
La Chunga: atractivo homenaje a Vargas Llosa
Luego de la notable puesta en escena de “Los cachorros” (adaptación de la notable novela corta de Mario Vargas Llosa), se estrena esta vez en el teatro que lleva su nombre, una pieza de su autoría titulada “La Chunga”. El multifacético Giovanni Ciccia le rinde así homenaje a Vargas Llosa, dirigiendo la obra con su productora Plan 9. Escrita en 1986, la pieza dramática tuvo su estreno de la mano del grupo Ensayo, dirigido por Luis Peirano y con la actuación de la notable Delfina Paredes en el rol principal. Y si bien su dramaturgia es sencilla (predecible para algunos), ésta logra retratar con bastante acierto y fidelidad las costumbres de la época en cuestión.
En una taberna ubicada en las afueras de la ciudad de Piura en 1945, de propiedad de la Chunga, una dura y hosca mujer no desprovista de atractivo y con inclinaciones homosexuales, se reúnen con regularidad cuatro hombres a tomar licor y jugar a los dados. Pronto surge la interrogante sobre qué le sucedió a Meche, una hermosa joven que trajo un día uno de ellos, llamado Josefino. Al perder en el juego de dados, Josefino pide dinero a la Chunga, a cambio de pasar ésta una noche con Meche. Ciccia sabe sortear lo escabroso del tema para entregarnos un sólido cuadro del comportamiento humano (peruano), en el que el machismo, la desidia y la frustración hacen mella en los personajes, impidiendo su realización personal. Saltando de la realidad a la fantasía (cada parroquiano tiene su propia historia sobre el encuentro de ambas mujeres), el montaje es ágil, entretenido y muy veraz, a pesar del desnivel actoral presente.
Porque quizás para el complejo rol de la Chunga no había otra opción que llamar a Mónica Sánchez, pero finalmente resultó ser ella misma la peor intérprete que la Chunga pudo tener. Con una caracterización superficial y pobre para una actriz de su calibre (acompañada por su perenne y molesto seseo), la Sánchez mastica sus líneas sin convicción, gritando y llorando como en sus peores momentos en “Eva del Edén”. Y si su personaje finalmente se redime en la puesta en escena, es por su oficio y recorrido en estas lides. Y es que Sánchez es buena actriz (qué duda cabe), pero por ello no podemos celebrar cada vez que interpreta a un personaje en piloto automático. A su lado, el resto de actores brilla con luz propia: las palmas para Oscar López Arias (joven actor que viene destacando últimamente), quien compone un Josefino absolutamente creíble, un seductor caficho machista y sinvergüenza. Alberick García y Carlos Solano están intachables, especialmente el primero, quien tiene una escena bastante lograda, al declararle su amor a Mechita. Emilram Cossío, en una arriesgada caracterización como el Mono, logra convencernos en las primeras escenas.
Mención aparte merece la participación de la joven actriz Stephanie Orué en el papel de Meche. Duramente criticada por un sector de la prensa debido a su inexperiencia, lo cierto es que Orué no desentona en el montaje. Por el contrario, interpreta a Meche con una frescura e inocencia coherentes con su personaje, bella, sensual y muy natural, opacando incluso a Sánchez en sus escenas juntas. La ya famosa escena lésbica está resuelta con mucha sobriedad y precisión, así como las escenas con fuerte carga sexual. “La Chunga” de Giovanni Ciccia no supera a “Los cachorros” de Miguel Pastor, pero sí se convierte en una puesta en escena bastante atractiva y que rinde un justo homenaje a nuestro laureado novelista en el teatro que lleva su nombre.
Sergio Velarde
20 de noviembre de 2009
FANDO Y LIS: GRAN TEXTO SIN DIRECCIÓN FIJA
Fando y Lis son dos sufridos seres marginales que habitan un mundo destruido y apocalíptico: él sufre de esquizofrenia, dejando aflorar por momentos su personalidad más salvaje y despiadada; y ella, de parálisis, pero se aferra a la compañía de Fando para no sentirse sola. Ambos buscan infructuosamente llegar a Tar, una inalcanzable (y presuntamente inexistente) ciudad prometida, encontrando en su camino a tres singulares personajes, tan perdidos como ellos. La corrosiva pieza “Fando y Lis”, con fuertes reminiscencias al teatro del absurdo, a Beckett y su Godot, fue escrita por el español Fernando Arrabal en 1955, que incluso llegó a la pantalla grande, en medio de gran escándalo, de la mano del director Alejandro Jorodowsky. El mes pasado se presentó en el Centro Cultural del CAFAE una nueva versión de la obra, a cargo del grupo Contempo Teatro, que nos permitió revisitar esta singular y cautivante historia.
