sábado, 12 de noviembre de 2022

Crítica: LA CARRERA, NO ES LO MISMO RESPIRAR QUE VIVIR


A veces es necesario una pausa

Que la sociedad impone determinados patrones de conducta es una verdad indiscutible. Especialmente en algunas como la nuestra, (todavía) tan tradicional y conservadora, empeñada en privarnos de una necesaria evolución. Es por ello que el estreno de una obra que explore con ironía dichos “requerimientos” resulta valiosa y pertinente. La carrera, no es lo mismo respirar que vivir de la joven dramaturga y actriz argentina Jowy Sztryk, bajo la dirección de Marco Huachaca, constituye una sólida propuesta escénica para hacernos reflexionar acerca del inútil desgaste al que nos vemos sometidos, por la absurda idea de “encajar” correctamente dentro de la “normalidad” impuesta.

Se encienden las luces y los cuatro jóvenes actores protagonistas se alistan en el escenario para interpretar sus respectivos personajes, quienes no deben (ni pueden) rendirse durante la gran carrera de la vida, plagada de mil y un obstáculos y sacrificios. Majo Calderón se encuentra en una búsqueda desesperada de pareja, no importa a qué costo; André Moyo persigue un esquivo ascenso laboral, aceptando además su orientación sexual; Mellanie Elguera no acepta la responsabilidad de ser madre, enfrentándose a todos los que ejercen presión; y el mismo Huachaca reniega de los que le critican por su falta de “actitud”. Cada uno defiende muy bien su personaje, interpretando también otros para apoyar en las escenas de sus compañeros.

Huachaca propone un montaje de ritmo veloz, muy acorde con la acelerada vida que nos ha tocado experimentar, pero plagada de metas impuestas por un sistema cada vez más arcaico. Aún pueden ajustarse ciertos detalles, como por ejemplo, el control de la energía y la inclusión de facilismos y excesos cómicos. La carrera, no es lo mismo respirar que vivir, presentada por el colectivo Teatro en el Perú en el Teatro Auditorio de Miraflores, es un sólido espectáculo con una duración justa y que hace una oportuna llamada de atención hacia aquellos mandatos sociales que se nos busca imponer. A menudo, es mejor dejar de correr y simplemente, respirar y vivir.

Sergio Velarde

12 de noviembre de 2022

Crítica: TODO ARRAU


Al maestro con cariño

Uno de los pilares del Club de Teatro de Lima, que está cumpliendo escrito sea de paso 69 años de actividad ininterrumpida, aparte del maestro Reynaldo D’Amore, fue sin duda, otro grande de la escena local: Sergio Arrau. Chileno de nacimiento, pero peruano de corazón, desarrolló prácticamente toda su actividad como profesor, dramaturgo y director en nuestro país. Justamente, se viene realizando en el local de Miraflores un más que oportuno homenaje al maestro Arrau, llevando a escena algunas de sus obras, interpretadas íntegramente por alumnos y exalumnos del Club de Teatro de Lima y dirigidas por sus docentes, titulado Todo Arrau.

Son tres obras cortas las que forman parte de la primera temporada de este homenaje, tres piezas que lamentablemente (tal como lo mencionó Pold Gastello al presentar el espectáculo) mantienen una total vigencia, apreciadas ahora, un par de décadas después de haber sido escritas. El viaje a Huacho, El campesino y Nube negra sobre Lima son pequeños dramas contemporáneos, con un corrosivo sentido del humor: una familia rumbo al norte a visitar a una de las hijas, un humilde campesino (entrañable Erick Salazar-Jiménez) que se deja llevar por la notoriedad mediática y los últimos días de una ciudad devastada previamente por la discriminación, la desidia y la violencia.     

Los respectivos directores Paco Caparó, Santiago Giraldo y Gerardo Cárdenas mantienen el tono brechtiano, con los aplicados actores siempre en escena, logrando el efecto del distanciamiento que el mismo Arrau proponía. No es casualidad pues, como lo comentó él mismo en extractos de una entrevista grabada por Gastello y proyectada en el foro, que afirmara que su primer acercamiento al teatro fue cuando vio Seis personajes en busca de autor (1921) de Luigi Pirandello. Todo Arrau no solo es un valioso ciclo de buen teatro, es un justo y merecido reconocimiento a un señor Artista, pieza fundamental del Club de Teatro de Lima, que vivió en nuestro país para y por el Teatro. Desde aquí, sus humildes bodrios y pencas lo recordamos siempre con mucho cariño.

