jueves, 25 de enero de 2018

Entrevista: POLD GASTELLO

“Un actor debe entrenar su capacidad de afectarse”

“Formalmente me gustó el teatro desde muy niño”, recuerda Pold Gastello, ganador del premio del jurado de Oficio Crítico como mejor actor de reparto en Comedia o Musical 2017 por La pícara suerte de Leonidas Yerovi. “Tengo influencias de mi madre, que era cantante lírica; ella era profesora y además cantaba en el coro de San Marcos. Yo la miraba y me enamoré del escenario”. Aquel fue el primer acercamiento de Pold al teatro, ya que sintió la necesidad de estar parado ahí. “Parece tan mágico esa cajita prendida de luz y uno pasaba a otra dimensión al estar parado ahí”, reflexiona. No solo Pold destacó y sigue destacando en el teatro, sino que también ha aportado su talento en series de televisión y películas con bastante éxito. “Siempre tuve el  apoyo moral de mi familia pero no económico, me la tenía que buscar”, confiesa.

Sus inicios y primeros maestros

De acuerdo a la entrevista con Sylvia Majo, Pold Gastello fue su compañero de promoción de colegio. “Y Sylvia no me dejará mentir, que yo jamás actué en el colegio: pensaba que si actuaba me iban a hacer bullying. Es por eso que nadie se enteró que yo sí estaba haciendo teatro por fuera”. Y es que Pold, estando en Cuarto de Secundaria, entró al taller del actor arequipeño Hudson Valdivia, quien fuera muy reconocido en aquella época, los años ochenta. Además recibió clases de expresión corporal con Mirta Patiño, maquillaje con Raúl Medina de Histrión, teoría teatral con Germán Vega Garay. Curiosamente, aquellos cursos se dictaban en los altos del Cine Le Paris, mientras que en los bajos se hallaba el Club de Teatro de Lima, la futura casa que lo acogería años después.

Buscando oportunidades, Pold llegó a la ENSAD y vio un aviso de una audición para un grupo de aficionados. “Yo estaba en una etapa en la que pagaba por actuar”, rememora. “Fui a la audición y a los dos días terminé siendo protagonista de la obra y así debuto en el Teatrín de la ENSAD, con la obra La cosa de Juan Rivera Saavedra, con la dirección de Mario Alarcón”. En aquella época, Pold se relacionó con muchos profesores de la ENSAD y conoció al gran actor y director Hernando Cortés. “Era tan proactivo que terminé siendo asistente de dirección de Hernando en una de sus obras, con el grupo el Tábano”. Durante la temporada, uno de los actores no pudo acudir a la función y Pold fue convocado para reemplazar. “Le dije a Hernando que me moría de miedo, pero en el fondo gritaba de alegría: me decía ¡Por fin!”

Pold considera a Hernando Cortés como “una enciclopedia, muchas cosas que entendí del teatro fueron gracias a él”. Sus viajes a Europa le habían permitido conocer a muchos amigos cercanos de Bertolt Brecht, por lo que fue una voz autorizada sobre este inacabable estilo de teatro. “Conversar con Hernando era un documental, pero reconozco que era dictador como director: no movía a los actores hasta que no se supieran la letra, en los ensayos y funciones tenía el libreto en la mano. En ese sentido era muy de la vieja guardia, pero tenía ideas muy interesantes”. Las virtudes de Cortés también se evidenciaron como dramaturgo. “Tengo los mejores recuerdos de Hernando y le tuve mucho cariño; a través de estas personas, que son cultura viva, uno conoce el teatro”.

El maestro Sergio Arrau

Tal como lo relata Pold, el destino había confabulado un inminente encuentro artístico entre él y el destacado director y dramaturgo, chileno de nacimiento y peruano de corazón, Sergio Arrau. “Con el grupo Piccolo de Rafael Sánchez hicimos una obra para inaugurar la rotonda del Parque Universitario llamada Bufallo Bill en Mangomarca de Arrau”. Para esto, Pold ya lo había visto anteriormente, cuando fue a ver La cosa a la ENSAD y luego destruyó al director Alarcón. “La primera imagen que tengo de Arrau era la de destructor (ríe), yo era un aficionado que le chocaba todo lo que decía, pero vi a un tipo muy seguro. Y le encantó la obra de Rafael”. Posteriormente, Pold acude a ver la puesta en escena de Yo me bajo en la próxima ¿y usted? con Claudia Dammert y Hernán Romero. “Duraba dos horas, los dos cantaban, bailaban, interpretaban varios personajes, me encantó. Veo quién es el director: ¡Sergio Arrau! Empecé a admirarlo seriamente”.

Una nueva coincidencia aparecería en la carrera de Pold, que seguía haciendo teatro de manera profesional, a pesar de no provenir de una escuela formal. Ocurrió al ser convocado por Áureo Sotelo para apoyar el elenco del TURP en la Universidad Ricardo Palma. “Conozco a Paco Caparó, que estudiaba el quinto ciclo de Biología”, asegura. “Se hizo mi amigo y me invita a su muestra en el Club de Teatro, que ya quedaba en Miraflores, y me convulsiono cuando me entero de quién era su profesor. ¡Sergio Arrau!”. Pold se cuestionó que necesitaba ser “de algún lado” y se decidió a pertenecer a las filas del Club. “Yo quería entrar y que Arrau sea mi profesor pero ya para Segundo Año. Hablé con el señor D’Amore (entonces director del Club), y con el aval de Arrau que ya me había visto y reconocido, logré entrar a estudiar con él”.

