jueves, 28 de enero de 2021

Crítica: EL JARDÍN SALVAJE


Abrazo a la teatralidad

La crisis sanitaria, que viene extendiéndose ya casi por un año, no ha detenido la labor de los creadores escénicos. Desde los tempranos intentos por llevar propuestas de teatro a las pantallas de los dispositivos tecnológicos, mucho se ha experimentado, errado y avanzado hasta ahora. Además, las terribles deficiencias de nuestra conectividad, que han afectado a demasiadas propuestas en vivo,  ha animado a la comunidad teatral a adentrarse de lleno en el campo televisivo, con producciones pregrabadas en diversos espacios, pero manteniendo la teatralidad en su ejecución. Ese es el caso de El jardín salvaje, cortometraje escrito por Federico Abrill y dirigido por Omar Del Águila, grabado en el escenario de Agárrate Catalina y que mezcla de manera acertada elementos abiertamente teatrales en un relato de fantasía.

De entrada, Abrill nos propone una fábula que explora la imaginación y la libre creación de los más pequeños: un niño llamado Mí (Brayan Pinto) y su madre Má (Lucia Rua) llegan a la casa de la abuela; allí el muchacho encuentra un misterioso jardín habitado por Bicho (Karina Toscano), un ser incapaz de hablar pero que rápidamente traba amistad con Mí. La madre decide clausurar para siempre el jardín, pero Mí no está dispuesto a permitirlo. Todo atisbo de realismo en la historia es eliminado por Del Águila para abrazar de lleno la teatralidad, una necesaria decisión que le exige al público entrar en la convención acerca de la caracterización de los personajes: Mí luce muy mayor; la madre, demasiado joven; y Bicho es representado por una jovencita que hace piruetas en las telas que cuelgan del jardín. Las sólidas actuaciones y una historia que avanza sin tropiezos permiten el disfrute del espectáculo.

La dirección de arte, a cargo de Joseph Herrera, es atractiva y funcional, con una gran cantidad de cajas cercando el jardín y una iluminación que favorece los colores vivos y alegres. La composición musical de Gerardo Herrera acompaña con soltura las acciones. Escena Cultural y la productora Karen Guiselle Patiño ofrecen una entretenida y vistosa propuesta para toda la familia, que no solo le deja un mensaje muy positivo a los espectadores, especialmente a los más pequeños, sino que a través de su estilo nos hace extrañar la inimitable experiencia del teatro presencial. El jardín salvaje bien merecería una temporada presencial, cuando la crisis sanitaria sea controlada, para sumergirnos en la teatralidad que esta propuesta grabada nos evoca.

Sergio Velarde

28 de enero de 2021

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