viernes, 25 de septiembre de 2009
Crítica: ISMAELA Y LOS CAMINOS DEL JUEGO
Regreso al “Pueblo que no podía dormir”
El veterano grupo Cuatrotablas, con más de 30 años en la escena local, retoma un montaje estrenado en la convulsionada década de los 90 titulado “El pueblo que no podía dormir”, en el que vivíamos aún bajo la amenaza terrorista. Casi veinte años después llega “Ismaela y los caminos del juego”, un unipersonal basado en dicho espectáculo y dirigido por Mario Delgado, presentándose de manera itinerante en los Auditorios de la Asociación Cultural Peruano Británica. Ismaela es una niña ya crecida, que armada de una gran imaginación, sale de un ropero para jugar a la misma historia, pero esta vez con la ayuda de varios muñecos.
El montaje juega con varios personajes, identificados no sólo por los muñecos, sino por el trabajo corporal de la actriz, quien asume las distintas personalidades conforme avanza la historia. A pesar de lo incómodo que pueden resultar los Auditorios del Británico (especialmnete el de San Miguel), se utilizan todos los niveles, logrando aprovechar eficientemente el espacio del escenario. Algunas simbolos presentes en el montaje, como las banderas peruanas cortadas a la mitad en los costados del ropero, refuerzan el mensaje de la obra, de la patria dividida por conflictos políticos y sociales, y en donde los débiles son los que siempre resultan los más afectados.
A destacar la limpia labor de Antonieta Pari, actriz perteneciente a la Quinta Generación de Cuatrotablas y co-autora del presente montaje, quien realiza una intachable performance en escena, representando con bastante precisión a los variados personajes de la historia, utilizando eficientemente los elementos escenográficos y el vestuario, y creando ambientes utilizando sólo su cuerpo y su melodiosa voz. “Ismaela y los caminos del juego” es un sólido espectáculo que nos devuelve la memoria sobre aquellos aciagos días en los vivíamos en una ciudad que, literalmente, “no podía dormir”.
Sergio Velarde
25 de septiembre de 2009
domingo, 20 de septiembre de 2009
Crítica: MUJERES
Una guerra de los sexos interactiva
El tan trillado tema de “la guerra de los sexos” se puede apreciar hasta el hartazgo dentro del ambiente teatral: desde las divertidas comedias de Oswaldo Cattonne hasta las peripecias de singulares personajes dentro de un bus en movimiento, pasando por innumerables piezas de todo calibre, en el que se nos restriega en la cara que la mujer debe ser considerada a la par del hombre y que el machismo ya pasó de moda. Muchas veces cayendo en lugares comunes o en montajes tan fallidos, que hasta provoca llevarles la contraria. Es por ello que resulta muy saludable el estreno de Mujeres en el Club de Teatro de Lima, catalogado como un “show” teatral, en el que seis actores recrean los mismos “sketches” de siempre, pero imprimiéndoles frescura y aires nuevos tan necesarios en nuestra cartelera teatral limeña.
Las escenas se suceden sin parar, manteniendo un ritmo parejo. Y si bien son cuadros predecibles y vistos mil veces, la participación constante del público en las secuencias, el uso de coloridos elementos escénicos y el evidente agrado de los actores por su faena, vuelven positivo y muy entretenido al resultado final. Le debemos también al director Paco Caparó (siempre en la búsqueda de novedades), el haber estrenado un espectáculo con banda en vivo ¡en el Club de Teatro de Lima! Que recuerde, en muy contadas oportunidades durante los más de 50 años de trayectoria de la Escuela de Teatro del Sr. D’Amore, se optaba por utilizar música y voz en vivo en escena. Si bien los actores no son cantantes profesionales, el sólo hecho de prescindir de pista grabada y entonar correctamente las voces, convierten a este y a cualquier espectáculo en impagable. Dos momentos notables de la puesta: las hipócritas amigas se reúnen para conversar y rajar cada una de la otra; y el “hábitat” preferido de las mujeres analizadas por un científico machista.