Para Pold, la identificación con el Club de Teatro fue inmediata, desde ser alumno hasta profesor en la actualidad. “Porque soy un poco empírico, yo siempre vi al Club como un laboratorio experimental más que como una escuela, en el sentido más estricto de la palara, ya que aprendes de un entrenador y además, aprendes haciendo, más que una clase con teoría en el que se mide el conocimiento”. Además, la personalidad de Arrau como profesor marcó en Pold su manera de ver el teatro. “Nos ha dejado, en lo actoral y con la vida, una actitud abierta, para crear y hacer, que nada es una fórmula cerrada, que se debe dudar de lo absoluto y estricto, si bien era respetuoso de todo, siempre ironizaba y se burlaba de lo acartonado y cuadriculado: por eso siempre estamos abiertos a la posibilidad de la experimentación”.

El agradecimiento que siente Pold por su maestro Arrau se hace evidente, cuando recuerda que estuvo ligado a todos los momentos de su carrera. “Hice Monstruos en el parque de su autoría y dirección, en la que hacía cuatro personajes. Vino a ver la obra Eduardo Adrianzén y me convocó después, porque vio que podía hacer todo este abanico de personajes que Arrau escribió”. Luego, Arrau llama a Pold para reemplazar a un actor en la comedia Primero huevo, después pichón, con Yvonne Frayssinet y Hernán Romero en el Teatro Real. “Así hago mi primera obra de teatro comercial. Arrau me dirigió dentro y fuera del Club y vi cómo podía cambiar de chip: podía hacer una dirección completamente matemática y también, una muy experimental; eso me marcó”.

Para Pold, la dramaturgia de Arrau tiene un rasgo particular: “una especie de esquizofrenia, de cerebro dividido, no podía dejar de hacer un drama con un poco de humor, y al mismo tiempo, no podía escribir una comedia sin añadir una cosa muy fuerte y lacerante, tenía esta oposición muy fuerte. Hay un afán por mostrar nuestra realidad desde un ángulo pesimista, pero al final hay una luz”. Arrau se interesaba mucho en la historia, ya que en San Marcos convalidó su título como profesor de Historia. “Siendo chileno, enseñó Historia del Perú en el colegio Melitón Carbajal. Tenía una visión muy objetiva de nuestra historia. Era un chileno que quería mucho al Perú”.

Los buenos actores y directores de teatro

“Un buen actor de teatro debe tener mucho interés por investigar, no solo interpretar: los que van más allá de lo que aprenden en un taller son los que en realidad avanzan”, asegura Pold. Además, afirma que la capacidad de afectarse en medio de una generación “cool” se vuelve una necesidad imperiosa. “Yo pertenezco a una generación intensa: si analizas la música de los sesenta, la gente se cortaba las venas; ahora, con el reggaetón, ¿en qué estamos? Nos hemos hecho una coraza para trivializar todo, ahora hay que luchar más para que un alumno sienta”. Otra cualidad indispensable para Pold, es tener “la capacidad de ser honesto: la diferencia entre los buenos y malos actores es el conseguir un momento de verdad en el escenario, el crear una atmósfera y solo algunos lo tienen de manera natural”.

Y es que para Pold, el talento es un concepto muy abstracto; y aquellos que lo tengan deben aprovecharlo por medio de la técnica. “Arrau decía que la técnica sirve al que tiene y al que no tiene talento; al primero lo ayuda a llegar hasta la luna, y al que no, para que no se choque con los muebles, hable cuando le toque y no fastidie al resto. Y yo lo veo siempre”. Por último, Pold afirma que es importante el compromiso, es decir, hacer las cosas de verdad y no de “mentiritas”. “Los que dicen ¡Me apasiona el teatro!, pero no van al teatro, ¡Ay, me encanta, esto es mi vida! y llegas tarde y no haces lo que tienes que hacer: te mientes a ti mismo. Creo que lo profesional no te lo da un certificado, te lo da tu modo de hacer las cosas; esto sucede en todas las profesiones, pero en el arte es más evidente”.

Por otro lado, para Pold un buen director de teatro debe “tener claro a dónde quiere ir, él va a direccionar el montaje, no puede llegar en blanco; el actor llega al ensayo con varias preguntas y el director con varias respuestas”. Además, considera que los directores deben entender que trabajan con seres humanos y no con máquinas, en otras palabras, deben tenerle afecto al ser humano. “Si tu estilo de dirección es dictadura o democracia, debes hacer un trato diferenciado; cuando se trata a todos de la misma menara, se consigue efectos terribles, muchos pueden hacerlo todo marcado”. Para Pold, es importante no manipular al actor, pero sí guiarlo, para que con una sola indicación pueda crear todo un mundo.

La pícara suerte y futuros montajes

¿Cómo llegó Pold a La pícara suerte? “Mateo Chiarella (director) me vio en La de cuatro mil (2009) de Yerovi, montaje de Cuando la luna se caiga en el CAFAE. Fue con toda la familia (Mateo es bisnieto de Yerovi) y les encantó la obra”, recuerda. Fue la primera vez que Pold hacía una obra de Yerovi, y se sintió como pez en el agua. “Años más tarde me llaga un inbox de Mateo, con quien nunca había trabajado y me dice que tenía un personaje para mí”. Pold afirma que fue un regalo esta obra que se reestrenaba después de 100 años y que nunca había tenido la sensación de que se había escrito especialmente para él. “Yo era el partner del protagonista, me encantó el proceso y el  mejor piropo que he recibido es que me hayan dicho era un actor eminentemente “yeroviano”, parece que tengo incorporado el estilo de Yerovi”. Agrega además, que le hubiera encantado vivir en aquella época para interpretar este tipo de personajes y alaba el trabajo de dirección de Mateo, que le dio libertad para construir su personaje pero lo cuidó para que nunca se desborde.

