miércoles, 2 de octubre de 2019

Crítica: MICROTEATRO EN LA PLAZA


El lugar del teatro breve

En la actualidad se ha popularizado como un referente de artes escénicas el formato de teatro breve, cuya duración es de aproximadamente quince minutos. Este formato se ha posicionado en los escenarios, encontrando como uno de sus referentes principales a la sala Microteatro ubicada en Barranco.

Este tipo de formato, si bien se venía realizando hace un tiempo, sobre todo como ejercicio de formación en dramaturgia, se popularizó cuando el espacio barranquino anteriormente mencionado empezó a apostar por este tipo de propuestas, donde la dinámica resultaba innovadora: espacios pequeños para obras de corta duración, donde las personas pueden entrar cómodamente con un trago en mano.

Debido al creciente éxito de aquel formato, lugares como el Teatro La Plaza adoptó dicha propuesta, apostando por que una propuesta así de breve pueda, en consecuencia, ser más concreta y, por ende, más fresca y directa para el espectador. Es así como La Plaza propuso traer teatro breve en un escenario típico de formato largo, de modo que se logra explotar el potencial de la obra en un espacio diferente, más grande y con mayor cantidad de público. Se presentaron cuatro obras cortas seguidas, lo que exigía que el espectador se quede en sus mismos asientos mientras que el trabajo en escena iba variando.

Esta temporada contó con cuatro obras. En primer lugar, Korruption High School, bajo la dramaturgia de Rosa María Palacios y Christian Ysla y la dirección/actuación del mismo Ysla. Esta obra muestra con ironía y humor una manera para formarnos para llegar a ser un gran alcalde en nuestro país. Consta de un unipersonal donde se nos enseña y pone a prueba a ver qué tan corrupto ha podido llegar a ser el público. Con una serie de preguntas que rondan entre la verdad y la criollada típica peruana, se nos invita a reflexionar sobre cómo se ha normalizado la corrupción en el día a día. La interpretación del improvisador y actor Christian Ysla fue simplemente limpia, cuya precisión se vio potenciada con el material audiovisual que utilizaba durante la obra.

En segundo lugar, Una historia de (poli)amor cuenta la historia de una pareja que encuentra en un joven a un compañero ideal. Se ve en escena la situación de un relación compartida, un tema que, si lo traemos al contexto peruano, sigue siendo difícilmente aceptado. El estilo de la pieza involucraba tanto la interpretación como la narración en tercera persona de cada uno de los actores. La obra estaba bien engranada, cuya historia dejaba muchas ganas de saber qué más podría pasar con este peculiar trío. El manejo del texto fue eficiente por parte de los actores, respetando las rupturas espacio – temporales que la propuesta tenía. Sin embargo, hubo momentos en donde el ritmo cayó.

En tercer lugar, Purgatorio, una obra cuya autoría e interpretación estuvo a cargo de Vera Castaño y Malcolm Malca, el también director de esta pieza. Se cuenta la historia de Matilde Pinchi Pinchi y Vladimiro Montesinos, dos de los personajes más populares de este siglo. La obra nos habla de cómo se forman las parejas sentimentales y cómo funcionan las alianzas políticas en nuestro país, así como la deslealtad, como una de las bases políticas del día a día. La puesta es una muestra de todos los elementos que hipotéticamente envuelve esta relación: el amor, el interés, la pasión y la deslealtad. La propuesta fue interesante, sobre todo porque utilizaron el espacio para indicar los saltos temporales y situacionales de la obra. La caracterización de los personajes estaba bien construida, pues aportaba a darle el peso necesario a la interpretación de estos íconos.

