viernes, 30 de noviembre de 2018

Colaboración regional: OCASO DE UN SUEÑO DE AMOR


García Lorca en Piura

Casi siempre se ha tenido la idea de que hacer la adaptación de una obra clásica es materialmente imposible debido a lo que el texto, y muchas veces la puesta, representan para el público. Nos hemos quedado con la idea de que, por ejemplo, Romeo y Julieta debe estar siempre ambientada en la Europa del siglo XVI y que sus personajes deben vestirse con atuendo ostentosos y hablar rimado. Pero el teatro, al igual que la sociedad, cambia. Los problemas que enfrentó Shakespeare al escribir la obra no son los mismos a los que la sociedad se enfrenta ahora. Sin embargo, ¿por qué nos identificamos tanto? Porque hay verdades humanas universales que nunca cambian, como el amor, la ambición, la mentira, etc. Eso que nos hace ver al teatro como un reflejo inequívoco de nosotros mismos. Las adaptaciones de los clásicos entregan al público la posibilidad de verse a sí mismo en una obra que fue escrita hace 30, 100 o 500 años atrás y darse cuenta que el hombre siempre será el mismo en esencia.

Las obras de Federico García Lorca se han convertido en un paso obligatorio para  conocer la dramaturgia española y mundial, debido a su profundidad y a su conciencia social. La vida del autor en sí misma representa un ícono en las letras desde su literatura crítica y libre de prejuicios hasta su tormentosa muerte a manos del régimen franquista. Textos como Yerma, La casa de Bernarda Alba y por supuesto, Bodas de Sangre han sido representadas innumerables veces y con temporadas y adaptaciones exitosas. En Bodas de Sangre, particularmente, existen dos puntos importantes dentro del texto, que al parecer de algunos entendidos la hacen la obra que es: el amor y sus consecuencias, y el reflejo de una sociedad falsa, que vive del “qué dirán” y es sumamente murmuradora. Sin ambos presupuestos, toda adaptación corre el riesgo de perder su esencia. Piura es una ciudad muy conservadora y a veces “falsamente moralista” por tradición y al igual que el pueblo de Lorca en Bodas de sangre, se ha mantenido así por miedo al cambio, aunque es la segunda ciudad más poblada del país, aún conserva ese misticismo de ciudad pequeña que ha sido aprovechada por literatos como Vargas Llosa para dar molde a sus historias. Es por eso que esta obra se convierte, más que en otras ciudades, en una obra de representación necesaria.

El grupo teatral “Cuarta Pared” puso en escena la obra musical “Ocaso de un sueño de amor”, una interesante adaptación del clásico Bodas de Sangre. La obra fue montada durante los últimos meses del año en diferentes espacios a nivel regional y nacional, teniendo como escenario de su última puesta del año al Espacé Liberté de la Alianza Francesa de Piura, el pasado 24 de noviembre. La obra está bajo la dirección escénica y musical de Robert Masías. Los clásicos personajes de Lorca vuelven a cobrar vida en una obra matizada por música propia y en vivo. Es importante resaltar de la puesta precisamente la presencia de la música y la danza, aspectos que son muy bien adaptados de la versión original. Una musa danzante desde la primera escena aporta a la obra misticismo y fluidez corporal, siendo este un sello característico de las puesta del grupo. El marco musical y los actores cantando desarrollan la obra hasta la mitad a buen ritmo, el cual disminuye hasta antes de la escena de la pelea entre el novio (Juan Pablo Almeyda) y Manuel (Juan Manuel García), convirtiéndose en la mejor escena de la obra debido a que confluyen muy bien la precisión de los movimientos, las luces y la música.

