martes, 3 de agosto de 2021

Crítica: ¡PATRIA MÍA!


Por amor a nuestra patria

Bajo la idea original de Christian Suito (quien a su vez forma parte del reparto) y la producción de Teatro Indigente, se presentó ¡Patria mía!, una creación colectiva en la cual se combina el formato cinematográfico junto a los recursos audiovisuales y musicales de manera creativa, logrando un resultado divertido y fresco.

El elenco se completa con la participación de Aaron Banda y Kiyo Gálvez. La propuesta gira en torno a tres amigos (Siani, Gilder y Max), quienes por encargo de la Madre Patria, que teme desaparecer ante la indiferencia de sus hijos, tienen la misión de fomentar el amor por el Perú. Para ello recurren a ingeniosas presentaciones, tales como las parodias, la creación de una canción recorriendo parte de la historia peruana, un reality show, etc., concluyendo con un poderoso mensaje de unión y la promesa de comprometernos más como hijos de un mismo suelo.

Respecto a las interpretaciones, los actores mostraron gran versatilidad y verdad en los distintos personajes que encarnaron, ayudados por el trabajo de caracterización; destacable el trabajo de Banda, quien en su carismático rol de la ‘Madre Pati’, demuestra su natural desempeño en la comedia. De otro lado, el manejo de las imágenes y los planos favorecieron las escenas, contrastando muy bien con los colores del vestuario. Sin duda, un trabajo que matizó con acierto el humor peruano y la cuota conmovedora hacia el final del espectáculo, como un golpe que nos enfrenta con la realidad, que hoy por hoy es la brecha que nos divide.

¡Patria mía! nos recuerda en este Bicentenario, que a pesar de los momentos difíciles y de incertidumbre que nos toca vivir como país, tenemos la responsabilidad de cultivar más nuestra identidad como peruanos y peruanas, que el amor por el Perú no puede extinguirse y que solamente unidos podremos salir adelante. 

Maria Cristina Mory Cárdenas

3 de agosto de 2021

lunes, 2 de agosto de 2021

Crítica: ROSAURA Y LOS NUEVE MONSTRUOS


Buscando refugio

En el libro Poemas Humanos’ de César Vallejo, publicado póstumamente el año 1939, está incluido el poema Los Nueve Monstruos, el cual fue escrito dos años antes, siendo los temas principales el dolor, la impotencia por el sufrimiento ajeno y la degradación del ser humano ante la injusticia y la desigualdad social en Europa. Rosaura y los nueve monstruos está basada en esta lectura y la encargada de hacernos disfrutar de esta corta pero potente historia bajo su dramaturgia y dirección fue Vanessa Vizcarra.

Con la actuación de Wendy Vásquez y bajo la dirección de fotografía de Emiliano Sifuentes, fue grabada en distintos espacios del Centro Cultural PUCP y nos hacen vivir durante veinte minutos aproximados una experiencia extraordinaria, que nos atrapó desde el inicio, cuando vemos a Rosaura mirar con nostalgia toda la ciudad. Desde aquella primera frase “Recordando a los que estuvieron aquí y ahora nos acompañan desde otro plano” nos hace pensar y reflexionar acerca de la angustia y desconsuelo que hemos pasado en algún momento, mucho más en estos tiempos donde todos hemos sentido un gran dolor, ya sea por la pérdida de un ser querido, por una guerra o por alguna enfermedad que nos aqueja.

Un trabajo creativo, muy bien contado, con una historia que pareciera que Vallejo hubiera escrito estos versos pensando precisamente en estos tiempos, donde como se dijo, tal vez muchos hemos vivido la perdida y el duelo en carne viva y nos encontramos atravesando un proceso de duelo y no precisamente personal. Se podría decir que es un duelo colectivo y tal como el personaje de Rosaura, quien parece buscar un refugio al ingresar al centro cultural, nosotros buscamos ya sea en el arte u otras actividades lidiar con este sufrimiento.

