sábado, 14 de junio de 2008

Crítica: ÑA CATITA


La presencia de Catita  

Quien escribe estas líneas interpretó a don Jesús en un discreto montaje de “Ña Catita” de Manuel Ascensio Segura el año pasado en Barranco. Asumir el reto de llevar a escena una de las comedias costumbristas más representativas de nuestra literatura nacional fue muy delicado pues tanto la directora como el elenco nos topamos con algunas dificultades: el verdadero protagonismo de esta beata chismosa y celestinesca llamada Ña Catita en la historia, los kilométricos pero deliciosos monólogos de Segura y el hecho de adaptar y resumir para una hora y media una obra en verso de cuatro actos. Si bien obtuvimos resultados dispares, el tan anticipado montaje de la Católica de “Ña Catita” me resultaba sumamente interesante. Sobre todo por la idea del director Alberto Ísola de convertir a Rufina en la protagonista de la historia y empatarla sexualmente con don Alejo, pretendiente a la fuerza de su hija Juliana, por estar insatisfecha con su marido don Jesús. Luego de apreciar y analizar el montaje, encuentro gratos aciertos pero también profundos errores.

De entrada el hecho que el director Alberto Ísola busque “despojar a Ña Catita de los tópicos del costumbrismo” resulta completamente inaceptable. “Ña Catita” es ante todo una comedia costumbrista. Cualquier intento por interpretarla de otra manera sólo traerá consigo la destrucción de la mismísima esencia de la obra. Si tanta incomodidad le causa al director el “costumbrismo”, ¿por qué elegir una comedia “costumbrista” per se? Habiendo tantas otras obras de teatro, Ísola elige precisamente la comedia costumbrista más clásica que tenemos.

Además, resulta imperdonable el abusivo e indiscriminado corte del texto. La obra está escrita en verso, por ello la necesaria tijera debió respetar la rima. Allí es donde radica la brillantez de la pluma del autor, al escribir los diálogos con gran riqueza en el lenguaje y abundantes expresiones de la Lima Antigua, teniendo como esquema el verso. Un innecesario facilismo, que si bien no afecta el entendimiento de la obra, sí atenta contra el trabajo y esfuerzo de Segura, que será apreciado a medias por los jóvenes espectadores que ven “Ña Catita” por primera vez.

La coartada sentimental de Rufina afecta seriamente algunos pasajes de la obra. Por el hecho de ser Rufina y Alejo demasiado jóvenes para justificar su posible “affaire”, se pierde el sabroso contrapunto entre Catita y Rufina sobre quién es más vieja. Resulta incongruente que Catita pregunte a la juvenil Rufina: “Quizá tú te acordarás, cuando entró la patria”. Catita dice en el texto original “¡Se habrá visto tal por cual! ¡Cincuenta años! Vieja es ella que ya renguea al andar”. El director resuelve el entuerto eliminando de cuajo esas líneas, por supuesto, sin respetar el verso.

El final de la obra, con la llegada de don Juan y el descubrimiento de las mentiras de don Alejo, que debió ser alegre y vibrante (no olvidar que es una comedia), se vuelve denso y melodramático. Todo sigue igual, no hay arrepentimiento ni cambio en ningún personaje y la resolución final es desesperanzadora. Cierto que es la propuesta del director, pero ¿cuál es el límite que debe existir para respetar un indudable clásico de nuestro patrimonio cultural y no traicionar su esencia? Rufina ya no le dice llorando arrepentida a Juliana: “¡Ay, hija de mis entrañas! ¿Qué hubiera sido de ti?”. Hasta la expulsión de Catita en su última escena, en la que se descubre su verdadera “malignidad”, resulta a todas luces injusta, convirtiendo a los dueños de casa en los malos del cuento. Cuando a Catita se le caen los panes que robó de la cocina, solo nos queda tener compasión de esta pobre mujer, víctima de las circunstancias. ¿Cómo calificar de manera correcta la presencia de Catita en la historia? ¿Es víctima o victimaria? La respuesta está en el texto, el hecho que los personajes no digan un par de líneas, no significa que no exista.

Sin embargo y como ya es costumbre, Ísola reúne a un eficiente elenco que saca adelante la puesta en escena, encabezado por la primera actriz Delfina Paredes, impecable como Ña Catita. Mención aparte para la sobresaliente actuación de Sofía Rocha como Rufina, columna vertebral de la historia, quien sabe ser severa, trágica y divertida a la vez. El director logra hábilmente descentralizar los cuadros a toda la casa (la obra original transcurre íntegramente en la sala). Así entramos al dormitorio, al patio, a los balcones y capillitas, gracias a un brillante diseño escenográfico.

En fin, ahorremos las sílabas que nos hacemos monótonos: ¿Qué diría don Manuel Ascensio Segura, nuestro padre de la comedia peruana, al ver a esta (justamente denominada por Enrique Planas) “desacostumbrada” Ña Catita? Cada quien sacará sus propias conclusiones. Personalmente pienso que, habiendo sido Segura de condición humilde, no podría haber pagado la astronómica cantidad de dinero que cuesta la entrada para apreciar una de nuestras mejores comedias populares, escritas justamente para ser vistas por un público digamos, con billeteras menos abultadas.

Sergio Velarde
15 de noviembre del 2004

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