sábado, 24 de agosto de 2013

Crítica: EL NIDO DE LAS PALOMAS

¿Nos quedamos o nos vamos?

Definitivamente este es el año de Eduardo Adrianzén: no sólo alcanzó niveles de brillantez dramatúrgica con su última obra llevada a escena, La eternidad en sus ojos (2013), como un sentido homenaje a la veterana actriz Sonia Seminario, sino que también varias de sus piezas anteriores han sido revisitadas, incluidas Cristo Light (1997), a cargo de los alumnos del Club de Teatro de Lima; la magnífica Azul resplandor (2008), auspiciosamente estrenada en Brasil; y El día de la luna (1996), que será repuesta en breve en Teatro Racional. Se trata sin duda, de un interesantísimo autor que refleja, como ninguno, la dura época que le tocó vivir. En El nido de las palomas (2000), que viene presentándose actualmente en el Teatro Mocha Graña, Adrianzén nos transporta nuevamente a una etapa crítica que le tocó atravesar a nuestro país; la obra mantiene una total vigencia, gracias al director Renato Fernández y al trabajo en conjunto del elenco.

Adrianzén planteaba en aquella época la pregunta: ¿me voy o me quedo? Y si bien su postura en escena luce relativa, la pieza El nido de las palomas sí explora con acierto la desazón con el entorno que nos toca vivir y la idea de empezar de cero en tierras extrañas. Aprovechando en aquel entonces el embarazo real de las actrices Gabriela Billoti y Natalia Torres, el autor comenzaba a generar espectáculos más íntimos, ante la crisis existente a finales de los años noventa. Así como la Nina de los ochentas de La eternidad en sus ojos, la imperiosa necesidad de “evacuar” el país en medio de la crisis hace mella en la relación de Raúl (Patricio Villavicencio, protagonista de Demonios en la piel, también de Adrianzén) y Mónica (Yasmín Londoño); él está decidido a alejarse de un Perú cada vez más enfermo; y ella, embarazada de siete meses, no sabe si le darán la visa en su estado y además, no sabe realmente lo que quiere, especialmente con la llegada de Patricia (Isabel Chappell, de Bolognesi en Arica), también embarazada, pero desencantada de haber emigrado.

La preocupación de Mónica, por el nido que unas palomas han creado en el alero del departamento, resulta coherente con las consecuencias que traería el inminente viaje. El director Renato Fernández consigue un montaje entretenido, con una escenografía que remite (como menciona Gabriel Javier Caballero) a la misma confección de este “nido” a punto de ser abandonado. El elenco es bastante inspirado: Villavicencio logra trasmitir la preocupación que produce la responsabilidad de tener en sus manos una nueva vida; mientras Londoño y Chappell salen airosas del reto que significa el hacernos creer su falso embarazo y además, las motivaciones de sus acciones. El nido de las palomas, con poemas de Juan Carlos de la Fuente y presentada por La Tribu Escena, confirma a Adrianzén como uno de nuestros mejores y más sentidos dramaturgos; y esta tardía reposición, 13 años después, sigue conmoviendo y haciendo de nuestro duro recuerdo, la principal arma para enfrentar nuestro futuro.

Sergio Velarde
24 de agosto de 2013

domingo, 18 de agosto de 2013

Crítica: TU TERNURA MOLOTOV

La espera valió la pena

Luego de la intempestiva cancelación de la obra Tu ternura Molotov, programada para agosto del año pasado en el Teatro Luigi Pirandello, por fin asistimos a su reciente estreno en el Teatro El Olivar de San Isidro. Haysen Percovich se mantiene como director; y Pietro Sibille, como actor. Por su parte, Monica Rossi asume el protagónico femenino de esta ácida comedia del dramaturgo venezolano Gustavo Ott, que trastoca la vida de una pareja de esposos con la aparición de oscuros secretos de su pasado. Este autor es uno de los más populares en Latinoamérica, con un sentido del humor bastante peculiar que salpica todas sus obras, como Divorciadas, Evangélicas y Vegetarianas, Chat o Pony.

