lunes, 7 de noviembre de 2016

Crítica: JUEGO DE INFIELES

Cuando hay que reír pues se ríe  

Debo decir que yo no soy una persona de comedias. Si me dan a elegir entre un drama y una comedia, siempre elegiré la primera, sin dudar. No es que no me guste reír (¿a quién no podría gustarle?), sino que prefiero vivir, a través del teatro, emociones más “oscuras”,  circunstancias que te muevan y que te hagan dudar de tus creencias mientras ves cómo los personajes se hunden sin saber si podrán salir a flote nuevamente; y todo eso sumado a que no soy de reír fácilmente.

Dicho lo anterior, estaba seguro de que la comedia “Juego de infieles”, versión libre de la obra “No hay ladrón que por bien no venga” del autor italiano Darío Fo, y dirigida por Jonathan Oliveros, no sería la excepción para mi poco apego a la risa. Sin embargo, cuando una sala, casi totalmente llena, no para de reír por la hora y media que dura la obra, no puedo hacer nada más que preguntarme si es que debiera buscar reír más.

Y es que “Juego de infieles” es una comedia divertida en la que los malentendidos son la base de toda la historia: dos torpes ladrones entran a robar a un departamento lujoso creyendo que el matrimonio que lo habita ha viajado. Sin embargo, se llevarán una enorme sorpresa cuando se enteren de que no hubo viaje, y los ladrones se acabarán enterando de mucho más que lo que ellos quisieran, terminando siendo cómplices, a la fuerza, de las mentiras en las que dicha pareja adinerada ha decidido vivir.

Así, al mejor estilo de una farsa, las intenciones del montaje de denunciar la hipocresía de la sociedad se da por medio de situaciones y acciones poco reales pero efectivas a su propósito, y haciendo, mayormente, que la risa se dé de manera impulsiva e irreflexiva.

A mi criterio, lo más elogiable del montaje es el trabajo actoral. Más allá de algunas ocasiones en que los actores se tapaban la voz unos a otros, creo que todo el elenco ha hecho un buen trabajo sacando adelante sus personajes, no habiendo ninguno que desentone. Sin embargo, merecen una mención aparte las actuaciones de Tito Vega, Cecilia Tosso y Katherina Sánchez (estas últimas, premiadas por sus actuaciones en la comedia “Desnudos en la pensión” el año pasado por el público y por el comité de El Oficio Crítico, respectivamente) quienes logran superar los clichés y dan consistencia a unos personajes caricaturescos, siendo los tres los que arrancan el mayor número de carcajadas al público.

He oído, desde siempre y de diferentes personas, la afirmación de que es más difícil montar una comedia que un drama, siendo siempre el argumento que, diciéndolo de forma sencilla, es más fácil encontrar recursos para conmover hasta las lágrimas al público, pero no para hacerlos reír. Pues bien, el director de la obra, sí encontró la forma y la explotó bastante bien… y es que a veces es bueno tan sólo reír. La sala, en su totalidad, así lo firmó.

Daniel Fernández
7 de noviembre de 2016

domingo, 6 de noviembre de 2016

Crítica: LUZ OSCURA

Frustraciones tras bambalinas  

En el 2001, un singular estreno llamado Función velorio de Aldo Miyashiro pasaría a la historia como uno de los montajes meta-teatrales más incisivos y crudos de la escena nacional, narrando la historia del director Leonardo Oviedo y su empeño en escribir y dirigir una obra de teatro en la que sus cuatro protagonistas mueran realmente en el escenario y así ganar el esquivo reconocimiento del medio. Y en el 2005, la pieza Azul resplandor de Eduardo Adrianzén, con la inspirada dirección de Carlos Tolentino, se erigió como uno de los montajes más acabados y conmovedores en aquel entonces, pues pocas piezas supieron retratar con tanta maestría el mundillo teatral limeño, repleto de intrigas, prejuicios e hipocresía, a través de la historia de una diva olvidada de la actuación llamada Blanca Estela, que decide regresar a los escenarios acompañada de un mediocre dramaturgo y un delirante director. Pues bien, Julia Thays y Gonzalo Rodríguez Risco (ganadores de Sala de Parto 2015) consiguen con su obra Luz Oscura otro feroz y muy pertinente enfoque hacia el lado más ingrato y decadente de la actuación, haciendo especial énfasis en la pérdida de la intimidad de las figuras públicas, con la vida de la ahora adulta estrella de la televisión infantil Amanda Luna, sus relaciones personales, su terrible accidente y su posterior regreso con perfil bajo a la vida pública.