Finalmente está La misma vaina, escrita por el reconocido periodista Augusto Álvarez Rodrich, con la dirección de Ebelin Ortiz y la actuación de Gonzalo Molina. Esta obra nos cuenta una historia que empieza con la llamada de un juez, quien está negociando disminuir la pena de cárcel de un violador. A través de un lenguaje sarcástico, esta obra nos hará un recuento de los CNM audios y el descubrimiento de la tan popular “Señora K”. El actor interpreta a los distintos personajes involucrados en su relato, distinguiéndolos a través de cambios de posiciones y de indumentaria base. Sin embargo, esos elementos distintivos no fueron claros: hubo momentos en casi toda la obra donde no quedaba realmente claro si cambiaba de personaje o si volvía a uno ya interpretado. No hubo suficiente distinción entre cada interpretación.

Esta fue la primera vez que una obra de Microteatro ha salido de dicho espacio. Definitivamente es una experiencia distinta el ver obras de formato breve en espacios donde exigen al espectador la misma atención que en una obra de formato largo. Además, la temática propuesta fue muy pegada al contexto actual, una característica que el teatro debería tener cada vez más incorporado.

Stefany Olivos
2 de octubre de 2019

Crítica: EL ENTIERRO DE PAT O’CONNOR


Una tribu de nuevo teatro

En medio de una creciente producción de teatro independiente, el nacimiento y desarrollo de grupos de teatro es cada vez mayor y necesario. Uno de estos es “La Tribu Escena”, fundado por el actor y director Patricio Villavicencio. Este colectivo, desde hace seis años, viene formando actores y trabajando distintos proyectos con sus alumnos para crear nuevas plazas de desarrollo artístico descentralizadas.

Una de las obras que montó este colectivo fue El entierro de Pat O’Connor, dirigida por Villavicencio, basada en Los clavos de plata de Nicolás Bela. Pat O'Connor, un terrateniente enfermo en sus últimos años de vida, planifica su propio velorio por todo lo alto, a pesar de que eso acarrearía una gran deuda a su familia entera. Esta no está dispuesta a darle gusto al patriarca del clan, lo que provocará una serie de eventos controversiales.

El texto estuvo bien trabajado de manera uniforme en todo el elenco. Al tratarse de una comedia, es necesario que todos los actores tengan una noción del tempo ritmo que le corresponde a un montaje así. El manejo corporal de los actores y cada uno de los personajes estuvo uniforme, todos correspondían a un mismo código. Era interesante de ver a cada uno en escena, pues la interpretación se veía orgánica y conectada con el momento que ocurría en escena. El vestuario elegido para los personajes fue certero y práctico. A pesar de ello, hubo elementos en la escenografía que jugaron en contra como distractores para los actores, pues cuando se caía o se movía algo de la escenografía, se notaba la desconcentración momentánea de algunos miembros del elenco. Esto debería evitarse, pues obstáculos como estos deben ser solucionados por los actores sin soltar el personaje ni desconectarse de lo que sucede en escena.

El elenco estaba conformado por actores y actrices cuyos perfiles están empezando a llenar las tablas limeñas. Es reconfortante ver cómo estos nuevos rostros están dejando el teatro con cada vez más variedad y, sobre todo, con buenos trabajos que ver. Así como La Tribu, hay y habrá muchos grupos de teatro que deben ser bien recibidos por el público espectador. Muchas escuelas de teatro, al igual que universidades y academias, están generando y formando nuevos artistas interdisciplinarios que buscan aportar con su trabajo en las tablas. Solo hace falta que, como espectadores, nos demos la oportunidad de conocer este nuevo material. Nos podemos sorprender con la gran calidad de trabajo que podremos encontrar.

Stefany Olivos
2 de octubre de 2019

Crítica: GRIEGAS

Las lecciones de los griegos aún resuenan

El teatro perteneciente al periodo griego clásico es un mundo estimulante, cuyas obras y temáticas siguen dando pie a creaciones escénicas en la actualidad. Si bien hay obras enigmáticas de dicho contexto, valdría la pena explorar en piezas teatrales no tan conocidas, como lo pueden ser Las troyanas o La asamblea de mujeres, donde se aborda el papel de las mujeres en la sociedad.