Un matrimonio común y silvestre conformado por Daniel y Victoria (él, abogado; y ella, presentadora de televisión) se prepara para pasar una romántica noche, pero la llegada por correo de la mochila extraviada hace 12 años por ella, provoca una álgida y justificada discusión: la aparición dentro del equipaje de fotografías y recuerdos de la turbulenta vida pasada de Victoria, que formó parte de un grupo terrorista y que además, se casó con uno de ellos, pone en jaque a un atónito Daniel, que no puede creer lo que está pasando. El resto es un explosivo diálogo, en el que descubrimos la verdadera vida de los esposos, llena de apariencias, falsas verdades, prejuicios, discriminación y racismo.

Con una introducción algo subida de tono y una, por ratos, impostada presentación de los personajes, el verdadero drama comienza con la aparición de la maleta perdida. A partir de entonces, cada acción que toman los esposos resulta totalmente creíble, gracias a las enérgicas actuaciones de Rossi y Sibille, bien orquestadas por Percovich. Tu ternura Molotov, ganadora del Premio Internacional Ricardo López Aranda en el 2003, se convierte en un sólido espectáculo (ahora sí, felizmente estrenado) que le propina una sonora cachetada a una nuestra idiosincrasia y que hace honor a su definición concebida inicialmente: una comedia implacable sobre la corrección política y la doble moral.

Sergio Velarde
18 de agosto de 2013

domingo, 11 de agosto de 2013

Crítica: LAS MUJERES Y WALLACE

Aprendizaje hacia la madurez

Desde agosto del 2003, y sorteando múltiples dificultades, el comprometido director David Carrillo viene desarrollando con éxito el Taller de Formación Actoral Plan 9. Y es efectivamente exitoso, pues se viene presentando en el Teatro Larco, en el horario alternativo de los martes y miércoles, una ingeniosa pieza integrada solo por egresados de dicho taller: Las mujeres y Wallace, escrita por el dramaturgo norteamericano Jonathan Marc Sherman en 1988. La mano firme y precisa del director se deja sentir en cada momento de la puesta en escena, logrando un montaje muy efectivo y entretenido, siempre permitiéndonos conocer a dramaturgos foráneos contemporáneos.

Presentada en continua ruptura temporal, Las mujeres y Wallace muestra la historia de un muchacho de 18 años incapaz de mantener una relación estable con ninguna mujer, debido al suicidio de su madre cuando él tenía 6 años. Los fantasmas, no solo de su madre, sino de todas las chicas con las que tiene contacto, lo persiguen a través de toda su visa, impidiendo su realización emocional. Las escenas se suceden de manera dinámica y cada personaje vuelve más complejo el temperamento de Wallace, dando como resultado momentos divertidísimos, así como también dolorosos y dramáticos.

Utilizando contados elementos y aprovechando la escenografía de la obra en horario estelar, el montaje fluye sin tropiezos, dejando ver el talento de sus intérpretes. El carismático protagonista Wallace Kirkman que compone Bruno Espejo, es el impecable hilo conductor de esta tragicómica historia, por la que desfilan algunas interesantes actrices egresadas del Taller de Formación Actoral Plan 9; entre ellas, Valquiria Huerta (de Bolognesi en Arica) y Mayra Olivera (de Opción múltiple), ambas vistas este año en las tablas. Las mujeres y Wallace comprueba no solo la sólida dirección de Carrillo, sino también la prometedora e importante labor que hace la Asociación Cultural Plan 9 en la formación de nuevos talentos de la escena nacional.

