domingo, 8 de noviembre de 2026

Crítica: LA CANCIÓN DE TU VIDA


Algo pendiente

La historia transcurre en un Perú convulsionado, marcado por la inseguridad económica y el terrorismo, pero también habitado por una población llena de sueños, esperanzas e ilusiones.

La historia gira en torno a Hugo quien representa a todas aquellas personas que, en algún momento de sus vidas, tuvieron que dejar sus sueños de lado por las circunstancias. Su deseo de convertirse en músico no es simplemente una aspiración profesional, sino una ilusión que forma parte de lo que quiere ser y de la vida que alguna vez imaginó para sí mismo. Sin embargo, la realidad termina imponiéndose y lo obliga a tomar otro camino. Lo interesante del personaje es que, aunque el tiempo pasa y sus aspiraciones parecen haber quedado atrás, estas no desaparecen del todo. De alguna manera, Hugo encuentra en otra persona la posibilidad de volver a acercarse a aquello que no pudo alcanzar. Es aquí donde su historia adquiere una dimensión más humana y emotiva, pues nos plantea una pregunta: ¿hasta qué punto los sueños que no logramos cumplir siguen acompañándonos a lo largo de la vida?

Sin duda, Giovanni Arce, desde la dirección, ha sabido llevar la obra por un camino cargado de emociones, manteniendo la tensión dramática e incorporando la comedia en el instante preciso. Sumado a ello ha logrado hilar la historia con tal naturalidad que la obra no solo resulta fácil de comprender, sino que también consigue involucrarnos con cada escena. 

El elenco constituye una de las fortalezas de la puesta en escena. Se aprecia un trabajo actoral sólido y cohesionado, donde la química entre los intérpretes trasciende lo individual para construir un conjunto convincente. Cada actor dota a su personaje de identidad, objetivos claros y acciones bien definidas, evitando interpretaciones superficiales y aportando matices que enriquecen la historia. Destaca, además, la naturalidad con la que incorporan los momentos de canto, resueltos con claridad y expresividad. No se trata de exhibir virtuosismo vocal, sino de integrar la voz como parte orgánica de la interpretación.

En cuanto al aspecto técnico, cada elemento escenográfico está dispuesto con sentido y contribuye a enriquecer el relato, sin convertirse en un mero recurso decorativo. La iluminación, por su parte, destaca por su capacidad para crear una atmósfera acorde con cada escena. Se percibe una propuesta técnica bien articulada, en la que los recursos visuales dialogan con la historia y fortalecen la experiencia teatral.

Es una obra que tenemos que ver, pues nos invita a reencontrarnos con nuestros sueños y despierta el deseo de luchar por aquello que anhelamos, incluso frente a las adversidades. Su puesta en escena logra cautivar al espectador de principio a fin, combinando emoción, sensibilidad y momentos de disfrute. Una propuesta teatral que deja huella y que vale la pena no perderse.

Javier Gutiérrez

8 de noviembre de 2026

Crítica: EL MULTIVERSO DE MALANDRO


Una distopía original

En el Teatro Campo Abierto de Miraflores, Pucayacu Agua Roja Teatro conmemora sus 26 años con El Multiverso de Malandro. Dos episodios. Un solo universo, escrita y dirigida por Augusto Cáceres Álvarez. La propuesta reúne dos historias futuristas atravesadas por la muerte, la supervivencia, la violencia y el poder. Su búsqueda de lenguajes escénicos ofrece momentos sugerentes, aunque la claridad dramática no siempre acompaña su ambición.

En El precio de la muerte, situado en Lima en 2055, un virus ha devastado la ciudad. Un bar apocalíptico, habitado por músicos que buscan formar la Banda del Malandro, recibe a tres mujeres con un misterioso maletín. Al iniciar la obra, se observan calaveras, armas, humo y una imagen escenográfica que establecen el universo, mientras la música construye una atmósfera reconocible. El vestuario, mediante colores y texturas diferenciados, aporta rasgos a los personajes. La relación directa con el público, el canto, los recursos de magia y la vulnerabilidad abren posibilidades de juego. También destaca la integración del titiritero en la acción. No obstante, la iluminación carece de una propuesta consistente y algunos ingresos de personajes no aclaran de dónde vienen ni qué buscan. La sucesión de acontecimientos pierde coherencia y, en ciertos pasajes, la acción se diluye entre situaciones cuya conexión no resulta evidente. Cuando el conflicto alrededor del maletín adquiere centralidad, la crisis se define mejor: los vínculos se tensan, la intensidad crece y los recursos escénicos encuentran una dirección más precisa.