Mateo Chiarella trabajó la obra Griegas, con motivo del egreso de la quinta promoción del centro de formación teatral Aranwa. Esta puesta en escena abordó las dos obras mencionadas anteriormente. Las Troyanas, drama escrito por Eurípides en el siglo IV a.C., es una obra situada en el último día de la destrucción de Troya. Se centra en el ensañamiento de los griegos contra la familia real de Troya, especialmente contra las mujeres, que fueron secuestradas. El elegir esta como la primera obra del montaje fue una elección certera dado que el contenido, al ser un drama, necesita más energía del público para poder ser realmente apreciada. Sin embargo, los actores desbordaban energía en ciertos momentos, de modo que resultaba un elemento distractor y desconcertante al ojo del espectador. La interpretación de los textos podría haberse pulido mejor técnicamente, pues por momentos la vocalización no fue clara en el elenco. Los vestuarios, un elemento que uniformizó toda la puesta en escena, era imponente debido a las texturas y colores tierra que fueron certeramente elegidos.

La segunda obra es La asamblea de mujeres de Aristófanes, comedia que data de fin del siglo III a. C. En esta pieza se cuenta cómo un grupo de mujeres ha decidido que deben convencer a los hombres para que les cedan el control de Atenas. Estas llegan disfrazadas de sus esposos, se colarán en la asamblea para hacer la propuesta y hacer de todo para que su cometido sea cumplido. Se usaron telas que permitían a los actores adaptar una corporalidad viva, expresiva, donde el cuerpo se veía muy involucrado en la interpretación: definitivamente el uso de un elemento como este marcó la diferencia con relación a la primera obra del montaje. Al tratarse de una comedia, fue certero colocarlo en la segunda parte de un montaje, pues la ligereza de una pieza como esta permite que el público pueda estar atento por más tiempo a la representación. El manejo del ritmo que la obra requería estuvo adecuadamente manejado, resaltando por sobre el trabajo hecho en Las troyanas.

El trabajo de obras cuya temática gira en torno al lugar de la mujer en la sociedad son propuestas necesarias para la reflexión hoy en día. Ya sea a través de la comedia o de un drama, es interesante ver cómo una pieza teatral milenaria puede decirnos tanto sobre un problema actual: la falta de igualdad y aceptación. No debemos permitir que ideas equivocadas de género nos destruya como sociedad.

Stefany Olivos
2 de octubre de 2019

domingo, 29 de septiembre de 2019

Crítica: LOS CACHORROS


Fidelidad al material original

Hace exactamente diez años, Oficio Crítico asistió al Centro Español del Perú para apreciar la teatralización de Los cachorros, capital novela corta de Vargas Llosa, adaptada y dirigida por Miguel Pastor, con la colaboración de su esposa Carmela Izurieta y su productora El Juglar. El resultado: un notable ejercicio escénico que no solo se enriquecía del trabajo actoral en conjunto, con un inspirado Juan Carlos Pastor (hijo del director) a la cabeza, sino que se ajustaba con mucho respeto al material original. Armado de unos cuantos cubos, sillas y una mesa, el director Pastor consiguió una conmovedora puesta en escena, con la tragicómica historia de “Pichula” Cuéllar, quien tras ser castrado por un perro siendo un niño en su colegio, debe sobrevivir en una conservadora ciudad, como lo fue la Lima de los años 60.

Acaso el mayor logro de Pastor sea el de generar, en complicidad con su elenco, una real atmósfera de aquella época, a través de una correcta valoración del texto. Las acciones de los actores son fluidas y consiguen veracidad en escena. Los personajes secundarios son interpretados por los mismos actores con bastante convicción. Eso sí, Pastor vuelve a apostar por grabaciones de las voces de los padres de Cuéllar, que interfieren, aunque sea por algunos segundos, con el desenvolvimiento general de la puesta; que los mismos actores asuman estos personajes podría ser una opción. Siempre es posible mejorar aún más la precisión de los cambios en escena, aquellos detalles se irán afinando a lo largo de las funciones que le restan a esta temporada itinerante.