Sergio Velarde
11 de agosto de 2013

sábado, 3 de agosto de 2013

Crítica: HAMLET

Auténtica celebración del teatro

Paul Vega lo interpretó en 1995 y Bruno Odar, en el 2001: el regreso del Hamlet de Shakespeare a los escenarios limeños, siempre será bienvenido. En esta oportunidad, viene a cargo de Aranwa Teatro y ha traído varios aspectos por los cuales celebrar:

La apertura de un nuevo espacio, el flamante Teatro Ricardo Blume, ubicado en Jesús María frente a la Cámara de Comercio, sea acaso nuestra mayor alegría, especialmente en estos tiempos en los que los teatros son cerrados sin miramientos para inaugurar oficinas burocráticas. Acogedor, bien equipado, muy cómodo y con una interesante sala circular, que es por supuesto, bien aprovechada para el montaje en cuestión. La buena acústica permite también escuchar la música del compositor polaco Zbigniew Preisner, y la voz del mismo Ricardo Blume como el Espectro.

La adaptación del texto y la sobria dirección de Jorge Chiarella resultan impecables, logrando un montaje entretenido y fluido, lleno de impactantes secuencias e imágenes, como las exequias de Ofelia o el enfrentamiento final entre Laertes y Hamlet. La ágil presencia de los cómicos saltimbanquis le permite al director delimitar con claridad los diferentes espacios, utilizando estrados y cubos de manera muy funcional, sin perder nunca el ritmo necesario que una obra de dilatada duración exige.

El elenco está conformado por consumados actores, que comparten escena con intérpretes salidos de las canteras de Aranwa. A destacar el gran trabajo de Víctor Prada como Polonio, muy preciso, aprovechando al máximo sus líneas; así como el de Oscar Douglas, como el cómico narrador de la tragedia. Entre los jóvenes, Janncarlo Torrese compone a un sólido Hamlet, que va logrando momentos de gran emoción conforme avanza la puesta en escena. Destacable también Armando Machuca en su doble papel como Rosencrantz y el sepulturero.

Finalmente, el Hamlet de Aranwa es la quintaesencia de la celebración del teatro mismo: ya en el epílogo, la máscara del príncipe muerto es recibida por el cómico, para que la historia de poder y corrupción continúe y no se pierda en el tiempo. Chiarella sabe la importancia que tienen los actores y las artes escénicas, para retratar la podredumbre que rodea al ser humano, frente a nuestras narices. Aranwa Teatro nos propone con su emotivo y trágico Hamlet una auténtica fiesta teatral. ¡Felicitaciones por la reposición de este vigente clásico de la literatura universal y por supuesto, por su nuevo teatro!

Sergio Velarde
03 de agosto de 2013

viernes, 2 de agosto de 2013

Crítica: DÍA DE CAMPO O CÓMO SOBREVIVIR AL MUNDO

Los riesgos del teatro del absurdo

Trabajar una pieza de teatro del absurdo representa un gran riesgo, y desde el inicio, resulta un gran mérito para cualquier joven agrupación que decida llevarla a escena. Pues el grupo Sobrescena Teatro y Danza, con la dirección de Sofía Rebata, presentó en Teatro Racional su quinto montaje de teatro: Día de campo o cómo sobrevivir al mundo, pieza escrita por el dramaturgo argentino Cristian Palacios basado a su vez, en Picnic de Fernando Arrabal. Una obra que, haciendo gala de totales disparates, explora con acierto lo absurdo que resulta la guerra; sin embargo, la directora no se zambulló del todo en el género teatral que eligió, aunque sí logró un muy destacable acierto en la producción de su espectáculo.

El mundo está en guerra. Ya no existen fronteras ni países, y todos parecen haber olvidado el origen del conflicto. En medio de este panorama aparece un soldado (Fito Bustamante), quien debe resguardar su trinchera. Luego aparecen sus padres (Analía Laos, a quien vimos en El sargento Canuto junto a la directora Rebata; y Pepe Tejada), totalmente ajenos al caótico problema que enfrenta la humanidad, pero sí muy dispuestos a pasar un relajado día de campo con su hijo. Luego aparece otro soldado (Gabriel de la Cruz), tan confundido como el primero, que es capturado por el primero. Los nombres de los personajes nunca son mencionados y eso poco importa. La disparatada situación y los diálogos pudieron haberse lucido más, siempre y cuando el grupo revise algunos importantes aspectos.