A pesar del título de la puesta en escena, son los caballeros quienes muestran mayor seguridad y aplomo en el escenario: Renato Pantigozo, Jhosep Palomino y Gerardo Cárdenas saben disimular los baches en escena (inevitables por tratarse de un espectáculo en vivo basado en la improvisación), haciendo uso hábilmente de su capacidad como improvisadores. Las señoritas Andrea Fernández, Ivonne Trujillo y Cintia Díaz del Olmo lucen algo acartonadas e inseguras por momentos, pero logran cerrar el montaje dignamente con monólogos inspirados (supuestamente)en sus propias experiencias, y si bien con cierto tufillo moralista, por lo menos consecuentes con la propuesta inicial de reivindicar a las féminas dentro de un universo mayoritariamente machista. “Mujeres” es un agradable espectáculo interactivo bastante recomendable.
Sergio Velarde
20 de setiembre del 2009
sábado, 19 de septiembre de 2009
Crítica: PUNTO CIEGO
Nada es lo que parece
¿Cuándo se puede afirmar que una obra es trascendente? Acaso cuando el espectador siente que empieza una nueva vida luego de su visionado, acaso cuando el drama aborda temas sustanciales y “de fondo” que incumben a toda la raza humana, o acaso cuando al caer el telón resulta imposible retirar de la retina todo lo que hemos presenciado. El hecho es que el tema de las llamadas obras “trascendentales” abarca demasiados aspectos que aceptan múltiples interpretaciones. Y traigo este concepto a colación, luego de apreciar el nuevo montaje de Teatro Racional titulado “Punto ciego”, escrito por Claudia Sacha y dirigido por Carlos Acosta.
Las comparaciones resultan odiosas, es cierto, pero no puedo dejar de comentar que luego de ver la obra en cuestión, me sentí exactamente igual que al término de la función de "Solo dime la verdad", estrenada el año pasado en el CAFAE, escrita por Daniel Dillon y dirigida por el mismo Acosta. Esto fue lo que pensé: “La obra está bien actuada, bien escrita, bien dirigida, entretenida… pero, ¿y qué más?” ¿Es que acaso una obra teatral, para ser considerada “buena”, debe remecer al espectador y hacerlo reflexionar exhaustivamente sobre el aspecto que aborde? Personalmente, opino que no. Cada obra teatral, desde la dramaturgia hasta la dirección, deben estar encaminadas hacia un objetivo claro. Y si sólo se busca entretener, pues se trata de un objetivo muy respetable, que por cierto, muy pocas obras logran cumplir a cabalidad. Y “Punto ciego”, definitivamente, lo logra. Tanto Dillon como Sacha son dramaturgos contemporáneos, que buscan retratar, cada uno a su manera, nuestra turbia realidad desde lo cotidiano.
“Punto ciego” nos sitúa en la apartada morada de Agustín, un invidente que convive con su hermana Micaela y su enfermero Ernesto. En un inicio, la relación entre Agustín y la guapa Micaela resulta perturbadora, pero luego nos daremos cuenta que nada es lo que parece. Envueltos en la realidad en un perverso juego sexual, Agustín y Micaela tratarán de hacer participar en éste al noble personaje de Ernesto. La obra pudo haber seguido otros derroteros si Ernesto entraba de lleno en el juego, pero su negativa frustra un conflicto mayor y por ende, un final mucho más inquietante del que presenciamos.
Carlos Mesta, en el papel de Agustín, alcanza los momentos dramáticos con bastante fluidez, pero su invidente aún no resulta del todo creíble. Inclusive, conforme avanzaba esta trama de mentiras, podía suponerse que no se encontraba ciego en realidad. Sorprende la madurez de Nidia Bermejo en el papel de Micaela, quien resulta provocadora y sensual en las primeras escenas, para luego no desentonar en su transformación en la última parte. Tal vez este complejo papel estaba destinado a una actriz mayor, pero Bermejo lo asume sin tacha. A Tommy Párraga, como el enfermero Ernesto, no se le puede exigir más en un papel menor, que lo ejecuta con precisión y discretamente.
“Punto ciego” podría no tener una profunda trascendencia en los espectadores, pero sí que es un digno montaje, con ciertas fallas técnicas propias de cualquier estreno, pero que no ensombrecen los logros alcanzados por sus artífices, como por ejemplo el eficiente aprovechamiento del espacio que ofrece Teatro Racional.
