jueves, 28 de julio de 2016

Crítica #392: VAMPI: LA HISTORIA DE UN CONDE

Los valores atípicamente familiares   

¿Pueden un simpático vampiro atolondrado, un monstruoso súbdito y una niña huérfana reunir las condiciones para conformar una típica familia? Esa es la interrogante que nos propone la compañía teatral Cientos Volando y el dramaturgo y actor Juan José Oviedo (responsable de algunos montajes de interés como Tú no entiendes nada y Árido) con la puesta en escena de Vampi: La historia de un Conde. Ciertamente, el teatro dirigido a los más pequeños es el que cuenta con el público más sincero de todos, pero es igualmente cierto que este ha sido maltratado sistemáticamente a lo largo de los años por inescrupulosos productores teatrales, capaces de darle literalmente “cualquier cosa” con el único afán de lucrar. Sin embargo, en la presente obra, estrenada en el Centro Cultural Ricardo Palma, se aprecia un particular énfasis por darle a la familia un producto cuidado y novedoso, que logra en gran parte.

En estas épocas, en las que la sociedad en general se enfrenta a un cambio necesario y radical de algunos de sus valores ya preestablecidos, Vampi: La historia de un Conde  resulta a todas luces pertinente. Ambientada en un castillo gótico, la obra nos presenta al divertido chupasangre en cuestión, inspirado en un conocido relato de Bram Stoker, y su tierna relación con un enorme criado, inspirado a su vez en otro de Mary Shelley. Las cosas se complican cuando la sobreprotectora madre de Vampi envía a una jovencita llamada Dolly a trabajar en las labores del castillo. ¿Podrá el Conde detener su sed de sangre? ¿Podrá la monstruosa criatura contener su furia y dominar sus celos? ¿Se convertirá la muchacha en una pequeña vampiresa? ¿Lograrán los tres armonía familiar? La trama escrita por Oviedo es sencilla, pero prevalece la idea de reconocer la diversidad que existe dentro de los valores familiares, propuesta por demás, atinada.

La joven directora Grace Humire (actriz en Árido) logra convincentes caracterizaciones por parte del elenco, que integran Andrea Díaz Ghiretti, César Gabrielli Neyra y el mismo Oviedo, ofreciendo  a su vez una entretenida historia con pertinente mensaje incluido. Sin embargo, la utilización de algunos trillados recursos, como algunos sonidos y gags harto conocidos de programas televisivos, no suma al propósito de generar una atmósfera propia, agravado además por la presencia de un piano que bien pudo ser utilizado para conseguir la musicalización en vivo, durante toda la obra. Vampi: La historia de un Conde de la compañía teatral Cientos Volando es un aceptable producto infantil, ciertamente con un vuelo creativo en su propuesta, pero que podría alcanzar mayores brillos si logra crear un propio y particular universo en el que se muevan sus curiosas criaturas.

Sergio Velarde
28 de julio de 2016  

viernes, 22 de julio de 2016

Crítica #391: TRILOGÍA DE UNA DESPEDIDA

Un sentido trío del adiós   

Originada dentro de los talleres del colectivo Espacio Libre en 2010, la pieza Trilogía de una despedida vio la luz de los reflectores recién en el 2014. Escrita por Diego La Hoz y dirigida en aquella oportunidad como una muestra universitaria por Diana Hurtado, esta abordó tres conmovedoras historias acerca del adiós, tanto físico como simbólico. Los resultados obtenidos fueron muy correctos, estrenándose posteriormente en la ciudad de Arequipa con la dirección de La Hoz, la producción general de la Asociación Cultural Teatrando y la participación de la recordada actriz Sandra Santander. Este año, la mencionada obra regresa por tercera vez gracias al joven director Natalio Díaz (uno de los más aplicados pupilos de La Hoz) y a la productora D´NADA Teatro, en un nuevo espacio llamado Cuarta Maraña en el Cercado de Lima.

Los breves cuadros que conforman Trilogía de una despedida están escritos con emoción y sutileza: en  el primero, dos mujeres se separan debido a la enfermedad de una de ellas; en el segundo, una niña conversa con su padre ausente; y en el último y acaso el más conseguido del trío, dos hermanos separados por la tragedia se reencuentran en el jardín de su casa. El íntimo espacio que ofrece Cuarta Maraña, de gran parecido con la actual Casa Espacio Libre, es un protagonista más del montaje, con el público permitido ubicado frente a una pared con una ventana enrejada y una puerta, ambas bien aprovechadas por el director y los actores. Las historias, si bien independientes entre sí, encuentran algunos paralelos que Díaz inteligentemente propone en su montaje para enriquecerlo.

