miércoles, 17 de abril de 2019

Crítica: FALSARIOS


El cielo puede esperar

“Falsarios”, creación del joven y talentoso dramaturgo y literato Gino Luque, se monta por primera vez en un espacio fuera de lo convencional: la Casa “O” de Barranco, una casa republicana que Samoa Producciones ha intervenido y convertido en escenario teatral. La dirección está a cargo de Nella “Samoa” Álvarez, artista escénica egresada del Centro de Investigación Cinematográfica y con experiencia en teatro y televisión. Mientras que los roles protagónicos están a cargo de Andrea Alvarado (ganadora del premio Oficio Critico en Teatro para la infancia 2018) como Ana, Diego Pérez como Carlo, Renato Pantigozo como Tigre, Beatriz Ureta Hurtado como su esposa Silvia, y Piero Arce como el niño secuestrado. Por su parte, Álvarez ha encabezado el montaje de otras obras como “Asunto de Tres”, “Ligia en la Ciudad Gris” y “La Cábala”.

Una palabra que se puede usar para resumir el espectáculo escénico sería fuerza, pues en general todo es muy sobrecogedor. Además, es impactante desde un inicio y sorprende la creatividad de la producción de montar la obra de una manera particular. No se trata de un espectáculo convencional escenario-espectadores pasivos sentados en una butaca, pues exige del asistente tener una participación no en las actuaciones, pero sí en el movimiento: el “escenario” es el interior de la casa, en la cual sus diferentes ambientes son espacios en los que suceden las escenas y el espectador debe seguirlas. En un inicio, el público está sentado en círculo, mientras observa las escenas y un equipo de escenografía, que a la vez son personajes secundarios.

“Falsarios” es un drama policial donde el suspenso es lo transversal: una célula de una organización subversiva ha secuestrado al hijo de un policía, pero se ven acorralados y desgastados al momento de darse cuenta de su falta de experiencia y de sus dudas existenciales No hay muchas referencias exactas del origen su actuación política, pero hasta cierto punto no es necesaria: la acción gira en torno al drama de este secuestro y a las dudas morales de Ana, que llega a empatizar con el niño. Ella y Carlos están en una misión bajo los seudónimos de Rosencrantz y Guildenstern, los mensajeros en el clásico de Shakespeare, “Hamlet”. Los primeros diálogos son muy densos y no llegan a ser pedagógicos, en el sentido de explicar qué es lo que sucede. Ana quiere retroceder y le atormenta la idea de volverse una asesina, mientras que Carlo es racional e irónico y le conmina a terminar la misión. A partir de la tercera escena, la situación cambia totalmente, ya que los jóvenes están planeando el secuestro del menor. La escena en la que se transmite una filmación de los personajes en un desierto a las afueras de Lima (al inicio y casi al final) es muy llamativa, así como aquella en la que recrean un auditorio de cine. Esa interacción entre el teatro y el cine es poco común y en este caso, muy atractivo visualmente, el lenguaje cinematográfico es preciso.

Por otro lado, es muy interesante el juego con los tiempos que suceden entre las escenas, pues, al mismo tiempo, uno no llega a perder el interés en lo que sucede. La luz es un elemento para mencionar muy a favor: la luz amarilla sobre los actores y tras las puertas es muy oportuna, porque el contexto es muy común, con oscuridad en diferentes escenarios y momentos. Hay que reconocer el excelente trabajo de coordinación entre todo el equipo, pues un mínimo error habría echado a perder el interés en la obra.

Pantigozo tiene una actuación muy destacable, porque logra transmitir la angustia que es el rasgo característico de su personaje, un policía frustrado por el secuestro de su hijo y lo demuestra durante los tensos diálogos con su esposa; además, lo más destacable de su representación es su rostro, siempre con la mirada fija e intrigante. Pero la actuación más impactante es la de Pérez, debido a su gran capacidad de memoria y presencia escénica que no baja de intensidad en ningún momento y que llega a empatizar con el público, pues se trata de un personaje muy racional, pero al mismo tiempo, con gran sentido del humor y la ironía. De otro lado, es muy buena la utilería que se usa: sillas, la cabeza de un tigre gigante, el ecran, una cama de motel, el timón de un automóvil, etc., que le da al montaje una sensación muy realista y al mismo tiempo, algo vintange. Por momentos, da la sensación de que la obra sucediese en los años ochenta o setenta. Estos elementos tienen mucho simbolismo; en ese sentido, es reconocible la gran inteligencia con que se los usa. Con la frase: “El cielo puede esperar”, Andrea culmina la obra, pero el final nos deja una sensación de que uno “quisiese saber qué sucede después”.

Definitivamente, “Falsarios” es un gran montaje, muy atrevido, porque rompe esquemas escénicos del teatro limeño y además, innovador en muchos sentidos. Muy recomendable y estará en temporada de jueves hasta este domingo 21 de abril a las 8 y 30 pm en la Casa “O”, Av. 28 de Julio 230 en Barranco.

Enrique Pacheco
17 de abril de 2019

1 comentario:

Simon Durochefort dijo...

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