La puesta en escena de “Fando y Lis” logra transmitir la desesperación y sufrimiento en la relación disfuncional entre los dos protagonistas, consiguiendo momentos álgidos y dramáticos, secundados correctamente por el trío de personajes comparsas, que no logran ponerse de acuerdo en una acción determinada a seguir. Algunos momentos notables son el sueño de Lis (que nos anticipa su irremediable destino) y su grotesco final en manos de Fando. La incomunicación, la sordidez y la desidia del ser humano son retratadas con mucha crudeza por el elenco, pero el conjunto se resiente de una sólida dirección que permita engranar las escenas coherentemente (la dirección del montaje fue colectiva) y evitar así algunas fallas elementales, como la de no acompañar los cambios de escena con música de fondo, para evitar escuchar a los actores preparando sus elementos.
Los actores Elizabeth Duarte y Miguel Ángel Malpartida asumen con bastante dignidad y convicción los papeles principales, dotando a sus personajes de humanidad: resistencia al dolor y necesidad de afecto en ella; descontrol e inseguridad en él. Franco Guerra, Beto Miranda y Eric Otero tienen a su cargo los intrigantes personajes secundarios, que cumplen la función de aliviar la tensión generada por la esquizofrenia de Fando. A pesar de las deficiencias propias por la carencia de dirección, “Fando y Lis” vale por su genial dramaturgia y por el trabajo coral de un esforzado y talentoso grupo de jóvenes actores, que de haber contado con un director inspirado, se hubiera convertido sin duda, en uno de los mejores montajes independientes del año.
Sergio Velarde
18 de octubre de 2009
En el jardín de Mónica: vigencia después de medio siglo
Escrita y estrenada en 1961 en el Club de Teatro de Lima con la presencia de las actrices Aurora Colina y Alicia Saco, “En el jardín de Mónica” fue la primera obra de la incansable dramaturga y crítica peruana Sara Joffré. A pesar del casi medio siglo transcurrido desde su creación, la pieza no ha perdido vigencia, tal como lo demuestra su último reestreno a cargo del grupo Rosa de Fuego con la dirección de Gustavo Cabrera en el Teatro Auditorio Miraflores.
La sencilla anécdota de “En el jardín de Mónica” nos recuerda la delgada línea que separa la realidad de la fantasía en los niños. En un jardín abandonado y sucio, dominado por un árbol triste y seco, habita Mónica, una mujer de edad indescifrable con múltiples personalidades, quien juega incansablemente con hojas secas y pájaros muertos, e imagina que la niña y el niño que aparecen en dicho lugar son una ratita y un príncipe, respectivamente. La terca y convenida imaginación de Mónica contagia pronto a la perspicaz niña. Y luego ésta al niño, cuando Mónica es retirada abruptamente de sus dominios.
El director Gustavo Cabrera plantea un espacio de tonos ocres, desordenado y algo recargado pero funcional, y prefiere estilizar a sus personajes, como esa Mónica bien peinada y con su vestido planchado. El texto es interpretado correctamente y enriquecido con divertidos momentos, gracias al inspirado elenco. Buen trabajo actoral de Daisy Sánchez en el papel principal (quien regresa a las tablas luego de un prolongado periodo de tiempo), logrando destacar en mayor medida en sus diálogos con sus compañeros de escena, que en su monólogo inicial, debido a una saturada propuesta de luces y sonido que por poco boicotean la poesía del texto. Ruth Vásquez y el mismo Cabrera resultan intachables como los niños, aportando la cuota de ingenuidad y ternura necesaria.
Tal vez el mayor acierto de la presente puesta sea el haber respetado el texto original, sin traicionarlo en su pase al escenario. Y es que Sara Joffré no sólo transmite sensaciones en los diálogos, sino también en las acotaciones de su texto, como en la lograda presentación de Mónica. “Es una niña que podría tener hasta ochenta años, que es la máxima edad que puede tenerse. Ella no sabría decirnos tampoco cuántos años hace que está aquí. Es ágil. Delgadita. Nerviosa. Con una lamparita encendida dentro de cada ojo. Ahora está jugando. Juega incansablemente. No se detiene nunca. No puede detenerse. Ah, pero es la voz de Mónica lo importante. Eso es lo que realmente es Mónica: una voz. Envejece. Crece. Se hace pequeñita. Es agria y cortante. Es dulce. Es amarga. Retiene. Aleja. Nos acompaña, o nos deja terriblemente solos. Y luego están sus manos y su risa: la risa de Mónica no puede escucharse sin que produzca desazón, desconsuelo o el sentimiento de sentirnos abandonados en un lugar donde todos hablan un idioma que no entendemos y nos rodean miradas hostiles, impúdicas; las manos de Mónica no pueden olvidarse si se las ha visto mintiendo alguna vez. Nada más.”
“En el jardín de Mónica” continuará presentándose en diversos espacios y bien vale la pena apreciar este buen montaje y revisitar un texto muy vigente a pesar del tiempo transcurrido.
