Una distopía original
En el Teatro Campo Abierto de Miraflores, Pucayacu Agua Roja Teatro conmemora sus 26 años con El Multiverso de Malandro. Dos episodios. Un solo universo, escrita y dirigida por Augusto Cáceres Álvarez. La propuesta reúne dos historias futuristas atravesadas por la muerte, la supervivencia, la violencia y el poder. Su búsqueda de lenguajes escénicos ofrece momentos sugerentes, aunque la claridad dramática no siempre acompaña su ambición.
En El precio de la muerte, situado en Lima en 2055, un virus ha devastado la ciudad. Un bar apocalíptico, habitado por músicos que buscan formar la Banda del Malandro, recibe a tres mujeres con un misterioso maletín. Al iniciar la obra, se observan calaveras, armas, humo y una imagen escenográfica que establecen el universo, mientras la música construye una atmósfera reconocible. El vestuario, mediante colores y texturas diferenciados, aporta rasgos a los personajes. La relación directa con el público, el canto, los recursos de magia y la vulnerabilidad abren posibilidades de juego. También destaca la integración del titiritero en la acción. No obstante, la iluminación carece de una propuesta consistente y algunos ingresos de personajes no aclaran de dónde vienen ni qué buscan. La sucesión de acontecimientos pierde coherencia y, en ciertos pasajes, la acción se diluye entre situaciones cuya conexión no resulta evidente. Cuando el conflicto alrededor del maletín adquiere centralidad, la crisis se define mejor: los vínculos se tensan, la intensidad crece y los recursos escénicos encuentran una dirección más precisa.
Sin Hombres, año 2070 comienza con mayor dinamismo. Movimiento, música y elementos luminotécnicos producen una apertura enérgica; los vestuarios en tonos tierra, además, vinculan visualmente a los personajes. Sin embargo, el impulso inicial no se sostiene. Los monólogos aportan contexto, pero con frecuencia explican en lugar de convertir la información en acción dramática. La trama reitera ideas sin desarrollar sus consecuencias, por lo que el conflicto pierde progresión y las situaciones no logran evolucionar. Hay imágenes colectivas sugerentes y momentos en que el cuerpo y la voz transmiten con coherencia el texto. Algunas intérpretes muestran una energía expresiva que profundiza sus personajes. Aun así, estos hallazgos no se integran de manera sostenida: las relaciones, el espacio y las transiciones entre situaciones quedan a veces poco definidos. La iluminación acompaña ciertos cambios de intensidad, pero las transiciones imprecisas interrumpen el ritmo; la música, incluida la guitarra, tampoco potencia regularmente la acción. La música funciona como marca estética, pero debería responder mejor a las acciones y cambios de tensión dramática escénica.
Ambos episodios revelan una voluntad de experimentar con recursos teatrales y de construir un universo distópico. Su principal desafío es articular los elementos con una dramaturgia que haga avanzar el conflicto y permita comprender qué está en juego para cada personaje. La propuesta encuentra mayor fuerza cuando la forma escénica nace de la acción, no cuando la reemplaza. Entonces, se evoca la siguiente pregunta luego de presenciar la representación: ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para sobrevivir cuando el mundo que conocemos comienza a derrumbarse?
Rubén Aquije
8 de noviembre de 2026

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