Si bien el Teatro del Absurdo permite que cualquier hecho teatral sea válido, existen ciertos preceptos mínimos que deben seguirse. La construcción de los personajes de los soldados es adecuada, reflejando especialmente su confusión y humanidad; pero yerra en la de los padres, a menos que la directora haya intentado adrede presentarlos como un par de antipáticos sin remedio. La evidente diferencia de edades entre Laos y Tejada resulta inverosímil; especialmente la primera, como la imposible madre del primer soldado. Grave error también el de presentar diálogos pregrabados con un solo interlocutor; así se ensaye mil veces, nunca se logrará fluidez ni veracidad. La música también aparece y desaparece sin motivo aparente, a pesar de haber una escena en la que un personaje enciende y apaga una radio.

Una gran idea, como la de hacer participar a un invitado al azar dentro del montaje, sin motivo aparente, logrará su objetivo cuando toda la puesta en escena se ajuste a la propia naturaleza del absurdo. Por otro lado, el mayor acierto del montaje es el notable diseño escenográfico, que convierte el íntimo escenario de Teatro Racional en un verdadero campo de batalla dentro de un mundo apocalíptico. Día de campo o cómo sobrevivir al mundo arrastra los mismos problemas que otros montajes de temática similar, como Te odio y te quiero (2012), y no alcanza a otros, como a Fando y Lis (2009). Sin embargo, la obra del grupo Sobrescena es una puesta que puede alzar vuelo en futuras temporadas, replanteando los aspectos anteriormente indicados, para así obtener mejores resultados.

Sergio Velarde
02 de agosto de 2013

sábado, 27 de julio de 2013

Crítica: EL OTRO APLAUSO

Cuando dejamos de soñar lo mismo

Luego de finalizada la segunda (y esperemos no la última) función de El otro aplauso, escrita y dirigida por Diego La Hoz y estrenada en el íntimo hogar de Espacio Libre, el director se dispone a realizar un foro con los asistentes, para que se cierre el círculo del proceso teatral. Como el mismo Diego lo afirmó en aquel momento, la pieza nació en medio de los difíciles momentos por los que atravesó el grupo a lo largo de sus 14 años: con cercanos colaboradores y amigos separándose para seguir nuevos y acaso, más rentables proyectos; y con objetivos y anhelos que quedaron truncos, acaso por la falta de compromiso y lealtad. El otro aplauso trata entonces, de aquella terquedad de un puñado de artistas que se empeñan en soñar lo mismo, de aquellos necios actores que sólo quieren actuar para conseguir una única recompensa, ese verdadero aplauso, el merecido.

Dos actores que se encuentran de gira en una provincia del país, conversan en su camerino antes de dar por iniciada su función. Este sencillo diálogo, que encierra una serie de guiños para los teatristas de grupo y free-lance, es la materia prima para desarrollar los principios que viene esgrimiendo el mismo grupo Espacio Libre, para considerarse un verdadero grupo de teatro. Mientras que el Actor 1 es necio y terco para defender la mística que todo teatrista debe tener para seguir con su sacrificada labor; el Actor 2 ya ha tomado la decisión de retirarse, pues su colegio “le ha pedido que reconsidere su renuncia”. El sarcasmo se hace presente también, por supuesto, para matizar la contundente denuncia que hace el grupo, hacia aquel teatro, visto por muchos como trampolín para la fama y el lucro.

La química entre los actores Natalio Díaz y Karlos López Rentería, que ya habían logrado buenos momentos en Mientras canta el verano, es un punto a favor del montaje. La puesta en escena deja de lado el estilo realista para involucrar elementos más surrealistas. El íntimo espacio que ofrece la Casa Espacio Libre favorece la atención del público, y lo involucra dentro del montaje. Diego La Hoz nos comentó durante el foro, que éste fue el momento propicio para llevar a escena su obra, publicada en 2011; pues El otro aplauso, efectivamente, trasciende con creces la premisa particular para consolidarse como un sólido montaje de temática universal, acorde con la personalidad del grupo Espacio Libre y la de su director, incansables en su terquedad de continuar su labor como verdadero grupo de teatro.