En cuanto a la adaptación dramatúrgica, se puede comentar que “Ocaso de un sueño de amor” es un texto limpio y bien pensado a partir del texto original, aunque con pocos riesgos; con una buena línea dramática, pero que no siempre profundiza en los sentimientos de los personajes, que en la obra de Lorca cuentan con un matiz desgarrador y rallan en la locura, sobre todo en el personaje de la madre del novio. El peso dramático lo lleva el personaje de la novia, muy bien interpretada por Stefany Cienfuegos, que nos ofrece una novia fresca sin dejar de ser profunda y que adopta en mayor parte el peso actoral de la obra. Seguida por García, que interpreta a un Manuel (en la obra de Lorca, Leonardo) bastante orgánico e intenso. A su vez, la madre del novio es interpretada por Jesenia Lazo, una actriz piurana con amplia trayectoria y muy buena interpretación. En cuanto a la dirección escénica, “Ocaso de un sueño de amor” es una obra con presencia y buen ritmo, con un texto sencillo y correcto que pretende ser la propia interpretación de las Bodas de Lorca, pero donde la preocupación social y la “habladuría” del original hacen sentir su ausencia. Cuenta con actores de peso escénico y actores aún en formación que buscan encontrar un matiz en sus performances. Un musical prácticamente pionero en el género en la ciudad y que refleja un crecimiento del grupo y una importante valla para sus trabajos posteriores.

Katiuska Granda
Piura, 30 de noviembre de 2018

miércoles, 28 de noviembre de 2018

Crítica: APARECEN LAS MUJERES


Que se manifiesten las mujeres

A casi cuatro años del fallecimiento de la dramaturga peruana Sara Joffré, la Asociación de Artistas Aficionados le abre sus puertas a una obra inédita de la entrañable autora, Aparecen las Mujeres, bajo la dirección de Jamil Luzuriaga.

Recreada en el Perú en épocas bien diferenciadas, esta obra cuenta la historia de dos grupos de mujeres: por un lado, unas monjas que se rehúsan a aceptar una nueva ley que decreta que los cuerpos de las religiosas fallecidas sean enterrados fuera del convento; y por el otro, unas bailarinas que intentarán impedir que el café teatro donde trabajan sea clausurado. Aparecen las Mujeres evidenció un montaje correcto y funcional, acorde a las acciones ejecutadas por las actrices, acompañado con efectos de luz que aportaron (sobre todo) en las escenas más intensas.

Con una calurosa y sorpresiva bienvenida al público, se marca el inicio de la obra (planteado desde la dramaturgia). Sin embargo, los cambios de escena se tornaban un tanto confusos, debido a que todas las actrices intercambiaban los roles, entre las monjas y las bailarinas, lo cual dificultaba entender el desarrollo de la puesta hasta cierto punto e incluso la conexión entre ambos grupos de mujeres. Además, algunos cambios de escena –inicialmente- fueron rápidos, sin la suficiente contundencia para transmitir que iba a suceder algo distinto; en ese sentido, considero que se pudieron haber planteado dichos cambios con mayor claridad. De otro lado, el elenco conformado por Ximena Arroyo, Yvonne Ydrogo, Lieve Delanoy, Patty Q. Madueño, Carla Martel y Yasmine Incháustegui, mostró complicidad y acoplamiento en escena.

La propuesta se va tornando contundente hacia el final, donde se condensan las historias de estas mujeres que pugnan por visibilizar sus derechos, su voz, su presencia, si acaso utilizando medidas extremas; pues bien, una vez más el público será el encargado de juzgarlo, si cabe el término. Temas relevantes como la justicia y la manifestación de las mujeres dan cuenta que hoy más que nunca, reivindicar a la mujer en sus diversas ocupaciones y objetivos urge en nuestra sociedad, en nuestras comunidades, en el núcleo familiar.

Un texto de avanzada por parte de Sara Joffré, que a fuerza de repetición nos lleva a continuar reflexionando acerca de la mujer y sus derechos, esos que le son negados muchas veces por la intolerancia, el machismo, la violencia y la injusticia. Que no desmaye ese aliento, esa alegría, esa energía, que el elenco de Aparecen las Mujeres contagió a los espectadores. ¡Aparecieron y fue imposible no verlas!