Sergio Velarde
10 de octubre de 2009
Achikée, la tierra seca: nuestro divertido espectáculo ecológico
Sumándose a la necesaria campaña ecológica para preservar nuestro medio ambiente, se viene presentando en el Centro Cultural CAFAE-SE, la obra infantil Achikée, la tierra seca, escrita y dirigida por Ismael Contreras y producida por el grupo Palosanto. El espectáculo es una adaptación de la conocida tradición oral andina rescatada por José María Arguedas, que busca incentivar en los pequeños la defensa y el cuidado del medio ambiente, teniendo como principal atractivo las canciones y bailes en vivo, a cargo de la troupé de actores.
La bruja Achikée, que nace como resultado de la contaminación de la tierra, busca conseguir el calor que les puede proporcionar dos niños "semillas de maíz", quienes logran huir de ella gracias a los coloridos y simpáticos animales de nuestra sierra. A pesar del espacio alternativo que cuenta el grupo (la sala de cine del CAFAE), la utilización de vistosos vestuarios y cuidadas máscaras consigue aportarle vida propia a los variados personajes, especialmente a la lograda caracterización de la bruja Achikée. Y es en este personaje en donde radica la novedad de la obra: Achikée no es en realidad mala de por sí, sólo existe como consecuencia de los cambios climáticos producidos por la contaminación del hombre. Por lo tanto, la búsqueda del calor perdido se vuelve entendible para el espectador, así ponga en riesgo a los niños protagonistas.
Los actores Emilio Benavente, Julio César Delgado, Enrico Méndez, María Gracia Mires y Angie Rodríguez, todos ellos con estudios en la Escuela Nacional de Arte Dramático, cantan en vivo y bailan las alegres canciones de la puesta en escena acompañados por instrumentos andinos, contagiando su alegría a los más pequeños, quienes se vuelven cómplices de la trama. “Achikée, la tierra seca” es un espectáculo para toda la familia, no sólo ameno y entretenido, sino que contiene un mensaje que todo niño debería apreciar.
Sergio Velarde
04 de octubre de 2009
Los cachorros: excelente adaptación de nuestro clásico literario
¿Quién no leyó alguna vez “Los cachorros” y no se sintió profundamente conmovido con la historia de Pichula Cuéllar, un niño miraflorino castrado por un perro allá por los años 50, que debió adaptarse a vivir en una sociedad conservadora al lado de sus amigos, todos ellos ávidos de emociones y nuevas experiencias? Pues, luego de algunos años, el director Miguel Pastor reestrena su versión del clásico literario de Mario Vargas Llosa en el Centro Español del Perú, logrando un montaje ágil y entretenido, y sobre todo, respetando en gran medida la riqueza del texto original.
Hace unos días abordé, en el comentario de una puesta en escena, el tema de la trascendencia en el teatro, de si era necesario o no el dejar una huella indeleble en el espectador luego de apreciar un montaje teatral. Y lo cierto es, que cada obra se concibe de diferentes maneras, aborda diversos temas y plantea objetivos variados, por lo que los niveles de trascendencia de un espectáculo teatral pueden variar. En el caso de “Los cachorros” (adaptación de Miguel Pastor y Carmela Izurieta), el público se hace cómplice de la historia de Cuéllar y sus amigos, y esto sabiendo de antemano en qué acabará la historia. Contando sólo con algunos cubos, una mesa, un par de sillas y un notable desempeño actoral, Pastor consigue un montaje limpio, entretenido y conmovedor, sin traicionar el espíritu del original.
Algunos detalles que afinar en la puesta en escena: la voz en off de los padres de Cuéllar podrían ser interpretadas “en vivo” por alguno de los actores fuera de escena, pues la pista grabada crea algunos segundos vacíos durante el diálogo en el ritmo del actor. Los cinco intérpretes protagónicos tienen seguridad y destreza en escena, pero no deben descuidar el hecho de romper los cuadros en neutro al unísono, para buscar así la precisión (sobre todo en el caso de Mañuco, quien parece adelantarse siempre). A destacar la actuación de Juan Carlos Pastor en el difícil papel de Cuéllar, muy creíble y vital desde su timidez y engreimiento inicial, hasta su posterior y descontrolado deterioro. Lo acompaña un sólido grupo de actores: Germán Loero, Diego López, Miguel Torres-Böhl y Luis Alberto Urrutia, quienes relatan y teatralizan la historia al público. Si bien es cierto se trata de una puesta en escena servida para el lucimiento de los caballeros, el grupo de actrices se convierte en algo más que un mero elemento decorativo. Todas destacan en los números musicales y definen bien sus diversos roles, especialmente Giselle Collao como Teresita. “Los cachorros” trasciende, cautiva, alegra y conmueve y, así como su versión literaria, resulta de revisión obligatoria.
