Conmovedor y logrado mosaico de historias
Luego de deslumbrar hace algún tiempo con La noche árabe, el destacado y multipremiado dramaturgo alemán Roland Schimmelpfennig regresa a la escena limeña con un notable montaje a cargo del grupo Ópalo llamado El Dragón de Oro, ganador del prestigioso Festival de Mülheim 2010. Cinco actores narran, comentan e interpretan múltiples historias, aparentemente sencillas, pero de una complejidad simbólica deslumbrante, alrededor de un restaurante de comida oriental, en la que se dan cita sentimientos encontrados como la soledad, el amor y la desesperanza que afectan especialmente, a los inmigrantes ilegales en el mundo. Somos testigos de la vida de 15 personajes, entre cocineros, azafatas, ancianos, jóvenes, mujeres y hombres que realizan sus quehaceres cotidianos normales, mientras el joven cocinero chino del restaurante sufre un terrible dolor de muelas y ruega por encontrar a su hermana perdida, quien se encuentra coincidentemente demasiado cerca de él.
La propuesta del director Jorge Villanueva aprovecha acertadamente el espacio que ofrece el Auditorio del Goethe Institut, a manera de teatro circular, centrando el espacio escénico en medio con el público en ambos laterales. La cercanía actor- espectador es crucial para darle un toque intimista a la puesta en escena, que logra calar hondo en el público. A pesar de las continuas acotaciones que indican los actores en medio de sus propias escenas y de la elección de intérpretes de características distintas a la de sus personajes, la pieza no pierde ritmo y las historias se siguen con fluidez, creando un ambiente de ambigüedad y alegoría. Y es que en un brillante giro argumental, también aparecen la Hormiga y la Cigarra, quienes integran su fábula de manera muy peculiar al mosaico de caracteres que componen el montaje. Además, cada imagen conseguida produce emociones encontradas, como por ejemplo, la azafata colocando un diente podrido en su boca, que resulta tan conmovedor como repulsivo.
La trama del joven cocinero tiene un trágico final y es allí donde la obra alcanza sus mayores picos de lirismo, en donde cada historia converge de manera coherente, y que nos hace reflexionar sobre lo caótica e injusta que puede ser la raza humana, cuando se deja llevar por sus instintos más básicos. Notables actuaciones de los consumados Carlos Victoria y Graciela Paola (Grapa); de los versátiles Marcello Rivera y Claudio Calmet; y de la enérgica y sorprendente Laura Aramburú; todos ellos intachables, quienes representan a la variada gama de personajes que pueblan este alegórico universo de El Dragón de Oro, bajo la inspiradísima dirección de Jorge Villanueva. Cargada además de un amargo e insólito sentido del humor, esta obra constituye uno de los mejores estrenos de nuestro teatro independiente en lo que va del año. De visión obligatoria.
Sergio Velarde
29 de mayo de 2011
sábado, 28 de mayo de 2011
miércoles, 25 de mayo de 2011
Crítica: ASUNTO DE TRES
La complejidad de la juventud contemporánea
Gonzalo Rodríguez Risco es uno de los pocos dramaturgos peruanos que retrata de manera certera los conflictos del ser humano (especialmente en el adolescente tardío y en el adulto precoz) y la compleja relación de éste con su entorno. Autor versátil, con varios premios y distinciones en su haber, tiene entre su piezas agradables y sanos divertimientos como TV-Terapia; o efectivas adaptaciones de otras obras clásicas como Mal-Criadas, escrita con Diego La Hoz. En La Manzana Prohibida (repuesta el año pasado) abordó la imposible relación entre la eterna enamorada y su ambiguo objeto de deseo; en Un Verso Pasajero retrató el drama familiar a través de sentidos monólogos alrededor del hijo en estado de coma; y en Juegos de Manos puso al descubierto la imposibilidad de la juventud contemporánea por asumir compromisos ante el posible fracaso.
Asunto de Tres, estrenada originalmente en el marco del V Festival de Teatro Peruano-Norteamericano auspiciado por el ICPNA en el 2000 y reescrita este año por el mismo autor, sigue siendo un interesante ejercicio escénico para tres actores, quienes deben interpretar diversos personajes envueltos en la vorágine de las relaciones amorosas juveniles y la identidad sexual, y en las que siempre el tercero en cuestión se convierte en la manzana de la discordia. Para su joven director Henry Sotomayor García, este texto dividido en tres escenas y tres monólogos, no le es desconocido: en el 2008 dirigió una secuencia de la obra como parte del curso de dirección que ofreció en ese entonces el grupo Espacio Libre. Pero lejos de limitarse a seguir el texto con mínimos cambios y sin mayores riesgos, como en El eterno recuerdo de un cristal (su adaptación de El zoológico de cristal del año pasado), Sotomayor ahora sí arriesga con una propuesta propia, que busca ser entre lúdica y dramática, logrando un equilibrio óptimo, dejando entrever una visión mucho más elaborada y madura como director.
Con algunos detalles por pulir, como los monólogos aún por despegar y la presentación inicial de los actores (que saludan y bailan ante el público) que merece una revisión, el espectáculo se sostiene por las tres escenas con diálogo, en la que se evidencia el hábil manejo del autor para retratar los problemas de pareja y los lazos afectivos (en la primera y segunda escena, respectivamente), bien aprovechados por la dirección de actores. La última escena es la mejor: la pareja de enamorados y su amigo gay matan el tiempo flirteando sobre una cama, mientras los secretos van apareciendo en medio de los besos y caricias. Una ocasión que no es desaprovechada por los actores Alana La Madrid, Fito Valles y Carlos La Rosa, quienes logran un lucimiento parejo en dicho cuadro, valorando cada gesto, cada mirada y cada silencio. La puesta en escena de Asunto de tres aprovecha convenientemente el reducido pero funcional espacio que ofrece La Casa de Tespis en Magdalena y es un evidente avance del director Henry Sotomayor García, al frente del grupo teatral El retorno de la brújula.
Sergio Velarde
25 de mayo de 2011
Gonzalo Rodríguez Risco es uno de los pocos dramaturgos peruanos que retrata de manera certera los conflictos del ser humano (especialmente en el adolescente tardío y en el adulto precoz) y la compleja relación de éste con su entorno. Autor versátil, con varios premios y distinciones en su haber, tiene entre su piezas agradables y sanos divertimientos como TV-Terapia; o efectivas adaptaciones de otras obras clásicas como Mal-Criadas, escrita con Diego La Hoz. En La Manzana Prohibida (repuesta el año pasado) abordó la imposible relación entre la eterna enamorada y su ambiguo objeto de deseo; en Un Verso Pasajero retrató el drama familiar a través de sentidos monólogos alrededor del hijo en estado de coma; y en Juegos de Manos puso al descubierto la imposibilidad de la juventud contemporánea por asumir compromisos ante el posible fracaso.
Asunto de Tres, estrenada originalmente en el marco del V Festival de Teatro Peruano-Norteamericano auspiciado por el ICPNA en el 2000 y reescrita este año por el mismo autor, sigue siendo un interesante ejercicio escénico para tres actores, quienes deben interpretar diversos personajes envueltos en la vorágine de las relaciones amorosas juveniles y la identidad sexual, y en las que siempre el tercero en cuestión se convierte en la manzana de la discordia. Para su joven director Henry Sotomayor García, este texto dividido en tres escenas y tres monólogos, no le es desconocido: en el 2008 dirigió una secuencia de la obra como parte del curso de dirección que ofreció en ese entonces el grupo Espacio Libre. Pero lejos de limitarse a seguir el texto con mínimos cambios y sin mayores riesgos, como en El eterno recuerdo de un cristal (su adaptación de El zoológico de cristal del año pasado), Sotomayor ahora sí arriesga con una propuesta propia, que busca ser entre lúdica y dramática, logrando un equilibrio óptimo, dejando entrever una visión mucho más elaborada y madura como director.
