sábado, 18 de julio de 2009

Crítica: MORIR


Un año caótico para Sergi Belbel  

Terminó hace poco la temporada de “Móvil” en el Teatro El Olivar de San Isidro y ya se anuncia el inminente estreno de “Caricias” en la Alianza Francesa. Ambas piezas le pertenecen al autor y director español Sergi Belbel, al igual que “Morir”, estrenada en las AAA en su 71º aniversario y dirigida por la suiza Marianne de Pury. Debemos reconocer lo interesante que es la dramaturgia de Belbel (no por nada se volvió un autor recurrente en este año), tan inspirado para retratar con sarcasmo e ironía las relaciones humanas; como también la agilidad otorgada por la directora a una obra de dilatada duración (14 escenas en 2 actos), a pesar de un evidente desorden en su ejecución escénica.

“Morir” nos describe como la Muerte se hace presente de manera aleatoria en la vida de 14 personajes y como un pequeño aunque significativo giro argumental, la vuelve errante y en reversa, hasta encontrar su víctima final en aquel que inició la racha. De Pury, quien también es responsable de la adaptación del texto, cambia las reglas propuestas por el autor para convertir esta versión de “Morir” en una comedia negra muy entretenida, con un repetitivo lamento muy celebrado por el público, cada vez que un personaje muere, pero que banaliza finalmente a la Muerte, restándole el peso dramático que el autor buscaba. Y este aspecto se nota claramente en las escenas que dan inicio y final a la obra (en la que se discute la importancia que tiene la Muerte en nuestras vidas), pues parecen no encajar con el resto de la puesta en escena.

“Morir” inicia con un guionista de cine, quien le cuenta a su mujer su última idea para una película. El tema es evidentemente la Muerte, que se convierte en su destino final a raíz de un paro cardiaco. Aparentemente. Pues la imagen del guionista hace apariciones constantes durante el resto del montaje, mientras deambulan los demás personajes: un heroinómano y su hermana, una niña y su madre, un paciente y su enfermera, una alcohólica, un motociclista y dos policías, una víctima y su asesino. Esta omnipresencia del guionista hace suponer que el resto de la historia es sólo ficción, convirtiéndola en un divertido juego escénico, pero nada más que eso.

En cuanto a las actuaciones se debe destacar a los jóvenes Mariananda Schempp y Rodrigo Palacios, quienes logran ser muy creíbles cada uno en su doble papel. Especialmente la primera, quien les da la justa réplica a actores tan consumados como Enrique Victoria y María Laura Vélez. Sorprende la poca energía y falta de matices en una actriz de enorme potencial como Gabriela Velásquez. Haysen Percovich y Ximena Arroyo aportan toda la dignidad que pueden en sus roles y en esas escenas claves tan discursivas y narrativas.

La puesta en escena es ágil, entretenida y amena, pero caótica por algunos pequeños detalles que a la larga se vuelven descomunales:

El color rojo, presente en las medias del guionista y en la ropa interior del heroinómano hacía suponer que dicho color sería el característico de las víctimas, sin embargo ¿por qué no se utilizó este simbolismo para el resto?

Si en algunas escenas se utilizaban ciertos elementos como vasos, botellas, jeringas, etc., ¿por qué en otras se trabajaba con elementos imaginarios y de manera tan primaria?

La inversión horizontal, como si fuera el reflejo del espejo, resulta notable en el séptimo cuadro, ¿pero entonces por qué no se hizo lo mismo en la escena del hospital?

Los actores deambulan de manera visible por el foro antes de iniciar su escena, o al terminarla, sin ningún orden u objetivo particular. Entonces, ¿por qué la madre de la niña caminaba de espaldas antes de iniciar la suya?

“Morir”, en medio del desorden que su directora no pudo controlar, se convierte en un entretenido espectáculo, pero sin la contundencia que el tema ameritaba.

Sergio Velarde
18 de julio de 2009

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