casi veinte años después llega “Ismaela y los
caminos del juego”, un unipersonal basado en dicho espectáculo y dirigido por
Mario Delgado, presentándose de manera itinerante en los Auditorios de la
Asociación Cultural Peruano Británica. Ismaela es una niña ya crecida, que
armada de una gran imaginación, sale de un ropero para jugar a la misma
historia, pero esta vez con la ayuda de varios muñecos.
El montaje juega con varios personajes, identificados no sólo por los muñecos, sino por el trabajo corporal de la actriz, quien asume las distintas personalidades conforme avanza la historia. A pesar de lo incómodo que pueden resultar los Auditorios del Británico (especialmnete el de San Miguel), se utilizan todos los niveles, logrando aprovechar eficientemente el espacio del escenario. Algunas simbolos presentes en el montaje, como las banderas peruanas cortadas a la mitad en los costados del ropero, refuerzan el mensaje de la obra, de la patria dividida por conflictos políticos y sociales, y en donde los débiles son los que siempre resultan los más afectados.
A destacar la limpia labor de Antonieta Pari, actriz perteneciente a la Quinta Generación de Cuatrotablas y co-autora del presente montaje, quien realiza una intachable performance en escena, representando con bastante precisión a los variados personajes de la historia, utilizando eficientemente los elementos escenográficos y el vestuario, y creando ambientes utilizando sólo su cuerpo y su melodiosa voz. “Ismaela y los caminos del juego” es un sólido espectáculo que nos devuelve la memoria sobre aquellos aciagos días en los vivíamos en una ciudad que, literalmente, “no podía dormir”.
Sergio Velarde
25 de septiembre de 2009
Una guerra de los sexos interactiva
El tan trillado tema de “la guerra de los sexos” se puede
apreciar hasta el hartazgo dentro del ambiente teatral: desde las divertidas
comedias de Oswaldo Cattonne hasta las peripecias de singulares personajes
dentro de un bus en movimiento, pasando por innumerables piezas de todo calibre,
en el que se nos restriega en la cara que la mujer debe ser considerada a la
par del hombre y que el machismo ya pasó de moda. Muchas veces cayendo en
lugares comunes o en montajes tan fallidos, que hasta provoca llevarles la
contraria. Es por ello que resulta muy saludable el estreno de Mujeres en
el Club de Teatro de Lima, catalogado como un “show” teatral, en el que seis
actores recrean los mismos “sketches” de siempre, pero imprimiéndoles frescura
y aires nuevos tan necesarios en nuestra cartelera teatral limeña.
Las escenas se suceden sin parar, manteniendo un ritmo parejo. Y si bien son cuadros predecibles y vistos mil veces, la participación constante del público en las secuencias, el uso de coloridos elementos escénicos y el evidente agrado de los actores por su faena, vuelven positivo y muy entretenido al resultado final. Le debemos también al director Paco Caparó (siempre en la búsqueda de novedades), el haber estrenado un espectáculo con banda en vivo ¡en el Club de Teatro de Lima! Que recuerde, en muy contadas oportunidades durante los más de 50 años de trayectoria de la Escuela de Teatro del Sr. D’Amore, se optaba por utilizar música y voz en vivo en escena. Si bien los actores no son cantantes profesionales, el sólo hecho de prescindir de pista grabada y entonar correctamente las voces, convierten a este y a cualquier espectáculo en impagable. Dos momentos notables de la puesta: las hipócritas amigas se reúnen para conversar y rajar cada una de la otra; y el “hábitat” preferido de las mujeres analizadas por un científico machista.
A pesar del título de la puesta en escena, son los caballeros quienes muestran mayor seguridad y aplomo en el escenario: Renato Pantigozo, Jhosep Palomino y Gerardo Cárdenas saben disimular los baches en escena (inevitables por tratarse de un espectáculo en vivo basado en la improvisación), haciendo uso hábilmente de su capacidad como improvisadores. Las señoritas Andrea Fernández, Ivonne Trujillo y Cintia Díaz del Olmo lucen algo acartonadas e inseguras por momentos, pero logran cerrar el montaje dignamente con monólogos inspirados (supuestamente)en sus propias experiencias, y si bien con cierto tufillo moralista, por lo menos consecuentes con la propuesta inicial de reivindicar a las féminas dentro de un universo mayoritariamente machista. “Mujeres” es un agradable espectáculo interactivo bastante recomendable.