En cuanto al nuevo elenco, la elección de Sergio Armasgo como el Cuéllar de esta década no pudo ser más acertada: enérgico, carismático y conmovedor, Armasgo logra un perfecto equilibro entre la tragedia que le tocó vivir a su personaje, sin descuidar su lado humano, matizado con un agradecido sentido del humor. A su lado, el cuarteto conformado por David Camargo (Lalo), Alejandro Baca (Choto), Manuel Baca Solsol (Mañuco) y Gabriel Soto (Chingolo) ejecuta con mucha convicción y precisión su rol de narradores de las peripecias de Cuéllar, delineando bien a sus respectivos personajes. Las damas, Viviana Pereyra, Estefanía Cortés, Abril Cárdenas, Sofía Espantoso y Carolina Infante (única “sobreviviente” de los elencos originales), suman a la puesta a pesar del corto tiempo que disponen en escena para desarrollar sus personajes. Los cachorros mantiene y respeta el espíritu de nuestro premio Nobel en sus primeros años como literato y esa es su principal fortaleza.

Las funciones de Los cachorros continuarán en el Teatro del Centro Cultural CAFAE-SE y en la Asociación de Artistas Aficionados.

Sergio Velarde
29 de septiembre de 2019

Crítica: LOS CERDOS NO MIRAN AL CIELO


¡Mi reino por mi cerdo!

El Cauchero (Alaín Salinas), un narcotraficante de la selva obsesionado con su cerdito bautizado Babe Tercero, es seducido por un par de periodistas desempleados y en desgracia: Esteban (Micky Moreno) y Ricardo (Braulio Chappell). La creación de una revista exclusiva para narcos es la salvación de sus problemas económicos, pero la acción dramática empieza cuando surge una disputa por el amor de Sofia (Kukuli Morante), la novia del Cauchero y además, amante secreta de Esteban. La obra fue escrita por el periodista Carlos Portugal.

El auditorio estuvo completamente lleno y como comentaban algunos de los asistentes, lo que más les conminó a asistir al espectáculo fue la llamativa infografía de la publicidad y el título tan particular. Por otro lado, es interesante lo influenciada que estuvo la ambientación y la caracterización del personaje del Cauchero, que a veces correspondía a una inspiración de los personajes de series como “Narcos” o “El Chapo”. En ese sentido, con excepción de la dicción que le da el actor al Cauchero, el resto de los elementos (ambientación, sonidos, luces) de una vida de narcos no se veían creíbles del todo y, por momentos, exagerados con el fin de generar risas. Salinas es el actor que más destaca del elenco, debido a una transformación completa que hace de su personaje de manera muy clara.

Durante los intermedios, jóvenes de producción entraban para cambiar los elementos, pero lo hacían bailando sin sentido al ritmo de un jazz infantil tipo “The Entertainer” de Scott Joplin; causaba risa en el público, a pesar de la extrañeza que provocaba. Por otro lado, en general, la dramaturgia de la obra abusa de lo sencillo, donde los conflictos se resuelven fácilmente y los diálogos son más informativos, en lugar de generar más acciones.

Se puede afirmar que Los cerdos no miran al Cielo alcanza a arrancar risas entre los asistentes y lo hace con mucha facilidad, pero se abusa mucho de ella, debido a que prácticamente cada diálogo fue seguido de una actuación absurda solo para generar risas. Personalmente, creo que la risa es muy fácil de alcanzar usando la herramienta del absurdo (no al concepto teatral, al estilo de Esperando a Godot, ya que esta obra no es absurda), lo cual se puede ver, por ejemplo, todo el tiempo en la televisión con programas como “El Especial del Humor” o la extinta “Risas y Salsas”; sin embargo, el género teatral de la comedia implica un trabajo más profundo. Lo menciono con mucho respeto, pues en vez del absurdo, habría sido interesante utilizar la ironía como una herramienta escénica para narrar una historia de este tipo, como por ejemplo, en Más pequeños que el Guggenheim.

