sábado, 15 de noviembre de 2025

Crítica: BUENAS PERSONAS


Una buena obra sobre las buenas personas o que intentan serlo

El anuncio de una obra dirigida por Juan Carlos Fisher y con un elenco de tan alto nivel (Jimena Lindo, Paul Martin, Milene Vásquez, Gabriela Velásquez, Norka Ramírez y Jorge Guerra) hace que uno ingrese a la sala con las expectativas al tope y la obra no nos defrauda. Por el contrario, es una de las mejores del año. El autor (David Lindsay-Abaire) recoge la herencia de la dramaturgia norteamericana y nos ofrece un panorama realista, con personajes muy bien elaborados, que dialogan de manera directa, a veces cruda, sin complicar el lenguaje. Sus diálogos sencillos permiten que el espectador identifique la situación y los conflictos de cada personaje y así pueda sumergirse en el universo al cual nos conduce el autor con maestría, para conmovernos.

Al centro de un ambiente cuadriculado y gris, Margaret (Lindo) es una mujer pobre, madre de una hija con discapacidad, que lucha por sobrevivir, pero no puede evitar las desatenciones al trabajo diario. A su alrededor, la miseria es el tema común de sus vecinas, que pueden sonreír a los problemas porque se saben sobrevivientes. Mike (Martin), antiguo amigo de Margaret, aparece y con él la oportunidad de salir del hoyo. Lo conoce desde cuando todos eran pobres, pero él pudo salir y lograr las comodidades que son lejanas para ella y su hija.

Mientras nos habla de su esfuerzo por encontrar un trabajo, nos revela cómo todos han tenido la oportunidad de ser buenas personas, pero las circunstancias han sido distintas. El tema social queda planeado desde la primera escena. Pero todos tienen una cuota de maldad que aflora cuando hay que sobrevivir. Cada personaje muestra su faceta más humana; incluso la esposa de Mike (Vásquez) puede ser bondadosa y solidaria con Margaret hasta que esta toca su estabilidad y muestra sus propias garras.

Margaret usa todos los recursos a su alcance y cuando estos se acaban, trata de cruzar una línea que ella misma se tiene prohibida. Los códigos morales no son simples reglas, son los fundamentos de la persona. Sin ellos somos bestias. Por eso ir más allá es saltar al abismo y Margaret aún tiene integridad. Finalmente, su lucha es por su hija y debe continuar, incluso resignándose al aceptar una opción laboral a la que se ha negado en todo momento.

El escenario se ilumina con la opulencia de quienes lograron la comodidad y se oscurece con quienes se mantienen en la miseria, como Margaret, sus amigas y aún su amigo Stevie (Guerra). La luz también narra. Precisamente, queda para la reflexión (y hasta el debate) la escena final, con un haz de luz iluminando el rostro de Margaret que mira al infinito: ¿resignación, esperanza? Que cada quien escoja.

David Cárdenas (Pepedavid)

15 de noviembre de 2025

Crítica: NOCHES DE ESCENA


Tres de tres

La propuesta escénica Noches de escena es, como reza su título, una noche con historias distintas y distantes, pero al mismo tiempo igual de interesantes, presentada por Alumbra Producciones. Es una invitación a sumergirse en un universo teatral que abarca diversas tramas. A través de tres obras con las cuales los espectadores podrán disfrutar de un recorrido que va desde la comedia ligera hasta la reflexión más profunda, pero siempre con un hilo conductor: la sinceridad y la entrega de sus actores y actrices.

La velada comienza con Doble lío, una comedia que despliega un ingenioso enredo protagonizado por Luisa, quien acepta hacerse pasar por la doble de una famosa influencer. Este planteamiento da pie a situaciones hilarantes, donde las actuaciones de Karito Barrios y Gina Fernández destacan por su autenticidad y química en el escenario. Bajo la dirección de Dante del Águila, la obra logra generar risas espontáneas entre el público, aunque se debe señalar que en algunos momentos los diálogos no eran lo suficientemente audibles, un aspecto a mejorar. Sin embargo, el desenfreno y la percepción cómica de la situación principal logran captar la atención y brindan un inicio entretenido para la noche.