Sergio Velarde
27 de julio de 2013

miércoles, 24 de julio de 2013

Crítica: LA CASA DE LOS SIETE BALCONES

La vigencia de los clásicos

Alejandro Casona es el perfecto ejemplo del llamado Teatro Poético. Este destacado dramaturgo y poeta español, también conocido como El Solitario, escribió una serie de notables obras teatrales, llenas de lirismo y un profundo contenido humano, que fueron injustamente maltratadas por autores y críticos en sus últimos años de vida, por considerarlas equivocadamente anticuadas. Nada más alejado de la realidad: sus piezas representan el perfecto equilibrio entre la ilusión y la fantasía, con momentos dramáticos muy conseguidos, salpicados por un fino humor. El estreno de La casa de los siete balcones en el Teatro de la Asociación de Artistas Aficionados (AAA), no hace otra cosa que reafirmar la total vigencia del autor y nos presenta a la joven agrupación encargada de la producción de la misma, llamada Baúl de Esmeralda.

En esta casa de siete balcones habita un variopinto grupo de personas, visitado también por ocasionales fantasmas del pasado. Ramón (Marco Antonio Huachaca, a quien vimos este año en El ornitorrinco) ha perdido a su esposa, pero se encuentra en amoríos con la codiciosa Amanda (Micaéla Távara, de Ojos bonitos,cuadros feos), ama de llaves de la casa, que se encuentra tras un tesoro escondido. Uriel (Jhan Paulo Mendoza), el hijo de Ramón, no puede hablar, pero sí consigue hacerlo cuando se encuentra a solas con su tía Genoveva (Noelia Mejía), quien ha perdido la razón, esperando la carta de su novio por años y además, única conocedora del paradero del botín. En medio de ellos, la jovial sirvienta Rosina (Ana Paula Delgado), que observa sorprendida toda la acción. La historia avanza sin tropiezos, con personajes bien caracterizados y un buen ritmo dramático. Finalmente, la justicia llega de una forma inusitada, pero perfectamente coherente con el espíritu poético del autor.

El joven director Victor Barco ya había debutado con bastante seguridad con La espera, muestra de su taller de teatro en Los Olivos. Y también conocía el universo de Alejandro Casona, con su intervención en la puesta en escena de Los árboles mueren de pie, dirigida por Raúl Vásquez, con el elenco de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega. Se nota la mano firme del director en el presente montaje, aprovechando las posibilidades histriónicas de su joven elenco, destacando el trío conformado por Mejía, Távara y Delgado. La casa de los siete balcones demuestra la vigencia de Casona y es un esfuerzo particularmente meritorio por parte de la joven agrupación Baúl de Esmeralda, que inicia su actividad teatral con pie derecho.

Sergio Velarde
24 de julio de 2013

martes, 23 de julio de 2013

Crítica: EL PERÚ JA JA

Celebrando las historias del Perú y del Teatro

Abrió sus puertas un 23 de octubre del 2003, en pleno centro de Miraflores, e inmediatamente se convirtió en el point de referencia teatral por excelencia, en la distinguida sala en donde ocurría “el mejor teatro hecho en el Perú” para algunos señeros entusiastas, en el nuevo “niño mimado” del público y de los medios de prensa, opacando a otros interesantes grupos de teatro que pasaron al virtual anonimato, especialmente en las listas de lo más destacable de aquellos fines de año, y menguando también la afluencia de otras salas alternativas, terminando algunas inclusive, siendo demolidas. Nada menos. La espléndida obra Metamorfosis fue la primera en ser estrenada en el novedoso escenario con piscina incluida; y su fundadora, Chela De Ferrari, la primera directora. Este 2013, por celebrarse la primera década del Teatro La Plaza, llega nuevamente como homenaje, el Asu Mare del teatro, la gran Clase Maestra de HP en clave de joda y con espíritu Shakes incluido, la irreverente comedia El Perú Ja Ja, dirigida por Rocío Tovar y estrenada, eso sí, en el Teatro Peruano Japonés de Jesús María.