Sergio Velarde

12 de noviembre de 2022

Crítica: MADES MEDUS


Cuando pensamos que soñar no vale nada

Un nuevo montaje del clásico Mades Medus de la dramaturga huancaína María Teresa Zúñiga vuelve a colocar en tela de juicio la falta de interés de la sociedad y las autoridades por tomar al arte como una figura relevante y necesaria, en medio de una coyuntura que vuelve a repetir el patrón de la indiferencia para con sus artistas. Ahora, contextualizado gracias a la dirección de Jorge Robinet, la obra cobra un sentido cercano a la realidad vivida por muchos teatristas durante la pandemia, el final de la cuarentena, el antes y después de las huelgas del 14N y el posicionamiento de la decadente clase política actual.  

La historia trata de Mades (Vanesa Vizcarra) y Medus (Bruno Espejo), dos payasos itinerantes que entretienen a su público a través de diversas improvisaciones y repertorios de situación. Ambos esperan a que lleguen espectadores a su vieja carpa hecha con telas de pancartas para marchas, pero al parecer todo es en vano. Sin embargo, ellos siguen practicando sus números donde satirizan las convenciones sociales y políticas más tradicionales de la urbe. Desde este punto de vista, las intenciones de posicionar la narrativa en la actualidad son obvias, por lo que vemos a través de diversos recursos estéticos el nivel de cercanía con la coyuntura.

En general, el discurso de la propuesta se trata por medio de simbolismos, tanto en el cuerpo de los actores como en el uso de los objetos que ellos manejan. Asimismo, el aspecto visual tiene énfasis en el color rojo y blanco que podría formar parte de muchas lecturas, por ejemplo, viejas banderas que ahora son utilería y trapos; entonces, junto a la corporalidad decadente de los personajes que están desdichados, incluso cerca de la muerte, nos permite envolvernos en una atmósfera de nostalgia que tanto el artista de la calle como gran parte de la población peruana de bajos recursos económicos se ve sumergida muchas veces.

No obstante, los intérpretes, aunque cumplen en términos de naturalidad e histrionismo en sus secuencias a modo de arlequines, en el lado emotivo no logran conmover tal y como el texto lo exige. En cambio, la relación de los personajes se torna fría a lo largo de la función. Nada más parecen concentrados en conseguir palcos llenos, en satisfacer la evidente necesidad de dinero y capital, olvidando el trasfondo de la situación explicada en sus diálogos: el público ya no le interesa ir al circo o al teatro, ya no quieren atreverse a soñar o perderse en inofensivas fantasías por andar preocupados en ambicionar poder, estatus y formar parte de un mundo al ritmo de un desliz de los dedos cuando toca la pantalla del teléfono. Por esa razón, el desenlace se vivencia débil, apagado, corto.

Todavía el texto de María Teresa sigue tocando fibras sensibles y se mantiene presente en el Perú contemporáneo. Ojalá que con el tiempo podamos revertir lo que Medus afirma al mencionar que “los actores mueren de tristeza sobre las tablas de sus sueños”, para luego nunca olvidar lo maravilloso que es acompañar a Moliere o a otros teatreros peruanos en escena realmente entregados a actuar porque no pueden vivir sin hacerlo.

Christopher Cruzado

12 de noviembre de 2022

viernes, 11 de noviembre de 2022

Crítica: LAS VISITAS DE UN ÁNIMA BENDITA


Las inagotables tradiciones de Palma

Desde hace ya un buen tiempo el colectivo Teatro de Cámara, dirigido por Rafael Sánchez, viene desarrollando la importante y valiosa labor de promover la magnífica obra literaria de nuestro Ricardo Palma, pero adaptándola a la escena. Así pudimos asistir a los estrenos de, por ejemplo, Don Dimas de la Tijereta (2014) y Entre ollas y cañones (2016), basados en las tradiciones del Bibliotecario Mendigo, quien aparece sobre el escenario personificado por el mismo Sánchez. Su último estreno, Las visitas de un ánima bendita, es una respetuosa y divertida adaptación de la tradición La Honestidad de una Ánima Bendita, que combina apariciones espectrales, amores no correspondidos y monjas videntes.