Por su parte, el elenco está conformado por jóvenes actores que cuentan ya con interesantes trayectorias: Ethel Requejo, la gran revelación de Los dos hidalgos de Verona; Miriam Guevara, que viene demostrando su versatilidad en montajes como Nosotros los burócratas y Auto; Johann Allpas, preciso actor en Tres y El león; y el también director Miguel Torres, responsable de Más pequeños que el Guggenheim. Acompañan con bastante soltura Ángela Berenice y Katty Llaja. Natalio Díaz, en esta su tercera aventura como director, consigue un efectivo resultado llevando a escena esta conmovedora Trilogía de una despedida, imprimiéndole además su sello particular.

Sergio Velarde
22 de julio de 2016

domingo, 17 de julio de 2016

Crítica #390: CASI DON QUIJOTE


Libérrima versión del Caballero de la Triste Figura   

Conmemorando el cuarto centenario del fallecimiento de Miguel de Cervantes Saavedra, máxima figura de la literatura española, se viene presentando en el Teatro del Centro Cultural de la Católica la puesta en escena para toda la familia llamada Casi Don Quijote, versión libre de la novela cumbre por excelencia en nuestro idioma. Pero a pesar de las muchas libertades que se ha tomado la directora Paloma Reyes de Sá (responsable de la exitosa Los Fabulatas) para llevar a cabo su proyecto, la esencia del Caballero de la Triste Figura se mantiene intacta, en un montaje apoyado en el carisma del elenco, que interpreta precisamente a una troupé de actores que se embarca en el difícil reto de llevar a escena la historia del Quijote, así como también en un ingenioso y vistoso diseño escenográfico que ayuda a crear los ambientes para representar algunas de las clásicas aventuras del hidalgo caballero.

En cuanto a la puesta en escena, por un lado destacar el maquillaje y el vestuario de los actores, así como también la funcional y llamativa escenografía, pero que anticipaban ciertamente una historia atemporal ambientada en cualquier lugar del mundo y no precisamente en el Perú. Sin embargo, las constantes referencias localistas (además de una canción de Aerosmith) pueden funcionar como graciosos efectismos, pero rompen en cierto grado la magia que los actores van creando en escena: todos los cuadros, desde el primer encuentro del Quijote con Sancho Panza y su ilusión por Dulcinea hasta la obligatoria secuencia con los molinos de viento, están ejecutados diestramente, siendo prescindible cualquier detalle que sitúe innecesariamente la historia en un lugar o tiempo determinado. Por otro lado, el paralelo entre los sueños del Quijote y los de los actores por no dejarse vencer y cumplir sus objetivos resulta ingenioso y entendible en el montaje.

A destacar la actuación de Manuel Gold, prestándole su delgada apariencia física y su particular registro vocal a una joven y convincente versión de Alonso Quijano. A su lado, los versátiles actores Cesar García, Fiorella Kollmann, Francisco Luna y una divertida Lizet Chávez, lo secundan interpretando diversos roles con gran versatilidad. Casi Don Quijote, libérrima adaptación del clásico universal, vale como un sano entretenimiento para los más pequeños y funciona también como un pertinente homenaje a Cervantes. Queda en la talentosa directora Paloma Reyes de Sá el de crear universos verdaderamente propios para sus futuros proyectos, evitando así cualquier innecesaria referencia, para así lograr un producto completamente atemporal e independiente en su propia concepción.

Sergio Velarde
12 de julio de 2016

viernes, 8 de julio de 2016

Crítica: SILENCIO SÍSMICO

Radiografía nacional antes del desastre   

Nuestro prolífico dramaturgo nacional Eduardo Adrianzén tiene una serie de notables obras escritas y estrenadas en el Perú y en el extranjero, por lo que se hace muy difícil elegir, de entre todas, la mejor. El traspié que significó el montaje de Humo en la neblina (2015), su particular homenaje a Sebastián Salazar Bondy, no hizo olvidar sus aciertos anteriores en las acaso subestimadas Cómo crecen los árboles y Los veranos son cortos (2014) y especialmente, en la enorme La eternidad en sus ojos (2013). Y si bien en las puestas en escena de sus biopics puede acertar, como en Demonios en la piel (2007), así como también trastabillar, como en Sangre como flores (2011), nadie le gana a Adrianzén al querer retratar, desde su particular óptica de vida, el estado anímico de una nación golpeada por una violencia generada por los mismos habitantes.