Maria Cristina Mory Cárdenas
28 de noviembre de 2018

Crítica: CHAMI Y LA CIUDAD DORADA


Una niña valiente

Producto de la creación original del dramaturgo, actor y gestor cultural Gerardo Fernández, llegó la temporada de la obra “Chami y la Ciudad Dorada”, una historia que abordó la complejidad que implica para la protagonista, Chami, el reivindicar sus orígenes andinos en un mundo racista que es reflejado por su primo Bruno, con quien tiene que lidiar muchas penurias. Contó con las actuaciones de Miluska Eskenazi como la Vicuña, Elihu Leyva como el Cóndor, Luis Golding como Bruno y Katherina Sánchez como la protagonista Chami. Esta obra es la primera parte de una trilogía que, como Gerardo comentó al final de la puesta, se estrenará y continuará con el apoyo del Centro Cultural del Británico; de hecho, el espectáculo tuvo una breve temporada en el dicho lugar.

El Teatro Esencia es un espacio de entretenimiento, centro de formación actoral, centro cultural y además, cuenta con un pequeño auditorio donde se presentan sus montajes, lo que genera un ambiente de confianza con lo que se ve en el escenario. Además, Fernández se esfuerza por mantener una fuerte presencia en las redes sociales del trabajo que hace desde su espacio. ”Chami y la Ciudad Dorada” impresionó desde su primera escena, la que funcionó como centro dramático de la historia: Chami, que bajo la luz de la luna recuerda a su abuela y la canción que ella siempre recordará: “Mi linda wawita “. Chami viaja a un mundo imaginario, la Ciudad Dorada, donde atraviesa una serie de aventuras y dificultades con sus amigos el Cóndor y la Vicuña, mientras que Bruno, el antagonista, hace todo por atormentar a su prima.

De todo lo mostrado destacó la música y el canto, ya que se podría decir que la obra tranquilamente pudo haber funcionado muy bien como un musical para niños, con la combinación de música andina con el afro y en especial, destacó la interpretación del poema de Victoria Santa Cruz, “Me gritaron negra” por Eskenazi. La obra duró más de lo que suele extenderse un espectáculo familiar, ya que consistió en dos actos con un intermedio de 10 minutos. Por otro lado, la escenografía y la utilería trataron de imitar una ciudad imaginaria en los Andes. Desde el punto de vista actoral, fue destacable la actuación de Sánchez, que con su carácter extrovertido, llegó a causar mucho humor entre los niños. Los efectos de las luces fueron muy importantes entre las escenas y funcionaron muy bien para resaltar los distintos estados de ánimo por los que atraviesan los personajes en la historia. En resumen, la lección de “Chami y la Ciudad Dorada” fue el rescate del valor de la fidelidad para con uno mismo, aun en circunstancias adversas.

“Chami y la Ciudad Dorada” estuvo en temporada corta en el Teatro Esencia de Barranco entre los meses de agosto y octubre.

Enrique Pacheco
28 de noviembre de 2018

Crítica: SIRENAS Y PESEBRES


Un consejo de sirena

Chaski Q'enti es un grupo teatral formado el 2010 por Ana y Débora Correa, integrantes también de la Asociación Cultural Yuyachkani, que se dedica a transmitir un teatro para público infantil utilizando cuentos y poemas andinos. Chaski Q'enti hace referencia a un ave cordillerana que transmite mensajes y ha presentado otros montajes como “El Mono, el Tigre y una cierta Tortuga”, “Leoncio y el Dr. Veterinario”, “El Retablo de la Historias”, entre otras presentaciones de cuentacuentos en colegios y centros culturales. En esta oportunidad y bajo la dirección de Ana, presentó “Sirenas y Pesebres” un espectáculo que reflexiona sobre la importancia de la verdad en el ámbito familiar. El elenco estuvo conformado por Débora Correa, Hugo Mendoza, César Golac y Ricardo Delgado, inspirado en un cuento del gran poeta José Watanabe (1945-2007).