A continuación, Chupetón irrumpe en escena con una energía desbordante, gracias a las excelentes interpretaciones de Carola Mazzei, Rosa Portugal y Nydia Barandarián. Esta obra aborda con humor la vida de una monja que desafía las normas impuestas por su entorno y una madre que se debate entre la devoción religiosa y la educación estricta de sus hijas. Marcos García-Tizón, el director, ha sabido aprovechar la explosividad cómica de las actrices, logrando que cada situación derivada de sus interacciones sea material para risas incontrolables. La vivacidad de sus actuaciones contrasta maravillosamente con la temática subyacente, haciendo que el público se ría mientras también reflexiona sobre los convencionalismos sociales presentados.

Finalmente, la velada culmina con El estreno de tu fuego, una obra que nos transporta a los momentos previos al estreno de un nuevo espectáculo teatral. Aquí, Sarita, una joven directora, se enfrenta a los desafíos creativos que implican reflejar la realidad de su público, en un choque ideológico con Manuela, la actriz principal, quien busca provocar una sacudida emocional a través de la verdad. La dirección y el libreto de Omar Velásquez aportan profundidad a esta comedia, presentando no solo la tensión propia del proceso creativo, sino también la ansiedad de los directores y actores. Las interpretaciones de Ale Reyes Freitas y Gabriela Velásquez son destacadas; su dinámica muestra claramente las diferentes perspectivas que pueden surgir en el arte dramático. El resultado es una obra que, aunque divertida, también invita a la introspección.

Noches de escena merece ser presenciada. Alumbra Producciones logra ofrecer un espacio donde la risa, la reflexión y el talento actoral se unen, dejando al público más que entretenido. Una experiencia teatral que vale la pena ser vivida.

Javier Gutiérrez

15 de noviembre de 2025

Colaboración regional: PASAJE DE IDA


La Memoria que migra

El pasado sábado 25 de octubre, en Casa Darte (Cusco), se presentó la obra Pasaje de ida, un unipersonal de Sandro La Torre. Se trata de una pieza testimonial que aborda el delicado tema de la migración. Digo “delicado” no solo por la forma personal, lúdica y cuidadosa con que se trata, sino también porque logra hurgar sutilmente en fibras sensibles, transitando de lo individual a lo comunitario.

No es la primera vez que veo esta puesta en escena, y observo con agrado cómo el teatro se manifiesta como acontecimiento irrepetible y único, resultado de esa mezcla de circunstancias que lo hacen distinto cada día: el momento, el espacio y el público presente, cada cual aportando un nuevo impulso al actor. A la vez, la obra evoluciona y se perfecciona con el tiempo y el espacio.

“El teatro es acontecimiento porque implica un encuentro irrepetible entre cuerpos vivos en un mismo tiempo y espacio.”

— Jorge Dubatti

Si bien la obra parte de una migración personal, los testimonios nos acercan a ese personaje de medias largas y pantalones cortos que, con inocencia, saluda con una sonrisa mientras se presenta con orgullo y ternura:

“Hola, soy Sandro, hijo de doña Eneida y don Alfonso.”

En una ciudad que lo recibe con indiferencia, este gesto sencillo resuena en nuestras propias migraciones —pequeñas o grandes, visibles o silenciosas—, donde siempre se espera una sonrisa de vuelta que levante el ánimo en una geografía desconocida.

Conviene recordar que la ciudad a la que llega este personaje es Lima, una urbe de migrantes desde su fundación hispánica, nutrida por constantes olas migratorias que la han dotado de mil colores, acentos y sabores.

“La gran migración andina hacia Lima trasladó a la ciudad no sólo población, sino también estructuras culturales y formas de organización que transformaron profundamente la vida urbana.”

