viernes, 6 de diciembre de 2019

Crítica: 33 VARIACIONES


Una mitad cercana a la pasión

La pasión por la música es capaz de hacer que el tiempo parezca relativo en la historia mostrada en 33 Variaciones, obra de Moisés Kaufman, que tuvo lugar en el Centro Cultural de Pontificia Universidad Católica del Perú. Bajo la dirección de  Marco Mühletaler y Lucho Tuesta, el montaje muestra el paralelo entre sucesos ocurridos en 1819 y 2019. Mientras que en el primer año, Beethoven compone obsesivamente 33 variaciones sobre un vals de Diabelli; en el segundo, Katherine Brandt, una reconocida musicóloga, busca descifrar el misterio de esa obsesión. Y aunque los separen 200 años, la pasión que ambos muestran por la música los conectará de una manera especial.

Durante el montaje se ven representadas ambas historias en paralelo, de modo que desde las dos perspectivas se iba complementando una misma historia: la razón por la que Beethoven creó 33 variaciones de una misma pieza musical. Es interesante cómo, tanto el músico como la investigadora, van resolviendo dudas con el pasar del tiempo. Cuando Brandt (Martha Figueroa) encontraba una pista, inmediatamente después se veía la explicación y el desarrollo de esta con relación a Beethoven (Roberto Moll). La compenetración de ambas historias se logró de manera eficiente; en primer lugar, por las marcaciones en el espacio logradas desde la dirección. El acompañamiento constante de música de Beethoven tocada en vivo fue un elemento unificador del montaje. El manejo del espacio y la música permitía saltar de una historia a otra sin interrupciones, de manera fluida.

La creación de personajes tuvo un elemento diferenciador entre los que pertenecían a 1819 y a 2019. Mientras que los personajes más cercanos a la actualidad estaban con una energía más cercana a la cotidianeidad, los pertenecientes a 1819 tenían una presencia más extraordinaria, como si fuesen sacados de un cuento. Beethoven y sus contemporáneos vistos en la obra tenían una grandeza que atrapaba la atención inmediatamente. Esta diferencia de códigos fue una herramienta que apoyó al desarrollo del montaje. El nivel de especificidad en los personajes fue un logro del elenco completo, tanto en el trabajo físico como en el del texto.

La genialidad de Beethoven y la curiosidad sin medida de aquella musicóloga tienen una razón de ser en común: la pasión por la música, tanto desde la perspectiva artística como la académica. Es interesante cómo esta obra ahonda en la pasión desde esos dos puntos, permitiendo al espectador ser un testigo omnisciente de la mente de ambos personajes, de tener una perspectiva más real de quien fue un genio en la música a nivel mundial, entendiendo que la genialidad no solo es algo con lo que se nace. Hay mucho trabajo de por medio para lograr aquellos frutos tan magníficos a nivel artístico. El lugar del público, en una obra tan reflexiva como esta, es el de un testigo omnisciente de ambas historias.

Stefany Olivos
6 de diciembre de 2019

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