El montaje de Sánchez es clásico y tradicional, en el mejor sentido de la palabra. Escenografía, mobiliario y vestuario se encuentran al servicio de la historia en tiempo virreinal y en el desarrollo de los simpáticos personajes: don Antonio Zapata (José Medina) vive atormentado por el ánima de su amigo Diego de Araus (Walter Huallpa), por lo que requiere de la ayuda de la viuda (Mayra Loaiza) y de una religiosa experta en estos asuntos (Zelma Gálvez). En medio de ellos, el mismísimo don Ricardo (Sánchez) aparece para hacer alguna que otra acotación. Los diálogos son muy cuidados e ingeniosos; se percibe el exhaustivo trabajo del director para armar su espectáculo, contando con las inspiradas y por supuesto, pícaras palabras de nuestro tradicionalista.

El elenco es bastante sólido, con actores que ya acompañaron a Sánchez anteriormente, como Medina, Huallpa y Loaiza; mención especial para la participación de Gálvez, alejada por completo de excesos televisivos de antaño, muy divertida y contenida en su papel. Las visitas de un ánima bendita, en temporada actualmente en el Centro Cultural Cafae luego de su breve paso por el Auditorio - Casa del Adulto Mayor Tovar, es una entretenido y respetuoso homenaje a nuestro inigualable escritor y comprueba la inagotable fuente de disfrute que radica en nuestras Tradiciones Peruanas.

Sergio Velarde

11 de noviembre de 2022

jueves, 10 de noviembre de 2022

Crítica: LA CENICIENTA


Inquietante revisión de clásico infantil

Joël Pommerat es un director y dramaturgo francés sumamente particular, pues va creando sus textos luego de todo un íntimo proceso escénico junto a sus actores. Los resultados obtenidos son siempre profundamente conmovedores, adentrándose en la complejidad de la experiencia humana sin tapujos. La reunificación de las dos Coreas (2013) fue uno de sus mejores estrenos en la escena local y ahora le sigue una muy estilizada revisión del clásico infantil La Cenicienta. Con la sensible dirección de su compatriota Gilbert Rouvière, esta puesta que da inicio a las celebraciones por el décimo aniversario del Centro Cultural de la Universidad del Pacífico es, sin duda, un verdadero acontecimiento teatral.

Y es que Pommerat le da profundidad a cada uno de los personajes, dejando de lado los típicos roles de víctimas y villanos; explora con acierta las posibilidades de los hechos ya conocidos, cuestionando las motivaciones de personajes y además, agregando un toque contemporáneo a la historia. Por ejemplo, ya no es el zapato de Cenicienta (una entrañable Tania López Bravo) el que unirá a la pareja protagónica, sino el calzado del Príncipe (un magnífico Manuel Gold, en doble papel), quien a su vez vive en un engaño orquestado por su padre, el Rey (un sólido Sergio Llusera); o el empoderamiento de la Madrastra (una maravillosa Ebelin Ortíz), convertida en una mujer maquiavélica y vanidosa. Esta Cenicienta vive en un luto constante, aferrada a una promesa que ella misma inventó, en una tirante relación afectiva con su padre (un convincente Miguel Iza) y sometida de manera masoquista ante sus despreciables hermanastras (unas efectivas Amaranta Kun y y Lilian Schiappa-Pietra).

La puesta en escena, que deslumbra por su colorido y sencillez, echa mano de la pantalla del foro para crear atmósferas y de una voz en off que guía las acciones en las primeras escenas. Se percibe además, un delicado equilibrio entre el drama y un ácido humor que se sostiene a lo largo del montaje. Esta nueva La Cenicienta de Pommerat y Rouvière mantiene el encanto del clásico original, pero a la vez propone una inteligente vuelta de tuerca a la trama, que no evade sentimientos tan humanos como el duelo, el desprecio y la culpa.