Definitivamente, la actuación de Vásquez fue impecable, nos hizo vibrar con cada palabra, cada gesto, cada movimiento; notándose en ella como todo lo que iba narrando mientras recorría los distintos lugares del centro cultural, le salía de las entrañas con total naturalidad. Un trabajo bien construido, detalle a detalle, notándose a lo largo de este recorrido la buena dirección que hubo para ofrecernos un producto completo.

Por otro lado, es mérito reconocer el trabajo del camarógrafo, quien acompañó como un escudero a Rosaura en este recorrido, donde a pesar de ver los espacios vacíos, algo latía dentro de ella y también de nosotros, espacios que fueron usados y ambientados de manera adecuada, sumado a ello la iluminación, imágenes sugerentes y los distintos sonidos que utilizaron, fueron los que terminaron por completar esta interesante obra.

Milagros Guevara

2 de agosto de 2021

domingo, 1 de agosto de 2021

Crítica: LECTURAS DRAMATIZADAS EN EL PATIO


Encomiable trabajo grupal

Muy satisfactorio resultó el ciclo de Lecturas dramatizadas en El Patio, organizado por el colectivo en mención, conformado por los jóvenes artistas Alexandra Garcés, Olga Acosta, Edwin Lam, Manuel Guerrero, Américo Daza y Miguel Seminario, quienes hicieron las veces de directores, actores y dramaturgos, con la complicidad de reconocidos colegas del medio, en seis entregas consecutivas los días jueves de junio y julio, que se destacaron por su pulcritud y sencillez en su ejecución. La primera en estrenarse, la ocurrente y clásica Confusión en la prefectura de Julio Ramón Ribeyro, con la dirección de Acosta, fue la más elaborada, ya que contó con la participación de todo el equipo de El Patio y además, la más pertinente en tiempos post electorales.

Las siguientes lecturas economizaron el número de actores participantes. La divertida y testimonial Dos actores se confiesan de Paris Pesantes, bajo la dirección de Seminario, prometió exactamente lo que anunciaba su título, destacando el carisma de sus intérpretes Gabriel Gonzales y Guerrero, quienes parecían haber experimentado realmente todas las vivencias descritas en la vida de un aspirante a actor. El drama llegó con Pólipos de Eduardo Adrianzén, con la dirección de Lam, en la que la rivalidad entre dos hermanas muy diferentes entre sí, bien retratadas por Diana Moscoso y Garcés, termina en una serie de tristes revelaciones que asocian estos grupos anormales de células del título con embriones. Y en la entretenida Lucas Petrosky de Seminario, dirigida por Garcés, los sicarios Renato Rueda y Daza deben lidiar con la insólita identidad de su última víctima, que le da el título a la pieza.

La comedia estuvo servida con El banquete, ingeniosa pieza de Martín Velásquez bajo la dirección de Guerrero, en la que un cocinero (Gian Paul Miranda) se alista a preparar la cena de Navidad, en la que el plato fuerte es el pavo (Lam). El ciclo terminó en un punto muy alto con la lectura de Dos contra dos, escrita por César de María y dirigida por Seminario, que nos presentó la tensa relación entre una madre (Sylvia Majo) y su hija (Acosta), inmersas en una difícil situación con el inquilino (Santiago Torres). Así como las Lecturas dramatizadas In Memoriam Coco Chiarella, este ciclo organizado por El Patio es una excelente y muy recomendable muestra de verdadero trabajo colectivo, todavía disponible en su cuenta de Instagram.

Sergio Velarde

1º de agosto de 2021

viernes, 30 de julio de 2021

Crítica: BICENTENARIO


El drama de los doscientos años

Homónima del espectáculo que presentó la ENSAD, Bicentenario es una puesta virtual diametralmente opuesta, tanto en forma como en contenido. Escrita por Juan Carlos Delgado, con la dirección de Renato Piaggio, la obra entera es una videollamada familiar entre madre, padre, abuelo y nieto, durante las celebraciones por Fiestas Patrias. Sin embargo, Delgado nos muestra una familia disfuncional (y real), alejada de cualquier tipo de romanticismo tradicional: Raquel (Ebelin Ortiz) vive en el extranjero y está separada de su esposo Alberto (Carlos Solano), quien viene recuperándose del Covid-19; los acompañan el hijo de ambos, Dani (Brando Gallesi), el cual tiene una importante noticia que comunicarles, y el abuelo Clemente (Carlos Victoria), un militar retirado. Las decisiones que tomaron y toman estos personajes revelan muchos caminos que nos falta avanzar como país y que esperemos la realidad sea distinta en el tricentenario.