Ignoro si sobre la obra en cuestión, así como con la cinta Asu Mare, pesa la misma maldición hacia todos aquellos que se atrevan a criticarla. En todo caso, como simple espectador, resulta imposible no contagiarse del gran trabajo en conjunto, pleno de entusiasmo y energía, de Carlos Carlín (¿Quién es? ¡El que no era Machín!), Pablo Saldarriaga, Christian Ysla y la banda La Roja. Siendo más estricto, pues en algunos pasajes los intermitentes gags no terminan de engranar y de cuajar; en otros, los dejos utilizados impiden entender al 100% los diálogos; la coartada que genera todo el embrollo (un ángel que debe convencer a dos suicidas que ser peruano es chévere, para así obtener sus alas) tiene una simplona resolución final; pero todo es finalmente secundario frente a la exacerbada parafernalia ejecutada en escena, que disculpa cualquier minúsculo desacierto.

La directora Rocío Tovar, bien asesorada por Raúl Zuazo para esta nueva versión del 2013, consigue con El Perú Ja Ja un gran divertimento, cuyo ritmo y fluidez no decae en ningún momento, haciéndole olvidar al respetable la dilatada duración del espectáculo. A destacar del trío protagónico, a Carlín (tan lejos de su anodino protagónico en La Chica del Maxim), gran comediante e improvisador, que se lleva los mejores personajes de la puesta, como su alterada Perricholi y su pituca Santa Rosa de Lima. Felicitaciones al Teatro La Plaza, por sus primeros 10 años formando parte importante de nuestra historia teatral, y también por haber producido algunos extraordinarios montajes, con tantos brillos como los de los independientes. Y claro, si para algunos todo teatro es comercial mientras se cobre entrada, pues entonces ¡albricias para todo nuestro teatro!

Sergio Velarde
23 de julio de 2013

domingo, 21 de julio de 2013

Crítica: EL HOMBRE ELEFANTE

Digno canto a la tolerancia

Inspirada en el caso de Joseph Merrick, el premiado drama El Hombre Elefante viene presentándose por primera vez en el Perú en el Teatro Mario Vargas Llosa, con la producción del Teatro de la Universidad Católica (TUC) y la dirección de Joaquín Vargas. Escrita por Bernard Pomerance y estrenada en Broadway en 1979, la obra nos presenta la triste historia de un hombre con neurofibromatosis y Síndrome de Proteus (enfermedades incurables que producen deformaciones por todo el cuerpo), que sobrevivió como atracción de feria en la Inglaterra victoriana, para luego ser rescatado por un compasivo médico, el Dr. Frederick Treves. Con tantos reconocimientos en su haber (Premio Tony, New York Drama Critic’s Award, Obie Award y Drama Desk Award), y una inolvidable adaptación cinematográfica a cargo de David Lynch, resulta virtualmente imposible no llegar a buen puerto con la obra teatral, y el actual proyecto en mención no es la excepción.

En el apartado técnico, tanto la escenografía como el vestuario lucen muy cuidados; aunque en el actoral, algunas actuaciones no alcanzan los niveles esperados, como los antagonistas Miguel Vargas y Jorge Bardales, así como también Jaclyn Ancani, muy débil en su doble papel. Por otra parte, el oficio de Mónica Domínguez, quien interpreta a la Sra. Kendall, una actriz que visita a Merrick (Sebastián Reátegui, feliz descubrimiento) por encargo del Dr. Treves (un demasiado correcto Hernán Romero), contribuye a lograr acaso la mejor escena de la obra: cuando el público reconoce la verdadera humanidad de Merrick, dentro de su dormitorio, mientras charla con la actriz y construye el modelo de una catedral. Su triste y lírico final es muy logrado y conmueve, llevando a la oportuna reflexión sobre el abuso de minorías para obtener beneficios propios, tan vigente en nuestros días.