Nidia Bermejo, notable tanto en roles protagónicos como en La cautiva (2014) o de apoyo como en Piaf (2015), lo entrega todo en su caracterización de Amanda Luna: engreída, altanera, frustrada, obsesionada, desarmada en su tóxica relación con su novio Fernando (impecable trabajo de Alberick García) y envidiosa a más no poder de su amigo actor Willy (un sorprendente Jesús Neyra). Estos tres personajes van tejiendo diversas historias, tan cautivantes como monstruosas: Amanda anhela compulsivamente recuperar la fama perdida, con la que estuvo acostumbrada desde muy pequeña, solo frenada por el accidente que la deja en estado comatoso; Fernando busca ser el necesario apoyo para Amanda, a pesar de las serias carencias emocionales que él mismo lleva; y Willy debe enfrentar el doloroso pasado que tuvo que padecer para lograr el aparente y superficial éxito actual. Los medios de comunicación, representados por aquellos anónimos seres armados con cámaras y flashes, son presentados con maestría en su alucinante degeneración.

La directora Thays conoce muy bien el texto que co-escribió con Rodríguez Risco, repleto de sutilezas y dobles lecturas, y es por eso que utiliza hábilmente los cuerpos de Bermejo, García, Neyra, Ernesto Ayala y Miguel Dávalos, aprovechando todo el potencial que le permite su versátil elenco, para conseguir una puesta en escena cautivante, fluida y brillante en el Teatro de Cámara del Centro Cultural El Olivar. El diseño escenográfico, tan sencillo como funcional, con un par de elementos y una tela blanca movible, suma a los valores de producción de la obra. Luz Oscura, así como lo hicieron en su momento Función velorio Azul resplandor, no solo se convierte en un antológico montaje, sino también en una verdadera lección de teatro, en una ácida crítica creada por y dirigida para gente de teatro, y en un preciso y por ratos escabroso estudio de la psicología humana. Sin duda, uno de los mejores estrenos del año.

Sergio Velarde
6 de noviembre de 2016   

viernes, 4 de noviembre de 2016

Crítica: ROPA ÍNTIMA

Una conmovedora historia de opresión  

En 2014, la puesta en escena de Al otro lado de la cerca (Fences, 1983) consiguió llevarse el premio de El Oficio Crítico al mejor montaje dramático del año. Su productora general, Alicia Olivares, amparada en su preocupación por las desigualdades laborales de los actores afroperuanos en nuestro medio, consiguió una excelente puesta en escena, gracias al inspirado libreto escrito del premiado dramaturgo norteamericano August Wilson, que retrataba las vicisitudes de la comunidad afroamericana en el siglo pasado, y a la mano firme del director Jorge Villanueva. Dos años después, Olivares participa (ahora como actriz protagónica) en el XIII Festival de Teatro Peruano Norteamericano con una pieza de temática similar llamada Ropa íntima (Intimate Apparel, 2003), bajo la dirección de Talía Coloma con la producción general de Ébano Teatro, consiguiendo otro sentido y conmovedor montaje que retrata esta vez, lo absurda e injusta que es la discriminación racial y el maltrato a la mujer.

Ganadora del premio Pulitzer por su pieza En bancarrota (Ruined, 2008), la dramaturga afroamericana Lynn Nottage escribió Ropa íntima (Intimate Apparel, 2003) basándose en la vida de su propia bisabuela. La historia está ambientada en la Nueva York de 1905, en donde la joven afroamericana Esther Mills (Olivares) destaca por ser una hábil costurera, a pesar de ser analfabeta. Ella tiene su propio y rentable negocio creando lencería para señoras de la alta sociedad, entre ellas la estirada señora Van Buren (Leticia Narvarte ), así como para algunas damas de la noche, como la despreocupada Mayme (Anaí Padilla). Esther tiene una fallida relación a distancia con George (Gabriel Ledesma), quien se encuentra trabajando en Panamá, mientras mantiene una tímida relación amical con un judío ortodoxo llamado Marks (Daniel Zarauz). Es en el segundo acto de la puesta, que la vida de Esther cambia drásticamente cuando George aparece en la ciudad para contraer matrimonio con la costurera. La autora nos presenta una trama aparentemente simple y hasta acaso tradicional, pero que deja translucir la complejidad y los variados matices de sus personajes.