La comedia siempre ha estado muy presente en la vida artística de Pold y este afirma haber estado, en algún momento, atravesando el típico trauma del actor encasillado. “Me encanta la comedia, y a pesar del ninguneo que tiene, considero que es un estilo muy difícil; entonces, ¿por qué renegar de una condición que puede ser un plus? Siempre voy a disfrutar las comedias, mi temperamento se adecúa y creo tengo una tendencia nata hacia ellas”. Arrau le dijo alguna vez a Pold que este tenía “gracia”, pero no la del payaso, sino aquel donaire que le permitía disfrutar la obra y que el público disfrutara con él. “Felizmente me llaman para hacer dramas también”, añade, mencionando que repondrá en mayo la obra Calígula, que hizo hace dos años con el director Jorge Villanueva. “Y mi proyecto más importante es el de actuar en el Teatro La Plaza hacia el final del año, en una obra que me gusta mucho: Un misterio, una pasión de Aldo Miyashiro”. Y será un montaje muy especial para Pold, ya que el protagonista será uno de sus exalumnos del Club, Sebastián Monteghirfo, a quien llevó a ver la mencionada puesta en su estreno oficial en la Alianza Francesa en el 2003. “Es uno de los regalitos que te da la vida”, concluye.

Sergio Velarde
25 de enero de 2018

miércoles, 24 de enero de 2018

Entrevista: FRANCISCO CABRERA

“Todos los directores me han enseñado algo”

Dramatis Personae, que tuvo su estreno en el 2008 bajo la dirección de Diego La Hoz, fue una de las reposiciones más recordadas del año pasado. Escrito por Gonzalo Rodríguez Risco y reestrenado en el Teatro El Olivar, el montaje presentó la historia de tres escritores que buscaban inspiración en una ciudad muy reconocible, asolada por atentados y crisis de rehenes. Uno de sus protagonistas, Francisco Cabrera, recibió el premio del público como el mejor actor de Drama 2017 por Oficio Crítico. “Me llamó Ernesto Barraza (director) de la productora Break, porque ya había trabajado antes en una de sus producciones (Phoenix: volver a empezar, 2015) y yo, feliz de trabajar con ellos nuevamente”, manifiesta Francisco. Considera además a Rodríguez Risco como un autor estupendo y que por eso le va tan bien. Dramatis Personae es un texto difícil al ponerlo en escena, porque está estructurado en tres niveles; parecía complicado, pero está tan bien armado: es como un mapa bien hecho para que uno siga el camino”. Para Francisco, su personaje resultó fascinante, debido a estar presente pero a la vez ausente e indiferente ante la violencia con la que se vivía en aquella época, y que muchos no se dieron cuenta.

Primeros pasos  

Abogado de profesión y graduado por la Universidad de Lima, Francisco entró “tarde” al teatro en un taller dentro de la mencionada casa de estudios, ya que pensaba que era muy tímido y que las artes escénicas le podían servir. “Nunca participé en nada de teatro en el colegio. Es más, primero actué en una muestra en mi universidad y después, recién vi una obra de teatro por primera vez”, asegura. Su primer taller estuvo a cargo de Pipo Gallo y posteriormente, complementó su entrenamiento con Roberto Ángeles, Alberto Isola y Marisol Palacios. Su primera obra profesional fue Las paredes (2004) de la autora argentina Griselda Gambaro, estrenada en la ya desaparecida Casa Amarilla en Barranco, al lado de Alfonso Santistevan e Iván Chávez.

“Creo que un buen actor de teatro debe tener disciplina, compromiso y creerse la fantasía, la fábula: ser disciplinado y jugar con lo que no existe”, explica Francisco, a la vez que considera que es importante tener algo de ilusión en el trabajo, para perpetuar los juegos de la infancia y así guardar algo de esa inocencia. “Además de no tomártelo muy en serio y siempre ser humilde”. Consultado sobre si es necesario el talento, Francisco refiere que es muy relativo, ya que “si tienes talento, tu trabajo se hace más simple; pero sin trabajo, sin disciplina, sin entrega, el talento no hace la diferencia. Un actor puede ser bueno solo con trabajo y disciplina, pues finalmente la actuación es una técnica”. Por otro lado, un buen director de teatro tiene que “saber exactamente qué es lo que quiere, debe manejar más información que todo el elenco junto; además, debe tener paciencia y mantener el orden y disciplina”. Asimismo, Francisco resalta el trabajo de los asistentes de dirección, pues “permite que los propios directores puedan ser más críticos con su propio trabajo”.

Montajes y proyectos

Francisco ha intervenido en interesantes temporadas durante los años siguientes, como Sacco y Vanzetti (2005), al lado de dos grandes como Isola y Jorge Chiarella; Super Popper (2006), bajo la dirección de Jorge Villanueva; la curiosa y estilizada Japón (2014), como parte de una disfuncional familia aquejada por el estado de coma de uno de sus miembros, bajo la dirección de Carlos Tolentino; Humo en la neblina (2015), un homenaje a Sebastián Salazar Bondy, escrito por Eduardo Adrianzén y dirigido por Ruth Escudero; y El zoológico de cristal (2017), al lado de Mónica Domínguez, bajo la dirección de Joaquín Vargas, entre otras. “Cada director te trae una serie de obsequios y herramientas”, asegura Francisco. “No ha habido un solo director que no me haya enseñado algo, todos tienen algo que aportar, por algo son mayores que tú y tienen su propio estilo”.