La función tuvo lugar en el Auditorio del Centro Cultural El Olivar de la Municipalidad de San Isidro. Abordó la complejidad que implica la verdad en una familia y lo difícil de la relación madre-hijo. El protagonista es un niño llamado Leoncio (Golac), muy travieso, jocoso e ingenuo ante todo lo que le rodea. Un día, don Amador (Mendoza), un veterinario, llega a la aldea con la ayuda de un poco amable chofer del pueblo (Delgado), con la intención ayudar a la comunidad con una generalizada problemática de ovejas enfermas. La madre de Leoncio (Correa) le llena de preguntas sobre el mundo, pero también de mucho amor; sin embargo, no suele hacerle caso a sus advertencias sobre los peligros del mundo. Leoncio cree que las sirenas existen y a pesar de la advertencia de su madre y el veterinario, una noche sale a buscarlas al lago y casi muere ahogado, pero fue salvado por don Amador.

Durante la función, destacó el manejo del espacio escénico de Golac, que a través de una serie de movimientos, danzas y cantos, llega a encantar a los niños, quienes empatizan mucho con su personaje, debido a que refleja la ternura de la infancia. Es destacable el gran esfuerzo del equipo de vestuario para recrear a comunes habitantes de cualquier pueblo de los Andes. Al público infantil le emocionó las escenas acompañadas por música en quechua, las cuales trataron de seguir. La escenografía contó con una pequeña muestra de títeres-ovejas, que intervenían entre los diálogos de los personajes y generó carcajadas entre el público. Importante el hecho de haber empleado artesanías reales de sirenas hechas a mano, pues lucían muy bien diseñadas y daban un sentido realista a las escenas. En resumen, “Sirenas y Pesebres” fue una historia que refleja la importancia de la confianza y la sinceridad en una familia y con la comunidad, así como el resaltar el valor de la inocencia de la infancia.

“Sirenas y Pesebres” estuvo de temporada entre agosto a setiembre de este año en el Centro Cultural El Olivar de San Isidro.

Enrique Pacheco
28 de noviembre de 2018

lunes, 26 de noviembre de 2018

Crítica: DESPEGUE


Todos somos astronautas

El grupo Esperanta es una asociación cultural cuyo último estreno ha sido Despegue, una obra que propone un viaje a recordar aquellos anhelos que todos hemos tenido en la infancia. Santiago está a punto de viajar fuera del país para hacer una maestría y dar un paso más en su exitosa carrera, pero en la noche de su despedida un curioso hallazgo entre sus cosas de niño desatará una inesperada aventura por las calles de Lima, que le dará la vuelta a todos sus planes.. La temporada se está dando en el teatro Ensamble de Barranco hasta el 2 de diciembre.

La construcción escenográfica estuvo constituida por elementos que cumplieron la función de situar los cambios de lugares: un gran panel movible, una serie de formas cuadradas versátiles y unos dibujos en cartón que detallaban la convención del cambio de espacio. El vestuario en esta obra cumplió con la labor de redondear la imagen de los personajes debido a la especificidad de selección de prendas y colores. Los cambios de escenografía estaban a cargo de los mismos actores, por lo que se necesita una ruptura clara entre el fin de la escena y la transición a la siguiente. Sin embargo, no había un código de transición claro por parte de los actores, lo que provocaba desconcierto al espectador: establecer una pausa o una postura neutral como convención, le podría haber dado más orden a la puesta en escena.

La propuesta de construcción de personajes no estuvo clara durante toda la obra. Hubo momentos durante la puesta en escena en los que los textos no se entendían o el volumen de voz apenas llegaba a las últimas filas del público. El trabajo y la apropiación de texto no fue constante, no hubo especificidad y se notaba desconexión entre los actores y sus líneas en algunos momentos. El texto fue un problema no solo desde la interpretación, sino también desde la dramaturgia. La obra escrita no contaba con una serie de estrategias variadas para cada uno de los personajes; es decir, lo que cada personaje hacía para lograr su objetivo no contaba con matices propios de la urgencia que se va desarrollando hacia el final. El texto no albergaba justificaciones tan fuertes o variadas para las decisiones que cada  personaje tomaba; por consecuencia, esta inconsistencia se verá reflejada necesariamente en la puesta  en escena, lo que en el caso de Despegue provocó un producto escénico mayormente plano, sin muchos quiebres propios de una historia como la que propusieron tan llena de aventuras.