Sergio Velarde
19 de septiembre de 2009
Crítica: ESPERANDO LA CARROZA
Tragicómica historia de familia disfuncional
Jacobo Lagsner, dramaturgo rumano-uruguayo, estrenó en 1962 una de las comedias costumbristas más clásicas en Latinoamérica, titulada “Esperando la carroza”. Y adaptó también su versión cinematográfica en 1985, con actores como Darío Grandinetti y China Zorrilla, consiguiendo un gran éxito. En nuestro país, el director Alberto Isola estrenó en agosto en el Teatro La Plaza ISIL su propia versión, logrando un divertido espectáculo, no carente de una certera crítica hacia la absurda hipocresía de nuestra clase media. La inexplicable desaparición de Mama Cora, abuela de una peculiar y disfuncional familia, provoca numerosos enredos y confusiones durante un domingo familiar, mientras los tres hijos y sus coloridas esposas, no atinan a encontrar la solución más sensata y se revelan ciertos secretos que generarán el caos familiar.
El cinismo y la hipocresía dentro del núcleo familiar es el generador de todo tipo de conflictos y situaciones descabelladas, pues diferentes personalidades deben aprender a coexistir dentro de un mismo espacio. La familia no se escoge, con ella se nace. De ahí que los variopintos personajes que deambulan por el escenario en “Esperando la carroza”, nos deleitan con una historia que, en el mejor de los casos, debería hacernos reflexionar más que reír. Isola, buen actor y mejor director, consigue sacar provecho del elenco que cuenta y potencia sus interpretaciones, logrando ingeniosos y jocosísimos cuadros de familia pletóricos de un incisivo humor negro.
Mario Velásquez, Ricardo Velásquez y Bruno Odar interpretan con bastante veracidad a los hijos de Mama Cora (y constituye también un homenaje de los hermanos Velásquez a su padre, don Carlos Velásquez, quien dirigiera la obra hace ya varios años en el Parra del Riego con Haydeé Cáceres y Reynaldo Arenas). Pero quienes se lucen realmente son las esposas de estos disfuncionales hermanos, a cargo de tres formidables actrices de diferentes edades y registros: Jimena Lindo, Norma Martínez y Ana Cecilia Nateri, quienes consiguen las mejores escenas de la puesta. El resto de actores (entre quienes figuran las notables Delfina Paredes y Magali Bolívar) tiene a su cargo una serie de personajes menores, sin mayor desarrollo dramático, pero interpretados sin tacha. “Esperando la carroza” puede parecer un montaje demasiado sencillo para el calibre de los actores participantes, pero es en realidad un sólido homenaje al teatro costumbrista que retrata con acierto nuestra propia idiosincrasia.
Sergio Velarde
19 de setiembre de 2009
domingo, 13 de septiembre de 2009
Crítica: TEREZA
A medio camino entre el cuento y el drama
Se estrenó en agosto, en la Asociación de Artistas Aficionados (AAA), la obra Tereza, a cargo del grupo Pasión Mystica, escrita y dirigida por Martín Abrisqueta, que nos presentó la historia de una princesa embrujada, que nunca encontrará el verdadero amor, pero termina casada con un plebeyo por error. Pero a pesar de ello, no se trató de un montaje dirigido a un público infantil, pues la trama también involucró a la vida del escritor de dicho cuento, quien se inspiró en su propia vida para escribirlo. Si bien ambas historias paralelas le pudieron otorgar mayor vuelo al montaje, la ejecución de algunas secuencias (algunas demasiado dilatadas y otras demasiado confusas) perjudicó el resultado final, aunque sin restarle el interés por completo.
Los universos paralelos: el mundo de fantasía narrado por un Sapo y la dura realidad de su escritor, lucen convincentes, excepto cuando dentro del cuento se cuelan elementos de nuestra realidad (los pintorescos personajes usan celulares y navegan por internet), lo cual genera la risa del público, es cierto, pero empaña la fantasía que se buscaba conseguir. El Sapo tiene monólogos demasiado largos, que podrían ser compensados con la utilización de más elementos en escena, además del juego de sombras. Se podría también incluir rasgos o características más definidas para los mismos personajes en ambos planos de la realidad, sobre todo al ser interpretados por diferentes actores. La publicidad de "Tereza" debe ser más clara al definir el estilo del montaje, para evitar la asistencia de niños que esperan otro tipo de espectáculo y que a la larga perturban la atención del mismo. Para ser el primer trabajo de Abrisqueta como autor y director, el resultado final es bastante aceptable, teniendo en cuenta el material humano con que cuenta y que viene afianzándose como un sólido grupo.