La producción se luce con un cuidado vestuario y escenografía, sin saturar demasiado el escenario del ICPNA de Miraflores, delimitando bien los espacios, en donde Esther dialoga con cada uno de los personajes por separado. Por su parte, la música en vivo acompaña con demasiada discreción. A destacar en el elenco el digno trabajo de Olivares, componiendo a una sobria Esther, que encuentra los momentos precisos para mostrar sus emociones extremas. A su lado, Narvarte y Padilla consiguen interpretaciones muy sentidas y creíbles, cada una en su particular registro. La pieza de Nottage se convierte en un duro y conmovedor retrato de la vida de los afroamericanos del siglo pasado, completamente pertinente en estas épocas de reivindicación de la mujer en la sociedad. Y así, como Al otro lado de la cerca, los esfuerzos del equipo artístico fueron recompensados con el Premio del Jurado del festival citado anteriormente. Ropa íntima es un recomendable espectáculo que debe verse.

Sergio Velarde
4 de noviembre de 2016  

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Crítica: TITO

Una radiografía del mundo político que nos rodea  

Está bien, una exagerada radiografía pero radiografía al fin. Y es que si tuviera que decir rápidamente una cualidad de esta obra, diría la facilidad con la que reconocemos lo que ocurre en la obra. La familiaridad con la que, de pronto, vemos a los personajes y sus propósitos, y que viene de vivir en una sociedad en la que los políticos parecen haber olvidado que son elegidos para servir y no para servirse.

Por supuesto que “Tito”, obra escrita y dirigida por Sebastián Eddowes y Gean Pool Uceda, tiene varias cualidades más, pero voy a mencionar una que me parece básica: no está pensada para que hayan buenos o malos, y sería un error tomar partido por alguno de los “bandos” que se nos muestra, pues si bien es cierto que prácticamente al comenzar las acciones nos enteramos de que Alberto Guzmán, Tito, es un criminal, luego nos daremos cuenta de que no siempre todo tiene su contraparte. Para el bien de la obra, los autores no han buscado héroes que nos ayuden a lidiar con la suciedad de la historia. No, en “Tito” no hay héroes.

“Tito” es una obra en donde el pesimismo abunda, pero esto no es gratuito. Proviene del hartazgo. ¿Hay algún político que no se mueva por su propio bienestar? ¿Aún podemos confiar en las intenciones de la gente que pugna por llegar al poder?

Justamente es el personaje de la lideresa de izquierda, Tamara di Paolo, interpretado por Anahí de Cárdenas, la que refleja, en mi opinión, esta pérdida de la esperanza de los autores respecto a la realidad política. Di Paolo se va deformando conforme avanza la obra hasta convertirse en una suerte de caricatura perturbadora. No me refiero a la conducta sexual del personaje, la cual es expuesta (aunque a mí me resultó innecesaria la coreografía amorosa sobre la mesa pues parecía tener como propósito recordarnos lo bien que baila y lo guapa que es la actriz), sino a que vemos que ella también puede transar, cambiar y hasta olvidar sus compromisos políticos y su humanidad con tal de satisfacer sus fines, sean estos obtener el poder o una venganza.

Como dije antes, en esta obra no hay héroes, pero sí hay víctimas, pero son víctimas de sus propios apetitos. Y es que en “Tito” no solo son cuestionables los medios que se usan para llegar a los objetivos. Los objetivos también lo son y mucho.

En lo actoral, quiero resaltar el gran trabajo de Carlos Victoria, experimentado actor que no necesita presentación, interpretando a Tito, y de Sebastián Rubio como Aarón. Ambos nos conmocionan totalmente con sus actuaciones.

Para terminar, diré que sin bien “Tito” baja el ritmo, pasada la mitad de la obra, en ningún momento perdemos el interés pues lo que el texto nos dice es tan fuerte como real, y por desgracia para nuestro futuro, demasiado real.

