lunes, 29 de junio de 2009
Crítica: LA ZAPATERA PRODIGIOSA
Rescatando el espíritu lorquiano
El grupo Eureka Teatro viene desarrollando una interesante e ininterrumpida labor artística desde hace once años, siempre bajo la batuta de los incansables Juan Carlos Díaz y Ruth Vásquez, con frecuencia en dirección y dramaturgia, respectivamente. Su nueva propuesta teatral para este año es la adaptación de un texto clásico de Federico García Lorca titulado “La Zapatera Prodigiosa”. La historia gira en torno a un zapatero cincuentón y su aburrida esposa, casados por conveniencia. Las interminables discusiones provocan que el marido huya, para volver luego disfrazado de titiritero y por medio de un ingenioso ardid recuperar el amor de su amada.
La puesta en escena, como de costumbre dirigida por Juan Carlos Díaz, logra un buen aprovechamiento del espacio escénico que brinda el Auditorio del CAFAE-SE, y es a la vez sencilla y funcional. Unos cuantos elementos escénicos, acompañados por un juego de luces que puede aprovecharse aún más, sirven de marco para una obra en la que el peso recae en su totalidad en los personajes. La Zapatera (Ruth Vásquez) es tosca y engreída con sus pretendientes, entre ellos el Alcalde (Juan Carlos Díaz), pero encuentra momentos de ternura cuando interactúa con el Niño del pueblo (Kariuska Yucra en lograda caracterización). Mientras que el Zapatero (notable Ismael Contrareas) pasa de una inicial pasividad, a tomar la decisión de recuperar a su mujer, tomando la personalidad de un titiritero, logrando un divertido y conmovedor remate para el drama.
Las actuaciones de los cuatro intérpretes son bastante acertadas. Ruth Vásquez le confiere una fuerte y ruda personalidad a su zapatera, no carente de sensualidad. Kariuska Yucra y el propio director Juan Carlos Díaz interpretan diversos personajes dentro de la pieza con bastante aplomo y precisión. Pero es Ismael Contreras quien se roba cada escena en la que aparece como el Zapatero, teniendo su punto más alto al escenificar la función de títeres. Se agradece al grupo Eureka Teatro por acercarnos al espíritu lorquiano auténtico y verdadero, respetando casi en su totalidad la riqueza del texto, que extrañábamos luego de tantas Bodas y Bernardas, tan empecinadas en encontrar nuevas e inútiles personalidades o en lucrar con el nombre de su autor. No perderse por ningún motivo esta “Zapatera Prodigiosa”.
Sergio Velarde
29 de junio 2009
domingo, 21 de junio de 2009
Crítica: EL LIBRO DE LA SELVA
Original y divertida propuesta
Desde hace varios años el teatro infantil está muy enfermo. ¿Qué duda cabe? Algunos productores no tienen mayor creatividad que la de presentar Caperucitas, Cenicientas, Chanchitos, Hadas, Brujas, Ogros y demás, en enésimas repeticiones sin aportar absolutamente nada nuevo. Y en los últimos años, para agravar esta crónica condición, nos llegan los “originales” cruces de universos paralelos: “Los Backyardigans presentan a los Tres Chanchitos”, “Los Hi5 presentan al Mago de Oz”, “Spiderman y los Teletubies”, entre otras increíbles combinaciones, dependiendo de la coyuntura actual. Pero contar una historia clásica no es necesariamente malo, siempre y cuando sus creadores logren imprimirle nuevos aires, innovando los personajes y la historia en general. Este último caso sucede en la última puesta en escena de “El Libro de la Selva”, que se presenta todos los domingos en el Teatrín de la ENSAD, con la producción de La Cometa de Tomasa.
La historia es ya conocida: Mogwli es un niño criado por lobos en plena jungla y que no quiere volver a la civilización, mientras su mortal enemigo, el tigre Shere Khan, planea su venganza. El director Sergio Ota prefiere alejarse de la notable cinta animada de Walt Disney para presentarnos su propia versión de la clásica historia de Joseph Rudyard Kipling, pero mantiene algunas canciones de contagiante ritmo para acompañar ciertas escenas. Sin embargo, se nota un cierto abuso en el playback (lo ideal sería que los propios actores interpretaran las canciones sobre la pista) y más aún, en algunos diálogos grabados en los que los actores debieron utilizar la fonomímica, que pudieron fácilmente ser retirados, bajando el volumen en ese momento.