Sergio Velarde
26 de septiembre de 2009
Ismaela y los caminos del juego: regreso al “Pueblo que no podía dormir”
El veterano grupo Cuatrotablas, con más de 30 años en la escena local, retoma un montaje estrenado en la convulsionada década de los 90 titulado “El pueblo que no podía dormir”, en el que vivíamos aún bajo la amenaza terrorista. Casi veinte años después llega “Ismaela y los caminos del juego”, un unipersonal basado en dicho espectáculo y dirigido por Mario Delgado, presentándose de manera itinerante en los Auditorios de la Asociación Cultural Peruano Británica. Ismaela es una niña ya crecida, que armada de una gran imaginación, sale de un ropero para jugar a la misma historia, pero esta vez con la ayuda de varios muñecos.
El montaje juega con varios personajes, identificados no sólo por los muñecos, sino por el trabajo corporal de la actriz, quien asume las distintas personalidades conforme avanza la historia. A pesar de lo incómodo que pueden resultar los Auditorios del Británico (especialmnete el de San Miguel), se utilizan todos los niveles, logrando aprovechar eficientemente el espacio del escenario. Algunas simbolos presentes en el montaje, como las banderas peruanas cortadas a la mitad en los costados del ropero, refuerzan el mensaje de la obra, de la patria dividida por conflictos políticos y sociales, y en donde los débiles son los que siempre resultan los más afectados.
A destacar la limpia labor de Antonieta Pari, actriz perteneciente a la Quinta Generación de Cuatrotablas y co-autora del presente montaje, quien realiza una intachable performance en escena, representando con bastante precisión a los variados personajes de la historia, utilizando eficientemente los elementos escenográficos y el vestuario, y creando ambientes utilizando sólo su cuerpo y su melodiosa voz. “Ismaela y los caminos del juego” es un sólido espectáculo que nos devuelve la memoria sobre aquellos aciagos días en los vivíamos en una ciudad que, literalmente, “no podía dormir”.
Sergio Velarde
25 de septiembre de 2009
Mujeres: una guerra de los sexos interactiva
El tan trillado tema de “la guerra de los sexos” se puede apreciar hasta el hartazgo dentro del ambiente teatral: desde las divertidas comedias de Oswaldo Cattonne hasta las peripecias de singulares personajes dentro de un bus en movimiento, pasando por innumerables piezas de todo calibre, en el que se nos restriega en la cara que la mujer debe ser considerada a la par del hombre y que el machismo ya pasó de moda. Muchas veces cayendo en lugares comunes o en montajes tan fallidos, que hasta provoca llevarles la contraria. Es por ello que resulta muy saludable el estreno de “Mujeres” en el Club de Teatro de Lima, catalogado como un “show” teatral, en el que seis actores recrean los mismos “sketches” de siempre, pero imprimiéndoles frescura y aires nuevos tan necesarios en nuestra cartelera teatral limeña.
Las escenas se suceden sin parar, manteniendo un ritmo parejo. Y si bien son cuadros predecibles y vistos mil veces, la participación constante del público en las secuencias, el uso de coloridos elementos escénicos y el evidente agrado de los actores por su faena, vuelven positivo y muy entretenido al resultado final. Le debemos también al director Paco Caparó (siempre en la búsqueda de novedades), el haber estrenado un espectáculo con banda en vivo ¡en el Club de Teatro de Lima! Que recuerde, en muy contadas oportunidades durante los más de 50 años de trayectoria de la Escuela de Teatro del Sr. D’Amore, se optaba por utilizar música y voz en vivo en escena. Si bien los actores no son cantantes profesionales, el sólo hecho de prescindir de pista grabada y entonar correctamente las voces, convierten a este y a cualquier espectáculo en impagable. Dos momentos notables de la puesta: las hipócritas amigas se reúnen para conversar y rajar cada una de la otra; y el “hábitat” preferido de las mujeres analizadas por un científico machista.
A pesar del título de la puesta en escena, son los caballeros quienes muestran mayor seguridad y aplomo en el escenario: Renato Pantigozo, Jhosep Palomino y Gerardo Cárdenas saben disimular los baches en escena (inevitables por tratarse de un espectáculo en vivo basado en la improvisación), haciendo uso hábilmente de su capacidad como improvisadores. Las señoritas Andrea Fernández, Ivonne Trujillo y Cintia Díaz del Olmo lucen algo acartonadas e inseguras por momentos, pero logran cerrar el montaje dignamente con monólogos inspirados (supuestamente)en sus propias experiencias, y si bien con cierto tufillo moralista, por lo menos consecuentes con la propuesta inicial de reivindicar a las féminas dentro de un universo mayoritariamente machista. “Mujeres” es un agradable espectáculo interactivo bastante recomendable.
Sergio Velarde
20 de setiembre del 2009