Finalmente, solo mencionar que, sin duda, Los cerdos no miran al Cielo es una opción de entretenimiento muy divertida, enfocada en el público adulto para ver un fin de semana.

Enrique Pacheco
29 de septiembre de 2019

jueves, 26 de septiembre de 2019

Crítica: MEDIAS NARANJAS


Las variantes del amor

Ocho micro historias cuentan las diversas formas en las que el amor, el desamor, la ilusión y el desengaño se manifiestan en la vida de los seres humanos. Esta vez, Long Play Colectivo teatral, presenta “Medias Naranjas”, obra escrita por el dramaturgo español Carlos García Ruiz, la cual transita por los enrevesados caminos del amor y las relaciones de pareja.

El montaje dirigido por Manuel Díaz Ibañez, propone a dos actores en escena: Priscila Espinoza y Yamil Sacín, quienes con empeñoso esfuerzo, interpretarán las ocho historias que constan de intervenciones en pareja y monólogos. En el discreto escenario acondicionado en Amaru Casa Cultural, se encuentran algunos cubos de colores, los cuales se utilizan en todas las escenas; además, una pequeña estructura que alude a un campo de flores; un maniquí del torso femenino y otro masculino; así como los cambios de vestuario, componen la propuesta visual.

La obra se divide en dos actos (cuatro historias en cada uno). En la primera parte, vemos la historia de un hombre y una mujer que coquetean, se gustan pero no tienen una relación, entonces él decide declararse. La siguiente historia nos presenta a una mujer de carácter y muy resuelta (interpretada por Espinoza) quien habla acerca de algunas tácticas de seducción y de cómo conocerá a un hombre. Luego vemos otro monólogo, interpretado por Sacín, quien revela a una mujer casada que ha perdido el interés por su marido y cuenta una particular anécdota del día de su matrimonio, así como un oficio impensado. Para finalizar, está la historia de una terapeuta y su paciente, este último tiene problemas matrimoniales; sin embargo, nada es lo que parece. En el segundo acto, la primera escena nos muestra a dos esculturas humanas, que discuten acerca de su separación por causa de una infidelidad. Luego, viene a escena un conferencista muy extraño (interpretado con fuerza por Sacín), quien pregona que el amor no existe y describe algunas formas para escapar de él; no obstante, esconde más de una perversión. El siguiente, es un monólogo interpretado notablemente por Espinoza, quien vestida enfundada en un traje de flor, revela con toques de ternura y rabia, temas que van desde el amor y el enamoramiento que despierta un galán de telenovela, hasta el engaño y el desamor. El cierre de la obra, es una suerte de regreso al principio, pues la primera pareja que coquetea pero no se compromete, vuelve al escenario y esta vez, es ella quien se le declara a él, pero las cosas no terminan como podríamos preverlo.

Los cambios de luces y la canción al inicio y al final de la puesta, complementan el juego escénico, que nos revela las distintas caras del amor y las formas de amar. Los detalles más resaltantes se observan en las interpretaciones, los cambios de voz, tonalidades y personalidades fueron correctamente trabajas por los actores. Sin embargo, una única observación sería respecto al decaimiento en la energía y dinámica de la obra, producida por los cambios de escena y vestuario, lo cual no deja de ser comprensible porque son dos actores resolviendo todos los cambios.

“Medias Naranjas”, es una obra compuesta por historias cómicas e hilarantes, que exploran las distintas aristas de un sentimiento universal y complejo como es el amor. 

