martes, 2 de agosto de 2016

Crítica: ILUSA

El espectador decide a dónde va   

Una mujer trabaja con una máquina de coser. Coge retazos de tela, los mete bajo la aguja de la máquina y cose, sin parar, mecánicamente, casi sin pensar o quizá lo único que realmente hace es pensar y recordar.

Lo narrado es lo que vimos en Ilusa, una breve propuesta escrita y dirigida por Alfonso Santistevan (Vladimir, La puerta del cielo) en el marco de la Residencia para la Investigación y Creación Escénica (RICE), espacio experimental de creación multidisciplinaria ofrecido por el colectivo Imaginario Colectivo a tres directores teatrales (junto a Santistevan, este año también estuvieron Rodrigo Chávez y Paloma Carpio), para que durante un mes y en un espacio determinado, experimenten y creen lo que sea que el lugar les inspire.

Pero si bien mencioné que lo que vimos fue a esta mujer cosiendo, es en lo que ocurrió con el público, donde tenemos que detenernos. Y es que si bien la obra fue protagonizada por Marivel Ariza, creo que sería adecuado decir que fuimos los espectadores los verdaderos protagonistas.

Santistevan empezó la función repartiendo textos, a quien quisiera, para que sean leídos en el orden y momento que los voluntarios desearan y estos textos fueron, junto a uno de la actriz, los únicos que hubo. A medida que los espectadores con texto leían, nos enterábamos de los recuerdos de alguien, una nieta o un nieto, y mientras esperábamos a que algo ocurra en escena, la mujer seguía cosiendo. Los recuerdos hablaban de un abuelo que no cumplió con el hogar, un abuelo que decepcionó a su mujer y a su familia, pero en escena, la mujer solo seguía cosiendo.

Y así seguimos esperando que algo ocurra, imaginando qué podría pasar mientras escuchábamos el sonido de la máquina, cosiendo sin parar, y a la mujer que la manejaba incólume a nuestra necesidad de acción. Fue ahí cuando la obra se trasladó de la escena al público y fuimos nosotros quienes armamos la historia, quienes le dimos sentido al texto. Fuimos los espectadores quienes nos volvimos el nieto o la nieta que intentó no decepcionar a la abuela, como sí lo hizo el abuelo, y nos dedicamos a trabajar sin descanso para no equivocarnos queriendo vivir, tal y como lo hacía esa mujer, atada a su máquina y cosiendo sin parar, pero sin dejar de recordar.

No es común presenciar una obra en donde la acción dramática resida casi en la ausencia de esta y en donde las emociones que surgen en el espectador dependan más de su necesidad de que algo ocurra que de que sean el actor o el director los que los convenzan de sentir algo específico, porque si esta propuesta resultó en comedia o drama para alguien, lo fue por su propia decisión y según hacia dónde cada uno quiso que lo lleve la historia.

Definitivamente, Santistevan entendió el espíritu de la RICE y nos hizo entrar en su pequeña trampa dramática. Los testigos lo agradecemos.

Daniel Fernández
2 de agosto de 2016