El ejercicio de la crítica teatral en los últimos años ha crecido considerablemente, especialmente gracias a los medios virtuales. Al respecto, Francisco opina que “la crítica y la competencia siempre me han estimulado; mientras más obras y premios existan, el mercado crece, yo lo he observado, eso hace que todo se tome de una manera más formal”. Con una participación recurrente en diversos proyectos televisivos, como Clave uno, médicos en alerta (2009), Avenida Perú (2013), Nuestra historia (2015), Al fondo hay sitio (2016) o Ven, baila, quinceañera (2017), Francisco también tiene planes para volver a las tablas. “Estaré nuevamente con Break Producciones en la segunda mitad del año y participaré en un proyecto experimental”, finaliza.

Sergio Velarde
24 de enero de 2018

martes, 23 de enero de 2018

Crítica: LA PIEDRA OSCURA

Conmovedora parábola contra la represión

Sangre como flores (2011) fue un correcto biopic en forma de homenaje a la agitada vida de un poeta y dramaturgo español de importancia capital, como lo es Federico García Lorca, antes de morir asesinado por motivos políticos bajo la represión de Franco en 1936. Escrita por Eduardo Adrianzén y dirigida por Alberto Isola, el montaje tuvo en su elenco a Franklin Dávalos como Federico y a Mario Ballón como Rafael Rodríguez Rapún, amigo íntimo del poeta. Pues bien, no puede resultar una casualidad que siete años después Escena Contemporánea decida estrenar una suerte de “secuela” (salvando las distancias), contando nuevamente con Isola como director y con los actores antes mencionados, pero invirtiendo sus respectivos papeles. Es así que La piedra oscura, premiado texto del español Alberto Conejero, nos presenta a Rodríguez Rapún (Dávalos), herido y prisionero en una habitación de un hospital militar durante la Guerra Civil, mientras aparece la figura del recientemente difunto Federico (Ballón).

Presentada en el Teatro de Lucía, el montaje acierta en múltiples niveles: no solo conmueve con la dolorosa confrontación y el futuro entendimiento entre Rafael y un joven soldado llamado Sebastián (Emanuel Soriano), encargado de custodiarlo hasta su fusilamiento, sino que también funciona como una efectiva alegoría contra la violencia, la represión y la injusticia. Además, afloran de manera muy pertinente otros tópicos como los valores familiares, el arte como herramienta de libertad, la homosexualidad y su consabida intolerancia. El inexorable final mantiene en vilo al espectador, pues Rafael esconde un secreto relacionado con el difunto escritor y solo Sebastián podrá ayudarlo a encontrar su redención. Además, la presencia física y ocasional de Federico en el escenario (lograda propuesta de Isola, ya que en el texto Lorca es solo una voz o unas palabras en una carta) resulta muy oportuna, pues contribuye a matizar la angustia producto de la situación.

La sobria escenografía, acompañada por un efectivo juego de luces y sonido, le permite a Isola trasladarnos sin problemas hasta la España en plena Guerra Civil. Los acentos trabajados por los actores tampoco desentonan; es más, tanto Dávalos como Soriano están intachables y convincentes. Ballón también aporta presencia y dignidad a su personaje. Producto de una rigurosa investigación por parte de Conejero, La piedra oscura (que recibe el nombre de uno de los documentos perdidos de Lorca) le deja espacio a la poesía en medio de este dramático diálogo que deja entrever lo absurdo de vivir en medio de un conflicto armado. Una pieza que, al igual que Sangre como flores, rescata el espíritu lorquiano de manera necesaria, enfrentando frontalmente a la represión y a la intolerancia. De visión obligatoria.  

Sergio Velarde
23 de enero de 2018

sábado, 20 de enero de 2018

Entrevista: LORENA RODRÍGUEZ

“Hacer reír es más difícil que conmover”

Un país tan dulce (2017) llegó a mí como el mejor regalo que me pudieron hacer Alberto Ísola (director) y Celeste Viale (dramaturga)”, comenta Lorena Rodríguez, ganadora del premio del público a Mejor actriz de reparto en Comedia o Musical por Oficio Crítico. La puesta en escena, galardonada además por los votantes del blog como la mejor del año, le sirvió a la actriz para demostrar toda su versatilidad y la pasión por el teatro que sentía desde muy pequeña. “Mi mamá y mi abuelito me llevaban a ver mucho teatro para niños; como era una adolescente muy tímida, mi mamá me inscribió en un curso de teatro en el Museo de la Nación y ahí fue cuando todo tuvo sentido para mí”. Y es que Lorena ya no se sentía completa con solo ver teatro, ella quería estar dentro. “Pero seguí creciendo y sonaban en mi cabeza las voces de “No vas a vivir del teatro” o “Tienes que ser universitaria”, así que decidí estudiar Derecho y dejar de lado el teatro”. Sin embargo, luego de ver la obra Actos Indecentes, los tres juicios de Oscar Wilde (2005), decidió que era el momento de estudiar teatro en serio y terminó su taller en Aranwa. “Me llamaron para mi primera obra profesional y desde ese día, algunos años con más obras y otros con menos, no paro de hacer teatro”.

Maestros y montajes

Si bien Lorena inició sus estudios en el Taller de Roberto Ángeles, solo hizo el primer módulo ya que admite que en aquel entonces le faltaba mucha base. “Gracias a las gestiones de un amigo que ahora también es actor, inicié mis estudios en mi casa: el Centro de Formación Teatral Aranwa, que en ese entonces se llamaba Proyecto Tres, con el mejor maestro que yo pude pedir, el señor Jorge Chiarella”, recuerda. Lorena califica a Chiarella como “un maestro amoroso, claro, muy detallista y con mucho hincapié en la palabra y en cómo decíamos las textos”. Ella logró culminar sus estudios y ser parte de la primera promoción de Aranwa, de lo cual se siente muy orgullosa y agradecida.