— José Matos Mar, Desborde popular y crisis del Estado (1984)

La presencia del yo en esta obra permite visibilizar una voz común, esa voz que con frecuencia ha sido silenciada e invisibilizada: la de quienes han vivido la marginación. El actor no solo interpreta, sino que también evoca, recuerda y comparte, desdibujando los límites entre testimonio y representación teatral. Así, la escena se convierte en un acto de resistencia y memoria, que invita a la reflexión y a la justicia simbólica.

Desde el inicio, la obra nos presenta elementos escénicos que se transforman en artefactos del juego teatral. Poleas con hilos finos, casi imperceptibles a la vista, hacen flotar vestuarios que por un instante cobran vida, evocando carencias, recuerdos maternales y la necesidad de ponerse los pantalones y dejar de soñar. Son entes con voces de reproche, que —con la mejor o peor intención— intentan apagar el fuego del cambio, ese fuego que nos mantiene en escena.

El trabajo audiovisual cumple también un papel fundamental. Este recurso nos sitúa dentro de las anécdotas familiares —la figura del padre, la llamada de la madre— y nos acompaña en el trayecto del personaje hacia el teatro. En otros momentos, nos integra directamente a la acción escénica. Lejos de competir con el actor, el audiovisual dialoga, nutre y complementa la propuesta, generando una hermosa sinergia entre imagen y presencia viva.

Todo transcurre en un tiempo ficticio: los primeros 45 minutos de un partido de fútbol, una primera mitad de vida —“que llega por el gentil auspicio de Pilsen Callao”—, seguida por un entretiempo que queda en manos del espectador, invitándolo a reflexionar sobre lo visto mientras el actor se prepara para los siguientes 45 minutos.

Esta obra ha viajado mucho; se ha presentado dentro y fuera del Perú, acumulando más de cincuenta funciones en su haber. Una fecunda trayectoria que, sin duda, seguirá dando frutos, o como diría un maestro, flores en el oficio. Aún tiene mucho camino por recorrer y seguramente se seguirá presentando en teatros oficiales, independientes y salas íntimas.

Así que, si por alguna casualidad aparece en su muro de Instagram o en alguna red social, o si ven un cartel pegado en un café habitual, no duden en asistir.

Veamos teatro, seamos parte de ese convivio que nos nutre más allá de una pantalla.

Miguel Gutti Brugman

Cusco, 12 de noviembre de 2025

lunes, 10 de noviembre de 2025

Crítica: ANA CONTRA LA MUERTE


La vida como una constante resistencia contra la muerte

¿Qué se puede hacer contra la muerte? Nada. Y sin embargo, una madre que ama a su hijo es capaz de hacer todo lo que esté a su alcance para defender esa vida que nació de ella. Todo. Incluso lo que la ley o la moral prohíben en nombre de los valores o la civilización.

Que muera un hijo nuestro antes que nosotros no es justo y Ana (Alejandra Guerra) se rebela contra esa injusticia. La vida no es justa. No le da a todos las mismas oportunidades para una atención médica, para acceder a tratamientos costosos ni para tener esperanzas frente a una enfermedad terminal. Ana solo tiene amor y coraje.

Pero Ana contra la muerte no es solo un drama interior sino la exteriorización de esa resistencia con la que el autor nos plantea el otro lado del morir: el sentido de la vida. Por esa profundidad, la obra no se queda en la emoción de algunas lágrimas en el auditorio, sino que nos sacude para cuestionarnos sobre la defensa de la vida, aún en situaciones en que esta parece insostenible. El autor, Gabriel Calderón (uruguayo), propone la reflexión antes que la pena. Y se toma el tiempo para que el drama que conocemos desde el inicio desarrolle ese contenido con inteligencia y firmeza. La historia se desarrolla a pasos y como una excelente lección de dramaturgia cada escena tiene un objetivo claro. La acción dramática cumple con ese objetivo, incorporando los elementos para una reflexión más profunda. Y lo hace con la complicidad de los espectadores, que se integran a la historia, cuando las actrices en modo personaje o al revés se dirigen directamente al público, como narradoras, al inicio y en el transcurso de la obra, haciendo uso acertado de un recurso del teatro clásico en una contemporánea.