En Silencio sísmico, estrenada en Teatro de Lucía, el autor vuelve sobre temas que conoce muy bien y tratados con anterioridad, como las brechas generacionales en El día de la luna (1996) o la necesidad imperiosa de migrar en busca de mejores oportunidades en El nido de las palomas (2000). Una joven comunicadora llamada Sole quiere viajar para empezar una nueva vida, antes de que se instale el nuevo gobierno; pero su madre Esther, dedicada a la lectura de cartas y una más de las sobrevivientes de la época de terrorismo, augura un devastador terremoto en la ciudad si Sole llega a viajar. Gran coartada dramática de Adrianzén: para lograr un verdadero y radical cambio en el ciudadano común, la amenaza del inminente sismo en la ciudad gana un enorme protagonismo; mucho más que el diluvio que finalmente la destruyó en Nunca llueve en Lima.

Pero Silencio sísmico no solo aborda este conflicto entre madre e hija: la sarcástica abuela Doris debe lidiar también con los genios de dos exnovios de su nieta, el indeciso Ariel y el acomplejado Cristian, cada uno con su propio "rollo" existencial, ambos escritos con maestría por Adrianzén. En medio de este cuadro familiar, un puñado de reconocibles personajes en cuatro secuencias independientes de la línea argumental principal; cada una hilarante y contundente en su propia y feroz ironía, nos muestra por qué no suena tan descabellado pensar que un desastre natural nos fuerce a tener un nuevo inicio: tres hipsters esperan frente a un restaurante al lado de una vendedora de frunas, tres actores de un comercial electoral tienen serias discrepancias para cumplir con la grabación, los asistentes a un mitin aguardan impacientes sus “regalos”, y los habitantes de un exclusivo balneario reciben un delivery de sushi. La dirección de Oscar Carrillo es inteligente, ordenada y efectiva, utilizando hábilmente los justos elementos para hacer creíbles los cuadros.

En el apartado de las actuaciones, solo queda celebrar el compromiso de cada miembro del elenco con los personajes que les toca interpretar. Ximena Arroyo, tremenda actriz en La eternidad en sus ojos, se supera a sí misma demostrando una enorme versatilidad tanto en comedia como en drama; mientras que su madre, la primera actriz Sonia Seminario, encuentra el equilibrio perfecto para sus intervenciones en esos papeles de apoyo, escritos por el autor especialmente para ella. Los jóvenes Giovanni Arce y Alain Salinas están impecables; pero es la excelente Rosella Roggero la gran revelación de esta pieza, que se convierte en una radiografía sobresaliente e imprescindible de un país que espera solo el desastre para empezar de nuevo.

Y sí, Silencio sísmico es la mejor obra de Eduardo Adrianzén.

Sergio Velarde
8 de julio de 2016

miércoles, 6 de julio de 2016

Crítica: CUANDO SEAMOS LIBRES

Estimable proyecto educativo de diversidad sexual   

El espectáculo de teatro testimonial Desde afuera (2014), estrenado por el colectivo No Tengo Miedo en la Casa de España, fue una pertinente puesta en escena que mostraba la dura realidad de cinco limeños no heterosexuales en nuestra conservadora sociedad: las de una lesbiana y un homosexual, así como las de una bisexual y dos transexuales de géneros opuestos. La amplia gama de testimonios, bien dirigidos en escena por  Gabriel De la Cruz y Sebastián Rubio, permitió conseguir uno de los montajes más interesantes y conmovedores de aquella temporada. Dos años después, la comunicadora Carolina Silva Santisteban llega al Centro Cultural Ricardo Palma con Cuando seamos libres, puesta en escena con el mismo formato, pero con una ejecución y resultados muy diferentes.