Esperaremos con expectativa la reposición.

Daniel Fernández
2 de noviembre de 2016

martes, 1 de noviembre de 2016

Crítica: ALTER EGO

Los títeres como los mejores amigos  

Definitivamente, los festivales de dramaturgia como Sala de Parto están rindiendo sus frutos en escena, a través de los variados e interesantes montajes de sus obras ganadoras, realizados prácticamente en su totalidad con una gran calidad de producción y además, con una apreciable cantidad de público que va familiarizándose cada vez más con historias escritas por peruanos. Así vimos 10,000 horas de Giuseppe Albatrino y Nuestro secreto de Rosabel Rojas; están en cartelera Segunda oportunidad de Anahís Beltrán, con el título de Entre dos puertas y Grietas de Christian Saldívar; por citar algunas del mencionado festival en su edición del 2014. Es el turno ahora de Alter Ego de Carlos Zarpán, estrenada en el Centro Cultural Ricardo Palma con la producción de Sala de Parto, y que sorprendió inicialmente con sus fotos promocionales (como la que adorna esta crítica), en las que los personajes alternaban nada menos que con títeres. Tremendo riesgo que es asumido por todo el equipo responsable con acierto y creatividad, logrando un entrañable y pertinente montaje.

El director Víctor Barco, acostumbrado a dirigir tradicionales clásicos como La casa de los siete balcones (2013), La discreta enamorada (2015) o La tercera palabra (2016), sorprende al llevar a escena la historia de un confundido joven y su títere con mucha inteligencia y humanidad. Narrada de manera lineal con ocasionales saltos al pasado, Alter Ego nos presenta a Javier, un joven con serios problemas de personalidad, ya que convive todos los días con un títere que lleva por nombre Suni. El muñeco ha cobrado tanto protagonismo en la vida de Javier, que pone en verdaderos aprietos a su preocupada madre y al delirante pediatra, así como a su guapa esposa en una increíble escena de alcoba que da inicio a la puesta, presentada con una sorprendente dignidad. Abandonado por su padre cuando era un niño, Javier encuentra en su títere no solo a su mejor amigo, sino a su propia conciencia, que le dicta cómo debe comportarse y las decisiones que debe tomar. Y en el momento preciso, antes de consumarse una tragedia,  aparece Héctor, otro joven que también convive con un títere llamado Gerthy. Notable la asociación del títere con el verdadero “yo”, en estos tiempos de necesarios cambios e inútiles prejuicios.

A destacar las actuaciones del elenco, encabezado por un inspirado Paris Pesantes (a quien vimos este año en José Aurelio rumbo a Francia) y por el joven Gonzalo Candela, quienes interpretan con total entrega a Javier (adulto y niño, respectivamente) y a su títere Suni. Por su parte, los experimentados Haydee Cáceres, Rocío Montesinos y Pedro Olórtegui están impecables en sus personajes de apoyo. Sorprende David Serván con un preciso trabajo como Héctor y el divertido muñeco Gerthy. El manejo de los títeres luce intachable, gracias a la asesoría de Angel Calvo, convirtiendo a Suni y Gerthy en entrañables personajes. Inclinada más hacia la comedia que al drama, el montaje de Alter Ego de Carlos Zarpán mueve sus fichas con habilidad, convirtiéndose en una de las más gratas sorpresas del circuito teatral limeño, que viene ofreciéndonos en estos días Sala de Parto.

Sergio Velarde
1° de octubre de 2016

miércoles, 26 de octubre de 2016

Crítica: EL DOLOR

La resistencia de la espera  

Cuando uno sabe que está a punto de ver una obra de teatro dirigida por Alberto Isola, en este caso un unipersonal,  las expectativas nunca son pocas, pues estamos hablando de uno de los mejores directores de nuestro medio. Pero si a eso le agregamos que dicho unipersonal es actuado por la actriz Alejandra Guerra, las expectativas se vuelven el doble, mucho más para los que hemos tenido la suerte de ver al director y la actriz trabajando juntos, como en “El continente negro”, gran estreno del año pasado.