A destacar en el elenco a Santiago Moreno como el Sapo, quien logra salir airoso de la difícil tarea de mantener la atención con un texto excesivamente narrativo. Jacqui Chuquillanqui diferencia bien sus personajes: es divertida y exagerada como la paródica bruja Egolia, pero también es conmovedora y sincera como la esposa del escritor, siendo su canto en vivo uno de los momentos más íntimos y logrados del montaje. El resto del elenco no desentona y son creíbles dentro de la historia, interpretando diversos roles: Josse Fernández, José Medina, Javier Quevedo, Azucena Prieto y especialmente Luz Barrios en el rol protagónico. “Tereza” necesita ajustes en la dramaturgia y mayor vuelo de los elementos en escena para darle mayor agilidad y claridad a este digno primer intento de Abrisqueta y Pasión Mystica por generar sus propios productos teatrales.
Sergio Velarde
13 de septiembre de 2009
sábado, 29 de agosto de 2009
Crítica: CONCIERTO FUGAZ PARA UN SOL DORMIDO
Las infinitas posibilidades de las sombras
A lo largo del tiempo, las sombras siempre han fascinado al hombre, pues trascienden lo que nuestros sentidos pueden percibir. Como en la prehistoria, cuando los primitivos seres humanos las hacían frente a las fogatas dentro de sus cavernas. Éstas adoptan diversas formas y tamaños; hacen referencia a nuestra realidad, pero de manera trucada e inestable, por su intrínseca deformidad y abstracción. Las sombras invitan a la imaginación, a la magia y estimulan nuestra fantasía, pues insinúan sin dejar nunca ver, pues ellas permanecerán siempre en un plano ajeno, ajeno a nuestra realidad. Las sombras nos trasladan entonces, a un mundo fantástico, irreal, en donde se mezclan felizmente nuestros miedos, alegrías, sueños y pasiones.Es por ello, que las sombras siempre serán protagonistas de historias con fuerte carga fantástica, como en el caso de la puesta en escena de “Concierto fugaz para un sol dormido”.
El espectáculo está dividido en tres “tiempos”. En el primero, titulado “Canción de cuna para el recuerdo de un tiempo”, acompañamos a un anciano en su último viaje en bicicleta a través de sus recuerdos. En “Viento” asistimos a un divertido concurso de cometas en un barrio popular. Y en “La corrida”, el tercer tiempo y probablemente el más logrado, asistimos a una fiesta taurina, en la que el torero le tiene terror a un particular toro en dos patas. Estos tres cuentos de creación colectiva, alternan las sombras con los propios cuerpos de los “sombristas”: Helijalder Capristano Flores, Marie-Eve Lefebvre y Roger Méndez Águilar (quienes se encargan de la dirección y creación plástica del montaje), acompañados de títeres, múltiples pantallas, juego de luces y un retroproyector.
La agrupación peruano-canadiense El Cantar del Cárabo realiza un gran trabajo aprovechando las enormes posibilidades que ofrecen las sombras en toda su variedad. Perfeccionando y puliendo cada detalle aún más, como cuidar que ningún telón se mueva de su lugar, centrar las sombras de manera precisa en la pantalla y no permitir ningún resquicio por donde se pueda filtrar la luz, el grupo logrará que ningún espectador (especialmente los niños) pierda la magia que emana el montaje. "Concierto fugaz para un sol dormido" es un espectáculo muy recomendable, que se presenta actualmente en el Teatro de la Alianza Francesa de Miraflores los fines de semana.
Sergio Velarde
29 de agosto de 2009
A lo largo del tiempo, las sombras siempre han fascinado al hombre, pues trascienden lo que nuestros sentidos pueden percibir. Como en la prehistoria, cuando los primitivos seres humanos las hacían frente a las fogatas dentro de sus cavernas. Éstas adoptan diversas formas y tamaños; hacen referencia a nuestra realidad, pero de manera trucada e inestable, por su intrínseca deformidad y abstracción. Las sombras invitan a la imaginación, a la magia y estimulan nuestra fantasía, pues insinúan sin dejar nunca ver, pues ellas permanecerán siempre en un plano ajeno, ajeno a nuestra realidad. Las sombras nos trasladan entonces, a un mundo fantástico, irreal, en donde se mezclan felizmente nuestros miedos, alegrías, sueños y pasiones.Es por ello, que las sombras siempre serán protagonistas de historias con fuerte carga fantástica, como en el caso de la puesta en escena de “Concierto fugaz para un sol dormido”.