Sergio Velarde

10 de noviembre de 2022 

miércoles, 9 de noviembre de 2022

Crítica: FRENESÍ


Teatro desde el encierro

Si bien tenemos uno de los peores sistemas penitenciarios en el mundo, no se le puede negar a ningún preso la posibilidad de regenerarse. Una de las opciones con las que cuentan es a través del arte, específicamente, del teatro. Justamente, ese es el punto de partida de Frenesí, tragicomedia escrita y dirigida por Herbert Corimanya, que se ubica no en prisión, pero sí en un teatro en el que se estará presentando un montaje a cargo de un elenco de peligrosos reos, con textos extraídos de La vida es sueño. Ganadora de los Estímulos Económicos para las Artes Escénicas 2022, otorgado por el Ministerio de Cultura para las funciones itinerantes del 2023, la pieza se presentó en el Nuevo Teatro Julieta y sus resultados colmaron con creces las expectativas.

Corimanya urde hábilmente la trama en desorden cronológico mediante el formato metateatral, con un grupo de policías recibiendo al público que ingresaba a la sala. Los protagonistas, Pastor (Beto Benites) y Fugaz (Walter Ramírez), tienen sus propios planes: el primero busca la redención, luego de cometer un par de asesinatos, para reconciliarse así con su hija (Cindy Díaz); y el segundo quiere escapar a como dé lugar, tomando como rehén a una espectadora que se negó a apagar su celular en función (Noelia Flores). Asistimos además, a los ensayos previos, encabezados por un idealista y joven director (Cristian Lévano).  Las historias del pasado y del presente avanzan en paralelo sin tropiezos y se entrecruzan de manera fluida, utilizando la escenografía mínima y jugando con las luces en el escenario vacío.

A destacar a los sólidos actores, como la conmovedora Díaz, la enérgica Flores y el carismático Lévano. Mención aparte para los notables Benites y Ramírez, convincentes e inmejorables en sus roles. Benites además, nos regala una entrañable interpretación de un otoñal Segismundo. La productora BUTACA Arte & Comunicación viene desarrollando un conjunto de interesantes y valiosos trabajos escénicos, que se valen de todas las posibilidades que brindan las artes escénicas para concientizar y hacer reflexionar al espectador. Frenesí acaso alcance uno de sus puntos más altos, pues conmueve al presentar dramas humanos y demuestra que aun en los lugares más oscuros, como lo puede ser un penal de máxima seguridad, todavía existe espacio para el rehabilitación y el perdón.

Sergio Velarde

9 de noviembre de 2022

jueves, 3 de noviembre de 2022

Crítica: LA PELÍCULA QUE NUNCA HICIMOS


De la pantalla grande al escenario

Podría afirmarse que el cine y el teatro se unieron un poco más en tiempos de pandemia. El cierre de salas teatrales produjo una migración masiva hacia los medios audiovisuales. Y cosa curiosa, superadas hoy las restricciones sanitarias, el llamado “teatro virtual” o “teatro tecnomediado” parece haber desaparecido. En todo caso, muchos de los recientes espectáculos teatrales presenciales aprovechan la proyección de videos en escena, tanto grabados como en vivo, para enriquecer sus propuestas. Valen estas apreciaciones para reseñar el último proyecto del interesante dramaturgo y director Leo Cubas en la Asociación de Artistas Aficionados, titulado La película que nunca hicimos, una curiosa puesta en escena que pretende juntar ambos formatos con muchos aciertos por señalar.

Producida por la Asociación Cultural Manada, la obra inicia desde que ingresamos al recinto y vemos “calentando” en el escenario a los cinco actores que nos contarán la historia, una que enfrenta en un bar a dos directores de cine por un hecho terrible ocurrido en el pasado, en su antiguo barrio del Callao. Sugerente el hecho de no saber (al menos al inicio) cuál de los directores está narrando los sucesos, que los involucran a ellos mismos y a un trío de amigos más, todos abrumados por la recesión y los problemas familiares; la única salida viable para ellos (el robo de una casa) será justamente la que ocasione la tragedia. Cubas dibuja personajes bien definidos y los intérpretes Augusto Gutiérrez, Brian Cano, Paulina Bazán, Luis Miguel Yovera e Ivi Cordero lucen todos convincentes y carismáticos.