Con algunos detalles por pulir, como los monólogos aún por despegar y la presentación inicial de los actores (que saludan y bailan ante el público) que merece una revisión, el espectáculo se sostiene por las tres escenas con diálogo, en la que se evidencia el hábil manejo del autor para retratar los problemas de pareja y los lazos afectivos (en la primera y segunda escena, respectivamente), bien aprovechados por la dirección de actores. La última escena es la mejor: la pareja de enamorados y su amigo gay matan el tiempo flirteando sobre una cama, mientras los secretos van apareciendo en medio de los besos y caricias. Una ocasión que no es desaprovechada por los actores Alana La Madrid, Fito Valles y Carlos La Rosa, quienes logran un lucimiento parejo en dicho cuadro, valorando cada gesto, cada mirada y cada silencio. La puesta en escena de Asunto de tres aprovecha convenientemente el reducido pero funcional espacio que ofrece La Casa de Tespis en Magdalena y es un evidente avance del director Henry Sotomayor García, al frente del grupo teatral El retorno de la brújula.
Sergio Velarde
25 de mayo de 2011
sábado, 21 de mayo de 2011
Crítica: MITOS DE FUEGO
Teatro del Sol regresa a la escena limeña
En el año 1979 Teatro del Sol se fundó por iniciativa de los actores y directores Alberto Montalva y Luis Felipe Ormeño, quienes buscaban nuevas formas y contenidos en la expresión teatral, creando una escuela de formación actoral que privilegiaba el entrenamiento físico y el cuerpo del actor como unidad expresiva. Su primera obra fue El beso de la mujer araña de Manuel Puig, con la cual hicieron una gira de veinte meses por países latinoamericanos y de Europa, y la última fue Los ladrones de Darío Fo en 1996. Luego de 15 años, Teatro del Sol regresa de manera discreta con la reposición de su obra Mitos de fuego, escrita por Ormeño en 1994 y dirigida ahora por Arturo Piedra Valdez, aprovechando las celebraciones por el centenario del nacimiento de José María Arguedas, importante antropólogo y novelista peruano, durante una breve temporada en el Auditorio del ICPNA de Lima.
Sobre la puesta en escena habría que indicar que no sigue los patrones clásicos de una obra tradicional. Presentada a manera de viñetas independientes, Mitos de fuego se regodea en la explotación de nuestras raíces más profundas frente a la imposición cultural europea, teniendo como nexo a la figura de Arguedas (Joan Lamas), quien narra alguna de sus anécdotas ya conocidas (como su estrecha relación con los indígenas, al ser recluido de niño en la cocina por la situación familiar que vivió) y que privilegia siempre la riqueza de nuestro folklor y lo castrante que fue la conquista española. En estas épocas electorales, resulta inevitable distinguir a favor de qué corriente ideológica se inclina el grupo. Pero más allá del contexto actual, Mitos de fuego busca desesperadamente crear conciencia sobre los daños que ocasiona la intolerancia y la represión de los más fuertes hacia los más débiles. Y por supuesto, la inevitable revolución que se genera después.
La puesta en escena mantiene un ritmo acelerado y galopante, acaso también luce algo desordenada, luego de una introducción con el proyector multimedia muy dilatada, en la que se pudo haber aprovechado para graficar o reseñar mayor información sobre el personaje central (sobre todo para aquellos espectadores, entre ellos muchos turistas que asistieron a la función, que no conocen a Arguedas). Destacable el uso del quechua en una de las primeras secuencias, con oportuna traducción, para introducirnos en el concepto del montaje. En medio de coloridos vestuarios y danzantes de tijeras, algunas secuencias resultan particularmente efectivas como la represión sexual de los conquistadores hacia las mujeres indígenas, con el sonido en volumen máximo. Mitos de fuego necesita todavía algunos ajustes para la siguiente temporada que se aproxima, pero nos trae de vuelta a un interesante grupo como Teatro del Sol, que los más jóvenes no habíamos tenido la oportunidad de conocer en escena, y que ofrece una acusadora mirada hacia el pasado, plasmada en el encuentro y el desencuentro de dos mundos antagónicos entre sí.
Sergio Velarde
21 de mayo de 2011
En el año 1979 Teatro del Sol se fundó por iniciativa de los actores y directores Alberto Montalva y Luis Felipe Ormeño, quienes buscaban nuevas formas y contenidos en la expresión teatral, creando una escuela de formación actoral que privilegiaba el entrenamiento físico y el cuerpo del actor como unidad expresiva. Su primera obra fue El beso de la mujer araña de Manuel Puig, con la cual hicieron una gira de veinte meses por países latinoamericanos y de Europa, y la última fue Los ladrones de Darío Fo en 1996. Luego de 15 años, Teatro del Sol regresa de manera discreta con la reposición de su obra Mitos de fuego, escrita por Ormeño en 1994 y dirigida ahora por Arturo Piedra Valdez, aprovechando las celebraciones por el centenario del nacimiento de José María Arguedas, importante antropólogo y novelista peruano, durante una breve temporada en el Auditorio del ICPNA de Lima.
Sobre la puesta en escena habría que indicar que no sigue los patrones clásicos de una obra tradicional. Presentada a manera de viñetas independientes, Mitos de fuego se regodea en la explotación de nuestras raíces más profundas frente a la imposición cultural europea, teniendo como nexo a la figura de Arguedas (Joan Lamas), quien narra alguna de sus anécdotas ya conocidas (como su estrecha relación con los indígenas, al ser recluido de niño en la cocina por la situación familiar que vivió) y que privilegia siempre la riqueza de nuestro folklor y lo castrante que fue la conquista española. En estas épocas electorales, resulta inevitable distinguir a favor de qué corriente ideológica se inclina el grupo. Pero más allá del contexto actual, Mitos de fuego busca desesperadamente crear conciencia sobre los daños que ocasiona la intolerancia y la represión de los más fuertes hacia los más débiles. Y por supuesto, la inevitable revolución que se genera después.
La puesta en escena mantiene un ritmo acelerado y galopante, acaso también luce algo desordenada, luego de una introducción con el proyector multimedia muy dilatada, en la que se pudo haber aprovechado para graficar o reseñar mayor información sobre el personaje central (sobre todo para aquellos espectadores, entre ellos muchos turistas que asistieron a la función, que no conocen a Arguedas). Destacable el uso del quechua en una de las primeras secuencias, con oportuna traducción, para introducirnos en el concepto del montaje. En medio de coloridos vestuarios y danzantes de tijeras, algunas secuencias resultan particularmente efectivas como la represión sexual de los conquistadores hacia las mujeres indígenas, con el sonido en volumen máximo. Mitos de fuego necesita todavía algunos ajustes para la siguiente temporada que se aproxima, pero nos trae de vuelta a un interesante grupo como Teatro del Sol, que los más jóvenes no habíamos tenido la oportunidad de conocer en escena, y que ofrece una acusadora mirada hacia el pasado, plasmada en el encuentro y el desencuentro de dos mundos antagónicos entre sí.