A destacar ese personaje bala llamado Mowgli, interpretado con carisma y agilidad por Ricardo Ota, joven actor de tan sólo 10 años, acompañado por un efectivo grupo de actores de la ENSAD, quienes con gran dominio de escena y plasticidad interpretan a los variopintos personajes de la historia. Ellos son: Dante Marchino, Herlinda Collazos, Natalyd Altamirano, Onasis Toro y Rossana Torres. Buen diseño escenográfico y original vestuario (trampa en la que muchos grupos infantiles caen al utilizar “disfraces” para sus obras). “El Libro de la Selva” se convierte en un verdadero y sano divertimento para toda la familia.
Sergio Velarde
21 de junio de 2009
Crítica: HISTORIETAS
Historias paralelas en primera velocidad
Escrita hace ya algunos años por Paco Caparó, “Historietas” fue
llevada a escena por el grupo Eureka Teatro con la dirección de Juan Carlos
Díaz, consiguiendo excelentes resultados con esta obra que aborda el tema de la
violencia a través de tres historias paralelas: las dos hermanitas encerradas
en una habitación teniendo como única compañía a un televisor; unas jóvenes
pandilleras que buscan enfrentarse a grupos más fuertes; y una mujer llamada
Mercedes, quien debe convivir con su sobrina, mientras espera al hombre ideal.
Se trata de un texto dramático bien escrito, pero que bajo la dirección de
Richard Romero, no logra ser resuelto adecuadamente en la reciente temporada
presentada en el Centro Cultural CAFAE-SE.
El estilo expresionista que Romero eligió para su puesta en escena no fue precisamente el más acertado. Presentar a sus actores vestidos de blanco al inicio, moviendo los elementos escénicos y creando la convención que estamos frente a un ejercicio actoral, no es una mala idea de por sí. Pero sí lo es cuando atenta contra el ritmo de la obra: los cambios de escena resultan largos, tediosos y totalmente prescindibles. Bastaba sólo una correcta disposición de las luces para delimitar los espacios y unos cuantos practicables que hicieran las veces de sillas, mesas y bancas. Las entradas y salidas por los telones debieron ser más limpias y ordenadas. Y los niveles de los ambientes (las escenas ocurren en azoteas y patios de un mismo edificio) tampoco estuvieron del todo definidos.
Existieron también deficiencias para redondear las historias de los personajes: el juego escénico de las niñas encerradas se pudo aprovechar más, incidiendo en la importancia del televisor como único escape para su aburrimiento. Las pandilleras no lograron transmitir incomodidad ni sorpresa, salvo en la última escena en la que finalmente se consiguió una atmósfera de desesperación y tragedia. La relación de Mercedes con el locutor de radio resultó desdibujada, pues no se sabía a ciencia cierta cuando este último personaje aparecía de verdad, y cuando era sólo una fantasía provocada por las drogas que consumía la mujer. Si “Historietas” logró tener finalmente algunos aciertos, se debió sin lugar a dudas al elenco, que logró un buen desempeño en líneas generales y que debió ser mejor aprovechado por la dirección de actores. Siempre es grato volver a ver en escena a una actriz tan competente como Viviana Andrade. Y acompañada de nuevos talentos, como en el caso de Miluska Morillo. No basta tener un buen texto y buenos actores para lograr una obra teatral aceptable, también se necesita a un director que tenga como objetivo principal insuflarle vida, energía y ritmo a la puesta en escena.
Sergio Velarde
21 de junio del 2009
martes, 2 de junio de 2009
Crítica: PALINTRÓPOLIS
La ciudad del palo o del pecado
Asistir al Centro Cultural El Averno para ver la obra “Palintrópolis”, a cargo del grupo de teatro Cuer2 con la dirección y dramaturgia de Roberto Sánchez Piérola, puede tener una doble lectura: la obra transita en medio del caos y la violencia de nuestra querida y maltratada ciudad, con personajes conflictivos y conflictuados en medio de la asfixiante contaminación que nos embarga. Y es así como lucen los alrededores del Averno en horas de la noche, con prostitutas, fumones, locos y mendigos pululando por la zona, que supongo de alguna manera determina la escasa concurrencia a una de las obras más logradas e interesantes en lo que va del año. Y ojo que asistí a la última función de una corta temporada con pasada de sombrero.