La historia se sigue con interés, alternando presente y pasado de forma intermitente, y se va generando el suspenso de manera dosificada. Acaso los cortes para volver una y otra vez a la larga conversación en el bar pudieron haberse resuelto grabando dichas escenas, o al menos la mayoría, para no dilatar en exceso la duración de la puesta. Sin embargo, la misma trama y la intensidad de las actuaciones le otorgan mucha fluidez al resultado final. La película que nunca hicimos no solo es un estimable experimento de fusionar el cine y el teatro, es un sólido y conmovedor drama con pinceladas de humor, que retrata la difícil situación que se vive en las zonas marginales y de cómo la amistad se alza como la única arma que se cuenta para salir adelante.

Sergio Velarde

3 de noviembre de 2022

miércoles, 2 de noviembre de 2022

Crítica: MARY RICHMOND, TÚ Y LOS OTROS


Pionera del trabajo social

Escribir una obra de teatro basada en la vida de un personaje real y público no es tarea sencilla. El referente en dramaturgia peruana más inmediato podría ser Eduardo Adrianzén, quien escribió interesantes textos sobre Javier Heraud (El corazón volador, 2009), Federico García Lorca (Sangre como flores, 2011) o Sebastián Salazar Bondy (Humo en la neblina, 2015). Pues bien, el actor Paul Zevallos es el encargado de escribir el texto dramático basado en la vida de una norteamericana excepcional: Mary Ellen Richmond (1861-1928), pieza clave dentro de la naciente profesión de trabajador social. Dirigida por Luciano Castro, a su vez trabajador social y animador sociocultural, la puesta en escena de Mary Richmond, tú y los otros cumple con visibilizar la vida y la valiosa labor de Mary, así como entregarnos un montaje teatral con numerosos aciertos.

Zevallos arriesga al escribir su texto en dos tiempos en paralelo: la consulta de una mujer a su psicólogo en la actualidad es el punto de partida para que la vida de Mary sea puesta como modelo de conducta; de esta manera, la paciente se nutre de las vivencias de Mary, desde una temprana edad. Este juego temporal nos permite conocer a su abuela, a sus tías y a los variados personajes que animaron su vida, pero también dilata la duración del montaje y convierte las intervenciones en tiempo presente en secuencias muchas veces redundantes. Sin embargo, el ecléctico elenco cumple a cabalidad con sus distintos roles, integrado por Ricardo Combi, Fernando Pasco, Teresa Cabrera, Alberto Vidarte, Silvia Ruiz y especialmente, la primera actriz Haydeé Cáceres, conmovedora como la abuela de Mary.

Las proyecciones utilizadas en el foro, con imágenes de la Norteamérica de hace dos siglos, más que distractivas ayudan a situar la historia temporalmente. Pero la mayor fortaleza que tiene la puesta de Castro es la elección de la actriz encargada de representar a Mary. En ese sentido, Gaby Linares, luego de más de tres décadas sin subir al escenario, es el alma, corazón y vida del montaje: carismática, vital y convincente en todas sus escenas. Mary Richmond, tú y los otros es un espectáculo recomendable, una arriesgada propuesta escénica de Zevallos y Castro, que acierta en resaltar la figura de Mary Richmond como pionera en formular los elementos del diagnóstico social, como base para todos los trabajadores sociales.

Sergio Velarde

2 de noviembre de 2022

martes, 1 de noviembre de 2022

Crítica: LA MALDICIÓN DE LA LÁMPARA


“Un mundo igual”

En estos últimos años ha surgido una controversia (justificada o no) acerca de la manera en la que deberían rehacerse algunos clásicos, por ejemplo, las películas animadas en versiones de carne y hueso. ¿Deben seguirse al pie de la letra los rasgos físicos de los personajes, muy reconocibles por varias generaciones? No necesariamente. ¿Pueden el Hada Azul o la Sirenita ser afrodescendientes? Por supuesto que sí. Porque nada es igual. Pero sin entrar en polémicas y valgan verdades, si los cambios realizados tienen una justificación razonable y además, sirven para encontrar nuevos matices y significados a la historia, pues entonces bienvenidos sean. Y justamente, nadie se rasgará las vestiduras de ver al Genio de Aladdin, en la interesante puesta musical La maldición de la lámpara, ser interpretado por una actriz.