Sergio Velarde
21 de mayo de 2011
viernes, 13 de mayo de 2011
Crítica: ¿QUÉ TIERRA HEREDARÁN LOS MANSOS?
Contundente mensaje ecológico
La dramaturga peruana Estela Luna, en su obra ¿Qué tierra heredarán los mansos?, escrita en 1988 y estrenada en el Teatro de la AAA a cargo de la Asociación Cultural Tablas Maestras, nos propone un futuro apocalíptico y sobrecogedor: los niveles mundiales de oxígeno han caído a niveles alarmantes debido a la contaminación generada por el ser humano, los animales han muerto, los mares han desaparecido y las plantas apenas mantienen su débil color verde, frente a la nube de aire envenenado que parece invadirlo todo. Mientras que Ramón Foster (Ángel Morante) es un próspero director de una fábrica, que contamina los ríos aledaños, con el único propósito de asegurarle el bienestar a su familia, su esposa Paula (Isabel Castañeda) es una madre completamente ajena a esta problemática mundial, pero sí está dispuesta a cambiarle a su hija los anticonceptivos por vitaminas con el propósito de tener un nieto. Por su parte, la nerviosa Lina (Katya Castro), hija de Ramón y Paula, debe lidiar con la nueva vida que lleva dentro, pues el futuro se hace cada vez más incierto. Y su esposo Carlos (Miguel Augurto) reniega de su suegro Ramón, pues antes de trabajar para él, le exigió detener la contaminación ambiental que provocaba su fábrica, y que ahora es lo único que heredará su futuro hijo.
El director Martin Medina eligió el camino más fácil, pero a la vez el menos estilizado, para retratar el ambiente futurista que sirve de contexto a la historia: el utilizar el color plateado como símbolo de una “modernidad” mal entendida, y lo precario de la producción, evidenciado principalmente en el vestuario y la escenografía, generan que el escenario luzca como un enorme set de película de ciencia ficción serie B de los setenta, con un gigantesco extractor de aire en el medio. Pero estas deficiencias aparentes sólo sirven para hacer relucir una historia inteligente, cautivante, inquietante y totalmente contundente en su mensaje: el ser humano camina hacia una extinción segura, si no se dejan de lado los intereses particulares y se piensa en un bien común, reflejado en el respeto hacia la naturaleza. La mejor escena de la obra: los cuatro protagonistas, echados en el suelo durante un periodo de relajación obligatoria impuesto por el gobierno, mientras debaten sobre el futuro del niño por nacer y suenan las alarmas anunciando que los niveles de oxígeno se agotan por la discusión.
La obra presta su nombre de la cita bíblica de Mateo 5:5, “Bienaventurados los mansos; porque ellos heredarán la tierra”, entendiéndose la mansedumbre como la sencillez y la humildad carente por completo dentro de la soberbia inherente del ser humano, que sólo busca su propio beneficio, sin importarle el daño que le causa a su propio planeta. Sin bien es cierto, el aspecto religioso es tocado muy someramente, el discurso filosófico de la autora abarca varios campos: las complicaciones en la relación de pareja, el aborto, el control de la natalidad, las opciones sexuales y hasta las diferencias generacionales, todos ellos desarrollados a plenitud gracias a las inspiradas actuaciones y la fluidez que le da la dirección al montaje. ¿Qué tierra heredarán los mansos? tiene una dramaturgia que hará las delicias no sólo de los defensores del medio ambiente, sino también de cualquier persona con criterio y sentido común, con un humor negro negrísimo, como el que cubre a las hierbas incapaces de generar el oxígeno vital. Este espectáculo de Tablas Maestras podrá tener mucho que mejorar en la forma, pero en el fondo es un valiente e inquietante montaje, contundente en su mensaje ecologista y que se convierte en uno de los mejores esfuerzos de nuestro teatro independiente en lo que va del año.
Sergio Velarde
14 de mayo de 2011
La dramaturga peruana Estela Luna, en su obra ¿Qué tierra heredarán los mansos?, escrita en 1988 y estrenada en el Teatro de la AAA a cargo de la Asociación Cultural Tablas Maestras, nos propone un futuro apocalíptico y sobrecogedor: los niveles mundiales de oxígeno han caído a niveles alarmantes debido a la contaminación generada por el ser humano, los animales han muerto, los mares han desaparecido y las plantas apenas mantienen su débil color verde, frente a la nube de aire envenenado que parece invadirlo todo. Mientras que Ramón Foster (Ángel Morante) es un próspero director de una fábrica, que contamina los ríos aledaños, con el único propósito de asegurarle el bienestar a su familia, su esposa Paula (Isabel Castañeda) es una madre completamente ajena a esta problemática mundial, pero sí está dispuesta a cambiarle a su hija los anticonceptivos por vitaminas con el propósito de tener un nieto. Por su parte, la nerviosa Lina (Katya Castro), hija de Ramón y Paula, debe lidiar con la nueva vida que lleva dentro, pues el futuro se hace cada vez más incierto. Y su esposo Carlos (Miguel Augurto) reniega de su suegro Ramón, pues antes de trabajar para él, le exigió detener la contaminación ambiental que provocaba su fábrica, y que ahora es lo único que heredará su futuro hijo.
El director Martin Medina eligió el camino más fácil, pero a la vez el menos estilizado, para retratar el ambiente futurista que sirve de contexto a la historia: el utilizar el color plateado como símbolo de una “modernidad” mal entendida, y lo precario de la producción, evidenciado principalmente en el vestuario y la escenografía, generan que el escenario luzca como un enorme set de película de ciencia ficción serie B de los setenta, con un gigantesco extractor de aire en el medio. Pero estas deficiencias aparentes sólo sirven para hacer relucir una historia inteligente, cautivante, inquietante y totalmente contundente en su mensaje: el ser humano camina hacia una extinción segura, si no se dejan de lado los intereses particulares y se piensa en un bien común, reflejado en el respeto hacia la naturaleza. La mejor escena de la obra: los cuatro protagonistas, echados en el suelo durante un periodo de relajación obligatoria impuesto por el gobierno, mientras debaten sobre el futuro del niño por nacer y suenan las alarmas anunciando que los niveles de oxígeno se agotan por la discusión.
La obra presta su nombre de la cita bíblica de Mateo 5:5, “Bienaventurados los mansos; porque ellos heredarán la tierra”, entendiéndose la mansedumbre como la sencillez y la humildad carente por completo dentro de la soberbia inherente del ser humano, que sólo busca su propio beneficio, sin importarle el daño que le causa a su propio planeta. Sin bien es cierto, el aspecto religioso es tocado muy someramente, el discurso filosófico de la autora abarca varios campos: las complicaciones en la relación de pareja, el aborto, el control de la natalidad, las opciones sexuales y hasta las diferencias generacionales, todos ellos desarrollados a plenitud gracias a las inspiradas actuaciones y la fluidez que le da la dirección al montaje. ¿Qué tierra heredarán los mansos? tiene una dramaturgia que hará las delicias no sólo de los defensores del medio ambiente, sino también de cualquier persona con criterio y sentido común, con un humor negro negrísimo, como el que cubre a las hierbas incapaces de generar el oxígeno vital. Este espectáculo de Tablas Maestras podrá tener mucho que mejorar en la forma, pero en el fondo es un valiente e inquietante montaje, contundente en su mensaje ecologista y que se convierte en uno de los mejores esfuerzos de nuestro teatro independiente en lo que va del año.