La obra crece por el gran talento de Guerra para conmovernos con la tragedia de esa madre ante la enfermedad de su hijo. La acompañamos en su angustia negatoria, su rebeldía y frustración ante las circunstancias y su permanente resistencia. A su lado, una maestra del teatro - Grapa Paola - da vida y emoción a varios personajes, entre ellos, la madre de un tipo despreciable que hizo caer en desgracia a Ana y que es su mejor amiga. El elenco se completa con Lelé Guillén, joven actriz que tiene la valentía de compartir el escenario con ellas e interpretar varios papeles, dándole a cada cual su particular acento. 

La dirección de Carla Valdivia - cuyo trabajo se encuentra centrado en el tema de la mujer y la maternidad - permite que esta obra nos genere total empatía con Ana, empequeñeciendo las objeciones legales o sociales por su "mala conducta". Los diversos personajes que rodean a Ana permiten revelar su dolor e impotencia. La historia se desarrolla con intensidad. Sin embargo, a mi gusto, parece dudar en la búsqueda del final y lo que debe caer por su propio peso se lleva un poco por caminos insolutos, como buscando la frase o posición inolvidable, que está poco antes del final y ni el autor ni la directora lo perciben, pero el público sí. Pero ese es un detalle menor ante la contundencia reflexiva y emotiva de toda la obra y merece el aplauso del público, especialmente por la gran actuación de Guerra.

La muerte nos toca de cerca a todos: el autor escribió la obra luego de la muerte de su hermana. Hace un año exactamente falleció Jorge Guerra, padre de Alejandra. Alguien en la sala podría agregar que ha perdido a alguien cercano y querido (yo perdí a mi hermano hace dos meses) y en todos los casos, siendo inevitable, nos resistimos a aceptarlo, pero pocos tendríamos el coraje de Ana para enfrentarlo hasta las últimas consecuencias.

David Cárdenas (Pepedavid)

10 de noviembre de 2025

jueves, 6 de noviembre de 2025

Crítica: EL CUARTO DE VERÓNICA


Las apariencias sí que engañan

Del mismo autor de clásicas historias de suspenso, como El bebé de Rosemary o Los niños del Brasil, viene presentándose en el Teatro de Lucía la puesta en escena de El cuarto de Verónica (1973), del dramaturgo y novelista estadounidense Ira Levin. Inscrita dentro del género del thriller psicológico, su estreno norteamericano no cosechó críticas muy entusiastas en su momento; sin embargo, el entusiasta director Rodrigo Falla Brousset demuestra el oficio logrado en los últimos años (con las temporadas de La madre, Sylvia o La ratonera, por ejemplo) y consigue un sólido producto teatral con numerosos aciertos.

Teniendo a un autor tan particular como Levin, no es de extrañar que el público asista ya prevenido ante cualquier sorpresa que le depare la trama; no obstante, el juego de apariencias que propone el dramaturgo es más complicado del que se puede intuir desde el inicio: una joven universitaria (Lilian Schiappa-Pietra) es convencida por una curiosa pareja de ancianos (Alexandra Graña y Gustavo Mayer), y con el consentimiento de su novio (el mismo Falla Brousset), para participar en un juego aparentemente inocente, el de hacerse pasar por Verónica, una mujer muerta años atrás, para reconfortar a una anciana enferma. Este es solo el punto de partida para la pesadilla que vivirá la muchacha cuando las fronteras entre la realidad y la ficción comiencen a desdibujarse.

Todo el primer acto (el mejor) brilla por la escalada de suspenso manejada con pulso firme por la dirección: la cantidad de información que se nos ofrece progresivamente (y como verdadera) contrasta con la ingenuidad de la joven, el bigote postizo del novio y lo artificioso del comportamiento de la pareja de ancianos. Manteniendo el contexto original del texto, se construye el ambiente opresivo requerido en donde, literalmente, nada es lo que parece. Una vez revelada la verdad (o las verdades, hasta el último minuto) el ambiente se vuelve tenso y perturbador. Muy buen trabajo del elenco, especialmente Schiappa-Pietra y Graña. 