El espectáculo está dividido en tres “tiempos”. En el primero, titulado “Canción de cuna para el recuerdo de un tiempo”, acompañamos a un anciano en su último viaje en bicicleta a través de sus recuerdos. En “Viento” asistimos a un divertido concurso de cometas en un barrio popular. Y en “La corrida”, el tercer tiempo y probablemente el más logrado, asistimos a una fiesta taurina, en la que el torero le tiene terror a un particular toro en dos patas. Estos tres cuentos de creación colectiva, alternan las sombras con los propios cuerpos de los “sombristas”: Helijalder Capristano Flores, Marie-Eve Lefebvre y Roger Méndez Águilar (quienes se encargan de la dirección y creación plástica del montaje), acompañados de títeres, múltiples pantallas, juego de luces y un retroproyector.
La agrupación peruano-canadiense El Cantar del Cárabo realiza un gran trabajo aprovechando las enormes posibilidades que ofrecen las sombras en toda su variedad. Perfeccionando y puliendo cada detalle aún más, como cuidar que ningún telón se mueva de su lugar, centrar las sombras de manera precisa en la pantalla y no permitir ningún resquicio por donde se pueda filtrar la luz, el grupo logrará que ningún espectador (especialmente los niños) pierda la magia que emana el montaje. "Concierto fugaz para un sol dormido" es un espectáculo muy recomendable, que se presenta actualmente en el Teatro de la Alianza Francesa de Miraflores los fines de semana.
Sergio Velarde
29 de agosto de 2009
sábado, 8 de agosto de 2009
Crítica: EL MARQUÉS DE MANGOMARCA
Los problemas del espacio escénico
El escenario que brinda el Auditorio del Centro Cultural Ricardo Palma en Miraflores le impone al director de cualquier puesta en escena que se presente en ese lugar, una serie de dificultades que de ben ser resueltas con creatividad. Un enorme ecran como telón de fondo, la ausencia de salidas por detrás del escenario y un piano en uno de los extremos: un espacio muy similar al que ofrece la Casa de España, salvo que el Ricardo Palma le gana en ancho, pero no en profundidad. En el caso de “El Marqués de Mangomarca”, comedia escrita por Sergio Arrau y dirigida por Carlos Rubín, los inconvenientes del espacio le ganan a la propuesta estética, agravada por los colores principales del vestuario, a pesar de tener entre manos una farsa muy divertida, aunque irregularmente interpretada.
Como en todo buena comedia de Arrau, lo absurdo prima, ya sea en la descabellada situación o en sus hilarantes personajes, rematado en esta oportunidad con textos clásicos en los momentos precisos. En la lejana provincia de Mangomarca, el Marqués (Reynaldo Arenas) y el Conde (Luis Alberto Sánchez) hacen una apuesta para demostrar sus dotes seductivas en una joven aspirante a monja (Carolina Infante) y en una mujer que porta un molesto cinturón de castidad (Edith Tapia). Pero esta apuesta se comprende recién durante el desarrollo de la obra, pues en la primera escena (clave para el arranque de una buena comedia) las fallas con la dicción y el volumen de voz de Arenas y Sánchez impiden su total comprensión.
El director Carlos Rubín debe percatarse que algo no marcha bien, al obtener los personajes secundarios las risas y aplausos del público. A destacar en el elenco a Mirta Urbina, quien le saca provecho a su corta estatura para interpretar a la divertida criada. También Jeffrie Fuster se roba las escenas en las que aparece como el demonio amanerado invocado por el Marqués, con energía, precisión y un sorprendente oficio que lo vuelve el centro de atención, a pesar de compartir escenas con Reynaldo Arenas, quien luce algo perdido en determinados momentos. Pero es Úrsula Kellenberger, una actriz con un notable registro para la comedia, quien sobresale en sus dos papeles: como la madre superiora del convento y como Yocasta, la madre gaucha del Conde.
“El Marqués…” cumple la función de entretener, pero se resiente de un pobre diseño escenográfico y de vestuario. Los colores azulinos del vestuario no combinan con las maderas de los biombos, restándole puntos en el aspecto visual. Si no se puede cubrir todo el ecran con telones, es preferible no hacerlo, que esconderlo a medias. El piano es hábilmente integrado al montaje, acompañando el montaje con melodías interpretadas por Jairo Betancourt. La historia de los cuatro personajes principales debe ser interpretada con mayor energía, para disfrutar planamente este ingenioso texto de Sergio Arrau.
Sergio Velarde
08 de agosto de 2009
jueves, 30 de julio de 2009
Crítica: GRIEGAS. MALDITAS. GRIEGAS.