En esta oportunidad Isola y Guerra se juntan en la obra “El dolor” de Marguerite Duras, escritora francesa, quien nos narra sus vivencias en el París de finales de la Segunda Guerra Mundial, una época difícil para el mundo, qué duda cabe, y que para Duras significó tener su vida atrapada en la incertidumbre del tiempo que avanzaba y noticias que no llegaban.

Alejandra Guerra se mete en la piel de la escritora en un gran despliegue actoral, y en un espacio muy íntimo y acompañada solo por un diario, un teléfono y un abrigo, nos hace vivir esa gran incertidumbre y nos hace pedir al destino que nunca nos haga pasar por una experiencia similar. Guerra nos conmueve, incluso cuando se nos presenta como una mujer fuerte. Sí, es fuerte, pero está desolada y eso nunca se deja de sentir. Por ejemplo, no podemos más que sentirnos cómplices de sus temores y dudas cuando se pregunta si debiera seguir esperando a Robert, su esposo. Han pasado seis años de la guerra y quizás ella ya deba esperar a alguien más, quizás ya deba recomenzar su vida. ¿Qué haríamos nosotros?, ¿hasta cuándo esperaríamos a que vuelva ese amor?

Para terminar, diré que creo que “El dolor” es una obra llena de verdad, de realidad y la dirección y la actuación están totalmente a la altura de tan duro texto. La crítica social está presente en todo momento y es como si los años no hubieran pasado, ya que las injusticias son las mismas: “Roosevelt ha muerto y el gobierno declara tres días de duelo nacional, pero ni uno solo para los inmigrantes muertos. No hay luto para los pobres”. Con cuánta exactitud pudiéramos repetir esa línea hoy.

Me quedo con un mensaje final que esta obra nos deja y es que mientras la humanidad siga viendo las grandes injusticias como algo que solamente le debe importar al grupo afectado y no a todos, estas seguirán ocurriendo y se seguirán repitiendo.

“El dolor” va todos los fines de semana, sábados y domingos, en la Alianza Francesa de Miraflores y hasta el 13 de noviembre. Es altamente recomendada.

Daniel Fernández
26 de octubre de 2016

lunes, 24 de octubre de 2016

Crítica: KAMASUTRA

Hazlo bien y sin mirar con quién  

Más que una obra de teatro, Kamasutra es una conferencia sobre los temas que nacen del libro del mismo nombre, el que va más allá de las poses sexuales. Se tocan distintos temas del libro y del sexo de una manera muy divertida e ilustrativa; y tal como su nombre lo dice, Kamasutra es el arte del contacto sexual, la técnica de seducción básica para entregarle a la pareja toda la pasión y amor que precisa una relación.

Todo empieza con la explicación de cinco conferencistas (entre magísteres y doctores, todos ellos expertos en el tema) que tratan de ilustrarnos y educarnos, tocando temas de tendencias  de una manera divertida. Hoy en día hablar del Kamasutra causa un poco de temor en las personas, algo que no debe ser así, sino todo lo contrario: debemos de aprender a conocer nuestro cuerpo y el de nuestra pareja, para vivir con plenitud sexual.

Nos enseñan a tener más sexo, a tener más orgasmos, a dejarnos llevar, a disfrutar de la sexualidad humana, aquella que va más allá de procrear; que tengamos la oportunidad de jugar y salir de la rutina del estrés, que hoy en día es responsable de que tanto los hombres como las mujeres estén cada vez solos.

Cada conferencista, según a su propio estilo pícaro, aborda un tema donde habla de todo un poco con respecto a la sexualidad, como el sexo duro, el sexo apasionado, la importancia del beso, la función de la lengua, algunos juegos eróticos, los orgasmos y otros más. Cabe resaltar la importancia que dan los conferencistas a lo que la mujer quiere a la hora de intimar con su pareja, como por ejemplo, desear tener un clímax más prolongado, buen  sexo o sexo romántico, ya que perderse en el sexo es un placer y encontrarse en él, una bendición. 

En esta conferencia, los expositores interactúan con el público asistente. Nos hablan de algunas fantasías e ideas que quizás muchos nos hacíamos, pero por pudor no preguntábamos con respecto a las poses sexuales, así como la manera correcta de llevarlas a cabo; es ahí donde nos llevamos más de una sorpresa, ya que es un arte de conocer a la pareja y de cómo intimar con ella.