Hablar de los sueños y de quiénes somos aquí y ahora es siempre necesario. El paso a la adultez siempre causa estragos, preguntas profundas como qué es lo que estamos logrando, qué es lo que somos y queremos ser. Esta obra es un memorándum para poder tomarnos al menos un momento en comprobar si lo que hacemos, desde nuestras circunstancias personales, corresponde a nuestra propia esencia.

Stefany Olivos
26 de noviembre de 2018

viernes, 16 de noviembre de 2018

Crítica: IFIGENIA


Más de 2,400 años después

Aranwa Teatro, Pura Vibra y Radio Filarmonía están presentando Ifigenia de Johann Wolfgang  Goethe. La temporada se está dando en el teatro Ricardo Blume, bajo la dirección de Jorge Chiarella, con las actuaciones de Daniela Rodríguez (Ifigenia), Mariano Sábato (Thoas), Stefano Salvini (Orestes), Joaquín Escobar (Pílades) y José Antonio Buendía (Arkas). Ifigenia, separada de su ciudad natal y destinada a ser la sacerdotisa de la diosa Diana en la ciudad de los Tauros, tiene la labor de sacrificar a todos los extranjeros que llegan a estas tierras. La historia toma otro rumbo con la llegada de su hermano Orestes, a quien no logra reconocer inicialmente, acompañado del fiel Pílades.

El teatro elegido para la representación es de forma circular, de modo que es necesario tener una conciencia espacial de movimientos y desplazamientos por parte de los actores, quienes en este caso lograron estar a la altura de tal rigurosidad. Un ítem importante en una obra como esta es el trabajo de texto, dado que está escrito con una musicalidad particular propia del verso: todos los actores tuvieron un manejo del texto limpio, pues se notó la apropiación y el trabajo minucioso. Era interesante entender las imágenes que el texto de Goethe describe y disfrutar de aquella sonoridad que su texto posee. La construcción de personaje estuvo llena de especificidades en todos los actores, destacando el trabajo de la actriz Daniela Rodríguez: desde  su corporalidad hasta su manejo de texto en escena. El actor Stefano Salvini, si bien realizó un buen trabajo en general, tenía momentos de desborde de energía que impedía entender algunos de los textos del personaje.

Los elementos escenográficos de la obra fueron los justos y necesarios para especificar  el lugar donde se encontraban. Parte de la creación del espacio estuvo a cargo de marcaciones desde la dirección: los actores indicaban dónde era la entrada el templo, dónde estaba la diosa Diana, dónde estaban los aposentos de Ifigenia y dónde se escondían los prisioneros Orestes y Pílades. Estas marcaciones de espacios no recreados en escena le daba profundidad al montaje: la sensación de estar en un lugar espacialmente más grande que el tamaño real del teatro. Los vestuarios de los personajes fueron una selección atinada que apoyaba su construcción en escena de manera realista. En el caso de la iluminación, estuvo manejada de manera precisa, de modo que sirvió para indicar cambios espacio-temporales y crear atmósferas en momentos específicos de la obra. Estos cambios de luces y mezcla con colores como el rojo para momentos álgidos les daban matices a la representación, causaba interés visual a aquellos momentos que el director quería que le pongamos más atención.

Es interesante revisar un texto clásico hoy en día, pues siempre termina dándonos una nueva lección tan vigente como una obra contemporánea. La fuerza de esta mujer en el contexto peruano me remite a cómo es necesario el valor y coraje para exigir respeto para que las mujeres sean realmente escuchadas. Un momento que como público me marcó fue cuando Ifigenia indica que todo visitante extranjero debe ser tratado como huésped en Tauros: ¿hay esa clase de recepción con aquel país vecino que visita nuestro país por necesidad? Lejos de cualquier tema económico-científico, esta obra nos hace volver a qué tanto estamos actuando desde los valores que nos caracteriza como seres humanos: de nada vale los años de avances científicos que este personaje ha sobrevivido, si en cuanto a valores y solidaridad no hay un cambio significativo. Qué sorpresa da comprobar la vigencia de un mito.