Sergio Velarde
14 de mayo de 2011
domingo, 8 de mayo de 2011
Crítica: EN EL JARDÍN DE MÓNICA
La innegable vigencia de Sara Joffré
Nuestro teatro independiente le debe mucho a Sara Joffré. Dueña de un espíritu fuerte, vehemente y perseverante, nuestra Sara probablemente no sea del agrado de muchos, pero la deuda que le tenemos es evidente y enorme, por todo el trabajo sostenido que viene realizando por los más jóvenes durante décadas y por su incansable empeño en compartir su experiencia con los demás. Es por eso que este año, sus dos primeras obras han sido llevadas a escena, a manera de homenaje. La primera fue Cuento alrededor de un círculo de espuma, que partía con cierta desventaja, pero que llegó a buen puerto gracias a la habilidad del director Diego La Hoz y su grupo Espacio Libre, en el Auditorio del CAFAE-SE. Y la mencionada desventaja nacía desde su estreno, allá por el año 1962 en el Club de Teatro de Lima, cuando Ciro Alegría le dio la “bendición” a su obra gemela En el jardín de Mónica, estrenada conjuntamente con Cuento alrededor de un círculo de espuma, ambas bajo la dirección de Alonso Alegría.
Y justamente En el jardín de Mónica es la segunda obra estrenada en lo que va del año, a cargo del grupo Malioumba Teatro. Sus últimos estrenos, en la Sala Joven de la Alianza Francesa (2003) dirigida por Ernesto Cabrejos y en el Teatro Auditorio Miraflores (2009) dirigida por Gustavo Cabrera, lograron otorgarle una personalidad propia a la historia de esta niña, que puede tener hasta ochenta años (edad máxima impuesta por la autora) y que juega en un horrible jardín, con árboles resecos, hojas marchitas y pájaros muertos, imaginando un mundo irreal, siempre a la sombra de su castrante madre. La inesperada llegada de dos niños completamente ajenos a su mundo, alterará por completo su fantasía, pero la semilla de su imaginación germinará en los recién llegados, cerrando el círculo con un abrupto y desconcertante final.
La joven directora Mirella Quispe, con estudios en la ENSAD al igual que sus actores, aprovecha muy bien el espacio que le ofrece el patio de la AAA: las columnas, la puerta principal del auditorio y sus ventanas enrejadas son utilizadas con eficacia para desarrollar la historia. Mía Michelena crea con mucho aplomo a una desquiciada y errante Mónica, logrando distinguir varios niveles en su actuación durante el monólogo inicial, imprimiendo un estilo propio y marcando distancia de las últimas intérpretes del personaje: María Carbajal (2003) y Daisy Sánchez (2009). Destacable también la participación de Maricarmen Velásquez en el papel de la Niña, quien resulta muy honesta en su incredulidad inicial, para luego continuar las fantasías de Mónica con la aparición del Niño, bien interpretado por Miguel Torres. La dirección logra innovar en algunos aspectos de la construcción de los personajes y de sus acciones, siempre respetando el texto original de la autora. Sin duda, este año le ha permitido al público, gracias a este montaje y al presentado actualmente en el CAFAE-SE, conocer los inicios de una dramaturga y promotora de importancia capital para nuestro medio teatral.
Sergio Velarde
08 de mayo de 2011
Nuestro teatro independiente le debe mucho a Sara Joffré. Dueña de un espíritu fuerte, vehemente y perseverante, nuestra Sara probablemente no sea del agrado de muchos, pero la deuda que le tenemos es evidente y enorme, por todo el trabajo sostenido que viene realizando por los más jóvenes durante décadas y por su incansable empeño en compartir su experiencia con los demás. Es por eso que este año, sus dos primeras obras han sido llevadas a escena, a manera de homenaje. La primera fue Cuento alrededor de un círculo de espuma, que partía con cierta desventaja, pero que llegó a buen puerto gracias a la habilidad del director Diego La Hoz y su grupo Espacio Libre, en el Auditorio del CAFAE-SE. Y la mencionada desventaja nacía desde su estreno, allá por el año 1962 en el Club de Teatro de Lima, cuando Ciro Alegría le dio la “bendición” a su obra gemela En el jardín de Mónica, estrenada conjuntamente con Cuento alrededor de un círculo de espuma, ambas bajo la dirección de Alonso Alegría.
Y justamente En el jardín de Mónica es la segunda obra estrenada en lo que va del año, a cargo del grupo Malioumba Teatro. Sus últimos estrenos, en la Sala Joven de la Alianza Francesa (2003) dirigida por Ernesto Cabrejos y en el Teatro Auditorio Miraflores (2009) dirigida por Gustavo Cabrera, lograron otorgarle una personalidad propia a la historia de esta niña, que puede tener hasta ochenta años (edad máxima impuesta por la autora) y que juega en un horrible jardín, con árboles resecos, hojas marchitas y pájaros muertos, imaginando un mundo irreal, siempre a la sombra de su castrante madre. La inesperada llegada de dos niños completamente ajenos a su mundo, alterará por completo su fantasía, pero la semilla de su imaginación germinará en los recién llegados, cerrando el círculo con un abrupto y desconcertante final.
La joven directora Mirella Quispe, con estudios en la ENSAD al igual que sus actores, aprovecha muy bien el espacio que le ofrece el patio de la AAA: las columnas, la puerta principal del auditorio y sus ventanas enrejadas son utilizadas con eficacia para desarrollar la historia. Mía Michelena crea con mucho aplomo a una desquiciada y errante Mónica, logrando distinguir varios niveles en su actuación durante el monólogo inicial, imprimiendo un estilo propio y marcando distancia de las últimas intérpretes del personaje: María Carbajal (2003) y Daisy Sánchez (2009). Destacable también la participación de Maricarmen Velásquez en el papel de la Niña, quien resulta muy honesta en su incredulidad inicial, para luego continuar las fantasías de Mónica con la aparición del Niño, bien interpretado por Miguel Torres. La dirección logra innovar en algunos aspectos de la construcción de los personajes y de sus acciones, siempre respetando el texto original de la autora. Sin duda, este año le ha permitido al público, gracias a este montaje y al presentado actualmente en el CAFAE-SE, conocer los inicios de una dramaturga y promotora de importancia capital para nuestro medio teatral.
Sergio Velarde
08 de mayo de 2011
domingo, 1 de mayo de 2011
Crítica: ELECTRA
Discreto homenaje al teatro griego
Electra vive presa del dolor y la angustia por el asesinato de su padre Agamenón y planea, luego de reencontrarse con su hermano Orestes, vengarse de los asesinos: su propia madre Clitemnestra y Egisto. Presentada por el grupo Aqualuna y dirigida por Francisco Echeandia, esta discreta nueva versión de la inmortal tragedia de Sófocles llega sin sorpresas, despojada de todo artificio y fanfarria, centrando la atención en esta heroína trágica por excelencia y su permanente afán de venganza en medio del sufrimiento. Y esta simplicidad en la puesta en escena por parte del director, que inclusive cuenta con actores doblando personajes, puede que haga fruncir el ceño a los académicos o puristas del teatro, pero es en sí una virtud, en el sentido de acercar esta obra a un público que todavía desconoce el valor de los trágicos griegos y que se aproxima por primera vez a este tipo de dramaturgia clásica.