El texto usado en el montaje es el resultado de investigación e improvisación desarrollado por los actores y liderado por el director. Así es que amigo lector, te invito a que te pongas cómodo y disfrutes de esta conferencia, porque la mesa ya está literalmente servida.

Kamasutra es dirigida por Gilbert Rouviere, con las actuaciones de Lizet Chávez, Miguel Iza, Jimena Lindo, Norma Martínez y Roberto Ruiz. Se presenta de jueves a lunes a las 8:30pm en el Teatro de la Universidad del Pacífico. Las entradas se encuentran a la venta en Teleticket.

María Victoria Pilares
24 de octubre de 2016

domingo, 23 de octubre de 2016

Crítica: EXTRAÑOS

Formas sobre fondos teatrales  

Extraños (1997), obra de Daniel Dillon que participara en el II Festival de Teatro Peruano Norteamericano ICPNA, viene presentándose en una novedosa versión en el Teatro Mocha Graña, bajo la dirección de Beto Miranda, a quien vimos como actor en Fando y Lis (2009) y Tus amigos nunca te harían daño (2014). La pieza de Dillon consta de cinco escenas cortas, en las que siempre participan “Él” y “Ella”: un peligroso y amoral coqueteo en un parque, una sencilla conversación acerca de la inminente separación, una violenta discusión en una cocina, un tenso diálogo con final trágico en un día de campo, y una relación que se queda en meras intenciones dentro de una cafetería. Textos sencillos que exploran, paradójicamente, la complejidad del ser humano; eso sí, cargados de mucho lirismo y sutileza.

Pues bien, la novedad del montaje de Miranda es que los actores no saben qué personajes interpretarán hasta que no se realicen los sorteos antes del inicio de cada escena en el mismo espacio. Es decir, los jóvenes Eli Duarte, Antonia Amorós, Gonzalo Alonzo Ruiz y David Otazú deberán estar preparados para interpretar en total a los diez personajes de la obra, cinco como máximo o acaso ninguno, si la “suerte” les es esquiva en cada función. Esta designación aleatoria en la que los “Él” y “Ellas” de cada escena sean intercambiables, vale decir, puedan ser actuados por ejemplo, por dos actores o dos actrices, da pie a una serie de interpretaciones: desde premisas tan simples como la de mantener en tensión al espectador y al actor durante los sorteos, hasta la nula importancia que tiene el rol de género para describir las tribulaciones del ser humano.

Acaso los más puristas podrían afirmar que este juego de azar de roles privilegia demasiado las formas sobre el verdadero fondo que Dillon deseó expresar en su texto en primer lugar. Y el que el mismo Miranda decida incluir, al final de la puesta formal, la repetición de una de las escenas con los actores que el público elija para representarla, podría ser tomado como una banalización del concepto mismo de la obra. Sin embargo, tanto las cuidadas actuaciones como la dirección en general (contados elementos escénicos, estética urbana, disposición espacial  que coquetea con el teatro circular) cumplen una solvente labor, convirtiendo a Extraños en un curioso y recomendable espectáculo.

Sergio Velarde
23 de octubre de 2016

Crítica: EL ROSTRO

En la búsqueda de identidad  

En la puesta en escena de Todos mis miedos, estrenada en el Auditorio ICPNA de Miraflores y escrita por los argentinos Nahuel Cano y Esteban Bieda, el protagonista (un escritor) se ve inmerso en una complicada relación sentimental con una joven admiradora, bajo la atenta mirada de uno de sus personajes de ficción. Curiosamente en el mismo espacio se presentó, en el marco del XIII Festival de Teatro Peruano Norteamericano, la obra El rostro, escrita por el joven dramaturgo peruano Ricardo Olivares, en la que el protagonista (ahora un arqueólogo) se debate también entre una enfermiza y trágica obsesión amorosa y una inquietante presencia que esconde su rostro, proveniente de los confusos recuerdos de su pasado. Más allá de estas someras coincidencias, que incluyen además la disposición cuadrangular del espacio escénico, ambos montajes exploraban a su particular manera la psicología de cada uno de sus personajes principales, pero acaso acertando más (a nivel dramatúrgico y actoral) en la segunda puesta mencionada.