Los problemas de la auto-definición
Todo espectáculo teatral debe primero definirse así mismo para poder salir a escena, antes de ser apreciado por el público. Es una regla de oro que todo grupo, director o creador debe tomar en cuenta. En el caso de “Griegas. Malditas. Griegas.” presentada actualmente en el Teatro Mocha Graña, esta indefinición le cuesta caro al director del proyecto Emilio Montero, quien en el blog oficial de su obra (de impecable presentación, por cierto) escribe sus variados puntos de vista, que lejos de echar luces sobre su creación, la torna difusa e incoherente.
Vayamos por partes: en su primera entrada, el 14 de mayo, Montero presenta su creación como un Taller Montaje, en el que realiza una invitación abierta a todas aquellas actrices que deseen explorar los personajes femeninos de la mitología griega, haciendo énfasis en sus características de víctimas y victimarias por las circunstancias en las que les tocó vivir. Como todo Taller, la muestra final será el resultado del trabajo de exploración por parte de los participantes, que debe ser apreciado y, por qué no, evaluado como lo que es: un Taller. Es decir, que tanto pudo conseguir el profesor (ojo, no director) con sus alumnos durante el proceso, para poder así medir los avances de cada uno. ¿Será entonces ”Griegas…” la muestra final de este Taller? ¿O entender Taller como un Laboratorio?
Por otro lado, la definición que acompaña al título del Blog reza así: “Espectáculo teatral en proceso de experimentación”. Pero, ¿acaso no es cierto que todas las obras teatrales se encuentran en un proceso constante? La evolución y el crecimiento de una puesta en escena siempre estarán presentes a lo largo de las funciones y es casi seguro, que aun habiendo terminado la temporada, su techo aún no habría sido alcanzado. Por último, (y este es el detalle más saltante y preocupante) en la entrada del 15 de junio, Montero afirma que el estreno OFICIAL de su obra será en OCTUBRE. Entonces, ¿cómo definir el presente “Griegas…”? ¿Una temporada de pre-estreno? ¿Ensayos pagados con público? Sea como fuere, el dato del futuro estreno OFICIAL no figura en el programa de mano que se le entrega al público, sólo en el blog. Y en la invitación para la presente temporada se le menciona como un “estreno”. En resumen: “Griegas…” se encuentra en un nebuloso (y peligroso) limbo, que necesita con urgencia que su creador adopte una postura firme, que le da la definición que tanto le urge al montaje.
Al no saber con precisión la naturaleza del espectáculo, se hace difícil ensayar una reseña: “Griegas…” combina monólogos de seis actrices, quienes interpretan a personajes mitológicos, con secuencias de danza que unifican las historias. En términos generales, al espectáculo le falta aún mucho camino por recorrer. Como todo estreno, los nervios hacen mella en la ejecución escénica de las participantes. La que mejor supo hacerle frente fue Jazmín Londoño como Medusa, quien logró emocionar con sus líneas llenas de fuerza y matices. Le sigue Yasmin Loayza, quien asumió con bastante energía su monólogo, aunque dicha energía disminuyó al interactuar con sus compañeras. Paola Ubillus muestra seguridad en su participación, pero la falta de matices la vuelve muy lineal y monótona. El vestuario favorece a algunas, como a la guapísima y muy bien conservada Gabriella Billotti; pero le arruinó el monólogo a la veterana Mariella Trejos, quien tenía que hacer malabares para no tropezarse con su vestido. Sobre la participación de Susan León, quien entró a reemplazar a Paula Marijuán días antes del estreno, hay que destacar su constancia y profesionalismo en estos últimos años. Pero debe decirse que para la Reina Helena, Susan era la menos indicada para interpretarlo, tomando en cuenta su voz y físico, sumados a un vestuario que rozaba la vulgar, especialmente en la coreografía inicial. Sobre las secuencias de danza, éstas lucen muy pobres, poco estéticas y para nada sincronizadas. Las repeticiones constantes de los mismos pasos hacen más evidente esta situación, que debe ser remediada prontamente por el coreógrafo y el director.