Cuando seamos libres, que forma parte de todo un proyecto educativo junto a un canal en YouTube y su canción con videoclip oficial, se estructura en base a, esta vez, los valientes testimonios de solo cuatro muchachos, dos gays y dos lesbianas, en medio de una ciudad tan hostil como la limeña. Sus anécdotas, algunas muy divertidas y otras indignantes en igual medida, logran conmover al espectador cuando estas se alejan del dilatado discurso (como algunas de las primeras) y van directo al grano (como casi todas las últimas). Apoyados por una efectiva musicalización en vivo y una curiosa y colorida escenografía que se podría prestar a múltiples lecturas, los intérpretes lucen carismáticos y espontáneos. Se nota un interesante uso de la cámara de video por parte de la directora, con acciones concretas desarrolladas en vivo (como, por ejemplo, el dibujo de la marcha en la plaza), que le otorgan a la puesta el carácter testimonial deseado.

Si bien es cierto, el montaje tiene indudables aciertos con momentos muy conmovedores, el histrionismo de Sergio Cano, Sergio Armasgo y especialmente, Alejandra Ibañez (actores en la vida real), le resta irremediablemente algo de aquella sinceridad escénica de la que hace gala la arquitecta y activista Gabriela Zavaleta, cuya carencia de trayectoria teatral le permite conseguir los momentos más emotivos y honestos de la obra. Cuando seamos libres es una apreciable contribución artística de sensibilización a cargo de Carolina Silva Santisteban y Vodevil Producciones, que alcanzará en sus ya anunciadas giras por el interior del país y en el extranjero, resultados mucho más positivos a los ya conseguidos, cuando el elenco deje aflorar los sentimientos sin saturaciones y pueda controlar los innecesarios excesos y disfuerzos en sus testimonios.

Sergio Velarde
6 de julio de 2016

miércoles, 29 de junio de 2016

Crítica: FIESTA EN EL BOSQUE

Clásica fábula revisitada   

Desde el estreno de Achikée, la tierra seca (2009), el colectivo Palosanto Teatro y Comunicación y su director Ismael Contreras vienen presentando interesantes espectáculos para toda la familia en el Centro Cultural CAFAE, teniendo los primeros una temática ecológica: así desfilaron La zorra vanidosa (2010), que priorizaba los cuidados por su hermosa cola en demérito de la contaminación del bosque; el alcalde de Villasucia (2010), que descuidaba irresponsablemente la limpieza de su ciudad; y los niños de Zacatapum (2012), que querían impedir a toda costa la tala de un árbol. En El Botón de Plata (2013) se cambió dicha temática por la de la superación por méritos propios a pesar de las adversidades, utilizando la luz negra para su puesta en escena. Pues bien, la última obra de Palosanto, titulada Fiesta en el bosque, se inscribe en este último grupo, aprovechando los mencionados recursos lumínicos para narrar la clásica fábula de la liebre y la tortuga.

Escrita por Contreras, pero esta vez dirigida por su hija (la debutante Marisa Contreras), la obra tiene el mérito de generar suspenso entre los más pequeños a pesar de lo archiconocida de su anécdota. Fiesta en el bosque inicia con un prólogo a cargo de Pinocho y Gepetto, ambos en forma de títeres y alumbrados por luz negra, quienes nos cuentan la historia de la gran competencia en el bosque, en la que la Liebre ya se da por segura ganadora ante la ausencia de competidores. La aparición de la Tortuga y su posterior participación en la carrera sacarán a relucir la soberbia del roedor, quien perderá el trofeo anhelado aprendiendo en el camino una valiosa lección.

La puesta en escena es muy atractiva, luciendo un gran colorido en la escenografía y en los vestuarios. Los actores representan acertadamente a los animales del bosque: Geraldine Díaz, Álvaro Zubiaurr, Liz Navarro, Juan De Los Santos y especialmente, Julio César Delgado (actor en Palosanto desde Achikée, la tierra seca), dentro del caparazón de la entrañable Tortuga. La participación de los niños es activa en todo momento, reflexionando con la moraleja de la historia. Acaso un par de canciones con la voz grabada no contrasten favorablemente con la voz en vivo en otras; sin embargo, Fiesta en el bosque del maestro Contreras cumple en términos generales con los requisitos para estar a la altura de la calidad demostrada por Palosanto a lo largo de los años.