Stefany Olivos
16 de noviembre de 2018

Crítica: QUÉDENSE CERCA DE MÍ


Mamá Angélica en escena

Quédense cerca de mí fue un unipersonal de Marisol Frasaida Mamami Aviles, primera producción de Fértil Teatro. La puesta en escena representó la búsqueda de los familiares desaparecidos en los años 80s, bajo el liderazgo de la conocida “Mamá Angélica”, activista por los derechos humanos y fundadora de la Asociación Nacional de Familiares Secuestrados, Detenidos y Desaparecidos del Perú (ANFASEP). La obra se basó en historias de mujeres que han sufrido pérdidas de este tipo, utilizando códigos desde la performance hasta el teatro intermedial, dando la impresión de un gran collage escénico que invitaba a un viaje sensorial del espectador a través de lo que la actriz iba contando.

La obra fue realizada en un espacio íntimo, pequeño y sin butacas: la consigna era que los espectadores se sentarían en el suelo y debían moverse  por el espacio según corresponda la convención que la actriz proponía. Para que esto funcione, debió haber determinación y claridad de parte de la actriz al momento de indicar esos cambios; sin embargo, no fue así. El montaje estuvo acompañado de proyecciones de imágenes y videos que, con el movimiento de la gente, no podían ser completamente apreciados: el movimiento del público saboteaba las proyecciones y eso era por un manejo deficiente del espacio. Esto provocaba un distanciamiento con lo que la obra buscaba transmitir: un ambiente íntimo, de reflexión y viaje sensorial.

La interpretación de Marisol Mamani fue contradictoria. Se intentó abarcar una serie de momentos distintos entre ellos, con imágenes y símbolos que por separado eran interesantes. Sin embargo, el engranaje de cada momento fue confuso, de modo que no se percibió una estructura clara en la propuesta de montaje. No hubo cuidado en el trabajo de hilar cada uno de estos momentos que habrían podido funcionar mejor si, desde la interpretación actoral, se hubiese tenido más conciencia de unidad. Existían “códigos” corporales que la actriz utilizaba para iniciar y terminar un momento de la puesta en escena que no fueron constantes y creaban confusión.

El mundo de mamá Angélica estuvo presente, pero sin mucha especificidad. No  se llegó a profundizar en los aspectos que la puesta en escena proponía. Había demasiada generalidad desde la interpretación actoral hasta las situaciones que se representaban. Esto colaboró a que el montaje en sí no tuviese unidad propiamente. La propuesta era interesante; sin embargo, no fue lo suficientemente asumida y concebida escénicamente. Cuando se toman elementos tecnológicos en una puesta en escena, es necesario un cuidado extremo por hacerlo dialogar con los demás elementos dentro de la representación. La música fue un acompañamiento atinado que sensorialmente ayudaba a  general la atmósfera; no obstante, a veces el volumen no dejaba escuchar bien los textos de la actriz.

La puesta en escena, como propuesta, fue un buen aporte temáticamente hablando. No es muy común encontrar a Mamá Angélica como motivación para la creación escénica. Sin embargo, los percances técnicos le quitaron el peso que pudo haber tenido en el público. Esta obra albergó un material que, con más cuidado, puede decir verdades necesarias de ser atendidas acerca de aquel capítulo de la historia que muchos quieren olvidar. Apostemos por seguir indagando aquella cicatriz social que como peruanos nos corresponde a todos curar: el conflicto armado y las consecuencias que hasta hoy van saliendo a la luz.

Stefany Olivos
16 de noviembre de 2018

Crítica: QUITAPESAR


El maravilloso lenguaje del cuerpo

Una sala de teatro, el aroma de un incienso y un grupo de intérpretes preparándose para moverse por el espacio, creando así la complicidad con el público. Quitapesar es una obra en movimiento, dirigida por Ana Chung, la cual está presentándose en el Teatro de la Alianza Francesa.

