Resulta evidente que muchos de los problemas que deben enfrentar los jóvenes y adolescentes han cambiado a lo largo de los años, de manera muy significativa, por ejemplo, entre la década del 2000 y la presente del 2020. Momentos justos en los que se llevaron a cabo el estreno (2009) y además, la última reposición en el presente año de la pieza Fe de ratas de Diego La Hoz, retrato urbano de la violenta realidad que experimenta un trío de jóvenes en una azotea. En estos casi veinte años que separan ambas puestas en escena, estreno y reposición, las evoluciones son evidentes y enormes: los cuadros de ansiedad y depresión no solo siguen siendo experimentados, sino que ahora también son detectados y asumidos como tales por los mismos jóvenes; el acceso a las redes sociales, con el uso masivo de celulares e internet, ha cambiado profundamente la interacción de esta población vulnerable y cómo se (de)forman sus identidades sociales; y por supuesto, la pandemia de COVID-19 que afectó para siempre nuestras vidas y especialmente las de ellos con sus familias, generando aislamiento, ataques de pánico y estrés.
Esta breve introducción viene a colación debido al impacto tan distinto que percibió quien escribe, al comparar otro reciente montaje del colectivo Espacio Libre y escrito por el mismo La Hoz, Cuando el día viene mudo (2024), con la última temporada de Fe de ratas. La primera en mención, estrenada por primera vez en 2006 (antes incluso que Fe de ratas), mantuvo todavía su encanto y su relevancia, debido en buena parte a la atemporalidad y universalidad de las relaciones sentimentales y los amores no correspondidos, así se presenten en medio de un espacio "vintage" repleto de libros en físico. No puedo afirmar haber sentido lo mismo con Fe de ratas en el Teatro Esencia: acaso el tiempo, que avanza de manera tan despiadada en los últimos años, le juegue en contra a la siempre disfrutable dramaturgia de La Hoz, específicamente para la obra en cuestión, cuando aborda historias de jóvenes desencantados con la vida y que planean huir de sus duras realidades. Sus motivaciones, sus acciones y sus destinos no parecen pertenecer ya a esta época, sino a una muy lejana o hasta ubicada en el campo de lo surreal o utópico.
Pero estos son solo detalles muy subjetivos que nadie tiene por qué compartir, pues el siempre interesante La Hoz nunca decepciona con sus puestas en escena: pulcras, precisas en su ejecución y con ese toque de lirismo que le impregna a todas sus exploraciones teatrales. El íntimo espacio de Barranco es acondicionado con mínimos elementos y la carga dramática es encomendada al trío de jóvenes actores, integrado por Diego Gallese, Mauno Hurtado y Lucciano Murúa, quienes defienden sus personajes con entrega y carisma. Esta visión de una sociedad enferma, ahogada en violencia, desesperanza y sin visos de cambio, encuentra un coherente final simbólico, con los jóvenes absorbidos por el sistema represor.
El universo masculino que propone ahora La Hoz en Fe de ratas, uno partido en desilusiones, agobiado por problemas familiares y roto por desconfianzas y recelos, se hace creíble. Lejano en estos tiempos, pero creíble.
Sergio Velarde
1º de marzo de 2026