El cuarto de Verónica, producida de manera impecable por Pedro Iturria y Lima New Stage Group, resulta un verdadero acontecimiento teatral en nuestra cartelera limeña, ya que no es común apreciar una obra con gran capacidad de generar tensión y explorar el miedo como mecanismo de control y sometimiento. Bien por Falla Brousset al ofrecernos una eficiente combinación de intriga, ambigüedad psicológica y ritmo dramático en la forma de thriller escénico.

Sergio Velarde

6 de noviembre de 2025

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Crítica: HUMANAS, DEMASIADO HUMANAS


Cada vez más cerca del futuro

El tiempo pareciera avanzar a pasos agigantados, con todas las ventajas y desventajas que ello conlleva. Las propuestas creativas acerca de futuros distópicos, en todos los formatos posibles, cada vez dejan de ser tan imposibles y se acercan más a una (peligrosa) realidad. El multifacético artista Yamil Sacin ya había explorado esta veta en una acertada propuesta anterior de teatro breve, llamada Sonríe (2024), en la que los avances tecnológicos y científicos servían a oscuros fines para controlar a la población. En esta oportunidad, y en la misma línea argumental, se presentó en el Teatro Esencia la puesta en escena de Humanas, demasiado humanas, con la dramaturgia y dirección de Sacin, obteniendo buenos resultados.

Luego de una catástrofe mundial, anticipada en un video previo en el que se nos muestra, inequívocamente, que los nuevos avances en tecnología no necesariamente sumarán a la sociedad, la humanidad se ve dividida en comunidades diametralmente opuestas: una rural y apartada del resto; y la otra, hipertecnologizada y a punto de deshumanizarse. Dos hermanas, que habitan estas comunidades por separado, se encuentran para resolver algunos asuntos y que depararán más de una sorpresa. Una ingeniosa trama que enfrenta a dos personalidades tan opuestas, y tan parecidas a las confrontaciones actuales en nuestra tan convulsionada sociedad.

Con una escenografía muy sencilla, lo destacable del espectáculo radica en las actuaciones, con personajes bien definidos por parte de Gabriela Artieda y Olga Kozitskaya, quienes consiguen buenos momentos en su enfrentamiento. Presentada por Krakens Producciones, Humanas, demasiado humanas de Sacin destaca por su interesante acercamiento futurista, no tan común en nuestra cartelera, y que permite reflexionar acerca de los más que evidentes peligros que se nos avecinan, muchos de ellos maquillados por oscuros intereses como adelantos que nos harán desarrollar como humanidad.

Sergio Velarde

5 de noviembre de 2025

martes, 4 de noviembre de 2025

Crítica: EDGARD: RETRATOS DE UN ACTOR


Homenaje a Edgard Guillén

En el centro del espacio, una gran silla espera en silencio. Desde una esquina, el actor Jaime Lema irrumpe con paso firme y presencia contenida: su sola aparición llena la escena. Así inicia este homenaje sensible y profundo a Edgard Guillén, figura esencial del teatro peruano, cuya vida y arte se reconstruyen ante nosotros a través del cuerpo, la voz y la memoria.

Lema nos conduce por las etapas vitales y artísticas de Edgard: su deseo inicial de ser actor, su encuentro con Juan Gonzalo Rose, el poeta y dramaturgo que marcaría su camino, y su tránsito por personajes emblemáticos, como una mujer, Ricardo III, entre otros, que Lema encarna con una versatilidad desbordante. Cada gesto, cada movimiento, tiene la sinceridad de quien no imita, sino revive.

La música acompaña con precisión poética: cada canción se convierte en un eco del alma de Edgard, en un fragmento de su historia. La silla, más que un objeto, se transforma en compañera, símbolo y vehículo: Lema la mueve, la carga, la habita, la convierte en escenario. Lo mismo ocurre con una manta que, en sus manos, deja de ser simple tela para volverse piel de múltiples personajes.