Esta interesante propuesta cuenta con un elenco de diversas formaciones y ocupaciones; sin embargo, todos tienen un punto de encuentro: el conocimiento y manejo del cuerpo dentro de sus actividades. Es así que Diego Villarán, Fer Escudero, Francesca Sissa, Inés Coronado, Silvia Ágreda y Nico Miranda (a cargo de la música), intervienen en este espectáculo que tiene al cuerpo humano como protagonista. Con melodías acorde a los movimientos, se van creando las siluetas y formas, que permiten al espectador sumergirse en una atmósfera de calma y aparente pasividad.

Integrar el cuerpo y la mente, suele ser un ejercicio poco atendido por los seres humanos, entonces mediante esta experiencia es posible entender al cuerpo, escucharlo y saber que a pesar de los impedimentos o lesiones que sufra, siempre encontrará una forma de expresarse. Combinando la soltura de la danza y la teatralidad propia de una obra (utilizando los sentidos y la voz en ciertos momentos), Quitapesar invita al público a interactuar y ser parte de la creación (desde su disposición), posibilitando la conexión con suma prudencia.

Ejercitar la respiración es otro momento destacado en la puesta, facilitando que el cuerpo (instrumento del hombre para comunicarse) cree una suerte de conciencia del momento presente. Una experiencia necesaria que al principio podría parecer confusa, pero a medida que avanza, va encontrando su naturaleza y razón de ser.

Un ejercicio de comunicación, de reflexión, de relajación y conciencia del cuerpo que nos acompaña. Un momento para entender la importancia de su cuidado y expresión (en movimiento o en calma); en pocas palabras, un bonito recordatorio de ser humanos, tan físicos como emocionales.

Maria Cristina Mory Cárdenas
16 de noviembre de 2018

Crítica: ANTÍGONA EN NEW YORK


La vigencia de Antígona hoy

Antígona en New York es una tragedia moderna  que nos habla de la historia de tres inmigrantes: una puertorriqueña (Anita), “un ruso” y “un polaco”, que llegan a Manhattan para alcanzar el sueño americano. El sistema los ha relegado a vivir en un basural de la ciudad, y tienen como hazaña dar un entierro digno a su compañero, lejos de las fosas comunes. La obra, dirigida por Luly Rede, fue presentada en el teatro Roma, siendo así la sexta temporada teatral ENSAD 2018.

La puesta en escena estuvo compuesta por elementos innovadores y sabiamente engranados desde la dirección: secuencias físicas, donde los actores tenían movimientos específicos, como cuadros donde los personajes realizaban acciones que denotaban la idiosincrasia de cada uno de ellos. La interpretación de los actores estuvo pareja, todos dentro de una estética que nos daba indicios de un mundo representado “distinto”: el mundo de la vida callejera, donde hay personalidades impredecibles  y perfectamente reales. La construcción de esta atmósfera estaba llena de especificidades, sorprendiendo al espectador con la forma de ser de los personajes: personas que incluso habían recibido una formación profesional, pero que se habían adaptado al “fracaso” del sueño americano.

La escenografía sorprendió gratamente debido a la versatilidad de usos de los elementos en escena: una banca que permitía recrear distintos espacios de la ciudad, un poste de luz que por momentos  era manipulado por los actores para ser convertido en el autobús, en el tren de la ciudad. La iluminación permitía denotar los cambios de escena  y de espacios que la historia requería. Un logro de esta puesta en escena es la representación del traslado del cuerpo de John: el manejo de los elementos escenográficos por parte de los actores parecía una obra de prestidigitador para indicarnos la larga distancia y las situaciones en aprietos que puede haber al tener un muerto cargado por la ciudad. El vestuario estuvo al servicio de la construcción de los personajes: daba la impresión de que no podrían usar otra clase de vestuario; eran como máscaras que identificaban el carácter de cada uno de ellos.