“Palintrópolis”, descrita como una oda a la ciudad donde se pierde el logos (la razón, el conocimiento), nos presenta la historia de Francisco (homónimo del fundador de Lima) y su terrible vida, pasión y muerte en una ciudad tan apocalíptica como reconocible. Desde su nacimiento hasta su muerte y a lo largo de quince escenas, el grupo nos propone una oscura visión de una sociedad en la que reina el caos, el miedo y el desconcierto, de la mano de Francisco y de dos grotescos personajes enmascarados (dos figuras masculina y femenina), que representan los estereotipos clásicos que deambulan por las calles. Armados con una teatralidad poética o poesía teatral, tal como el grupo describe su propuesta, los cuadros se suceden con energía y ritmo, elaborando una interesante metáfora sobre la contaminación, representada por bolsas de plástico blancas o negras (según sea el caso) y que le dan un respiro a Francisco y a la contundencia de algunas escenas bastante chocantes.
Tratándose de una creación colectiva del director junto con los actores, es justo resaltar la excelente performance de los tres intérpretes: José Luis Urteaga, Rosa Jiménez y Roly Dávila, quienes convincentemente alternan las tres figuras que intervienen en la puesta en escena (Francisco, el hombre y la vieja). Las escenas tienen un nivel bastante parejo, destacando “Plato de perro” y “El micro”, que confrontan al espectador con sus deseos e instintos más básicos y primarios. El escenario del Averno es por cierto, uno de los más incómodos y marginales del medio, pero el grupo logra adaptarse y aprovechar cada recoveco del espacio, pero sin lograr acallar la bulla pachanguera dentro del mismo local, que merecería una llamada de atención a la administración.
“Palintrópolis” o “La ciudad del Palo” es un montaje salvaje, directo y brutal, que no hace concesiones con el espectador y lo confronta con sus miedos y temores más comunes. Acaso la contundencia de la puesta en escena sea la razón por la cual sólo asistieron once personas (incluyéndome) a la última función de su temporada en “El Averno”. O tal vez sea la zona, que por cierto, cada vez luce más peligrosa en el trayecto por Jr. Quilca hacia la Av. Wilson. Sea la razón que fuera, no es excusa para dejar de ver uno de los montajes más interesantes y polémicos del año. Y que ciertamente no merece “palo”, sino hartas palmas. “Palintrópolis” se presentará todo el mes de abril en el Centro Cultural Apu Teatro en Las Calezas 275 Urb. El Manzano Rímac, alt. Cdra. 6 de la Av. Alcázar, Parque del Avión. Imposible perderse esta siniestra mirada a la “Ciudad del Palo o del Pecado”.
Sergio Velarde
Marzo del 2006
sábado, 16 de mayo de 2009
Crítica: CAUSA COMÚN
Un montaje a destiempo
Se viene presentando en el Auditorio de la AAA, una obra bastante particular titulada “Causa común”, escrita y dirigida por el novel dramaturgo y director Omar Honores. Y es particular, pues la génesis del proyecto se remonta a la década de los noventa, en tiempos de la dictadura mediática de Fujimori, época en la cual su posible estreno habría adquirido otra significación. “Causa común” fue (es) un llamado de alerta ante el autoritarismo y el abuso de poder, por parte de los dirigentes de turno frente a cualquiera que oponga resistencia y haga valer sus derechos. O por lo menos, pretende serlo. Debemos señalar que, en términos generales, la obra estrenada no aporta nada verdaderamente novedoso a la larga lista de espectáculos de denuncia social, pero al menos sí le hace recordar tiempos pasados a un público que, como en el caso del limeño, es tan propenso al olvido.