Sólo una actriz enérgica y de carácter podría interpretar adecuadamente el papel principal. Katiuska Valencia resulta una buena elección, convence en su agónica espera, en sus careos con su madre y hermana, y es especialmente conmovedora cuando se reencuentra con su hermano perdido. Acaso la dirección debería pulir algunos excesos en los llantos y gritos, para conseguir una actuación más contenida por parte de la actriz, para evitar algunos innecesarios desbordes. La decisión de contar con actores que interpreten dos papeles de importancia resulta arriesgada, principalmente porque los personajes del Ayo y Orestes también disfrazan sus identidades en la obra. Tanto Gabriela Billotti (Clitemnestra y Crisótemis, hermana de Electra) como Ricardo Morante (el Ayo y Egisto) cumplen correctamente su doble papel, pero el director podría afinar más las caracterizaciones, especialmente en la composición vocal. Raúl Durand y Jimena Ballén como Orestes y el Coro respectivamente, tienen buenas participaciones.
Tratándose de un montaje minimalista y discreto, en caja negra y con un solitario banco en un extremo, las luces y la música cumplen irremediablemente un papel primordial, las cuales deben ser ajustadas, ya que frecuentemente lucen y se escuchan erráticas. El vestuario no ayuda a definir un lugar y tiempo específico para la acción, por lo que se puede deducir que ese detalle no es primordial para el director. Los actores resultan entonces, el único soporte para esta tragedia, que logra llegar a buen puerto, pero sin explorar otros tantos matices que cada personaje podría desarrollar, como por ejemplo, las causas y consecuencias del matricidio por parte del personaje principal. Electra de Aqualuna constituye, más allá de los reparos que se le puedan hacer al montaje, un auténtico acierto, al revisitar un clásico de importancia capital, que mantiene su vigencia a pesar de los años y que es al final de cuentas, el origen de todo el teatro existente en la actualidad.
Sergio Velarde
Electra vive presa del dolor y la angustia por el asesinato de su padre Agamenón y planea, luego de reencontrarse con su hermano Orestes, vengarse de los asesinos: su propia madre Clitemnestra y Egisto. Presentada por el grupo Aqualuna y dirigida por Francisco Echeandia, esta discreta nueva versión de la inmortal tragedia de Sófocles llega sin sorpresas, despojada de todo artificio y fanfarria, centrando la atención en esta heroína trágica por excelencia y su permanente afán de venganza en medio del sufrimiento. Y esta simplicidad en la puesta en escena por parte del director, que inclusive cuenta con actores doblando personajes, puede que haga fruncir el ceño a los académicos o puristas del teatro, pero es en sí una virtud, en el sentido de acercar esta obra a un público que todavía desconoce el valor de los trágicos griegos y que se aproxima por primera vez a este tipo de dramaturgia clásica.
Sólo una actriz enérgica y de carácter podría interpretar adecuadamente el papel principal. Katiuska Valencia resulta una buena elección, convence en su agónica espera, en sus careos con su madre y hermana, y es especialmente conmovedora cuando se reencuentra con su hermano perdido. Acaso la dirección debería pulir algunos excesos en los llantos y gritos, para conseguir una actuación más contenida por parte de la actriz, para evitar algunos innecesarios desbordes. La decisión de contar con actores que interpreten dos papeles de importancia resulta arriesgada, principalmente porque los personajes del Ayo y Orestes también disfrazan sus identidades en la obra. Tanto Gabriela Billotti (Clitemnestra y Crisótemis, hermana de Electra) como Ricardo Morante (el Ayo y Egisto) cumplen correctamente su doble papel, pero el director podría afinar más las caracterizaciones, especialmente en la composición vocal. Raúl Durand y Jimena Ballén como Orestes y el Coro respectivamente, tienen buenas participaciones.
Tratándose de un montaje minimalista y discreto, en caja negra y con un solitario banco en un extremo, las luces y la música cumplen irremediablemente un papel primordial, las cuales deben ser ajustadas, ya que frecuentemente lucen y se escuchan erráticas. El vestuario no ayuda a definir un lugar y tiempo específico para la acción, por lo que se puede deducir que ese detalle no es primordial para el director. Los actores resultan entonces, el único soporte para esta tragedia, que logra llegar a buen puerto, pero sin explorar otros tantos matices que cada personaje podría desarrollar, como por ejemplo, las causas y consecuencias del matricidio por parte del personaje principal. Electra de Aqualuna constituye, más allá de los reparos que se le puedan hacer al montaje, un auténtico acierto, al revisitar un clásico de importancia capital, que mantiene su vigencia a pesar de los años y que es al final de cuentas, el origen de todo el teatro existente en la actualidad.
Sergio Velarde
01 de mayo de 2011
sábado, 30 de abril de 2011
Crítica: NOSTALGIA
Sencillo romance entre el escritor y la bailarina
Basada en un hecho real, la obra Nostalgia, escrita, dirigida y protagonizada por Luis Enrique Cornejo y presentada por el grupo Teatro del Horizonte, narra la historia de un joven José Carlos Mariátegui (Romualdo Travezaño), antes de convertirse en el reconocido escritor y político socialista nacional, quien cautivado por la sensualidad de la bailarina suiza Norka Rouskaya (Rosa Micaela Távara), la convence junto a otros intelectuales limeños para danzar de madrugada la «Marcha Fúnebre» de Chopin en el Cementerio Presbítero Maestro en pleno 1917, para luego ser encarcelado por el escándalo generado. Presentada en los auditorios satélites del Británico, Cornejo cumple en presentar una puesta en escena limpia, austera y directa, que explora superficialmente la relación sentimental entre el escritor y la bailarina y el trasfondo político del primero en mención, haciendo extrañar acaso una mayor profundidad tanto en las acciones como en el desarrollo dramático de los personajes. Sin embargo, esta obra representa un evidente progreso respecto a su anterior montaje como dramaturgo y director.
Luego de Trances (2007), estrenada en la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático (ENSAD), Cornejo hábilmente corrige sus principales defectos para Nostalgia: reduce considerablemente la duración de la puesta en escena, prescinde de diálogos inútiles y elimina los constantes apagones para ordenar las escenas. Nostalgia fluye sin interrupciones, el trío de actores nunca abandona el escenario e incluye un elemento multimedia que ayuda a recrear el espectáculo realizado por la bailarina en el Cementerio. Los actores Travezaño y Távara le imprimen una agradecida dosis de ingenuidad a su relación en escena y Cornejo cambia de registro con precisión, aunque debe cuidar con mayor énfasis el volumen de su voz.
El grupo Teatro del Horizonte ya anuncia su próximo montaje: Ojos bonitos, cuadros feos de Mario Vargas Llosa, todo un reto para un grupo que poco a poco va consolidándose dentro del medio. A destacar también la labor de la Asociación Cultural Peruano Británica, que viene ofreciendo espectáculos gratuitos a un público ávido de cultura, así como también el mejoramiento de sus auditorios y el apoyo a los grupos jóvenes de teatro que merecen una oportunidad de confrontar sus espectáculos con los espectadores.