El autor aborda en la trama varias problemáticas muy actuales y que además, venimos arrastrando desde hace décadas, en mayor o menor medida. La madre migrante que huye en busca de nuevas oportunidades ante la crisis económica, mientras que el padre muestra atisbos de machismo al descubrir que su expareja busca reconstruir su vida. Por su parte, el hijo adolescente incomprendido, que no ha vivido la cruda realidad de los últimos años, se enfrenta a la guardia vieja, representada en un abuelo al que le cuesta comprender cómo el tiempo avanza y la “normalidad” cambia. Acercándose el final de la transmisión, resulta no ser la revelación de Dani el disparador del caos, sino aquella violencia y terror latente que ha manchado durante tanto tiempo nuestra historia y que hoy en día, está más presente que nunca.

Piaggio consigue muy buenas interpretaciones del elenco: Ortiz y Solano convencen en su tirante relación, ahora solo como padres, defendiendo a su manera sus respectivos puntos de vista. No obstante, quienes destacan nítidamente son el experimentado Victoria, con su nervio característico, y un sorprendente Gallesi, quien saca adelante su personaje con mucho aplomo sin caer en estereotipos ni sobreactuación. Bicentario, que se presentó con la colaboración de Butaca C Producciones y Kapchiy Asociación Cultural, es una excelente muestra de cómo llegamos como peruanos a estas celebraciones y de cuánto nos falta por aprender. Se anuncia ya la puesta de Bicentenario presencial, lo cual es una excelente noticia, pues se trata de una historia que ofrece entretenimiento y reflexión por igual.

Sergio Velarde

30 de julio de 2021

jueves, 29 de julio de 2021

Crítica: EL CUENTO DEL HOMBRE QUE VENDÍA GLOBOS


Palabra de Grégor

Siempre es saludable revisitar las obras clásicas peruanas del siglo pasado, las de aquellos dramaturgos entrañables que fueron testigos de una época y que registraron su sentir en su producción escrita. Uno de los más recordados es, sin duda, Grégor Díaz, quien además se mantuvo muy activo como profesor en el Club de Teatro de Lima. Sus piezas reflejaron con un particular sentido del humor las profundas diferencias sociales de hace unas décadas, pero que (lamentablemente) mantienen una total actualidad, pues continuamos con muchas de esas actitudes en pleno Bicentenario. El cuento del hombre que vendía globos (1975) es una de sus piezas más reconocidas, presentada de manera muy pertinente por la Asociación Cultural Seis Butacas.

La pieza original nos presenta a dos mendigos que sobreviven a duras penas en la calle y que fingen ser “distinguidos aristócratas” cada vez que se acerca el guardia que vigila la zona. La única manera de escapar de esta dura realidad es enfrentar sus temores. Para esta adaptación pregrabada, estrenada en la plataforma de YouTube y dirigida por Juan De Los Santos, se ha considerado la inclusión de un tercer mendigo varón y además, asumido por una actriz. Esta decisión termina finalmente por sumar al montaje, pues permite un mayor juego escénico y también por el buen desempeño de la intérprete. El espíritu de Grégor se mantiene, aun con ciertos toques contemporáneos en la ejecución escénica y viene a ser la mayor fortaleza del proyecto.