Honores, quien ostenta entre sus trabajos previos el haber sido parte del primer “No amarás” (debut teatral de Aldo Miyashiro), pretende AHORA hacernos reflexionar sobre los peligros de otorgarle el poder a las personas equivocadas, a través de una historia urbana, presumiblemente atemporal, bastante sencilla, ingenua y predecible, pero que logra sostener el interés gracias a la puesta en escena, que incluye algunas correctas actuaciones y funcional música en vivo, a cargo del grupo Mortero. Las tribulaciones de un grupo de jóvenes universitarios frente a la dictadura de turno y al secuestro de su líder Tito, pierden parte de su fuerza al descubrirse al traidor demasiado pronto (aparte de ser evidente desde un inicio). Un desliz en la dramaturgia que podría corregirse al presentar las escenas en otro orden. Por otra parte, algunas imágenes resultan acertadas (como la de Tito, encerrado en su celda y arengando contra el gobierno, detrás de tres guardias armados) y otros diálogos aparecen impostados pero divertidos (como la seducción de Rody, uno de los estudiantes, a la novia de Tito).
En términos generales, las actuaciones del elenco, sin ser destacables, cumplen finalmente su cometido. Fernando Montenegro, en el papel protagónico, logra transmitir la opresión y la angustia de verse encerrado y privado de su libertad. Paco Onofre se divierte a sus anchas como el caradura de Rody. Bien Anabella Bellota, sincera y conmovedora como la madre de Tito, así como Roberto Cuba como uno de los dirigentes estudiantiles. “Causa común” puede no ser el montaje perfecto y luce fuera de contexto, pero al menos sirve para recordar a todo aquel que asista a la temporada, sobre una vergonzosa etapa de nuestra historia que de ninguna manera debe quedar en el olvido.
Sergio Velarde
16 de mayo de 2009
jueves, 14 de mayo de 2009
Crítica: PONY
Corrupción política y familiar
Usualmente toda la creación dramatúrgica del premiado
escritor venezolano Gustavo Ott, tan entretenida como punzante, utiliza el
humor como vehículo para realizar una incisiva denuncia social, pertinente a
todo el ámbito latinoamericano. Siguiendo la senda marcada por las divertidas “Bandolero
y malasangre”, “Fotomatón”, entre otras notables pruebas de fuego para la
versatilidad de los intérpretes, se presentó en la Sala Alzedo dentro del marco
del IV Festival UCSUR de Teatro Internacional, la tragicomedia “Pony”, proyecto
teatral que venía de ser estrenado en el Festival “Saliendo de la Caja” de
la PUCP.
Ott consigue esta vez, un acertado paralelo entre la corrupción dentro de la esfera política (es tiempo de elecciones presidenciales) y dentro del ámbito familiar (una hija es víctima de su padre, su madre y su hermano), todo visto desde la perspectiva de una mujer que pierde emocional y económicamente todo. Excepto la esperanza, representada casi al final por la metáfora del “pony”, tan ingenua como ridícula, que se debe escuchar y procesar con cuidado para entenderla. Mónica (Cecilia Collantes) es la víctima eterna, noble y confiada, que busca desesperadamente ayuda en las personas que (aparentemente) más confía: su familia. Y sus tres integrantes: padre, madre y hermano (todos interpretados por Pold Gastello), cada uno en su particular estilo, no sólo se aprovechan descaradamente de ella, sino que le aseguran que nunca le negarían nada, “ni siquiera una lágrima”. Como lo haría cualquier politiquero en plena campaña electoral.
La puesta en escena, divida en cuatro cuadros, en los que Mónica solicita ayuda a cada miembro de su familia, mantiene el interés gracias al ingenioso texto, rico en referencias urbanas bastante reconocibles, a pesar de conocer de antemano el público que cada uno de los personajes se aprovechará de la cándida muchacha. Es entonces la (re)presentación de cada familiar, en donde radica el factor sorpresa del montaje. Gran trabajo del versátil Pold Gastello, en convincente triple papel, marcando con precisión características específicas para el hilarante clan Morales, a pesar de la impostada réplica de Cecilia Collantes. Tratándose de un proyecto teatral de egresados de la PUCP, se debe reconocer el fino acabado de producción por parte de Collantes y Lenybeth Luna Victoria, así como la limpia dirección escénica de Carlos Andrés La Rosa. “Pony” logra ser una digna representante del humor de Ott, que pone sobre el tapete aspectos de la problemática latinoamericana, tan necesarios para la autocrítica y la reflexión.