Sergio Velarde
30 de abril de 2011
Basada en un hecho real, la obra Nostalgia, escrita, dirigida y protagonizada por Luis Enrique Cornejo y presentada por el grupo Teatro del Horizonte, narra la historia de un joven José Carlos Mariátegui (Romualdo Travezaño), antes de convertirse en el reconocido escritor y político socialista nacional, quien cautivado por la sensualidad de la bailarina suiza Norka Rouskaya (Rosa Micaela Távara), la convence junto a otros intelectuales limeños para danzar de madrugada la «Marcha Fúnebre» de Chopin en el Cementerio Presbítero Maestro en pleno 1917, para luego ser encarcelado por el escándalo generado. Presentada en los auditorios satélites del Británico, Cornejo cumple en presentar una puesta en escena limpia, austera y directa, que explora superficialmente la relación sentimental entre el escritor y la bailarina y el trasfondo político del primero en mención, haciendo extrañar acaso una mayor profundidad tanto en las acciones como en el desarrollo dramático de los personajes. Sin embargo, esta obra representa un evidente progreso respecto a su anterior montaje como dramaturgo y director.
Luego de Trances (2007), estrenada en la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático (ENSAD), Cornejo hábilmente corrige sus principales defectos para Nostalgia: reduce considerablemente la duración de la puesta en escena, prescinde de diálogos inútiles y elimina los constantes apagones para ordenar las escenas. Nostalgia fluye sin interrupciones, el trío de actores nunca abandona el escenario e incluye un elemento multimedia que ayuda a recrear el espectáculo realizado por la bailarina en el Cementerio. Los actores Travezaño y Távara le imprimen una agradecida dosis de ingenuidad a su relación en escena y Cornejo cambia de registro con precisión, aunque debe cuidar con mayor énfasis el volumen de su voz.
El grupo Teatro del Horizonte ya anuncia su próximo montaje: Ojos bonitos, cuadros feos de Mario Vargas Llosa, todo un reto para un grupo que poco a poco va consolidándose dentro del medio. A destacar también la labor de la Asociación Cultural Peruano Británica, que viene ofreciendo espectáculos gratuitos a un público ávido de cultura, así como también el mejoramiento de sus auditorios y el apoyo a los grupos jóvenes de teatro que merecen una oportunidad de confrontar sus espectáculos con los espectadores.
Sergio Velarde
30 de abril de 2011
domingo, 24 de abril de 2011
Crítica: CUENTO ALREDEDOR DE UN CÍRCULO DE ESPUMA
Riesgoso homenaje a Sara Joffré
Un gran reto fue el que decidió enfrentar este año el grupo Espacio Libre: homenajear a la destacada Sara Joffré por su incansable labor como teatrista, dirigiendo una obra de su autoría que sólo llegó al escenario por primera y única vez en 1962, llamada Cuento alrededor de un círculo de espuma, dirigida en aquel entonces por Alonso Alegría en el Club de Teatro de Lima, y que marcó el despegue de Sara como una de las principales dramaturgas nacionales. ¿Por qué esta obra se mantuvo retenida en el papel por tanto tiempo? Podríamos ensayar algunas hipótesis: Cuento alrededor de un círculo de espuma llegó a escena acompañada de otra pieza, En el jardín de Mónica, que recibió una mayor acogida y aceptación, como lo demuestran sus numerosas reposiciones y “excavaciones”, estas últimas realizadas (o perpetradas, según Alegría) por el grupo brasileño Caleidoscopio. Además, una crítica de aquella época, publicada en el diario Expreso por Ciro Alegría, afirma que Cuento alrededor de un círculo de espuma “está menos lograda, tiene parlamentos innecesarios, cuadros que parecen repeticiones, pero que sus hallazgos de expresión, la finura de algunos matices psicológicos, nos compensan ampliamente”. Estamos entonces, ante un enorme riesgo que el buen director Diego La Hoz logra resolver, felizmente, casi en su totalidad.
Con un minimalista y cuidado montaje, un estilizado vestuario, unos sencillos y funcionales elementos escenográficos, y una gran solvencia escénica en sus jóvenes intérpretes (Andrea Chuiman, Karlos López y Jhosep Palomino), esta nueva versión del Cuento alrededor de un círculo de espuma logra adaptarse con holgura a nuestro tiempo, luego de casi 50 años, y mantener la vigencia en su mensaje. Dos payasos sin nariz roja, Trigo y Lechuga, forman parte de un circo de barrio y pasan sus días de manera rutinaria, pero en armónica amistad, subiendo y bajando escaleras, e imaginando situaciones con los trastos que encuentran en un cajón. La llegada de Elena, una mujer de frágil apariencia y negrísimos zapatos de taco, creará el enfrentamiento entre los amigos. La sencilla anécdota, con mucho lirismo y algunas pinceladas de humor, es matizada oportunamente con ágiles movimientos y desplazamientos de los actores. Algunos textos reiterativos y el abrupto final son compensados en escena por la atmósfera poética que le imprime el director. Acaso esta estilización en las imágenes, que La Hoz maneja con evidente maestría, distraiga por ratos del conflicto principal, pero sin afectar en demasía el desarrollo dramático de los personajes.
Pero la mayor virtud (de acuerdo a las palabras del director al finalizar la función) de este reestreno demasiado tardío en el Centro Cultural CAFAE-SE de San Isidro, sea la de festejar la vida de una incansable e imparable promotora teatral como lo es Sara Joffré. Este Cuento alrededor de un círculo de espuma, más allá del riesgo involucrado en la elección de la obra y en el desarrollo del proceso, se convierte en la excusa ideal para revisitar los inicios de una dramaturga comprometida con nuestro medio, que mantiene desde siempre la misma vitalidad y esfuerzo hacia su mayor pasión: el teatro. Como dato curioso, En el jardín de Mónica, hermana gemela del presente montaje, también se encuentra en cartelera en la AAA. Motivo ideal para un futuro comentario, que demuestra fehacientemente la vigencia de nuestra Sara.
Sergio Velarde
24 de abril de 2011
Un gran reto fue el que decidió enfrentar este año el grupo Espacio Libre: homenajear a la destacada Sara Joffré por su incansable labor como teatrista, dirigiendo una obra de su autoría que sólo llegó al escenario por primera y única vez en 1962, llamada Cuento alrededor de un círculo de espuma, dirigida en aquel entonces por Alonso Alegría en el Club de Teatro de Lima, y que marcó el despegue de Sara como una de las principales dramaturgas nacionales. ¿Por qué esta obra se mantuvo retenida en el papel por tanto tiempo? Podríamos ensayar algunas hipótesis: Cuento alrededor de un círculo de espuma llegó a escena acompañada de otra pieza, En el jardín de Mónica, que recibió una mayor acogida y aceptación, como lo demuestran sus numerosas reposiciones y “excavaciones”, estas últimas realizadas (o perpetradas, según Alegría) por el grupo brasileño Caleidoscopio. Además, una crítica de aquella época, publicada en el diario Expreso por Ciro Alegría, afirma que Cuento alrededor de un círculo de espuma “está menos lograda, tiene parlamentos innecesarios, cuadros que parecen repeticiones, pero que sus hallazgos de expresión, la finura de algunos matices psicológicos, nos compensan ampliamente”. Estamos entonces, ante un enorme riesgo que el buen director Diego La Hoz logra resolver, felizmente, casi en su totalidad.