Buen trabajo de Maryori Jiménez, Luis Rosadio y el mismo De Los Santos, quienes con mucha fluidez desarrollaron sus acciones en aquel sombrío escenario y convenientemente decorado. A casi cuarenta años de haberse escrito, este premiado texto del indispensable Grégor sigue manteniendo en escena la lucidez y el ingenio para retratar una de las enormes problemáticas que seguimos padeciendo como sociedad. Felicitaciones a la Asociación Cultural Seis Butacas por rescatar obras clave dentro de nuestra dramaturgia peruana, como lo es El cuento del hombre que vendía globos, y reactualizarlas para las nuevas generaciones.

Sergio Velarde

29 de julio de 2021

Crítica: NO HAY MAL QUE DURE 100 AÑOS


Reflexionar, más que celebrar

Esta nueva puesta virtual en Fiestas Patrias, escrita y dirigida por el joven artista Carlos Arata, no puede tener un mejor título, pues en su evidente ironía se resume las falencias y los vicios que se han venido cometiendo en nuestra nación a lo largo de nuestra historia republicana, en la que lamentablemente primaron, y todavía priman, la discriminación y la conveniencia. Y lo más sorprendente es que resulta evidente que poco o nada se viene trabajando para revertir dicha situación. En No hay mal que dure 100 años, nos situamos en nuestro país en 1921, exactamente hace un siglo, y comprobamos con sorpresa las enormes similitudes que compartimos en la actualidad.

La historia aborda la estrecha relación entre dos jóvenes mujeres que vivían separadas y que se comunicaban mediante correspondencia, en medio del turbulento contexto político, social y además, sanitario que atravesaba el país en aquel entonces. El formato pregrabado que utiliza Arata llama la atención: conocemos la trama a través de la lectura en voz en off de las protagonistas de cada una de las cartas que se van enviando, mientras observamos solo sus acciones, gestos y miradas en pantalla. Poco a poco nos enteramos que los sentimientos que comparten las mujeres representan mucho más que solo afecto y amistad, y en aquella época este tipo de relación estaba obviamente prohibido. Arata construye así un cuadro bastante completo y fidedigno de nuestro país en su Centenario.

Muy buen trabajo interpretativo de Daniela Trucíos y Alejandra Rivera, quienes con mucho aplomo y convicción nos hacen partícipes de su imposible historia de amor. Sus voces transmiten con precisión su sentir, que es el de muchas mujeres un siglo después. La ambientación es bastante correcta y los detalles en los vestuarios y el mobiliario con el correr de los días son significativos para entender el conflicto. No hay mal que dure 100 años, presentado por Landing Creativo, es un emotivo homenaje a nuestro Bicentenario, en el que realmente más que celebrar, todos como sociedad deberíamos reflexionar si queremos una verdadera nación más justa y respetuosa con todas y todos sus habitantes.

Sergio Velarde

29 de julio de 2021

miércoles, 28 de julio de 2021

Crítica: VALIENTAS y LA HISTORIA DE TODO


Stand-up empoderado y musical futurista

Todavía nos falta avanzar mucho como sociedad para tratar al género femenino como se debe. Las ingratas noticias que vemos y escuchamos todos los días en los noticieros no debe desanimarnos ni mucho menos, insensibilizarnos. Cada iniciativa cuenta y si es artística, mejor; es por ello que es de aplaudir el proyecto El Color Rosado, a cargo del Colectivo Supervivientes, formado en tiempos pandémicos y que tuvo como objetivo abordar diversas problemáticas a las que se enfrentan las mujeres, pero desde ópticas distintas. Así se estrenaron dos propuestas en línea radicalmente opuestas, pero que centraron la atención en sus protagonistas femeninas.

En Valientas, las carismáticas actrices Lizziee Quintana e Ivana Pedreschi, bajo la dirección de Viviana Pereyra, se animaron a realizar divertidas rutinas en vivo, en las que abordaron los diversos problemas cotidianos a los que se enfrentan las mujeres. El tamaño de las prendas íntimas, las dificultades en la cocina o las dolorosas depilaciones se alternan con otras temáticas más serias, como la falta de oportunidades o la autoestima, pero sin perder nunca el humor en su ejecución. Buen trabajo en general de las intérpretes; no obstante, se recomendaría que al producto final se le retire las risas grabadas y se busque otra manera de percibir las reacciones del público espectador.