Sergio Velarde
14 de mayo de 2009
miércoles, 13 de mayo de 2009
Crítica: CUATRO HISTORIAS DE CAMA
Elásticas, eléctricas, plegables, redondas, turcas, de agua. Las camas, en toda su variedad de presentaciones, cumplen una función crucial en nuestras vidas. Y no sólo por pasarnos en dicho mueble varias horas de nuestro día, sino porque se trata de una superficie, a veces acogedora a veces incomoda, en la que se pueden realizar innumerables actividades, no necesariamente destinadas al ocio. Y una de ellas, quizás la más peligrosa al estar acompañados, es la de revelarnos tal como verdaderamente somos. El dramaturgo Eduardo Adrianzén nos propone algunas de esas situaciones en Cuatro historias de cama, dirigida por Diego La Hoz y presentada en el marco del IV Festival UCSUR de Teatro Internacional, con las actuaciones de Camila Mac Lennan, Nidia Bermejo, Alonso Cano y Juan Carlos Pastor, en la acogedora Sala Alzedo en el Centro de Lima.
En la obra, dividida en cuatro cuadros, la cama se convierte en refugio para un joven traumado, en campo de batalla para dos amantes, en lecho de muerte para una enferma terminal y en escenario de un imprudente secreto. Y son las verdades de estos seres, junto con las de sus acompañantes, las que salen a relucir, originando los diversos conflictos. Tratándose de una obra con cuadros “aparentemente” independientes, no es de sorprender el encontrar un desnivel al momento de llevarla a escena. Y Cuatro historias… no es la excepción. La mejor es la tercera historia: la conversación entre dos hermanas, una sana y otra enferma, sobre su conflictiva vida en común. Bien escrito y resuelto actoralmente con mucho brío, este cuadro vale el completo visionado de la obra. Le siguen de cerca la primera (un singular blogger obsesionado con su engreída ex pareja) y la segunda (una pareja de novios enfrentando sus más grandes temores), provistas ambas de diálogos inteligentes y divertidos. La decepción resulta ser la última, en el que se descubren los nexos, de manera un tanto forzada, entre todos los personajes de la puesta en escena: un joven casado despierta en la cama luego de una borrachera con un homosexual. La situación podría resultar entretenida, pero no lo es, básicamente por las actuaciones sin matices que no logran elevar el cuadro del promedio.
En términos generales, las actrices destacan en mayor medida que los actores. Nidia Bermejo es creíble y sincera en sus dos papeles, pero es Camila Mac Lennan quien logra un desempeño sobresaliente en las escenas que interviene, como la novia histérica y la hermana desahuciada. En el primer personaje, Mac Lennan logra interpretarlo hábilmente sin caer en el trillado estereotipo; pero es sobre todo en el último personaje, complejo y espinoso, en el que logra combinar hábilmente el drama y la comedia. Juan Carlos Pastor cumple sin mayores brillos, pero es Alonso Cano quien decepciona en sus dos interesantes personajes, con bastantes dificultades en volumen y dicción. El desplazamiento escénico de los cuatro intérpretes al cambiar los diferentes ambientes es limpio y preciso. Pero el director debería definir cómo deben esperar los actores que no intervienen en escena, pues algunos permanecen neutrales, pero otros ríen y se mueven, distrayendo la atención. A pesar de estos reparos, la dilatada duración de la puesta en escena no se hace notar. Cuatro historias… cumple las expectativas del público, consolidando a La Hoz como uno de nuestros directores jóvenes con mayor proyección y a Adrianzén como uno de los dramaturgos contemporáneos más importantes del medio.
Sergio Velarde
13 de mayo de 2009
domingo, 12 de abril de 2009
Crítica: DE LA- TÁ Y CARTÓN
En busca de una propia identidad
El Grupo Laboratorio de Investigación Teatral Reflejo Alterno viene presentando un espectáculo titulado DE LA- TÁ Y CARTÓN, una creación colectiva en clave de comedia a cargo de Junior Benavente y Henry Sotomayor, estudiantes de la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático ENSAD en las especialidades de Pedagogía y Actuación, respectivamente. Dos payasos callejeros, el ingenuo Yuyox y el depresivo Pipo, se ganan la vida fraguando actos de magia en las calles, mientras son perseguidos por la policía.