En la entrada titulada "A quién complacer", el director Emilio Montero afirma no tener ni la astucia ni el arte para asumir el riesgo de “mostrarse en público”. Y admira a quienes lo hacen. ¿Pero quiénes son los que enfrentan las opiniones de los demás al salir a escena? PUES TODOS AQUELLOS QUE HACEMOS TEATRO. Y Emilio Montero, así diga lo contrario, no es la excepción. ¿Acaso pretende que sus montajes sean intocables e inobjetables, sin estar sujetos a juicios de valor por parte del público y gente de teatro? Apenas suena la tercera llamada, el espectáculo pasa a ser del dominio público, le guste o no. Y obviamente no obtendrá las mismas apreciaciones de personas que hayan visto, inclusive, la misma función. Porque de eso es lo que se trata el ARTE. El arte es polémica. Siempre lo ha sido y lo será.
Y el que Montero se muestre reacio a las críticas (sugiriendo que aquellos a los que no les guste su obra son "sombras inconformes y frustradas, que miran desde la acera de enfrente", según el blog) no le ayudará a mejorar sus continuos intentos de dirigir espectáculos teatrales. No tuvieron suerte ni su propia versión de “Bernarda Alba” (con un incomprensible cambio de género en las hijas de Bernarda) ni la puesta en escena de “Algún día trabajaremos juntas” (sin conseguir que tres veteranas actrices se escucharan en escena). Pero sí acertó con su adaptación de “El enfermo imaginario”, gracias a que él mismo asumió el papel principal: recordemos que Emilio Montero es, ante todo, un extraordinario actor. Y su emblemática actuación en “Tiernísimo animal” aún permanece en nuestra memoria, a pesar de los años transcurridos. ¿Se imaginan si Emilio hubiera utilizado el tiempo invertido en “Griegas…” para ensayar su tan esperado regreso a los escenarios?
Ningún artista puede pretender el complacer a todos. Pero tampoco, a nadie más que él mismo. El público está ahí, como último juez de todo el proceso creativo. Todos trabajamos para él. Siempre es positivo escuchar las opiniones de los demás, nunca temerles. Y debe entenderse la crítica como el único camino para mejorar el producto que tenemos en nuestras manos.
Sergio Velarde
30 de julio de 2009
sábado, 18 de julio de 2009
Crítica: MORIR
Un año caótico para Sergi Belbel
Terminó hace poco la temporada de “Móvil” en el Teatro El Olivar de San Isidro y ya se anuncia el inminente estreno de “Caricias” en la Alianza Francesa. Ambas piezas le pertenecen al autor y director español Sergi Belbel, al igual que "Morir", estrenada en las AAA en su 71º aniversario y dirigida por la suiza Marianne de Pury. Debemos reconocer lo interesante que es la dramaturgia de Belbel (no por nada se volvió un autor recurrente en este año), tan inspirado para retratar con sarcasmo e ironía las relaciones humanas; como también la agilidad otorgada por la directora a una obra de dilatada duración (14 escenas en 2 actos), a pesar de un evidente desorden en su ejecución escénica.
“Morir” nos describe como la Muerte se hace presente de manera aleatoria en la vida de 14 personajes y como un pequeño aunque significativo giro argumental, la vuelve errante y en reversa, hasta encontrar su víctima final en aquel que inició la racha. De Pury, quien también es responsable de la adaptación del texto, cambia las reglas propuestas por el autor para convertir esta versión de “Morir” en una comedia negra muy entretenida, con un repetitivo lamento muy celebrado por el público, cada vez que un personaje muere, pero que banaliza finalmente a la Muerte, restándole el peso dramático que el autor buscaba. Y este aspecto se nota claramente en las escenas que dan inicio y final a la obra (en la que se discute la importancia que tiene la Muerte en nuestras vidas), pues parecen no encajar con el resto de la puesta en escena.
“Morir” inicia con un guionista de cine, quien le cuenta a su mujer su última idea para una película. El tema es evidentemente la Muerte, que se convierte en su destino final a raíz de un paro cardiaco. Aparentemente. Pues la imagen del guionista hace apariciones constantes durante el resto del montaje, mientras deambulan los demás personajes: un heroinómano y su hermana, una niña y su madre, un paciente y su enfermera, una alcohólica, un motociclista y dos policías, una víctima y su asesino. Esta omnipresencia del guionista hace suponer que el resto de la historia es sólo ficción, convirtiéndola en un divertido juego escénico, pero nada más que eso.