Consultada sobre su primera obra profesional, Lorena responde que fue el musical Hairspray, dirigido por Henry Gurmendi y producido por G&G Producciones. Hairspray está llena de anécdotas, no solo porque era mi primera obra profesional, donde llevaba el protagónico, ni porque tenía que cantar, bailar y actuar, cosa que nunca había hecho, sino porque mucha gente de ese elenco eran amigos míos”, recuerda. Durante la temporada, sucedió una anécdota que ella siempre recuerda, no solo porque hasta ahora ese miedo le persigue, sino porque Gurmendi (hasta ahora uno de sus grandes amigos) no le deja olvidarla. “Casi a la mitad de la temporada, en una de las canciones más largas del musical, dije la primera estrofa de la canción... y de pronto… blanco... quería morirme, sudaba frío, mientras la música avanzaba y yo trataba de murmurar algunas cosas que me iba acordando, además sentía la tensión y asombro de mis compañeros de escena que, por marcación, estaban congelados en acción, mientras yo solo quería que me trague la tierra”. Desde aquella función, Lorena repasa todas las canciones que le tocaron antes de salir a escena.

Cualidades del actor y director 

Para Lorena, un buen actor de teatro debe tener “primero y por sobre todo, mucha pasión y amor por el teatro. Creo también que debe de poder despojarse de su ego y, como siempre dice mi maestro Jorge Chiarella, ponerse al servicio del teatro, trabajar para que la historia se cuente y entender que tú solo eres una pieza de un todo más grande: el mensaje”. Por último, un actor debe ser una persona con mística de trabajo. “Todas las demás cosas creo que se aprenden en el taller o en las tablas”. Sobre el trabajo de dirección, la actriz menciona que es muy difícil mencionar las cualidades que debe tener un director. “Como actriz, creo que me he sentido mejor trabajando con directores que son muy claros en sus indicaciones y en lo que quieren lograr de tu personaje”, afirma. Al tener esta claridad, como menciona Lorena, el actor puede construir y “hacer” dentro de lo que ellos quieren ver. “Es importante también saber qué quieres y poder hacer de un ensayo, un espacio de creación y de juego, pero que a la vez no se le vaya este de la mano”.

Si bien es cierto, cada artista tiene una noción de lo que es el talento, para Lorena “es un regalito del universo, es la facilidad que tienes para hacer algo, creo, no lo sé (ríe)”. Pero de lo que sí está segura, es que el talento no es nada sin esfuerzo, sin amor por lo que haces y sin estudio. “El talento es el diamante en bruto, el estudio, el trabajo y la humildad moldean ese carboncito en un diamante”. ¿Es necesario que un director también haya sido actor? Lorena cree que no es indispensable, pero “sí te da mucha ventaja, yo no he dirigido una obra completa, pero sí pequeñas escenas como asistente de dirección y creo que ser actriz me ayuda a explicarme mejor con un actor, me ayuda también a ser más empática con él”.

Un país tan dulce

“Había trabajado con Alberto en una obra para niños que produjo ColadeCometa, que se llamó Démeter y las cuatro estaciones (2016) en el teatro Ricardo Blume”, comenta Lorena. “Unos meses después de finalizar temporada, me llama Celeste para preguntarme si me interesaba trabajar con Alberto en una obra para adultos, dentro del Ciclo de Homenaje a Leonidas Yerovi, ya que él me había propuesto. Entenderás que ni siquiera dejé que me explicara nada y le dije: ¡Sí!, sin pensarlo dos veces (ríe). Fue un “sí” del cual nunca me arrepentiré”. Fue así que Lorena integró un destacado elenco, que incluía a Miguel Álvarez, Janncarlo Torrese, Laly Guimarey, Renato Medina y Mayra Nájar.

Un país tan dulce fue una varieté político carnavalesca, con un aire festivo y nostálgico de la Lima de antaño. “Eso hacía que nosotros siempre estuviéramos jugando para mantener la energía”, recuerda Lorena. “Siempre recordaré los mil personajes que hacíamos todos, a veces interpretando géneros diferentes al nuestro (uno de mis personajes era un productor teatral). Si estabas detrás de escena lo único que podías ver era gente corriendo de un lado al otro cambiando gorros, cambiándose de ropa, cargando globos: era un loquerío, pero eso hacía hermoso este montaje”. La actriz debía interpretar múltiples personajes dentro de la historia, como por ejemplo, una Secretaria del periódico o un Empresario teatral. “De todos ellos, el que más me costó encontrar fue al Empresario teatral, porque era lo más alejado a mí, no sólo en físico, sino también en forma de ser. Ese personaje fue el que más trabajamos con Alberto. Él tenía claro lo que quería ver y me dio referencias para poder inspirarme”. Fue así que dicho personaje, como Lorena lo menciona divertida, tuvo un poco de Groucho Marx, de una actriz rusa que hacía un personaje de hombre y de su maestro Jorge Chiarella (dato que él recién se enterará al leer estas líneas). “Comencé trabajando la corporalidad del personaje, para luego encontrar la forma en que él hablaba. Fue un trabajo retador, pero creo que quedó bonito”.

Para Lorena, la comedia es un género mucho más complicado que el drama. “Hacer reír creo que es más difícil que conmover. Es hacer reír sin caer en lo obvio, ni en lo grotesco, y creo que eso es una “chambaza”. A mí, personalmente, aunque me gusta mucho el drama (y me gustaría explorar mi lado más dramático) me siento más tranquila con la comedia”. La actriz tiene un par de proyectos todavía por concretarse, por lo que se propone continuar estudiando. “Seguir explorando las cosas que puedo hacer y crear cosas propias, tengo muchas ganas de hacer un proyecto propio, que si no sale este año, de todas maneras el otro”, concluye.

