viernes, 8 de julio de 2016

Crítica: SILENCIO SÍSMICO

Radiografía nacional antes del desastre   

Nuestro prolífico dramaturgo nacional Eduardo Adrianzén tiene una serie de notables obras escritas y estrenadas en el Perú y en el extranjero, por lo que se hace muy difícil elegir, de entre todas, la mejor. El traspié que significó el montaje de Humo en la neblina (2015), su particular homenaje a Sebastián Salazar Bondy, no hizo olvidar sus aciertos anteriores en las acaso subestimadas Cómo crecen los árboles y Los veranos son cortos (2014) y especialmente, en la enorme La eternidad en sus ojos (2013). Y si bien en las puestas en escena de sus biopics puede acertar, como en Demonios en la piel (2007), así como también trastabillar, como en Sangre como flores (2011), nadie le gana a Adrianzén al querer retratar, desde su particular óptica de vida, el estado anímico de una nación golpeada por una violencia generada por los mismos habitantes.

En Silencio sísmico, estrenada en Teatro de Lucía, el autor vuelve sobre temas que conoce muy bien y tratados con anterioridad, como las brechas generacionales en El día de la luna (1996) o la necesidad imperiosa de migrar en busca de mejores oportunidades en El nido de las palomas (2000). Una joven comunicadora llamada Sole quiere viajar para empezar una nueva vida, antes de que se instale el nuevo gobierno; pero su madre Esther, dedicada a la lectura de cartas y una más de las sobrevivientes de la época de terrorismo, augura un devastador terremoto en la ciudad si Sole llega a viajar. Gran coartada dramática de Adrianzén: para lograr un verdadero y radical cambio en el ciudadano común, la amenaza del inminente sismo en la ciudad gana un enorme protagonismo; mucho más que el diluvio que finalmente la destruyó en Nunca llueve en Lima.

Pero Silencio sísmico no solo aborda este conflicto entre madre e hija: la sarcástica abuela Doris debe lidiar también con los genios de dos exnovios de su nieta, el indeciso Ariel y el acomplejado Cristian, cada uno con su propio "rollo" existencial, ambos escritos con maestría por Adrianzén. En medio de este cuadro familiar, un puñado de reconocibles personajes en cuatro secuencias independientes de la línea argumental principal; cada una hilarante y contundente en su propia y feroz ironía, nos muestra por qué no suena tan descabellado pensar que un desastre natural nos fuerce a tener un nuevo inicio: tres hipsters esperan frente a un restaurante al lado de una vendedora de frunas, tres actores de un comercial electoral tienen serias discrepancias para cumplir con la grabación, los asistentes a un mitin aguardan impacientes sus “regalos”, y los habitantes de un exclusivo balneario reciben un delivery de sushi. La dirección de Oscar Carrillo es inteligente, ordenada y efectiva, utilizando hábilmente los justos elementos para hacer creíbles los cuadros.

En el apartado de las actuaciones, solo queda celebrar el compromiso de cada miembro del elenco con los personajes que les toca interpretar. Ximena Arroyo, tremenda actriz en La eternidad en sus ojos, se supera a sí misma demostrando una enorme versatilidad tanto en comedia como en drama; mientras que su madre, la primera actriz Sonia Seminario, encuentra el equilibrio perfecto para sus intervenciones en esos papeles de apoyo, escritos por el autor especialmente para ella. Los jóvenes Giovanni Arce y Alain Salinas están impecables; pero es la excelente Rosella Roggero la gran revelación de esta pieza, que se convierte en una radiografía sobresaliente e imprescindible de un país que espera solo el desastre para empezar de nuevo.

Y sí, Silencio sísmico es la mejor obra de Eduardo Adrianzén.

Sergio Velarde
8 de julio de 2016