domingo, 11 de junio de 2017

Crítica: ESPERANDO A GODOT

Por fin, llegó

Sin contar la brevísima muestra orquestada por Roberto Ángeles y elenco en marzo de este año, todos tuvimos que esperar pacientemente a Godot por dos décadas para tener una nueva reinvención formal (y acaso la definitiva para esta década) de una de las obras cumbre del teatro del absurdo: la tragicomedia Esperando a Godot del irlandés Samuel Beckett. Estrenada en 1997 en el Centro Cultural de la Católica, con la dirección del experimentado  Edgar Saba y la extraordinaria dupla de Alberto Isola y Ana Cecilia Natteri, las peripecias existenciales de los vagabundos Vladimir y Estragón brillaron bajo la sombra de un solitario árbol en una temporada que hasta el día de hoy nadie olvida. Por su parte y con su propio estilo, el joven director Omar Del Águila, quien ya había llevado a escena acertadamente otra puesta con árbol incluido llamada En el jardín de Mónica (2015), se sirve de un par de consumados actores, como lo son Manuel Calderón y Ximena Arroyo, para lograr convertir no solo en entretenida, sino también en entrañable, esta nueva espera en dos actos e intermedio ahora en la Asociación de Artistas Aficionados (AAA).

Mucho se ha escrito (y probablemente se seguirá escribiendo) sobre este clásico y célebre texto, desde las severas críticas que recibió durante su estreno en los años cincuenta ("¡Nada ocurre, nadie viene, nadie va, es terrible!"), hasta la supuesta inspiración que tuvo Beckett para retratar a sus protagonistas, como Charles Chaplin y Buster Keaton, o Stan Laurel y Oliver Hardy. Y aunque algunos puedan ubicar esta obra más cerca al existencialismo de Sartre que al absurdo de Ionesco; lo cierto es que sí reflexiona oportunamente sobre el valor de la amistad, la tolerancia y especialmente la libertad, con la aparición de Pozzo y Lucky, el infame amo y el esclavo con poca suerte, respectivamente. Por otro lado, a pesar de que el mismo Beckett lo haya negado, la teoría que el nombre de Godot tenga un matiz religioso (“God” es Dios en inglés) le agrega interesantes matices al resultado final. Lo absurdo de toda la situación, incluido el notorio cambio de Pozzo y Lucky en el segundo acto, se remata con las últimas líneas de Vladimir y Estragón: "- ¿Qué, nos vamos?  - Vamos", y quedan inmóviles.

Del Águila elige un pertinente momento histórico en nuestro país para vernos reflejados en el par de vagabundos, pues literalmente la población parece conformarse con esperar cruzada de brazos que aparezca la solución a nuestros problemas, sin hacer mucho por conseguirla por méritos propios, por cierto. Visualmente, la puesta en escena luce impecable con los colores y las luces utilizadas, aunque el sonido sí podría ajustarse. Por su parte, las actuaciones brillan por su dedicación y entrega: los inmejorables Calderón y Arroyo, en los mismos personajes de Isola y Natteri, componen sus personalidades, rutina y química propias; los intachables Percy Velarde como Pozzo y Juan José Oviedo como Lucky también destacan por su lograda y absurda caracterización de tiranía y sumisión, bien acompañados por Omar Rosales como el joven enviado por Godot. Esperando Godot sí que se hizo esperar y esta feliz llegada no pudo ser más memorable.

Sergio Velarde
11 de junio de 2017

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