Sergio Velarde
20 de enero de 2018

miércoles, 17 de enero de 2018

Crítica: ADIÓS AL CAMINO AMARILLO

Truculencia estilizada

Una de las características del teatro escrito por Jaime Nieto, en sus inicios, fue el tinte escabroso en sus historias. Tal como él mismo lo mencionó en una entrevista, algunos de sus textos fueron muy difíciles de enfrentar al público en su momento, ya que tocaban temas de homosexualidad, presentaban violaciones en el escenario, o hasta incluían una porno comedia, como Dick & Pussy se aman locamente (1998). Así fue que se estrenaron Carne quemada (1995), con un asesino serial que abandonaba los restos de sus víctimas en los cines y un periodista obsesionado con el caso; Deseos ocultos (1997), con un grupo de treintones que debían lidiar con relaciones sentimentales, infidelidad, identidad sexual y doble moral; y Adiós al camino amarillo (1998), obra que fue repuesta a finales del año pasado en El Galpón Espacio, bajo la dirección de Mario Gaviria.

Así como El dolor por tu ausencia (2003), otra pieza emblemática del autor, Adiós al camino amarillo se centra en las historias de variopintos personajes, marginales y confundidos, cuyas vidas se entrecruzan por obra del destino, pero bajo un contexto de ciencia ficción: la muy probable colisión de un cometa que anunciaría el fin del mundo. Temas recurrentes del autor, como la homosexualidad, la soledad y la frustración, se hacen presentes en la relación de dos hermanos, que viven enfrentados a pesar de habitar la misma casa. A su lado, otros jóvenes ambiciosos y con problemas de identidad causarán serios conflictos, agravados por el inminente apocalipsis.

Gaviria aprovechó el amplio escenario delimitando los espacios con precisión y le sacó partido a muchas escenas bien escritas, a pesar de algunas irregularidades en el elenco. Sin embargo, Mauricio Sotomayor, Miguel Soriano, Eduardo Bazán, Sandra Mendoza y especialmente, Edwin Guerra y Gretha Bazan se las arreglaron para darles veracidad a sus personajes, en general. Eso sí, el suspenso que debió existir ante la llegada del cometa no se concretó; por ello, se podrían revisar los efectos sonoros y lumínicos para futuras reposiciones. Producida por Primera Fila Colectivo Teatral, este tardío reestreno de Adiós al camino amarillo sí le hizo justicia al estilo teatral de Jaime Nieto, cumpliendo con exponer la difícil problemática de la juventud contemporánea, así como acertando en la estilización de sus elementos más truculentos.

Sergio Velarde
17 de enero de 2018

lunes, 15 de enero de 2018

Crítica: DE PIE POR LA CEREMONIA

¡De pie por el amor, de pie por la igualdad!

De pie por la ceremonia es una propuesta ejecutada por los egresados de la promoción XVII del Taller de Formación Actoral de David Carrillo, quien a su vez dirige la obra. Adaptada a la situación actual del matrimonio gay en nuestro país, la intención de la puesta es clara desde el inicio: exponer las trabas, la desigualdad y los propios miedos con los que debe lidiar la comunidad gay, en una sociedad aún conservadora y muchas veces intolerante.

Bajo la producción de Fabricio Ascárate, De pie por la ceremonia, narra las historias de parejas del mismo sexo que buscan no solo un reconocimiento (legal) sino también el respeto de la sociedad en la que viven (autoridades, familiares, amigos, etc.). Esta obra, es un llamado de atención frente a un tema que no puede rezagarse eternamente; ya que, en nuestra condición de seres humanos merecemos todos gozar de los mismos derechos.

Con un joven y destacado elenco, que supo interpretar con coraje y valía cada personaje; la puesta exhibe las diversas opiniones acerca del tema, desvelando con honestidad las fragilidades y vulnerabilidad a la que están expuestos los personajes –quienes finalmente reflejan historias reales-. Un acompañamiento musical muy acertado para cada cambio de escena, así como momentos conmovedores que conectan el principio y final de la obra.

De pie por la ceremonia tiene una dinámica ágil, osada pero real en esencia. Merece la pena ser vista con una mente y corazón abiertos, dejando los prejuicios a un lado; solo así, tomará sentido el contundente mensaje que deja en el público, que en esta primera función conectó con la trama desde el inicio.

La puesta se presenta en el Teatro Mocha Graña, quedando pocas funciones. ¡No se la pierdan! 

Maria Cristina Mory Cárdenas
15 de enero de 2018

martes, 9 de enero de 2018

Crítica: DOS CALCULADORES

Nuestra capacidad de reacción

Javier Quiroz es un joven artista proveniente de las canteras de EspacioLibre, colectivo dirigido por Diego La Hoz. Si bien su interés inicial fue la fotografía (afición por las imágenes), el destino quiso que se dedicara a la actuación (manejo de la voz y el cuerpo), siempre de la mano de La Hoz, con el que participaría en varios proyectos teatrales de interés: desde su debut en Entre nubes y alcantarillas (2015), una interesante aproximación al universo de Jorge Eduardo Eielson y su novela El cuerpo de Giulia-no; hasta El país de la canela (2017), una incansable búsqueda de la memoria en medio de una nación devastada por la guerra; además de las muy apreciables Mientras canta el verano (2015); RaTsodia (2015); Un saludo que no llega (2016); y Café Inútil Orquesta (2016), en donde afinaría sus posibilidades como actor en puestas en escena precisas y alegóricas, ricas en símbolos y con un pertinente sentido crítico.