Con un minimalista y cuidado montaje, un estilizado vestuario, unos sencillos y funcionales elementos escenográficos, y una gran solvencia escénica en sus jóvenes intérpretes (Andrea Chuiman, Karlos López y Jhosep Palomino), esta nueva versión del Cuento alrededor de un círculo de espuma logra adaptarse con holgura a nuestro tiempo, luego de casi 50 años, y mantener la vigencia en su mensaje. Dos payasos sin nariz roja, Trigo y Lechuga, forman parte de un circo de barrio y pasan sus días de manera rutinaria, pero en armónica amistad, subiendo y bajando escaleras, e imaginando situaciones con los trastos que encuentran en un cajón. La llegada de Elena, una mujer de frágil apariencia y negrísimos zapatos de taco, creará el enfrentamiento entre los amigos. La sencilla anécdota, con mucho lirismo y algunas pinceladas de humor, es matizada oportunamente con ágiles movimientos y desplazamientos de los actores. Algunos textos reiterativos y el abrupto final son compensados en escena por la atmósfera poética que le imprime el director. Acaso esta estilización en las imágenes, que La Hoz maneja con evidente maestría, distraiga por ratos del conflicto principal, pero sin afectar en demasía el desarrollo dramático de los personajes.
Pero la mayor virtud (de acuerdo a las palabras del director al finalizar la función) de este reestreno demasiado tardío en el Centro Cultural CAFAE-SE de San Isidro, sea la de festejar la vida de una incansable e imparable promotora teatral como lo es Sara Joffré. Este Cuento alrededor de un círculo de espuma, más allá del riesgo involucrado en la elección de la obra y en el desarrollo del proceso, se convierte en la excusa ideal para revisitar los inicios de una dramaturga comprometida con nuestro medio, que mantiene desde siempre la misma vitalidad y esfuerzo hacia su mayor pasión: el teatro. Como dato curioso, En el jardín de Mónica, hermana gemela del presente montaje, también se encuentra en cartelera en la AAA. Motivo ideal para un futuro comentario, que demuestra fehacientemente la vigencia de nuestra Sara.
Sergio Velarde
24 de abril de 2011
jueves, 21 de abril de 2011
Crítica: EL TRICICLO
Notable comedia arrabalera
A medio camino entre la farsa y el absurdo, el grupo La Manzana (…) Teatro viene presentando en los auditorios satélites del Británico, una de las primeras obras escritas por el notable dramaturgo y cineasta español Fernando Arrabal, titulada El triciclo, que narra la historia de un puñado de marginales, asfixiados por un sistema incomprensible para ellos, que encuentran la solución a sus problemas de la manera más ingenua, pero con el peor de los resultados. Cambiando radicalmente de tono luego del contundente ejercicio dramático del año pasado que significó Los asesinos, el grupo insiste en mantener una dirección colectiva, lo que para muchos puristas sería un acto suicida, pero que revela una gran madurez escénica lograda por el grupo, que en el futuro podría volver (quién sabe) opcional la presencia de un único director como cabeza de un proyecto teatral.
Climando (Alexander Carbajal), un ingenuo payaso callejero y Apal (Leo Zevallos), un vagabundo que duerme 18 horas al día, deben conseguir dinero para pagar la cuota de un triciclo alquilado, con el cual se ganan la vida paseando niños en el parque. Mientras que Apal prefiere la seguridad que le ofrece un subibaja, convertido en su provisional catre, Climando conversa con el Viejo del saxo (Miguel Ángel Malpartida), un anciano que gusta de acariciarle la cabeza a los niños para después robarle sus galletas, y con Mita (Elizabeth Duarte), una jovencita suicida. La aparición de un hombre de abultada billetera (Emilio Benavente), que observa constantemente a Mita, se convierte en la única solución posible: Apal y Climando deciden matarlo para quedarse con el dinero, utilizando a Mita como carnada. Acaso la anécdota no sea en realidad lo más trascendente del montaje; es la manera cómo se comportan estos surrealistas personajes dentro de su entorno. Al final, el círculo vicioso de la miseria continúa, al ser apresados los asesinos, pero con el triciclo aún en movimiento, ahora con Mita y el Viejo como sus nuevos conductores.
Arrabal, deudor de los hermanos Marx, de Lewis Carroll y acusado injustamente de plagiar a Ionesco y Beckett, consigue al igual que en Fando y Lis, un crudo retrato de personajes errantes y marginales dentro de una sociedad alienante, con textos que son disparates per se. Los personajes juegan con el lenguaje, con una lógica tan infantil como poética. La muerte aparece retratada de la manera más ingenua posible: el cielo le servirá a Climando para estar siempre al lado de burritos y niños; el infierno, para calentar su cuerpo; el suicidio (para Mita) o el asesinato (para Apal) serán las soluciones lógicas y carentes de malicia, para acabar con sus problemas. La autoridad también es retratada con el mismo tono burlón, o tal vez con mayor intensidad: el bacín en la cabeza, el matamoscas como arma y el lenguaje ininteligible del Guardia (Benavente), lo convierten en el ser más disparatado del conjunto, en clara crítica del autor hacia la autoridad.
La limpia puesta en escena no hace otra cosa que respetar y enriquecer la propuesta del autor, acompañada de música en vivo, con un sencillo y funcional diseño de vestuario y escenográfico. Los actores se desenvuelven de manera excelente, con una mención especial para la notable caracterización de Miguel Ángel Malpartida como el Viejo, quien alcanza los mejores momentos de la obra con esos intercambios verbales, tan carentes de lógica y tan cargados de poesía a la vez, con el Climando de Alexander Carbajal. El triciclo marca un importante paso hacia la consolidación del grupo La Manzana (…) Teatro dentro del medio, que a pesar de su corta trayectoria, ya exhibe un alto grado de compromiso en cada una de sus propuestas escénicas.
Sergio Velarde
A medio camino entre la farsa y el absurdo, el grupo La Manzana (…) Teatro viene presentando en los auditorios satélites del Británico, una de las primeras obras escritas por el notable dramaturgo y cineasta español Fernando Arrabal, titulada El triciclo, que narra la historia de un puñado de marginales, asfixiados por un sistema incomprensible para ellos, que encuentran la solución a sus problemas de la manera más ingenua, pero con el peor de los resultados. Cambiando radicalmente de tono luego del contundente ejercicio dramático del año pasado que significó Los asesinos, el grupo insiste en mantener una dirección colectiva, lo que para muchos puristas sería un acto suicida, pero que revela una gran madurez escénica lograda por el grupo, que en el futuro podría volver (quién sabe) opcional la presencia de un único director como cabeza de un proyecto teatral.
Climando (Alexander Carbajal), un ingenuo payaso callejero y Apal (Leo Zevallos), un vagabundo que duerme 18 horas al día, deben conseguir dinero para pagar la cuota de un triciclo alquilado, con el cual se ganan la vida paseando niños en el parque. Mientras que Apal prefiere la seguridad que le ofrece un subibaja, convertido en su provisional catre, Climando conversa con el Viejo del saxo (Miguel Ángel Malpartida), un anciano que gusta de acariciarle la cabeza a los niños para después robarle sus galletas, y con Mita (Elizabeth Duarte), una jovencita suicida. La aparición de un hombre de abultada billetera (Emilio Benavente), que observa constantemente a Mita, se convierte en la única solución posible: Apal y Climando deciden matarlo para quedarse con el dinero, utilizando a Mita como carnada. Acaso la anécdota no sea en realidad lo más trascendente del montaje; es la manera cómo se comportan estos surrealistas personajes dentro de su entorno. Al final, el círculo vicioso de la miseria continúa, al ser apresados los asesinos, pero con el triciclo aún en movimiento, ahora con Mita y el Viejo como sus nuevos conductores.