El cuerpo del actor moldea el tiempo y la memoria, representando la juventud, la pasión y la lucha de Edgard Guillén, el hombre que hizo del teatro su casa y que, incluso en sus silencios, siguió habitando el escenario.

Tras este recorrido íntimo y emotivo, Julio Granados entra en escena para continuar el relato. Lo hace desde la anécdota y el canto, sumando su voz a la del compañero. Juntos construyen una fusión de presencias, un solo ser: Edgard.

La obra culmina con ambos actores abrazados, fundidos en un mismo espíritu. Las luces se apagan lentamente, dejando en el aire la certeza de que el arte, como la memoria, nunca muere, solo se transforma.

Edu Gutiérrez

4 de noviembre de 2025

Crítica: TIMOTHY Y LA CONQUISTA DEL NUEVO MUNDO


Proyecto de país

La historia inicia con un grupo de piratas españoles que llega a un nuevo territorio lleno de riquezas y oportunidades. La ambición es el motor que mueve a casi todos los personajes, especialmente al capitán, interpretado con gran presencia escénica por Paco Caparó.

En contraste, Timothy, rol a cargo de Josefo Palomino, se muestra como un hombre digno, noble y profundamente humano. A diferencia de sus compañeros, no siente deseo alguno por el oro ni por el poder. Su corazón está en otro lugar: en las cartas que escribe constantemente a su amada, recordándola con ternura incluso en medio de la aventura.

Precisamente por su falta de codicia, Timothy es marginado por el resto de los piratas. El capitán, considerándolo inútil para el saqueo, le encarga otras tareas menores. Sin embargo, este aparente castigo se convierte en una oportunidad: Timothy se dedica, junto con Baltazar (Hendrick La Torre), a diseñar la planificación de una nueva ciudad en aquel territorio recién conquistado.

El proyecto, concebido con ideales de justicia y bienestar, pronto se ve amenazado. Cuando el capitán termina de saquear las riquezas del lugar y corromper a sus habitantes, decide buscar un nuevo tipo de poder: el político. Así, se enfrenta en unas elecciones contra Timothy, quien defiende su visión con argumentos éticos y racionales. No obstante, el capitán, hábil y manipulador, logra persuadir a todos y finalmente gana las elecciones.

Su gobierno marca el inicio del caos: la ciudad soñada por Timothy se derrumba, y el orden desaparece. En medio de la confusión, el dramaturgo, quien ha estado escribiendo e interviniendo en la historia de manera metateatral, muere trágicamente. Pero Timothy, fiel a su fe y a su pureza de espíritu, pide ayuda a Dios, quien escucha su ruego y resucita al dramaturgo.

Este milagro da paso a un momento de reflexión general: Baltazar asume finalmente su vocación de liderazgo, Timothy reafirma su propósito de hacer el bien, y el capitán, aunque derrotado públicamente, mantiene su poder desde las sombras, símbolo de los males que persisten ocultos en toda sociedad.

Bajo la dirección conjunta de Caparó y Palomino, la obra se construye como una sátira inteligente, con momentos divertidos y cómicos, pero también profundamente reflexivos. El trabajo musical acompaña con gran fuerza las acciones, reforzando la dualidad entre el humor y la crítica.

El montaje invita al público a pensar en el tipo de proyecto de país o ciudad que deseamos construir, cuestionando la corrupción, la ambición y la fragilidad de los ideales.

En el elenco de piratas e indígenas participan Dyllan Rosales, Antonio Farfán, Omar Chaparro Rimari, Daniel Barboza, Iker Rayme, Franco Poma, André Garragate y Alejandro Figueroa.