El estreno itinerante de Dos calculadores (2017) en diversos espacios como el Club de Teatro o la Casa Cultural Mocha Graña, con la novel dirección de Quiroz, acaso podría considerarse como el inevitable resultado de su corto pero sustancial aprendizaje. Alejándose de cualquier atisbo de puesta en escena tradicional, las acciones que propone el autor José Manuel Lázaro, interpretadas por Quiroz, obligan al espectador a contemplar pacientemente el desarrollo de los movimientos, gestos y sonidos, que los actores Yamile Caparó y Christian Mora ejecutan impecablemente en el espacio. Dos cuerpos enmascarados y vestidos a rayas, masculino y femenino, realizan varias veces a distintas velocidades la misma y calculada secuencia, que lejos de agotar y agotarse anímicamente, sugieren la reclusión del ser humano dentro de una rutina que no lo lleva a ninguna parte, y que solo se podría romper con fuerza de voluntad y criterio.

Dos calculadores, producido por Claudia Benites, es un íntimo montaje perfectamente compatible con las épocas actuales, en las que abrir los ojos y percatarse de la necesidad de deshacerse de los patrones establecidos, representados por los barrotes en los vestuarios de los actores y los cubos que utilizan, se vuelven fundamentales para conseguir libertad de decisión y pensamiento. Quiroz consigue con Dos calculadores un singular espectáculo de teatro físico, que si bien es cierto delata sus sólidos orígenes teatrales en EspacioLibre, sí que tiene personalidad propia, una con un agradecido sentido de crítica y rebeldía, imprescindible en un medio como el nuestro, tan necesitado de reacción.

Sergio Velarde
9 de enero de 2018

domingo, 7 de enero de 2018

Crítica: BELEZA & ESTILO

El amparo en la familia

Belleza & Estilo expone un aspecto fundamental de la problemática gay, a través de una pareja que lucha por mantener en pie su prestigiosa peluquería, refugio para aquellos acorralados por el prejuicio social y origen de su propia subsistencia económica, ahora desvalida por la amenaza de la bancarrota.

El tratamiento de Lucía Ruiz incita a la intimidad: somos testigos de un espacio en que los personajes no escatiman sus verdades, un lugar de libre discusión y júbilo, donde se llora y se dice lo secreto, como si de un confesionario se tratase. En el patio de esta peluquería, que más es una casa, el espectador puede ver expuesto el corazón de una familia, cuyos integrantes, una pareja gay y su colega transexual muestran lazos de proteccionismo y amor muy profundos.

Dicha intimidad se traslada a la interpretación. Los actores se sostienen compenetrados en sus miradas, establecen puentes perennes que los alejan del egocentrismo de actuar, para darle mayor peso al otro, algo difícil de ver en nuestro medio. Esta solidaridad explícita da pie a que las relaciones ficcionales cobren verosimilitud y la emoción aparezca sin esfuerzos ni torpezas, para ellos y nosotros. El elenco lo conforman Dante del Águila, Paris Pesantes, Sergio Cano y Héctor Cabrera.

Belleza & Estilo, más que la extravagancia desprendida de su título, apela a la sobriedad y el orden escénico. Así pues, otro aspecto a destacar es la fluidez en la transición de escenas. Tanto las entradas y salidas como la reposición de elementos sobre el escenario se gestan bajo una coreografía impecable, que aporta organicidad, compromiso y profesionalismo. Este dominio espacial sirve también al aspecto narrativo, pues los personajes se desenvuelven con tal facilidad que el lugar absorbe una mayor presencia de hogar, de cotidiano.

Por otro lado, el diseño sonoro y lumínico escapa de la esencia del montaje. Se trabaja sobre una gama de colores de paleta expresionista cuando impera el realismo sobre el escenario, lo que genera la división del espacio en atmósferas contrarias, la luz se hace notar y se vuelve distractora. Asimismo la música, impuesta desde el inicio y entre escenas, refleja el ambiente de un antro o una fiesta, construyendo un mundo aparte de las sensaciones en escena. Aún en esta dualidad, en que el aspecto técnico obstruye, la verdad escénica sobresale.

Belleza & Estilo, desde su intimidad, nos regala momentos de conmoción, guiados por la sensibilidad con que se manejan los conflictos que sabemos sociales, ahora vistos desde la perspectiva del que padece y se hace fuerte con los años, emergiendo sus empresas a pesar del antagonismo.

Bryan Urrunaga
7 de enero de 2018

viernes, 5 de enero de 2018

Encuentro: OSVALDO CATTONE

El caballero del Marsano

“¡Adelante, Sergio!” “Señor Cattone, buenas tardes.” “¿Y por qué me dices señor? ¿Acaso yo te he dicho señor Velarde?”

Me acomodo en una silla dentro de la oficina de Administración y comienza así este breve encuentro, entre uno de los artistas más completos y emblemáticos de nuestro medio, con este servidor que llegó al teatro Marsano para entregarle el merecido diploma de Oficio Crítico como Mejor Actor de Drama por El padre (2017) al ya legendario Osvaldo Cattone, quien derrochó gratitud, humildad y vitalidad en todo momento.

“Nadie nos apoya en producción, nadie nos auspicia, ahora todo lo tenemos que comprar”, se queja molesto por la falta de subvenciones, mientras observa en su celular algunos vestidos recomendados por la actriz Sandra Bernasconi para irremediablemente tener que comprarlos para su próximo montaje. Mientras tanto, Chalo Gambino y Sonia Oquendo (quien saldrá a actuar en unos minutos en la nueva reposición de Brujas) conversan amenamente a un costado. Curiosamente, fue la primera versión de esta comedia de Luis Agustoni la primera que vi en el Marsano en 1991.