Maria Cristina Mory Cárdenas
26 de setiembre de 2019

sábado, 21 de septiembre de 2019

Crítica: SEÑORITAS A DISGUSTO


Dos hermanas, un inquilino

Estrenada en 1960, Señoritas a disgusto fue la primera obra teatral escrita por el destacado dramaturgo, director y pedagogo mexicano Antonio González Caballero. Una sencilla comedia, con tintes muy nacionalistas, en la que la tradicional represión y el cuidado por las apariencias en un pueblo alejado de la capital causan estragos en dos recatadas hermanas ya entradas en años, quienes se ven obligadas a alquilar una habitación de su casa y entran en crisis al aparecer después un galán otoñal que desea rentarla. Estrenada en la Sala Joven de la Alianza Francesa en 1994, con la actuación de Haydeé Cáceres y la dirección de Rafael Blossiers, la pieza tuvo un reestreno en 2007 y actualmente se presenta en temporada en el Teatro Auditorio Miraflores. A veinticinco años de su estreno y a casi sesenta de haberse escrito en primer lugar, el texto de González Caballero corría el riesgo de dejar de ser actual y simpático, para volverse anacrónico y muy ingenuo. A pesar de contar con la misma actriz y director, la Señoritas a disgusto del 2019 sí que ha perdido la fuerza y la magia de antaño; sin embargo, algunos aciertos puntuales sostienen su duración.

Acaso el gran problema con esta nueva reposición a cargo de Blossiers sea el de sus valores de producción. Una comedia románticamente agradable y conscientemente anticuada necesitaba de un empaque sólido y creativo para hacerla pertinente y actual. Sin embargo, simples detalles como la gigantografía en la recepción (que palidece frente a las de las otras temporadas en el mismo teatro), las fotos promocionales y hasta el programa de mano (con un par de gazapos, incluida una imperdonable confusión en el reparto de personajes) pudieron ser presentados artísticamente de mejor manera. La estética del montaje también pudo estar mucho mejor: la pantalla blanca de fondo no está justificada, salvo para un par de proyecciones de video, pobremente realizadas (esas locaciones no parecen ni por asomo un pueblo de provincia) e inevitablemente innecesarias. Ese espejo sostenido por hilos de pescar resulta también muy prescindible. Los zapatos brillantes de taco que usa al inicio una de las actrices no corresponden con la personalidad que ella misma se encarga de anunciar. Una consistente adaptación, de la realidad mexicana de los años sesenta a la nuestra de hoy en día, no debe permitir que los actores digan “soles” y “pesos” en el mismo contexto.

Por el lado positivo, destaca nítidamente nuestra primera actriz Cáceres; ella conoce su personaje de sobra, interpretándolo con su energía característica y ese controlado “desborde” que una comedia de este tipo le permite. A su lado, Silvia Bardalez (la hermana) y Marcelo Oxenford (el inquilino) acompañan con mucha corrección, mientras que Anita Esquivel como la simpática criada y Antonio Aguinaga, en una esforzada caracterización como uno de los pretendientes de Cáceres ya entrado en años, consiguen muy buenos momentos. Es así que Blossiers logra rescatar la esencia de Señoritas a disgusto, un divertido y añejo texto de González Caballero, que bien podría levantar vuelo con una mayor creatividad artística en su puesta en escena.

Sergio Velarde
21 de septiembre de 2019

jueves, 19 de septiembre de 2019

Crítica: ESTE LUGAR NO EXISTE


Valiente llamada de atención

La terrible realidad que enfrentamos como nación, a todo nivel, resulta una fuente inagotable para que nuestros artistas concreten proyectos teatrales que busquen la reflexión en el espectador. En este año, desde discretos montajes como Siguiente, que pone sobre el tapete lo tremendamente irregular que es nuestra sistema de salud pública, hasta sugerentes y trepidantes espectáculos como Bagua, ni grande ni chica, que denuncia el escandaloso desalojo de nativos amazónicos por parte del gobierno aprista en beneficio del tratado de marras con los Estados Unidos, se encargaron de hacer un pertinente llamado de atención a la sociedad y a sus líderes. A este grupo se le une Este lugar no existe, obra escrita y dirigida por la joven Alejandra Vieira, ganadora del Concurso Nacional “Nueva Dramaturgia Peruana 2017” del Ministerio de Cultura y que formó parte del Centro de Formación Teatral Aranwa en su Programa “Directores en acción” 2016.