Toda la historia es narrada con imágenes y sin palabras, apoyados en la simbología que expresan los movimientos corporales de los actores y en la utilería a base de material reciclado (latas y cartón) que se transforman en elementos utilizados durante el montaje. Inspirados evidentemente en espectáculos como LUDICUS de La Tropa del Eclipse, esta sencilla anécdota da pie a una serie de divertidos cuadros elaborados con bastante gracia e ingenio, ejecutados con precisión y coherencia por los actores, pero que podrían ganar más fluidez al engranarlos de manera más efectiva. Algunas secuencias, como por ejemplo la de la playa, si bien resueltas eficientemente, se notan forzadas dentro de la historia principal, sin una justificación concreta para incluirla en el espectáculo, salvo el de lucir el infalible número del “ascensor”, pero esta vez bajo el agua.
Por otro lado, el trabajo actoral es sobresaliente. Y es que ambos intérpretes han logrado, luego de todo un laborioso proceso de investigación en parques y plazas, una sólida comunicación escénica, que les permite a ambos gran soltura y química en el escenario. Pipo (Sotomayor) nos muestra el lado duro de la sociedad, la depresión y la pobreza en un mundo salvaje, mientras que Yuyox (Benavente) representa la esperanza y los sueños con sorprendente ingenuidad. Ambos conforman una entrañable dupla, consiguiendo un lucimiento parejo.
El espacio en el que se presentó el grupo, el patio principal de la AAA, debe reorganizarse de manera urgente, retirando la enorme maceta del medio en primer lugar. El espectáculo, para ser apreciado y disfrutado al 100%, debe contar con el público ubicado de manera frontal (por ejemplo, para la escena bajo el agua), de ninguna manera en laterales (echando a perder el factor sorpresa) y de ser posible en graderías. Si esto no es factible, ambos actores deben ingeniárselas para que el espacio no juegue en contra suya. Por ejemplo, incluyendo la inmensa maceta dentro de la historia. Tratándose de teatro callejero, las escenas deben transcurrir en los niveles medio y alto, nunca a ras del suelo (como la escena del sueño), para no incomodar a los espectadores sentados al final. Podrían adecuarse colchonetas para los más pequeños en primera fila.
El grupo Reflejo Alterno, a cargo de Benavente y Sotomayor, demuestra en este su primer montaje, una preocupación evidente por la investigación y el trabajo de campo como únicas herramientas para conseguir un buen montaje teatral. El balance final es positivo, pero se le recomienda un mayor cuidado en la presentación de sus espectáculos, sobre todo en lo que se refiere a la ubicación del público, y buscar en todo momento el alcanzar una personalidad propia. Condiciones para lograrlo, de seguro, le sobran.
Sergio Velarde
12 de abril de 2009
sábado, 21 de marzo de 2009
Crítica: PEQUEÑAS CERTEZAS
La vida es como un pastel
La mexicana Bárbara Colio escribe en su pieza “Pequeñas
certezas” sobre un tema recurrente en su país: la muerte. Mario desparece
sin dejar rastro, dejando en la más completa incertidumbre, no sólo a su novia
Natalia (Urpi Gibbons), sino también a sus hermanos Juan (Gonzalo Molina) y
Sofía (Wendy Vásquez). Natalia, junto con su madre (Haydeé Cáceres), viaja en
busca de Mario desde la capital hasta Tijuana y descubrirá sorprendentes
aspectos de su pareja, que permanecían ocultos en las sombras. La infructuosa
búsqueda del desaparecido termina por enfrentar a estos personajes, mientras
intentan una pacífica convivencia. Con la posterior llegada de Olga (Alejandra
Guerra), la díscola amiga de Natalia, los dramas y conflictos alcanzan sus
puntos más álgidos, pero matizados por un delicioso humor negro. Y todo ocurre
delante de un ataúd, como un guiño a la manera tan campante que tienen los
mexicanos de lidiar con la muerte.
“Pequeñas certezas” se presenta actualmente en el Centro Cultural de la Católica, bajo la dirección del buen actor, pero mejor director Alberto Isola, quien sabe sacar provecho de una historia sencilla pero intrigante, cediendo el total protagonismo a su elenco. Los hermanos Juan y Sofía no pueden ser más diferentes: mientras él debe lidiar con sus inseguridades y miedos, ella trata de ocultarlos aparentando fuerza y determinación inexistentes. Natalia es una mujer confundida e insegura, siempre bajo la sombra de su madre, una mujer de aparente sencillez, pero que en sus comentarios revela una gran sabiduría y conocimiento del ser humano, que terminan por descubrir esas “pequeñas certezas” de nuestra vida, que no lo son tanto en realidad. Y es en este personaje de la madre, en la que tanto la dramaturga como el director, se apoyan para mantener el interés de la historia y entender cuál es el propósito del montaje.