Sergio Velarde
20 de setiembre del 2009
Nada es lo que parece
¿Cuándo se puede afirmar que una obra es trascendente? Acaso
cuando el espectador siente que empieza una nueva vida luego de su visionado,
acaso cuando el drama aborda temas sustanciales y “de fondo” que incumben a
toda la raza humana, o acaso cuando al caer el telón resulta imposible retirar
de la retina todo lo que hemos presenciado. El hecho es que el tema de las
llamadas obras “trascendentales” abarca demasiados aspectos que aceptan
múltiples interpretaciones. Y traigo este concepto a colación, luego de
apreciar el nuevo montaje de Teatro Racional titulado “Punto ciego”, escrito
por Claudia Sacha y dirigido por Carlos Acosta.
Las comparaciones resultan odiosas, es cierto, pero no puedo dejar de comentar que luego de ver la obra en cuestión, me sentí exactamente igual que al término de la función de "Solo dime la verdad", estrenada el año pasado en el CAFAE, escrita por Daniel Dillon y dirigida por el mismo Acosta. Esto fue lo que pensé: “La obra está bien actuada, bien escrita, bien dirigida, entretenida… pero, ¿y qué más?” ¿Es que acaso una obra teatral, para ser considerada “buena”, debe remecer al espectador y hacerlo reflexionar exhaustivamente sobre el aspecto que aborde? Personalmente, opino que no. Cada obra teatral, desde la dramaturgia hasta la dirección, deben estar encaminadas hacia un objetivo claro. Y si sólo se busca entretener, pues se trata de un objetivo muy respetable, que por cierto, muy pocas obras logran cumplir a cabalidad. Y “Punto ciego”, definitivamente, lo logra. Tanto Dillon como Sacha son dramaturgos contemporáneos, que buscan retratar, cada uno a su manera, nuestra turbia realidad desde lo cotidiano.
“Punto ciego” nos sitúa en la apartada morada de Agustín, un invidente que convive con su hermana Micaela y su enfermero Ernesto. En un inicio, la relación entre Agustín y la guapa Micaela resulta perturbadora, pero luego nos daremos cuenta que nada es lo que parece. Envueltos en la realidad en un perverso juego sexual, Agustín y Micaela tratarán de hacer participar en éste al noble personaje de Ernesto. La obra pudo haber seguido otros derroteros si Ernesto entraba de lleno en el juego, pero su negativa frustra un conflicto mayor y por ende, un final mucho más inquietante del que presenciamos.
Carlos Mesta, en el papel de Agustín, alcanza los momentos dramáticos con bastante fluidez, pero su invidente aún no resulta del todo creíble. Inclusive, conforme avanzaba esta trama de mentiras, podía suponerse que no se encontraba ciego en realidad. Sorprende la madurez de Nidia Bermejo en el papel de Micaela, quien resulta provocadora y sensual en las primeras escenas, para luego no desentonar en su transformación en la última parte. Tal vez este complejo papel estaba destinado a una actriz mayor, pero Bermejo lo asume sin tacha. A Tommy Párraga, como el enfermero Ernesto, no se le puede exigir más en un papel menor, que lo ejecuta con precisión y discretamente.
“Punto ciego” podría no tener una profunda trascendencia en los espectadores, pero sí que es un digno montaje, con ciertas fallas técnicas propias de cualquier estreno, pero que no ensombrecen los logros alcanzados por sus artífices, como por ejemplo el eficiente aprovechamiento del espacio que ofrece Teatro Racional.
Sergio Velarde
19 de septiembre de 2009
Tragicómica historia de familia disfuncional
Jacobo Lagsner, dramaturgo rumano-uruguayo, estrenó en 1962
una de las comedias costumbristas más clásicas en Latinoamérica, titulada “Esperando
la carroza”. Y adaptó también su versión cinematográfica en 1985, con
actores como Darío Grandinetti y China Zorrilla, consiguiendo un gran éxito. En
nuestro país, el director Alberto Isola estrenó en agosto en el Teatro La Plaza
ISIL su propia versión, logrando un divertido espectáculo, no carente de una
certera crítica hacia la absurda hipocresía de nuestra clase media. La
inexplicable desaparición de Mama Cora, abuela de una peculiar y disfuncional
familia, provoca numerosos enredos y confusiones durante un domingo familiar,
mientras los tres hijos y sus coloridas esposas, no atinan a encontrar la
solución más sensata y se revelan ciertos secretos que generarán el caos
familiar.
El cinismo y la hipocresía dentro del núcleo familiar es el generador de todo tipo de conflictos y situaciones descabelladas, pues diferentes personalidades deben aprender a coexistir dentro de un mismo espacio. La familia no se escoge, con ella se nace. De ahí que los variopintos personajes que deambulan por el escenario en “Esperando la carroza”, nos deleitan con una historia que, en el mejor de los casos, debería hacernos reflexionar más que reír. Isola, buen actor y mejor director, consigue sacar provecho del elenco que cuenta y potencia sus interpretaciones, logrando ingeniosos y jocosísimos cuadros de familia pletóricos de un incisivo humor negro.