El personaje de Anita nos remite a buscar la asociación con el personaje trágico de Sófocles: Antígona. En el montaje es explícita la necesidad de lograr hacer justicia humana al querer enterrar a su compañero John, lo que a la vez se convierte en un motor para luchar por un derecho que incluso remite a lo divino: el poder ser enterrado por sus seres queridos. La obra de Glowacki se basa en la línea moral de la Antígona original y la perfila desde una perspectiva latinoamericana, donde el contexto de la vida callejera le da urgencia y relevancia al deseo de desafiar a las leyes de la cuidad que determina que los vagabundos muertos terminen siendo echados a fosas comunes. La existencia de aquellos tres personajes extranjeros dentro de una ciudad norteamericana encarna aquel regreso a casa que todo ser humano busca, sobre todo luego de emigrar para buscar un futuro mejor. Glowacki se encarga de situarlos en un contexto de vida callejera, de modo que remite a la supervivencia de “un día a la vez”: los planes a futuro de estas personas se remite a sobrevivir y conseguir comida en el día, o conseguir dormir en el lugar más abrigado posible.

Una vez más estamos ante la vigencia de un personaje trágico como Antígona, pero desarrollado de modo tal que adquiere nuevos elementos con significados potentes actualmente. Se logra extrapolar en el texto la misma motivación del personaje de Sófocles, y permite la empatía con un público actual gracias a los temas tratados transversalmente: la discriminación, el poder de la ciudad, la búsqueda del sueño americano, la búsqueda de un vínculo dentro de un contexto tan solitario como es la vida callejera. Todo esto no hubiese sido posible de rescatar sin la mano atinada de la dirección, y sin el trabajo impecable que tuvo esta puesta en escena desde las actuaciones.

Stefany Olivos
16 de noviembre de 2018

Entrevista: ANA CHUNG


DIRECTORA DE LA OBRA “QUITAPESAR”

Oficio Crítico estuvo presente en la función previa al estreno de la obra en movimiento Quitapesar, en el Teatro de la Alianza Francesa. La directora del proyecto, Ana Chung, nos contó algunos detalles de esta particular propuesta.

Quitapesar es una puesta distinta. Cuéntanos, ¿cómo ha sido el proceso creativo?
A.CH.: “Definitivamente, el inicio de la idea partió de esta premisa de sentir que, a veces, ver la danza es como muy difícil de observar, uno no se siente identificado, y yo personalmente, creo que es parte de un desconocimiento de tu propio cuerpo como medio de expresión constante. Además, al sentir que estamos en un momento de mucha violencia física, personalmente creo que parte de un desconocimiento sí –de nuestro propio cuerpo- y de todos los estigmas y tabús que venimos teniendo, a través de la sociedad, de muchas cosas. Nos cuestionamos cómo debería ser un cuerpo. Siento que de ahí parte este querer abrir un poco el lenguaje de la danza, que a través de mi experiencia siento que es muy sanador y que nos conecta mucho, pero al mismo tiempo genera muchos bloqueos,  como por ejemplo decir: “Yo no bailo”, “Yo no me muevo”, ¿no? Entonces, de ahí partimos e invité a este elenco a participar de procesos de investigación y que están en constante cambio. Es así que la obra siempre es distinta, tiene mucha estructura pero tiene mucha improvisación y depende mucho de quienes están a nuestro alrededor. Ellos (el elenco) están en una constante búsqueda y todo el proceso ha sido así: un constante aprender del otro y de sus propios cuerpos. Ahora vamos a tratar de aprender qué pasa con muchos más cuerpos (público)”.

¿Qué le dirías al público que vendrá a disfrutar de esta experiencia?
A.CH.: “Decirles que si sienten curiosidad sobre cómo aproximarnos al lenguaje del cuerpo y tratar de reconocerse a sí mismos en un espacio en el que todos tenemos cuerpo y todos podemos comunicarnos a través de él, vengan a ver qué pasa, a ver qué sienten. Con Quitapesar tratamos que el resultado sea quitar este peso que cargamos nosotros acerca del cuerpo y de algunas ideas que están ahí, dando vueltas, que nos generan muchas enfermedades también. Por otro lado, ahora que hay toda una onda de conectarse con el cuerpo, para saber y entender qué está pasando, entonces tratamos  que la gente salga un poquito más ligera.”

Quitapesar se está presentando los jueves y viernes a las 8:00 p.m. hasta el 14 de diciembre.

Maria Cristina Mory Cárdenas
16 de noviembre de 2018