En cuanto a las actuaciones se debe destacar a los jóvenes Mariananda Schempp y Rodrigo Palacios, quienes logran ser muy creíbles cada uno en su doble papel. Especialmente la primera, quien les da la justa réplica a actores tan consumados como Enrique Victoria y María Laura Vélez. Sorprende la poca energía y falta de matices en una actriz de enorme potencial como Gabriela Velásquez. Haysen Percovich y Ximena Arroyo aportan toda la dignidad que pueden en sus roles y en esas escenas claves tan discursivas y narrativas.
La puesta en escena es ágil, entretenida y amena, pero caótica por algunos pequeños detalles que a la larga se vuelven descomunales:
El color rojo, presente en las medias del guionista y en la ropa interior del heroinómano hacía suponer que dicho color sería el característico de las víctimas, sin embargo ¿por qué no se utilizó este simbolismo para el resto?
Si en algunas escenas se utilizaban ciertos elementos como vasos, botellas, jeringas, etc., ¿por qué en otras se trabajaba con elementos imaginarios y de manera tan primaria?
La inversión horizontal, como si fuera el reflejo del espejo, resulta notable en el séptimo cuadro, ¿pero entonces por qué no se hizo lo mismo en la escena del hospital?
Los actores deambulan de manera visible por el foro antes de iniciar su escena, o al terminarla, sin ningún orden u objetivo particular. Entonces, ¿por qué la madre de la niña caminaba de espaldas antes de iniciar la suya?
“Morir”, en medio del desorden que su directora no pudo controlar, se convierte en un entretenido espectáculo, pero sin la contundencia que el tema ameritaba.
Sergio Velarde
18 de julio de 2009
lunes, 6 de julio de 2009
Crítica: COPENHAGUE
Drama intenso sobre mecánica cuántica y física atómica
“A todos les digo que, antes de entrar a ver esta obra, deben tomarse un buen café. Hay que verla descansado. Es una obra que reivindica el placer que hay en lo intelectual”, nos dijo la directora Marian Gubbins en una entrevista realizada por El Comercio, unos días antes de estrenar el premiado drama “COPENHAGUE” de Michael Frayn en La Plaza Isil. ¿Cómo habrían interpretado los virtuales asistentes a este espectáculo estos necesarios requisitos que exponía la propia directora? Quizá los menos reflexivos habrían optado por “perderse” una obra en la que no comprenderían nada y quedarse a dormir en casa. Lo cierto es que, sin prejuicios de por medio, esta pieza dramática ganadora del Premio Tony en la que tres personajes dialogan sobre la bomba nuclear en un escenario con sólo tres sillas durante 1 hora y 45 minutos, logra finalmente envolvernos en su atmósfera, siempre y cuando se hayan seguido estrictamente las instrucciones de la directora.
“COPENHAGUE” expone la compleja relación entre dos hombres de ciencia, una relación que puede ser ya sea fraternal, entre padre e hijo o entre maestro y pupilo, en medio de la Segunda Guerra Mundial. Y si bien es cierto, la política los divide y el lenguaje científico que emplean les sirve de salvavidas para continuar la charla, el tema central es el encuentro de dos seres humanos llenos de memorias, afectos y rechazos. Además, estos hombres no son dos científicos ordinarios: son el físico danés Niels Bohr (Alfonso Santistevan) y el matemático y físico alemán Werner Heisenberg (Gerardo García Frkovich) , cuyo trabajo fue fundamental para la creación de la bomba nuclear, estando ambos en diferentes bandos durante la guerra. Este encuentro se realizó en Copenhague y la conversación de la que somos testigos es sólo una especulación de lo que en realidad pudo suceder. En medio de ellos, la esposa de Bohr, Margrethe (Bertha Pancorvo) es el necesario nexo entre estos dos hombres muy competitivos entre sí, pero que en el fondo se admiran y quieren.
Muy al estilo de “A puerta cerrada” de Sartre, de entrada caemos en la cuenta que estamos ante una reunión de espectros, que teatralizarán esta conversación en varias oportunidades para encontrar respuestas a las interrogantes planteadas. Es cierto que la dilatada duración de la puesta en escena puede cansar al espectador poco acostumbrado a este estilo de teatro. Pero es en el fondo, buen teatro. Y una dramaturgia de alto nivel. “COPENHAGUE” es un drama intenso, denso y bien interpretado. Especialmente la notable Pancorvo, quien asume con gran solvencia y dignidad el rol que le llevó a Blair Brown ganar el Premio Tony 2000 a la mejor interpretación secundaria femenina. Sin duda, un buen espectáculo en cartelera.
Sergio Velarde
06 de julio de 2009
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