Arrabal, deudor de los hermanos Marx, de Lewis Carroll y acusado injustamente de plagiar a Ionesco y Beckett, consigue al igual que en Fando y Lis, un crudo retrato de personajes errantes y marginales dentro de una sociedad alienante, con textos que son disparates per se. Los personajes juegan con el lenguaje, con una lógica tan infantil como poética. La muerte aparece retratada de la manera más ingenua posible: el cielo le servirá a Climando para estar siempre al lado de burritos y niños; el infierno, para calentar su cuerpo; el suicidio (para Mita) o el asesinato (para Apal) serán las soluciones lógicas y carentes de malicia, para acabar con sus problemas. La autoridad también es retratada con el mismo tono burlón, o tal vez con mayor intensidad: el bacín en la cabeza, el matamoscas como arma y el lenguaje ininteligible del Guardia (Benavente), lo convierten en el ser más disparatado del conjunto, en clara crítica del autor hacia la autoridad.
La limpia puesta en escena no hace otra cosa que respetar y enriquecer la propuesta del autor, acompañada de música en vivo, con un sencillo y funcional diseño de vestuario y escenográfico. Los actores se desenvuelven de manera excelente, con una mención especial para la notable caracterización de Miguel Ángel Malpartida como el Viejo, quien alcanza los mejores momentos de la obra con esos intercambios verbales, tan carentes de lógica y tan cargados de poesía a la vez, con el Climando de Alexander Carbajal. El triciclo marca un importante paso hacia la consolidación del grupo La Manzana (…) Teatro dentro del medio, que a pesar de su corta trayectoria, ya exhibe un alto grado de compromiso en cada una de sus propuestas escénicas.
Sergio Velarde
21 de abril de 2011
viernes, 1 de abril de 2011
Crítica: DEMONIOS EN LA PIEL
Encomiable esfuerzo y fallida elección
Cuando en el 2009 se estrenó la obra El señor de las moscas en el Teatro Julieta, el director Paco Solís Fuster y su joven elenco acertaron gratamente con un montaje que lograba maximizar el potencial de sus intérpretes, con la historia de un puñado de náufragos varados en una isla solitaria y su difícil aprendizaje por sobrevivir. Lamentablemente en el presente año, el grupo en mención (llamado Última Orilla) yerra parcialmente al elegir una pieza intimista, densa, compleja y estructurada en base a monólogos duros y feroces, que ponen en demasiada evidencia el destacable esfuerzo y el poco oficio de sus actores más jóvenes.
Demonios en la piel, término que remite a las arrugas del envejicido e incomprendido protagonista, es una de las mejores obras escritas por Eduardo Adrianzén, que aborda la vida del notable cineasta italiano Pier Paolo Pasolini (Patricio Villavicencio) durante la filmación de Los cuentos de Canterbury, una pieza menor dentro de su filmografía, su relación con la actriz Laura Betti (excelente Claudia Berninzon) y la aparición de tres jóvenes marginales, que aparecen de extras en una secuencia onírica de la película, que quedaría para la posteridad como una de las más crudas y salvajes del sétimo arte. Superior en muchos sentidos al homenaje a Lorca que resultó ser Sangre como flores, Demonios en la piel de Adrianzén logró, de la mano de Diego La Hoz y un inspiradísimo elenco, ser uno de los mejores montajes del 2007. Y todavía se le recuerda, por lo que podemos afirmar que Solís tomó un enorme riesgo al elegir esta pieza para su reestreno, que resultó un reto que su esforzado elenco no logra cumplir a plenitud.
La puesta en escena, nuevamente en el Julieta, muestra una acabada e impecable producción, con un cuidadoso diseño escenográfico y de vestuario, pero con un recurso multimedia no del todo claro, especialmente en las imágenes de un niño, que aparentemente sería o el mismo Pasolini o fragmentos de alguna de sus películas. Todo el primer acto resulta por ratos tedioso, a pesar de los esfuerzos de Villavicencio y Berninzon, con monólogos que pecan de superficiales y que no llegan a cuajar por la inexperiencia de los jóvenes actores. Felizmente, en el segundo acto, el montaje alza vuelo y suceden los mejores momentos, especialmente en la resolución, en la que cada pieza parece encajar coherentemente. Esta nueva versión de Demonios en la piel permite revisar una de nuestras mejores piezas biográficas, pero deja en claro la capital importancia de elegir la obra correcta para el recurso humano con el que cuenta un grupo de teatro, que es en el caso de la Asociación Cultural Última Orilla, un grupo de jóvenes con entrega, dedicación, energía y un enorme talento aún por pulir.
Sergio Velarde
01 de abril de 2011
Cuando en el 2009 se estrenó la obra El señor de las moscas en el Teatro Julieta, el director Paco Solís Fuster y su joven elenco acertaron gratamente con un montaje que lograba maximizar el potencial de sus intérpretes, con la historia de un puñado de náufragos varados en una isla solitaria y su difícil aprendizaje por sobrevivir. Lamentablemente en el presente año, el grupo en mención (llamado Última Orilla) yerra parcialmente al elegir una pieza intimista, densa, compleja y estructurada en base a monólogos duros y feroces, que ponen en demasiada evidencia el destacable esfuerzo y el poco oficio de sus actores más jóvenes.
Demonios en la piel, término que remite a las arrugas del envejicido e incomprendido protagonista, es una de las mejores obras escritas por Eduardo Adrianzén, que aborda la vida del notable cineasta italiano Pier Paolo Pasolini (Patricio Villavicencio) durante la filmación de Los cuentos de Canterbury, una pieza menor dentro de su filmografía, su relación con la actriz Laura Betti (excelente Claudia Berninzon) y la aparición de tres jóvenes marginales, que aparecen de extras en una secuencia onírica de la película, que quedaría para la posteridad como una de las más crudas y salvajes del sétimo arte. Superior en muchos sentidos al homenaje a Lorca que resultó ser Sangre como flores, Demonios en la piel de Adrianzén logró, de la mano de Diego La Hoz y un inspiradísimo elenco, ser uno de los mejores montajes del 2007. Y todavía se le recuerda, por lo que podemos afirmar que Solís tomó un enorme riesgo al elegir esta pieza para su reestreno, que resultó un reto que su esforzado elenco no logra cumplir a plenitud.
La puesta en escena, nuevamente en el Julieta, muestra una acabada e impecable producción, con un cuidadoso diseño escenográfico y de vestuario, pero con un recurso multimedia no del todo claro, especialmente en las imágenes de un niño, que aparentemente sería o el mismo Pasolini o fragmentos de alguna de sus películas. Todo el primer acto resulta por ratos tedioso, a pesar de los esfuerzos de Villavicencio y Berninzon, con monólogos que pecan de superficiales y que no llegan a cuajar por la inexperiencia de los jóvenes actores. Felizmente, en el segundo acto, el montaje alza vuelo y suceden los mejores momentos, especialmente en la resolución, en la que cada pieza parece encajar coherentemente. Esta nueva versión de Demonios en la piel permite revisar una de nuestras mejores piezas biográficas, pero deja en claro la capital importancia de elegir la obra correcta para el recurso humano con el que cuenta un grupo de teatro, que es en el caso de la Asociación Cultural Última Orilla, un grupo de jóvenes con entrega, dedicación, energía y un enorme talento aún por pulir.
Sergio Velarde
01 de abril de 2011
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