Sergio Velarde
29 de junio de 2016 

Crítica: LA HUMILDE DINAMITA

Explosivo ejercicio de memoria   

Con el respeto debido hacia aquellos espectáculos que solo buscan entretener, las artes escénicas tienen una indudable e ineludible función formadora. El teatro debe provocar, intrigar y mover al espectador hacia la reflexión, ya sea para despertarle de su desidia o para recordarle tiempos pasados, especialmente en un país con una memoria tan frágil como el nuestro. En ese sentido, el estreno de La humilde dinamita, escrito y dirigido por Marbe Marticorena en la Alianza Francesa de Miraflores y producido por la compañía Revuelo arte/escena, constituye una valiosísima y brillante propuesta teatral que no solo remueve nuestra conciencia, sino que se convierte en una de las temporadas más sólidas e interesantes en lo que va del año, denunciando los excesos cometidos por ambos bandos durante la guerra interna que azotó nuestro país en la década de los ochentas, de una estilizada y arriesgada manera.

Siguiendo el sendero que dejara otra notable pieza, como lo fue La cautiva (2014), y también demostrando una gran valentía (recordemos que el mencionado montaje fue acusado burdamente como apología al terrorismo), Marticorena apuesta por la no-violencia a través de una puesta que destila precisamente violencia por todos lados, pero felizmente salpicada por un humor negro (a veces de trazo demasiado grueso) que la hace finalmente digerible y sorprendentemente, conmovedora. Bien por la Alianza Francesa el de presentar apuestas teatrales que toquen temas históricos recientes, sin temor a la “polémica” que bien podrían generar. No es casualidad entonces que los fines de semana podamos ver, en el mismo espacio, Los justos de Albert Camus.

La humilde dinamita nos lleva en el tiempo al epicentro mismo de la violencia, en donde la dramática injusticia existente en la sierra de nuestro país provoca mucho dolor en las familias; muchas de ellas terminan siendo fragmentadas. Es justamente una de esas tristes historias la que llega al escenario, narrada por un ambiguo ser llamado Apu: la pérdida de la inocencia de Jonás, a quien su hermana busca reclutar en un grupo armado y que termina involucrado en actos de terrorismo. La autora dirige con habilidad y tino su propia historia, valiéndose de los recursos histriónicos de los actores, acompañados por música y sonidos en vivo. El sarcasmo y la ironía dosifican la estilizada violencia inherente al drama, logrando algunos hilarantes momentos, como la visita de Jonás a un restaurante capitalino o el talkshow conducido por Apu.

Marticorena, quien ha supervisado la lucha escénica en infinidad de montajes teatrales, no descuida las interpretaciones de su elenco. César Golac y Lelé Guillén están notables como la pareja de hermanos separados por el terror, especialmente esta última, en una desgarradora actuación. Lilian Nieto aporta su experiencia para convertirse en la perfecta narradora omnisciente de los dramáticos sucesos que le toca describir. Buen trabajo en conjunto también de Rolando Reaño, César Chirinos, José Avilés y Omar Peralta, interpretando cada uno a varios personajes con precisión. Mención aparte merece la reaparición sobre las tablas de Angelita Velásquez, conmovedora hasta las lágrimas como la madre que busca incansablemente a su hijo, recitando en quechua todas sus líneas. La humilde dinamita de Marbe Marticorena es un montaje honesto, valiente y contundente, que nos permite ejercitar pertinentemente nuestra memoria, a través de una explosión de emociones excelentemente coreografiada. Y ese es uno de los principales objetivos del arte de hacer teatro: el de no permanecer indiferentes como espectadores a la realidad que se nos muestra, por más violenta que esta sea. De visión obligatoria.

Sergio Velarde
29 de junio de 2016

Crítica: LOVE AND CHILL

El amor en tiempos de selfies   

Los resultados obtenidos por Love and Chill, comedia romántica escrita por David Carrillo y Federico Abrill y estrenada en el Teatro Larco, son exactamente los que se podían esperar de una puesta en escena dirigida por el mismo Carrillo e interpretada por egresados de su Taller de Formación Actoral en Plan9. Las relaciones sentimentales en épocas actuales son examinadas de una divertida y sencilla manera, a través de diez personajes (algunos mejor bosquejados que otros) en su búsqueda de la esquiva felicidad. Los actores, entrenados en el reconocible estilo del director de Demasiado poco tiempo (2011) y Lo que nos faltaba (2015), Sandra Barbosa, Pedro Pablo Corpancho, Airam Galliani, Brisa Ghilardi, Valquiria Huerta, Job Mansilla, Rocío Montesinos, Cristhian Palomino, Valentín Prado y el mismo Abrill, derrochan carisma, energía y entrega de principio a fin.

