¡Dios mío!
El problema de la estupidez tiene el mismo
valor metafísico que el problema del mal, o incluso más; porque podemos llegar
a pensar (gnósticamente) que el mal reside como posibilidad olvidada en el seno
mismo de la divinidad; pero la divinidad no puede albergar o concebir la
estupidez, y, por lo tanto, la mera presencia de los estúpidos en el cosmos
podría ser el testimonio de la muerte de Dios.
Umberto Eco
Teatro en el Perú, en definición de Marco
Antonio Huachaca, su creador, no solo es una productora de espectáculos
teatrales, sino también es una plataforma de integración escénica cuyo objetivo
es reunir a dramaturgos, actores y directores con el fin de montar obras de
teatro en nuestro medio. Es así como, a partir de una convocatoria de textos
dramatúrgicos, elige el de Juan Carlos Delgado para montar Padre
Nuestro, una comedia para una plataforma virtual, dirigida por el mismo Huachaca, quien también actúa junto a Lady Galloso y André Moyo.
Padre Nuestro es una historia escrita en
clave de comedia, con personajes que lindan con estereotipos. Daniela (Galloso)
y Fernando (Huachaca), una pareja de casados, atraviesan un proceso de
separación debido a una crisis marital y buscan la asesoría del Padre Martín
(Moyo), un sacerdote, quien debe ayudar a la pareja a superar esta crisis. A
esta se suma otra crisis, la sanitaria, que obliga a la pareja y al sacerdote a
reunirse a través de una videollamada. El espectador asiste, pues, a una de tantas
reuniones que la pareja y el sacerdote ya han sostenido, todas ellas
aparentemente infructuosas. Siendo esta la premisa principal, lo lógico en esta
historia sería que el sacerdote trabaje en función de lo que se hubiera
avanzado antes, o que al menos propusiera ejercicios a la pareja que resultaran
más novedosos o radicales. Pero no sucede así. Quien viera la obra sin que en
ella se mencionara la premisa anterior, pensaría que esta es la primera o
segunda reunión de la pareja con el sacerdote. Los diálogos, reflexiones y
ejercicios que el texto propone abundan en la mera superficialidad y en lugares
comunes. No es de extrañar que Daniela y Fernando no muestren progresos en esta
especie de “terapia de pareja”. Este importante detalle merma la credibilidad
de la historia de Delgado. Y, como veremos más adelante, no es el único que
genera este efecto.
El punto fuerte de este montaje radica en
la capacidad actoral de sus ejecutantes y la gran química que parece haber
entre ellos. Esto es especialmente patente en Galloso y Huachaca, quienes ya
han trabajado juntos antes en el notable montaje Secuestro.
La interacción entre sus personajes, en especial durante los primeros minutos
de la obra, nos habla de una interesante complicidad actoral y un buen manejo
de humor. El estereotipo de la pareja en crisis ha sido manejado con fluidez y
organicidad, sin caer en la exageración desmedida, salvo en uno que otro gag o
situación un tanto gratuita (por ejemplo, Fernando miccionando en plena
videollamada). Moyo, que se integró a esta dupla para este montaje,
parece congeniar bien con sus compañeros de escena y, como en el caso anterior,
su personaje establece una dinámica bastante fluida con Galloso y Huachaca. Nos
queda claro que los tres se han divertido, y mucho, haciendo esta obra.
Según nos cuentan el director y los propios
actores, el proceso creativo durante los ensayos fue especialmente prolífico.
Por lo menos en dos entrevistas, ellos mismos comentan que fue tal el grado de
complicidad alcanzado por el trío, que se dieron la licencia de improvisar
sobre el texto de Delgado (asumimos que con su anuencia) y hasta de añadir un
personaje omnipresente. Sería interesante contrastar el texto original con la
versión final de este montaje, a fin de ver cuánto de lo que hemos visto está
presente en el texto, y cuánto es cosecha del trabajo de exploración de los actores
y del director. Especialmente de este, quien tiene la responsabilidad de
decidir qué queda y qué no en el montaje. Decimos que sería interesante hacer
esta comparación porque el producto final nos genera una importante dosis de
desconcierto. Podemos entender que el Padre Martín, el personaje que interpreta
Moyo, parezca un sacerdote católico y que le rinda culto a una deidad a la que
llama “Papi” o “El Papi”. Podemos entender que se comunique con esta deidad a
través una estampa bíblica que funge de micrófono, con la misma fluidez con la
que Oda Mae Brown, la desopilante médium de Ghost, se comunicaba con el
fantasma de Sam. Podemos entender que el Padre Martín pretenda un candor que
raya en lo bobalicón, y que Daniela y Fernando se lo crean (o pretendan
creerlo). Pero lo que nos genera perplejidad es que el Padre Martín haga tan
evidente que le oculta algo a ambos personajes, y este algo que oculta sea tan
obvio, que uno ya no se pregunta qué secreto es este, o cuándo nos enteraremos
de él. No. Uno se pregunta cómo es que Daniela y Fernando no se han dado cuenta
aún. Por supuesto, cuando los secretos se revelan (incluso el del final) ya no
nos sorprenden en lo absoluto. Habida cuenta de que los actores y el director
son personas con luces y talento artístico, no se puede aducir que esto es un
defecto en el montaje. Por el contrario, lo que hemos visto aquí parece haber
sido puesto ex profeso.
Padre nuestro puede ser interpretada como
una comedia sin grandes pretensiones, más allá de divertir a su público a
través del gag y de la sorpresa que generan los secretos de sus personajes. Sin
embargo, puede ostentar también el humor del desconcierto, mostrándonos la
perversidad que evidencia la estupidez y la ceguera ajena, incapaz de ver la
verdad que se le planta, cuan obvia es, en las propias narices. El guiño
malicioso del pérfido sacerdote es la confirmación de que, efectivamente, Dios
ha muerto, y en su lugar ha quedado “Papi”, el dios de los estúpidos.
David Huamán
22 de marzo de 2021