Por otro lado, en la puesta pregrabada La Historia de Todo de la directora y dramaturga Marilyn Molina entramos en el campo de la ciencia-ficción. Como ya anotábamos en otros proyectos similares, para imaginar el futuro es necesario, como espectadores, entrar en la convención y para eso es necesaria una propuesta estética muy bien trabajada para crear la ilusión futurista y que incluya, además de nuestro planeta, a otros mundos. Esa sería acaso la mayor objeción a una interesante y valiente propuesta, con canciones originales a cargo de Sergio Cavero, en la que vemos a cuatro generaciones de seres humanos, interpretados por solo dos actores, en medio de la crisis de la supervivencia humana. El audio, eso sí, debe revisarse para que mantenga la misma calidad en todas las secuencias. Bien Luis Lecaros en sus distintos roles, y muy bien Andrea Alvarado, quien se revela como una buena actriz y cantante. Estas dos propuestas escénicas que componen El Color Rosado contribuyen, cada una a su particular estilo, al empoderamiento de las mujeres, reconociendo así su inestimable valor en la sociedad.

Sergio Velarde

28 de julio de 2021

Crítica: TRASCENDER


Impro para sobreponerse al olvido

Todas las personas buscamos, a nuestro particular estilo y con diversa fortuna, la manera en la que nuestros actos trasciendan. Es decir, que logren sobreponerse al paso del tiempo y que tengan un impacto duradero en la vida de los demás. La vida nos va poniendo obstáculos y cada uno de nosotros sabrá cómo librarlos. Este concepto es el que manejó el colectivo Impro4Life, junto a su director Luis Ausejo, con Trascender, un espectáculo virtual de improvisación en el que cada función sería diferente a la otra y también, en la que el público participara con temas por trascender que le gustaría ver desarrollados en la puesta. Oficio Crítico no pudo ver toda la temporada, pero la función a la que asistió cumplió con las expectativas, además de contar con un recurso temporal bastante ingenioso.

Tratándose de un taller montaje virtual, los actores Ale Nadal, Sara Enero, Claudia Lucia Arapa, Alonso Reyna, Rodrigo Ortiz y Maricris Mory estuvieron muy creíbles y espontáneos, defendiendo a sus respectivos personajes e improvisando en el momento los diálogos y las acciones. En la función en cuestión, la historia se centraba en las dificultades personales y laborales que debe enfrentar una pareja de lesbianas en nuestra sociedad. La lucha por la igualdad de oportunidades que ellas emprenden bien merece trascender y todos los obstáculos estuvieron representados con bastante fidelidad y en toda su irracionalidad.

El recurso que utilizó esta puesta resultó de lo más curioso, pues las escenas se fueron mostrando sin respetar necesariamente el orden cronológico. Los saltos entre el pasado, presente y futuro de los personajes, presentados de manera aleatoria, lejos de confundir al espectador, enriquecieron la trama y le agregaron interés. Trascender fue un interesante formato de improvisación y el desorden cronológico de sus escenas le permitió al elenco ejercitar sus habilidades histriónicas, utilizando vestuario y utilería funcionales. Esta fue una sólida y discreta propuesta, que tiene las suficientes condiciones como para replicarse y por supuesto, llegar a trascender.

Sergio Velarde

28 de julio de 2021

martes, 27 de julio de 2021

Crítica: LA ÚLTIMA CINTA


Beckett y el inexorable paso del tiempo

Piso 1 producciones realizó el año pasado un oportuno homenaje a uno de los grandes dramaturgos de todos los tiempos, Samuel Beckett. El ciclo “Lo lógico de lo absurdo” adaptó tres de sus textos, en los que el genio irlandés reflejó sus puntos de vista sobre la condición humana, pesimista y tétrica, pero no carente del humor que desprenden las situaciones humanas tan absurdas como ciertas. En esa dirección, y con la coproducción de la actriz Cindy Díaz, el mencionado colectivo viene presentando la puesta virtual La última cinta, una versión libre del original de Beckett, dirigida por Manuel Baca Solsol desde el escenario del Nuevo Teatro Julieta, y que mantiene intacto el espíritu del autor.

