domingo, 5 de febrero de 2017

Crítica: ALMACENADOS

Cuando tan solo se nos va la vida

El hombre y mujer civilizados tienen como característica importante la capacidad de vivir en sociedad, y eso es posible gracias al cumplimiento de una serie de reglas que nos permiten entendernos, saber qué podemos hacer y que no, saber qué podemos esperar los unos de los otros, así como repartir responsabilidades y papeles, etc. ¡Qué duda cabe!, que de todas estas convenciones, el tener un trabajo fijo, y por ende una paga fija, es una de las más importantes; tan importante, que incluso se convierte en algo que nos define más de lo que debiera: nos da un estatus, nos coloca en un nivel socio-económico (la mayoría de veces inamovible), nos dice si somos útiles a la sociedad o no… y así, todos jugamos el mismo juego.

“Almacenados”, obra del dramaturgo español David Desola, es una de esas obras que, bajo la promesa de ser una comedia, te puede enfrentar a situaciones en las que quizás no habías reparado antes, o que, quizás, intencionalmente te habías negado a ver. De esta manera, las verdades de las que nos habla el texto se quedan con nosotros, pero no nos duelen, y es que siempre es más fácil llorar mientras se ríe.

Así, esta obra nos sumerge en una situación extrema de lo que puede llegar a significar el trabajo para algunos. En palabras del mismo autor, cuando “el trabajo deja de ser un modo de ganarse la vida para convertirse en aquello que da sentido a la misma”, y eso es lo que le ha ocurrido al señor Lino (Alberto Isola), quien hasta se podría decir que se ha mimetizado con las hormigas ya que admira mucho su forma de trabajar (o de vivir para trabajar), tan enfocadas, tan concentradas, siempre cumpliendo todo al pie de la letra, y para el señor Lino eso es lo que hay que hacer, tanto en el trabajo como en la vida (o en la vida que es trabajo) y lo resume muy bien con su frase “vamos a lo que vamos”.

Creo que por lo dicho anteriormente, estamos de acuerdo en que el tema de la obra nos toca, en mayor o menor grado, a todos y por lo tanto es fácil identificarse con los personajes y las situaciones, pero no está de más decir, porque nunca está de más elogiar a quienes se lo merecen realmente, que las actuaciones de Alberto Isola y Óscar Meza son impecables y logran un nivel altísimo de empatía, tanto entre ellos como con el público.

También hay que felicitar al director, Marco Mühletaler, porque el montaje logra hacer que el público se sienta en ese almacén, encerrados e inquietos por momentos, deseando que el tiempo ficticio pase rápido,  pero al mismo tiempo la dirección ha logrado un montaje bastante ágil que hace que las casi dos horas de duración ni se sientan.

Daniel Fernández

5 de febrero de 2017