Edú Gutiérrez

4 de noviembre de 2025

lunes, 3 de noviembre de 2025

Crítica: TRIATRERO


Variedad de emociones 

Una interesante triada de obras cortas es la propuesta que Artes Escénicas y Actua.pe Producciones presentó en el Centro Cultural CAFAE-SE. Con la dramaturgia de Sergio Morán y bajo la dirección de Jonathan Chumpitaz, estas historias transitan entre el drama y la comedia, llevando al espectador por una montaña rusa de emociones. 

El elenco lo conforman Romina Viñas, Vero Serrepe y Leonardo Ich, quienes interpretan los diversos personajes con dinamismo. Así, en la primera entrega tenemos a T.I.D, que gira en torno a una mujer (Viñas) en conflicto con las voces que habitan en su mente (Ich y Serrepe). Quizá, como una forma de protegerse de sí misma y del mundo exterior, cayendo en un ciclo interminable en el que las distintas personalidades salen a relucir como una armadura frente a los abusos del pasado.  

Por otro lado, ¿Juntos para siempre? trae a escena la historia de Diego y Lili (Ich y Serrepe), una pareja con varios años de relación que decide romper de la forma más amistosa, tal es así que pretenden celebrarlo como si se tratase de un acontecimiento feliz. Pero, lo que en principio parecía estar consumado, podría dar lugar a un nuevo comienzo.

Finalmente, La promesa nos presenta a un hombre (Ich) conflictuado por un juramento que está a punto de romper por la llegada de una nueva ilusión (Viñas), pues le prometió a su difunta esposa (Serrepe) guardarle luto; sin embargo, su recuerdo aparece para detener cualquier intento de olvido. 

Triatrero fue una sostenida puesta en formato corto, que atravesó diversas emociones e hilarantes momentos, guiados desde la narrativa, que trató con ingenio temas como las relaciones personales, la convivencia, el amor y la salud mental. Complementando las escenas con música, juego de luces y utilería específica, lo cual consolidó la experiencia teatral, siendo un plus el orden en que se presentaron las obras.

Maria Cristina Mory Cárdenas

3 de noviembre de 2025

Crítica: ESQUIZOFRENIA


Sombras del pasado

Esquizofrenia es una obra que nos adentra en la compleja psique de Ignacio, un hombre cuya vida ha estado marcada por la violencia y el abandono. Desde el primer momento, el público se siente inmerso en un universo donde el tormento interno y los recuerdos reprimidos juegan un papel crucial. Tras un gran e impactante inicio se desvela una verdad fría e inquietante: Ignacio es un asesino.

La estructura narrativa de la obra se despliega de manera impactante a medida que Ignacio comparte su confesión. De allí en adelante notamos la habilidad del guionista para entrelazar diálogos conmovedores; resulta sin duda notable, sumado el lenguaje corporal de cada actor y actriz, que hacen que la puesta en escena se convierta en una experiencia sensorial única. No cabe duda de que los intérpretes ofrecen un despliegue energético y convincente, logrando que cada movimiento y acción física cuente una historia propia que refleja el desorden mental del protagonista. La dirección es magistral, trasladando el caos interno de Ignacio a través de una coreografía meticulosa que nos lleva a viajar por sus miedos y traumas.

El diseño técnico de la obra merece una mención especial. Las luces, cuidadosamente orquestadas, van desde tonos oscuros que evocan desesperación hasta destellos brillantes que sugieren momentos de revelación y esperanza. Además, el sonido acompaña de manera sutil pero efectiva, creando una atmósfera envolvente que sostiene la tensión emocional de la narrativa. Juntos, estos elementos técnicos no solo complementan, sino que elevan la experiencia escénica, asegurando que el espectador permanezca cautivado de principio a fin.

En resumen, Esquizofrenia es una obra que no solo explora el colapso de una mente fracturada, sino que también invita a la reflexión sobre la naturaleza humana y las sombras que pueden habitar en cada uno de nosotros. Con un elenco comprometido y una puesta en escena solvente, se convierte en un viaje emocional que resuena mucho después de que las luces se apagan. Sin duda, una experiencia teatral que merece ser vivida.

Javier Gutiérrez

3 de noviembre de 2025