Gerardo Fernández, adaptador, director y actor de la obra, arriesga al presentar la historia que todos conocemos haciéndole algunos cambios, que no solo son oportunos, sino que revitalizan la trama y hasta sorprenden a los espectadores. Uno de los aspectos más logrados son los paralelos con la coyuntura social actual y acaso de toda la vida, con Aladdin (Álvaro Pajares), convertido en un líder del pueblo que lucha contra la tiranía en su nación; el malvado Jafar (Fernández), mareado por el poder; el vanidoso Sultán (Jano Carper), que esconde un historial de abuso y violencia; y la princesa Jazmin (Pilar Rivera), menospreciada por su condición de mujer. Interesante además que la figura del Genio (Cynthia Bravo), a pesar de la maldición que viene sufriendo, luzca empoderada y femenina a la vez, sin importar el género.

El íntimo Teatro Esencia - Sala Ana Loli es el espacio justo para que Fernández ofrezca persecuciones por las calles, cavernas que se abren con sangre, intrigas palaciegas y disparos con armas de fuego, en medio de musicales con coreografías y voz en vivo con pistas grabadas. Muy buen trabajo vocal de todo el elenco, destacando la joven Rivera, toda una revelación. La maldición de la lámpara es una más que satisfactoria revisión de este clásico familiar, con un toque contemporáneo que no luce para nada forzado. Jazmin y Aladdin terminan la puesta cantando sobre la alfombra mágica “Un mundo igual”, con la esperanza de que nuestra sociedad sea más igualitaria y que acepte varios cambios estructurales, tan necesarios para nuestra sana evolución como humanidad.

Sergio Velarde

1º de noviembre de 2022

Crítica: LOS INDIOS ESTABAN CABREROS


El otro “descubrimiento”

El retorno a los escenarios presenciales, luego de levantarse las medidas restrictivas por pandemia, ha sido el gran disparador para una enorme cantidad de espectáculos teatrales que podemos disfrutar el día de hoy; la gran mayoría, de impecable calidad. Esta afirmación viene al caso luego de escuchar las palabras del director y profesor Manuel Calderón, al finalizar la muestra del elenco del Taller de teatro - Nivel 3 de la Asociación de Artistas Aficionados; él explica que el numeroso elenco ya venía ensayando antes de la crisis sanitaria la épica pieza Los indios estaban cabreros (1958) de Agustín Cuzzani y la tan ansiada temporada ha resultado en una encomiable demostración de talento, perseverancia y energía.

Cuzzani reescribe hábilmente parte de nuestra historia, como americanos, pero en sentido opuesto: el “descubrimiento” de Europa por parte de un grupo de indígenas mexicanos, quienes emprenden un viaje en busca del dios Sol para remediar el hambre y el maltrato. La historia, de casi dos horas de duración, repleta de hilarantes personajes y un fino humor, fue la opción indicada para que Calderón y el elenco de la AAA puedan explorar y aprovechar todas sus fortalezas. El andamio en el centro les permite a los actores, vestidos y maquillados de manera vistosa, aprovechar varios niveles en el escenario y no permitir que la energía decaiga, en sus tres actos sin intermedio. Muy oportuna además, la presencia de Pepe Toro con la música en vivo.

Excelente trabajo de todo el elenco: César Puescas, Claudio Alarcón, Helen Domínguez, Ivan Olivares, Maribel Gutiérrez, Miilagros Campos, Roger López, Roberto Paz, Sergio Alanya, Walter Chunga y Yhacer Rasec derrochan vitalidad, carisma y un destacable trabajo vocal y corporal. Los indios estaban cabreros, catalogada como una “farsátira” por su autor, es una excelente muestra final de un grupo de nóveles y talentosos actores; además de contribuir al excelente nivel de calidad de los últimos espectáculos teatrales presenciales.

Sergio Velarde

1º de noviembre de 2022