La historia, resultado de un laboratorio por parte de actores y director, deja en claro que actualmente el amor, como concepto en sí, se ha visto banalizado por los avances tecnológicos y por la agitada vida que nos ha tocado vivir. Como consecuencia, resultaba inevitable que algunas líneas argumentales rocen la superficialidad; sin embargo, el trabajo actoral es lo suficientemente efectivo como para regalarnos un puñado de hilarantes secuencias, que también incluye algunas alegres coreografías. A destacar las actuaciones de Barbosa, Huerta, Palomino y Mansilla, quienes sostienen con bastante aplomo sus intervenciones.

Una gran variedad de temas en escena resueltos con soltura: desde la chica que no puede separarse del celular y sus selfies, hasta el muchacho incapaz de comprometerse seriamente; desde el clásico triángulo amoroso, hasta los amores no correspondidos que encuentran una sorprendente salida en épocas de unión civil. Por otro lado, algunas redundancias, como las continuas referencias cinematográficas, podrían ajustarse para afinar el producto final. El espectáculo en general discurre con bastante fluidez, acaso agotándose por momentos en el tramo final, pero aprovechando al máximo la escenografía de la obra estelar en el teatro, bien acompañado por una disfrutable selección musical. Love and Chill, con el sello característico de Plan9, es un agradable entretenimiento sin mayores complicaciones  ni pretensiones, como lo son ciertamente las actuales relaciones sentimentales, en donde el auge tecnológico y la facilidad con la que ahora se consigue (y desecha) todo, nos lleva irremediablemente a la sensata afirmación de que todo tiempo pasado fue mejor.

Sergio Velarde
29 de junio de 2016

lunes, 27 de junio de 2016

Crítica: NUNCA LLUEVE EN LIMA

Un ambiguo y divertido diluvio   

Desde el estreno de Un verso pasajero, ganadora del Primer Festival Peruano – Norteamericano de Teatro en 1996, hasta Nunca llueve en Lima, estrenada en el Teatro Británico en el presente año, la evolución del dramaturgo Gonzalo Rodríguez Risco se hace evidente en estas dos décadas: si en la primera pieza mencionada, una familia se ve duramente afectada por el coma en el que se ve sumergido uno de sus integrantes; en la segunda, toda nuestra capital se ve en peligro de quedar literalmente sumergida bajo un torrencial diluvio, mientras otra familia, disfuncional y de tres generaciones, intenta sobrevivir en la antigua casona que habita y que a la vez se encuentra a la venta. Rodríguez Risco vuelve a internarse en un terreno que conoce muy bien (la familia y su disfuncionalidad), y esta vez rodeado de un contexto improbable y deliberadamente cómico, pero que funciona al retratar con acierto los conflictos y miserias de sus personajes, a pesar de algunos cabos sueltos en su variada temática.

Como era de esperarse, el escenario del Británico luce inmejorable. El montaje que dirige el experimentado Alberto Isola recrea con maestría la casona en cuestión, enorme y destartalada, con grandes ventanales y paredes agrietadas. La sorpresiva lluvia aparece en plena discusión sobre la compra del inmueble: el abuelo (Carlos Tuccio) no está seguro de vendérsela a la pareja de compradores (Pold Gastello y Magali Bolívar), pero el padre (Lucho Cáceres), quien se encuentra en permanente crisis nerviosa, sí lo desea para emprender una nueva vida al lado de su hija (Patricia Barreto). Esta última es la que sostiene económicamente a la familia y luce agobiada por la gran responsabilidad que esta situación le genera, pero logra encontrar cierto consuelo con la aparición del hijo del comprador (Emanuel Soriano). En medio de ellos, la serena y atenta presencia de una vecina (Haydeé Cáceres), que intenta a duras penas mantener el orden.