Luego de leer la crítica de Gabriela Javier Caballero, debo escribir que el uso de las proyecciones en blanco y negro no me parecieron particularmente impertinentes: por el contrario, no sólo sirven para rendir un inequívoco homenaje a la notable cinta de Lynch, sino que también contribuyen a generar maneras alternativas de presentar algunas escenas clave (como la del Metro, por ejemplo) o para sugerir con cierta creatividad otras, dentro del gran campo onírico (como la presencia de los elefantes y la madre de Merrick). Totalmente de acuerdo, eso sí, con el gran acierto del montaje: la presencia del joven actor Sebastián Reátegui, quien armado sólo con su voz y cuerpo, nos convence de ser El Hombre Elefante y le otorga el necesario aire de humanidad que el personaje reclama. La pieza teatral constituye uno de los pilares fundamentales del arte en contra de la intolerancia y el prejuicio.

Merrick: “¡No soy un animal! ¡Soy un ser humano! ¡Soy una persona!”

Sergio Velarde
21 de julio de 2013

sábado, 20 de julio de 2013

Crítica: LOS ÚLTIMOS DÍAS DE CLARK KENT

Tragicómico revés de la DC Comics

¿Qué pasaría si Clark Kent no fuera en realidad Superman y la verdad que todos conocemos resultara ser una falacia? Esta interrogante es contestada en escena en la comedia de enredos Los últimos días de Clark Kent, adaptación que dirige Alexander Pacheco del original perteneciente al dramaturgo español Alberto Ramos. Y es que Superman es un héroe muy especial: no es Spiderman o Batman, cuyos disfraces esconden al superhéroe; el personaje de Clark Kent “es” el disfraz de Superman o Kal-El, último sobreviviente del planeta Krypton. En un disparatado e ingenioso revés al universo que ya conocemos, Superman y Clark son dos personajes distintos, con rollos existenciales muy diferentes, pero con los problemas de pareja que tenemos todos.

Los temores de Clark comienzan con la certeza de que Luisa no lo ama realmente, sino al superhéroe. Y el silencio de Luisa ante dicha pregunta, no hace otra cosa que confirmar la hipótesis. Pero el verdadero problema (y seguro escándalo si se descubriera) es que Clark Kent y Superman, realmente, no son la misma persona, pero los dos se acuestan con Luisa; ambos han mantenido vivo el engaño, y ninguno de ellos ha denunciado al otro, ya sea por temor o conveniencia. Cuando ambos deciden intercambiar de roles, es decir, con Superman (ahora sí) disfrazado de Clark conviviendo con Luisa, esta última caerá en una terrible contradicción: no soporta la perfección del superhéroe. La aparición sorpresa de un personaje clave de Smallville no hará otra cosa más que complicar la situación.

El montaje entiende bien la propuesta del autor, logrando comiquísimas escenas, así como oportunos momentos de reflexión. Los cambios de escena, eso sí, podrían ser más veloces, contando aún con un asistente vestido de Flash como apoyo. El acompañamiento musical en vivo resulta perfecto para el estilo de la puesta en escena. El director Alexander Pacheco aprovecha muy bien a su inspirado elenco: no podría haber actor más adecuado para representar a Clark Kent que Mario Soldevilla, quien ya había dado muestras de un enorme registro para la comedia en pequeños papeles como en La otra Bolena o El anfitrión. Con un gran dominio de texto, Soldevilla consigue una caracterización difícil de superar, bien secundado por Pablo Pita (como Superman) y las gratísimas presencias de Alexia Brazzini como Luisa Lane y Michella Chale como Lana Lang. Los últimos días de Clark Kent es una divertidísima comedia que estará en temporada todos los miércoles en el Teatro Mocha Graña.

Sergio Velarde
20 de julio de 2013