Este lugar no existe sostiene su historia en la ingenuidad de la pareja protagónica: Julia (Yaremis Rebaza) y Ernesto (Santiago Torres) habitan en un pueblo amazónico tomado por la minería ilegal; ella sobrevive como prostituta y él soporta las duras e inclementes condiciones de este trabajo informal e inhumano. Durante sus encuentros, en los que al inicio solo se dedican a conversar, surge una estrecha relación que los lleva a imaginar un futuro lejos de todo el infierno en el que viven día a día, un futuro en la capital, una ciudad a la que idealizan de manera obviamente equivocada. La Sala Tovar de Miraflores, así como el Teatro Ricardo Blume de Aranwa, le permite a Vieira trabajar de manera circular, con mínimos elementos y centrándose en las muy correctas actuaciones de los jóvenes Rebaza y Torres, quienes con mucha frescura sacan adelante sus personajes y hacen creíble su romance en escena y su inequívoco y trágico destino. Además, la notable Irene Eyzaguirre siempre impone su presencia, a pesar de lo reducido de su papel.

Siendo la puesta en escena de tono intimista, se corría el riesgo de perder de vista su contexto social y político específico (sugerido en breves imágenes proyectadas al inicio), en beneficio de esta historia de emprendimiento imposible por parte de estos cándidos jóvenes, en literalmente cualquier espacio y tiempo. Sin embargo, Vieira logra integrar con coherencia las diversas (y tan nuestras) problemáticas que nos aquejan, no solo en lo concerniente a la minería ilegal, sino también a los profundos abismos culturales que separan nuestras regiones, en donde campea la corrupción, la violencia y la explotación. Ya desde el título se nos anticipa que esa “Tierra Prometida” de la que hablan los protagonistas, en efecto, no existe. Producida por Onírica Teatro Independiente, Este lugar no existe es una digna y valiente llamada de atención sobre las terribles condiciones que viven nuestros compatriotas en otras latitudes; seres humanos con anhelos y esperanzas que se ven perdidos por la inoperancia y atraso de nuestro sistema.

Sergio Velarde
19 de septiembre de 2019

martes, 17 de septiembre de 2019

Crítica: UN AMOR COMO EL NUESTRO


El acelerado amor contemporáneo

No pensé que era amor (2018) fue un irregular aunque interesante ejercicio escénico dirigido por el joven artista Rodrigo Falla Broussett en el MALI, que consistió en la presentación de siete piezas cortas de autores nacionales e internacionales diversos, interpretados por solo dos versátiles actores, quienes luchaban contra el reloj (literal) para cambiarse de vestuario y entrar en nuevos personajes entre escena y escena, todas ellas dedicadas al acelerado amor de nuestros días. Pues bien, Falla Broussett, ahora de la mano de Arjé Producciones, estrenó en el Teatro Auditorio Miraflores el espectáculo titulado Un amor como el nuestro, que guarda grandes semejanzas con el montaje antes mencionado, pero que consigue salir airoso gracias no solo a la nueva propuesta de dirección, sino también a la divertida actuación de la pareja protagonista.

Entre las grandes coincidencias que se dejan ver entre Un amor como el nuestro y el espectáculo anterior del director, figura el hecho de presentar nuevamente una sucesión de escenas cortas (ahora solo cinco y de autores norteamericanos) dedicadas a los problemas de pareja e incluso repitiendo dos de ellas: las muy entretenidas Dueto matrimonial de Lauren Wilson y No hay problema de David Ives. La gran diferencia que propone el director es apostar por integrarlas todas dentro de la misma historia de una joven pareja (Natali Zegarra y Micky Moreno), a manera de flashbacks dentro de una terapia de grupo. Esta propuesta es acertada: los actores adaptan sus únicos personajes a las diferentes escenas, todas ellas simpáticas y fluidas, desde que se conocen por primera vez, pasando por la pedida de mano, hasta su matrimonio.