Temas complejos como los conflictos generacionales, la incapacidad para comunicarse, el miedo al compromiso, la nostalgia por el pasado, la discriminación pura y simple, los amores no correspondidos, las oportunidades truncadas, las mentiras y los secretos aparecen intermitentemente bajo la torrencial lluvia (que se abre paso a través del frágil techo de la casona), pero que no terminan todos por resolverse plenamente o se quedan en un final ambiguo. Curiosa, eso sí, la simbología del agua empleada en la obra. Si en los últimos tramos de Calígula y Cómo crecen los árboles, el agua condicionaba la redención de sus personajes; en el montaje de Rodríguez Risco, esta funciona como un enorme obstáculo para que los protagonistas alcancen sus objetivos: los compradores no podrán adquirir la vivienda, ni la vecina volver a su hogar, ni los jóvenes concretar sus deseos de escapar del estancamiento.

A destacar en el elenco al veterano Tuccio como el patriarca de la familia, muy divertido y hasta conmovedor en su relación con la vecina que personifica la siempre eficiente Haydeé Cáceres. Gastello y Bolívar están intachables; Barreto y Soriano representan con solvencia a la pareja de jóvenes llenos de esperanzas y anhelos frustrados; mientras que Lucho Cáceres se roba cada una de las escenas en las que aparece con una entrañable caracterización, tal como lo hiciera en La Fiaca. Escrita en el 2013 pero estrenada este año, Nunca llueve en Lima, producida acertadamente por Escena Contemporánea, bien podría ser considerada como la obra más ambiciosa de Rodríguez Risco hasta la fecha y es sin duda, la más exitosa comercialmente. Sin embargo, por la cantidad de temas que decide abordar, esta arroja un resultado ciertamente positivo pero con algunos cabos sueltos que le impregnan ambigüedad a una puesta en escena que bien pudo ser redonda.

Sergio Velarde
27 de junio de 2016

miércoles, 18 de mayo de 2016

Crítica: ENTRE OLLAS Y CAÑONES

Las indispensables tradiciones de Palma   

El grupo cultural Teatro de Cámara viene consolidándose como uno de los principales propulsores del notable tradicionalista peruano Ricardo Palma. Don Dimas de la Tijereta y Ratones y Mosquitos (ambos estrenadas en 2014) fueron simpáticos montajes que supieron respetar el ingenio y creatividad de nuestro ilustre autor, quien se dio el lujo además de aparecer también en escena, interpretado por su director Rafael Sánchez. Si bien el peligro de caer en el trillado asunto de convertir dichas piezas en productos destinados exclusivamente para el público escolar siempre existirá, el más reciente espectáculo del colectivo, estrenado en el CAFAE en horario estelar y titulado Entre ollas y cañones, se escapó por los pelos convirtiéndose en un agradable divertimento.

Sánchez adaptó en esta oportunidad las tradiciones "Historia de un cañoncito", "Con días y ollas venceremos", "El padre Pata", "Al pie de la letra" y "Carta canta", entre otras, contando con algunos de los actores que intervinieron en las temporadas antes mencionadas, como José Medina, Keibi Kreimer, Mayra Loaiza y Walter Huallpa. El mismo Sánchez, encarnando a Palma, sirvió de presentador de sus propios relatos, ya sea aclarando algunos detalles propios de la época o interviniendo dentro de las historias. La puesta en escena fue austera, en caja negra y con pocos elementos, pero funcional; aunque acaso la gigantografía con el rostro de Palma y fotos de las escenas de la obra no haya sido estilísticamente pertinente en medio del escenario. Eso sí, este tipo de obras sigue teniendo como su mayor virtud la de aprovechar la riqueza de su indispensable fuente literaria y la presente no fue la excepción.

El montaje contó además con un solvente elenco, que incluye también a Carlos García y Fernando Petong; todos ellos versátiles, interpretando a varios personajes, incluidos algunos libertadores y expresidentes en curiosas secuencias. Sánchez mostró, por su parte, una mayor seguridad con sus líneas que la vista en montajes anteriores. Entre ollas y cañones se convirtió en una digna antología de nuestras Tradiciones Peruanas llevadas al teatro. El grupo cultural Teatro de Cámara ya anunció que seguirá trabajando los textos de Palma para sus siguientes montajes, hecho que celebramos y que además esperamos, contando ya el colectivo con experiencias previas, un mayor riesgo en contenido y estilo para estas futuras puestas en escena.

Sergio Velarde
18 de mayo de 2016