Luego de leer la muy pertinente crónica de Pepe Santana en Advenedizo Digital, poco queda por agregar. Premiada en el Concurso Nacional Nueva Dramaturgia Peruana 2014, El rostro está estructurada en desorden temporal: después de observar a una mujer con una máscara blanca desplazándose aleatoriamente en el escenario lleno de arena (mientras los espectadores esperábamos la tercera llamada), el montaje inicia con un momento climático, en el que el arqueólogo Ramón, presa de un ataque de pánico, apunta amenazadoramente con un arma a su psicoanalista. Poco a poco, la trama se va desenredando, acertadamente dirigida por Yanira Dávila y Alejandro Guzmán, quienes resuelven la puesta con sencillez y efectividad, valiéndose de escasos elementos y el diseño de luces. Y es que Ramón, que regresó a Perú para escribir sus memorias, tiene serios asuntos de identidad sin resolver con su pasado, que involucran principalmente a su misteriosa madre.

A destacar la sentida y precisa interpretación de Carlos Acosta en el rol protagónico: se trata de un interesante director (responsable de dramas contemporáneos como Un verso pasajero o de clásicas comedias como Los dos hidalgos de Verona)  que demuestra en este montaje una gran versatilidad, interpretando limpiamente a su personaje en diferentes edades y a su propio padre cuando corresponde; bien secundado por un sólido Eduardo Ramos como su psicoanalista y la perturbadora presencia de Alicia Mercado, como su madre y su despreocupada amante. Ricardo Olivares consigue con El rostro un interesante retrato psicológico de un ser humano en la búsqueda de su verdadera identidad.

Sergio Velarde
23 de octubre de 2016

domingo, 16 de octubre de 2016

Crítica: IPACANKURE

Entre el misterio y la precariedad  

“Ipacankure” de César Vega es la segunda obra en competencia en el XIII Festival de Teatro Peruano Norteamericano y es dirigida por José Antonio Buendía, de buen trabajo.

La puesta en escena es sencilla, un dormitorio sin nada más que una cama, una bacinica y una caja de madera llena de naranjas. Todo es pobre y sucio, lo que nos da desde el inicio la sensación de precariedad y es fácil asumir que esta nos acompañará durante toda la obra, pero aún no sabemos cómo ni de qué forma.

Sin embargo, ni bien entra en escena el primer personaje (llamado “Uno” en el programa de mano, aunque luego nos enteraremos de que se llama Raúl), las dudas acerca de la manifestación de la precariedad empiezan a disiparse. ¿O quizás las dudas solo empezarán a aumentar?

Y es que creo que, a grandes rasgos, eso es lo que es Ipacankure: un gran misterio que se desarrolla en medio de la más grande precariedad. Es precaria la situación económica de ambos personajes, ya que Raúl acepta que “Dos” entre en su vida porque no puede pagar por sí mismo el cuarto en donde quiere vivir. Es precaria su relación de amistad, en la cual “Dos” ejerce un extraño poder sobre Raúl y la violencia no es algo extraño entre ellos. Es precaria la relación que Raúl tiene consigo mismo, ya que él no consigue ser sincero y decir lo que realmente quiere. Es precaria su relación con el mundo exterior, en el cual Raúl es un vendedor ambulante alcohólico y “Dos” no entiende su lugar. Y, por supuesto, está Ipacankure, este nombre que “Dos” recuerda pero del que no logra recordar ni su origen ni quién es. Ipacankure solo es.

Se me hace difícil intentar explicar concretamente algo más. Esta obra no es para buscar interpretaciones ni subtextos. Creo que esta obra es para dejarse llevar y hundirse con los personajes en su propia vorágine y salir a flote de cuando en cuando, en medio de esta danza en donde el amar y odiar se alternan constantemente.

Me parece también que esta obra es definitivamente una de personajes y está hecha para el lucimiento de los mismos. En base a eso, diré que los actores hacen un buen trabajo y logran que el público entre en su perturbador mundo.

Ipacankure termina su corta temporada el día domingo 16. Al salir, el público puede calificarla, así que anímense y vayan al festival.

Daniel Fernández
16 de octubre de 2016