Sin embargo, la idea de la terapia de grupo no es desarrollada del todo, pudiendo haberse aprovechado mucho más. Los anfitriones con mandiles blancos y los stickers que pegan en el público anticipaban una dinámica mucho más interesante. También se puede atisbar algún tipo de historia entre la pareja de tramoyistas, quienes tienen una cierta personalidad apenas bosquejada y que luce desdibujada durante los cambios de escena. Estos además, bien pueden agilizarse, utilizando en mayor medida, por ejemplo, el recurso de la voz en off. Eso sí, la gran fortaleza del montaje recae en los inspirados trabajos de Zegarra y Moreno, quienes forman una carismática dupla en escena que ejecuta sin tacha todas las escenas, haciendo creíble su love story. Un amor como el nuestro es una interesante puesta en escena, sin duda superior a la anterior de similar temática dirigida por Falla Broussett, que promete una divertida reflexión sobre el amor en estos tiempos tan acelerados y despreocupados.

Sergio Velarde
17 de septiembre de 2019

lunes, 16 de septiembre de 2019

Crítica: TÍTERES DE LA MAR BRAVA


Aventuras y enseñanzas en el mar

Por una breve temporada, volvió a escena el Proyecto Ganador de Estímulos Económicos para la Cultura 2018: “Títeres de la Mar Brava”, que el año pasado obtuvo este reconocimiento por parte del Ministerio de Cultura.

Esta obra familiar es una creación colectiva a cargo del músico Rafo Ráez y el titiritero José Padilla (‘Pepito Ron’), quienes unieron sus talentos para darle vida a una historia compuesta netamente por títeres, hechos a base de papel y cartón, entre los que destacan diversos animales marinos. El tema central de la puesta gira en torno a nuestro mar del Callao, específicamente, en la playa Carpayo, donde Miguelito y Sarita, dos niños que se pasean por el litoral, han escuchado las historias de su abuelo y de los pescadores chalacos acerca de ‘Amaru’, una serpiente marina que llega al mar en forma de río. En su intento por descubrir los secretos que guarda el mar y en compañía de los pelícanos, los pingüinos, las gaviotas, los lobos de mar y una tortuga, se sumergen en una aventura que los llevará a conocer el peligro que corren estas especies, sobre todo por la gran cantidad de basura que se alberga, dentro y fuera del territorio marino.

La Casa de la Creatividad fue el espacio elegido para llevar a cabo el montaje. En la sala principal de este recinto se acondicionó un pequeño escenario de color negro, estructurado para el desplazamiento de los titiriteros y los títeres propiamente, que en su mayoría eran de tamaño regular y buen diseño (realismo en el vestuario y composición física). El acompañamiento de las canciones se hizo utilizando una combinación de sonidos, junto a la guitarra y voz en vivo de Rafo Ráez. El diseño de las luces se contrastó para destacar a los títeres, que se realzaban en el fondo oscuro, manejados con destreza por los titiriteros también vestidos de negro. Los movimientos precisos y cadencia en la creación de cada figura llamaron la atención de grandes y pequeños. Los diferentes personajes/títeres dominados por José Padilla y Carmen Delgado calaron no solo por su composición, color y presencia, sino también por el claro mensaje convertido en anécdota teatral: preservar el mar y sus especies para su supervivencia. En una de las escenas más resaltantes, los protagonistas de esta historia encuentran en la red que sale a la superficie peces y terriblemente, también botellas de plástico. Una realidad que no es ajena a nosotros.

“Títeres de la Mar Brava”, al ritmo de la música y los muñecos, nos acerca a una problemática latente y que parece no tener cuando acabar. El mar y sus recursos están en constante peligro por el desinterés, la falta de conciencia y cultura de los seres humanos. De forma didáctica y con claridad, la obra nos muestra una historia cierta, de todos los días, que está en nuestras manos cambiar.

Maria Cristina Mory Cárdenas
16 de septiembre de 2019