Gran actuación de la experimentada Haydeé Cáceres como una de esas madres, que creen poder solucionarlo todo con una sonrisa y un poco de filosofía. Un inspirado Gonzalo Molina crea un personaje convincente y sincero. A su lado, Wendy Vásquez demuestra su amplio registro histriónico en un papel menor y Alejandra Guerra funciona a la perfección como el comic relief de la pieza. Decepciona eso sí, Urpi Gibbons, débil y sin los matices adecuados para una obra de este calibre, pero rescatada por el resto del elenco y la limpia dirección de Isola. “Pequeñas certezas” (Premio Internacional María Teresa León para autoras dramáticas en España en el año 2004) es un estimable espectáculo, cuidado y divertido, que nos aleja de nuestras vicisitudes diarias para reflexionar sobre nuestra existencia… y como diría la madre: “por que la vida es como un pastel y el chiste está en arreglárselas con los ingredientes que tengas a la mano”.
Sergio Velarde
21 de marzo de 2009
jueves, 12 de marzo de 2009
Crítica: PRECIOSAS MALDITAS II
Verlas para creerlas
El inefable e incansable Richard Torres vuelve a la carga, esta vez con un delirante espectáculo recargado llamado “Preciosas Malditas II”, definido por su creador como un “psicothriller - teatro experimental del surrealismo y del desorden” que incluye, además de la participación de las vedettes, cantantes, modelitos fashion y socialités más potables del medio, una expoventa de pintura, moda shock, música en vivo, instalación, performance y danza contemporánea. Todo esto, junto y revuelto, en las instalaciones de Casa Drama en Barranco.
Esta vez, la excusa esgrimida por Torres para parir semejante puesta en escena, es la de haber realizado una investigación en las cárceles de mujeres, que sirve de base para sacar a la luz el terrible drama de las internas, privadas de su libertad, muchas veces por razones injustificadas. El tema no deja de ser interesante y el inicio de la obra (con las “malditas” llegando escoltadas por los Impes desde la calle) no puede ser más promisorio, pero naufraga por la incontable diversidad de historias planteadas en escena por el director, algunas apenas bosquejadas y resueltas de manera bastante primaria, dejando como resultado que ninguna logre elevarse por encima del promedio. Demasiadas piezas que Torres se anima a mover, en un tablero colorinche lleno de escarcha, volviendo irremediablemente superficial su puesta en escena.
Y no podía ser de otra manera, contando con la participación artística de algunas señoritas más preocupadas en mantener bien sujetas las pelucas, bien delineados los ojos y bien puestas las siliconas, que en darle verosimilitud a sus personajes. Es decir, estas malditas “preciosas” son estética y superficialmente glamorosas y apetecibles, pero carentes de verdad y convicción en escena. Por ahí algunas sorpresas nos deparan Lula Valdivia en el papel de la recientemente liberada urraca, mucho más carismática que la “Magnolia Merino” televisiva, y la sorprendente Ana Ruíz, muy sincera y precisa como la asesina de su esposo violador.
Pero un espectáculo de Richard Torres jamás defrauda, nunca pasa desapercibido y siempre vale la pena su visión. Las mejores partes de la obra aparecen cuando estos despampanantes hembrones “actúan” en estricto muting, pues diálogos y monólogos resultan insufribles. Terrible escena la de la sicaria Claudia Portocarrero y la burrier Paula Marijuán (con amiga travesti incluida). A las chicas (y las ya no tanto) les va mejor cuando desfilan, coquetean y bailan por el escenario, mostrando las virtudes que Dios y el cirujano les dio, con la ya mítica Susan León a la cabeza. Los demonios, larvas, impes, periodistas y figurantes parecen pasarla muy bien como comparsas de estas divas, contagiándonos de su entusiasmo. Y toda la obra transcurre teniendo como “telón de fondo” imágenes de “Marat/Sade” de Peter Brook. Nada menos. De verlo para creerlo. Pero verlo al fin y al cabo.
Sergio Velarde
12 de marzo de 2009
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