Mario Velásquez, Ricardo Velásquez y Bruno Odar interpretan con bastante veracidad a los hijos de Mama Cora (y constituye también un homenaje de los hermanos Velásquez a su padre, don Carlos Velásquez, quien dirigiera la obra hace ya varios años en el Parra del Riego con Haydeé Cáceres y Reynaldo Arenas). Pero quienes se lucen realmente son las esposas de estos disfuncionales hermanos, a cargo de tres formidables actrices de diferentes edades y registros: Jimena Lindo, Norma Martínez y Ana Cecilia Nateri, quienes consiguen las mejores escenas de la puesta. El resto de actores (entre quienes figuran las notables Delfina Paredes y Magali Bolívar) tiene a su cargo una serie de personajes menores, sin mayor desarrollo dramático, pero interpretados sin tacha. “Esperando la carroza” puede parecer un montaje demasiado sencillo para el calibre de los actores participantes, pero es en realidad un sólido homenaje al teatro costumbrista que retrata con acierto nuestra propia idiosincrasia.
Sergio Velarde
19 de setiembre de 2009
A medio camino entre el cuento y el drama
Se
estrenó en agosto, en la Asociación de Artistas Aficionados (AAA), la obra Tereza, a
cargo del grupo Pasión Mystica, escrita y dirigida por Martín Abrisqueta, que
nos presentó la historia de una princesa embrujada, que nunca encontrará el
verdadero amor, pero termina casada con un plebeyo por error. Pero a pesar de
ello, no se trató de un montaje dirigido a un público infantil, pues la trama
también involucró a la vida del escritor de dicho cuento, quien se inspiró en
su propia vida para escribirlo. Si bien ambas historias paralelas le pudieron
otorgar mayor vuelo al montaje, la ejecución de algunas secuencias (algunas
demasiado dilatadas y otras demasiado confusas) perjudicó el resultado final,
aunque sin restarle el interés por completo.
Los universos paralelos: el mundo de fantasía narrado por un Sapo y la dura realidad de su escritor, lucen convincentes, excepto cuando dentro del cuento se cuelan elementos de nuestra realidad (los pintorescos personajes usan celulares y navegan por internet), lo cual genera la risa del público, es cierto, pero empaña la fantasía que se buscaba conseguir. El Sapo tiene monólogos demasiado largos, que podrían ser compensados con la utilización de más elementos en escena, además del juego de sombras. Se podría también incluir rasgos o características más definidas para los mismos personajes en ambos planos de la realidad, sobre todo al ser interpretados por diferentes actores. La publicidad de "Tereza" debe ser más clara al definir el estilo del montaje, para evitar la asistencia de niños que esperan otro tipo de espectáculo y que a la larga perturban la atención del mismo. Para ser el primer trabajo de Abrisqueta como autor y director, el resultado final es bastante aceptable, teniendo en cuenta el material humano con que cuenta y que viene afianzándose como un sólido grupo.
A destacar en el elenco a Santiago Moreno como el Sapo, quien logra salir airoso de la difícil tarea de mantener la atención con un texto excesivamente narrativo. Jacqui Chuquillanqui diferencia bien sus personajes: es divertida y exagerada como la paródica bruja Egolia, pero también es conmovedora y sincera como la esposa del escritor, siendo su canto en vivo uno de los momentos más íntimos y logrados del montaje. El resto del elenco no desentona y son creíbles dentro de la historia, interpretando diversos roles: Josse Fernández, José Medina, Javier Quevedo, Azucena Prieto y especialmente Luz Barrios en el rol protagónico. “Tereza” necesita ajustes en la dramaturgia y mayor vuelo de los elementos en escena para darle mayor agilidad y claridad a este digno primer intento de Abrisqueta y Pasión Mystica por generar sus propios productos teatrales.
Sergio Velarde
13 de septiembre de 2009
Las infinitas posibilidades de las sombras
A lo largo del tiempo, las sombras siempre han fascinado al
hombre, pues trascienden lo que nuestros sentidos pueden percibir. Como en la
prehistoria, cuando los primitivos seres humanos las hacían frente a las
fogatas dentro de sus cavernas. Éstas adoptan diversas formas y tamaños; hacen
referencia a nuestra realidad, pero de manera trucada e inestable, por su
intrínseca deformidad y abstracción. Las sombras invitan a la imaginación, a la
magia y estimulan nuestra fantasía, pues insinúan sin dejar nunca ver, pues
ellas permanecerán siempre en un plano ajeno, ajeno a nuestra realidad. Las
sombras nos trasladan entonces, a un mundo fantástico, irreal, en donde se
mezclan felizmente nuestros miedos, alegrías, sueños y pasiones.Es por ello,
que las sombras siempre serán protagonistas de historias con fuerte carga
fantástica, como en el caso de la puesta en escena de “Concierto fugaz
para un sol dormido”.