Sin Hombres, año 2070 comienza con mayor dinamismo. Movimiento, música y elementos luminotécnicos producen una apertura enérgica; los vestuarios en tonos tierra, además, vinculan visualmente a los personajes. Sin embargo, el impulso inicial no se sostiene. Los monólogos aportan contexto, pero con frecuencia explican en lugar de convertir la información en acción dramática. La trama reitera ideas sin desarrollar sus consecuencias, por lo que el conflicto pierde progresión y las situaciones no logran evolucionar. Hay imágenes colectivas sugerentes y momentos en que el cuerpo y la voz transmiten con coherencia el texto. Algunas intérpretes muestran una energía expresiva que profundiza sus personajes. Aun así, estos hallazgos no se integran de manera sostenida: las relaciones, el espacio y las transiciones entre situaciones quedan a veces poco definidos. La iluminación acompaña ciertos cambios de intensidad, pero las transiciones imprecisas interrumpen el ritmo; la música, incluida la guitarra, tampoco potencia regularmente la acción. La música funciona como marca estética, pero debería responder mejor a las acciones y cambios de tensión dramática escénica. 

Ambos episodios revelan una voluntad de experimentar con recursos teatrales y de construir un universo distópico. Su principal desafío es articular los elementos con una dramaturgia que haga avanzar el conflicto y permita comprender qué está en juego para cada personaje. La propuesta encuentra mayor fuerza cuando la forma escénica nace de la acción, no cuando la reemplaza. Entonces, se evoca la siguiente pregunta luego de presenciar la representación: ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para sobrevivir cuando el mundo que conocemos comienza a derrumbarse?

Rubén Aquije

8 de noviembre de 2026

Crítica: JESUCRISTO ROCKSTAR


Teatro, música y talento en Ica 

En Ica hay teatro, y Chaplin Grupo Cultural sostiene esa actividad con Jesucristo Rockstar, presentada en el auditorio del Colegio de Ingenieros bajo la dirección general de Harold Lopez. La propuesta reúne rock en vivo, danza y actuación. Su principal fortaleza está en la energía musical; el desafío, en conseguir que esa fuerza sostenga una progresión dramática clara y una composición escénica coherente.

Desde el inicio, la banda musical ofrece precisión y cohesión, acompañando la sucesión de acontecimientos y manteniendo la energía del espectáculo. La distribución espacial facilita el desplazamiento de los intérpretes, mientras la estructura metálica permite cambios de escena prácticos. La danza también se integra con claridad en distintas situaciones. Hay escucha, complicidad y dinámicas lúdicas entre los actores, y algunas canciones comunican con intención y afinación. Durante el entreacto, Black and White aporta un momento musical que mantiene la conexión con el público. No obstante, la versatilidad sonora no siempre se traduce en intensidad dramática. Los gritos y las dificultades de apoyo vocal afectan algunas escenas, aunque aparecen variaciones prosódicas y momentos de buena afinación. La dramaturgia tampoco mantiene una curva dramática coherente: ciertas escenas no producen consecuencias claras, y algunos personajes ingresan sin objetivos suficientemente definidos. 

El vestuario carece de una estética unificada, mientras el recurso audiovisual, como la proyección de nubes en la escena de Judas, no se integra eficazmente con la acción. Sin embargo, hay situaciones en las que se comunica claramente el espacio. La iluminación encuentra aciertos, especialmente en el segundo acto, como cuando el rojo construye una atmósfera de expectativa y dialoga con la música. Sin embargo, el seguimiento excesivo de luz sobreexpone algunos rostros y las transiciones no siempre acompañan la continuidad dramática. La estructura metálica, útil para los cambios, también limita la composición y la visibilidad en determinados momentos. Los momentos de pelea, la crucifixión y la muerte de Judas requieren acciones más legibles y una construcción escénica capaz de comunicar el peso de esos acontecimientos.Los recursos visuales no alcanzan el impacto esperado. En contraste, la resurrección está mejor construida y ofrece mayor claridad.

La puesta en escena presenta a intérpretes con energía y disposición para el trabajo colectivo, además de una banda musical que constituye uno de sus pilares. Pero la relación entre música, actuación, iluminación y dramaturgia necesita mayor precisión. La intensidad de una canción no reemplaza la progresión de una escena, del mismo modo que una imagen sugerente no adquiere sentido por sí sola: debe integrarse a la acción y contribuir a que el público comprenda qué cambia y por qué. En una historia atravesada por la muerte, el sacrificio y la esperanza, la dimensión ritual exige algo más que representar acontecimientos reconocibles: requiere construir cada momento con profundidad, claridad y consecuencias emocionales. El montaje evidencia una búsqueda expresiva que necesita articular con mayor precisión sus recursos para que la música, el cuerpo y la imagen no solo acompañen el relato, sino que revelen su dimensión humana. Al salir de la función, la historia nos hace reflexionar y nos lleva a la siguiente pregunta: ¿Qué significa realmente la esperanza de la resurrección cuando atravesar el sacrificio y la muerte exige enfrentarnos a nuestras propias contradicciones?

Rubén Aquije

8 de noviembre de 2026