miércoles, 17 de agosto de 2016

Crítica: MI NOMBRE ES 23

La aceptación del payaso   

Quizá son pocas las veces en que uno decide, por voluntad propia, cuestionar su vida: ¿Quién soy? ¿Hacia dónde estoy yendo? ¿Qué quiero de la vida? Sea como sea, estoy seguro de que no tendremos respuestas absolutas ni definitivas a esas preguntas, pero lo que sí obtendremos serán las sensaciones que nuestras propias respuestas nos dejarán: tranquilidad, alegría, preocupación… o tal vez arrepentimiento. Habiendo dicho esto, ¿se animarían a hacer la prueba?

Bueno, el pasado viernes 12 de agosto, en la Casa Paya de Barranco, alguien sí se atrevió: un payaso, y a la fuerza nos hizo a todos hacerlo con él. Este payaso llamado 23, interpretado por César García (Los Fabulatas, Casi Don Quijote) y dirigido por Paloma Reyes de Sá, hizo que sea posible encontrar en su vida de intentos (sí, de intentos, porque intentó enamorar, intentó trabajar, intentó ser alguien), una realidad que nos toca a todos, ¿o es que acaso hay alguno de nosotros que no intente ser alguien en la vida?

Es así que la gran riqueza de este unipersonal hecho por un payaso no está en la constante interacción con el público (ni los que bajaron al escenario ni el espectador que es tomado como “punto” durante toda la función), ni en los chistes, ni en la “joda”, que nos hicieron casi reventar el pecho de tanta risa. No, eso no es lo mejor porque eso es lo que todos esperamos de un payaso. Lo mejor de Mi nombre es 23 no reside en lo que este payaso nos dijo con risas sino en lo que nos dijo con lágrimas, y es que nadie espera que un payaso te enfrente a tus propias decisiones y a la reflexión sobre éstas.

Para mí, el momento clave de la obra es cuando 23 se dice a sí mismo “soy un payaso” y lo hace despectivamente, llorando, sintiendo que no tiene ni futuro ni espacio en el mundo de hoy, pero después se da cuenta de que esa es su naturaleza y no hay nada de malo ni equivocado en ella. 23 se conoce, se asume y se acepta, y sabe que si algo podrá lograr en su vida, debe de ser partiendo de su verdad: él es un payaso y ese es su camino. Esa transformación me parece valiosísima.

Cuando terminó la función no pude dejar de preguntarme cuál es el lugar de la vocación hoy en día cuando nuestras decisiones de vida están más ligadas al éxito económico. Si alguien siente que su vocación es ser payaso, ¿debajo de cuánto maquillaje de seriedad lo ocultaría para ser productivo y exitoso en otra cosa? Esta obra me hizo ver que no importa si mi nombre es 23 o Daniel o María o José. Lo que importa es encontrar nuestro camino y seguirlo.

Tuve la suerte de ver esta obra en su último día pero viene reposición, así que no se lo pierdan.

Daniel Fernández
17 de agosto de 2016