El espectáculo está dividido en tres “tiempos”. En el primero, titulado “Canción de cuna para el recuerdo de un tiempo”, acompañamos a un anciano en su último viaje en bicicleta a través de sus recuerdos. En “Viento” asistimos a un divertido concurso de cometas en un barrio popular. Y en “La corrida”, el tercer tiempo y probablemente el más logrado, asistimos a una fiesta taurina, en la que el torero le tiene terror a un particular toro en dos patas. Estos tres cuentos de creación colectiva, alternan las sombras con los propios cuerpos de los “sombristas”: Helijalder Capristano Flores, Marie-Eve Lefebvre y Roger Méndez Águilar (quienes se encargan de la dirección y creación plástica del montaje), acompañados de títeres, múltiples pantallas, juego de luces y un retroproyector.
La agrupación peruano-canadiense El Cantar del Cárabo realiza un gran trabajo aprovechando las enormes posibilidades que ofrecen las sombras en toda su variedad. Perfeccionando y puliendo cada detalle aún más, como cuidar que ningún telón se mueva de su lugar, centrar las sombras de manera precisa en la pantalla y no permitir ningún resquicio por donde se pueda filtrar la luz, el grupo logrará que ningún espectador (especialmente los niños) pierda la magia que emana el montaje. "Concierto fugaz para un sol dormido" es un espectáculo muy recomendable, que se presenta actualmente en el Teatro de la Alianza Francesa de Miraflores los fines de semana.
Sergio Velarde
29 de agosto de 2009
Los problemas del espacio escénico
El escenario que brinda el Auditorio del Centro Cultural
Ricardo Palma en Miraflores le impone al director de cualquier puesta en escena
que se presente en ese lugar, una serie de dificultades que de ben ser
resueltas con creatividad. Un enorme ecran como telón de fondo, la ausencia de
salidas por detrás del escenario y un piano en uno de los extremos: un espacio
muy similar al que ofrece la Casa de España, salvo que el Ricardo Palma le gana
en ancho, pero no en profundidad. En el caso de “El Marqués de Mangomarca”,
comedia escrita por Sergio Arrau y dirigida por Carlos Rubín, los
inconvenientes del espacio le ganan a la propuesta estética, agravada por los
colores principales del vestuario, a pesar de tener entre manos una farsa muy
divertida, aunque irregularmente interpretada.
Como en todo buena comedia de Arrau, lo absurdo prima, ya sea en la descabellada situación o en sus hilarantes personajes, rematado en esta oportunidad con textos clásicos en los momentos precisos. En la lejana provincia de Mangomarca, el Marqués (Reynaldo Arenas) y el Conde (Luis Alberto Sánchez) hacen una apuesta para demostrar sus dotes seductivas en una joven aspirante a monja (Carolina Infante) y en una mujer que porta un molesto cinturón de castidad (Edith Tapia). Pero esta apuesta se comprende recién durante el desarrollo de la obra, pues en la primera escena (clave para el arranque de una buena comedia) las fallas con la dicción y el volumen de voz de Arenas y Sánchez impiden su total comprensión.
El director Carlos Rubín debe percatarse que algo no marcha bien, al obtener los personajes secundarios las risas y aplausos del público. A destacar en el elenco a Mirta Urbina, quien le saca provecho a su corta estatura para interpretar a la divertida criada. También Jeffrie Fuster se roba las escenas en las que aparece como el demonio amanerado invocado por el Marqués, con energía, precisión y un sorprendente oficio que lo vuelve el centro de atención, a pesar de compartir escenas con Reynaldo Arenas, quien luce algo perdido en determinados momentos. Pero es Úrsula Kellenberger, una actriz con un notable registro para la comedia, quien sobresale en sus dos papeles: como la madre superiora del convento y como Yocasta, la madre gaucha del Conde.
“El Marqués…” cumple la función de entretener, pero se resiente de un pobre diseño escenográfico y de vestuario. Los colores azulinos del vestuario no combinan con las maderas de los biombos, restándole puntos en el aspecto visual. Si no se puede cubrir todo el ecran con telones, es preferible no hacerlo, que esconderlo a medias. El piano es hábilmente integrado al montaje, acompañando el montaje con melodías interpretadas por Jairo Betancourt. La historia de los cuatro personajes principales debe ser interpretada con mayor energía, para disfrutar planamente este ingenioso texto de Sergio Arrau.
Sergio Velarde
08 de agosto de 2009