Adorado y criticado desde su llegada al Perú, Cattone no puede tolerar hasta ahora la mezquindad de algunas personas. “Siempre me criticaron por ser superficial con mis montajes, pero yo nunca he llegado a los extremos de ahora”, sostiene. Y es que él afirma orgulloso que ha llevado público de los conos a ver espectáculos en el Marsano. “Público que, por ejemplo, no va a La Plaza; yo abandono mi teatro, me voy para allá y les llené la temporada”, refiere en alusión al indiscutible éxito de público y crítica que le significó El padre, obra que ya se encuentra en proceso de próxima reposición.

Como le hice recordar, Cattone había sido convocado para trabajar anteriormente en Doce hombres en pugna (2013). “No pude participar, me operaron; pero por algo pasan las cosas”, reflexiona. Todo se confabuló así para que su actuación en El padre consiguiera un privilegiado lugar en la historia de nuestro teatro. Cattone afirma sentirse feliz a sus ochentaytantos años, pues actúa, dirige, lee, escribe, juega con su gato, vive rodeado de naturaleza y no vacila en mencionar que disfruta cada minuto de su vida, pues en cualquier momento esta puede terminar.

Acaso solo un proyecto no le resultó como esperaba, a pesar de lograr una gran acogida. “Dicté talleres de actuación durante un año en el Marsano, pero lo tuve que abandonar después: no podía enseñarle a personas que solo buscaban ser famosas”. Además, se encuentra preocupado que gente joven, especialmente la nueva generación de actores, no conozca nuestra historia teatral y que no sepa quién fue, por ejemplo, Elvira Travesí.

El tiempo va pasando y una nueva función de Brujas se acerca. Después de la presentación, Cattone tendrá ensayo de Celular, su próximo estreno, una adaptación de la película Perfectos desconocidos de Paolo Genovese, con un elenco que incluye a Marisol Aguirre, Sandra Bernasconi, Andrea Montenegro, Ricardo Combi, Nicolás Fantinato, Julián Legaspi y Bruno Odar. Me despido, no sin antes solicitarle una fotografía con su diploma.

“Claro. Pero contigo también, Sergio. Que Chalo nos tome la foto. Ponte detrás mío. ¡Apóyate en mí!”

Y así logré la foto, muy nervioso pero agradecido, con un caballero del teatro. El caballero del Marsano.

Sergio Velarde
5 de enero de 2018


Crítica: EL OTRO LADO

Los personajes en huelga

De la autora Jimena Ortiz de Zevallos vimos la irregular Náufragos en la luna (2015), una doble historia de amor que se resentía de una dramaturgia básica y por ratos, televisiva, y que no aportó nada significativo a un tópico tan aprovechable y a la vez trillado como lo son las relaciones sentimentales, además de coquetear con el absurdo. Es por ello que causó una gratísima sorpresa el estreno de El otro lado (2017) en el Auditorio del MALI, pues Ortiz de Zevallos logró un texto interesante y sólido, basándose sorprendentemente en un conocido recurso como es el de la rebelión de ciertos personajes de una obra teatral, quienes se pasan al “otro lado”, cobrando vida propia ajenos a una existencia condicionada por el autor. Si bien los textos de El otro lado son sencillos y hasta ingenuos, el director Carlos Mesta se las arregló para presentar un montaje entretenido, más allá de cualquier autorreferencia, con algunas apreciables lecturas y actuaciones que vale la pena destacar.

Las presiones que recibe la dramaturga Lucrecia (una convincente Giselle Collao) para terminar su primera pieza importante, por parte de su productor (José Antonio Buendía), no solo le genera dudas creativas sobre su verdadera vocación (la de escribir por una necesidad artística y no lucrativa), sino que además provoca que los personajes que ha creado, encabezados por la pareja protagónica (un preciso José Dammert y una simpática Marinés Soria), decidan cruzar la frontera hacia el mundo real y hacerle frente a su creadora. Se trató pues de un recurso conocido, ya que El otro lado sigue líneas argumentales de clásicos como Seis personajes en busca de autor (Luigi Pirandello, 1921), hasta de piezas más contemporáneas como ¿Qué hiciste Diego Díaz? (Cristian Lévano, 2007) o Las Formas Perimidas (Guillermo Difilippo, 2014). Si bien la idea de los personajes ficticios tomando decisiones propias fue interesante, resaltaron mucho más las pertinentes interrogantes muy bien bosquejadas que dejó el montaje: ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para conseguir fama y fortuna? ¿Realmente es el artista incapaz de traicionar sus principios? ¿Vale la pena vivir del arte de manera purista?

La puesta en escena de Mesta ejecutó con solvencia escenográfica la presentación de ambos “lados” en el escenario y el sano humor que resulta de la imposible situación funciona gracias a una correcta dirección de actores. Eso sí, el buen elenco que incluye a Mauricio Pappi, de La gran mentira (2015); Antonella Gallart y Luis Cárdenas Natteri, de Escenas en casa de Vasili Beseménov (2016); y especialmente Carlos Victoria, de Financiamiento desaprobado (2017) luce atinado pero desaprovechado, conociendo sus enormes posibilidades. La temporada de El otro lado no solo fue un apreciable acierto de Jimena Ortiz de Zevallos como dramaturga, con la producción de Primer Acto Asociación Cultural y el Museo de Arte de Lima, sino que se convirtió en una oportuna comedia que abordó interesantes temas, como el valor del arte como una necesidad más que por un compromiso y cómo no, el justo de rechazo de protestar ante los atropellos de cualquier calibre.

Sergio Velarde
5 de enero de 2018