En el escenario minimalista vemos a un hombre que cojea al andar, que responde al nombre de Krapp, y que se dedica en sus cumpleaños a grabar sus nostálgicas reflexiones en cintas de cassette, pero también a escuchar las grabaciones de años anteriores. Beckett, que supo retratar tan bien el factor temporal en Esperando a Godot, muestra con crudeza el paso (y el peso) del tiempo en su apabullado personaje, que se enfrenta a sus temores, sus anhelos y sus frustraciones en este absurdo intento por mantener viva su memoria, pero inmerso a su vez en su propio círculo vicioso. El no poder escapar de sus propios demonios significa, para este hombre y acaso para todos nosotros, tanto lo trágico como lo cómico de la vida misma.

Excelente la performance de Gonzalo Molina, dotando de peso, profundidad y niveles a su personaje, y aprovechando hábilmente los distintos momentos de grabación y los de escucha. Estos saltos temporales le permiten a Molina distinguir y especificar las secuelas que produce el paso inexorable del tiempo en Krapp, no solo física sino psicológicamente. La última cinta es un digno homenaje al teatro beckettiano, bien dirigido y actuado, y también un preciso cuadro escénico de lo efímera que es la vida misma, provocando a través de este texto del teatro del absurdo una pertinente reflexión acerca de las consecuencias del paso inexorable del tiempo.

Sergio Velarde

27 de julio de 2021

lunes, 26 de julio de 2021

Crítica: DIABLO MUERTO


Danzas misteriosas

Si acaso algo caracteriza a las producciones de Cabac Teatro es la disparidad de sus proyectos presenciales y virtuales; desde puestas que buscaron emular con relativo éxito a los excelentes musicales hindúes, como Nos volveremos a encontrar (2019) o Contra viento y marea (2019), pasando por experimentos metateatrales como la interesante Cautivos (2020), hasta las propuestas con temas sociales, como ¿Alo? (2020). Su última apuesta fue Diablo Muerto, una interesante creación colectiva que mezcla la danza folclórica, la leyenda urbana y un oscuro caso de la vida real. Su director Alex Álvarez, con estudios en artes escénicas y folclor, supo sacarle partido a la historia, a la locación con que la que contó y al sólido elenco que supo sumar con sus habilidades en el baile al resultado final.

La historia se basó en un hecho real acaecido en los años 30: Ño Bisté, el último de los danzantes del “Son de los diablos” es asesinado en su propia casa por su esposa, Ño Bisteca, una perturbada mujer que además, fue víctima de violencia doméstica por parte de su marido. La leyenda dice que la presencia de la mujer sigue vagando por la gran casona y hasta allí llega un grupo de bailarines, dispuestos a tomar el lugar para armar una jarana criolla. Sin exigirle mayores explicaciones a una trama poco probable, solo resta apreciar el cuidado con el que se ha filmado este mediometraje. Álvarez consiguió interesantes secuencias, aprovechando las habitaciones de aquella casona embrujada, intercalando coreografías del elenco con las cada vez más amenazantes apariciones de Ño Bisteca.

La edición jugó con distintos puntos de vista desde varios ángulos dentro de la vivienda, incluso dividiendo la pantalla, y así podíamos ver qué le iba sucediendo a cada personaje. La enrarecida atmósfera dentro de la vivienda, irreal y onírica, estuvo muy conseguida. Buen desempeño también del elenco participante, conformado en su totalidad por bailarines profesionales egresados de la Escuela de Folclor. Diablo Muerto fue un interesante proyecto audiovisual de Cabac Teatro, que mezcló con efectividad la riqueza de nuestras danzas, nuestras canciones, nuestra música, con el relato de suspenso.

Sergio Velarde

26 de julio de 2021